sábado, 22 de marzo de 2025
Las iras (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
“Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño”
¿Y si no nos quieren? ¿si SENTIMOS/CREEMOS que no nos quieren/ven/comprenden? ¿si sentimos la traición, la grieta en la confianza, lo injusto, el miedo, el dolor, la frustración? Entonces puede aparecer la ira. Sus causas y sus consecuencias.
En la contraportada de “Las iras” nos preguntan si puede surgir la belleza tras el horror, si es posible el sosiego después de la venganza extrema. Cuando se plantea este debate sobre si es posible la belleza después de la devastación y el espanto siempre acudo a Rachel Carson, que hablaba de una de las paradojas de las tierras y los océanos: que de un fenómeno catastrófico y destructivo (por ejemplo una erupción volcánica) pueda producirse un acto de creación del que surja la belleza.
Vamos por partes. Los lectores de Pilar Adón conocemos los elementos constantes, transversales y estructurales de su literatura. De Pilar se podrá decir que es de lectura exigente, oscura, inquietante, críptica, asfixiante, incluso poco misericordiosa con los lectores (yo pienso lo contrario), pero Pilar es como el algodón: no engaña. Pacta con el lector, nos presupone inteligentes y libres, así que su narrativa no nos la ofrece desmenuzada porque acepta que tenemos mandíbula suficiente para masticar. Por eso sus historias suelen comenzar en la mitad (in media res). Para mí eso es respeto. Ella da el callo escribiendo y nosotros debemos darlo a la hora de leer. Es lo justo (y necesario). Una interacción deseable, al menos para mí.
Como no deja nada al azar ni a la casualidad (los títulos de los relatos lo confirman), Pilar titula a su libro “Las iras”. En plural. Porque la ira será una, pero (al igual que su génesis) sus manifestaciones pueden ser múltiples y variadas. Pilar es toda ella polisémica y por eso su narrativa tiene numerosos significados y lecturas, por eso nada es casual en sus libros, como no lo es el lenguaje que utiliza ni sus títulos, ni la estructura ni el tiempo narrativo. Todos los relatos de “Las iras” (un total de 18) tienen una pluralidad de interpretaciones, de posibles significados.
Las protagonistas de los relatos son todas mujeres. Adolescentes o niñas. Y todas ellas son pozos (me he dado cuenta en este libro de la importancia de lo circular en Pilar), esconden agujeros, una abertura a quién sabe qué grieta: oscuridad, agua estancada, un vacío, una amenaza, una presencia, una ausencia, un lamento, una perdida. De estas protagonistas se espera (por la edad, por los clichés) inocencia.
Últimamente se me cruzan las series que veo con las lecturas que estoy haciendo. En este caso, mientras leía “Las iras”, estaba viendo la miniserie “Adolescencia” e inevitablemente se dieron la mano de forma muy sutil (o no tanto): protagonistas jóvenes, inocentes, tímidos, de apariencia dulce. La violencia no es explícita, no es mostrada. Se presentan sus causas y sus consecuencias. No se juzga, únicamente se expone, se muestra. Y eso es lo que incomoda: no la ira y sus manifestaciones, sino su origen y su consecuencia. Sobre todo su origen.
Hay numerosas referencias literarias en “Las iras” (Garcilaso de la Vega, Ernestina de Champourcín, Circe Maia, Bukowski…) pero la clave está en sus numerosas referencias bíblicas. Y esas referencias nos sitúan en el tipo de ira que nos plantea Pilar: hay una ira justa, no caprichosa sino que se produce como respuesta a lo injusto, al pecado. La indignación no es el pecado, sino la respuesta al mismo. Pero claro, esto es así respecto a la ira divina, en cuanto a la ira humana el cantar es otro: ya no es un acto de justicia, sino un comportamiento destructivo. Sentir ira no es necesario algo negativo ni maligno, pero exige una razón que la justifique y un control que la dome. Pilar pone la mirilla (una de ellas) en ese confuso límite entre la ira divina y la humana, puesto que las protagonistas de estas historias son en su mayoría (creo que todas) creyentes. Rezan, rezan mucho.
El Dios al que rezan las protagonistas de “Las iras” no es un Dios que castiga y amenaza, sino un Dios bondadoso, generoso, justo, sencillo y sobrio a la vez que incendiario, sin prejuicios, que acoge, protege, comprende. Explora una religiosidad bondadosa en oposición a la religión pervertida por las instituciones y que está llena de normas represoras, una religión (el catolicismo en este caso) amenazante, controladora, castigadora y opresiva que nos deja la culpa como regalo envenenado. Casi de por vida. Así que (es mi interpretación) las causas de la ira de las protagonistas son divinas, pero las consecuencias de su manifestación son humanas.
Esa dualidad entre lo divino y lo humano provoca una incomprensión terrible en estas niñas/adolescentes que reniegan de las consecuencias de sus actos y tratan de encontrar la belleza en el horror causado. Los personajes aspiran a esa belleza del “después”: la belleza es la calma, el sosiego, el espacio propio, tu lugar en el mundo. En este sentido, para mí (siempre para mí) el relato más largo de “Las iras”, el titulado “Roca blanca, fondo azul”, es también muy esclarecedor. Porque si todos los relatos dan la sensación de estar relacionados entre sí, el relato que parece troncal y a la vez raíz de todas esas ramificaciones interconectadas, es precisamente ese (además de conectarse con la Betania de “De bestias y aves”) en el que el encierro y la soledad no es sinónimo de opresión y encarcelamiento, sino de libertad, de protección de un exterior que nos entristece, agrede, controla, exige… El estallido de la ira se produciría en ocasiones para provocar que el tiempo cese y poder reiniciarse (lo cual me recuerda los tiempos de la pandemia) en un espacio propio.
“Repitiéndose que es digna. Digna de tener una casa en su tierra y guardarse en ella para descansar y dejar de tener miedo”
Una de las muchas reflexiones a las que me llevó la lectura de “Las iras” es que si es una evidencia que no podemos domar la Naturaleza ¿por qué pensamos que podemos domesticar, amaestrar, amansar, controlar la infancia/adolescencia? Si los intentos de dominar a la Naturaleza suelen tener por lo general resultados catastróficos ¿por qué iba a ser diferente con niños y adolescentes? Todo intento de dominar y someter lo salvaje tiene secuelas. Consecuencias.
Andaba yo leyendo, a la par que “Las iras”, a Adrienne Rich y me encuentro (¿casualidad?) con un poema titulado “Fenomenología de la ira” en el que dice Rich: “La libertad de la que está completamente loca/de ensuciar y jugar con su propia locura/de escribir en las paredes del cuarto/embarrándose los dedos/que no es la libertad que gozas, por supuesto,/al caminar por Broadway/al detenerte y regresar o continuar/10 cuadras, 20 cuadras/pero que podría parecer envidiable a los que se han comprometido/libertad torcida en las entrañas de aquella realidad/que debiera alimentarla y la estrangula”. Ahí lo dejo.
Gracias, Pilar.
jueves, 7 de septiembre de 2023
De bestias y aves (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
domingo, 23 de mayo de 2021
Eterno amor (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
miércoles, 22 de julio de 2020
Da dolor (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
miércoles, 3 de enero de 2018
La vida sumergida (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
El privilegio supremo de la elección.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.
lunes, 25 de enero de 2016
Las efímeras (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
Publicación: 2015
Editorial: Galaxia Gutenberg
ISBN: 9788416495283
Sinopsis: Dora y Violeta Oliver, dos hermanas que mantienen una ambigua relación, viven aisladas en una casa situada a las afueras de una comunidad. Sus miembros se han ido reuniendo en el lugar en torno a una gran casa que semeja la forma de una colmena, en busca de un estilo de vida marcado por el retiro y la autosuficiencia, por la coherencia y la introspección. Hasta que un día, una de las hermanas Oliver comienza un acercamiento hacia el tímido Denis, un muchacho perseguido por un turbio pasado que se remonta varias generaciones atrás, y desaparece. En ese espacio aislado, dominado por una naturaleza omnipresente que también establece sus propias normas, una mujer, Anita, es la encargada de conservar el equilibrio y la normalidad, al menos de modo aparente. Podéis leer las primeras páginas AQUÍ
Lo cercano y lo lejano. Lo permanente y lo que no lo era.Los contrarios conviven en mí con un desparpajo que hasta me resulta divertido. Por eso me voy, sin irme, de mi propio blog. Y es que hay tantas formas de irse como de quedarse. En cualquier caso si no dejo de leer no podré dejar de contarlo. Especialmente algunos libros. Y ya lo dije: que seguiré leyendo es una certeza, y esto no admite más contrario que leer libros que no me muevan nada por dentro. Difícil ahora mismo.
En este paisaje están todos los paisajes; en este minuto, todos los minutos.Resulta que he leído Las efímeras. Y tengo que venir a mi cuarto propio y contarlo, no lo puedo retener. Y no es fácil. Se podría escribir un libro sobre todo lo que contiene, implica, moviliza, toca, abarca… Pilar Adón en Las efímeras. Y quedarían todavía matices en los que escarbar, temas por desarrollar, vericuetos miles en los que profundizar. Como si fuera un caleidoscopio con múltiples espejos. En todos puedes verte reflejada, ahora en uno, luego en otro. Aunque aceptes no verte en el espejo completo, pero sí en alguna de las variadas imágenes que nos devuelve a cada movimiento, a cada giro, el caleidoscopio que es Las efímeras.
Repasando el significado de la palabra inteligencia y de la palabra equilibrio. Los factores que siempre había buscado en una persona con la que poder hablar y pasear. Con la que poder vivir. Inteligencia, naturalmente. Y equilibrio.Es el tercer libro que leo de Pilar (que sepas, Pilar, que ni siquiera de Winterson me he leído tantos). Cuando terminé de leerlo, en la madrugada del mismo día al que iba a ir a un club de lectura sobre Las efímeras en el que estaría la propia Pilar, no sabía cómo podría contarle a ella todas mis sensaciones sobre el libro. Pero la verdad es que cuento con una aliada inmejorable: la propia Pilar. Hay una empatía mutua, cierta complicidad, que nos facilita mucho la comunicación. Quizás una mirada, unos intereses y unas inquietudes comunes. Sin embargo compartir aquí lo que es este libro, lo que ha significado su lectura, no es tarea fácil. Y a mí me encantaría poder transmitiros todo tal y como me ha llegado a mí. Imposible, así que dejo titulares (y esto no va a ser breve, para variar)
12 años ha tardado Pilar Adón en escribir Las efímeras. 12 años. En 12 años pasan tantas cosas, dentro y fuera de una, que no puedo menos que sentir admiración (y mucho respeto) por el hecho de que Pilar haya conseguido estar ahí, sin salirse de aquello que quería contar y cómo quería contarlo, sin dejarse influir por los propios cambios que se habrán producido en ella como persona y como escritora. Manteniéndose como autora férrea y fiel a la ficción, a la estructura que estaba construyendo sin que sus propios marasmos y cambios como persona tocaran o retocaran a sus personajes, a la historia que nos quería contar. Perfeccionando, y de qué manera, esta joya de libro que es Las efímeras.
Podrían no volver a verse jamás y entonces tendría que aceptar los términos de esa nueva circunstancia. Cada matiz. Percibir la importancia y el significado de las palabras. Negación. Reiteración. Percepción. Irreversibilidad. No volver a verse jamás. Negación. Reiteración. Percepción. Irreversibilidad.Las palabras son importantes. Y cualquier lector que vaya más allá de la lectura como mero entretenimiento sabe qué quiero decir. Y por supuesto, cualquier escritor es consciente de ello. Son su herramienta. No pueden, las palabras, colocarse así por casualidad, arrimarse una a otra porque “suenen” bonitas cuando estén juntas, sin más. No. Son un vehículo, un medio de transporte. Comunican. Hasta las palabras que no se escriben, pero se insinúan, nos dicen (los silencios en la literatura también son significativos, y mucho). Y esas palabras, esas pausas, esos silencios, tienen que contarnos verdades desde la ficción. Y es importante cuidar las palabras, mimarlas, experimentar, combinarlas, y cuando por fin consigues moldearlas, entonces darte cuenta de que ahí, en ese párrafo, en el otro, en el de más allá, incluso en lo que no está escrito pero queda en el aire… está todo lo que quieres que esté, contando lo que quieres contar, de la forma que quieres hacerlo, con la sonoridad, el ritmo y el contenido preciso. Que lo has conseguido. Que Pilar Adón lo ha conseguido.
Hay muchas cosas que me encantan de Adón, como escritora y como persona. Una de ellas, aunque pueda sorprender, es que aparentemente no es nada amable con el lector. En realidad es una especie de trampa. Una propuesta que nos hace. Yo misma he comentado en Las hijas de Sara que era una autora exigente con sus lectores, que no daba tregua. Y si digo “aparentemente” es porque a mí me parece que lo que hace es precisamente ser muy amable con sus lectores. Nos trata como personas inteligentes, como buenos lectores. No nos da masticado nada. Pero nos ofrece un menú, un banquete, digno de dioses. Hace lo suyo. Masticar, digerir y apreciar el manjar, ya es tarea nuestra. Esa es la auténtica amabilidad de las personas. La amabilidad de Pilar.
Por eso, nada hay en este libro que sea explícito, rotundo, definitivo, evidente. Y a la vez, todo lo es. Sugiere. Propone. Muestra. Pero las interpretaciones, lo que cada uno ve, la mirada que pone, está en nuestras manos. En nuestra mirada.
Saber dónde está la calma, y no ir a buscarla.Puedes leer el libro y quedarte en la superficie. O puedes rascar un poquito, y empezar a encontrar capas y capas y más capas (lo mismo sucedía en Las hijas de Sara). Y terminas el libro y te dices (me dije): aquí está todo. Todo. Hay tantos temas dentro de este libro que podría ir comentando página a página. Párrafo a párrafo. Y decir algo de cada página, de cada párrafo. Y emocionarme y entusiasmarme hablando de ello.
Cuando terminé el libro pensé para mí (aunque ya lo había pensado muuuuchas páginas antes de finalizarlo): Las efímeras es un librazo. No hay nada de lo que puedas prescindir, desde la ilustración de la sobrecubierta (hermosa The Merry Wanderers, de Andrea Kowch), hasta las citas iniciales (“El caos verde. O un bosque” -John Fowles- “No son hombres, son leones” -Marcel Proust-) y la cita intermedia de Nathaniel Hawthorne (“Quiero mi sitio, mi propio sitio, mi verdadero sitio en el mundo, mi verdadero ámbito, aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla… y que he estado buscando en vano durante toda mi vida”), pasando por todo el contenido del libro. Nada es casual, nada es prescindible. Todo se entrelaza, todo suma, todo cuenta. Estas citas mismas que acabo de mencionar son una muestra de lo que hace Pilar. Porque en ellas está todo lo que cuenta dentro del libro. No da puntada sin hilo.
Controlar el miedo. Dejar de pensar.No voy a entrar mucho en los temas que aborda Pilar Adón. Podría hablaros de los personajes (y deciros que la naturaleza es un personaje más, y que no es una naturaleza cordial, porque la naturaleza no lo es -“un truco de la naturaleza para conseguir pretendientes. O víctimas”-), de la historia que cuenta, de la atmósfera que crea, que si habla de miedos (abstractos y ancestrales), de encierros, de huidas, de sometimientos, de aislamiento, de soledad, de poder, de fuerzas, de flaquezas, de contradicciones y contrarios, de dependencias, del mal disfrazado del bien, de la violencia muda, de la culpa, de tantas y tantas cosas... Todo esto, mucho mejor contado de lo que yo podría hacerlo, lo encontraréis en las muchas reseñas, artículos y entrevistas que hay por Internet.
Podría, puedo, mantener muchas conversaciones sobre todo lo que Pilar toca en este libro. Me encantaría hacerlo porque sería hablar de la vida, de cada uno de nosotros. Pero voy a contaros algo que ayude, que me ayude, a trasladaros mis sensaciones.
Cuando me faltaban unas 50 páginas por leer (mucho antes en realidad) ya tenía una certidumbre: Pilar había conseguido darle una forma literaria extraordinaria a los temas que le obsesionan y sobre los que construye y se construye como escritora (incluso como lectora, y no me voy a arriesgar a decir que también como persona, pero…) Literariamente estamos ante un libro de una categoría prodigiosa.
Yo tocaba palmas con las orejas en cada frase, en cada párrafo, en cada capítulo. Hay fragmentos que llegué a leer y releer en voz alta, me los repetía, sonreía, y casi que hasta me imaginaba a Pilar en el momento en el que le dio la forma definitiva a ese párrafo (y por lo que comentó, mi imaginación no se ha equivocado mucho). Porque además su estilo de contar, de escribir, me es muy cercano. También de lo que habla. Habría subrayado todo el libro desde la primera palabra hasta la última. No encontré un vacío, un resquicio, nada que me pareciera endeble, indolente, precipitado... Todo me transmitía algo. Si a lo largo de esos 12 años en los que estuvo escribiendo Las efímeras tuvo un momento de debilidad, de cansancio (que los tendría), no aparecen reflejados en ninguna línea del libro.
Y a falta de esas 50 páginas, subí una foto al instagram y escribí: Un libro que ¿cierra un ciclo? Literatura de la buena. Porque pensaba (no necesitaba saber el final) que Pilar había conseguido crear el lienzo perfecto en el que ha conseguido plasmar con una calidad de vértigo los temas que venía abordando en sus libros anteriores. Es verdad que los temas que le bullen a Pilar Adón y que traslada a sus libros no se cierran nunca, por supuesto que puede seguir profundizando en ellos. Son temas que atraviesan la historia de la humanidad (y esto tiene mucho que ver con el título del libro y ahora lo explico). Pero lo que había escrito en Las efímeras, lo que cuenta y cómo lo ha escrito, es de tal calidad que pensaba para mí que Pilar Adón se había puesto el listón altísimo a ella misma. Que si seguía escribiendo sobre ello ¿qué sería lo siguiente?... seguro que una barbaridad de esas que dices: me puedo morir ya. Pero es que a mí este libro ya me parece una barbaridad (en el mejor de los sentidos, obvio). Así y todo, se lo pregunté. Y me dijo que no, que no era un fin de ciclo. Me quedé sorprendida (caramba, mi primer “desencuentro” con Pilar). Pero... hay desencuentros que son encuentros y maneras distintas de ver las cosas que no son excluyentes.
Y deciros: pasión. Pasión por Pilar Adón, pasión por este libro, pasión la que te traslada Pilar, cuando escribe, cuando habla, cuando lee, porque la tiene dentro y te la contagia, espléndida y valiente. Leal a ella misma. Me pasaría la vida hablando de todo esto… y estaría viviendo. Viviendo e indagando sobre la vida misma sin salirme de libros, lecturas, escritoras…
Hay muchas personas que escriben bien. Que escriben muy bien. Rematadamente bien. Condenadamente bien. Y ni así llegan a hacer literatura. Dónde sitúo personalmente a Pilar Adón creo que ha quedado claro ¿no?
Siempre es así. Puedes pasar días, semanas, sin pensar en otra cosa, intentando arreglar algo, decidir algo y, de repente, ahí está. La solución. Clarísima. La única opción.Antes de terminar (me refiero a este post, porque el libro y las sensaciones me acompañaran durante mucho tiempo y espero que durante muchas conversaciones con quien se preste a ello) quiero explicar lo del título. Al decir “efímeras” se piensa en fugacidad, brevedad… Quizás se desconozca la etimología. “Efímera” procede del griego éphêmeros (“lo que dura un solo día”). Los efemerópteros son un orden de insectos (conocidos como efímeras) cuyo ciclo vital es de horas, un día. Dos como mucho (y excepcionalmente). En ese breve intervalo, pasan de ser insectos acuáticos a convertirse en insectos alados, para lo cual sufren entre 10 y 45 mudas, se vuelven alados e incluso después vuelven a mudar hasta convertirse en adultos con cuatro alas. No se alimentan en su corta vida. Sólo se aparean… y se transforman (varias veces, varios cambios). Toda una vida en horas. Pues resulta, y fijaros hasta qué punto nada deja al azar Pilar Adón, que son los insectos alados más antiguos que existen en la actualidad. Los más breves y los más antiguos. Lo efímero y lo vetusto. ¿Está el secreto de su antigüedad como especie en la brevedad de sus vidas? ¿En los múltiples cambios que se producen en su corta existencia?...
¿Da o no el libro para conversaciones y más conversaciones?
A mí no me interesa la belleza comúnmente aceptada, ya lo sabes. No me ha interesado nunca. Cuando veo cuerpos perfectos, una piel límpida, el pelo ordenado, las medidas correctas… Son elementos que no me sorprenden. No me conmueven. Prefiero detectar algún descuido. Alguna flaqueza. Los cuerpos impecables no han vivido. En cambio, cualquier vestigio de extrañeza, cualquier sombra en el rostro, me parece una prueba de experiencia. Un indicio de ahogo o de cansancio. Eso es lo que me importa, lo que me impresiona de los demás. Su conocimiento. Su perspicacia. Me interesa lo que han visto y lo que han aprendido. Lo que guardan aquí. –Se llevó un dedo a la frente.
¡Sí, aplaudo!
(Pilar, nos debemos un tiempo sin reloj)
(©AnaBlasfuemia)
lunes, 29 de junio de 2015
Las hijas de Sara (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
Julia estaba segura de que el miedo era el sentimiento fundamental del hombre. El más frecuente. El que hacía que el mundo se moviera en una dirección o en otra. El miedo y no el dinero ni el amor ni el odio. El miedo…
Hay mucha diferencia entre querer tener un hijo y querer ser padre.
El dilema de la fugacidad de la vida podía aparecer, pero sólo porque ésta se empleaba en realizar actividades que no tenían nada que ver con su medición, con su cuidado, con su evidencia, con la constatación de que transcurren las horas y los días y los meses y los años y que, de pronto, ha transcurrido todo el tiempo del que uno dispone y uno dice: “¡Ah! Qué fugaz es la vida…”