viernes, 26 de junio de 2026
El caso de las cabezas cortadas (Gonzalo Suárez)
De Ana Blasfuemia
"Una cabeza rodando escaleras abajo no presagia nada bueno"
Así comienza este libro (o tebeo) y no se piensa que sea un arranque original sino que la inteligencia del autor ya marca el tono desde el inicio, porque una cabeza decapitada rodando por una escalera es una barbaridad, sí, pero Suárez lo expresa con una naturalidad de portera, con una calma de vecindad, con ese tono de “esto no trae nada bueno” que parece dicho mientras se aparta una maceta del rellano, y ahí está la clave, en ese modo de narrar lo imposible como si fuera una molestia doméstica, una incidencia más, una de esas cosas que pasan y que alguien tendrá que gestionar.
Me he divertido muchísimo con “El caso de las cabezas cortadas”, pero no por la extravagancia en sí, ni por la idea de “mira qué loco todo”, sino por el tono, por el humor, por la parodia, por Gonzalo Suárez, que no juega a hacer el raro sino a algo bastante más difícil: sostener una lógica propia, una lógica verbal, un modo de decir que vuelve aceptable cualquier disparate porque la frase está tan bien puesta que no te queda otra que seguirla. No es solo que haya una cabeza rodando, o un urólogo dictaminando autodecapitaciones con la seriedad del BOE, o un inspector soltando barbaridades con voz de inspector; es que todo eso está escrito con precisión y una guasa inteligente.
Esta lectura me hizo reír justo donde más me interesa que me hagan reír los libros, en el lenguaje, en esa forma de usar una frase de normalidad estadística para describir una escena imposible, como si existiera un protocolo municipal sobre cabezas rodantes y de pronto entiendes que Suárez no sólo está haciendo una parodia policial, que también, hace además algo más amplio y jugoso: se ríe de la solemnidad del lenguaje cuando quiere parecer objetivo, la autoridad del tono, esa manera tan seria de decir tonterías que tiene medio mundo, desde los expertos hasta los tertulianos y desde los médicos literarios hasta las notas de prensa.
Los dibujos, con ese trazo caricaturesco, descarado, con narices imposibles, perfiles tensos y una gestualidad de tebeo clásico, desplazan la narración a un territorio donde la farsa y el caso conviven sin molestarse, donde el texto hace como que levanta acta y el dibujo hace como que se ríe por debajo, y entre los dos construyen páginas muy libres y vivas, muy poco obedientes (gracias a dios).
Suarez introduce la cultura sin reverencias ni alardes, como quien abre una puerta más del edificio y aparece Picasso con el plumero todavía encima del Guernica, Dora Maar desplazada por una portera malagueña y una frase que mezcla arte, rumor y doble sentido con una alegría que da envidia, y eso en Suárez huele a libertad, a escritor que sabe que la cultura no está para hacer escaparates, está para usarla, mezclarla, llevarla al rellano, quitarle el polvo y dejar que se manche un poco, que para eso está viva.
El final, si se lee como “resolución del caso”, vale, es una gamberrada estupenda, con ese indio de una película de John Ford que se escapa de la pantalla por un descuido del proyeccionista y se pone a cortar cabezas en París para vengar a los suyos, pero leído desde cómo está construido el libro es todavía mejor (Suarez hizo los dibujos en 1958, el texto lo ha añadido ahora), porque no es una solución de detective, es una solución de escritor, la salida exacta para una historia que ha vivido desde el principio entre el cine, el tebeo, la caricatura y la parodia. Suárez no intenta cerrar por la vía de la lógica criminal, que aquí importaba poco; cierra por la vía de la ficción, que era donde estaba el corazón de todo esto desde la primera cabeza rodando.
Parece que Suárez está haciendo travesuras, que encadena ocurrencias, que se deja llevar… y no, lo que pasa es que está escribiendo con una libertad muy trabajada, con mucho oficio y con un oído extraordinario para la frase. Se nota que la escritura va encontrando soluciones, que a veces avanza por pura inteligencia verbal, por una capacidad extraordinaria para enlazar lo que parecía no encajar. El humor aquí es una marca de estilo pero también herramienta de construcción. Mucho oficio en Gonzalo Suárez.
Gracias, Gonzalo Suárez
viernes, 13 de febrero de 2026
Juventud sin Dios (Ödön von Horváth)
De Ana Blasfuemia
“Juventud sin Dios” es uno de esos libros que nos recuerdan que la degradación moral de una sociedad no ocurre cuando aparecen los uniformes ni los dictadores, sino mucho antes, en los gestos aparentemente inocuos: la frase racista que un alumno repite sin comprender, el silencio incómodo del profesor que corrige pero no combate, la docilidad colectiva con la que un grupo de muchachos acepta consignas pensadas para vaciarles la cabeza mientras creen que les están dando identidad…
El narrador es un profesor que aún conserva restos de ética, pero no de valentía; no es un héroe ni un villano, sino un hombre que reconoce el mal cuando lo escucha y aun así se esconde detrás de la corrección profesional, como si su oficio pudiera blindarlo de la responsabilidad. Ese es el gran movimiento que atraviesa el libro: el tránsito desde la cobardía discreta hasta la verdad que estalla, tarde y con consecuencias irreversibles.
Horváth coloca al maestro en el centro mismo de la contradicción: sabe lo que está mal, pero teme nombrarlo; entiende que el silencio lo convierte en cómplice, pero se aferra a la ilusión de que puede permanecer neutral. Su confesión en el tribunal no es heroica, no busca salvar a nadie: es un acto tardío de dignidad, un ajuste de cuentas consigo mismo, una aceptación de las consecuencias que lleva años esquivando.
Horváth escribe con una sobriedad brutal, consciente de que la historia que cuenta no necesita gritos ni piruetas dramáticas para resultar devastadora. En el aula, los alumnos ya están colonizados por el pensamiento único; en el campamento, la estructura militarizada convierte la obediencia en virtud y el pensamiento crítico en traición; en el tribunal, la justicia se reduce a un engranaje burocrático donde la verdad humana importa menos que la necesidad institucional de cerrar un expediente.
Horváth sabía que la literatura no puede redimir una época enferma, pero puede decir la verdad de esa enfermedad con una claridad que a veces la política o la filosofía eluden. Y aquí lo logra sin adornos: la violencia ideológica no se impone con tanques, sino con frases infantiles; la justicia no fracasa por falta de leyes, sino por falta de humanidad; la juventud no pierde la inocencia, porque ya les fue robada antes de que pudieran reconocerla.
Eso es lo que hace que “Juventud sin Dios” duela, lo que le da su vigencia feroz: que las atmósferas totalitarias no desaparecen; se reciclan. Y que leer a Horváth hoy no es un viaje al pasado, sino un acto de vigilancia, porque al leerle tienes una sensación de familiaridad moral. No porque el mundo de ahora sea idéntico, sino porque Horváth trabajaba en capas muy profundas sobre cómo se deteriora una sociedad: no bajo la gran explosión, sino bajo la erosión diaria de la verdad, del pensamiento y del vínculo humano.
Esa es la primera relación con los tiempos actuales: la normalización del discurso deshumanizado. El alumno que dice “los negros son cobardes” no está ideologizado por un partido, sino por el aire que respira: una mezcla de prejuicio colectivo, propaganda difusa, ignorancia y necesidad infantil de pertenencia. Si trasladamos eso al presente, sin forzar nada, pensamos en la facilidad con que hoy circulan frases terriblemente simplificadas sobre migración, identidad, género, política, seguridad; frases repetidas con la convicción de quien no ha pensado, solo ha absorbido.
Lo que en el libro aparece como clase, patio, campamento, hoy tiene su equivalente más feroz en las redes sociales. En el campamento bastaba un jefe juvenil para imponer obediencia; hoy basta un trending topic, un influencer prepotente, una frase viral que reduce el mundo a bandos y deja a la complejidad fuera de plano. No estoy comparando redes sociales con un régimen totalitario, pero sí la arquitectura emocional de cómo se fragua una masa: la confortabilidad, casi placentera, de no pensar por cuenta propia.
La segunda relación es la degradación del papel del maestro (o de cualquier figura adulta que represente pensamiento). Horváth convierte al profesor en un hombre que sabe lo que está mal, pero vive acorralado por un entorno que penaliza la claridad. Si lo lees hoy, no puedes evitar pensar en cómo las voces que proponen un pensamiento matizado, crítico, lento, son arrinconadas por discursos binarios. El profesor de Horváth no es cobarde: es alguien que intenta sostener la verdad cuando la verdad ya no es rentable. Y hay mucho de eso en nuestro presente: personas que callan por miedo al linchamiento digital, al señalamiento público, a la pérdida de reputación en ecosistemas donde la opinión rápida vale más que la reflexión lenta. El profesor es, en cierto modo, el precursor del sujeto de hoy atrapado entre la integridad y el coste social de decir algo incómodo.
La tercera relación aparece en el aparato institucional. El tribunal de Horváth, con su lenguaje seco, sus tecnicismos y su necesidad de cerrar el caso sin mirar demasiado, recuerda peligrosamente a ciertas formas actuales de burocracia y política donde el procedimiento se convierte en sustituto de la justicia. No es necesaria una dictadura para generar instituciones que se vuelven más eficaces que humanas: lo vemos en discursos que minimizan lo complejo porque “no toca”, en debates reducidos a eslóganes, en decisiones públicas que funcionan como administración de daños colaterales. Horváth lo vio antes: una sociedad que empieza a medir su salud por la eficiencia y no por la consciencia está ya en una pendiente peligrosa.
El cuarto punto es la gestión del miedo. En la novela, nadie quiere ser el raro, el frágil, el que piensa diferente. Ese miedo silencioso (el miedo a quedar fuera de la manada) es idéntico al que mueve buena parte de los comportamientos sociales actuales. No hablo del terror, hablo del miedo civilizado: miedo a disentir, miedo a incomodar, miedo a “equivocarte” en público. El chico T, el pez, ese que parece callado pero absorbe la violencia ambiental, es la metáfora perfecta del joven de hoy expuesto a discursos extremos, a paquetes ideológicos cerrados, a microclimas sociales donde la pertenencia se compra con sumisión emocional.
Horváth sitúa el libre albedrío en un espacio donde no hay libertad plena, pero tampoco determinismo absoluto. Las decisiones de los personajes están condicionadas, pero no anuladas: todos viven en un sistema que estrecha el margen de decisión. Por eso el libro es tan incómodo, porque no nos permite refugiarnos en “el sistema los obligó” ni en “eran malos”. Están en una zona gris donde el libre albedrío existe, pero es un músculo atrofiado.
Y quizá lo más inquietante es la transformación de la verdad en algo negociable: la verdad es frágil, inestable, fácil de mover con una sola frase. Hoy, que vivimos en sociedades donde la verdad se ha convertido en un objeto de consumo (cada cual compra la suya), el libro se vuelve demasiado actual. No porque prediga nada, sino porque describe nuestra condición básica: un mundo donde la verdad ya no se respeta, sino que se administra.
La juventud no es “sin Dios” porque no rece; es “sin Dios” porque no tiene criterio interno, porque no ha sido educada para decidir qué es bueno y qué es malo más allá de lo que dicta la autoridad. Y esta carencia no solo afecta a los jóvenes: afecta al profesor, que sabe que está obrando mal pero se siente incapaz de resistir la presión de su entorno. Ese vacío compartido (una sociedad que ha perdido su interioridad moral) es, en el fondo, el Dios ausente.
Horváth no denuncia a los jóvenes; denuncia a los adultos que los dejaron sin un norte narrativo, afectivo, moral. Y si miramos alrededor, vemos generaciones enteras perdidas en un paisaje saturado de consignas, imágenes, ruido, exceso de estímulos y falta de sentido. Nada nuevo bajo el sol; solo que ahora es más ruidoso, más rápido, más solitario.
“Juventud sin Dios” no es una crónica del fascismo histórico, sino un manual ético sobre la fragilidad de las sociedades: cómo se quiebra una comunidad cuando deja de entrenarse en pensar, cómo se vuelve peligrosa la juventud cuando se educa en consignas, cómo se vuelve culpable el adulto cuando calla, cómo se vuelve inútil la justicia cuando se burocratiza, y cómo la verdad se convierte en un espejismo colectivo. “Juventud sin Dios” nos muestra que el abismo moral no es exclusivo de épocas excepcionales, sino una posibilidad latente allí donde la comodidad y el miedo suplantan a la compasión y al pensamiento
Gracias, Ödön von Horváth. Gracias, Isabel Hernández (traductora)
domingo, 17 de noviembre de 2019
El chico que nunca existió (Sjón)
De Ana Blasfuemia
martes, 22 de diciembre de 2015
Secuelas de una larguísima nota de rechazo (Charles Bukowski)
De Ana Blasfuemia
Hay un pájaro azul en mi corazón
Hay un pájaro azul en mi corazón
Hay un pájaro azul en mi corazón
Hay un pájaro azul en mi corazón
Luego lo vuelvo a meter,
lunes, 28 de julio de 2014
El capote (Nikolái Gógol)
De Ana Blasfuemia
En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona, se ofende al conjunto de la sociedad
Bautizaron al niño, que se pasó la ceremonia llorando y haciendo muecas, como si presintiera que un día sería consejero titular.
En definitiva, nuestro modesto relato, ya en su tramo final, adquiere de pronto, de manera inesperada, tintes fantásticos.
(©AnaBlasfuemia)
lunes, 24 de febrero de 2014
Niños en su cumpleaños (Truman Capote)
De Ana Blasfuemia
Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropelló a Miss Bobbit. No sé muy bien qué decir al respecto; a fin de cuentas, ella sólo tenía diez años y sin embargo los de este pueblo no la olvidaremos. Y es que nunca hizo algo común y corriente, al menos no desde la primera vez que la vimos, y eso fue hace un año.
Ella y la hermana Rosalba lo trataban como a un hombre, es decir, dejaban que él lo hiciera todo.
Pero Miss Bobbit tenía algo mágico, todo lo que hacía lo llevaba a cabo hasta el final, de un modo tan directo y tan solemne que no había más remedio que aceptarlo.
(©AnaBlasfuemia)Ella era su parte extraña: el árbol de nogal, el gusto por los libros, querer a alguien lo suficiente para dejarse lastimar, las cosas que tenía miedo de mostrar a los demás.
martes, 11 de febrero de 2014
Tres mujeres (Sylvia Plath)
De Ana Blasfuemia
Es la segunda vez que menciono que leí el libro dos veces. Bueno, tiene su razón, como bien dice la sinopsis Sylvia Plath concibió este poema para leer en voz alta. Así que la primera vez lo leí al estilo clásico: en silencio y ensimismada. Y la segunda lo hice tal y como fue concebido: en voz alta. Que no es fácil, he de decir, porque necesitaba estar sola para que no se pensaran que estoy como una cabra (no os voy a engañar: ya hay quien lo piensa). Una vez realizado el experimento he de decir que, efectivamente, la sensación e incluso la lectura es distinta. Algo que ya había comprobado en una ocasión en que leí en voz alta para alguien, pero que nunca había probado con la poesía. Curioso. Añado que es un poema que volveré a leer, porque en cada lectura he encontrado algo diferente.

