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sábado, 3 de julio de 2021

Matar a Platón (Chantal Maillard)


Para que algo acontezca no basta un accidente,
no es suficiente un muerto,
ni dos, ni dos millones.

Un acontecimiento es un olor que espera
que alguien lo respire,
una herida que aguarda encarnarse,
el agua de un torrente
inundando los poros,
una mirada que cruza el aire
y encuentra a alguien que le hace señas
y en la seña, en ella, se reconoce.

Uno puede negarse al acontecimiento
y convertir su historia en un simple resumen
de lo ocurrido, pasos que no devienen cruce
y se apagan en vida, o se secan.

Uno puede negarse a saberse en el otro,
basta con acercarse a todo con un walkman
conectado a la carne,
enfundado el cerebro en aquella sustancia
impermeable que nos inmuniza,
basta con refugiarse en un desmayo a tiempo,
en el deseo de amar, u ocultarse
en la furia o el número de una cuenta bancaria.

De hecho, lo más frecuente es
que llevemos cosida el alma a su forro
como los trajes nuevos sus bolsillos,
para evitar que se deformen
por el peso

El acontecimiento es indefinible, una multiplicidad de espejos (no espejos platónicos, fieles reflejos de la realidad) y confluencias que nos impactan y estremecen (¿estremecimientos cioranos?).

Está lo inasible, lo sutil e intenso, la multiplicidad de gestos o ausencia de ellos. Imágenes efímeras que debemos procesar y a las que debemos acercarnos desde lo íntimo, desde la pregunta, la duda, la curiosidad, el cuestionamiento.

Matar a Platón, matar su racionalismo, también reivindicar a las mujeres que Platón menospreciaba. Releer a Maillard una y otra vez, replantearnos todas las ideas, movimiento continuo, nombrar lo innombrable para darle vida a lo muerto.

Cuánta riqueza y complejidad en este poemario del que nunca me voy, tanto tiempo permaneciendo en él para recordarme que la indiferencia no es una opción, que hay que “padecer con”, empatizar como un compromiso ineludible. Que tu dolor nunca me sea ajeno.

                            “Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse

Matar a Platón, amar a Chantal Maillard

martes, 26 de enero de 2021

Daniel (Chantal Maillard, Piedad Bonnett)


La superficie no resiste. Huyo hacia delante llevando llevando el dolor cosido a los talones. Ninguna acequia en la que ahogarlo, ninguna huella en la que perderlo. Decido enfrentarlo como se enfrenta el cielo a la llanura: a descubierto” (Chantal Maillard)

Basta mirar fijamente la cicatriz,
sus imperfectas costuras,
para que la herida empiece a abrirse
y a contar sus historias.
Cuida la sal de tus ojos” (Piedad Bonnett)

Las montañas y cordilleras nacen de erupciones volcánicas y violentos temblores de tierra. ¿Qué nos dice esto?: que de algo catastrófico nace un acto de creación. No se me ocurre otra forma de describir este libro: “Daniel” es una cordillera, una sucesión de montañas enlazadas y conectadas entre sí a partir de una catástrofe (Daniel, Chantal, Daniel, Piedad)

Daniel se llamaba el hijo de Chantal Maillard. Daniel se llamaba, también, el hijo de Piedad Bonnett. Dos mujeres, dos escritoras, dos hijos, un mismo nombre, una decisión común: suicidarse. Casi la misma edad. “De idéntica manera, desde la misma altura”. En el mes más cruel: abril (“Abril es el mes más cruel: engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos, despierta inertes raíces con lluvias primaverales” decía T.S. Elliot).

De la pena volcánica de una madre y los hondos temblores de otra madre surgió un acto de creación. La noche de un 28 de octubre de 2018, un lluvioso día en Málaga, “en el escenario a oscuras, dos sillas frente a frente. En medio, el abismo”, Piedad y Chantal, Chantal y Piedad, establecieron un diálogo con sus voces, se entregaron poemas una a otra, un duelo del duelo. Como en la colisión de dos placas tectónicas nació un Himalaya, una cordillera tan bella y elevada que conecta cielo y tierra: “Daniel

Crear belleza desde el dolor sólo es posible cuando sentimientos tan puros y limpios son compartidos desde el vértigo y desde el epicentro mismo de ese dolor, dándole una voz desnuda y sin paños calientes.

Al borde de la herida mueres, naces” (Piedad Bonnett)

Escribo porque tal vez no hablo. No me sueltes” (Chantal Maillard)

©AnaBlasfuemia

miércoles, 24 de abril de 2019

La compasión difícil (Chantal Maillard)


¿Y aún seguiréis confundiendo el poema con la sensiblería? ¿A qué llamáis amor, a qué, belleza?
Es bastante arduo clasificar este libro, ensayo fragmentado, poesía viva, filosofía introspectiva. Es Maillard, quien la ha leído lo sabe. Qué difícil es hablar de sus libros. Qué complejidad intentar siquiera delinear las punzadas, pormenorizar su inmensidad, la vastedad del precipicio. Qué ajuste de cuentas hace Maillard consigo misma en este libro tan cabal y honrado. Cuánta sufrida generosidad para conseguir esta compasión tan difícil. “MEDEA: ¿Quién te culpa? LA MUJER (balbuciendo): Yo. Yo me culpo. MEDEA: ¿Quién ha de perdonarte? LA MUJER: Yo. MEDEA: Y ¿quién es “yo”?”
Y en la travesía de esa culpa que no es una causa sino una consecuencia, ese perdón que no es perdón sino compasión, ese saber quién es “yo”, está lograr esa compasión difícil. ¿Qué es la compasión difícil? No aquella que compadece a la víctima, sino la que compadece al verdugo. La compasión que acompaña y que transciende todo código y creencia. Porque si oímos hay que acudir a los abismos, ese lugar en el que víctima y verdugo coinciden.

Disminuir el ansia, el hambre, como acto de rebeldía, encontrar la belleza (¿a qué llamamos belleza?). No, no creáis, creer es delegar en otros aquello que nos importa, no hay que creer en nada para respetar al otro. No hay que creer. Hay que CONFIAR. ¿Cómo conseguir la compasión difícil? A través del conocimiento de una misma. Y a ese conocimiento solo se llega, doy fe, a través de la soledad más estricta y absoluta. Transcender el “yo”. Por eso es tan espinoso lograr esa compasión: porque renunciar a la historia personal, abdicar del “yo”, empaparse en la soledad más severa y profunda requiere de mucho dolor, de trocar de victima a verdugo, de dialogar con tu yo más abismal y recóndito, descender hasta la raíz de las emociones (abajo, abajo, más debajo de mí). Ha sido una lectura intensa, emocionante, conmovedora e impactante que me ha hecho mejor persona. He aprendido porque aprender es reconocer pero también recordar.  La literatura puede ser muchas cosas, pero también es un compromiso con la verdad. Ejerzamos el derecho de pensar, aunque sea leyendo.