martes, 25 de agosto de 2026
El extranjero (Albert Camus)
De Ana Blasfuemia
“Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”
Una primera frase que contiene todo el libro. Una frase desajustada, perturbadora, que únicamente informa sin interpretar ninguna partitura emocional y mucho menos ceremonial.
Camus construyó con Meursault un personaje incómodo y al que no sería justo reducir a un “hombre absurdo”. Un hombre que registra pero no interpreta, que responde a lo que se le pregunta y no a lo que socialmente se le está pidiendo, que parece vivir pegado a la luz, al calor, al sueño, al deseo, al hambre, a la molestia física de existir, mientras los demás hablan el idioma del deber, la ambición, el arrepentimiento, la familia, Dios y el porvenir.
La comparación con Bartleby es inevitable. Mientras que Bartleby "preferiría no hacerlo", a Meursault no le importa hacerlo porque todo "le da igual" y todo "carece de importancia”. Bartleby permanece inmóvil y, sin embargo, obliga a todos los demás a moverse, discutir y buscar una interpretación que él nunca concede.
Meursault funciona de manera inversa. Como le da igual ser amigo de Raymond, casarse con Marie, trasladarse a París o pasar el domingo de una forma u otra, puede aceptar casi cualquier cosa. No necesita querer algo para hacerlo; le basta con no encontrar una razón suficiente para negarse. Su indiferencia lo vuelve disponible. La acción puede cambiar, pero su valoración permanece plana: una posibilidad no vale más que otra.
Bartleby parece pasivo, pero su pasividad contiene una decisión; Meursault actúa, pero muchas de sus acciones proceden de no decidir. El primero se vuelve ingobernable porque no coopera. El segundo resulta fácilmente gobernable porque acepta las propuestas ajenas con una docilidad indiferente.
Camus dijo que su personaje era condenado porque no jugaba el juego, porque se negaba a mentir, porque no fingía sentimientos que no tenía. Meursault no miente en el sentido sentimental de la palabra: no exagera su dolor, no inventa amor, no fabrica arrepentimiento a demanda. Pero tampoco es una figura pura de la honestidad. Colabora con Raymond en una violencia contra una mujer; lleva un revólver; vuelve a la playa; dispara una vez y luego cuatro más. La falta de relato interior no equivale a inocencia. Que alguien no se explique no significa que no haya hecho daño.
Y, sin embargo, tampoco basta para convertirlo en monstruo (estamos ante un libro muy inteligente). Meursault no parece carecer de toda vida afectiva; lo que falla, o se aparta, es la traducción social de esa vida. Disfruta con Marie, se acuerda de costumbres de su madre, percibe la belleza ordinaria de un baño, de una tarde, de una calle, de una noche. Pero no dice lo que se espera de él y por eso los demás concluyen que no siente lo que debería. Eso es brutal. La sociedad no se limita a pedir emociones: exige una puesta en escena verificable de esas emociones. Llorar en el momento correcto. No fumar junto al féretro. No ir al cine al día siguiente. No responder con exactitud cuando alguien pide ternura disfrazada de pregunta.
Por eso resulta tan sugerente leer a Meursault desde una sensibilidad neurodivergente, con todas las cautelas que esto exige. La similitud con ciertos rasgos asociados al antiguo diagnóstico de Asperger no está en la caricatura de la insensibilidad, sino en la literalidad, en la dificultad para leer subtextos sociales, en la torpeza ante las preguntas afectivas codificadas, en la intensidad sensorial con que registra el mundo, en esa manera de parecer ausente precisamente cuando está captando demasiadas cosas por otra vía. Marie pregunta si la quiere; él contesta como si se tratara de un dato. El jefe le habla de París; él no entiende por qué debería entusiasmarse. El tribunal reclama duelo legible; él no produce la señal adecuada. La sociedad lo mira y decide que una emoción no representada no existe. Qué peligroso resulta ese mecanismo fuera de la literatura.
El juicio es quizá la parte más cruel del libro. El tribunal no quiere solo castigar un homicidio, quiere escribir una personalidad. Necesita que los hechos se ordenen como síntomas de una monstruosidad previa. No lloró a su madre, luego era capaz de matar. Bebió café, luego estaba moralmente vacío. Se bañó con Marie, luego no respetaba nada. Vio una película cómica, luego su alma debía de llevar bigote de villano. La justicia se comporta como un mal lector con poder institucional: subraya lo que le conviene, ignora lo que no encaja, interpreta cada gesto hacia atrás y convierte la vida entera del acusado en prólogo del crimen.
Cuando el capellán le ofrece una salida (Dios, arrepentimiento, vida futura…), Meursault se niega. Después de haber aceptado tantas cosas por indiferencia, al final dice no. Y ese no, tardío y violento, es el acto más propiamente suyo: no quiere fingir arrepentimiento para favorecer su defensa. No acepta la interpretación religiosa del capellán. No permite que otros otorguen a su muerte un significado que él considera falso. Meursault llega a la negativa después de comprender que los demás pretenden imponerle una narración de su vida.
Es llamativo que Meursault, acusado tantas veces de vivir como si nada importara, termine revelando que sí importaban muchas cosas, solo que no donde los demás las colocaban. Importaban el mar, la luz de la tarde, el deseo, el cansancio, las noches de verano, el olor de las calles, la posibilidad de seguir respirando un día más. No le eran indiferentes las sensaciones ni la vida concreta; le resultaban sospechosas, o ajenas, las grandes palabras con que otros pretendían ordenar esa vida.
Camus escribió un libro breve con una cantidad casi indecente de problemas dentro. Bravo.
Gracias, Albert Camus. Gracias, Ángel Valente (traducción)
miércoles, 13 de septiembre de 2023
La tumba de Antígona (María Zambrano)
De Ana Blasfuemia
domingo, 10 de septiembre de 2023
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De Ana Blasfuemia
domingo, 1 de septiembre de 2019
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domingo, 25 de agosto de 2019
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De Ana Blasfuemia
martes, 9 de julio de 2019
El dolor (Marguerite Duras)
De Ana Blasfuemia
martes, 14 de julio de 2015
Los lazos (Florence Noiville)
De Ana Blasfuemia
Traductora: Alicia Martorell
Páginas: 152
Publicación: 2012 (2015)
Editorial: Alianza
ISBN: 9788420698960
Sinopsis: Anna descubre una larga carta escrita por su madre, Marie, una escritora de éxito, tras haber fallecido. Iba dirigida al que fue su primer gran amor, H., su profesor de literatura cuando ella tenía diecisiete años. Un hombre, casado y con dos hijos, al que nada le unía: ni la edad, ni la clase social, ni su aspecto desaliñado... Pero al que amaba y admiraba profundamente al haberle él abierto los ojos al mundo, al arte, a la literatura... ¿Llegó a enviar aquella carta? ¿La recibió H.? Según la va leyendo, Anna quiere saber más de ese hombre. Pregunta a su familia y a los compañeros de su madre, tratando de entender aquella relación; de conocer mejor a su madre, desaparecida cuando Anna tenía catorce años en un accidente de tráfico, y al mismo tiempo a sí misma. A través de esta carta, madre e hija establecen un diálogo tan íntimo como imprevisto.
¿Cuántos soy? ¿Tú también sientes lo mismo? Esta disgregación. Todos estos fragmentos de mi yo en migajas que se espían sin comprenderse. El que habla y el que escribe, el que ama y el que razona, el enardecido y el que duda. En mi interior hay alguien que actúa y alguien que se contempla mientras actúa. El segundo dice al primero. “¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué lo has hecho?"
Así empieza el libro, con preguntas, con esas desuniones internas, una cosa y la contraria coexistiendo, de nuevo las inevitables contradicciones. ¿Por qué tiene que ser una lucha? Intentamos fusionar todas nuestras partes, nuestros fragmentos, nuestras aristas. Unificarnos. E intentamos razonar. Pensar. Ser coherentes. ¿Somos más coherentes si aglutinamos todas nuestras luces y sombras en un único prisma que no descomponga las luces y sombras en un arrebolado arco iris? Elijo la ilógica coherencia de la diversidad, de la diferencia, de variedad, e incluso de las contradicciones… La alocada coherencia de ser una misma.
¿Qué ocurre en nuestro interior cuando creamos lazos con un ser al que nunca hubiéramos debido acercarnos?
Anna intenta responder a esa pregunta a través de la carta de su madre, Marie, que a su vez intenta desglosar qué ocurre, qué ha ocurrido en su interior al enlazarse con alguien a quien nunca debiera de haberse acercado. El problema es que, quizás, la pregunta esté mal planteada y por eso ya se responda a sí misma cuando añade lo de “nunca hubiéramos debido acercarnos”.
Un homenaje a Nabokov y su Lolita. Más que un homenaje, una réplica. Digamos que intenta mostrarnos la mirada de Lolita. Lolita mirando a Humbert Humbert. Y Marie será nuestra Lolita, que con 17 años se enamora (y es correspondida) de un hombre del que le separan 32 años. Porque claro, parece que 32 años de diferencia separan, no unen. Pero los lazos que ensamblan alma con alma son… irracionales. Ante algo así, mejor sentir y no pensar.
Y es que a veces hay que arriesgar. ¿Por qué es un riesgo? Por los clichés. Que hay relaciones que parecen imposibles. Hace no mucho veíamos la relación entre una mujer y un oso, y parece que la relación entre dos personas que se llevan 32 años de diferencia es igual de antinatural. O al menos poco entendible. Todo el mundo tendrá algo que decir de esa relación, que nadie parece comprender salvo las dos personas que la viven. Intentar encontrar una lógica al amor sí que es antinatural, va contra la propia esencia del amor.
No será una atracción física lo que sienta Marie por H., el magnetismo nacerá de algo mucho más poderoso: la mente y el alma de H., un hombre inteligente y sensible. La inteligencia, la música, la literatura, los sentidos, sus esencias… eso les entrelazará. Y esos lazos son indestructibles. Perdurarán más allá de la relación.
Pero ya ha ocurrido lo esencial. Me has dicho “Te amo” con el lenguaje del Siglo de Oro. Y en nuestro pequeño teatro sentimental, esto será para siempre la “escena primitiva”. La Impronta.
¿Y qué pasó?
Pensaba que éramos dueños de las historias que contamos
Debiéramos de serlo. Dueños de nuestras propias historias. Pero no vivimos solos, nos rodea una sociedad que, con más o menos sutileza, va apropiándose de historias que no le corresponde. Si eres fuerte, serás libre, serás quien escriba tu propia historia. Ser libre te deja sola. Pero si no lo eres, no podrás con el lastre de aquello que te rodea.
Esto es lo que te sugiero: nada de docilidad, nada de modestia. Olvida a la jovencita bien educada. Sé inmoral, presuntuosa, arrogante, desagradable. Atrévete a la falta de respeto absoluta. Tienes que ser como eres: delicada, narcisista, hipersensible, egocéntrica, fantasiosa, provocadora. No temas salirte del buen camino. Elige la vida. La vida viva.
Si queréis saber qué eligió Marie tendréis que leer este libro, delicado y tierno, del que saldréis con muchas preguntas y reflexiones, las que la propia Marie plantea y las que surjan de vosotros/as.
(©AnaBlasfuemia)
lunes, 29 de junio de 2015
Las hijas de Sara (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
Julia estaba segura de que el miedo era el sentimiento fundamental del hombre. El más frecuente. El que hacía que el mundo se moviera en una dirección o en otra. El miedo y no el dinero ni el amor ni el odio. El miedo…
Hay mucha diferencia entre querer tener un hijo y querer ser padre.
El dilema de la fugacidad de la vida podía aparecer, pero sólo porque ésta se empleaba en realizar actividades que no tenían nada que ver con su medición, con su cuidado, con su evidencia, con la constatación de que transcurren las horas y los días y los meses y los años y que, de pronto, ha transcurrido todo el tiempo del que uno dispone y uno dice: “¡Ah! Qué fugaz es la vida…”
martes, 22 de octubre de 2013
El halcón errante (Jamil Ahmad)
De Ana Blasfuemia
Traductor: Eugenia Vázquez-NacarinoPáginas: 208Publicación: 2008 (2013)Editorial: AlianzaCategoría: Narrativa ContemporáneaISBN: 9788420608884Sinopsis: En la agreste y montañosa Baluchistán puede pasar el tiempo por sus hombres y sus tierras, pero nunca por sus férreas tradiciones. Si se violan, la venganza es implacable. La hija de un jefe tribal, sometida a un matrimonio no deseado, huye con el joven del que está enamorada. La pareja, escondida en un recóndito fortín, vive su amor del que nacerá un hijo, Tor Baz, el halcón negro. Pero un día dan con ellos una partida armada de su tribu. Castigado sin piedad su “pecado”, Tor Baz es abandonado en aquellos páramos inhóspitos. Sobrevive gracias a una tribu rival que lo encuentra. Crecerá entre ellos hasta que un día, como un halcón errante, emprende su vuelo.
| Campamento nómada en Sistán y Baluchistán, foto de George Steinmetz |