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sábado, 22 de marzo de 2025

Las iras (Pilar Adón)


 

Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño


¿Y si no nos quieren? ¿si SENTIMOS/CREEMOS que no nos quieren/ven/comprenden? ¿si sentimos la traición, la grieta en la confianza, lo injusto, el miedo, el dolor, la frustración? Entonces puede aparecer la ira. Sus causas y sus consecuencias.


En la contraportada de “Las iras” nos preguntan si puede surgir la belleza tras el horror, si es posible el sosiego después de la venganza extrema. Cuando se plantea este debate sobre si es posible la belleza después de la devastación y el espanto siempre acudo a Rachel Carson, que hablaba de una de las paradojas de las tierras y los océanos: que de un fenómeno catastrófico y destructivo (por ejemplo una erupción volcánica) pueda producirse un acto de creación del que surja la belleza.


Vamos por partes. Los lectores de Pilar Adón conocemos los elementos constantes, transversales y estructurales de su literatura. De Pilar se podrá decir que es de lectura exigente, oscura, inquietante, críptica, asfixiante, incluso poco misericordiosa con los lectores (yo pienso lo contrario), pero Pilar es como el algodón: no engaña. Pacta con el lector, nos presupone inteligentes y libres, así que su narrativa no nos la ofrece desmenuzada porque acepta que tenemos mandíbula suficiente para masticar. Por eso sus historias suelen comenzar en la mitad (in media res). Para mí eso es respeto. Ella da el callo escribiendo y nosotros debemos darlo a la hora de leer. Es lo justo (y necesario). Una interacción deseable, al menos para mí.


Como no deja nada al azar ni a la casualidad (los títulos de los relatos lo confirman), Pilar titula a su libro “Las iras”. En plural. Porque la ira será una, pero (al igual que su génesis) sus manifestaciones pueden ser múltiples y variadas. Pilar es toda ella polisémica y por eso su narrativa tiene numerosos significados y lecturas, por eso nada es casual en sus libros, como no lo es el lenguaje que utiliza ni sus títulos, ni la estructura ni el tiempo narrativo. Todos los relatos de “Las iras” (un total de 18) tienen una pluralidad de interpretaciones, de posibles significados


Las protagonistas de los relatos son todas mujeres. Adolescentes o niñas. Y todas ellas son pozos (me he dado cuenta en este libro de la importancia de lo circular en Pilar), esconden agujeros, una abertura a quién sabe qué grieta: oscuridad, agua estancada, un vacío, una amenaza, una presencia, una ausencia, un lamento, una perdida. De estas protagonistas se espera (por la edad, por los clichés) inocencia.


Últimamente se me cruzan las series que veo con las lecturas que estoy haciendo. En este caso, mientras leía “Las iras”, estaba viendo la miniserie “Adolescencia” e inevitablemente se dieron la mano de forma muy sutil (o no tanto): protagonistas jóvenes, inocentes, tímidos, de apariencia dulce. La violencia no es explícita, no es mostrada. Se presentan sus causas y sus consecuencias. No se juzga, únicamente se expone, se muestra. Y eso es lo que incomoda: no la ira y sus manifestaciones, sino su origen y su consecuencia. Sobre todo su origen.


Hay numerosas referencias literarias en “Las iras” (Garcilaso de la Vega, Ernestina de Champourcín, Circe Maia, Bukowski…) pero la clave está en sus numerosas referencias bíblicas. Y esas referencias nos sitúan en el tipo de ira que nos plantea Pilar: hay una ira justa, no caprichosa sino que se produce como respuesta a lo injusto, al pecado. La indignación no es el pecado, sino la respuesta al mismo. Pero claro, esto es así respecto a la ira divina, en cuanto a la ira humana el cantar es otro: ya no es un acto de justicia, sino un comportamiento destructivo. Sentir ira no es necesario algo negativo ni maligno, pero exige una razón que la justifique y un control que la dome. Pilar pone la mirilla (una de ellas) en ese confuso límite entre la ira divina y la humana, puesto que las protagonistas de estas historias son en su mayoría (creo que todas) creyentes. Rezan, rezan mucho.


El Dios al que rezan las protagonistas de “Las iras” no es un Dios que castiga y amenaza, sino un Dios bondadoso, generoso, justo, sencillo y sobrio a la vez que incendiario, sin prejuicios, que acoge, protege, comprende. Explora una religiosidad bondadosa en oposición a la religión pervertida por las instituciones y que está llena de normas represoras, una religión (el catolicismo en este caso) amenazante, controladora, castigadora y opresiva que nos deja la culpa como regalo envenenado. Casi de por vida. Así que (es mi interpretación) las causas de la ira de las protagonistas son divinas, pero las consecuencias de su manifestación son humanas.


Esa dualidad entre lo divino y lo humano provoca una incomprensión terrible en estas niñas/adolescentes que reniegan de las consecuencias de sus actos y tratan de encontrar la belleza en el horror causado. Los personajes aspiran a esa belleza del “después”: la belleza es la calma, el sosiego, el espacio propio, tu lugar en el mundo. En este sentido, para mí (siempre para mí) el relato más largo de “Las iras”, el titulado “Roca blanca, fondo azul”, es también muy esclarecedor. Porque si todos los relatos dan la sensación de estar relacionados entre sí, el relato que parece troncal y a la vez raíz de todas esas ramificaciones interconectadas, es precisamente ese (además de conectarse con la Betania de “De bestias y aves”) en el que el encierro y la soledad no es sinónimo de opresión y encarcelamiento, sino de libertad, de protección de un exterior que nos entristece, agrede, controla, exige… El estallido de la ira se produciría en ocasiones para provocar que el tiempo cese y poder reiniciarse (lo cual me recuerda los tiempos de la pandemia) en un espacio propio. 


Repitiéndose que es digna. Digna de tener una casa en su tierra y guardarse en ella para descansar y dejar de tener miedo


Una de las muchas reflexiones a las que me llevó la lectura de “Las iras” es que si es una evidencia que no podemos domar la Naturaleza ¿por qué pensamos que podemos domesticar, amaestrar, amansar, controlar la infancia/adolescencia? Si los intentos de dominar a la Naturaleza suelen tener por lo general resultados catastróficos ¿por qué iba a ser diferente con niños y adolescentes? Todo intento de dominar y someter lo salvaje tiene secuelas. Consecuencias.


Andaba yo leyendo, a la par que “Las iras”, a Adrienne Rich y me encuentro (¿casualidad?) con un poema titulado “Fenomenología de la ira” en el que dice Rich: “La libertad de la que está completamente loca/de ensuciar y jugar con su propia locura/de escribir en las paredes del cuarto/embarrándose los dedos/que no es la libertad que gozas, por supuesto,/al caminar por Broadway/al detenerte y regresar o continuar/10 cuadras, 20 cuadras/pero que podría parecer envidiable a los que se han comprometido/libertad torcida en las entrañas de aquella realidad/que debiera alimentarla y la estrangula”. Ahí lo dejo.


Gracias, Pilar.


©AnaBlasfuemia



jueves, 7 de septiembre de 2023

De bestias y aves (Pilar Adón)


"Ella sabía lo que era tener paz, lo que era experimentar la paz. Lo que suponía entablar una alianza entre la percepción y la razón. La emoción y el discernimiento"

Y, así, entre percepción y razón, emoción y discernimiento, vuelvo a acercarme a un nuevo libro de Pilar Adón. Preguntándome qué nueva vuelta le dará a su universo narrativo, qué nuevos matices y giros, consciente de que su universo es muy personal pero nunca idéntico a sí mismo, porque la gama narrativa de Pilar es variada pero absolutamente reconocible. Pocos autores pueden conseguir eso: que si leyeras un libro suyo sin saber quien lo ha escrito, reconocieras inmediatamente la mano que ha escrito ese texto.

Me pasó algo curioso, una frase ("El dibujo de una mariposa era la imagen de una mariposa y no la propia mariposa") me recuerda a un pintor que me fascina: Magritte. En mi salón bien visible hay una postal de un dibujo de Magritte, una pipa, y un texto: "Ceci n'est pas une pipe". Más adelante se nombra a Magritte, pero el pellizco de las coincidencias ya está ahí y se irá encadenando según avanzo en la lectura. También me resuena Ingerborg Bachmann y su "Tres senderos hacia el lago". Cuando leo a Pilar, no sé la razón, mi memoria y sus conexiones, mi mente y sus ramificaciones, se activan con una facilidad que me pasma.

"El ahogo y las dudas que había odiado toda su vida porque lograban convertirla en un ser pusilánime, cuando eso era justo lo que no quería ser. Pusilánime"

Hay una conexión entre los libros de Pilar, en realidad hay varias y son bien conocidas así que no voy a repetirlas, pero hay una que me atrae especialmente por su subjetividad y por cómo (y de qué distintas maneras) reaccionamos cuando lo sentimos y porque es una de las emociones que además compartimos con los animales: el miedo. Cómo aborda y combina Pilar el miedo y esos otros elementos comunes en su obra tiene algo turbadoramente hermoso.

Sí, me abduce la escritura de Pilar, me sumerjo en esa atmósfera de apariencia insana que agobia o, cuanto menos, inquieta. Esa es su fuerza, su poder de convicción: esa capacidad para impregnarnos de una atmósfera cerrada y claustrofóbica incluso en espacios abiertos, de una libertad que te ata, de la imposibilidad de comunicación pese al uso del diálogo, de esa violencia invisible y soterrada pero palpable que es amenaza pero nunca se materializa ni se expresa abiertamente. El entorno no es apacible, pese a que si pones una lupa no ves nada fuera de lugar. Quizás haga falta alejarse para poder ver de cerca qué es lo que inquieta y poder señalar los distintos elementos que por separado parecen estar en su sitio pero si lo ves de fuera hacia dentro, desde la distancia a la proximidad, empiezas a percibir el origen del miedo.

No sabes si lo que sucede está en su cabeza o es una realidad, si es que no se establece ese pacto entre percepción y razón en Coro, la protagonista que decide un día coger el coche e irse, sin más, quizás buscando que sus padres decidan llamarla por un único nombre (le pusieron varios: Coro, Mag, Mae) y así pueda por fin dejar de descifrar códigos, estados de ánimo y razonamientos. Coro busca algo tan humano como el equilibrio (y un poco que la dejen en paz). ¿De qué está hecho el equilibrio en el ser humano? Cada persona tendrá o conseguirá el suyo, tan personal como aquello que causa el desequilibrio. El equilibrio tiene unos mimbres que, al igual que el miedo, está lleno de subjetividades. Pero el equilibrio sólido (y flexible), el definitivo, está hecho de verdades que nos tenemos que decir a nosotros mismos. Sin anestesia.

Hay que dominar distintas posibilidades (técnicas, narrativas, emocionales, incluso personales) para que una historia aparentemente trivial termine siendo luminosa. A veces puede parecer que Pilar cuenta distintas versiones de la misma historia, distintos puntos de vista y miradas de una historia circular. Pero lo cierto es que el mundo narrativo de Pilar no tiene grietas pero tampoco concesiones a lo comercial, algo que es de agradecer en estos tiempos de frivolidad e intrascendencia literaria.

En "De bestias y aves" (como es propio de Adón) lo explícito es suplantado por la ambigüedad y esto provoca inevitablemente que el lector no sea un espectador pasivo, que tengamos que buscar nuestra propia interpretación de lo que acontece, deja a nuestro albedrío las conclusiones y el sentido que queramos hallar en lo relatado.

Adón es de esa estirpe de escritoras que moldea su propia narrativa al margen de cualquier convención, es fiel a su poética, no es servil ni complaciente con las exigencias de sus lectores. Como dentro de esa narrativa pisa con firmeza y nada como pez en el agua y además le resulta eficaz para contar su universo, se mantiene fiel a sí misma a la vez que perfecciona su esquema y va depurando y profundizando (a modo de introspección) en ese espacio "adoniano". Es verdad que tengo la sensación de que cada vez más Pilar hace guiños explícitos a sus lectores, no sólo a quienes somos más fieles a esta autora, sino también a aquellos que se aproximan más a su obra. Como si nos tendiera una mano (o a lo mejor es que yo antes no la veía, todo es posible) para adentrarnos en la historia de Coro y ese universo de Adón en el que en sus libros anteriores entrabas más abruptamente. Eso sí: una vez dentro ya que cada cual se apañe como sea.

Deambular por el universo "adoniano", plagado de simbolismos, precisa de agarraderos que he encontrado con más facilidad en "De bestias y aves", quizás porque esos simbolismos están más equilibrados, quizás porque Adón ha querido facilitárnoslo o quizás porque respiro en estas atmósferas que crea Pilar como los delfines cuando se sumergen: creando dos regiones en los pulmones, de forma que la región inferior se comprime y la superior guarda el aire retenido. Ya puedo entrar en apnea sin riesgo de colapsar.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Desvarío amoroso (Wilhelm Genazino)


En especial quisiera estrechar amigablemente la mano a los ya desfallecidos y agotados […] Nuestras condiciones de vida producen agotamiento de modo continuo, pero no hay suficiente sitio para los agotados. El agotado es una figura estigmatizada. Refleja el sistema que nos domina y lo ridículo de sus promesas

Tengo cierta debilidad por la literatura cuyos protagonistas son un poco la periferia, que viven al margen de la masa y la observan desde fuera. Sea por decisión propia o porque son la pieza sobrante de un puzle en el que no encajan por mucho que lo intenten. Antihéroes imperfectos, con una capacidad analítica tan precisa como, en ocasiones, deformada. Personajes incómodos para el lector por su constante extrañeza, su obstinada desilusión, su permanente inadaptación, su exploración de la angustia vital, su relación asimétrica con la realidad y su tono gris y anodino que, sin embargo, nos inquiere desde su aparente insignificancia.

Todas las historias están contadas alguna vez. Algunas incluso están contadas muchas veces, como ésta de un imperfecto triángulo amoroso y el paso del tiempo. La edad nos cambia, no nos hace diferentes pero aprendemos a diferenciar lo importante de lo irrelevante, que resulta ser mucho más de lo que creíamos. Contado muchas veces, cierto, pero me han interesado muy mucho las maneras de Genazino.

El protagonista de “Desvarío amoroso” es melancólico e hipocondríaco (en lo físico y en lo anímico) y se ve incapaz de seguir manteniendo una relación triangular con dos mujeres sin que la una sospeche de la existencia de la otra y a las que los lectores sólo conocemos a través del protagonista. ¿Por qué decidir?

No ha sido fácil hacerse con la constante voz mental del protagonista. El cinismo del narrador pueden desviarnos de lo conmovedor de su melancolía, lo ingenioso de sus reflexiones, la profunda y crítica mirada a nuestra cotidiana y absurda sociedad, al caos que produce intentar ordenar nuestros sentimientos (lo complicado que es intentar hacer que todo sea sencillo). 

En definitiva, ha sido una lectura tan inesperada como adictiva que me va a llevar a buscar más libros de este autor tan desconocido.

martes, 19 de mayo de 2020

Gilead (Marilynne Robinson)


«Cuando la gente viene a hablarme, de lo que sea, me impresiona una especie de incandescencia que hay en ella, ese “yo” cuyo verbo puede ser “quiero” o “temor” y cuyo predicado puede ser “alguien” o “nada” y en realidad no importa, pues el encanto está precisamente en esa presencia, moldeada alrededor del “yo” como la llama en torno a la mecha, que surge en forma de pesadumbre y culpa y gozo y lo que sea, pero rápida, ávida e ingeniosa»

Qué gran narradora es Marilynne Robinson y qué difícil es lo que hace siendo tan fácil leerla. “Gilead” tiene un trasfondo religioso y teológico innegable pero, te interesen o no estas cuestiones, vas a conectar inevitablemente con su humanismo y con la gran sensibilidad que desprende en relación al ser humano y la existencia. Su prosa sosegada, honesta, acogedora, refleja un gran respeto que impele al lector a reconciliarse con las personas, con el vivir.

“Gilead” es una celebración de lo humano, una narrativa sencilla pero con una sólida construcción, que se aleja del tono sentimental y demagógico para abordar las motivaciones de su narrador con una profunda lucidez y con una transparencia muy generosa en ese escrutinio introspectivo que hace John Ames en una extensa carta dirigida a su hijo para que la lea cuando él ya no esté.

No siempre la voz narradora es fiable. No es el caso de John Ames, fiable y confiable, acogedora y profunda, sin esquivar ni misterios ni espinas. No soy nada fan de los sermones pero el abordaje de Robinson es lo suficientemente reflexivo e inteligente como para esquivar ese tono populista de muchas arengas, convirtiendo su discurso en una invitación al diálogo y a la reflexión, a una meditación profunda y serena.

Las enrevesadas relaciones entre padres e hijos es uno de los pilares que componen la columna vertebral de “Gilead”, también la soledad, la melancolía, las guerras, la comunidad, la religión, la vida… Todos ello abordado desde la calma, la amabilidad, el respeto y el cuidado. “Gilead” es, fundamentalmente, un enorme agradecimiento a lo cotidiano y ordinario, la vida como un milagro. Un libro conmovedor y acogedor de gran espiritualidad que cautiva sin falacias.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Una soledad demasiado ruidosa (Bohumil Hrabal)


Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es

La prosa de Hrabal es arrolladora, apretada, tan ruidosa como los pensamientos que pueblan la mente del solitario Hanta, que lleva 35 años prensando libros y papel viejo, rescatando libros de los inquisidores, 35 años bebiendo cerveza.

Cerveza, trabajo y libros mantienen a Hanta en el umbral de la conciencia, transitando del mundo real al imaginario, del ficticio al material, del alucinatorio al físico. Alejado del mundo que le rodea, un marginal en una sociedad opresora y gris que prefiere los subsuelos y las cloacas de Praga antes que su superficie. Si pudiera, en lugar de prensar papel viejo prensaría cabezas humanas, esos humanos que, como las ratas, se aniquilan en guerras absurdas. La cultura, los ángeles caídos, la belleza helénica y el espíritu griego, la filosofía, la poesía y el pensamiento elevado solo tienen cabida en las cuevas subterráneas.

Hanta, culto y erudito a pesar de sí mismo, 35 años en su trabajo, 35 años llenos de dignidad sobreviviendo a una humanidad absurda. Y un buen día, todo cambia. Unas manos más jóvenes, unas prensas más modernas. El rodillo tecnológico, la juventud moderna y adoctrinada. Y Hanta, que se ha pasado 35 años rescatando el sentido de la vida del aniquilador, pierde ese sentido de la vida y pierde su alma. Trabajar rápido, destruir libros, no pensar: prensar y no pensar es la nueva orden. Hanta es un hombre que piensa y por eso también es capaz de decidir y decide ir “más allá de la frontera del ser y de la nada”, allí donde la caída es una ascensión.

“Una soledad demasiado ruidosa” es un largo monólogo de su protagonista, en el que las (largas) oraciones se conectan en un fluir de conciencia en el que no hay un discurso directo sino que oscila entre lo lírico y lo surrealista. Un monólogo irónico y meticuloso plagado de reflexiones simbólicas sobre el desmoronamiento de una época y el desmoronamiento del propio Hanta. Condenado a una sociedad podre y decadente Hanta elige su propia madriguera, esa que no sabemos si es una rendición o una resistencia heroica.

martes, 26 de noviembre de 2019

La intrusa (Monika Zgustova)


Gala se mantenía en silencio: siempre prefería escuchar y aprender que brillar

Tengo desde siempre una fascinación declarada y reconocida por la obra artística y la personalidad de Salvador Dalí (genio, extravagante, tímido patológico, acomplejado). Fascinación que se extiende a la mujer de su vida: Gala. Ambos vivieron ese amor raro, diferente e incomprensible para los ojos de los demás, pero que estaba predestinado a ser. Un amor inevitable, como las olas que parecen querer alejarse del mar pero que, de forma necesaria y rítmica, vuelven a él. Destinos ineludibles.

Quiero conocer en la medida que pueda todo aquello que me fascina, así que este libro fue también inevitable. Y lo cierto es que salgo de la lectura decepcionada porque “La intrusa” no añade nada nuevo a lo que ya se sabe y lo más interesante del libro son las reproducciones de los escritos de la propia Gala, una mujer reservada, pero libre y decidida en un mundo de hombres con unos egos muy bien alimentados.

Repetitivo y narrativamente deslavazado y superficial, me ha hecho acudir a los diarios de Anaïs Nin en los que menciona su encuentro en Virginia (EEUU) con Gala y Dalí y describe en pocos párrafos a una Gala con gran capacidad organizadora (“toda la casa estaba funcionando para el bienestar de Dalí”). También cuenta cómo “no levantaba nunca la voz ni trataba tampoco de seducir ni conquistar. Aceptaba silenciosamente que todos los que nos encontrábamos allí estábamos para servir a Dalí, al gran genio indiscutible” Poco necesitó Nin, una observadora analítica y aguda, para captar a Gala y su relación con Dalí.

También se habla de su relación con Paul Eluard y Max Ernst y su amistad con Marina Tsvtáieva. No podía atraerme más todo esto… y sin embargo termino el libro sintiendo que Gala sigue siendo un enigma, que esta lectura se ha quedado en la superficie, como biografía y como narración, y que la autora desaprovecha una oportunidad, aunque pueda ser un libro interesante como acercamiento a Gala e incluso a Eluard y Dalí, pero con toda la información que hay hoy en día a golpe de clic se queda corto, carente de profundidad, análisis e intencionalidad.

martes, 10 de septiembre de 2019

Otra vida por vivir (Theodor Kallifatides)


La quintaesencia de la hospitalidad es exactamente eso. No dejar fuera al extranjero

Hospitalidad. Ser amable. No dejar fuera. Parece fácil ¿verdad?, pero la realidad nos demuestra cada día que no lo es, que la hospitalidad sí tiene límites y deja cadáveres en la playa, en el mar, en las fronteras. No somos capaces de dar sosiego, arrebatamos la dignidad al otro, al extranjero, al emigrante, al “invasor”, como si la dignidad humana no fuera algo inherente al ser humano, algo que no podemos quitar al otro porque eso nos convierte a nosotros mismos en indignos.

“Otra vida por vivir” rebosa precisamente eso: dignidad. Generosidad. Ternura. Humanidad. Es una joya que destellea y que está henchida de belleza y realidad. Aparentemente Kallifatides nos habla de su imposibilidad para escribir. Aparentemente. Porque escribiendo hace una radiografía certera sobre la Europa que habitamos. Hablando de su crisis personal nos habla con gran sensibilidad de la crisis de nuestra sociedad y nuestros valores.

La irresponsabilidad de una sociedad de consumo vertiginosa, el paso del tiempo, la búsqueda de identidad, la comodidad por encima de la necesidad, reescribir los derechos humanos para eludir nuestras obligaciones, el olvido extendiéndose como una mancha de petróleo en el océano, el vacío expandiéndose silencioso mientras ignoramos que existe.

No estamos ante un libro triste. Estamos ante un libro sincero, y la sinceridad impide a Kallifates embellecer una realidad que tiene sus sombras y que nos grita que la salvemos para salvarnos. Tenemos una responsabilidad para con el otro, vecino, emigrante, extranjero, hermano, que no podemos eludir. La tragedia está ahí, y Kallifates responde a ella siendo genuino, humilde, y encontrando su patria en el único lugar que nunca le abandonará, esté donde esté: su lengua materna.

Parte de la quintaesencia de este libro está en hacer un buen uso del lenguaje, utilizándolo para comunicar, mostrar y unir y no para lo que se utiliza muchas veces: separar, ocultar, despreciar. Manipular.

“Otra vida por vivir” es la épica y el coraje de lo sencillo y honesto. Y, como todo lo épico, ha de ser ensalzado como lectura.


miércoles, 24 de abril de 2019

La compasión difícil (Chantal Maillard)


¿Y aún seguiréis confundiendo el poema con la sensiblería? ¿A qué llamáis amor, a qué, belleza?
Es bastante arduo clasificar este libro, ensayo fragmentado, poesía viva, filosofía introspectiva. Es Maillard, quien la ha leído lo sabe. Qué difícil es hablar de sus libros. Qué complejidad intentar siquiera delinear las punzadas, pormenorizar su inmensidad, la vastedad del precipicio. Qué ajuste de cuentas hace Maillard consigo misma en este libro tan cabal y honrado. Cuánta sufrida generosidad para conseguir esta compasión tan difícil. “MEDEA: ¿Quién te culpa? LA MUJER (balbuciendo): Yo. Yo me culpo. MEDEA: ¿Quién ha de perdonarte? LA MUJER: Yo. MEDEA: Y ¿quién es “yo”?”
Y en la travesía de esa culpa que no es una causa sino una consecuencia, ese perdón que no es perdón sino compasión, ese saber quién es “yo”, está lograr esa compasión difícil. ¿Qué es la compasión difícil? No aquella que compadece a la víctima, sino la que compadece al verdugo. La compasión que acompaña y que transciende todo código y creencia. Porque si oímos hay que acudir a los abismos, ese lugar en el que víctima y verdugo coinciden.

Disminuir el ansia, el hambre, como acto de rebeldía, encontrar la belleza (¿a qué llamamos belleza?). No, no creáis, creer es delegar en otros aquello que nos importa, no hay que creer en nada para respetar al otro. No hay que creer. Hay que CONFIAR. ¿Cómo conseguir la compasión difícil? A través del conocimiento de una misma. Y a ese conocimiento solo se llega, doy fe, a través de la soledad más estricta y absoluta. Transcender el “yo”. Por eso es tan espinoso lograr esa compasión: porque renunciar a la historia personal, abdicar del “yo”, empaparse en la soledad más severa y profunda requiere de mucho dolor, de trocar de victima a verdugo, de dialogar con tu yo más abismal y recóndito, descender hasta la raíz de las emociones (abajo, abajo, más debajo de mí). Ha sido una lectura intensa, emocionante, conmovedora e impactante que me ha hecho mejor persona. He aprendido porque aprender es reconocer pero también recordar.  La literatura puede ser muchas cosas, pero también es un compromiso con la verdad. Ejerzamos el derecho de pensar, aunque sea leyendo.

miércoles, 3 de enero de 2018

La vida sumergida (Pilar Adón)


Páginas: 240
Publicación: 2017
Editorial: Galaxia Gutenberg
Sinopsis: Los personajes de los trece relatos que conforman La vida sumergida aspiran a estar constantemente en otro sitio y a ser lo que no son, conscientes de que, al final, tendrán que dar con la mejor manera de sobrevivir. Para ellos es más incitante el camino que la llegada y más gratos los preparativos de un evento que su auténtica celebración. Comparten la vocación de apartarse y recluirse en casas que son lugares de encierro pero también de libertad, al constituir el espacio perfecto para imaginar, recordar, fantasear y, en definitiva, huir. Pero la vida acecha siempre en todas partes.

Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
Ya está aquí, de nuevo, Pilar Adón. Porque no puede evitar escribir, porque le urge escribir. Porque Las efímeras era un caleidoscopio con múltiples espejos y algunos de ellos tenían vida propia más allá de Ruche. Y de aquellos colores y formas que le revolotearon mientras escribía Las efímeras, nacen los relatos de La vida sumergida.

Un título muy acertado, por cierto (nunca deja nada al azar), puesto que de lo sumergido precisamente nos hablan los 13 relatos de La vida sumergida, de lo insondable, de lo anegado de líquido amniótico, protegido de miradas externas, pero vivo, muy vivo en nuestro interior.
El privilegio supremo de la elección.
Cada vez me cuesta creer más en nuestra capacidad de elección. Cuando trabajaba con niños con distintas problemáticas les enseñaba a los padres el truco de la falsa elección. Si un niño, por ejemplo, era muy selectivo con su alimentación, les pedía que hicieran una lista con los alimentos menos frecuentes en el menú de su hijo/a. Y luego les pedía que ofrecieran a su hijo la posibilidad de elegir entre el alimento que más detestara y el que menos. No fallaba: elegían el que menos le gustaba. Estaban eligiendo algo que en realidad no querían pero que ellos decidían, y así poco a poco se introducía más variedad en la alimentación.

Reconozco que nunca me sentía bien con este “truco”, aplicable a muchas situaciones y actividades. Pero solía funcionar. Al niño/a se le daba la posibilidad de elegir en lugar de imponerle algo sí o sí. La sensación de que eres tú quien eliges es muy poderosa. Pero es una falsa elección. Y quizás este truco se nos presente no tan intencionadamente pero sí con más frecuencia de lo que creemos en nuestro día a día.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Los protagonistas de La vida sumergida han elegido, la mayoría de ellos han tomado decisiones, no viven la vida que quieren vivir, no están donde quieren estar (¿a qué me sonará esto?). Las decisiones pueden ser varias: huir, abrazarse a la naturaleza, desear que alguien se muera, optar por seguir siendo sumisa, desligarse de la realidad, encerrarse, rebelarse... Sí, deciden, actúan, levitan… pero ¿qué sucede si aquello de lo que huyes, si aquello que te impide vivir la vida que quieres vivir… está dentro de ti? ¿somos nosotros nuestro mayor obstáculo? ¿somos capaces de desanudarnos de aquello que nos ata, incluso de las ataduras externas? ¿tenemos que aislarnos por completo para conseguir encontrar nuestro lugar en el mundo?

Ah, sí… Si algo hace Pilar Adón es justamente eso: que terminas de leer sus libros, en este caso sus relatos, y de repente tienes un saco con un montón de preguntas. Ya no temo al hombre del saco. Temo al saco. Y mira que busco respuestas en muchas lecturas, pero cuando me dejan repleta de interrogantes también lo valoro sobremanera, porque de repente sé la textura que tienen las cosas que me inquietan, aunque vengan en forma de interrogaciones. Las propias preguntas son una respuesta en sí mismas.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
Hace muchas cosas Pilar Adón cuando escribe, entre ellas crear atmósferas y mundos en los que recrea aquello que le desasosiega y le provoca marejadas internas. Ella no huye: busca. 

Como una buena chef literaria, pone todos los ingredientes a nuestra disposición. Pero, ah, poner la mesa, mantel, vajilla, decoración, música ambiental e incluso combinar los ingredientes, el punto de cocción o elaboración y sobre todo masticarlos y digerirlos… eso ya es cosa nuestra. Es una proveedora de elixires y nutrientes, verduras, legumbres, carnes, lácteos, frutas, cereales, azúcares… Nos apunta alguna receta, alguna posibilidad, pero el resto ya está en manos de nuestra libertad.

Porque libertad es lo que proporciona: necesitamos que nuestra mente quede libre después de cada relato, libre de obstáculos y limitaciones, de narraciones explícitas y masticadas, libre de señales unidireccionales, de literatura del sometimiento de lo fácil y plácido. En esas atmósferas y escenarios cerrados y aislados que construye tan admirable como eficazmente, lo que hace es liberar nuestra mente, porque sólo desde ahí, desde una amplitud mental sin cortapisas captas la naturaleza de los personajes, los paisajes y las situaciones que nos plantea Pilar Adón.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Vivimos en comunidad. Somos seres interactivos. Y aunque a veces no te aferres, igualmente dependes. Te aíslas en un espacio, tal vez en la naturaleza, intentas liberarte de sumisiones y ataduras, buscando mundos quiméricos, sueños creados por nuestras cabezas. Buscando la libertad. Es necesario reflexionar, sumergirnos en nosotros mismos, palpar y dar forma a lo que no la tiene.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Leer a Pilar oprime en ese espacio vacío que de vez en cuando utiliza recursos propios para recordarte que está ahí. Pilar moviliza agujeros negros, espacios ocultos, aires invisibles. Espejea. Y eso… es vida. Vida sumergida.

Ya comenté en su momento que Pilar Adón tiene la bondad de tratar a sus lectores como personas inteligentes. Y la virtud de escribir como pocos escritores en nuestro panorama nacional. Que no sea una escritora considerada comercial, que sea tan coherente con ella misma, con su ritmo narrativo, con los mundos externos e internos que crea y recrea, con una forma de contar con mucha base poética y una cadencia casi musical, que no escriba para una gran masa de lectores, que sea consciente de ello y que no se doblegue, solo hace que aumente mi admiración por una escritora galáctica (y no lo digo porque publique en Galaxia Gutenberg) y una persona muy generosa. Ella solo quiere escribir. Y yo solo quiero seguir leyéndola.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Viaje en torno de mi cráneo (Frigyes Karinthy)

Título original: Utazás a koponyám körül
Traductor: F. Oliver Brachfeld
Páginas: 320
Publicación: 1939 (2007)
Editorial: Galaxia Gutemberg
Sinopsis: En 1934, la vida de Frigyes Karinthy sufrió un vuelco de consecuencias imprevisibles: le habían diagnosticado un tumor cerebral. Viaje en torno de mi cráneo arranca con los trenes invisibles que, un buen día, atraviesan los tímpanos del autor. Es el primero de una serie de síntomas, pequeñas molestias que poco después derivaron en sospechosas advertencias de algo con visos de ser una grave enfermedad y que acabaron por adueñarse de su vida.
No hay más que días. Veinticuatro horas, eso es lo que hay, y siempre es posible de una manera u otra resistir la vida durante este tiempo.
La vida no me da para tanto libro. Una vez asumido esto mi misión es no equivocarme con mis lecturas. Leer sólo aquello que me satisface. Habrá muchos libros buenos que no lea pero que no son lecturas que me sumen. No me importará no leerlos. Pero de esos que añaden, que me aportan, no quiero que se me escape ninguno. El tiempo cuenta y transcurre, si lo (mal)gasto con una lectura que no acaba de cuajar es tiempo que no dedico a otra que me agradaría más. Pero hay que arriesgar, sólo las relecturas son seguras y muchos libros no dejan de ser una incógnita, aunque sean de un autor o autora que sepas no te fallarán. 

No recuerdo porqué tenía este libro. Pero quiero pensar que si lo tenía es porque en algún momento algo me hizo creer que merecía la pena o llamó lo suficiente mi atención como para adquirirlo. Del autor no tenía referencia, más allá de la que busqué por encima justo antes de empezar la lectura. Y no estaba segura de si el tema iba a ser oportuno justo en este momento. No rehúyo la dureza, pero no, ahora no, gracias. Bah, pensé, no hay problema: si no me convence, lo aparco. 

Y que luego digan que no leo libros “alegres”. Pues acabo de leerme uno: este. Aunque quizá el término “alegre” no sea el más adecuado (no, no lo es). Pero rebosa sentido del humor, sarcasmo, ironía, inteligencia… Sí, con un tema tan delicado como un tumor cerebral (y en 1934 nada menos –algo  que amablemente nos recuerda el traductor, ya en 1961-, háganse una idea de lo que ha avanzado la medicina desde entonces).

Karinthy no deja nada fuera, ni los primeros síntomas de la enfermedad, ni los posteriores, ni las posibles secuelas… ni siquiera nos priva de contarnos con detalle la operación, puesto que estuvo despierto la mayor parte de la misma. Y no recurre al drama, al “pobre de mí”, a retorcerte las entrañas con un tono trágico. Al contrario, se desprende de todo tono simbólico, afectivo, emocional. No hay el menor atisbo de retorcimiento morboso.  Solo quiere escribir y describir lo que le sucedió para recordar, para no olvidarlo. Cierto, hay momentos que cruje, pero sin la “violencia” de la tristeza catastrofista, porque Karinthy tenía un sentido del humor extraordinario e inteligente (y no lo pierde en esta situación) y también una mirada científica, incisiva, astuta y muy auténtica. 

Karinthy nos habla de todo el proceso, no sólo desde dentro, sino también desde el exterior, como si se proyectara fuera de sí mismo pero manteniendo intacto tanto lo que percibe y siente desde dentro y añadiendo lo que percibe y siente quien “está” fuera. Un desdoblamiento al alcance de mentes brillantes. Quizá me he embarullado un poco explicándolo pero como escribo para mí (para recordar mis sensaciones lectoras, mi biografía a través de las lecturas), me vale. 

Hay mucha curiosidad en este libro, no sólo la del lector, queriendo saber, sino también la del propio autor, que muestra continuamente mucho interés por saber qué es lo que le sucede continuamente, tratando de entender, no desde la desolación, sino desde el deseo de intentar resolver la extrañeza de todo lo que le sucede. En ningún momento busca compasión de los demás. Quienes le rodean reaccionan de distintas maneras, y Karinthy siente también la curiosidad de desentrañar sus reacciones, de analizarlas y ubicarlas en el contexto de la propia enfermedad.

De hecho Karinthy consigue algo extraordinariamente asombroso: no le compadeces, no le sufres. Simplemente le acompañas en ese viaje en torno a su cerebro, aprendiendo de este sorprendente viaje y del análisis y la visión con que Karinthy lo enfrenta.  

Viaje en torno de mi cráneo no sólo es un testimonio de una dura experiencia médica, contiene también mucha y buena literatura. Las últimas páginas son de una belleza asombrosa. Sin duda, la parte más estremecedora y poética.
La realidad sabe mucho mejor, aun desde el punto de vista simbólico, cómo, cuándo y dónde colocar las cosas.
Amén, Karinthy. No ha sido, ni mucho menos, un tiempo perdido. Siempre es posible resistir la vida, un día, y otro, y otro.

lunes, 25 de enero de 2016

Las efímeras (Pilar Adón)

Páginas: 240
Publicación: 2015
Editorial: Galaxia Gutenberg
ISBN: 9788416495283
Sinopsis: Dora y Violeta Oliver, dos hermanas que mantienen una ambigua relación, viven aisladas en una casa situada a las afueras de una comunidad. Sus miembros se han ido reuniendo en el lugar en torno a una gran casa que semeja la forma de una colmena, en busca de un estilo de vida marcado por el retiro y la autosuficiencia, por la coherencia y la introspección. Hasta que un día, una de las hermanas Oliver comienza un acercamiento hacia el tímido Denis, un muchacho perseguido por un turbio pasado que se remonta varias generaciones atrás, y desaparece. En ese espacio aislado, dominado por una naturaleza omnipresente que también establece sus propias normas, una mujer, Anita, es la encargada de conservar el equilibrio y la normalidad, al menos de modo aparente. Podéis leer las primeras páginas AQUÍ

Lo cercano y lo lejano. Lo permanente y lo que no lo era.
Los contrarios conviven en mí con un desparpajo que hasta me resulta divertido. Por eso me voy, sin irme, de mi propio blog. Y es que hay tantas formas de irse como de quedarse. En cualquier caso si no dejo de leer no podré dejar de contarlo. Especialmente algunos libros. Y ya lo dije: que seguiré leyendo es una certeza, y esto no admite más contrario que leer libros que no me muevan nada por dentro. Difícil ahora mismo.
En este paisaje están todos los paisajes; en este minuto, todos los minutos.
Resulta que he leído Las efímeras. Y tengo que venir a mi cuarto propio y contarlo, no lo puedo retener. Y no es fácil. Se podría escribir un libro sobre todo lo que contiene, implica, moviliza, toca, abarca… Pilar Adón en Las efímeras. Y quedarían todavía matices en los que escarbar, temas por desarrollar, vericuetos miles en los que profundizar. Como si fuera un caleidoscopio con múltiples espejos. En todos puedes verte reflejada, ahora en uno, luego en otro. Aunque aceptes no verte en el espejo completo, pero sí en alguna de las variadas imágenes que nos devuelve a cada movimiento, a cada giro, el caleidoscopio que es Las efímeras.
Repasando el significado de la palabra inteligencia y de la palabra equilibrio. Los factores que siempre había buscado en una persona con la que poder hablar y pasear. Con la que poder vivir. Inteligencia, naturalmente. Y equilibrio.
Es el tercer libro que leo de Pilar (que sepas, Pilar, que ni siquiera de Winterson me he leído tantos). Cuando terminé de leerlo, en la madrugada del mismo día al que iba a ir a un club de lectura sobre Las efímeras en el que estaría la propia Pilar, no sabía cómo podría contarle a ella todas mis sensaciones sobre el libro. Pero la verdad es que cuento con una aliada inmejorable: la propia Pilar. Hay una empatía mutua, cierta complicidad, que nos facilita mucho la comunicación. Quizás una mirada, unos intereses y unas inquietudes comunes. Sin embargo compartir aquí lo que es este libro, lo que ha significado su lectura, no es tarea fácil. Y a mí me encantaría poder transmitiros todo tal y como me ha llegado a mí. Imposible, así que dejo titulares (y esto no va a ser breve, para variar)

12 años ha tardado Pilar Adón en escribir Las efímeras. 12 años. En 12 años pasan tantas cosas, dentro y fuera de una, que no puedo menos que sentir admiración (y mucho respeto) por el hecho de que Pilar haya conseguido estar ahí, sin salirse de aquello que quería contar y cómo quería contarlo, sin dejarse influir por los propios cambios que se habrán producido en ella como persona y como escritora. Manteniéndose como autora férrea y fiel a la ficción, a la estructura que estaba construyendo sin que sus propios marasmos y cambios como persona tocaran o retocaran a sus personajes, a la historia que nos quería contar. Perfeccionando, y de qué manera, esta joya de libro que es Las efímeras.
Podrían no volver a verse jamás y entonces tendría que aceptar los términos de esa nueva circunstancia. Cada matiz. Percibir la importancia y el significado de las palabras. Negación. Reiteración. Percepción. Irreversibilidad. No volver a verse jamás. Negación. Reiteración. Percepción. Irreversibilidad.
Las palabras son importantes. Y cualquier lector que vaya más allá de la lectura como mero entretenimiento sabe qué quiero decir. Y por supuesto, cualquier escritor es consciente de ello. Son su herramienta. No pueden, las palabras, colocarse así por casualidad, arrimarse una a otra porque “suenen” bonitas cuando estén juntas, sin más. No. Son un vehículo, un medio de transporte. Comunican. Hasta las palabras que no se escriben, pero se insinúan, nos dicen (los silencios en la literatura también son significativos, y mucho). Y esas palabras, esas pausas, esos silencios, tienen que contarnos verdades desde la ficción. Y es importante cuidar las palabras, mimarlas, experimentar, combinarlas, y cuando por fin consigues moldearlas, entonces darte cuenta de que ahí, en ese párrafo, en el otro, en el de más allá, incluso en lo que no está escrito pero queda en el aire… está todo lo que quieres que esté, contando lo que quieres contar, de la forma que quieres hacerlo, con la sonoridad, el ritmo y el contenido preciso. Que lo has conseguido. Que Pilar Adón lo ha conseguido.

Hay muchas cosas que me encantan de Adón, como escritora y como persona. Una de ellas, aunque pueda sorprender, es que aparentemente no es nada amable con el lector. En realidad es una especie de trampa. Una propuesta que nos hace. Yo misma he comentado en Las hijas de Sara que era una autora exigente con sus lectores, que no daba tregua. Y si digo “aparentemente” es porque a mí me parece que lo que hace es precisamente ser muy amable con sus lectores. Nos trata como personas inteligentes, como buenos lectores. No nos da masticado nada. Pero nos ofrece un menú, un banquete, digno de dioses. Hace lo suyo. Masticar, digerir y apreciar el manjar, ya es tarea nuestra. Esa es la auténtica amabilidad de las personas. La amabilidad de Pilar.

Por eso, nada hay en este libro que sea explícito, rotundo, definitivo, evidente. Y a la vez, todo lo es. Sugiere. Propone. Muestra. Pero las interpretaciones, lo que cada uno ve, la mirada que pone, está en nuestras manos. En nuestra mirada.
Saber dónde está la calma, y no ir a buscarla.
Puedes leer el libro y quedarte en la superficie. O puedes rascar un poquito, y empezar a encontrar capas y capas y más capas (lo mismo sucedía en Las hijas de Sara). Y terminas el libro y te dices (me dije): aquí está todo. Todo. Hay tantos temas dentro de este libro que podría ir comentando página a página. Párrafo a párrafo. Y decir algo de cada página, de cada párrafo. Y emocionarme y entusiasmarme hablando de ello.

Cuando terminé el libro pensé para mí (aunque ya lo había pensado muuuuchas páginas antes de finalizarlo): Las efímeras es un librazo. No hay nada de lo que puedas prescindir, desde la ilustración de la sobrecubierta (hermosa The Merry Wanderers, de Andrea Kowch), hasta las citas iniciales (“El caos verde. O un bosque” -John Fowles- “No son hombres, son leones” -Marcel Proust-) y la cita intermedia de Nathaniel Hawthorne (“Quiero mi sitio, mi propio sitio, mi verdadero sitio en el mundo, mi verdadero ámbito, aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla… y que he estado buscando en vano durante toda mi vida), pasando por todo el contenido del libro. Nada es casual, nada es prescindible. Todo se entrelaza, todo suma, todo cuenta. Estas citas mismas que acabo de mencionar son una muestra de lo que hace Pilar. Porque en ellas está todo lo que cuenta dentro del libro. No da puntada sin hilo.
Controlar el miedo. Dejar de pensar.
No voy a entrar mucho en los temas que aborda Pilar Adón. Podría hablaros de los personajes (y deciros que la naturaleza es un personaje más, y que no es una naturaleza cordial, porque la naturaleza no lo es -“un truco de la naturaleza para conseguir pretendientes. O víctimas”-), de la historia que cuenta, de la atmósfera que crea, que si habla de miedos (abstractos y ancestrales), de encierros, de huidas, de sometimientos, de aislamiento, de soledad, de poder, de fuerzas, de flaquezas, de contradicciones y contrarios, de dependencias, del mal disfrazado del bien, de la violencia muda, de la culpa, de tantas y tantas cosas... Todo esto, mucho mejor contado de lo que yo podría hacerlo, lo encontraréis en las muchas reseñas, artículos y entrevistas que hay por Internet.

Podría, puedo, mantener muchas conversaciones sobre todo lo que Pilar toca en este libro. Me encantaría hacerlo porque sería hablar de la vida, de cada uno de nosotros. Pero voy a contaros algo que ayude, que me ayude, a trasladaros mis sensaciones.

Cuando me faltaban unas 50 páginas por leer (mucho antes en realidad) ya tenía una certidumbre: Pilar había conseguido darle una forma literaria extraordinaria a los temas que le obsesionan y sobre los que construye y se construye como escritora (incluso como lectora, y no me voy a arriesgar a decir que también como persona, pero…) Literariamente estamos ante un libro de una categoría prodigiosa.

Yo tocaba palmas con las orejas en cada frase, en cada párrafo, en cada capítulo. Hay fragmentos que llegué a leer y releer en voz alta, me los repetía, sonreía, y casi que hasta me imaginaba a Pilar en el momento en el que le dio la forma definitiva a ese párrafo (y por lo que comentó, mi imaginación no se ha equivocado mucho). Porque además su estilo de contar, de escribir, me es muy cercano. También de lo que habla. Habría subrayado todo el libro desde la primera palabra hasta la última. No encontré un vacío, un resquicio, nada que me pareciera endeble, indolente, precipitado... Todo me transmitía algo. Si a lo largo de esos 12 años en los que estuvo escribiendo Las efímeras tuvo un momento de debilidad, de cansancio (que los tendría), no aparecen reflejados en ninguna línea del libro.

Y a falta de esas 50 páginas, subí una foto al instagram y escribí: Un libro que ¿cierra un ciclo? Literatura de la buena. Porque pensaba (no necesitaba saber el final) que Pilar había conseguido crear el lienzo perfecto en el que ha conseguido plasmar con una calidad de vértigo los temas que venía abordando en sus libros anteriores. Es verdad que los temas que le bullen a Pilar Adón y que traslada a sus libros no se cierran nunca, por supuesto que puede seguir profundizando en ellos. Son temas que atraviesan la historia de la humanidad (y esto tiene mucho que ver con el título del libro y ahora lo explico). Pero lo que había escrito en Las efímeras, lo que cuenta y cómo lo ha escrito, es de tal calidad que pensaba para mí que Pilar Adón se había puesto el listón altísimo a ella misma. Que si seguía escribiendo sobre ello ¿qué sería lo siguiente?... seguro que una barbaridad de esas que dices: me puedo morir ya. Pero es que a mí este libro ya me parece una barbaridad (en el mejor de los sentidos, obvio). Así y todo, se lo pregunté. Y me dijo que no, que no era un fin de ciclo. Me quedé sorprendida (caramba, mi primer “desencuentro” con Pilar). Pero... hay desencuentros que son encuentros y maneras distintas de ver las cosas que no son excluyentes.

Y deciros: pasión. Pasión por Pilar Adón, pasión por este libro, pasión la que te traslada Pilar, cuando escribe, cuando habla, cuando lee, porque la tiene dentro y te la contagia, espléndida y valiente. Leal a ella misma. Me pasaría la vida hablando de todo esto… y estaría viviendo. Viviendo e indagando sobre la vida misma sin salirme de libros, lecturas, escritoras…

Hay muchas personas que escriben bien. Que escriben muy bien. Rematadamente bien. Condenadamente bien. Y ni así llegan a hacer literatura. Dónde sitúo personalmente a Pilar Adón creo que ha quedado claro ¿no?
Siempre es así. Puedes pasar días, semanas, sin pensar en otra cosa, intentando arreglar algo, decidir algo y, de repente, ahí está. La solución. Clarísima. La única opción.
Antes de terminar (me refiero a este post, porque el libro y las sensaciones me acompañaran durante mucho tiempo y espero que durante muchas conversaciones con quien se preste a ello) quiero explicar lo del título. Al decir “efímeras” se piensa en fugacidad, brevedad… Quizás se desconozca la etimología. “Efímera” procede del griego éphêmeros (“lo que dura un solo día”). Los efemerópteros son un orden de insectos (conocidos como efímeras) cuyo ciclo vital es de horas, un día. Dos como mucho (y excepcionalmente). En ese breve intervalo, pasan de ser insectos acuáticos a convertirse en insectos alados, para lo cual sufren entre 10 y 45 mudas, se vuelven alados e incluso después vuelven a mudar hasta convertirse en adultos con cuatro alas. No se alimentan en su corta vida. Sólo se aparean… y se transforman (varias veces, varios cambios). Toda una vida en horas. Pues resulta, y fijaros hasta qué punto nada deja al azar Pilar Adón, que son los insectos alados más antiguos que existen en la actualidad. Los más breves y los más antiguos. Lo efímero y lo vetusto. ¿Está el secreto de su antigüedad como especie en la brevedad de sus vidas? ¿En los múltiples cambios que se producen en su corta existencia?...

¿Da o no el libro para conversaciones y más conversaciones?

A mí no me interesa la belleza comúnmente aceptada, ya lo sabes. No me ha interesado nunca. Cuando veo cuerpos perfectos, una piel límpida, el pelo ordenado, las medidas correctas… Son elementos que no me sorprenden. No me conmueven. Prefiero detectar algún descuido. Alguna flaqueza. Los cuerpos impecables no han vivido. En cambio, cualquier vestigio de extrañeza, cualquier sombra en el rostro, me parece una prueba de experiencia. Un indicio de ahogo o de cansancio. Eso es lo que me importa, lo que me impresiona de los demás. Su conocimiento. Su perspicacia. Me interesa lo que han visto y lo que han aprendido. Lo que guardan aquí. –Se llevó un dedo a la frente.

¡Sí, aplaudo!

(Pilar, nos debemos un tiempo sin reloj)

AnaBlasfuemia)