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viernes, 31 de octubre de 2025

Gente muy fría (Sarah Manguso)

Y por fin comprendí por qué no se veía a sí misma como una persona destrozada. Se me hizo evidente que lo que le había pasado no era algo inusual, era corriente, era demasiado común para siquiera contar como historia. Que ni siquiera era en absoluto una historia


Tuve que esperar antes de escribir porque las sensaciones eran demasiado disonantes como para fingir que podía organizar una opinión limpia. Solo con el reposo acepté que no haría falta conciliar las contradicciones, sino escribir con ellas.


Gente muy fría” cuenta la infancia y adolescencia de Ruthie, una niña criada en Waitsfield, Massachusetts. Un lugar marcado por un invierno cruel y la rígida división de clases. Ruthie y su familia pertenecen a los que viven al margen, los que nunca terminan de sentirse parte de nada, ni siquiera de sí mismos. La nieve y el frío son una atmósfera emocional, un hielo que se filtra en los vínculos familiares, en las relaciones sociales, en el propio sentido de identidad. El pueblo, con sus siglos de historia y sus seis cementerios, no es un simple escenario: es un lugar cargado de memoria, tradición y expectativas sociales muy rígidas.


Manguso escribe a ráfagas: párrafos telegráficos, recuerdos breves, escenas contadas con una frialdad que esconde más de lo que muestra. Ese estilo, de entrada, me atrapó: transmite emociones complejas con lo justo, sin excesos y refleja muy bien la vida de Ruthie: una existencia donde todo parece estar comprimido, donde las emociones no se despliegan, sino que se acumulan y dispersan. Este ritmo narrativo es un acierto, pero ese minimalismo, que al principio construye bien la atmósfera fría del relato, acaba volviéndose trampa narrativa. La historia se atasca en un bucle de escenas repetidas: pobreza, desapego, indiferencia, autoestima rota, vergüenza.


Es evidente que la repetición busca reflejar cómo se vive y construye el trauma: en fragmentos, en recuerdos sueltos que emergen sin orden claro ni progresión narrativa coherente. Pero este recurso, que podría ser poderoso, se diluye por la insistencia en utilizar el mismo patrón. Solo en las últimas páginas vemos un crecimiento claro en Ruthie. Para entonces, todo ese peso emocional descargado casi de golpe se siente como un alud tardío. Cuando llegamos al núcleo de su dolor, ya hemos sido anestesiados por la reiteración.


El padre, aunque menos presente, encarna otra variante de esa frialdad estructural: la de la indiferencia sostenida (aunque pesa como una losa). Es un hombre despreocupado, ineficaz, incapaz de ofrecer a su hija el afecto o la protección que necesita. No es un padre abusivo en lo físico, pero su negligencia emocional resulta igualmente devastadora. Para Ruthie, su ausencia es otra forma de frío.


La madre se nos presenta como una figura egoísta, exhibicionista, contradictoria hasta casi la bipolaridad, gélida y emocionalmente ausente, pero termina revelándose como una víctima que se ha convertido en su propio carcelero. Manguso deja entrever que en esa indiferencia glacial de la madre hay una forma desesperada de proteger a Ruthie, de endurecerla para que sobreviva en este mundo hostil. Cuando la madre hace una revelación, casi de forma casual, se desmorona la imagen de su arrogancia.


Manguso muestra con mucho tino que el abuso, cuando se normaliza, se convierte en parte del tejido mismo de las relaciones familiares. La madre de Ruthie no ve sus propios traumas como algo extraordinario. Ella misma ha crecido así y Ruthie hereda esa percepción distorsionada de las relaciones humanas. El pueblo de Waitsfield refuerza esa atmósfera donde el dolor no se cuestiona, solo se soporta. Hay una aceptación del abuso y una transmisión del trauma que forma parte del entretejido de sus habitantes.


Ruthie logra escapar y construir una vida no muy lejos de ese hielo emocional. Pero ese final deja una sensación ambigua, no parece haber alcanzado una verdadera paz, solo una resignación (que tal vez sea una forma de paz, también os digo). El momento en que dice que “había dejado de esperar”, más que un alivio, transmite una forma de agotamiento que cancela incluso el deseo de comprender.


Gente muy fría” es un retrato certero de la pobreza emocional, del daño intergeneracional, del trauma convertido en tradición familiar y social, una historia de supervivencia emocional, de cómo se construye una herida psíquica y de cómo esto afecta a la salud mental. Pero todo queda lastrado por esa estructura repetitiva y un ritmo narrativo que cae durante demasiado tiempo en un barro que no permite avanzar. Al reposar la lectura, gana peso; al leerla, pierde fuerza en su propia inercia.


Gracias, Sarah Manguso. Gracias, Julia Osuna Aguilar (traductora)


©AnaBlasfuemia




martes, 14 de octubre de 2025

Aún nos queda el teléfono (Erica Van Horn)


Ella quiere contar su vida a su manera. Yo necesito recordarla a mi manera. Necesito aferrarme a las partes de ella que me generan ternura y necesito recordarme aquellas cosas que me resultan molestas. A mi madre le interesa su versión de los hechos. A mí me interesan los detalles. Estoy recopilando las cosas que puede que llegue a olvidar

Esta cita me conmovió y me tocó profundamente, por eso leí este libro. Pero no fue suficiente.


Van Horn trabaja con una confianza radical en lo mínimo: objetos, gestos, repeticiones domésticas que, por acumulación, deberían trazar la silueta de una madre sin necesidad de escena magna ni gran discurso. Registra sin subraya, dejar que el detalle sea el portador del afecto, mantiene el pulso bajo para no traicionar lo observado. Hay sobriedad: economía de medios, humor seco, ternura vigilada.


La apuesta es clara y funciona cuando lo minucioso, por modesto que sea, vibra con el resto, cuando el gesto anodino (un sobre, un huevo, una lista…) se vuelve un signo de carácter y no un mero apunte de libreta. Pero no funciona cuando el apunte queda suelto y no encuentra eco, como si la vida estuviera hecha solo de enseres desplegados sobre la mesa sin una corriente subterránea que los ligue. Y en esa alternancia se decide la lectura: a veces toca la fibra con precisión contenida, otras el mismo recurso se queda corto y deja sensación de irrelevancia.


Van Horn consigue que su logro sea también su limitación. Es decir, eleva las pequeñas obsesiones y rituales domésticos de su madre a la categoría de tema central. Hay una belleza lírica del detalle y de lo trivial que en ocasiones resulta demasiado ensimismada. Y también hay una voluntad consciente de evitar el dramatismo que se agradece, pero roza la distancia emocional con frecuencia. La madre nos puede resultar entrañable por su excentricidad y vitalidad, pero la relación madre-hija queda excesivamente atenuada.


No logra que el relato sea universal, aunque la experiencia materno-filial se detalle con cierto afecto y humor no se eleva a una reflexión más amplia porque queda demasiado cerca de lo anecdótico, de las peculiaridades idiosincrásicas de sus personajes.


Cuando la serie de anécdotas no arma constelación y queda como papeleo, entonces el mismo método, repetido sin variación suficiente, se transforma en riesgo. Es un problema de modulación. Tiende a un registro único (observación breve, remate discreto, corte) y esa monocromía embota. Hay páginas que tocan la fibra con una puntería impecable, pero hay otras que no añaden sombra ni relieve. La miniatura exige una precisión brutal: cuando se pierde una décima, el conjunto lo nota.


Van Horn parece confiar en que los lectores completemos, que la fragmentación sea suficiente para generar sentido. Pero esa apuesta exige una complicidad que no siempre se da. El resultado es un libro que se lee con facilidad, pero que deja una sensación de ligereza excesiva, como si se hubiera evitado deliberadamente cualquier profundidad incómoda.


Pero su propuesta literaria tiene un valor innegable al reivindicar la memoria como línea de transmisión, celebrar la excentricidad e ingenio de la vejez y curar las heridas de la distancia física con la ternura del ritual telefónico. La intención es clara: mostrar que la vida se compone de gestos mínimos, que el vínculo entre madre e hija se revela en lo cotidiano.


Se puede admirar la proeza en esa mirada que ve galaxias en cosas pequeñas, la rara lealtad a lo mínimo y, sin embargo, no terminar de entrar, porque la música no siempre vibra, la cadencia se bloquea y la economía de medios, tan limpia, corre el riesgo de parecer simple inventario al faltarle variación rítmica o densidad asociativa para que el detalle deje de ser dato y se convierta en motivo (o en emotivo).


No puedo llamarte y, aun así, marco. La conversación ya no está; el acto de marcar, sí. A veces me gustaría poder llamarte sabiendo que no me vas a escuchar ni te va a importar, y aun así oírme decir algo irrelevante sobre el tiempo, que ojalá lloviera o que he hecho un huevo con carácter y que tú me contestaras que el mando de la televisión no funciona y yo te replicara que le cambies las pilas y que no fumes en la cama y que te quiero y me quieres. Ese mínimo me bastaría.


Gracias, Erica Van Horn. Gracias, Ana Flecha Marco (traductora)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 2 de julio de 2025

¿A quién pertenece Anne Frank? (Cynthia Ozick)

 

Pero el diario en sí […] no se puede considerar la historia de Anne Frank. Una historia no puede llamarse historia si le falta el final. Y, a falta de ese final […] la historia de Anne Frank se ha expurgado, distorsionado, trucado, traducido, reducido, infantilizándose, homogeneizándose y sentimentalizándose hasta acabar falseada, cursilizada y, en definitiva, impúdica y arrogantemente negada”.


Este pequeño ensayo cabe en la palma de la mano y sin embargo su calado es de una profundidad tal que transciende su tamaño, pesa como un ladrillo en la conciencia. La inteligencia y la valentía de Ozick van a desmontar algo que parecía férreo e inquebrantable.


En este texto, profundo y polémico, Ozick aborda cómo la vivencia de Anne Frank ha sido transformada y manipulada desde su publicación. El ensayo es una crítica directa y sin concesiones a cómo el “Diario de Anne Frank” ha sido editado, adaptado y reinterpretado de maneras que traicionan su autenticidad y su contexto histórico. Lo que Ozick, con la lucidez y la mala leche necesarias, se atreve a preguntarse (y a preguntarnos) es: ¿qué hemos hecho con Anne Frank? ¿De quién es su historia? ¿Y, sobre todo, qué le hemos quitado al convertirla en icono, en mito, en símbolo universal de la esperanza y la bondad?


El eje central del ensayo es la crítica de Ozick a Otto Frank, padre de Anne, que editó el diario antes de su publicación. Para Ozick, las modificaciones realizadas por Otto (como la eliminación de pasajes personales o controvertidos) suavizaron la imagen de Anne y facilitaron que su diario se convirtiera en un símbolo universal de esperanza, alejándose de su realidad como testimonio de una joven judía atrapada en el horror del Holocausto. 


Lo que comienza como una reflexión sobre las decisiones personales de Otto se irá transformando en una crítica más amplia sobre cómo la cultura ha apropiado y deformado la memoria de Anne, minimizando su identidad judía y el contexto específico del Holocausto.


El ensayo también va más allá y plantea una reflexión profunda sobre cómo la sociedad manipula las narrativas históricas para ajustarlas a sus valores y expectativas. Según Ozick, el “Diario de Anne Frank” se ha convertido en un “ícono de esperanza” a costa de su autenticidad y esta transformación refleja un problema cultural más amplio: la tendencia a universalizar y sentimentalizar las tragedias para hacerlas más digeribles.


Lo que hace Ozick no es solo levantar la voz: es colocar dinamita (moral, crítica, intelectual) en el centro de un consenso aparentemente firme. Porque el “Diario de Anne Frank”, más que preservarse como el testimonio desgarrador de una niña judía asesinada en el Holocausto, ha sido transformado en un emblema universal y reconfortante. Su dolor ha sido estetizado, su identidad diluida, su voz reconfigurada para que encaje en los relatos que preferimos escuchar. Y eso, lejos de cumplir una función reparadora, podría estar contribuyendo a una forma más sutil (y quizá más peligrosa) de negación. Y cuando un testimonio se convierte en icono y el icono en mercancía cultural, ¿qué queda de la verdad? ¿Se ha convertido el “Diario de Anne Frank” en algo que ella misma no reconocería?


El mensaje es claro: nos hemos apropiado de Anne Frank, la hemos convertido en símbolo universal y, de paso, hemos edulcorado su historia hasta dejarla irreconocible. ¿Que el diario era un testimonio brutal del horror y la persecución? Bueno, mejor lo dejamos en “diario de una adolescente llena de esperanza”, que vende más y no amarga el desayuno. El ensayo repasa cómo el diario ha sido expurgado, distorsionado, reducido e infantilizado hasta el extremo de negar su verdad más incómoda: la de la persecución, el miedo y la muerte. Y, por si acaso, nos recuerda que Anne no murió de esperanza, sino de tifus, hambre y abandono. 


Este ensayo es una llamada de atención sobre el poder y los peligros de la reinterpretación cultural. Nos obliga a preguntarnos si las historias pueden ser universalizadas sin traicionar su verdad y si, en el esfuerzo por hacer que un testimonio nos sea más cercano, no se corre el riesgo de distorsionarlo por completo. 


Lo que leo lo cuento y, en este caso, lo que cuento, pica un poco. Avisados estáis.


Gracias, Cinthya Ozick. Gracias, Eugenia Vázquez Nacarino (traductora)


©AnaBlasfuemia



martes, 20 de mayo de 2025

El dedo en la boca (Fleur Jaeggy)


Si conviene callar lo que no se puede decir, entonces se puede también olvidar

¡Quieto parado todo el mundo! Que se pare el movimiento, los ruidos y sonidos, el bullicio, la agitación, las prisas y casi que hasta la respiración. Necesitamos toda la concentración posible, Jaeggy precisa de atención minuciosa, actitud atenta y reflexiva, ambiente de meditación profunda. Exclusividad. Todos los sentidos en alerta, focalizados en su lectura. Sí, Jaeggy, y este libro requieren de un esfuerzo notable por parte del lector, esto es así.


Si tuviera que concretar qué es “El dedo en la boca” diría que es sobre todo una atmósfera,  cerrada, densa y polifacética. No es una atmósfera emocional, porque la narrativa de Jaeggy no es sentimental, es una atmósfera mental. Y es esencial abordar la lectura desde ahí (al menos a mí me ayudó), con la evidencia de que nos vamos a adentrar en la mente de Lung (una joven de 20 años ingresada en una clínica que mantiene la costumbre infantil de meterse el dedo en la boca). Y la mente de Lung es una mente fragmentada, disociada, enigmática y sin un hilo conductor al que nos podamos agarrar. No nos queda otra que zambullirnos en su mente e intentar aferrarnos a ella sabiendo que es una mente distorsionada, alejada de una realidad que nos sirva de referencia.


Nada más empezar (no hay un momento de respiro ni un aflojar la multitud de simbolismos y señales e indicios, no hay nada gratuito en ningún momento) te percatas de que Lung alterna entre la primera y la tercera persona: un reflejo de la mente de Lung, una escisión evidente, una distancia del yo necesaria como estrategia de defensa. Este recurso es importante en la atmósfera que Jaeggy parece querer crear: una atmósfera onírica, delirante y claustrofóbica (la mente no deja de ser un espacio cerrado). La mente de Jung es un espejo roto en mil fragmentos que le impiden tener una imagen completa de sí misma.


He tenido que avanzar en esta lectura muy despacio, alerta a cada detalle. Ya en las primeras páginas aparecía en la mente de Lung un tren que me costó comprender qué significaba, hasta que me percaté que es un estado mental más de Lung, un espacio de introspección en el que no hay interacciones, una especie de fuga sin movimiento en la que todo queda suspendido para permitir a nuestra protagonista explorarse. El tren como viaje interior.


Será a su médico, un personaje silencioso que escucha, a quien cuente el primer relato, “Un petit vice contrarié”. Un relato dentro del relato en el que destaca un nuevo registro narrativo, ya no se trata de una narrativa fragmentada y alucinatoria, sino una narrativa más reconocible (pero igualmente espesa, oscura e intrincada) que consigue inquietar más por lo que sugiere que por lo que muestra. Este cambio de registro narrativo nuevamente parece un recurso de la mente de Lung para distanciarse de sus experiencias traumáticas y es continuamente utilizado en “El dedo en la boca”, lo que nos sirve también como clave para desentrañar a nuestra protagonista.


Como dije, nada en “El dedo en la boca” es casual ni anecdótico. Se trata de reseguir lo inconexo, el inconsciente, la mente quebrada, la cronología del trauma y la identidad confusa.


Y en ese mapa que intentamos (inútilmente) trazar de la mente de Lung seguimos atravesando simbolismos, como cuando habla de Armance, que parece ser una amiga a la que recuerda o  una compañera de la clínica. El nombre no es casual: “Armance” es una novela de Stendhal (que es mencionado por Lung) que nos ayuda a entender más a Lung. Armance es descrita (como todos los personajes del libro) de forma inconexa, desdibujada, trazos inconexos y velados que no nos ayudan a formar una imagen completa de ella. No sabemos si Armance es una confidente, una amiga o una rival, alguien de quien quiere alejarse o tal vez parecerse. Todo es velado. Pero Stendhal es la clave. No es Armance (a quien -en el libro de Stendhal- Octave, un hombre torturado, ama profundamente), sino Octave con quien Lung parece identificarse más (la mención al calendario nuevamente no es casual): Octave que llega a tachar los días del calendario, explicando su decisión sin necesidad de explicarla. La soledad de Octave, su desesperación, sus gestos mínimos, los deseos reprimidos, la imposibilidad de una comunicación plena…


La escena de “Fagocitación” en la que Lung se “encuentra” con una niña en un tranvía es devastadora e inquietante. La niña, que está llorando, no es vista por Lung hasta que la niña le muerde la mano. No es una niña inocente, parece acusar de algo a Lung (“¿Y si un ser no puede ya ejecutar su propio gesto irremediable?”). No consigo descifrar si es la niña que Lung fue a lo que no llegó a ser, en cualquier caso la niña tiene una seguridad y una fortaleza que Lung claramente no tiene.


Esta parte del libro, “Fagocitación”, es realmente increíble. Lung menciona a la niña, a su tío Jochim (a quien también se refiere como “padre”) y a su madre Marween. Dos personajes (Jochim y Marween) que han dejado en Lung una huella permanente, el uno por una proximidad invasiva y la otra por lo contrario, una indiferencia gélida, tal vez alguien “defectuoso”. Y la niña fagocitada, absorbida por esas dos figuras que la dejan sin un espacio propio. Esa niña que mira fijamente a Lung. Esta parte de “Fagocitación” es especialmente densa, pese a sus pocas páginas está llena de todo aquello que construye (o destruye) un yo patológico, lo que no se dice ni se comprende.


Reconozco que a estas alturas de mi lectura ya estaba agotada y consciente de que Jaeggy es un “ochomil” literario, pero ¿sabéis cuando una se pone cabezota y aunque esté sin aliento ni oxígeno sigue ascendiendo? Pues así yo. No es fácil, porque Lung no exterioriza sino que interioriza, se devora a sí misma sumergiéndose en su interior. Ahí, dentro de su cuerpo y su mente está todo. Cerrado al exterior porque Lung percibe que los afectos son contagiosos, infecciosos, vive los vínculos como una amenaza.


Otra figura inquietante (no hay nada que no lo sea en este libro) es la de “Neutral” que no queda claro si es un personaje real en la vida de Lung (tal vez un compañero) o una proyección de ella misma o de alguno de sus estados mentales. Lo inquietante de “Neutral” es que representa el vacío más absoluto, ese en el que ni se siente ni se padece ni se vive. No hay emociones, no hay pertenencia, no hay “contagio”, no hay empatía, no hay inquietud ni heridas. No hay nada, calma chicha. A mí me resulta amenazante, la verdad.


A partir de ahí el texto se me hace realmente cuesta arriba; en esa disolución del yo por la que avanza Lung ya me quedan pocos recursos mentales y poca energía para avanzar entre tanta, tantísima, simbología. Me recupero un poco al final, después de las pistas que me da el relato “La mona albina”, con la aparición de Nathan (¿otra proyección del yo fragmentado de Lung?). Un Nathan al que Lung estaría dispuesta a eliminar si llegara a los 30 años (“Su ausencia tal vez implicaría un vacío”) y tal vez eliminar también a esas otras figuras decisivas en la vida de Lung: Joachin, Marween, Armance…


El último texto, titulado “Diálogos para el final del libro” me recomponen ligeramente, lo suficiente como para finalizar con cierta dignidad personal. Es, realmente, un diálogo entre Lung y Nathan. No un diálogo habitual, claro:


L. Hablo por hablar.

N. Tú hablas sólo para hacer.

L. Pero hacer es una manera de decir.


Intuyo (ya al borde de la extenuación) que este diálogo final es un compendio de muchos de los temas abordados hasta ahora: el exceso de experiencias internas, los “contagios”, la disociación, la consciencia versus la inconsciencia, el aislamiento mental, la saturación, la inutilidad del habla, la voz fragmentada, los silencios y gestos que alteran el mundo interior… La inactividad.


Y hasta aquí mi lectura de “El dedo en la boca”, la primera novela que escribió Jaeggy. Y que NO recomiendo como lectura para empezar a acercarse a esta lectora. Es un libro muy para fans de Jaeggy y aún así supone un esfuerzo que si no llega a ser por la brevedad (86 páginas) hubiera sido casi imposible de llegar al final porque es tan fascinante como agotador (e incomprensible en ocasiones). Y la fascinación en este caso es provocada por la escritura de Jaeggy aunque se sostiene por la brevedad. Pero que estoy rendida a esta autora, sí, lo digo.


Gracias, Fleur Jaeggy.


©AnaBlasfuemia


jueves, 25 de enero de 2024

Conversaciones sobre la escritura (Ursula K. Le Guin)

 


"... es una encrucijada entre el matonismo de la corrección y el uso moral del lenguaje. Si el masculino incluye lo femenino y lo femenino y lo masculino, el mensaje es claro y tiene implicaciones sociales y morales de gran envergadura"

Cometí un error cuando empecé a leer este libro: lo hice como si fuera una entrevista a Ursula K. Le Guin. Al ver preguntas cuya extensión era muchísimo más amplia que la respuesta, pues como que me removía en el asiento (en la cama, que fue donde leí el libro). En el momento en que me di cuenta que era exactamente lo que dice el título, una conversación y no una entrevista, empecé a sacarle más tajada a la lectura y a disfrutar de la conversación entre Ursula K. Le Guin y David Naimon.

"El lenguaje es extraño"

Me encanta leer, pero no menos escribir (aunque sea sobre lo que leo). Jamás de los jamases se me pasó por la imaginación ser escritora, escribir un libro (bueno, un libro escribí, pero esa es otra historia) me parecía que era un traje que me venía muy grande y el oficio de escribir un oficio y un arte que no está a mi alcance. Pero me gusta mucho conocer las hechuras de ese traje que algunas personas llevan que les queda niquelado, como la propia Le Guin. Conocer cómo está hecho, cómo se confecciona y elabora la escritura. De qué forma se eligen las palabras como si fueran telas, cómo se toman las medidas de lo que se pretende sea la estructura final, cómo se hace un primer hilvanado, se seleccionan las herramientas a utilizar, se decide qué resultado final quieres priorizar: la forma, el fondo, la perdurabilidad, el impacto, el mensaje... Los ajustes y retoques finales. Me parece fascinante ese momento de creación y ejecución. Por eso me gusta leer a autores que hablan de ese proceso de escritura y de la propia literatura.

Tiene razón Le Guin, el lenguaje es bien extraño. Y a mí lo que me extraña suele fascinarme también. Soy una persona muy semántica (si es que existe algo así), me preocupa el lenguaje, su uso, su interpretación, sus posibilidades, su capacidad para construir y destruir, lo que representan... Hay autores a los que admiro por ese uso del lenguaje, aunque no entienda o no me importe la trama porque es la precisión del lenguaje lo que me rinde a quien lo utiliza aunque sea de forma abismal, pero siempre ampliando el mundo, la perspectiva.

"Es muy importante lo que dices en tiempos oscuros"

Si algo me gusta de Le Guin es que tenía las cosas muy claras, una sensibilidad abrumadora y una gran humildad. No era una escritora que adoctrinara, sino que a través de su ética lo que hacía es educar, donarnos sus conocimientos y experiencias. No pude evitar que se me ensanchara la sonrisa al ver cómo destruye con facilidad pasmosa y argumento poderoso "La carretera" de Cormac McCarthy. La crítica la hace desde la discrepancia con los escritores "serios" y desde la defensa del género de la "ciencia ficción", género en el que ya existían muchos libros sobre "hombres que cruzan el país después de un holocausto".

Le Guin era muy inteligente y por lo tanto muy afilada, precisa y contundente en sus opiniones sobre literatura, poesía, ensayos, escritores, el borrado de las mujeres en el canon literario... Y su humor, qué magnífico humor tenía. Siempre es un placer conocerla más, escucharla como se escucha a las personas sabias: casi sin respirar y con el alma abierta, sin barreras.

sábado, 18 de noviembre de 2023

El final de la historia (Lydia Davis)


"Hubiera sido más sencillo empezar por el principio, pero el principio significaba poco sin lo que venía a continuación, y poco significaba lo que venía a continuación sin el final"

Y está claro que Lydia Davis no pretende hacerlo sencillo. Aunque en sus cuentos (que es por lo que se la reconoce, de hecho esta es su única "novela") hay quien pueda confundir la brevedad de alguno de ellos, apenas un fragmento, con lo sencillo, tengo la sensación de que en sus instantáneas narrativas siempre hay una historia. Tiene que haberla, todo son historias. Así que me pareció llamativo que en su única "novela", lo que aparentemente quiere contar es el final de... una historia.

Sí, he entrecomillado varias veces la palabra "novela", aunque si entendemos por tal una narración en prosa de cierta extensión estamos ante una "novela", sin embargo si entendemos como narración el desarrollo de una historia (aunque sea para contar el final de la misma) no estaríamos exactamente ante lo que se entiende por "novela", al menos de forma convencional. La contraportada del libro nos habla de que se trata de la historia de una traductora que intenta escribir una novela sobre una "relación pasional y neurótica" que tuvo hace tiempo con un hombre más joven que ella. En realidad la historia en cuestión es más bien la de una escritora intentando escribir una historia que vivió. La construcción de esa novela es, para mí, la "historia" de este extraño y peculiar libro.

En cualquier caso no puede quedar al margen cómo, al intentar contar algo que sucedió hace tiempo, los recuerdos están ahí siempre con todos sus matices y su urdimbre: ¿son reales los recuerdos? ¿cuánto de imaginación y de olvido hay en ellos? Los recuerdos, todos lo sabemos, no son una reproducción exacta y milimétrica de lo sucedido. Hay vacios, espacios difuminados, fragmentos que no encajan y parecen estar a la deriva. Si quieres escribir sobre los recuerdos, convertirlos en un relato, tal vez se pretenda convertirlo en una sutura, en un cierre (un final) pero sin descartar que la imaginación puede ser más precisa que los propios recuerdos.

¿Cómo poner punto final a una historia? Tal vez no cuando la historia llegue a su final, sino cuando se cuenta la historia y la reconstruyes sabiendo qué vino a continuación. Nunca sabes qué va a suceder cuando una historia se inicia, pero al contarlo, al narrarlo cuando todo ha llegado a su fin, al recordarlo, comprendes todo lo que se desplegaba delante cuando esa relación se inició, ves ese lienzo que ya no está en blanco. Es entonces cuando puedes hacer literatura con lo sucedido. 

Así que si alguien se acerca este libro creyendo encontrarse con la historia de una relación tóxica, o neurótica, o confusa o pasional, pues se va a llevar una decepción. No hay nada emocional en "El final de la historia", no es lo que pretende Davis, es un experimento literario, metaescritura, disección de cómo funcionan los recuerdos, de cómo reconstruimos aquello de lo que apenas ya nos quedan unos pequeños detalles concretos y nítidos y muchas emociones ya están desdibujadas por esa imagen más o menos completa de lo que sucedió. Puedes recordar a las personas que amaste pero ¿recuerdas en qué momento preciso te enamoraste y se desencadenaron los latidos y se desplazaron de arriba hacia abajo, con una estampida de emociones trotando por las venas? ¿qué gesto inició el amor, qué mirada, qué palabra exacta? ¿es el amor repentino o gradual? ¿en qué momento se convierte en irreversible? ¿recuerdas el segundo exacto en que todo eso sucede?

Al recordar, los detalles precisos se entremezclan con los recuerdos desdibujados y confusos, se entremezcla lo inexacto con lo preciso. Inventamos también. Imaginamos, convertimos en certezas lo que tan sólo es una posibilidad o incluso un deseo. Nuestra narradora (tanto ella como él no tienen un nombre preciso, tienen varios de hecho, porque así se hace cuando se escribe una novela que, no olvidemos, es de lo que va este libro) describe muchos detalles, de hecho muchos párrafos son meramente descriptivos, buscando cierto rigor, una verdad estricta que renuncie a la imaginación. Pero no son detalles emocionales, son descripciones de hechos para los cuales también tiene varias versiones. De hecho los detalles son un batiburrillo de instantes que pueden ser relevantes o no porque todo dependerá de cómo quieras colocarlos en tu forma de recordar.

La narradora quiere escribir la novela pero está llena de dudas ¿qué es importante y qué no? ¿deben incluirse las partes aburridas, son relevantes? ¿debe seguir un orden cronológico o aleatorio? Como además la relación es extraña, llena de desconfianzas y silencios y contada desde la periferia (desde fuera), no se nos esconde la distancia de la misma, los silencios, los miedos, la irritación, la impaciencia, la incomodidad. La "novela" está dirigida a la inteligencia del lector, no a su corazón, porque estamos ante una reflexión del acto de escribir, o más bien ante la disección del acto de escribir autoficción/ficción y cómo la memoria es en verdad un lugar en continuo movimiento y cambiante según cuándo, cómo y para qué recuerdes.

En "El final de la historia" Lydia Davis es como el gato de Schrödinger: está dentro y fuera a la vez, una curiosa paradoja literaria en la que es generadora y a la vez receptora de sí misma, narradora que se narra en un bucle que está a ambos lados de la puerta (de la novela en esta caso)

jueves, 15 de agosto de 2019

Algunos libros (E.M. Forster)


La tolerancia es el principal instrumento del progreso colectivo de nuestra especie. Lo que nos distingue de los simios es el deseo de comprender a las personas, no el poder de dominarlas
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Y, sin duda, leer es una poderosa herramienta para comprender a las personas. Y al mundo. Es por ello también que he leído este libro, no tanto por los libros que Forster comenta, la mayoría de los cuales son desconocidos para mí (y así seguirán), sino por quien los comenta: E.M. Forster, un autor que, sin deslumbrarme, siempre me ha parecido interesante y atractivo justamente por las razones que he encontrado en este libro.
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Y es que E.M. Forster es un comentarista entrañable: sensible, respetuoso, accesible y didáctico. Lo suyo es la pedagogía de la amabilidad y la honestidad. Analiza los libros con lucidez y equilibrio. No calla lo negativo, pero sopesa si la lectura merece la pena y embellece el lado positivo. Es un crítico justo, un buen lector. Cuando un libro no le ha gustado lo explica con claridad, argumentos y sencillez, mencionando siempre a qué tipo de lectores les puede gustar y por qué. Se trata de divulgar la lectura, no de imponerla.
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Con un humor agradable, suave y cariñoso Forster comenta libros y autores, comentarios con los que no siempre he estado de acuerdo, pero siempre con la conciencia de la honestidad de sus criterios y su buen talante a la hora de expresarlos. Amable, muy amable y acogedor, incluso melifluo. Una lectura amena de un refinado y generoso Forster. Ojalá encender la radio y escuchar hablar de libros y vida con el sentido común, el respeto y la humildad de este autor que no pretendía convencerte sino exponer su verdad aceptando la controversia y el desacuerdo.