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domingo, 19 de julio de 2026

Curso de filosofía en seis horas y cuarto (Witold Gombrowicz)

Este no es un libro de filosofía al uso, de esos que hacen bostezar a muchos lectores. Es breve, apasionado y profundamente personal. Gombrowicz está enfermo y lo sabe. El cuerpo le avisa que queda poco, y en lugar de sentarse a escribir un libro solemne para cerrar su obra, acepta dar unas clases privadas de filosofía a su mujer y a su joven amigo Dominique de Roux. Esas conversaciones se graban. Lo que surge de ahí no es un tratado, ni una síntesis académica, ni siquiera un curso con estructura reconocible. Es, más bien, una conversación sin red, un repaso lúcido y fragmentario por las grandes ideas de la filosofía moderna, y también, sin proponérselo del todo, una provocación.


Lo que busca no es darte la chapa con fechas y teorías, sino más bien que te cuestiones la filosofía en sí, cómo nos afecta y cómo la usamos (o la mal usamos) en nuestro día a día. Lo que le interesa es el momento en que el pensamiento gira hacia el sujeto, hacia la conciencia, hacia la pregunta de cómo conocemos y qué significa vivir.


Cuando habla de Descartes, dice que todo empieza con la duda: si no puedes confiar en nada, confía en tu conciencia. Ese es el punto de partida moderno. Sobre Kant, apunta que el orden es importante, pero también puede matar la frescura; no vemos el mundo tal cual es, sino solo lo que nuestra mente nos deja ver.


Con Schopenhauer se entiende bien: el dolor como estructura, la voluntad como fuerza ciega que nos arrastra. Gombrowicz explora cómo esta visión, aunque dura, puede ser liberadora al despojarnos de ilusiones.


Y cuando llega a Nietzsche, se lo pasa en grande. No lo idolatra, pero se entusiasma con su invitación a crear nuestros propios valores, a vivir desde la autenticidad y el desafío, más allá de la obediencia gregaria. La “voluntad de poder”, el “Superhombre”, son para Gombrowicz pretextos para pensar la libertad individual con ironía y sin solemnidad.


Pero lo importante no es qué filósofos menciona, sino cómo los lee. Gombrowicz no los trata como vacas sagradas. No los reverencia, pero tampoco los parodia. Lo que hace es pensar con ellos, y a veces contra ellos, desde una posición muy clara: para él, la filosofía solo tiene sentido si sirve para vivir. No quiere teorías despegadas de la experiencia, ni sistemas abstractos que se olvidan del cuerpo, del deseo, del miedo. La filosofía no está en los libros, sino en cómo se sobrevive, se desea, se piensa con los dientes apretados.


El libro está atravesado por observaciones personales, críticas al pensamiento dogmático, al nacionalismo, a cualquier forma de identidad impuesta. En sus reflexiones emerge un énfasis en la formación de pensadores independientes capaces de forjar su propio sentido, en vez de obedecer ciegamente dogmas o autoridades. 


Nos invita a pensar que la filosofía no es solo para unos pocos elegidos, sino que todos "hacemos" filosofía a nuestra manera, aunque no seamos conscientes. Cada decisión, cada incomodidad, cada intento de entender por qué hacemos lo que hacemos ya es filosofía, solo que sin aula ni pedestal.


El estilo del libro es deliberadamente fragmentario y a veces abrupto, reflejo de su estado físico y anímico en el momento de la escritura, pero esa brevedad y esa falta de pulido formal transmiten la urgencia y la honestidad con que afronta las grandes preguntas


En resumen, "Curso de Filosofía en Seis Horas y Cuarto" es una invitación a desacralizar la filosofía, a verla como un juego, como una conversación, como algo que nos pertenece a todos. Devuelve la filosofía al barro. Gombrowicz no nos va a dar respuestas, pero sí nos dice: "Mira, esto es lo que pienso yo, ¿y tú qué piensas?”


(Pues pienso demasiado, la verdad, a veces hasta sobrepienso)


Gracias, Witold Gombrowicz.  Gracias, Josep Maria Ventosa (traducción)


©AnaBlasfuemia

domingo, 8 de febrero de 2026

La insoportable levedad del ser (Milan Kundera)

 

“Aquel que se cae esta diciendo: ‘¡Levántadme!’”


Vuelvo a Kundera años después. Quizás releer es constatar tu progreso lector, la comprensión que aporta el aprendizaje. Quizás releer significa vislumbrar y hacer palpable la magnificencia de la literatura.


Kundera de inicio plantea un experimento con la idea del eterno retorno. Si el eterno retorno fuera cierto (si todo tuviera que repetirse una y otra vez), ¿soportaríamos nuestras decisiones? Y si no lo fuera, si solo viviéramos una vez, sin posibilidad de comprobar nada, ¿qué sentido tendría el bien o el mal?


A partir de ahí, el pensamiento deja de ser abstracto y se hace más concreto: Tomás y Teresa, Sabina y Franz, cuatro formas de estar en el mundo, cuatro formas de amar. Tomás busca la ligereza (ese aire de quien no quiere ser alcanzado) y se condena a ella. Teresa encarna el peso: el deseo de sentido, la fidelidad que a veces asfixia. Sabina es la fuga, el cuerpo que se retira de toda mirada. Franz, el idealista que necesita público para existir. Y Karenin (la quinta manera de amar), el perro, la única criatura que no carga ni con peso ni con levedad.


Si el amor de Tomás y Teresa se construye sobre el peso del sufrimiento, el de Sabina (que no soporta la mirada de nadie) es una fuga perpetua. La traición, para ella, es libertad. Cuando se quita y abandona su sombrero, abandona también la identidad que los demás le habían impuesto. Frente a Franz, idealista y sentimental, ella representa la ironía, la resistencia al kitsch. Kundera entiende el kitsch como negación: la necesidad de borrar la mierda del mundo, de vivir en un lugar donde todos lloran por las mismas cosas. El kitsch es la negación de lo sucio, de lo contradictorio, de la mierda. Es la pureza del consenso, puesto que necesita unanimidad, no ambigüedad. Por eso es político: donde todos lloran por lo mismo, la libertad se disuelve.


Y frente a eso, Sabina encarna la disidencia estética, la soledad de quien no quiere emocionarse al mismo ritmo que los demás. Sabina es la anti-kitsch. Su ironía la salva del consenso, pero la deja sola. No hay lugar para el humor en la pureza moral. La ironía es la última forma de lucidez.


“Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron”


Kundera no los juzga, sino que los observa con una lucidez dolorosa, porque en ellos se cumple su tesis más amarga: no hay elección sin pérdida. Mueve esas voces como un director de orquesta que también toca el instrumento. Interviene, comenta, corta la narración, interrumpe su propio relato con una reflexión, una digresión, una palabra. El libro en ningún momento finge que es una historia: es una conversación sobre cómo una historia se piensa.


La insoportable levedad del ser” es también un diccionario de palabras incomprendidas. “Amor”, “fidelidad”, “verdad”, “fuerza”, “compasión”… Ninguna significa lo mismo para nadie. Franz y Sabina usan las mismas palabras y se pierden en ellas. Tomás y Teresa hablan desde lenguajes que se rozan pero no se traducen. El lenguaje es el escenario del malentendido, las palabras no unen, delimitan el territorio de cada soledad.


“No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”


La compasión, en cambio, parece unir. Pero Kundera la hace ambigua: amar por compasión no es amar al otro, es amar el propio reflejo doliente. Tomás besa las uñas heridas de Teresa, siente su dolor, y esa sensibilidad que podría parecer noble lo encierra para siempre. No la deja por piedad, y la piedad no libera: ata. La compasión, que podría parecer virtud, se convierte aquí en destino. Tomás no ama a Teresa por deseo ni por costumbre, sino porque no puede soportar su sufrimiento.


No se puede pensar la compasión sin pensar el cuerpo. Y no se puede pensar el cuerpo sin pensar el alma. Teresa teme el cuerpo porque en él se muestra demasiado. Sus sueños son más lúcidos que sus pensamientos: cuerpos desnudos, pájaros, miedo a disolverse. En ellos habla el subconsciente de la época: el cuerpo como verdad que asusta.


“Todos necesitamos que alguien nos mire”


En medio de todo eso aparece la mirada. Todos necesitamos que alguien nos mire, dice Kundera, pero no del mismo modo: unos viven para el público, otros para los ojos conocidos, otros para el amor, otros bajo la mirada imaginaria de los ausentes. Nadie escapa del deseo de ser visto, salvo Sabina, que se borra de todas las miradas. Es la única que elige la levedad absoluta y, por eso, también la soledad. Franz, en cambio, necesita la mirada del mundo para sentirse real. Cuando confiesa su aventura, cree vivir “en la verdad”; pero esa verdad es teatral, pronunciada ante un público invisible. Todo el libro podría leerse como una variación sobre la necesidad de existir a través de los ojos del otro.


Y cuando parece que ya todo ha sido dicho, los tanques ya han pasado, los ideales se han deshecho, las palabras se han desgastado… llega Karenin. Un perro. Karenin no juzga, no piensa, no recuerda, solo está. Bajo su mirada, Tomás y Teresa aprenden algo que no habían sabido antes: la paz del cuidado. Cuidar, no entender; acompañar, no poseer. En la enfermedad del perro, Kundera alcanza lo que había perseguido desde el principio: una forma de existencia sin culpa y sin teoría, una levedad habitada, una verdad que no había alcanzado ningún ser humano: una forma de estar sin pensar, sin recordar, sin exigir, sin juzgar, sin pedir explicaciones.


Kundera propone una manera de mirar y nos recuerda que pensar no cura, que amar pesa, que la libertad no siempre aligera y que, a veces, solo un animal puede enseñarnos la serenidad que los humanos olvidamos. Quizá por eso “La insoportable levedad del ser” no envejece: porque no promete salvación, solo lucidez. Y porque en su centro, entre el peso de la Historia y la levedad del deseo, hay una escena mínima: dos personas y un perro que se miran sin hablar.


La verdadera bondad aflora cuando quien la recibe no tiene poder.


Gracias, Milan Kundera. Gracias Fernando de Valenzuela (traductor)


©AnaBlasfuemia



sábado, 3 de julio de 2021

Matar a Platón (Chantal Maillard)


Para que algo acontezca no basta un accidente,
no es suficiente un muerto,
ni dos, ni dos millones.

Un acontecimiento es un olor que espera
que alguien lo respire,
una herida que aguarda encarnarse,
el agua de un torrente
inundando los poros,
una mirada que cruza el aire
y encuentra a alguien que le hace señas
y en la seña, en ella, se reconoce.

Uno puede negarse al acontecimiento
y convertir su historia en un simple resumen
de lo ocurrido, pasos que no devienen cruce
y se apagan en vida, o se secan.

Uno puede negarse a saberse en el otro,
basta con acercarse a todo con un walkman
conectado a la carne,
enfundado el cerebro en aquella sustancia
impermeable que nos inmuniza,
basta con refugiarse en un desmayo a tiempo,
en el deseo de amar, u ocultarse
en la furia o el número de una cuenta bancaria.

De hecho, lo más frecuente es
que llevemos cosida el alma a su forro
como los trajes nuevos sus bolsillos,
para evitar que se deformen
por el peso

El acontecimiento es indefinible, una multiplicidad de espejos (no espejos platónicos, fieles reflejos de la realidad) y confluencias que nos impactan y estremecen (¿estremecimientos cioranos?).

Está lo inasible, lo sutil e intenso, la multiplicidad de gestos o ausencia de ellos. Imágenes efímeras que debemos procesar y a las que debemos acercarnos desde lo íntimo, desde la pregunta, la duda, la curiosidad, el cuestionamiento.

Matar a Platón, matar su racionalismo, también reivindicar a las mujeres que Platón menospreciaba. Releer a Maillard una y otra vez, replantearnos todas las ideas, movimiento continuo, nombrar lo innombrable para darle vida a lo muerto.

Cuánta riqueza y complejidad en este poemario del que nunca me voy, tanto tiempo permaneciendo en él para recordarme que la indiferencia no es una opción, que hay que “padecer con”, empatizar como un compromiso ineludible. Que tu dolor nunca me sea ajeno.

                            “Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse

Matar a Platón, amar a Chantal Maillard

jueves, 19 de septiembre de 2019

El cisne (Gudbergur Bergsson)


Y por la noche se despertó la eternidad, esa especie de añoranza […] Es la añoranza, más que la alegría, la que nos hace conscientes de que el tiempo existe

La protagonista de “El cisne”, una niña de 9 años, se encuentra en la frontera que hay entre la niñez y la adolescencia. Como toda linde, es una tierra de nadie en la que la personalidad deambula entre quien has sido, quien eres y quien vas a ser. Y esa construcción de su propia geología la va a hacer inmersa en el paisaje islandés, alejada de su familia y su mar y enfrentada a la naturaleza, la naturaleza que ni tiene educación ni entiende de jerarquías ni compasiones. Y en un entorno humano en el que las personas se vigilan entre sí constantemente.

¿Cómo defenderte de lo extraño y de lo desconocido? Con mucha imaginación, por ejemplo esparciendo un veneno invisible alrededor. Mientras que los adultos se ocupan de lo terrenal, la niña vive lejos del mundo, quizás en otro mundo (que está en este), aunque sabe que está aquí y que los otros están ahí. En un entorno nuevo, ajeno, el despertar es doloroso pero también misterioso, no entiende nada pero a la vez lo comprende todo.

La inocencia es limpia y pura y bella, pero es inevitable su (des)encuentro con la realidad, despertar al mundo exterior, tangible y carnal. La naturaleza y el entorno rural la empujarán a descubrir la muerte, la violencia, el sexo… en definitiva la vida con lo bueno, lo malo, lo mejor, lo peor, lo bello y lo aterrador.

“El cisne” tiene pasajes muy profundos y evocadores, pero también cierta frialdad narrativa que oscila entre lo poético y lo distante y que, junto a un exceso de alegorías, dificultaron una conexión más fluida, no tanto con la lectura como con la protagonista. Intuyo que en parte porque la superabundancia de simbolismos no me encajaba con una niña de 9 años, en los que la fantasía y la imaginación pueden actuar de forma natural pero no como una metáfora continuada.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Los hermosos años del castigo (Fleur Jaeggy)


Título original: I beati anni del castigo
Traductora: Juana Bignozzi
Páginas: 120
Publicación: 1989 (2009)
Editorial: Tusquets
Sinopsis: En el Bausler Institut, un internado femenino situado en el cantón más retrógrado de Suiza, el Appenzell, se respira una densa atmósfera de cautiverio, sensualidad inconfesada y demencia. En estos parajes por los que paseaba el escritor Robert Walser, y donde se suicidó tras permanecer treinta años en un manicomio, se desarrollan la infancia y la adolescencia de la narradora, quien las rememora desde la madurez.
Buscaba la soledad y tal vez el absoluto. Pero envidiaba al mundo.
Quería estrenarme con Jaeggy, a la que hacía esperar como quien espera la lluvia después de una larga sequía. Y quería hacerlo con este libro, que fue el primero suyo que adquirí hace tiempo ya. Pero reconozco que después de Thérèse e Isabelle, de Violette Leduc, me resistía a leer libros que transcurrieran en un internado femenino porque me parecía que Leduc había dejado el listón muy alto. Pero Jaeggy me dijo “ahora”.

En el primer párrafo mis reticencias se fueron al carajo directamente. Ambos libros pueden convivir en mí perfectamente: la lírica pasión de Leduc y la sutileza del deseo de Jaeggy se hermanan a la perfección. El bello erotismo de Thérèse e Isabelle y la pulida melancolía de Los hermosos años del castigo no se quitan espacio sino que lo amplían.
Aún pensaba que para obtener algo había que ir derecho al objetivo, cuando solo las distracciones, las vaguedades, la distancia nos acercan al blanco, el blanco es el que nos alcanza.
He quedado rendida a Jaeggy, a quien algunos pueden calificar de “fria” si no se traspasa la engañosa superficie de escarcha que puede aparentar su forma de contar. Basta tocar el rocío en la yerba para darse cuenta de que el frío no existe, aunque exista la sensación del frío. 

La trama se desarrolla en un internado femenino, una indisimulada cárcel en la que la narradora (de la que no llegamos a saber el nombre) intenta que algo suceda, que su aprendizaje personal no se contamine del ritmo prusiano y férreo del Bausler Institut. La anónima narradora nos cuenta los hechos ya adulta (y recordemos que es un libro autobiográfico, lo que viniendo de alguien tan discreta respecto a sí misma como Jaeggy es como para leerlo con lupa, intentando desentrañar la personalidad de una autora considerada de culto), desplegando en lo acontecido hacia atrás lo que contiene el presente para la narradora.
Mis pensamientos estaban suspendidos en el aire, tenía la impresión de que acechaba un peligro, el peligro de vivir lo que no existe.
En ese micromundo que es un internado femenino, Jaeggy desarrolla con elegante firmeza un ambiente asfixiante: tenso, indiferente, ordenado y rígido y en el que parece no suceder nada, que se mueve por códigos no escritos pero con rango de ley. Quedarse con que Los hermosos años del castigo narra una relación entre dos mujeres adolescentes sería desperdiciar el caudal de elementos con los que juega la autora.

Jaeggy cuenta sin contar, cuenta ese deseo adolescente, esa atracción sensual entre dos mujeres, una tensión que no se concreta ni materializa, pieles que no se abrazan ni se rozan. Y no cuenta, pero cuenta, sobre cómo llegamos a ser quienes somos, sin poder evadirnos de nosotros mismos, lo irremediable de ser quienes somos. Cuenta sin contar sobre esa dolorosa nada que es la melancolía, la infelicidad que nace de la distracción de los demás y del exceso de atención sobre todo lo que te rodea; sobre cómo una herida intima, profunda y sigilosa puede llevar a la locura, esos contornos desdibujados que te sitúan a un lado u otro de algún trastorno. Cómo todo sucede sin parecer que está sucediendo nada.
Pasé el tiempo con sufrimiento, que también es una forma de pasarlo. 
No sé muy bien cómo explicar la tremenda calidad de esta autora, cómo transmitir que su prosa es meticulosa, delicada, precisa y sugerente. Cómo detrás de un párrafo puede haber un torrente de sensaciones, cómo basta combinar con aparente facilidad un conjunto de palabras para que una frase tenga una contundencia que dinamite esa aparente gelidez. 

Jaeggy o el arte de usar el argumento como metáfora de todo un abanico de elementos: la melancolía, la transgresión de las normas, lo disfuncional, la espiritualidad y lo amoral, las desilusiones, las marcas indelebles del desánimo, la imposibilidad de rescatar un pasado que solo existe en la memoria (no se sabe si del todo fiable), los nada livianos abismos personales, el nihilismo inherente a algunas personas (nihilismo casi como un poder con el que no se sabe qué hacer)…

La economía de palabras con las que construye todo es tan abrumadora como admirable. Su prosa no necesita de ornamentos para ser tan cristalina como volcánica. Se puede ser austera y a la vez ardiente y profundamente incisiva, reverberar como un eco profundo y abismal. Se puede ser breve y concisa pero afilada como una guadaña, diseccionando con la precisión de un bisturí la materia de la que están hechas las desilusiones, las obsesiones, la soledad, la vida misma.
Allí arriba me sentía en un estado que podría llamarse de malafelicidad. Exigía la soledad, era un estado de ebrio y tranquilo egoísmo, una venganza feliz. Me parecía que esa ebriedad era una iniciación, y el malestar de la felicidad se debía a un aprendizaje mágico, a un rito. Luego se estropea.
Aunque la voz narrativa está deliberadamente controlada, la intensidad de sus emociones traspasa e impulsa la lectura a través de un calculado cinismo y una intimidación latente que nunca llega a mostrarse de forma burda. Toda esa trabajada economía en la prosa, esa distancia calculadamente aséptica, no hace más que provocar una tensión bellamente elaborada para sumergirnos en los conflictos personales que transcurren detrás del aparentemente nimio acontecer de la vida.

Siempre me ha fascinado la brecha que existe entre lo que transcurre en el exterior y lo que realmente sucede en el interior de las personas. El orden de lo externo y el caos de lo interno. El equilibrio fuera, el abismo dentro. Y Jaeggy se asoma a esa brecha y casi sin despeinarse nos lo cuenta desde dentro, con la elegancia de la sencillez y la metáfora cogidas de la mano. 

Me he vuelto fan de Jaeggy ya desde la maestría del primer párrafo, con esa mención a Robert Walser, sus años en el manicomio y cómo murió en la nieve mientras paseaba. Una mención nada anecdótica y sí muy sugerente de lo que nos va a hablar realmente en Los hermosos años del castigo, dejando en manos del lector que entremos en esa brecha que separa lo exterior de lo interior o que nos quedemos en la superficie. Compleja Jaeggy, me ha ganado como lectora con la conciencia de que hay que leerla y releerla porque ofrece mucho más de lo que parece y eso nos lleva a la introspección y la reflexión, tanto de la lectura como de una misma.
Casi parecía verdad; y le agradecía el casi, leve esencia que atenúa toda brusca oposición entre verdadero y falso.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La habitación de Nona (Cristina Fernández Cubas)

Páginas: 208
Publicación: 2015
Editorial: Tusquets
Sinopsis: Una niña siente una envidia creciente hacia su hermana Nona a quien todo lo que le ocurre es “especial” y, lo que es peor, le ocurre a escondidas. Una mujer al borde del desahucio confía en una benévola y solitaria anciana que le invita a tomar café. Un grupo escolar comenta un cuadro, y de repente alguien ve en él algo inquietante que perturba la serenidad del momento. La narradora se aloja en un hotel madrileño y al salir vive un salto en el tiempo. Nada volverá a ser igual en la vida de dos hermanos tras conocer a una singular tribu amazónica…

Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ

Quiso el destino que coincidiera mi viaje a Segovia con la presencia de Cristina Fernández Cubas en Intempestivos, una de esas librerías con encanto que luchan contra las adversidades que mentes encallecidas y obsoletas se empeñan en poner en el camino. Blanco y en botella: estoy ahí, me acompañan mis seres de luz, y pocos lugares más acogedores que Intempestivos para estar en la gélida Segovia, que me recibe con copos de nieve que me ponen chiribitas en la mirada y sonrisa en el alma. 

Si tuviéramos oportunidad de leer un libro y luego comentarlo con su autor/a no tengo la más mínima duda de que toda nuestra experiencia lectora cambiaría y se enriquecería a niveles estratosféricos. Por eso a veces no entiendo que Justin Bieber, por decir un alguien, pueda convocar tantos fans y sin embargo los "recitales" de los escritores emplazan a un público tan reducido. Me ha provocado mucha inquietud este tema, aunque no es algo que venga de ahora. No tengo la menor duda de que hay que educar al lector, no sólo a los niños para que lean, sino también a los adultos que ya leen.

Ana, bájate de las ramas.

El caso, que allí estaba Cristina Fernández Cubas y yo me llevé mi tarea hecha: me leí el libro de un día para otro. Claro, no es mérito mío, el mérito es de Cristina y de La habitación de Nona, un libro de cuentos (o relatos, que no me voy a meter en definiciones que se pueden superponer perfectamente) que se lee con avidez porque la estructura de cada relato es muy dinámica, y hace que quieras avanzar en la historia, llegar al final, saber qué sucede, dónde nos lleva Cristina.
Y hago lo único que puedo hacer. Escribo un cuento.
La ilustración de la portada no es casual. Es un detalle de “Interno con figura” (1868) de A. Cecioni. Y, precisamente, Interno con figura es uno de los cuentos de este libro (el que más me ha gustado, junto El final de Barbro), y que sirve a Cristina para hacer un juego metaliterario en el que la propia Cristina se convierte en la protagonista del relato. Un relato de una construcción sorprendente. Los cuadros, al igual que los libros, nos cuentan historias. Su autor quiere contarnos algo. ¿Qué nos dice la imagen de “Interno con figura”? Cada persona hace una interpretación distinta de aquello que ve, le da diferente relevancia a los detalles y al conjunto de una imagen, y algunas miradas pueden ser sumamente inquietantes. Y mirar una mirada así puede resultar muy turbador. Y cuando algo nos inquieta, actuamos. O nos paralizamos. O dejamos que la inercia resuelva. O escribes un cuento.

En La habitación de Nona, el cuento que da título al libro, me ha atraído especialmente el punto de vista que adopta Cristina. Me ha encantado el planteamiento, y sin duda es una perspectiva que da mucho juego y que no me extrañaría que la autora retomara. Quizás, por poner un “pero”, he sentido que al final se detallaba demasiado explícitamente lo que le sucede con Nona. En cualquier caso, terminas el relato y lo vuelves a leer. Y contemplas lo que lees de manera diferente a la primera lectura.

Hablar con  viejas es el relato que quizás me ha dejado más indiferente, pero que igualmente he devorado, porque hay una contundencia increíble en la forma en que Cristina necesita de una sola frase para que una situación aparentemente normal y cotidiana se transforme en algo inquietante. Conocer que la situación inicial fue una situación vivida por la propia Cristina y que este cuento ha servido en cierta forma para saldar un ajuste de cuentas con su propia conciencia no deja de hacerme pensar en que cualquier situación sirve de base para construir un relato.

Precisamente la oportunidad de hablar con Cristina Fernández Cubas me ha valido para confirmar algo en lo que siempre pienso ante un libro de relatos: el orden de los mismos. Nunca me han parecido casual, y no tengo la seguridad de que las editoriales respeten siempre ese orden propuesto por el autor. Si bien no necesariamente porque haya un hilo argumental que enlace un relato con otro, pero estoy segura de que las distintas historias siempre se conectan con un hilo que tal vez sólo el autor conozca: un orden cronológico, una continuidad emocional, una historia que compensa otra, una redención… Y, sí, es así. El orden no es casual, el germen de cada historia en ocasiones surge justamente de la descarga emocional dejada en la historia recién escrita, que a su vez surge de una historia anterior cuyo germen pudo ser una idea, un punto de vista distinto, un cuadro, alguien que se cruza en tu camino, la recreación del concepto de justicia divina…

Y así el desconcertante, por tremendamente personal (así lo sentí yo), La nueva vida es la clave que explica la necesidad de que a continuación, como cierre del libro, venga Días entre los Wasi-Wano. Conocer y comprender siempre da sentido a todo. Por eso me ha parecido tan enriquecedor conocer esos aspectos que solemos ignorar de un libro, sus mimbres, su construcción. Aunque sean pinceladas, la lectura se engrandece.

Hay dos cosas que me han parecido muy llamativas en este libro: Una, ya lo he mencionado, la facilidad con la que Cristina nos mete en la historia, una historia aparentemente normal y hasta sosegada y, de repente, le basta una frase para que ese ambiente de normalidad se quiebre y algo empiece a inquietarte y se instale cierto desasosiego que te provoca seguir leyendo con ansia, casi como queriendo avanzar para restituir la “normalidad”, la placidez.

Y dos, la no menos facilidad para mover en el lector los miedos, los reales y los imaginarios, el tránsito entre la ficción y la no ficción, la realidad y la fantasía. Todo es posible en los mundos de Cristina, y en todos ellos podemos ser uno de los personajes.
Esas cosas tiene el tiempo: la conversión de lo absurdo en costumbre.

jueves, 21 de mayo de 2015

La grandeza de la vida (Michael Kumpfmüller)


Título original: Die Herrlichkeit des Lebens
Traductora: Belén Santana
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2015)
Editorial: Tusquets

ISBN: 9788490660447
Sinopsis: En el verano de 1923, durante una estancia a orillas del Báltico, Franz Kafka, enfermo de tuberculosis y conocido como escritor sólo por unos pocos iniciados, coincide con la cocinera Dora Diamant, una joven de veinticinco años. En el transcurso de pocas semanas, Kafka hará lo que jamás habría imaginado: decide irse a vivir con una mujer y compartirlo todo con ella. En un Berlín inmerso en la hiperinflación de la República de Weimar, se atreve a disfrutar de una vida en común con Dora. No importan los precios, que aumentan cada día, tampoco las sucesivas mudanzas ni el recelo de sus padres: hasta su muerte, en junio de 1924, y a excepción de unos días, Franz Kafka y Dora Diamant ya no se separarán.



Si digo Franz Kafka, es probable que inmediatamente penséis en La metamorfosis. Pero en mi cabeza se añaden, sin atropellarse pero con firmeza, Carta al padre, Cartas a Milena y Cartas a Felice. Que es una forma de decir que, una vez más, me interesa el autor casi más que la obra. Kafka fue un hombre débil, física y mentalmente. Ninguneado, tiranizado y despreciado por su padre, él mismo terminó por flagelarse considerándose… nada (La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada). Se trató a sí mismo con gran desprecio y desdén. Se arreó duro. Fue un hombre solitario, acomplejado, angustiado, que mantuvo relación con varias mujeres (con algunas de ellas principalmente una relación epistolar): Felice Bauer, Grete Bloch, Julie Wohryzek, Milena Jesenskà… y Dora Diamant, de la que dicen fue su gran amor, la persona que le rescató de la soledad. Rescatar a alguien de la soledad son palabras mayores.

Las mujeres de Kafka: Arriba, de izquierda a derecha: Felice Bauer, Hedwig Weiler y Julie Wohryzek. Abajo, Grete Bloch, Dora Diamant y Milena Jesenská
La grandeza de la vida es una novela sobre la relación de Kafka y Dora en la que se engarza realidad y ficción. Fue eso lo que me llevó a esta lectura, mi interés por la vida atormentada de Kafka y que se centrara en el último año de su vida, justo el que compartió con Dora.

En sus sueños hay fases en las que ella no aparece. Pero  él no la pierde mientras duerme, por la mañana sabe enseguida que está en alguna parte, como si hubiese entre los dos una cuerda que les permite volver a acercarse tirando de ella lentamente.

Y la lectura la inicié con entusiasmo, encantada de ver cómo Franz y Dora se asombraban de descubrirse, saberse, amarse antes de apenas conocerse. Ese entendimiento prodigioso y casi mágico de dos almas que se reconocen. Y el milagro de encontrarse.

Esta es Dora, dice él, y a Dora le parece que suena como si dijera: Mirad, este es el milagro que me ha sucedido.
A Ottla ya le he hablado de ti, le he contado que existes y el bien que me haces.

Bien, bien. Me suena. Reconozco esa sensación. Hasta las palabras reconozco. Y me alegro, porque eso quiere decir que, en algún momento, la he vivido. Así que avanzo, ligera, encantada y pizpireta, página tras página.

Hasta que llegamos a Berlín. Ahí se me enreda la lectura, percibo un bucle que se me atasca ligeramente. Y mira que me gusta Berlín. Pero no es problema de la ciudad. Es problema del ritmo narrativo, que me lleva de una lectura de piel a una lectura con menos alma en la que se suceden traslados, preocupaciones por el dinero, toses, fiebre, visitas… Los traslados en la mayoría de los casos están provocados por el rechazo a los judios que empieza a ser visible y descarnado, pero que ellos no alcanzan a valorar adecuadamente ni mucho menos a intuir la barbarie que se estaba gestando. No deja de ser llamativo este hecho, ese no “verlas venir”. Da tanto qué pensar…

En Berlín Kafka se me desdibuja, se nos esconde en sí mismo y Dora se transmuta a enfermera, secretaria… Y sí, también amante, pero sólo hacia el final es cuando vuelve a conmover y la lectura a recuperar latido. Porque al final también la sensación es que Kumpfmüller pone más de Dora que de Kafka, no porque esté ausente, no porque esté enfermo, sino porque nos muestra menos de él que de ella. De su interior. Detalles, ráfagas, es cierto, pero como si Kumpfmüller pretendiendo ser objetivo, sutil, pretendiendo mostrar sin dirigir (al lector), se hubiera quedado corto a la hora de transmitir a partir de cierto momento.

Todo apunta a que Dora le insufló unos deseos de vivir a Franz que en el libro no se palpa con intensidad, no se respira, sólo se intuye, se apunta, se inicia y luego se difumina... Algo falló ahí. Me faltó cercanía. Quizás el tono de Kumpfmüller peque de paternalista con el lector, de exceso de amabilidad. Como si dudara entre decantarse por la historia de amor o por la de la agonía de Kafka. Dudando entre la sal y el azúcar se queda finalmente en tierra de nadie, manejando mal los contrarios, muerte y amor, vida y enfermedad, la juventud y pasión de Dora y la soledad y los fantasmas de Franz, la transparencia de ella y el enigma de él…

He podido leer un fragmento de un libro que no localizo en ningún lado: Mi vida con Franz Kafka. Recuerdos de Dora Diamant. En él Dora dice que Kafka estaba siempre de buen humor. Algo que no aparece de forma contundente en este libro, donde se asoma más bien un Kafka poco apasionado y tristón. Creo que en La grandeza de la vida hay más de Dora que de Franz, y por ahí cojea. Me ha faltado más Kafka. En el fragmento de Mi vida con Franz Kafka, hay mucho más de ambos que en todas las páginas de La grandeza de la vida.

Salvo las primeras páginas, aquellas que transcurren en Müritz, lugar donde se conocieron, y la escena en la que se describe la célebre anécdota del encuentro con la niña que perdió su muñeca (a la que Kafka dice que no está perdida sino que se ha ido de viaje y a la que, durante unos días, escribe cartas en nombre de la muñeca), la narración va de más a menos, con remontada en las últimas páginas.

Creo que es un libro que gustará a mucha gente, es una lectura sosegada, tranquila, ni siquiera hace falta conocer quiénes eran los protagonistas, pero yo me he encasillado en una sutil decepción, por aquello de lo que pudo haber sido y no fue, por no mantener el pulso durante todas las páginas. Aun así, no ha sido mala lectura ni muchísimo menos, es un libro que  merece la pena leer. Kumpfmüller consigue evitar los recursos que hubieran sido más fáciles (sentimentalismo, tremendismo, sensiblería, afectación…) y aplaudo ese tacto, que aplica de forma precisa y firme. Quizás Kumpfmüller pretendía (y consigue) mantener un equilibro entre ficción y realidad para dotar a la historia de credibilidad, y lo logra, pero soy rarita y personalmente hubiera preferido que arriesgara algo más en el juego de combinar ambas (ficción y realidad). Pasión, creo que eché en falta pasión, deseo, ardor, vibrar más… Bah, ¡soy yo, soy yo, soy yo! (que diría Silvia Plath). Es una buena lectura.

Echa de menos las noches con ella. ¿No es increíble que uno pueda elegir a alguien con quien pasar la noche en una cama y dormir, como si eso fuese una pequeñez?

martes, 26 de agosto de 2014

El telescopio de Schopenhauer (Gerard Donovan)


Título original: Schopenhauer's Telescope
Traductor: José Luis López Muñoz
Páginas: 328
Publicación: 2003 (2005)
Editorial: Tusquets
ISBN: 9788483102961
Sinopsis: Una gélida mañana, en un pueblo de un país de Europa donde siempre parece ser invierno, un hombre cava un hoyo en la tierra helada mientras otro le contempla. El escenario es ominoso: ventisca, nieve, un campo aislado, soldados, camiones que traen a civiles ateridos, ecos sordos de una guerra cercana... El panadero –que cava y narra– y el maestro –que fuma y mira– hablan, recuerdan, y sus palabras desvelan poco a poco quiénes son, cómo han llegado hasta ahí, qué aciaga sucesión de acontecimientos ha sumido a su pueblo olvidado de la historia en una guerra fratricida. La conversación, entrecortada y tensa, se desliza entre la confesión personal y la reflexión histórica, entre la búsqueda de certidumbres y la renuncia a toda certeza.
Podéis leer las primeras páginas AQUÍ

Hace más o menos un año comentaba El Sunset Limited, de Cormac McCarthy, como una lectura que me había sorprendido y que leí prácticamente del tirón en pleno mes de Julio, cuando el calor suele achicharrar mi concentración lectora. Un año después, la historia se repite. Casi como un calco.

Calor, calor, calor… Las lecturas se suceden como las gotas de sudor por el cogote: se deslizan y no consigo atraparlas. Busco libros que se adapten a mi resbaladiza atención y, no sé muy bien cómo ni porqué, este libro llega a mis manos. No sé, tal vez buscara la sensación de frío y la sinopsis habla de ventisca, nieve…
Una cosa que se aprende acerca del frío muy intenso es que tiene un primo llamado silencio que lo acompaña cuando viene de visita. Incluso el golpe de una pala contra las piedras no sobrevive al frío mucho tiempo. Nada lo consigue. El aliento se detiene y se congela en el aire, la voz se desintegra un segundo después de abandonar la garganta, las palabras se rompen en el envoltorio de las frases.
Además de frío, mucho, tenemos al panadero y al profesor. El panadero cava y el maestro mira. Hablan. Quieres saber porqué están ahí. Y lees. Y no paras de leer (¿pero de qué va este libro?) Y sigues leyendo.
Siempre que me encuentro en una crisis acudo a mis libros. He aprendido mucho de ellos, siempre en secreto y encima gratis: es la experiencia que uno adquiere sin necesidad de vivirla. Alguien tuvo que pasar por ello y a ti te dan las lecciones sin pagar un céntimo. ¿Quién rechazaría semejante ganga?
Un panadero que lee y que, leyendo, comprende cómo funciona el poder. Leyendo, busca su personalidad, escoge su máscara. Y también llega a la indiferencia: no le interesan los porqués, sino lo que sucede. Lee mucho sobre estrategia. El capítulo en el que aplica El arte de la guerra de Sun Tzu en la panadería con una clienta es… formidable.

El profesor, obvio, también lee. Pero a él sí le interesan los porqués. Habemus enfrentamiento. Y nosotros, lectores, vamos a asistir a este combate épico entre el maestro y el panadero. Dos hombres tremendamente inteligentes. Dos inteligencias enfrentadas. Nuevamente el Bien y el Mal…
A mí la nieve nunca me ha quitado nada. Camino sobre las huellas de otros y de esa manera no dejo las mías. Ésta es mi teoría de la nieve.
Hablaba antes de El Sunset Limited (2006), y quiero volver a él. Porque al igual que en el libro de Cormac McCarthy, en El telescopio de Schopenhahuer (2003) nos encontramos también ante un duelo dialéctico. El paralelismo no termina aquí. Si allí había dos personas encerradas en una habitación, aquí tenemos a dos personas en torno a un hoyo: uno dentro, el otro fuera. Tampoco sabemos el nombre de los protagonistas. Ni el lugar. Ni en qué época transcurre la historia. Sabemos que hay una guerra (hay soldados). Podría ser la antigua Yugoslavia. O Ucrania ahora mismo. Quién sabe. Y qué más da. Lo que transcurre en ese agujero que se cava, lo que allí se habla, es atemporal. Filosofía. Historia. Gengis Khan, la conquista de los mongoles, el reinado de Leopoldo en el Congo, la masacre de Wounded Knee, el bombardeo de Dresde, Schopenhauer, John Locke, David Hume… Un repaso por la filosofía y la historia de la humanidad. Moral. Pautas. Guerras. Amor. El Bien. El Mal. ¿Y qué hacen allí el panadero y el maestro?. Y sigues leyendo.
El gran filósofo del siglo XIX dijo que, para ver cualquier problema con perspectiva, debíamos viajar unos cincuenta años en el futuro e invertir un telescopio, mirar por el extremo equivocado, desde esa época en el futuro, para vernos tal como somos ahora, y tomar decisiones con la ventaja de las cosas vistas a posteriori.
El telescopio de Schopenhauer es la primera novela de Gerard Donovan (anteriormente escribía poesías). Y yo aún estoy sorprendida de no haber oído hablar de este libro antes, ni de su autor. Termino de leerlo y según van pasando las horas me doy cuenta de lo asombroso que es este libro. Sorprendentemente maravilloso, no me encuentro en él y sin embargo sé que, al igual que dije del libro de Cormac, debo de decir: señores y señoras, esto es LITERATURA. Con mayúsculas. Porque hay muchas formas de contar las historias, pero sólo dos de escribir un libro: con valentía o haciendo concesiones. Gerard Donovan es valeroso, no ha escrito un libro del (ni para el) montón, ni fácil, ni cuenta algo como se espera que se cuente. Es impredecible y arriesga, no busca masas lectoras, sino lectores que quieran mirar por el telescopio de Schopenhahuer.

Un libro inteligente y de gran profundidad, que gustará a quienes les interese la literatura, la historia y la filosofía. Y a quienes ha gustado El Sunset Limited. Si no os gusta algo de lo anterior es probable que se te atraganten muchos fragmentos del libro y que te resulte bastante opaco. Está muy bien escrito y facilita mucho la lectura, pero también está lleno de alegorías, envuelto de una narrativa absurda que no permite una lectura pasiva por parte del lector, aunque a veces Gerard Donovan echa un capote para que el telescopio no se te caiga de las manos. No me he encontrado en él pero me ha hecho reflexionar, pensar, conocer… No es un libro “de entretenimiento”, pero es un libro que te desafía y que tiene mucho que decir.

Va para mi sección de prefes, por la agradable sorpresa que ha supuesto su lectura. Por ser un libro diferente y arriesgado. Porque cuando terminas de leerlo te das cuenta de que has subrayado mucho, muchísimo. Y vuelves hacia atrás y compruebas que nada es casual, y adviertes entonces el significado exacto de lo que dicen uno y otro, panadero y maestro. Enorme. Fascinante.

Ah, no os leáis la sinopsis entera de la editorial. Quienes las escriben deberían de tener un manual de cuánto no desvelar o decir en una sinopsis. A mí me hizo un poco la puñeta.
El perro negro, panadero, es la depresión. Como si a uno le chuparan el espíritu. El perro roba a la gente su fuerza vital, como un ladrón roba un bolso en una calle concurrida. Miras a tu alrededor y dices: “¿Dónde se ha ido?". Te encuentras en medio de la niebla y no tocas el mundo real. Tienes prácticamente el mismo aspecto que antes, la misma voz. Pero te has convertido en un fantasma. Te has ausentado de tu propia vida. A unos centímetros de distancia, a un paso de la felicidad.
(©AnaBlasfuemia)