Llevo un par de días dándole vueltas a cómo comentar esta lectura. Y creo que la mejor forma de hacerlo es contar cómo me siento: decepcionada. Llevaba una racha buena de lecturas y ahora siento romper esa racha con un libro en el que tenía puestas muchas esperanzas (y tal vez eso ha pasado factura): Edna O’Brien y Las chicas de campo serán con poco la mayor decepción de 2014 y, lo sé, estamos en Enero…
Cuando vi este libro, y vi también algunas reseñas y comentarios, además de la información que nos facilitaba la editorial, pensé que estaba hecho para mí. Me lo regalaron, menuda soy yo cuando se me mete algo entre ceja y ceja.
No tenía pensado leerlo tan pronto, pero surgió una lectura conjunta y se adelantó a otros libros que tenía ya a mano. Y ahí empezó la historia de esta decepción. Durante la lectura no me prodigué mucho en comentarios, salvo un forzado (y con la boca pequeña) “entusiasmada con los personajes” o algo así, por decir algo y porque quería que algo de la lectura me arrebatara. ¿Qué pasaba? Que la lectura no me transmitía nada, que leía y leía esperando algo. Y pasaba las páginas y nada. Y seguía leyendo, y pasando páginas. Me esforzaba en emocionarme, en descifrar profundos sentimientos, en encontrar la clave de humor, en quedarme con la boca abierta ante algún bello párrafo. Nada. Y yo pensaba “¿qué me está pasando?”, me sentía un bicho raro porque creía que era la única que no podía comprender cómo es que este libro estaba siendo una decepción tan grande. Luego resultó que no era así exactamente, pero eso ya que lo cuenten (o no) los demás.
Antes de seguir quiero poner, además de la sinopsis, un párrafo aportado por la editorial y que aparece en la contraportada del libro: "Estamos, sin duda, ante una extraordinaria novela, iluminada tanto por el humor como por una dulce melancolía; un relato repleto, además, de esa poderosa fuerza que tan sólo concede la juventud. Únicamente El hombre tranquilo, de John Ford, ofrece paisajes y momentos como esta obra cumbre de la literatura irlandesa del siglo XX"
Si pongo este párrafo es para que se entienda, no sólo mi decepción, sino también mi frustración y hasta ligero cabreo. Porque la novela no es extraordinaria (es un libro más, como hay otros muchos, muchísimos, demasiados incluso), el humor es escasito (sólo recuerdo ahora mismo una escena que me pareció divertida), la melancolía desde luego no consiguió impregnarme y la fuerza de la juventud me pareció absolutamente snob y hasta pelín pija. Comparar este libro con “El hombre tranquilo” y hablar de “obra cumbre de la literatura irlandesa del siglo XX” me parece demasiado arriesgado y un varapalo al resto de la literatura irlandesa. Que es que además venía de la lectura de “El hombre en el olvido” de Christina MCKenna, mismo país y período histórico, que sin duda es mucho mejor lectura y para mí mucho más fiel a una época y a un lugar. Y que si ya os recomendaba entonces ahora os requeterecomiendo.
No quiero extenderme mucho. No me apetece. Edna O’Brien nos cuenta el paso a la madurez de una “chica de campo”, lo hace de forma sencilla, con un lenguaje cercano, asequible y correcto, con una ambientación adecuada, pero que no transmite ni emociona (al menos conmigo no lo ha hecho). Los personajes que aparecen están absolutamente desaprovechados, la protagonista es inocente hasta rozar lo bobalicón, sinsustancia, incoherente y superficialona. No me ha llegado. Baba, la amiga de Caithleen, debería de haber sido LA auténtica protagonista, un personaje fuerte, tan cruel como leal, tan ingrata como tierna, un compendio de contradicciones extremas y ligeramente bipolares que personalmente me resultó atractivo… Excepto la protagonista, hilo conductor de toda la historia, el resto de personajes desaparecen para no volver a aparecer o se diluyen como azucarillo. Pocas veces he visto tantos buenos personajes (que se quedan en presuntos) y tan desaprovechados en un mismo libro.
Pero es que pasa lo mismo con distintas situaciones que se van planteando y transcurriendo a lo largo de la lectura, se suceden unas a otras sin la suficiente coherencia ni fuerza para elevar la historia a categoría de “merece la pena leerla”. Hay situaciones que podrían haber dado mucho juego, pero Edna O’Brien una vez más se empeña en pisar el acelerador y tirar para adelante. Y no es que el ritmo sea de Ferrari, que no, más bien ritmo de paseo ciclista, que está bien y me agrada, pero en ningún momento se detiene a contemplar el paisaje y disfrutar de él, así que no nos lo muestra, como mucho una breve pincelada, tan breve que se queda en la superficie. No, Edna O’Brien tiene un objetivo que es llegar al final, así que una vez que coge camino lo adorna un poco y tira millas…
Tal vez el mérito de este libro, la maravilla que yo no he sabido ver, esté en lo que Edna no cuenta pero insinúa. Pero no me vale, hay que ser muy grande para conseguir que lo que se muestra sutilmente alcance la categoría de obra cumbre. Y en este caso el lector tiene que poner demasiado de su parte y ser demasiado complaciente y paciente. Felicito a la editorial porque ha vendido la moto muy bien. De eso se trata. Ojo, habrá quién lo disfrute. Para mí ha sido un gran desengaño. Que sí, que las expectativas eran altas y por eso el batacazo es mayor. Pero es que es un libro del montón. Por ahí lo podréis disfrutar, como uno más del montón pero escrito con bastante corrección. Yo paso página y voy a por el siguiente, que esta vez sí, apunta a joyita (de las grandes).
Os dejo con la canción “The Humour is on me Now”a la que se hace referencia por dos veces en el libro y que es la canción que cantan los invitados en la boda de los personajes interpretados por John Wayne y Maureen O’Hara en El hombre tranquilo.
