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miércoles, 25 de octubre de 2023

A contraluz (Rachel Cusk)


"Me gustaría volver a ver el mundo con más inocencia, de forma menos personal"

A mí también me gustaría. Me gustaría saber cómo vería el mundo si pudiera mirarlo de forma más inocente, algo así como sin ser yo. Y eso que me considero una persona bastante inocente. Y también lo contrario, porque los opuestos conviven en mi con la tozudez de un vendaval. Pero incluso cuando toda yo era inocencia pura, la extrañeza ante lo que veía y me rodeaba era marca de la casa.

Parece imposible ver el mundo sin que lo personal matice esa mirada, incluso con la mirada más empática del mundo mundial y el esfuerzo más generoso por ser objetiva parece inevitable dejar de lado lo personal puesto que esta persona que soy tiene conocimientos e ignorancias, aciertos y errores, criterios y opiniones, valores y desinformación, límites confortables y espacios de inseguridad.

En realidad todo lo anterior no tiene nada que ver con el libro. O sí. Porque escogí la cita inicial para intentar entender este extraño libro de Rachel Cusk. He relacionado esa frase con el título del libro ("A contraluz") en un esfuerzo por comprender qué pretendía Cusk contar o transmitir. Cuando ves algo a contraluz lo que ves es principalmente la forma de aquello que se interpone entre tu mirada y la luz, los contornos. Algo así como una sombra bien delimitada. Pero no deja de ser una sombra, un perfil definido en cuanto a la forma, pero no tanto en cuanto al contenido de esa forma. 

Al iniciar la lectura sus primeras páginas me parecieron muy interesantes. Por detalles que quizás no sé expresar pero que tienen que ver precisamente con cómo Cusk en pocas páginas y con acciones comunes (una cena, el despegue de un avión, la charla con el compañero de asiento en el avión) disecciona con más o menos precisión el alma humana en la sociedad actual. Ah, pensé, Cusk va a ser de esas narradoras que construye a partir de detalles, como hacen los buenos observadores y con poderosa imaginación. Construir historias a partir de fogonazos. Eso me parecía que iba a ser este libro. Incluso pensé que nos iba a proponer un juego: contarnos historias que luego la propia narradora desmontaba.

Porque de eso sí va el libro, de narradores. Aquí no hay diálogos, hay narraciones, todos se narran. Así que pensé que era una propuesta lúdica, que Faye (la protagonista, cuyo nombre solo se menciona una vez) se iba a dedicar a escuchar a toda esa gente que parece que tiene tanto que contar de sí misma (y una facilidad pasmosa para hacerlo) y que luego, en plan cómplice con el lector, Faye desmontaría la narrativa de su interlocutor con la facilidad de un chasquido de dedos.

O que tal vez Faye se contaría a sí misma a través de lo que otros cuentan de ellos. Y sí, pero no. Como casi todo el libro: sí pero no. Parece que, y a veces sí, pero entonces no, los difusos límites entre ilusión y realidad, juego de espejos, ir desde el detalle trivial al existencialismo de la vida... Y al final ni idea de lo que pretendía Cusk, quizás todo eso pero deja a Faye sin narrarse ni, en muchas ocasiones, intervenir sobre lo narrado. Ni guía al lector ni tampoco nos da mucha posibilidad de recibir algo lo suficientemente masticado, sólo nos queda aceptarlo o rechazarlo.

Un mérito tiene este libro para mí. Y es algo personal. Me ayudo a entender un pequeño misterio (que no es tanto en realidad) que tengo muy presente. Porque hay dos situaciones que relata Cusk que me gustaron mucho, me parecieron muy lúcidos. Curiosamente ambos tienen que ver con niños (la relación fraternal entre dos niños que pasan del amor al odio y cómo los bebés en la trona tiran objetos para que el adulto se los vuelva a entregar y ellos vuelvan a tirarlos).

El problema es que la ilusión y el disfrute de esas primeras páginas no se han sostenido durante el resto de la lectura. Esas narraciones extensas, verborreicas, de cada persona con la que Cusk se iba encontrando se me empezaron a hacer cansinas, me forzaban a la pasividad (pese a que Cusk deja en muchas ocasiones que sea el lector, y no Faye, quien enjuicie aquello que lee), a recibir sin más ese torrente de vivencias y su interpretación egocéntrica y personal. No es que me molestara porque fueran historias personales, sino por el egoísmo y narcisismo que contenían algunas de ellas. O así me llegaban. Además que alguna de ellas me parecieran lejanas, frías y no sé si decir aburridas, insustanciales. Innecesarias tal vez. Faye tal vez pretendía ser un tamiz de esas historias que recibe, pero al hacerlo a contraluz únicamente filtra los contornos de una forma opaca.

Un libro desconcertante, un poco como sin rumbo o sin un horizonte que pudiera atisbar con claridad. Pero me lo leí hasta la última página y admiré algunas de las reflexiones mostradas y en verdad tienes la sensación que de cualquier detalle puede surgir un relato, una narrativa, lo cual supongo que es la base de cualquiera que pretenda escribir (y ser escritor ni es fácil ni es una autoetiqueta que podamos colgarnos con ligereza). En definitiva: no es mal libro, pero aquí empieza y aquí termina mi relación con Cusk (por si acaso aclaro: las intenciones son eso, intenciones, no decisiones definitivas e inamovibles, sino decisiones altamente probables. Que nos conocemos)

martes, 17 de septiembre de 2019

El final del affaire (Graham Greene)


Estoy cansada y no quiero sufrir más dolor. Quiero un amor corruptible y humano y normal

Amor, amor, amor… tanto amor, tantas formas de amar, tanto amor transmutándose en celos, odio, rencor… Las formas del amor, las formas del amar, los miedos tontos, tontísimos, que hacen ilegible la alegría e intraducibles las intenciones y se enredan en una niebla espesa que nos dificulta amar con claridad, amar con sencillez. Como si el amor nos abrumara y no fuéramos capaces de vivirlo como un océano: inagotable, calmo y feroz, ingobernable y acogedor, cálido y gélido al mismo tiempo. Vivirlo sin querer someterlo, sin hacer nada más que sentir y fecundarlo cada día. No se puede domesticar el amor.

Pero no. El miedo a perder lo que tenemos es el filo del cuchillo que deslizamos, punzante y glacial, por las raíces del amor, arrancándolas de su tierra, acabando con todo lo orgánico del amor. Celos, inseguridad, miedo, silencios, promesas, dramas y empieza a brotar el dolor allí dónde las raíces deberían crecer sanas, libres, absorbiendo todos los nutrientes necesarios del verbo amar.

El miedo a las consecuencias, atarnos a promesas, aceptar las contradicciones y las variaciones del amor, el amor como una muñeca rusa, una matrioshka con piezas infinitas que se cobijan unas a otras, haciendo nido, inseparables para no crear desiertos entre ellas.

¿Es “El final del affaire” el mejor libro de Graham Greene? No lo sé. Es el que más he disfrutado de Greene, el que más me ha absorbido, en el que más he percibido la devastación del autor y más me ha seducido su escritura (que nunca me ha parecido especialmente brillante pero sí eficaz), su hábil narración. Me sobran las últimas páginas y va de más a menos porque el diario enérgico e intenso de Sarah, su nobleza titánica, pone el listón a una altura difícil de superar, ya visibles las dos caras de una misma moneda: cobardía y heroicidad.

El amor, cualquier forma de amor, siempre nos transforma. Indómito amor.

Lo quiero todo, todo el tiempo, en todas partes. Tengo miedo del desierto




martes, 18 de junio de 2019

Sigo aquí (Maggie O'Farrell)


“Lo mejor no siempre es lo más fácil”
¿Cómo me las maravillaría yo? A veces me resulta difícil describir cómo un libro del que comprendo las razones por las que ha gustado tanto a tantas personas, sin embargo a mí me deja una sensación de “bueno, lo he leído”. Y ya.
Entiendo que el realismo emocional de O’Farrell cale profundamente en el lector en este elegante ejercicio descriptivo de momentos en los que la muerte ha acechado. No soy indiferente a ese hecho.
Comprendo la accesibilidad de la narrativa de esta autora: cercana, familiar, fácil, agradable, reconocible. Busca el pellizco, la identificación, evita la autocompasión además (algo que valoro especialmente). Percibo también la originalidad de contar su vida a partir de experiencias cercanas a la muerte, el tomar conciencia de que la vida es tener presente la inevitabilidad de la muerte. Respeto la generosidad de hablar de algo íntimo. Aprecio el pragmatismo de O’Farrell respecto a estas experiencias, así como el paso que hay desde el “sigo aquí” del título al “ella sigue aquí, sigue aquí, sigue aquí” final.
¿Y entonces? ¿Qué falló? Que va notoriamente de más a menos (aunque remonta al final, manejando la previsibilidad de saber lo que conmociona la experiencia de muerte cuando se refiere a un niño). Que muestra sin ahondar ni indagar. Que hay capítulos claramente forzados que proporcionan mucha irregularidad al conjunto. Que a veces parece buscar la emoción fácil. Que el “cómo” no me termina de provocar entusiasmo. Que hay cierta monotonía narrativa. Que a la autoficción le pido algo más que el que sea meramente testimonial. No es que quiera que me faciliten las conclusiones ni me añadan moralejas (al contrario) pero sí hubiera agradecido más profundidad y urdimbre literaria.

viernes, 19 de enero de 2018

Vinieron como golondrinas (William Maxwell)

Título original: They came like swallows
Traductora: Gabriela Bustelo
Páginas: 203
Publicación: 1937 (2006)
Sinopsis: Para el niño de ocho años Bunny Morison su madre es una presencia angelical sin la cual nada parece tener vida; para su hermano mayor, Robert, su madre es alguien a quien debe proteger, especialmente desde que la gripe ha comenzado a asolar su pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano; para su padre, James Morison, su mujer Elizabeth es el centro de una vida que se desmoronaría sin ella. A través de los ojos de estos tres personajes, Maxwell retrata a una familia y a la mujer sobre la que ésta se sostiene.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ
Cada uno vivimos metidos en nuestra propia pesadilla.
Partiendo de una experiencia personal que le marcó profundamente (su madre falleció por la gripe española a principios del siglo XX) Maxwell (que entonces tenía diez años) escribe Vinieron como golondrinas, en donde se describe un período concreto en la vida de una familia. Para ello, conoceremos los puntos de vista de tres personajes: los dos hijos de Elizabeth y su marido. No sabremos el punto de vista de la propia Elizabeth (que es un pilar emocional para todos aquellos que la rodean), pero el alcance de su figura (y de su hermana Irene) se nos hará patente a través de esas tres voces narrativas.

Maxwell habla de lo cotidiano y doméstico cuando lo cotidiano se vuelve extraordinario, en este caso por el impacto de la gripe española en la familia (todos ellos enfermaron, aunque todos sobreviven excepto la madre).

Sobre la incomprensión y el vacío que se te queda clavado dentro cuando fallece alguien que supone para ti un eje importante en tu vida es sobre lo que escribe Maxwell, si bien para ello no necesita acudir al drama ni al sentimentalismo. La sencillez aparente de su narrativa es su propia grandeza. La construcción de los personajes es impecable, así como su armazón emocional, y la importancia de Elizabeth en sus vidas queda claramente expuesta sin necesidad de ser explícito ni desarrollar un discurso extenso ni grandilocuente. Basta con los detalles, el perfil invisible de los pequeños gestos y los grandes silencios.
Lo tenía delante, pero no conseguía alcanzarlo, porque se hallaba dentro de las palabras.
He agradecido la forma de narrar de Maxwell, esa extraña y compleja simplicidad con la que nos presenta escenas complicadas, conjurando toda la carga emocional y los excesos sentimentales para presentárnosla sin estruendos y con una cadencia tan perfecta como eficaz. La economía del lenguaje utilizado no supone ningún obstáculo para percibir la intensidad de lo que cuenta, y ahí radica su elegancia.

Vinieron como golondrinas es un libro tranquilo, calmo, amable, profundo pese a su aparente sencillez. Con una capacidad para describir la frágil naturaleza humana de forma sutil y reconocible, para relatar la aceptación de la pérdida con una facilidad pasmosa, Maxwell construye un libro perdurable e imperecedero.

El perfil psicológico y emocional de los personajes, el clima familiar tan hábilmente reflejado, el fiel retrato de una época y una sociedad, la tensión sostenida en el punto adecuado (ni excesiva ni frívola), la prosa precisa, respetuosa y sensible, todo ello configura una lectura de apariencia discreta pero de mimbres convincentes y sólidos. 
Además, lo que importaba era la intención de las personas, no los resultados de sus actos.

viernes, 16 de junio de 2017

La uruguaya (Pedro Mairal)


Páginas: 144
Publicación: 2017
ISBN: 9788416213993
Sinopsis: Lucas Pereyra, un escritor recién entrado en la cuarentena, viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y que no puede recibir en su país debido a las restricciones cambiarias. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento, pero la perspectiva de pasar un día en otro país en compañía de una joven amiga es suficiente para animarle un poco. Una vez en Uruguay, las cosas no terminan de salir tal como las había planeado, así que a Lucas no le quedará más remedio que afrontar la realidad.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo.
(No me inventé nada, 
sólo… confié y creí)

En un lateral del blog (versión web) hay un aviso a navegantes en el que explico que soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Sirva esto como declaración de intenciones respecto a mi comentario de esta lectura que, he de decir, y aunque no lo vaya a parecer, no ha sido mala lectura.

Cuando terminé de leer La vegetariana sabía que no iba a ser fácil elegir el siguiente libro. Cogía uno. Lo volvía a dejar en la estantería. Cogía otro, lo empezaba. Vuelta a la estantería. Así unas cinco o seis veces. Y en esas estaba cuando alguien me pregunta ¿siempre lees libros escritos por mujeres? Zasca. Es real, soy consciente, leo mayormente libros escritos por mujeres. Miro mis estanterías y ellas arrasan. Y mis ganas de leerlas son infinitas. Miro mis lecturas en los últimos años y percibo ese intento, forzado, de equilibrar. Ahora ellas. Ahora un poquito de ellos. Tengo una conciencia clara de que los libros que más me han marcado y revolucionado están escritos por… ellas. Con podio de honor también para Tom Spanbauer, hay que decirlo. Esas lecturas que me salvan la vida.
Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio.
(Tú te quitaste la ropa, 
un gesto repetido y hecho rutina.
Yo, me desnudé,
sin trabas y con fe)

Así las cosas, decido coger a un autor. Y un libro cuyo protagonista es un hombre que, aparentemente, está pasando por la crisis de la mediana edad (siempre me he preguntado qué carajo de crisis es esa). Que no se diga.
Si no podés con la vida, probá con la vidita.
(Si no puedes con la vida, 
no te la inventes)

Sin duda, la frase más citada y laureada de este libro. Y hete aquí que voy y yo y no estoy de acuerdo con ella. Porque me suena a conformismo. A rendición. Y claro que te puedes rendir. Todos los días. Es una opción y a cada instante elegimos. Pero también todos los días puedes seguir aspirando a la vida, y no a la vidita. VIDA. La palabra más repetida en este blog.

Mi sensación es que a Lucas ya le quedaba grande la vidita, y que lo que en realidad necesita es estrenar una vida, una vida de verdad y no su vidita de fantasía. Su vidita egoísta. No empaticé con Lucas, qué le voy a hacer. Bueno, miento, lo hice a ratos, con ciertas reflexiones. Pero tenía la sensación de que lo que Lucas hacía no era coherente con lo que Lucas pensaba en algunas ocasiones.
Hace falta esa ignorancia para que continúe la especie, generaciones de ingenuos que se meten en un baile del que no tienen ni idea.
(La honestidad es bastante ingenua e inocente. Siendo así, que entonces no se terminen nunca las generaciones de ingenuos. Que pueblen el mundo de norte a sur y de este a oeste)

Una de las razones por las que no conseguí entender a Lucas es porque no me parece un ingenuo precisamente. Porque hay comportamientos que puedes comprender mejor si no se hiciera tanto esfuerzo por justificarlos, porque no consigo verlo como víctima ni como alguien inocente, porque me parece que en ocasiones había mucha autocompasión y poca compasión por los damnificados por su propio comportamiento.
Había cierta lealtad en mi deslealtad.
(Infiel para algunos, 
leal hasta el último aliento)

Concepto erróneo: puedes ser infiel sin caer en la deslealtad. Infiel pero leal. Perogrullada: si eres desleal, no hay lealtad. Este tipo de cosas me rechinaban, aunque hubo otras muchas que me han encantado. Es verdad que hay reflexiones y fragmentos con los que he gozado. Tampoco era tan difícil en medio de una verborrea que se me hizo excesiva porque a veces sentía que caminaba por una selva en la que tenía que ir desbrozando la paja, las ramas innecesarias, para llegar al meollo de la cuestión. Pero en medio de ese torrente verbal, ese divertido desbordamiento de palabras, terminaba por encontrar semillas prometedoras, manjares refrescantes, víveres satisfactorios.
Con vos necesito un tatuaje que me ayude a olvidarte, no a recordarte, un antitatuaje.
(Revertir cada tatuaje…)

Pero esas pequeñas ráfagas de luz, esos destellos vibrantes, eran como gotas de lluvia que no se mezclaban, no hacían charco, no sumaban al rio. No hacían trama suficiente.

Y dicho todo esto, lo sorprendente es que me ha gustado La uruguaya. Porque era justo lo que necesitaba después de La vegetariana: un libro que me sacara de la conmoción, algo ligero e incluso predecible, pero con cierta consistencia, una lectura entretenida, festiva y fácil, en la que se entremezcla lo superficial y lo subterráneo; una charlatanería que tan solo rozara lo intenso levemente, con pretensiones pero sin conseguirlo del todo, que se deslizara más por la vía del humor.  Y ya.
Nadie es solamente una persona, cada uno es un nudo de personas, y el nudo de Guerra era de los complicados.
[Amén. 
Amen. 
De verdad. 
Que el nudo de personas nos haga cre(c)er
y no lo contrario]

lunes, 5 de septiembre de 2016

Departamento de especulaciones (Jenny Offill)

Título original: Dept. of Speculation
Traductor: Eduardo Jordá
Páginas: 176
Publicación: 2014 (2016)
Sinopsis: Cuando se conocieron eran jóvenes y estaban llenos de esperanza. Aunque ambos vivían en Nueva York, solían enviarse cartas en las que imaginaban cómo sería su futuro. El remitente era siempre el mismo: ‘Departamento de especulaciones’. Se casaron, tuvieron un hijo y sortearon como pudieron los pequeños obstáculos de la vida familiar. Pero algo ha ido cambiando. Han aparecido miedos y dudas que ponen en cuestión todo cuanto tienen. En un intento de encontrar el punto en el que se equivocaron de rumbo, la esposa echa la vista atrás para tratar de adivinar qué se ha perdido y qué puede salvarse todavía.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ.

Hora de retomar el blog, de abrir las ventanas y airear las lecturas, blasfuemiadas y otros males. Porque sí, mientras permanecía en la oscuridad de mi cuarto propio donde, deliberadamente, no llegaba la luz, he leído y hasta he escrito sobre lo leído y mis cosas. Sigue el encierro, necesario, pero abro las ventanas. La puerta cerrada, si acaso ligeramente entornada. Continúa el aislamiento, se llama supervivencia. Iré dejando las lecturas de verano y las que vendrán. O no. Quién sabe lo que se cuece en esta penumbra.

Tenía buenas referencias de este libro. Había insistencia en que lo leyera (¡Offill, Offill, Offill...!) Y por alguna lectura había que empezar el tórrido verano. Leído. Y esto escribí al terminar la última página:

Lo cierto es que no tengo muy claro qué pienso de este libro. Estoy a caballo entre la decepción y el agrado. A decir verdad lo que estoy es muy al borde de ser injusta con esta lectura, porque sé que en el fondo lo que llevo leído últimamente no ayuda a que reme a favor de viento con Jenny Offill y su Departamento de especulaciones. Las buenas lecturas hacen que a veces no aprecie otras que podría valorar más y mejor… si no hubiera leído bien antes. Es una extraña sensación. Y me la ha producido este libro. Así que supongo que eso es un mérito.

Porque el caso es que es una buena lectura. Tiene un ritmo muy bueno, y no porque haya precisamente acción, salvo la acción de una mente pensando y sintiendo. Que para mí eso puede tener más acción que una persecución en coche, descubrir a un asesino en serie, luchar en la batalla de los Termopilas, perseguir mafiosos o desembarcar en Normandía. Menudo Waterloo puede ser una mente pensando (y penando). El ritmo bueno es por el tempo que utiliza Offill muy hábilmente: párrafos cortos, capítulos cortos. Como profesora de escritura que es conoce bien las técnicas narrativas y ha sabido jugar con ellas.

Otro punto a favor: hay humor en estas páginas, un humor ácido, irónico. Humor, al fin y al cabo. Muchas veces la ironía es el disfraz que adquiere el humor para que el dolor emerja y se relativice.

Acabo de comentar que se lee bien, ágil, casi de una sentada. Una cosa y la contraria pueden ser positivas. Hay libros que puedo tardar una eternidad en leer (me pasó con Ella tan amada y también con Un soplo de vida, por ejemplo) porque no quiero irme de ellos, o porque cada párrafo trae consigo una reflexión, un pararse a pensar, retener y amasar sensaciones… Otros, como en este caso, se leen con ritmo ligero. A veces algo puede hacerte parar a pensar o a decir “cierto, esto es así”, pero no alcanza para que me detenga conmocionada, emocionada, agitada…

Si tengo que ser crudamente sincera, la verdad es que mi sensación es que he estado leyendo una mezcla del Instagram de Offill, Google y los documentales de la 2. Algo que, sin duda, da mucha cercanía a la lectura, dota de un fácil reconocimiento a muchas de las líneas de pensamiento de la protagonista. Te identificas como quien se identifica con la rutina del día a día. Pero no me atravesó, si acaso ligeros pinchazos.

Hay lecturas que son de entretenimiento fútil, incluso pueden tener cierta calidad literaria, aunque no es lo habitual, ni lo pretenden. Otras lecturas tienen un calado mucho más profundo: están escritas con la delicadeza de quien hace florituras melódicas con las palabras y dotan su composición de descripciones, reflexiones y emociones que son punzadas en el alma, turban, interrogan, aportan, atraviesan. Te hacen crecer y casi hasta tocar las palmas según transitas entre párrafo y párrafo. Departamento de especulaciones se queda a caballo entre ambos tipos de lectura. Podría decir que se queda en tierra de nadie, pero en realidad le otorgo el valor de ser de esos libros que sirven de tránsito entre una forma de leer y otra.

jueves, 12 de mayo de 2016

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Maya Angelou)


Título original: I know why the caged bird sings
Traductor: Carlos Manzano
Páginas: 352
Publicación: 1969 (1993)
ISBN: 9788416213665
Sinopsis: En la primera y más conocida de sus novelas autobiográficas, Maya Angelou nos habla de su dura infancia y de los trances por los que tuvo que pasar hasta convertirse en una mujer independiente. Criada en un pequeño pueblo de Arkansas por su abuela, Angelou aprendió mucho de esta mujer excepcional y de una comunidad extraordinariamente cohesionada; unas lecciones de vida que la ayudarían a sobrellevar las dramáticas circunstancias a las que tuvo que enfrentarse posteriormente en San Luis y California. Este emocionante relato retrata también la vida de la mayor parte de la población negra del Sur de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo xx.

Sin rodeos: este libro es MA-RA-VI-LLO-SO.

Maya Angelou fue una de las mejores poetisas estadounidenses, defensora de los derechos civiles de los negros y de la mujer, actriz, escritora, bailarina, cantante, profesora… y también prostituta y proxeneta. Y, cómo no, una enorme lectora ("Me había transmitido su palabra secreta con la que convocar a un genio que había de servirme toda mi vida: libros"). Pero, por encima de todo, fue una mujer admirable y con un bello espíritu que nos deberían inocular en vena a todo el mundo nada más nacer.

Poco o nada publicada y traducida en nuestro país (aunque creo que Lumen sacó una edición de este mismo libro en 1993) cuando veo que Libros del Asteroide va a editar (o reeditar) este primer volumen de los siete que componen las novelas autobiográficas de Maya, me lanzo de cabeza al horno y me lo saco calentito. No podía dejarlo pasar. Me alegro de no haberlo dejado pasar, leerla ha sido un agasajo para mi ánimo.

Hay tanta belleza en este libro que no sé ni por dónde empezar. Maya Angelou es una narradora descomunal y brillante. Y lo hace desde un lenguaje sencillo, directo, realista, reflexivo y, sobre todo, acogedor. Me sentí en esta lectura como quien entra en un refugio huyendo de una tormenta en una montaña. Fuera se desata la naturaleza con una violenta y perturbadora ventisca de frío y nieve. Dentro, la calidez que te aísla de todo aquello que puede hacerte daño o perjudicarte. Un remanso protector, grato, balsámico… humano y entrañable.

Enorme narradora en las distancias cortas, Maya se sienta a tu lado en el refugio, cerquita de la chimenea, con la mirada hipnotizada por el fuego empieza a hablarte despacito, envolvente, y su voz pasa a ser el calor crujiente y mágico de la chimenea.
Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello.
Es un insulto innecesario.
En este libro conoceremos la vida de Maya Angelou desde los tres hasta los dieciséis años (justo en el momento en el que es madre). Mujer, negra, primera mitad del siglo XX en EEUU… Las cartas ya estaban marcadas: no iba a ser una vida fácil. Y Maya nos lo cuenta desde su mirada de niña, que dulcifica lo que vive pero que no lo disfraza. La inocencia de los niños es el mayor tesoro de la humanidad. Y no sabemos preservarlo, ponerlo a buen resguardo y convertir la inocencia en nuestra identidad de por vida.

¿Hay dolor en este libro? Mucho… Pero, y esa es la fuerza tremenda que tiene Maya Angelou, no es un libro que arañe, en el que las cicatrices te vacíen. Al contrario, es un libro con el que te reconcilias con la vida y con las personas. Maravillosa  y lúcida, Maya hace uno de los ejercicios narrativos más asombrosos que he visto: convierte una vida dramática en coraje y supervivencia desde la inocencia y la dulzura. Nunca he leído un libro en el que hubiera tanto dolor y que, sin embargo, me hiciera (sí, es increíble, lo sé) estar sonriendo página a página. Hay latigazos, claro, pero Maya no se detiene ni recrea ahí, ya ha dejado la semilla, ya ha mostrado el mal... y avanza. Y, a continuación, vuelves a sonreír. No hay regodeos innecesarios. Coges aires y sigues.
Comprendía la perversidad de la vida, la de que en la lucha estriba la alegría.
No siempre el mal genera mal. Esto me ha enseñado Maya. Hay tanta, tanta, tantísima bondad, ternura y generosidad en este libro. Tanta humanidad. Imposible no reconciliarte con las personas y con la vida. Imposible no recordar que la vida es dolor, y que somos las personas quienes tenemos que aprender a mirar ese dolor a la cara y hacer de ello vida.

Avanzas por este libro entre lágrimas y sonrisas, siempre sonrisas, se te llena el alma de ternura, de simpatía, de amor y de bondad y de todas las cosas buenas y bellas que tiene el mundo. ¿No es eso magia? Yo terminé de leerlo y quise salir a la calle a abrazar a la humanidad y decirles ¿no lo veis? ¿no veis por qué canta el pájaro enjaulado? Y quise, una vez más, abrir todas y cada una de las putas jaulas que encierran un pájaro dentro.
Ver a alguien disfrutar con algo y no dar muestras de que entiendes su goce es una ruindad.
Leed este libro, por favor. Reconcilia, desarma y sana. Personas como Maya Angelou son las que hacen de este mundo un mundo mejor.

El título del libro es el título de un poema de Maya Angelou que os dejo a continuación:

“El pájaro salta libre
sobre el dorso de la victoria
y flota río abajo
hasta donde termina la corriente
y sumerge sus alas
en los rayos de sol de color naranja
y osa reclamar el cielo.

Sin embargo, un pájaro que atisba
bajo su estrecha jaula
rara vez puede ver a través de
sus barrotes de furia
sus alas se recortan y
sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.

El pájaro enjaulado canta
con trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y se escucha su melodía
en el lejano castro el pájaro enjaulado
canta a la libertad.

El pájaro libre piensa en otra brisa
en un intercambio de suaves vientos a través de árboles
suspirando
y los gusanos de grasa en el césped esperando por un amanecer brillante
y da nombre a su propio cielo.

Pero un pájaro enjaulado se halla en la tumba de los sueños
su sombra grita en un grito de pesadilla
sus alas se recortan y sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.
El pájaro enjaulado canta
con un trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y su melodía se escucha
en la colina distante
el pájaro enjaulado
canta a la libertad.”
Las necesidades en una sociedad determinan su ética.
Vivir es sobrevivir.

(©AnaBlasfuemia)

lunes, 9 de noviembre de 2015

Memoria por correspondencia (Emma Reyes)

Páginas: 240
Publicación: 2012 (2015)
ISBN: 9788416213221
Sinopsis: En 1969, Emma Reyes envió a un amigo historiador la primera de las 23 cartas en las que le revelaba cómo había transcurrido su infancia. Durante más de tres años su amigo recibió la correspondencia, leyó los dolorosos recuerdos de la artista y llegó a un acuerdo tácito de confidencialidad que solo rompió cuando decidió mostrarle los textos a Gabriel García Márquez, quien animó a Reyes a seguir escribiendo. La correspondencia se mantendría hasta 1997 cuando se escribió la última carta del libro. Con una escritura que brilla por su honestidad y por su distanciamiento de lo pretencioso, Reyes describe las adversidades que vivió durante su infancia en Colombia a comienzos del siglo xx, la mayor parte de la cual transcurrió en un convento.

Podéis leer las primeras páginas (el prólogo y la primera carta) AQUÍ.

Empecé a leer este libro con la cautela propia de quien tiene muy buenas referencias de lo que tiene entre manos. Pronto mi cautela se quedó en agua de borrajas y me encontré entregada a la lectura. Los ojos bien abiertos y mi conciencia recordándome de forma persistente que estaba ante una autobiografía. Realidad, no ficción. Realidad superando cualquier ficción posible.

Mientras lo leía pensaba en cuántas personas rechazarán este libro por ser autobiográfico y por contar una realidad descarnada. Y me preguntaba si en el caso de que se presentara este libro como ficción esos lectores potenciales se acercarían entonces a él. No me he respondido a mis propias preguntas. Creo que preferí no hacerlo.

La realidad es muchas cosas, pero también es cruel, nos guste o no. La que le ha tocado vivir en su infancia (que es el período que abarca Memoria por correspondencia) a Emma Reyes es, sin duda, feroz y brutal. Y sin embargo, no hay ni la menor intención de que el lector sufra ni compadezca. Ni un ápice de aliño para provocar lágrimas. ¿Está contado con frialdad? En absoluto. Está contado sin alardes y, lo más admirable y conmovedor, sin rencor.

Las virtudes de Memoria por correspondencia son diversas. Está despojado de todo intento de hacer literatura, ni siquiera hay el propósito de estar bien escrito (recordemos que son cartas escritas a su amigo Germán Arciniegas) y curiosamente eso aproxima este libro a la buena literatura. Narra unos hechos, no hay añadidos literarios ni trampas emocionales, nada de edulcorantes para amortiguar la crueldad ni tampoco acidez para endurecerla. Y cuando no se requieren de artificios para que lo que estás leyendo te atraviese y te estalle por dentro es que estás comunicando, estás haciendo literatura. La literatura no tiene leyes, no las tiene para el lector, si un libro emociona, golpea, estremece, agita, conmueve, entretiene, arrastra, te hace ser más, te hace sonreír, llorar, crecer, vivir, soñar, desear, te zarandea… Si un libro te hace sentir viva, te muestra los vericuetos y la inmensidad de la humanidad… para mí, eso, ya es literatura.

Sí, es ella, la realidad. La brutal realidad vivida por Emma Reyes siendo una niña (los hechos contados abarcan desde los cuatro a los once años de edad). Y ahí está otra de las claves de esta lectura: Emma Reyes parece contarnos todo en tiempo real, como si hablara de su presente y no de su pasado, como si se tratara de un diario en lugar de una correspondencia. Es decir, vuelve a ser la niña que vivió primero con la señorita María (sobre la que su hermana y ella tardan más de 20 años en mencionar a alguien) y luego en un convento. Encerrada siempre, aislada del mundo. Es la niña Emma quien nos va contando sus vivencias, y esa mirada es esencial para entender porqué esta lectura se eleva por encima de muchas (muchísimas) otras. Porque hay brutalidad, indignidad, hambre, injusticia, barbarie, sinrazón… pero también hay ternura, humor, ingenuidad, inocencia, imaginación, coraje, fuerza, naturalidad, ingenio…

Aunque hablamos de principios del siglo XX historias como las que comparte Emma con nosotros están sucediendo ahora mismo, mientras yo escribo esto y vosotros lo leéis. Pobreza, injusticia, machismo, miseria… y ellas, las monjas. Y los curas. La iglesia. Estoy a punto, muy a punto, de soltar una diatriba sobre el daño atroz que ha hecho la iglesia católica, pero no lo voy a hacer porque me consta que dentro del catolicismo hay también buena gente que ha hecho y hace mucho bien, aunque tengan que curar las heridas y el menoscabo que sus congéneres provocan.

En este libro se destapan (por si alguien no lo había visto o no lo ha querido ver) muchas de esas heridas profundas que se han causado bajo la bandera del cristianismo, pero también provocadas por miras estrechas y miradas que no quieren ver. La pobreza e ignorancia como caldo de cultivo para el abuso y la esclavitud de niños. De niños. Pocas cosas hay más inhumanas que la crueldad con los niños.

El alma humana es, por naturaleza, indómita. Que parece que no, pero hay quien es fiel a esa faceta brava, libre y audaz de nuestra esencia. Emma Reyes fue analfabeta hasta los 18 años. Jamás pasó por colegio ni universidad. Pero de su encierro hizo virtud: su enloquecida y libre imaginación se convirtió en su mejor aliada. Salió (huyó) de su reclusión, caminó, no paró de andar, se asentó en París y se convirtió en una prestigiosa y reconocida pintora, desde donde acogió y ayudó a otros artistas colombianos.

Honesta, cándida, generosa… Emma Reyes supo vivir su día a día creciendo, llena de curiosidad y preguntas, pese al tormento que supuso para ella su infancia y el vivirla tantos y tantos años en silencio, un secreto bajo mil llaves. Y cuando abrió esa puerta, no quiso que se hiciera público hasta después de su muerte.

Habréis observado que no he puesto ninguna cita, y no es que no haya subrayado el libro, que va a ser que sí y mucho. Quien quiera entenderlo, tendrá que leer el libro.

Me quito el sombrero, agradecida y admirada.
Es verdad que mi pintura son gritos sin corriente de aire (Emma Reyes)