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lunes, 23 de marzo de 2026

Entre los archivos del distrito (Kenneth Bernard)


El silencio es la última defensa y la dignidad primordial. Las palabras, de un modo u otro, siempre profanan

Sorprende (y duele un poco) que esta obra tardara tanto en traducirse al castellano. Más aún que siga pasando desapercibida. No encaja en los moldes del mercado ni en las categorías críticas habituales, por eso es una anomalía: una meditación en prosa sin ambición de trascendencia. Y por eso mismo es valiosa, porque hay pocos libros que se atrevan a sostener una voz que no grita ni suplica ni trata de impactar ni emocionar ni iluminar.


John es un hombre que podría ser cualquiera, atrapado en la monotonía de un mundo diseñado para reducir a sus habitantes a cifras, expedientes y trámites. Su vida es una cadena de gestos mínimos: hacer la compra, gestionar archivos, esquivar al vecino brutal, asistir a los “clubs de entierro” (donde se enseña a envejecer y morir con resignación) Al principio parece un autómata más, aceptando cada regla sin cuestionarla, sumido en una rutina que lo devora sin violencia pero sin tregua. Y, sin embargo, se juega algo esencial: la verdad de una conciencia que no acepta disolverse en la farsa de lo cotidiano ni en el consuelo fácil de esas pequeñas gestas privadas con las que nos perdonamos la vida.


Entre esa opresión constante, algo cambia, y lo que parecía resignación se transforma en resistencia. No es una rebelión grandilocuente ni un grito de desafío, sino una disidencia muda: John introduce errores deliberados en los archivos que gestiona, ignora trámites innecesarios, permite que el silencio se convierta en su espacio de libertad. Excava túneles en la oscuridad, horada el sistema desde dentro. No es una victoria, son acciones insignificantes, pero tampoco es una derrota. Cada pequeño sabotaje es una declaración de vida. 


Su tenacidad no cambia el mundo, pero cambia algo en él. Es un recordatorio de que, incluso en los márgenes más estrechos de una vida administrada, siempre queda un resquicio para ser humano. La belleza de su insumisión es convertir lo mínimo en lo esencial.


Tal y como he visto la historia en la piedra, veo la belleza en los escombros. Creamos nuestras propias fronteras, nuestros propios límites. Toda belleza, exagerada, es fea. Nuestros ojos son como microscopios y telescopios. Se posan donde quieren, o bien donde los dirigen, y alimentan el cerebro con su medida. Me encantan los márgenes


Lo que John defiende es que la belleza no está dada, se construye con la mirada. Y esa mirada, cuando se libera de la dirección externa, puede encontrar belleza incluso en los escombros. John no quiere formar parte del centro, no por rebeldía, sino porque intuye que en los márgenes es donde se conserva algo de autenticidad


Bernard construye un código de la percepción: ver sin adornar, sin mentirse, sin fingir sentido donde no lo hay. El lenguaje acompaña esa moralidad: sobrio, directo, sin metafísica ni teatralidad. Lo que hay es atención y esa atención ya es un acto de resistencia. La escritura de Bernard se alinea con su personaje: observa, nombra, no concluye. El ritmo no es plano, es el de una conciencia despierta que no encuentra salida pero que no cede ni se rinde.


Entre los archivos del distrito” elige la vía del pensamiento silencioso, el gesto residual, la escucha del margen. John no quiere ser salvado ni entendido, no busca cambiar el mundo ni ofrecer alivio, sólo intenta vivir sin fingir. Para mí eso es de un heroísmo lateral, casi invisible, que brota no de un deslumbramiento súbito, sino de la acumulación de silencio, desgaste y lucidez.


De forma soterrada, “Entre los archivos del distrito” dialoga con otra novela que también eligió la modestia como resistencia: “Stoner”, de John Williams. No por trama o contexto, sino por ética narrativa. Ambos protagonistas (John y Stoner) encarnan una forma de persistencia que no necesita alzar la voz. Comparten la obstinación callada de quien se mantiene fiel a su mirada, a una integridad mínima que no pretende dejar huella, sino vivir con honestidad. La soledad no es castigo ni drama, es la condición misma de esa lucidez que observa sin pedir consuelo. Y si algo sobrevive en ellos es su negativa a dramatizarse, su extraña fidelidad a un vivir sin énfasis.


Entre los archivos del distrito” es un libro profundamente honesto. No pide atención por lo que narra, sino por cómo nos hace mirar. Porque los gestos silenciosos de John parecen nimios, pero ¿cuánto vale una dignidad que nadie ve?


Me doy cuenta de que la vida posee todas las molestias de un dedo extraño metido en tu recto


Gracias, Kenneth Bernard. Gracias, Carmen Torres García (traductora)


©AnaBlasfuemia



lunes, 2 de febrero de 2026

La parábola del sembrador / La parábola de los talentos (Octavia E. Butler)

 

Todo aquello que tocáis lo Cambiáis. Todo aquello que Cambiáis os Cambia a vosotros


La parábola del sembrador” asusta por visionaria. Olamina camina, anota, funda una comunidad no con dogmas sino con máximas cortas, como si intuyera que en un mundo colapsado solo puede sobrevivir lo que se transmite de forma esencial, transportable y repetible. Earthseed no nace como doctrina, sino como eco de una necesidad: hacer del cambio una divinidad porque lo demás (gobiernos, iglesias, leyes) han dejado de tener verdad.


Esa voz tiene su contrapeso: En “La parábola de los talentos”, Butler introduce una segunda escritura: la de Asha, hija de Olamina, separada de ella en la infancia y que regresa a su relato muchos años después, no como discípula sino como lectora desconfiada. La historia que Olamina dejó escrita ya no se impone como verdad, sino que pasa a ser leída, corregida, erosionada por alguien que no estuvo allí, que no creyó. Asha no hereda la fe: hereda un archivo y una ausencia.


Butler no construye una saga, deja un duelo narrativo. Lo que una planta, la otra lo interroga. No es crueldad, sino que esa es la única forma de leer cuando la herencia llega rota.


Un nombre más un objetivo equivale a un enfoque


Earthseed no es religión ni utopía. Es una herramienta de supervivencia inventada por una joven negra que ha perdido familia, barrio, dios, y que se niega a heredar el lenguaje que no le sirvió para salvarse. Busca un rumbo. Para eso necesita palabras nuevas, aunque aún no estén del todo vivas. Earthseed nace así, con esa mezcla de necesidad y testarudez, como si en medio del desastre aún fuera posible inventarse un sentido solo con palabras. No importa si es verdad. Importa si permite avanzar.


El cambio es parte de la vida, de la existencia, de la sabiduría común. Pero no creo que estemos asimilando todo lo que eso significa. Ni siquiera hemos empezado a asimilarlo


Butler no anticipa el futuro. Describe un presente que nadie quiere reconocer. Cuando en “La parábola del sembrador” aparece la sequía, el agua privatizada, los muros, las migraciones a pie, no están ahí como advertencia, sino como constatación. No escribe desde el futuro: escribe desde una intensidad del presente que los demás todavía no se permiten ver.


Por eso cuando en “La parábola de los talentos” un presidente proclama que quiere que Estados Unidos vuelva a ser grande, no es un lema profético, sino viejo. No porque Butler adivinara a Trump, sino porque lo que nombró no era nuevo ya entonces. Era más fácil de ignorar. El racismo, la nostalgia imperial, la brutalidad teológica, la conversión de la pobreza en culpa, todo eso ya estaba ahí. Ella lo puso por escrito.


La parábola del sembrador” no propone un futuro extremo. Propone un presente apenas exagerado. Y eso es lo que incomoda: que no hay distopía, solo una forma más nítida de mirar lo que ya había empezado a suceder.


La prosa de Butler no ofrecía la distancia segura de las fábulas bien armadas. Escribía como si ya fuera demasiado tarde para pensar, como si el pensamiento tuviera que ocurrir mientras se camina, mientras se recoge a alguien herido, mientras se busca agua, mientras se decide si confiar o no en el desconocido que también huye. Eso, narrativamente, desarma. Y en términos editoriales, complica todo. No hay arquetipos ni arquitectura de ideas. Hay cuerpos, decisiones, cansancio.


Su escritura no se plegó a lo que el canon afroamericano esperaba de una autora negra: no buscaba representar ni elevar la identidad. Pero fue la primera mujer (negra) en dejar una huella propia, en el terreno aún blanco de la ciencia ficción especulativa.


No fue ella quien llegó tarde. Fuimos nosotros quienes no abrimos el libro a tiempo. Ya no podemos decir que no está. Y leerla hoy es, por fin, empezar a cambiar


Quien no lo sienta así no necesita una metáfora: necesita salir a la calle.


Gracias, Octavia E. Butler. Gracias, Silvia Moreno Parrado (traductora)


©AnaBlasfuemia






jueves, 27 de noviembre de 2025

La ciudad amurallada (Eduardo Iglesias)

Tened en cuenta que el tiempo no pasa; el tiempo empieza


Hermida Editores tiene esa querencia por los márgenes, los libros raros y autores de culto que inevitablemente me atraen. “La ciudad amurallada” es una apuesta por ese tipo de libros que apuestan por lo emocional, lo filosófico y lo estilístico.


Iglesias no busca entretener a un lector que busca distopías de catálogo, sino plantear un dilema personal: cómo se vive cuando el mundo ha sido reducido a un experimento de control social donde incluso la nostalgia se gestiona desde arriba, cuando el Estado decide no solo lo que haces sino lo que imaginas, lo que recuerdas, lo que te permites desear.


La Ciudad Amurallada es un territorio en el que la obediencia ya ni siquiera se discute porque ha pasado al plano de lo natural, como si la muralla fuera una prolongación biológica del cuerpo, un límite asumido sin reflexión. Es decir, la distopía no como espectáculo, sino como anatomía de la pasividad. Una ciudad cerrada, explícitamente represiva, que se asume como prisión.


La Ciudad Abierta añade una ironía perversa: la libertad convertida en espectáculo retro, simulacro de ciudad del siglo XX donde se puede experimentar “días de libertad” como quien compra un pack turístico. La crítica de Iglesias no se dirige entonces solo a los totalitarismos explícitos, sino a las versiones dulcificadas con que las democracias contemporáneas venden su propia imagen. La libertad como consumo, la memoria como parque temático, la ciudad abierta como jaula transparente.


Esa duplicidad es brillante: la libertad clausurada y la libertad artificial son dos modos distintos de sometimiento. Iglesias no contrapone opresión y emancipación; contrapone opresión explícita y opresión edulcorada. Las dos ciudades son espejos de nuestros sistemas políticos contemporáneos: el totalitarismo que amenaza desde fuera y el simulacro que nos anestesia desde dentro.


El protagonista, J. Solo, es un detective que no es héroe ni antihéroe: es un hombre que carga con esa manera tan cansada de cruzar el mundo que tienen los personajes que no creen ya en el orden que defienden. Su búsqueda de Lara tiene algo de gesto iniciático, pero no iluminador. Veinte años después ya no queda de él más que un mito, una sombra instrumentalizada por otros, y entonces surge la idea de la identidad convertida en relato impuesto, la vida absorbida por la narración de quienes sobreviven.


El tiempo convierte a los personajes en trozos de memoria, en signos utilizados por otros, en cuerpos desgastados, en relatos compartidos. Ese salto temporal es una forma de decirnos que la resistencia (como la escritura, como la vida) nunca es lineal: deja restos, dudas, mitologías, traiciones, confusiones sentimentales.


Iglesias se separa de la distopía industrial al introducir (con los textos de Lara) una capa de intimidad simbólica que nos obliga a salir del argumento y entrar en una zona más incierta, más literaria, donde la historia se fragmenta y el sentido se desplaza. Es un recordatorio de que el poder se combate también desde la imaginación, desde la elaboración de una lengua que no se pueda administrar ni domesticar. Lara es el punto donde la trama política y la emocional se bifurcan y se contaminan.


Hay en Iglesias una desconfianza ante el relato oficial de la realidad y, al mismo tiempo, cierta melancolía por la posibilidad de un gesto individual que modifique algo, aunque no se vea. No hablo de esperanza, hablo de la insistencia en que seguir pensando, seguir escribiendo, seguir recordando, es ya una forma de resistencia.


La ciudad amurallada” provoca la sospecha de que estamos más cerca de esa muralla de lo que nos gusta admitir; de que la vigilancia, la desinformación, las ciudades temáticas del bienestar, la nostalgia como anestesia, no son futuros remotos sino modos ya activos de nuestra vida cotidiana. Todo apunta a una sensación casi íntima: la de vivir en un mundo que exige obediencia y a la vez te priva de sentido.


Y es en esa intersección entre el relato distópico y la vida emocional donde el libro rasca más: esa mezcla de cansancio del mundo, de lucidez triste, de pregunta ética sin respuesta fácil. Ese lugar en el que una sabe que no va a cambiar el sistema, pero se niega a dejar de pensar por dentro. ¿Qué murallas hemos naturalizado, qué formas de control nos parecen “normales”, qué libertad consumimos sin cuestionar su procedencia?


Gracias, Eduardo iglesias


©AnaBlasfuemia