miércoles, 25 de febrero de 2026

Lo que dijo Harriet (Beryl Bainbridge)

La ira de Harriet era siempre más estimulante que su condescendencia


A veces llegas a un libro con una idea previa con pretensión de brújula (“basada en un hecho real, hay versión cinematográfica”,…), y Beryl Bainbridge, que no tenía vocación de guía turística ni de conserje moral, te quita el mapa con una educación impecable y una sonrisa que tampoco es que tranquilice, porque “Lo que dijo Harrietno quiere reconstruir un caso, ni explicar un crimen, ni ofrecer esa satisfacción limpia del “entender”, sino que usa el chispazo de lo real como material para otra cosa mucho más incómoda: el mecanismo íntimo de una alianza adolescente donde el afecto no se distingue del mando y donde la narración (esa voz que cuenta) funciona como coartada antes incluso de que haya delito que cubrir.


Entiendo perfectamente el desconcierto de quien conoce el hecho real y se siente estafado por la desviación, como si la literatura fuera un contrato notarial, pero el error está en creer que Bainbridge se sentó a “adaptar” una historia, cuando lo que parece haber hecho es tomar la energía social del caso (el tabú, el espanto, el pánico de los adultos mirando a dos niñas y pensando “no las entiendo, luego son monstruos”) y destilarla hasta dejarla en una habitación cerrada con dos chicas y un mundo moral propio, privado, autosuficiente, una especie de república clandestina que no pide permiso para existir y que se alimenta de su propia intensidad.


Lo gótico aquí es la estructura del vínculo. Dos adolescentes como un doble mal cosido, como un espejo que no devuelve calma sino hambre, como amistad que funciona por succión (de voluntad, de lenguaje, de criterio) y que tiene algo de vampirismo doméstico, sin colmillos porque los colmillos son las frases, los planes, la manera de mirar, la capacidad de convertir al otro en satélite. A Harriet no hace falta pintarla como demonio, porque Bainbridge hace algo más cruel: la vuelve plausible. Y a la narradora no la salva con inocencia retrospectiva: prefiere la ira a la condescendencia, prefiere el voltaje a la paz, y eso es ya una confesión, un dato de temperamento que explica por qué el mando de Harriet no solo oprime: también seduce, también organiza una vida que, sin ese mando, quizá sería demasiado informe.


El libro se mueve en esa zona en la que la adolescencia deja de ser una postal y se convierte en una herramienta peligrosa: un laboratorio donde el deseo no es romántico, sino táctico, un acumulador de experiencia, y donde el juego tiene esa cualidad terrible de poder pasar a otra cosa sin avisar. Bainbridge tira de experiencia generacional y de realidad sucia, de esa normalidad social en la que los hombres se creen con derecho a rondar y las niñas aprenden a gestionar el asco, la curiosidad, el cálculo, como si les estuvieran enseñando un idioma obligatorio. 


La cita inicial no es solo un buen epígrafe (que lo es), sino una declaración de dependencia: la narradora está enganchada a la intensidad que Harriet genera, incluso cuando esa intensidad la humilla. En ese “más estimulante” cabe toda la novela: la violencia como estímulo, el mando como excitación, la amistad como régimen. Bainbridge no te pide que simpatices, ni que condenes con comodidad, ni que te pongas el uniforme del lector virtuoso; te mete dentro y te deja oír cómo suena el poder cuando aún parece un juego, cómo suena la crueldad cuando todavía se confunde con diversión, cómo suena la coartada antes del crimen.


Gracias, Beryl Bainbridge. Gracias, Alicia Frieyro (traducción)


©AnaBlasfuemia


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