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lunes, 27 de julio de 2026

El jardinero y la muerte (Gueorgui Gospodínov)


No hay nada que temer

No es la frase más citada de este libro, pero sí la que mejor recoge y acoge su espíritu.

Lo admito: la frase inicial, esa que todos los comentarios y reseñas se apresuran a subrayar (“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”), tiene una belleza desarmante. Contiene mucha literatura, y contiene también todo el lirismo del libro. Gospodínov encuentra ahí una forma de seguir viendo a su padre sin recurrir a las palabras gastadas del duelo. No añade adjetivos. El jardín podría haber sido hermoso, silencioso o triste, pero entonces la frase habría perdido parte de su precisión. La deja desnuda. Y la coloca, además, al principio, sin preámbulos, con esa capacidad tan suya para hacer que lo íntimo y lo conceptual respiren a la par.

Y sin embargo, siento que la frase que mejor resume “El jardinero y la muerte” es la que he elegido para abrir este comentario.

Porque ese “No hay nada que temer” importa no por lo que dice, sino por quién la dice. En cuanto sabemos que era una frase habitual del padre, deja de leerse como una idea sobre la muerte y empieza a leerse como una forma de seguir oyéndolo. Y entonces todo cambia. Ya no suena a reflexión serena o frase sabia o memorable. Suena al padre, a su carácter, a su forma de mirar e incluso a una forma de proteger a los demás. Por eso me parece más reveladora que la frase inicial, por muy hermosa y fulgurante que sea: porque aquí no está solo la literatura, está el padre. Está su manera de hablar, de quitar hierro, de sostener. Y así Gospodínov consigue que su padre no quede reducido ni a enfermo ni a recuerdo, sino que siga presente en sus palabras, en sus historias y en la forma de estar que dejaba a su alrededor.

He agradecido hasta el tuétano que Gospodínov evitara algo muy tentador en este tipo de libros: el sentimentalismo organizado. “El jardinero y la muerte” no convierte la agonía del padre en un altar literario. No ennoblece el dolor ni lo administra con esa pulcritud que a veces vuelve indecentes los libros sobre la pérdida y el duelo. Gospodínov escribe desde el acompañamiento, desde la vigilia, desde el roce entre lo que todavía sigue vivo y lo que empieza a retirarse. Por eso avanza por aproximaciones, por escenas, por recuerdos que aparecen como  formas de seguir cerca cuando la cercanía ya no basta. Avanza como avanza una memoria herida: vuelve, se desvía, insiste, toca una escena y la deja, regresa a una voz, a una imagen, a un gesto mínimo que de pronto pesa más que cualquier explicación.

El padre no queda reducido a excusa sentimental para que el hijo despliegue sensibilidad. Sigue siendo una presencia concreta, con oficio, con humor, con rarezas, con una manera de estar en el mundo que no se deja resumir por el hecho de morirse. Que fuera jardinero importa de verdad, porque el jardín introduce una lógica distinta: nada ahí se organiza por línea recta, por progreso, por culminación. Todo crece, vuelve, se mezcla, se arruina, reaparece. También el libro se mueve así.

Y se mueve así, en parte, porque fue escrito demasiado cerca de lo que estaba ocurriendo. No desde la distancia reflexiva que ordena, sino en mitad del deterioro del padre, casi al mismo tiempo que ese deterioro sucedía. De ahí vienen los fragmentos, las interrupciones, los cambios de foco, la sensación de que el libro no recuerda desde lejos, sino que piensa y escribe mientras todavía acompaña. En lugar de imponer una forma previa sobre la experiencia, deja que la experiencia fuerce la forma. Y eso se nota en la respiración del texto, en su modo de volver una y otra vez sobre ciertas escenas, en la manera en que acepta que una imagen o una frase del padre puedan tener más verdad que cualquier reflexión bien construida.

Al fondo permanece también otra capa, más callada pero importante: ese padre pertenecía a una generación formada en el socialismo búlgaro, con una relación particular con el silencio, la autoridad y el trabajo. El libro no convierte ese trasfondo en explicación, pero está ahí, dando espesor a su forma de hablar, de callar, de aguantar, de estar con los demás. No lo explica todo, pero ensancha la figura del padre y evita que quede encerrada en la pura intimidad familiar, ayudando a entender que en él hay una historia más amplia.

Por eso creo que la frase que mejor resume el libro no es la más brillante y citada, sino la más suya. “No hay nada que temer” funciona como una forma de seguir reconociendo al padre en su voz, en su carácter, en su manera de sostener a los otros incluso desde la fragilidad. Y eso es lo que “El jardinero y la muerte” hace de una forma exquisita: no escribir una desaparición, sino impedir que esa presencia se vuelva abstracta.

Gracias, Gueorgui Gospodínov. Gracias, María Vútova (traducción)


©AnaBlasfuemia




jueves, 2 de julio de 2026

Crisálida (Fernando Navarro)


Vamos a ser más leídos que los que leen mil libros porque nosotros somos libros, cada uno un libro


Crisálida” es un libro incómodo. No incomoda por su desconcertante argumento, ni por una violencia que roza lo gore, ni siquiera por esa fascinación que provoca y que conviene nombrar con cuidado, porque embellecería demasiado lo que sucede aquí. Incomoda porque es un libro arriesgado, potente, que arrastra de forma extraña: Navarro no se conforma con contar el daño, sino que intenta reproducir cómo el daño desordena y reorganiza la percepción.


Una niña llamada Nada despierta en un sanatorio y empieza a hablar desde un lenguaje roto, una memoria alterada y una historia familiar tan disfuncional, que ha dejado de distinguir con claridad entre lo vivido, lo soñado, lo inventado, lo heredado y lo que quizá solo puede decirse deformándolo. Navarro construye “Crisálida” desde esa inestabilidad y lo hace con una ambición poco frecuente: no escribe solo una historia de aislamiento, violencia y delirio en una zona montañosa entre las Alpujarras y Sierra Nevada, sino una especie de cuento familiar febril en el que la infancia es sometida y encerrada en una ficción adulta.


El Capitán, padre de Nada y figura central de esa catástrofe doméstica, no se limita a arrastrar a su familia lejos de la vida común. Hace algo más peligroso: funda un relato. Cambia nombres, inventa una geografía, impone una ley propia, sustituye la realidad compartida por una mitología privada y obliga a sus hijos a respirar dentro de ella. La familia empieza a funcionar así con una lógica sectaria: un líder iluminado, una doctrina, un aislamiento progresivo, una amenaza exterior, una promesa de salvación y unos niños encerrados en una ficción que no han elegido. El padre no solo manda; interpreta el mundo por todos. El horror no empieza cuando aparecen la sangre, el hambre o la violencia explícita. Empieza antes, cuando alguien consigue que los demás llamen destino a su propia obsesión.


El centro del libro no está en el terror, aunque utilice sus formas, sus luces torcidas, sus animales, sus apariciones y su manera de volver sospechoso cualquier rincón. Tampoco está exactamente en el bosque, aunque el bosque lo ocupe casi todo. Navarro acierta al desactivar cualquier lectura amable de la naturaleza. No participa de esa fantasía, tan cómoda y vendible, según la cual alejarse de la ciudad vuelve a una persona más verdadera. Aquí la montaña no mejora a nadie. En todo caso, permite que lo que ya estaba podrido encuentre espacio para expandirse. El Capitán lleva su mundo consigo y el bosque solo le proporciona distancia, oscuridad, material simbólico y ausencia de testigos.


El Capitán tiene algo de profeta, de aventurero de saldo, de músico derrotado, de patriarca alucinado, de niño grande que ha confundido imaginación con mando. Su peligro procede precisamente de esa mezcla. No se presenta como pura crueldad, sino como proyecto, protección, épica doméstica, miedo al mundo exterior. La violencia más perturbadora suele llegar así, vestida con palabras que en otro contexto podrían parecer nobles: cuidado, familia, libertad, salvación… Palabras que no matan solas, claro, pero necesitan a alguien dispuesto a usarlas como cerradura.


El final del libro parece reiniciar su propia maquinaria: otra vez el sanatorio, otra vez la escena imposible, otra vez una familia que no puede estar allí en términos realistas porque la historia ha pasado a otro plano. El desenlace trabaja como bucle, como retorno, como encerrona de la percepción. La niña ha salido del bosque, quizá, pero el bosque no ha salido de la niña. El Capitán quería fundar un mundo y, de algún modo, lo consiguió: no porque su reino perdure fuera, sino porque sigue actuando dentro del lenguaje de su hija. Su derrota no cancela su poder. Esa es la parte más amarga: algunos padres no necesitan seguir vivos para seguir gobernando.


La gran apuesta de “Crisálida” está en la voz de Nada, y por eso sus debilidades también se concentran ahí. El habla andaluza, entendida como materia musical y no como costumbrismo, tiene sentido dentro del proyecto; sin embargo, en algunos pasajes parece más una decisión de ambientación que una exigencia profunda del relato. La historia se mueve en un territorio tan mental, tan febril, tan próximo al mito y al sueño, que la insistencia en ciertos rasgos dialectales puede resultar innecesaria, incluso algo reductora: ata a una zona concreta una historia que, en su estructura más poderosa, podría haber ocurrido en cualquier montaña donde una familia quedara a merced del delirio de un padre.


“Crisálida” decide no protegerse demasiado. Navarro trabaja con una materia propensa al exceso (infancia, familia extrema, aislamiento, miedo, delirio y naturaleza convertida en presión) y no escribe desde la prudencia, sino más bien rozando la desmesura. Corría el peligro de convertir a Nada en símbolo, víctima o personaje literario demasiado calculado. Pero  la jugada le sale bien y consigue que Nada funcione no solo como figura sufriente, sino como voz: una voz dañada, irregular, incómoda, que no explica el horror desde fuera, sino que habla desde sus restos.


Gracias, Fernando Navarro


©AnaBlasfuemia



miércoles, 25 de febrero de 2026

Lo que dijo Harriet (Beryl Bainbridge)

La ira de Harriet era siempre más estimulante que su condescendencia


A veces llegas a un libro con una idea previa con pretensión de brújula (“basada en un hecho real, hay versión cinematográfica”,…), y Beryl Bainbridge, que no tenía vocación de guía turística ni de conserje moral, te quita el mapa con una educación impecable y una sonrisa que tampoco es que tranquilice, porque “Lo que dijo Harrietno quiere reconstruir un caso, ni explicar un crimen, ni ofrecer esa satisfacción limpia del “entender”, sino que usa el chispazo de lo real como material para otra cosa mucho más incómoda: el mecanismo íntimo de una alianza adolescente donde el afecto no se distingue del mando y donde la narración (esa voz que cuenta) funciona como coartada antes incluso de que haya delito que cubrir.


Entiendo perfectamente el desconcierto de quien conoce el hecho real y se siente estafado por la desviación, como si la literatura fuera un contrato notarial, pero el error está en creer que Bainbridge se sentó a “adaptar” una historia, cuando lo que parece haber hecho es tomar la energía social del caso (el tabú, el espanto, el pánico de los adultos mirando a dos niñas y pensando “no las entiendo, luego son monstruos”) y destilarla hasta dejarla en una habitación cerrada con dos chicas y un mundo moral propio, privado, autosuficiente, una especie de república clandestina que no pide permiso para existir y que se alimenta de su propia intensidad.


Lo gótico aquí es la estructura del vínculo. Dos adolescentes como un doble mal cosido, como un espejo que no devuelve calma sino hambre, como amistad que funciona por succión (de voluntad, de lenguaje, de criterio) y que tiene algo de vampirismo doméstico, sin colmillos porque los colmillos son las frases, los planes, la manera de mirar, la capacidad de convertir al otro en satélite. A Harriet no hace falta pintarla como demonio, porque Bainbridge hace algo más cruel: la vuelve plausible. Y a la narradora no la salva con inocencia retrospectiva: prefiere la ira a la condescendencia, prefiere el voltaje a la paz, y eso es ya una confesión, un dato de temperamento que explica por qué el mando de Harriet no solo oprime: también seduce, también organiza una vida que, sin ese mando, quizá sería demasiado informe.


El libro se mueve en esa zona en la que la adolescencia deja de ser una postal y se convierte en una herramienta peligrosa: un laboratorio donde el deseo no es romántico, sino táctico, un acumulador de experiencia, y donde el juego tiene esa cualidad terrible de poder pasar a otra cosa sin avisar. Bainbridge tira de experiencia generacional y de realidad sucia, de esa normalidad social en la que los hombres se creen con derecho a rondar y las niñas aprenden a gestionar el asco, la curiosidad, el cálculo, como si les estuvieran enseñando un idioma obligatorio. 


La cita inicial no es solo un buen epígrafe (que lo es), sino una declaración de dependencia: la narradora está enganchada a la intensidad que Harriet genera, incluso cuando esa intensidad la humilla. En ese “más estimulante” cabe toda la novela: la violencia como estímulo, el mando como excitación, la amistad como régimen. Bainbridge no te pide que simpatices, ni que condenes con comodidad, ni que te pongas el uniforme del lector virtuoso; te mete dentro y te deja oír cómo suena el poder cuando aún parece un juego, cómo suena la crueldad cuando todavía se confunde con diversión, cómo suena la coartada antes del crimen.


Gracias, Beryl Bainbridge. Gracias, Alicia Frieyro (traducción)


©AnaBlasfuemia


domingo, 20 de julio de 2025

El invencible (Stanislaw Lem)

 

No todo, ni en todas partes, es para nosotros


No todas las frases necesitan explicación, solo asentimiento. Todo el libro sostiene esa verdad: hay formas de vida y mundos (reales o inventados, humanos o inanimados, íntimos o externos) que no esperan ser comprendidos. Ni por la ciencia, ni por el lenguaje, ni por la voluntad. Simplemente no nos incluyen.


Desde las primeras páginas, Lem desactiva cualquier tentación de pensar el universo como una extensión colonizable de la razón humana. No hay líderes carismáticos, conquistas gloriosas ni victorias triunfales: solo fracaso y límites. Hay un paisaje que se impone por su ajenidad y su absoluto desinterés hacia lo humano.


La fuerza de este libro no está (que también) en la creación de tecnologías futuristas ni en la construcción de un mundo extraterrestre, sino en cómo nos confronta con nuestra impotencia. El conocimiento humano, el lenguaje, la voluntad y la lógica quedan anulados. No por una violencia más poderosa, sino por algo más sutil y devastador: una forma de vida que no nos ve ni nos teme, simplemente nos anula.


El verdadero conflicto no es entre especies, sino entre formas de existencia inconmensurables. Ahí es donde Lem roza una veta de pensamiento filosófico casi oriental: no hay confrontación posible porque no hay plano compartido. No hay lucha, sino desactivación; no hay victoria, sino desconcierto.


Lem escribe como un ingeniero del pensamiento: por eso su estilo rehúye la metáfora, la sorpresa verbal o el quiebre formal. Su lenguaje es visual y preciso, levanta desde cero lo que no tiene referentes humanos. No describe lo que existe, sino que construye estructuras mentales (casi arquitectónicas, casi cinematográficas) para nombrar lo que aún no sabemos ver. Fabrica escenarios lo bastante sólidos para soportar preguntas radicales: ¿Qué es la conciencia? ¿Qué ocurre cuando nos enfrentamos a lo que no podemos codificar?


No construye personajes para que los comprendamos, sino para que pensemos a través de ellos. No le interesa lo individual, sino lo que nos define como especie. Y, sin embargo, hay algo profundamente conmovedor en el personaje de Rohan, no por su complejidad emocional, sino por su forma de resistir sin sentido, sin drama, sin testigos. En su marcha absurda y sin gloria, ajena a la victoria o la derrota, se adivina un tipo de dignidad que no necesita espectador. 


Rohan podría haber salido de “El innombrable” de Beckett con su paso arrastrado y su resistencia sin fe. “No puedo seguir. Seguiré”. Porque “El invencible” es también el relato de un hombre que avanza incluso cuando ya no hay sentido, que no necesita comprender para seguir. Una marcha que, precisamente por su absurdo y su falta de lógica, es lo más humano que queda. En ese gesto, tan desnudo, tan terco, tan sin aplauso, tal vez se cifra la única dignidad posible.


El invencible” es también una crítica brutal al antropocentrismo tecnológico. Las máquinas humanas, por sofisticadas que sean, fracasan ante lo que no pueden entender; la tecnología no es garantía de supervivencia, sino a veces su propia trampa. Lem no propone soluciones, solo deja interrogantes: ¿y si la inteligencia más desarrollada no fuera consciente? ¿y si la evolución ya no necesitara un yo? ¿y si lo más eficiente fuera no preguntar nada?


Con una claridad inquietante, Lem sugiere que no todo está hecho para ser entendido por nosotros. Nuestra inteligencia no es un modelo, es una rareza. Y lo humano, lejos de ocupar el centro, apenas cuenta como nota secundaria. Lem no solo trata de imaginar futuros posibles, sino de exponer los límites de nuestro presente mental.


Lem era un filósofo disfrazado de escritor de ciencia ficción, por eso no daba respuestas, sino el vértigo de saber que quizás nunca las tendremos. Lo que tenemos, al final, es una forma serena de retirada: aceptar que hay mundos donde no tenemos lugar y que eso también está bien. Algunas inteligencias no buscan diálogo y su silencio no es amenaza, sino otra manera de estar. Tal vez lo más humano sea eso: no hay que dominar ni conquistar, sino seguir observando con asombro.


Gracias, Stanislaw Lem. Gracias Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz (traductores)


©AnaBlasfuemia

sábado, 3 de mayo de 2025

Sinsonte (Walter Tevis)

 


Todos esos libros -incluidos los aburridos y los casi incomprensibles- me han hecho comprender más claramente lo que significa ser humano. Y valoro asimismo el temor reverencial que experimento al sentir que entro en contacto con la mente de otra persona, fallecida hace mucho tiempo, y que me hace saber que no estoy solo en este mundo. Ha habido otros que sintieron lo mismo que yo, y que, en ocasiones, acertaron a expresar lo inexpresable


¿Os imagináis un mundo sin libros? Walter Tevis lo imaginó e intentó ahondar en las razones que llevarían a un mundo así. “Sinsonte” se sitúa (no se quiso pillar los dedos Tevis) en el siglo XXV, así que estamos ante un libro de ciencia ficción distópico, que no apocalíptico. Digamos que estamos ante una sociedad colapsada, pero no ha habido una gran catástrofe que haya provocado esa situación, más bien se ha llegado a ella de una forma bastante sibilina y torticera.


Sinsonte” tiene tres voces claramente diferenciadas que nos van a narrar los hechos: Spofforth, un androide perfecto, poderoso y atlético de duración ilimitada (ya ha vivido unos cuantos siglos cuando le conocemos). Es un robot perteneciente a la serie Máquina Nueve, las más inteligentes, fuertes y lúcidas creadas por el ser humano. Spofforth es el único que queda de toda la serie, el único programado para continuar con vida. Porque el resto se suicidaron o se volvieron locos. Todos habían sido equipados con copias modificadas de un mismo hombre, un científico tan brillante como (¡ay!) Melancólico. Eso lo sabemos nosotros, pero no lo sabía Spofforth. Que por cierto, es la única voz de las tres que se nos presenta en tercera persona. Supongo que por poner cierta distancia emocional con el personaje.


Distancia emocional que no se tiene en el primer capítulo en el que la cercanía con Spofforth es de una cercanía tremenda. ¿Cómo no amar a este robot que cada año asciende el Empire State en Nueva York para intentar suicidarse porque está fatigado, fatigado de pensar y de no poder evitar sentir melancolía por una vida que sospechaba estaba enterrada dentro de él, una vida llena de emociones, una vida humana real? Pero está programado para vivir. Su cuerpo no responde a su mente cuando intenta quitarse la vida.


Así pues, tenemos a Spofforth, un robot triste y deprimido, por el que sentimos empatía visualizando su bella figura en lo alto del Empire State, incapaz de dar un paso que termine con su vida, una vida que se le ha impuesto (en esto no difiere mucho de los humanos, he de decir, que a nadie se nos pregunta si queremos nacer). Luego empezamos a sospechar que Spofforth oculta algo y nuestra empatía entrará en conflicto con sus intenciones (deliberadamente escondidas por Tevis).


Luego está Mary Lou. Una rebelde que vive al margen de la sociedad (aunque la sociedad de “Sinsonte” ya es de por sí una sociedad bastante marginal) porque no acepta las normas. Ha sido educada por un hombre que quizás fuera de los pocos con sentido común en esa sociedad del siglo XXV. El hombre, Simón, ya no vive, pero Mary Lou mantiene vivas muchas de sus enseñanzas que la llevan a ser ese espíritu rebelde necesario en cualquier sociedad (más aún en una sociedad en decadencia). Mary Lou es una narradora en primera persona, por lo cual comprendemos mejor sus pensamientos, intenciones y motivaciones. No serán muchas veces las ocasiones en las que Mary Lou nos cuente cosas, pero es un personaje necesario en “Sinsonte” (los tres personajes lo son) porque es el detonante, la conexión con Spofforth y con el tercer protagonista, Paul. Mary Lou es la inconformista, la que se salta las normas, la que intenta mantener una mente libre y curiosa, descontenta y descreída de la sociedad en la que vive.


Y finalmente tenemos a Paul Bentley, también un narrador en primera persona, que será de hecho quien más lleve el peso de la narración y quien más nos va a acercar a esa sociedad a la que nos ha llevado el desarrollo tecnológico. 


Antes de continuar con Paul, hablemos un poco de esa sociedad. Si es que se puede hablar de sociedad, porque aunque sí que hay cierta “convivencia” y normas comunes, también hay ciertas características que se dan (al menos a fecha de hoy) en la sociedad humana que digamos que no están muy presentes en esta sociedad de “Sinsonte”: empatía, sentimientos, cooperación, cariño, emociones… Cultura.


Efectivamente, estamos ante una sociedad claramente idiotizada, que lo han dejado todo en manos de los robots. No es necesario tomar decisiones importantes, ni pensar, para qué los problemas. Así que todo el mundo a drogarse para vivir en esta sociedad en la que no hay robos ni asesinatos y es todo muy pacífico, pero con cero emociones. Gracias a las drogas no hay dolor, ni mental ni físico, de hecho quienes deciden suicidarse lo hacen casi con alegría porque no les duele nada, aunque decidan hacerlo ¡prendiéndose fuego! Y además en compañía.


En fin, que esta sociedad lleva tantas generaciones en manos de las máquinas que tanta automatización de actividades ha desembocado en una vida apática, sin interés, sin pensamiento crítico, sin capacidad de reflexiones, sin emociones, sin ningún propósito. ¿A qué nos ha llevado todo esto? A que las relaciones humanas sean prácticamente inexistentes, no existan familias, amor, intimidad, el sexo sea rápido y sin sentimientos, no haya dolor, penas, alegría, conversaciones, abrazos… Y tanta automatización y dejarlo todo en manos de los robots lleva también al olvido, ya no se recuerda la historia de la humanidad, las generaciones anteriores, ni siquiera hay memoria de la propia vida de cada uno. El analfabetismo instaurado borra la propia historia de la humanidad. La indiferencia es tan absoluta que no sólo la sientes hacia el otro, sino también hacia uno mismo.


Tanta negligencia lleva a “la muerte de la curiosidad intelectual” (un suicido, ya os lo digo) y las consecuencias no pueden ser más desoladoras: no existe el arte ni la cultura ni la filosofía ni la historia ni los libros… Ya no se sabe apenas ni sumar ni restar porque solo hay ocho precios para todo y muchas cosas (como el transporte) son gratis.


Peeeeero, volvamos a Paul Bentley, que como he comentado es con el que más tiempo vamos a pasar y quien más nos haga avanzar por esta historia. Porque Paul, casualmente, ¡¡aprende a leer!! Un descubrimiento casual, un método global de lectoescritura para niños, hace que Paul aprenda nada menos que a leer. En una sociedad en la que enseñar a leer está prohibido. 


No quiero extenderme mucho más. Leer hace que Paul sustituya las drogas vigentes por otra droga: la de la lectura. Pero mientras las primeras adormecen (dan “sopor”) y atontan en una bobalicona felicidad de pacotilla, la droga de la lectura estimula emociones, sentimientos, reflexiones, pensamientos… Y una añoranza brutal por una vida que se perdió. Una en la que la sociedad no estaba paralizada por la tecnología. No se me olvide decir que la religión también tiene su papel en “Sinsonte”, contribuyendo a la idiotización, aunque sea por otros caminos que no sean los tecnológicos, sino más bien los del fanatismo. Qué desperdicio.


Solo el sinsonte canta en la linde del bosque


¿Por qué el título de “Sinsonte”? No lo sabemos, yo al menos no lo sé, aunque la frase anterior es una de las primeras que aprende a leer Paul y que le conmueve profundamente. Es una frase enigmática y bella, muy poética, y que se siente como un eje en torno al cual gira todo el libro. El sinsonte es el pájaro de “Matar a un ruiseñor”, el célebre libro de Harper Lee (y hermosa película). El título original era “Matar a un sinsonte”, pero en Europa los sinsontes apenas existen, así que se tradujo por ruiseñor. En cualquier caso, el libro de Harper Lee hablaba entre otras cosas, de la perdida de la inocencia de una forma injusta (y por ahí conecto con Spofforth). 


¿Es el sinsonte inocente? Es un pájaro, un animal, así que bueno, sí, puede ser inocente. O no. En cualquier caso su habilidad es su capacidad de imitación (ya, los loros también lo hacen, pero no tanto ni tan variado como los sinsontes). Imita a otros pájaros, sonidos ambientales e incluso otro tipo de ruidos (como alarmas, teléfonos…etc), es capaz de aprender hasta 200 cantos diferentes a lo largo de su vida. Y es un pájaro muy territorial. Y como ataques a uno de ellos, le atacas a él y a todos los sinsontes cercanos, que irán en su defensa.


Dicho lo anterior el sinsonte de la frase es como la última voz viva, alegre y optimista, en un mundo en el que las palabras, la música, la belleza, tienen poco valor. Quizás el bosque sea el límite entre el abismo al que se encamina la sociedad ¿humana? por un lado, y la esperanza que llega de la mano de la capacidad de leer y de Paul y Mary Lou por otro. 


Termino ya, aunque podría seguir. “Sinsonte” bebe de fuentes reconocidas y reconocibles pero Tevis le da un toque personal, una combinación diferente, y gracias a una narrativa directa, amena y ágil, vas fluyendo a través de una historia que, al finalizar, terminas pensando que en realidad tal vez el siglo XXV de “Sinsonte” no esté tan lejano o nos sea tan ajeno, no al menos algunos de los elementos y parámetros sobre los que gira la novela, que está claro que el avance tecnológico es imparable y que tampoco hay que cuestionarlo, pero sí al menos detenerse a entenderlo y pausarlo (se me ocurre) un poco, o al menos acompasar el avance tecnológico con el avance del ser humano porque mientras que uno evoluciona (y rapidito) el otro involuciona (muy rapidito también).


Gracias, Tevis


©AnaBlasfuemia


sábado, 23 de septiembre de 2023

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Țîbuleac)

"Una decisión estúpida es producto de otra decisión estúpida [...] Un sopapo perdonado acarreará un puñetazo y una mentira admitida se transformará en un cementerio de verdad"

Hace días que terminé de leer este libro y desde entonces lo estoy rumiando, remasticando, dejando que se rehaga y que se reinicie una y otra vez el trayecto que va desde el estómago a la boca y vuelta a empezar. Hoy me he sentado con una idea, algo que comentar después de tantas vueltas que le he dado al poso que me ha dejado esta lectura, pero me temo que se me ha olvidado cuando he mirado por la ventana y he visto a las hojas de los árboles revolotear como si fueran golondrinas y he pensado que el verano parece querer irse desde hace muchos días, o tal vez sea el otoño el que quería llegar apresurado, cambiar los tonos y colores, reestablecer un clima respirable, invitar al paseo.

Como se me ha olvidado lo que quería decir cuando terminé la lectura (mi idea inicial se fue revoloteando con las hojas), diré lo que me pasó cuando la inicié: que el libro me dio una bofetada con la mano abierta en la primera frase ("Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás"). Una bofetada de esas que te hace dar tumbos hacia atrás, te hace retroceder, alejarte, casi huir. No lo hice, seguí leyendo. Y seguí recibiendo bofetadas. Tanta rabia, tanta violencia, tanta furia, tanto odio.

Durante muchas páginas Aleksy regurgita y vomita alternativamente todo el odio hacia su madre. Comprendo, conozco y reconozco la rabia y la ira. Pero el odio es un sentimiento que me desborda, que se me escurre cuando intento entenderlo, quizás porque tiendo a intentar discernir lo que hay detrás de todo aquello que produce rechazo. Siempre he querido entender el origen del dolor, de quien lo siente pero también de quien lo provoca.

Las frustraciones de Aleksy están ahí, nítidas: los sempiternos problemas de comunicación, la mirada que deseas recibir y no llega, el trastorno mental, la muerte de una hermana, el abandono, las carencias, el ninguneo. Las entiendo. Pero no consigo ver a su madre como un ser malvado, digna de un odio tan exacerbado y furibundo.

Sé las razones que me impiden ver a la madre de Aleksy como un ser detestable porque conozco el camino y sé dónde está la auténtica maldad y la perversión pero creo que tampoco es lo que pretendía Tîbuleac, que pone toda su fuerza narrativa (que es mucha) en algo más constructivo: mientras su madre se marchita y sus ojos verdes ocupan todo su cuerpo, Aleksy va deshaciendo su odio y transformándolo en absolución. Sus deseos de matar a su madre se convierten en reconciliación. La tormenta inicial, desatada y agotadora, se aposenta en una quietud balsámica, fruto de esa paz interior que sólo puede proporcionar el perdón. Se me ocurre, así a bote pronto, que para perdonar al otro primero tienes que perdonarte a ti misma. O al menos tienen que ir a la par, de la mano, acompañándose ambos perdones, sin pisarse.

"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes" es la historia de una transformación que Tîbuleac nos invita a recorrer con mano firme y segura y con un lenguaje poderoso, enérgico e hipnótico. Ese arco que se traza desde el odio al perdón tiene mucho de búsqueda (¡de necesidad!), de encontrar tu propia identidad, de abandonar la culpa, de esa forzosa introspección en la que el dedo deja de señalar al otro y/o a uno mismo y buscas un nuevo lenguaje, reaprendes a nombrar las cosas como un niño que busca y encuentra sus primeras palabras. Y cuando detectas por fin las palabras idóneas, tan nuevas y tan alejadas de las que utilizabas y te herían como cuchillos afilados en las córneas, se produce el reajuste, el equilibrio. La transformación se ha completado entre campos de maíz, girasoles, amapolas, palomitas, hamacas, mercadillos y caracoles. 

"Si la muerte tuviera en cuenta la opinión de los demás moriría mucha más gente adecuada"

 

martes, 19 de septiembre de 2023

La lucecita (Antonio Moresco)


"¿Quién sabe si la materia de la que está formado el universo [...] no está dentro de otra materia infinitamente mayor, y asimismo la materia y la energía oscura no están dentro de una oscuridad infinitamente mayor? ¿Quién sabe si la curvatura del espacio y del tiempo, si hay tal curvatura, si existe el espacio, si existe el tiempo, no están también ellos dentro de una curvatura mayor, un espacio mayor, un tiempo mayor, que viene antes, que no ha llegado todavía?"

Me sucede mucho últimamente que termino una lectura y no sé qué decir. No es que no sepa si me ha gustado o no. No es eso. Tiene más que ver con una especie de conmoción, una suerte de síndrome de Stendhal que me deja sin palabras, con emociones intensas incapaces de encontrar el recorrido necesario para encapsularlas en un texto. No se me amontonan las palabras ni se colocan una detrás de otra, simplemente me quedo en una especie de letargo extraño: calmo por fuera y una vorágine de emociones en mi interior, fruto de sentir que estás ante ese tipo de belleza que ni todo el mundo es capaz de crear ni todo el mundo es capaz de percibir. Y sí, esto me ha sucedido con "La lucecita". Así que mientras surge (o no) ese trayecto que conecte la lectura con las palabras, os cuento cómo he llegado a este libro.

Pues resulta que la editorial Impedimenta se ha embarcado en una de esas titánicas empresas que les gusta acometer de vez en cuando (si encuentran "materia prima", supongo) y que ya hizo que en España estallara el boom Cărtărescu (la joya de la corona de la editorial). Ahora, y con el primer libro de una trilogía no menos imponente que la de "Cegador", Impedimenta nos trae "Los comienzos" de Antonio Moresco. Casi 700 páginas de un libro del que encuentras poca información, o mejor dicho, apenas encuentras información concreta, pero sí mucho elogio casi celestial. Total, que antes de tirarme a la piscina he decidido mirar a ver si había agua (una va aprendiendo), así que busqué información sobre Antonio Moresco, al que no dudan en comparar con Proust, Joyce y el propio Cărtărescu.

Nota: si yo fuera Proust, Joyce (incluso Virginia Woolf, muy recurrente también en este tipo de comparaciones) me sentiría bastante molesta con que salgan tantos escritores con una facilidad pasmosa para estar al nivel de Proust, Joyce o Woolf. Si el tiempo no fuera un filtro maravilloso e implacable , la literatura estaría llena de Proust, Joyce, Woolf, Kafka... etc. Pero va a ser que no. Es lo que tiene lo excepcional, que ocurre raras veces.

No me quiero alejar de Moresco. Decía que antes de tirarme a ciegas al inicio de una trilogía que se me antojaba descomunal decidí hacer una cata, algo que tenía al alcance al haber publicado Anagrama en el 2016 este libro de Moresco: "La lucecita".

Y en este punto es donde tengo que decir que antes de terminar de leer "La lucecita" ya estaba encargando "Los comienzos". Y no he escrito a Impedimenta para que hagan el favor de sacar la trilogía así del tirón y a la vez porque una se ha vuelto paciente y mansa y comprensiva y si ni siquiera me he puesto todavía con "Cegador" porque dosifico a Cărtărescu como si fuera el último oxigeno que hay en la tierra ¿cómo iba a ponerme con la trilogía de Moresco? No importa, se trata de tener los libros a buen recaudo: en mi casa. En el espacio en el que elijo y me eligen, les doy vida y me la devuelven, en un cuidado mutuo que no necesita de explicaciones ni permisos.

"He venido aquí para desaparecer en esta aldea abandonada y desierta de la que soy el único habitante"

Así empieza "La lucecita", de una forma tan aparentemente inocente y atractiva. Previamente Moresco, a través de una carta al editor, nos hace saber que esta breve novela es una historia que surge de una especie de caja negra de su vida, una escena apuntada que no encontró acomodo en su inmensa trilogía porque reclamó su propio espacio. Un espacio surgido de una zona íntima y secreta del propio Moresco.

Ahora bien si me preguntáis qué es "La lucecita", no sabría deciros. Pero os voy a confesar algo: formalmente Cărtărescu y Moresco son diferentes, Moresco es quizás un poco más terrenal (pero sólo en apariencia), sin embargo he encontrado muchas conexiones entre ambos. No me pidáis que las explicite, bueno… venga: esa mezcla de realismo y fantasía, esos límites finos finos finos entre el dormir y el despertar, la lucidez y la ensoñación, esa pátina onírica, ese universo contenedor de universos, esas descripciones detalladas, esa mariposa, las digresiones metafísicas... Y hasta aquí puedo leer. 

Solo añadir que devoré "La lucecita" en una tarde, que ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo porque hacía tiempo que no sentía esa emoción de leer un libro y querer leer todo lo que su autor haya escrito porque su lectura se convierte en una experiencia de una belleza inesperada, en la que no sólo vas desentrañando (intentándolo) todos los simbolismos sino que también, a la par, te dejas llevar porque sientes segura la mano que te conduce a través de soledades, bosques, seísmos y una enigmática lucecita.