lunes, 26 de octubre de 2026
Hotel World (Ali Smith)
De Ana Blasfuemia
“Recordad que tenéis que vivir. Recordad que lo importante es amar. Lo demás, bruma, hojas…”
No sabía de qué iba el libro y no había leído nada de Ali Smith. Y resulta que se puede leer a ciegas y ver. Empecé desconcertada, no lo voy a negar… pero sonriendo ante una voz que, si algo tiene, es ritmo y descaro. Y a mí me gusta la gente descarada, atrevida y arriesgada. Así que ahí estaba yo, sonriendo e intentando comprender y seguir ese estilo que conduce, frena, acelera, se salta señales… justo el estilo necesario para contar un mundo en tránsito, un mundo de puertas giratorias (de las de los hoteles, no las de los políticos).
Creo que lo que vuelve especial a “Hotel World” es que Ali Smith ofrece desde el primer párrafo un punto de vista inmediato, un tono fresco y un lenguaje muy enchufado a lo que narra, lo que hace que la estructura narrativa se convierta en una manera de pensar. El libro se organiza en seis secciones, cuyos títulos juegan con los tiempos verbales y cuyas voces cambian de registro. Es una manera muy concreta de decir que el tiempo no es lineal, que es algo parecido a un conjunto de habitaciones que se abren y se cierran según quién seas, desde dónde hables, cuánto dinero tengas, cuánta salud te quede, cuánto duelo puedas sostener sin desmoronarte.
Un hotel grande (de esos que puede estar -y están- en cualquier ciudad) es una máquina de clasificar gente: los que llegan con reserva, los que trabajan invisibles para que el lujo se note, los que se sientan fuera con frío porque no tienen cómo pagar una habitación, los que miran la pobreza ajena como si fuera una curiosidad, los que convierten la miseria en material narrativo. La comodidad tiene un precio real y no todos pueden decidir cuánto están dispuestos a pagar.
El “Global Hotel” (esa palabra, global, tan de folleto corporativo) suena muy pomposo, pero es un poco cruel, porque lo que ocurre ahí podría ocurrir en cualquier parte y eso siempre hace que la responsabilidad se diluya. Esa indiferencia moderna (disfrazada de eficiencia) es una de las crueldades del libro (de hecho es el verdadero monstruo, más que cualquier fantasma). Y sí, el fantasma existe desde el principio: el libro abre con una voz muerta y ese gesto, que al principio me desconcertó, luego me pareció original y también una toma de posición sobre quién puede hablar y desde dónde.
Con ese punto de partida Ali Smith nos ofrece una voz que no debería tener sitio en el mundo (ni cama, ni empleo, ni futuro, ni siquiera cuerpo), y a partir de ahí nos obliga a medir la distancia entre los vivos que funcionan y los vivos que sobran. La prosa es cómica a ratos (con esa comicidad tan británica, muy de torcer la frase para que brille), pero nunca es un chiste de esos que alivian, al contrario, es ese tipo de humor que muestra lo absurdo de la sociedad.
“Hotel World” es un mapa hecho con lenguaje, donde el mismo edificio significa cosas distintas según lo mires desde el suelo, desde la recepción, desde habitaciones que tienes que limpiar o desde la calle. Smith, con su coro de voces, te fuerza a reconstruir, a completar, a escuchar registros distintos. Ella abre puertas y tú intentas comprender qué ha pasado al otro lado, incluso cuando no estás segura de si te gusta o no lo que te encuentras.
No hay exactamente un argumento, sino una sensación: la sensación de que el mundo contemporáneo es un edificio muy bien iluminado por fuera y muy desigual por dentro, y que el lenguaje, si se usa con mala baba e inteligencia, puede mostrar esa desigualdad. No es un libro cómodo, pese al humor, porque algunos detalles hacen que a veces la sonrisa se te quede a medias.
La estructura de “Hotel World” (humor, tiempos, voces, ritmos, modos de mirar) es un recurso inteligente para recordarnos que la realidad, tal y como la vivimos, también está escrita en tiempos verbales sociales: quién puede decir “yo”, quién puede decir “ahora”, quién solo puede decir “nunca”.
Gracias, Ali Smith. Gracias María Jesús Asensio y África del Valle (traducción)
martes, 21 de julio de 2026
Esta mañana. Montevideanos (Mario Benedetti)
De Ana Blasfuemia
“Uno tiene en las manos el color de su día: rutina o estallido”
Elijo esta frase como quien abre una ventana en un día gris. Me consta que es una forma de estar en el mundo que no siempre está a mi alcance. Y es también una forma de leer a Mario Benedetti, que escribía como quien observa la calle desde un segundo piso sin dejar de sospechar que en la acera (esa conversación aparentemente intrascendente, ese café, ese gesto apenas torcido) se esconde algo más: un estallido o la certeza de seguir vivos.
Volver a Benedetti es volver a alguien que nunca se ha ido del todo. Alguien que me acompañó cuando leía buscando respuestas y una comprensión de aquello que me rodeaba. Leí a Benedetti muy joven, cuando lo cursi sonaba hasta necesario.
La edición de Alfaguara, que reúne “Esta mañana” (1949) y “Montevideanos” (1959), propone un recorrido por los extremos de una evolución estilística.
“Esta mañana” fue su primer libro de cuentos y se nota, no porque haya torpeza literaria, lo que hay es una búsqueda. Se transparentan en Benedetti las influencias y también un deseo de observar sin fingir sabiduría, como si cada relato tanteara un contorno aún sin nombre. Hay en esos cuentos iniciales un pudor narrativo que me conmueve, hay ironía y pequeñas dosis de crítica social, pero aún sin esa respiración clara que llegará después. Es una escritura que tantea y que duda y que, por eso mismo, resulta honesta.
Aquí nos encontramos un Benedetti más críptico, simbólico y en ocasiones enrevesado (en contraste con la voz más directa, lúcida y accesible que recuerdo de su obra posterior). Es claramente un territorio de ensayo narrativo.
Entre los cuentos hay pequeñas joyas como “Idilio”, donde dos monólogos interiores se entrecruzan en una pareja que ha olvidado cómo hablarse. Ni puntos, ni comas, ni signos de interrogación o exclamación. Es uno de los cuentos más formales y experimentalmente audaces del primer Benedetti (y probablemente uno de los más olvidados también).
En “Montevideanos” hay un paso firme que ya no duda, ya Benedetti ha encontrado su tono y su lugar, su voz propia y afinada. Ahí está su modo de dar cuerpo a las cosas pequeñas y convertirlas en literatura sin necesidad de elevar la voz. Benedetti ya ha alcanzado aquí ese punto de madurez narrativa donde puede hablar de lo insoportable en voz bajita y mostrar cómo convertir lo habitual en signo de una fractura emocional duradera. Y sin necesidad de recurrir al dramatismo.
Hay tres relatos (Los pocillos, El presupuesto y La guerra y la paz) que condensan el paso firme de Benedetti hacia una voz que observa sin juzgar, que se permite ironía sin perder compasión y que pone la mirada en los márgenes sin necesidad de retórica.
Y me he acordado de Mafalda. Sí, Mafalda. No como metáfora forzada (ni como guiño simpático), sino como reconocimiento real. Porque si hay una figura en la cultura hispanoamericana que ha sabido, como Benedetti, combinar ternura y lucidez, humor y crítica, ironía y empatía, esa es Mafalda. La niña que pone en cuestión la sopa y el orden mundial con la misma seriedad doméstica. La que se angustia por la paz desde el comedor de su casa. La que no se resigna ni se calla. La que piensa y siente a la vez.
Benedetti y Mafalda son, para mí, dos voces que han sabido nombrar lo ordinario sin hacerlo banal. Que han entendido que la rutina no está vacía sino cargada de significados. Que la vida privada (los afectos, las contradicciones, los miedos) es también una forma de historia. Y que reírse de una misma es una resistencia revolucionaria.
Por eso esta relectura ha sido también un reencuentro con una parte mía que, incluso en los días más lúcidos, sigue necesitando compañía. Que busca en los libros un espejo imperfecto pero humano. Que agradece la claridad sin aspavientos y que todavía quiere creer (como quien cree en los pequeños milagros) que tiene en las manos el color de su día. Rutina o estallido. Y a veces, gracias a la lectura lenta (ese acto íntimo que nos devuelve otra vez a quienes fuimos), ese color es diferente y, aunque no lo elija yo, la luz es otra.
Gracias, Mario Benedetti.
martes, 7 de abril de 2026
Liquidación (Imre Kertész)
De Ana Blasfuemia
“Entonces entré en casa y escribí:
Es medianoche.
La lluvia azota los cristales.
No era medianoche.
No llovía” (Monroy, Samuel Beckett)
Esta es la cita que nos encontramos nada más empezar “Liquidación”. Siempre me detengo en ellas porque pienso que estas citas iniciales son como una luz que alumbra aquello que vamos a leer, una clave de lectura, una declaración de intenciones. Y esta cita de Beckett me remitió a la discrepancia entre realidad y palabra, a la ficción como mentira y verdad, al autoengaño y la creación de sentido, al abismo entre el lenguaje y la experiencia… En definitiva, a la evidente tensión entre vivencia y narración. Y con ese espíritu me adentré en “Liquidación”.
Todo comienza con el suicidio de B., escritor y superviviente del Holocausto. Su muerte deja a sus amigos desorientados, especialmente a Keserü, su editor, que se obsesiona con encontrar la obra inédita de B. La búsqueda, casi detectivesca, lo arrastra a unos manuscritos: textos turbios, confesiones, fragmentos de desesperanza.
“Liquidación” transcurre en Budapest en 1999, una década después de la caída del régimen comunista en Hungría, un período de transición marcado por el desmantelamiento del sistema socialista, la incertidumbre política y social y la revaluación del pasado. Es en este contexto nos encontramos a unos personajes (intelectuales todos ellos) que han perdido sus marcos ideológicos, con una libertad que no saben cómo manejar, sin fe en el futuro y que además cargan con un vacío heredado: el legado mudo del Holocausto y de la represión comunista.
Para B., que lleva en su interior las cicatrices dejadas por el horror del Holocausto, el odio es lo que le ha mantenido vivo, una reacción al trauma que se convierte en el eje de su existencia (“la obstinación de vivir”). No solo odia a sus verdugos: odia la vida misma, su propia supervivencia, la impotencia de expresar el espanto sin degradarlo a una simple anécdota. B. representa la negación de la esperanza, Keserü por su parte se agarra a la idea de que la escritura es lo único que otorga sentido a caos.
Kertész plantea un juego intertextual que puede desorientar. “Liquidación” no se cuenta de un solo modo: se entreteje con la voz de Keserü, pero también con cartas, manuscritos y fragmentos de una obra de teatro escrita por B. (que lleva el mismo título y que parece escribir el futuro antes de que ocurra). Esa estructura matrioska (una obra dentro de otra) trastoca la linealidad y hace que Keserü oscile entre narrador y personaje, como si caminara dentro de un texto que ya lo ha previsto.
“Liquidación” es un testimonio de la dificultad de representar el horror. La cita de Beckett subrayaba ya inicialmente la imposibilidad de capturar la realidad en palabras. Hay una soledad que no solo es emocional, sino ontológica: hay historias que nadie más puede vivir ni comprender realmente. Narrarlas sería traicionarlas. No hay lenguaje suficiente para esa realidad, no lo hay. La escritura es siempre una aproximación, una tentativa de dar forma a lo informe. Y así, la literatura (eso parece querer decirnos Kertész) no puede revocar Auschwitz, pero sí puede hacernos reflexionar sobre cómo vivir con el pasado sin ser devorados por él y sobre cuál es el papel de la literatura en este proceso.
¿Cómo recordar sin convertir el recuerdo en una mercancía? ¿Cómo honrar a las víctimas sin reducir su sufrimiento a una lección de historia? ¿Se puede vivir después de Auschwitz? ¿Y si seguir vivos fuera, en sí mismo, una forma de traición?
Kertész no parece un autor interesado en ofrecer certezas, sino en mostrar la lucha humana con preguntas que no tienen respuesta clara. Y en ese sentido, dejar a Keserü (y a los lectores) en la incertidumbre es una forma coherente de mantenernos atrapados en esa angustia existencial que impregna “Liquidación”. Kertész parece saber que el verdadero acto de valentía es vivir sin respuestas definitivas, aceptando que el mal, la incertidumbre y la ausencia de sentido están ahí, tan reales como nosotros mismos.
“El único vínculo verdadero entre dos personas es la conciencia de culpa”
Gracias, Imre Kertész. Gracias, Adan Kovacsics (traductor)
miércoles, 23 de julio de 2025
Medianoche de amor (Michel Tournier)
De Ana Blasfuemia
“Tal vez lo que nos faltaba era una casa de palabras en la que habitar juntos”
Voy a intentar poner en palabras la experiencia de leer a Michel Tournier. La premisa es sencilla: una pareja a punto de separarse, una cena con amigos y un conjunto de relatos que flotan como signos de exclamación lanzados por una mano literaria invisible. Pero no es tan fácil, Tournier, que sabe trenzar mitos sin tensar nudos, utiliza esas historias para construir una “casa de palabras”, un refugio donde sus personajes puedan reconocerse, reconstruirse y reconciliarse.
La cena no será solo un banquete, sino una escena intersticial entre lo que iba a ser y lo que finalmente será. Yves y Nadège están al borde de la disolución, han aceptado que no tienen nada que decirse y recurren a la palabra ajena, como si ya no hubiera salvación entre ellos, pero aún quedara esperanza en la escucha, lo compartido.
Ahí entra Tournier: convierte la palabra en acto, en ceremonia. Al final, tras esa noche de relatos, deciden no separarse. ¿Por qué, qué ha pasado? No es que de pronto se amen más, ni que sus problemas se esfumen con una conversación y algo de vino. Lo ocurrido es más sutil, más profundo y muy Tournier.
Tuve que buscar una clave para entenderlo: la estructura de parejas y dobles, el principio de repetición, la performatividad de la palabra. “Medianoche de amor” está tejido a base de dúos. No solo la pareja, sino otros pares que se forman en cada narración, los reflejos, las oposiciones, los personajes que se miran en otros y se descubren distintos o iguales.
Tournier ya insinúa esta estructura dual en los títulos de muchos relatos: Théobald o El crimen perfecto, Pirotecnia o La conmemoración… Cada título invita a leer en clave de diálogo entre dos polos: un personaje y un concepto, un individuo y un acontecimiento simbólico. Esto conecta con las parejas y los dobles, que son la forma en que Tournier construye el sentido. Cada historia es una variación de la misma pregunta: ¿qué pasa cuando somos dos? ¿cómo nos miramos, necesitamos, desgastamos, apoyamos? Esa repetición no es redundancia: es ritual y es lo que hace que cada historia sea única y, a la vez, parte de un todo.
“Medianoche de amor” es un espejo narrativo donde el primer relato y el último comparten el mismo párrafo final. Cuando terminas y vuelves al inicio, entiendes que ese final que al principio parecía abierto e incomprensible, solo cobra sentido después de haber leído el conjunto. Yves y Nadège no habían dicho nada a sus amigos sobre su separación y deciden seguir juntos tras escuchar esas historias que al inicio desconocemos. Pero al terminar el libro entiendes que ese final ya estaba ahí desde el principio, y que todo el viaje narrativo es un círculo que se cierra, un cierre que exige releer para comprender.
Esto es profundamente Tournier: no es una circularidad simple, sino diferida, donde el sentido se despliega solo cuando recorres el ciclo completo (no como las indemnizaciones en diferido de Cospedal). El principio refleja el final y el final devuelve al principio. Todo invita a volver a empezar, a releer, a descubrir que la palabra no se agota en su primer sentido.
En este libro la palabra no es solo comunicación: es acto. Cada historia contada esa noche es una creación de sentido que sostiene a Yves y Nadège, que no han resuelto sus problemas, pero han encontrado un lugar donde quedarse: una “casa de palabras”. Una casa simbólica, frágil como las esculturas de arena hechas para durar lo que dura una marea, pero real por lo compartido. El amor, aquí, se mantiene por la posibilidad de habitar juntos el lenguaje. Por eso no se separan: porque descubren que aún pueden vivir bajo el mismo techo narrativo.
Pienso en cómo las palabras que compartimos nos salvan. Que contar historias no es solo entretenimiento, sino una forma de mantenernos en medio del caos. Que los finales a veces no son finales, sino un tránsito para volver a empezar o un apaño para no tener que admitir que seguimos dando vueltas como idiotas.
Este libro exige detenerte, releer, aceptar que no se ha entendido del todo hasta que se vuelve a empezar. Y eso, para mí, es una lección preciosa sobre lo que significa leer, contar, escuchar y seguir. Porque no queda otra y porque he hecho de seguir una costumbre, como leer a deshoras o hablarle a los gatos.
Gracias, Michel Tournier. Gracias Santiago Martín Bermúdez (traductor)
domingo, 2 de julio de 2023
Manual para mujeres de la limpieza (Lucia Berlin)
De Ana Blasfuemia
jueves, 19 de noviembre de 2020
Toda pasión apagada (Vita Sackville-West)
De Ana Blasfuemia
La potente literatura de Virginia Woolf, su papel tan icónico en el feminismo y el morbo que produce, aún hoy en día, su relación con Vita Sackville-West ha hecho que el papel de esta última dentro de la literatura tenga un interés menor. Pues desde aquí os digo: qué pena. Claro que si me dieran a elegir qué escritora quisiera ser elegiría a Woolf. Pero si me dijeran qué persona querría ser, diría Vita.
No tiene la complejidad literaria ni la inmensa calidad de Virginia, pero lo que he disfrutado con esta lectura y lo inesperado de la escritura de Vita: convincente, poderosa, irónica, perspicaz… Vale que posiblemente es la novela más conocida de Vita, que el tema que abarca es muy ”woolfiano” (empoderarte, tomar el control de tu propia vida), aunque creo que se influenciaron mutuamente. Pero, qué carajo, aunque Vita tire de una estructura narrativa clásica, su análisis inteligente e hiriente de los personajes y de la época (de lo humano) me ha agradado enormemente. Sutil y eficaz, con claras referencias feministas. Cínica pero no arriesgada. Hábil en la narración y en la descripción. Divertida y tierna. Sugerente, sin necesidad de ser explícita ¿Se puede pedir más? (sí, claro que sí, pero el nivel de satisfacción con esta lectura está claramente por encima de la media)
Además, que ya va siendo hora de ver a la mujer “mayor” de otra forma, y Vita señala el camino. Podemos tomar nuestras propias decisiones, no importa la edad, no dejarse influir por las expectativas externas, sino por las internas. Claro que esto es lo deseable para cualquier edad, pero es que la protagonista de “Toda pasión apagada” lo consigue a sus 88 años. Hay esperanza (siempre la hay, qué es la vida, sino concatenar esperanzas, tener sueños y, a veces, cumplirlos -aunque sea por aproximación-)
martes, 2 de junio de 2020
Piezas en fuga (Anne Michaels)
De Ana Blasfuemia
viernes, 5 de abril de 2019
Rondó para Beverly (John e Yves Berger)
De Ana Blasfuemia
miércoles, 16 de agosto de 2017
Vida con mi amigo (Bárbara Jacobs)
De Ana Blasfuemia
A lo largo de los años en que fui escribiendo “Vida con mi amigo” me pregunté qué forma final habría de darle, si de relato, que abre tantas puertas, o de ensayos cortos, que suele cerrarlas.
Lamentaría que “Vida con mi amigo” fuera un libro de lectura fácil.
Se lamenta un escritor melancólico cuando ve cómo libros que no tocan fondo, que no reflejan experiencia, que transmiten quizás cultura pero no saber verdadero, que no hacen dudar ni reflexionar, que no conmueven, que no divierten; libros no elaborados que no aportan nada a la literatura, van de mano en mano, de boca en boca, invaden el mundo, los libreros, las mentes que quedan con ellos o sin ellos igual de vacías.
Cada pueblo tiene los lectores que merece, y los editores que merece. Dar perlas a los cerdos ya sabemos a dónde nos lleva.
Nos lleva a amar las perlas.
-Nadie repite exactamente las mismas lecturas que otro; las circunstancias que te llevan a determinados libros no son nunca iguales –me ha repetido, pero yo quiero seguirlo: en las mismas lecturas, en tantas de las mismas experiencias, haberlo seguido, retrospectiva, imposiblemente.
Quién soy, en dónde estoy, qué está sucediendo, eran preguntas que se hacía, que me hacía, que se contestaba, que me pedía contestarme a mí misma.Salimos en busca de nosotros mismos, dimos vueltas, nos perdimos, nos reencontramos.
Dimos vueltas, nos perdimos, nos reencontramos, te perdí, me perdí, nos reencontramos, no me encontré...
-autocensurado-)
(©AnaBlasfuemia)