Traductor: Yoshiko Sugiyama
Páginas: 416
Publicación: 2006 (2011)
Editorial: Funambulista
Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788496601987
Sinopsis: Al cumplir doce años, Tomoko, huérfana de padre, deberá cambiar de ciudad y separarse de su madre para ir a estudiar primero de secundaria. Para ello irá a vivir a casa de su prima Mina, una lujosa mansión de estilo occidental, cerca de Kobe, donde todo es singularmente diferente: su prima se pasa el día entre libros, o jugando con cerillas, su tío (director de una conocida fábrica de bebidas) es mestizo y se ausenta misteriosamente de la casa, y su tía abuela Rosa es alemana y habla a duras penas japonés. Pero, sobre todo, en la finca (que en su tiempo había albergado un zoo) vive un hipopótamo enano, que Mina utiliza como medio de transporte para ir a la escuela primaria, debido al asma crónica que la aqueja.
Yoko Ogawa empezó a ser conocida en nuestro país con La fórmula preferida del profesor. Después de despejar la fórmula del profesor decidí dar un paso más allá del boom mediático y me leí El embarazo de mi hermana una desasosegante visión del embarazo, visto desde el punto de vista de la hermana de la embarazada… En cualquier caso Yoko Ogawa me había conquistado ya con su peculiar visión de lo cotidiano, así que era inevitable que La niña que iba en hipopótamo a la escuela acabara en mis manos. Además es uno de los libros que Mónica Serendipia propone para su reto Serendipia recomienda 2014, con lo que leer este libro me venía muy bien.
Sólo de imaginar a esa niña yendo al colegio en hipopótamo ya me tenía ganada y cuando al desplegar la contraportada me encuentro con esta foto de Ana Bello yo ya estaba derretidita ¿no mola ir al colegio en hipopótamo?…
Y empezar a leer las primeras páginas es encontrarme nuevamente con esa Yoko Ogawa tan sensorial, tan sencilla en su lenguaje y tan aguda y sarcástica en su visión del mundo y lo habitual.
Entonces se extasiaban diciendo "¡Qué cochecito tan bonito!" y luego se iban sin decir si encontraban bonito al bebé metido dentro.
El bebé que iba dentro de un carrito tan desproporcionado como llamativo era Tomoko, una de nuestras protagonistas y quien nos contará, 30 años después, el año que pasó en 1972 conviviendo con su prima Mina y su familia.
Y eso nos vamos a encontrar: un año en la vida de unas personas. Nada de otro mundo y, sin embargo, todo extraordinario. El día a día, con su asombrosa cotidianidad. En el transcurso de ese año, 1972, los hechos que fueron noticia en Japón no quedan al margen de la narración, como no queda al margen de las personas que allí vivían, y así por ejemplo nos encontramos con el desconcierto que causa a nuestros personajes el suicidio del autor japonés Yasunari Kawabata:
No es un conocido nuestro. No lo hemos visto jamás. Pero el señor Kawabata era un escritor ¿no es cierto? Alguien que escribe libros. Incluso aquí tenemos libros del señor Kawabata. No lo conocemos pero tenemos un vínculo con él. El señor Kawabata ha escrito libros que están aquí. Estos libros todo el mundo los lee. Éste es el motivo por el cual estamos tristes.
En una librería de una ciudad en la que él no puso jamás los pies, alguien que no le conoce abre uno de sus libros. Morir cuando te ha ocurrido algo tan maravilloso... me pregunto qué le habrá pasado por la cabeza.
Mentiría si no dijera que me costó arrancar con la lectura, durante bastantes páginas descripciones y detalles no conseguían llevarme a ese punto idílico entre el libro y yo que me hiciera no querer dejar de leer o volver al libro a la mínima oportunidad. Pero esto cambió en el momento en el que la figura de Mina, la etérea Mina, se engrandece y se apodera del espíritu del libro. Y ese momento, al menos en mi caso, fue cuando descubrimos el papel que tienen las cajas de cerillas, a las que tan aficionada es Mina. Y ahí empecé a conectar con la lectura. In crescendo.
Si se quisiera explicar con tan solo unas palabras quién era Mina, se podría decir que era una niña asmática a quien le gustaban los libros y que se desplazaba a lomos de un hipopótamo. Pero si se quisiera demostrar que se trataba efectivamente de Mina y no de cualquier otra persona, sería preciso añadir que era una niña que sabía encender con gracia las cerillas.
A partir de ese punto la lectura empezó a fluir y a tocarme esas fibras lectoras necesarias para que me aislara de lo que me rodea y entrara a la mansión junto con Tomoko, Mina, los padres de Mina, la señora Yoneda, la abuela Rosa, el señor Kobayashi, el hipopótamo Pochiko… Todos ellos personajes que de forma pausada se van deslizando en tu corazón hasta introducirse en él. Ah, y Pochiko, el más hábil para, desde su invisible presencia, hacerse un hueco bien grande en el lector.
La niña que iba en hipopótamo a la escuela no es una historia de acción, no desentraña nada, no hay grandes misterios; sólo es el transcurrir de un año, 1972. Y a través de estos momentos que nos describe Tomoko, vamos viendo cómo se crean los lazos indestructibles de la amistad entre Tomoko y Mina, pero también a la entrañable amistad entre la señora Yoneda y la abuela Rosa. Pequeños acontecimientos se van sucediendo, nada transcendentales ni improbables, muy cotidianos, pero hábilmente van contribuyendo a crear afectos, entre Tomoko y Mina y su familia, pero también entre el lector y los personajes.
Así, aunque me costó arrancar con el libro finalmente la lectura alcanza la tensión emocional suficiente como para que toque esa tecla entusiasta que se agradece porque acompasa al corazón. Late, luego estamos vivos.
Hay algo que no puedo pasar por alto, manque me pese: la edición y la traducción dejan bastante que desear. No esperaba encontrarme con las erratas que me encontré ni con una traducción que en algunas frases hasta hacían daño a la vista. Una pena. Espero que en la segunda edición hayan corregido estos desmanes…
No obstante esta colleja que acabo de soltar (merecida), ha sido una lectura muy agradable y que no me aparta de la senda de Yoko Ogawa, una autora que posee una habilidad especial para sacar lecturas distintas de lo cotidiano, aunque en este caso más que poner el punto de mira en lo distinto de lo cotidiano, en lo menos visible, lo que hace es evidenciar las redes que se entrelazan en la convivencia sin necesidad de grandes acontecimientos ni aspavientos. La vida misma, qué maja ella y cuánto la quiero y cuánto me gusta vivirla.
(©AnaBlasfuemia)
(©AnaBlasfuemia)


