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domingo, 23 de mayo de 2021

Eterno amor (Pilar Adón)


Por entonces yo ya era consciente de lo importante que resultaba llevar a cabo una reparación continuada de corazas y membranas. La membrana de la dulzura. La de la sencillez. La de la ingenuidad. La de la perspectiva de un futuro diferente al pasado propio y al futuro de los demás. Reparar las membranas de la inocencia. Las que se van resecando al comprobar que todas las vidas son iguales y que todas las vidas dejan de ser nuevas y relucientes…

Estoy rendida al universo “adoniano”. Lo reconozco sin pudor. No es una rendición incondicional, al contrario: leo a Pilar Adón con más espíritu crítico que a otros autores. Hay escritores que admiro hasta el tuétano que tienen su pequeña pifia en su obra, una traición, una rendición, una boutade. No pasa nada, cómo no perdonar a tus dioses literarios. Pero temo que eso me pase con Pilar porque sentiría que algo esencial se me ha escapado. Y a la vez también temo que no me pase porque yo sea condescendiente al leerla. De momento, anticipo, no ha pasado ni una cosa ni otra.

Todo lo habitual en el cosmos de Adón está en “Eterno amor”, sus temas recurrentes a los que no renuncia porque son su seña de identidad: la naturaleza (salvaje, amenazante y protectora, esquiva y acogedora), las edificaciones en las que se asienta una comunidad (grande o pequeña), la huida, la identidad, las normas, el sometimiento, los cuidados, las dependencias, el miedo, el intruso, el orden y el caos, el aislamiento, las contradicciones, la soledad, los microcosmos y su inviable impermeabilidad, las capas, las raíces…

Todo, todo está en este relato largo. Pero esta vez hay algo diferente. No supe descifrarlo hasta que oí a la propia Pilar comentarlo, justo cuando acababa de terminar la lectura. No soy escritora, pero intuyo que puede haber muchos condicionantes que constriñan la propia escritura. Como si la libertad ahogara. Y en “Eterno amor” Pilar rompe esas cadenas: se divierte, se deja llevar. Y lo hace sin perder el control sobre lo que cuenta. Sin que le importe. Al igual que Chéjov, Pilar no toma decisiones por el lector (ofrece posibilidades), algo que siempre agradezco profundamente.

La alegoría, el contenido metafórico, está ahí, en cada línea. Y percibo una paradoja: en el libro de Pilar menos críptico y más explícito en cuanto al lenguaje y la propia historia (habría apostado muy fuerte a que nunca vería la palabra “wifi” en un libro suyo: me equivoqué) finalmente la atmósfera resultante es la más misteriosa posible, la más abierta y franca y, sin embargo, simbólica. La más juguetona. Y posiblemente confusa para algunos lectores, por inesperada, original… y libre.

Yo pido desde aquí a Pilar que me firme la página 90 para enmarcarla y ponerla en la entrada de mi casa. En ese largo párrafo está todo el mundo de Pilar (¿o el mío?)

domingo, 13 de octubre de 2019

Diarios (Eugène Ionesco)


Estoy repartido entre las penas y los remordimientos. Hay que decidirse, hay que elegir entre penas y remordimientos. No se pueden soportar las dos cosas a la vez. El remordimiento: me siento culpable de haber hecho mal a los demás. Penas: me siento culpable de haberme hecho mal a mí mismo

Ionesco elige penas. Su pesimismo me ha acompañado durante días y días en los que he leído sin aliento su apasionada introspección, su sentido del humor, su acidez, la disección de sus sueños, su contradictoria coherencia y sus coherentes contradicciones.

Ionesco se mueve en ese espacio en el que la realidad del mundo se fusiona con la conciencia de la irrealidad de la vida. Y me ahoga, me agota, me angustia y, a la vez, me pone la sangre tierna y viva, hago mío lo que leo, me pregunto con él ¿cómo es que EXISTIMOS, que SOMOS? Todo el tiempo existiendo, tantos significados, tantas interrogaciones, tanta existencia agotadora, tanta extrañeza. Tanto asombro. El asombro de ser(se) que te aturde hasta la parálisis o hasta precipitarte por algún abismo del que vuelves a salir para volver a despeñarte. Encumbrar, descender, hacer cima de nuevo. Y todo así. ¿Qué es lo que abre esos abismos interiores? (el miedo a morir y el miedo a estar muerto).

Como en todos los diarios, Ionesco se exhibe a sí mismo, un “yo” que me interesa y me atrae, ese cara a cara brutal y honesto con él mismo, con lo inexplicable, con la ausencia de razón y la presencia del sufrimiento, de la lucidez no serena, inquisitiva, consciente de las indecisiones y de la subjetividad, buscando ser justo, exacto, decir verdad, no juzgar.

En los diarios de Ionesco su memoria habla como lo hacen los recuerdos, a retazos, fluctuando de forma obsesiva y quién sabe qué es imaginado, qué soñado y qué real. Se debate entre el “horror de vivir y el horror de morir” buscando el sosiego, sintiéndose a merced de un desamparo primigenio, el miedo original: la finitud del ser humano, el asombro de SER, la estupefacción de EXISTIR. ¿Cómo es posible LA VIDA? Obsesionado con la muerte, para Ionesco el tiempo es un asesino y la realidad muy, pero que muy, precaria.

El placer de terminar una lectura felizmente extenuada.

viernes, 7 de julio de 2017

Ocho centímetros (Nuria Barrios)


Páginas: 184
Publicación: 2015
Editorial: Páginas de Espuma
Sinopsis: ¿Qué distancia separa el dolor de la felicidad? En ese intervalo mínimo se sitúan las historias de Nuria Barrios, intensas y vibrantes: allí donde no todo está perdido, donde la escritura hace reconocibles umbrales que raramente se nos muestran. Estos once relatos tienen aristas y brillan con dureza. Son once diamantes. Cortan. ¿No es acaso lo que esperamos de la literatura? Que indague, que nos ilumine, que nos duela.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ

¿Qué eran ocho centímetros? Apenas nada. La longitud de un cigarrillo, de una barra de labios, del dedo corazón...
Ocho centímetros no parece un título de esos que atraigan por sí mismo, pero cobra todo su sentido una vez que cierras el libro con el estómago encogido. Curiosamente, el estómago mide unos 20-25 centímetros de largo… y ocho centímetros en sentido anteroposterior…

Dolor. Está el dolor físico, palpable, reconocido, localizable. Me duele aquí. O aquí. Lo nombras, lo señalas. Hay toda una industria en torno a ese dolor. Pero está también el otro, el cotidiano, el invisible, ese que te arruga las tripas y te deja sin respiración. Ese que no sabes nombrar ni localizar en ninguna zona de tu cuerpo, ni siquiera de tu alma, porque ¿quién sabe dónde está el alma? (también hay toda una industria en torno a este dolor). De ambos, pero especialmente del segundo, habla Nuria Barrios en Ocho centímetros.

Ocho centímetros puede ser esa distancia que hay entre el dolor y la felicidad. Apenas nada. Una distancia corta, un dolor largo. Droga, cáncer, abandono, crueldad, vacío, miedo, desesperación, la lucha por la vida… son tantas las causas que pueden hacernos atravesar esa distancia. Nuria Barrios, en los 11 relatos que componen el libro, recorre continuamente esos 8 centímetros. De la alegría al dolor. Del dolor a la alegría. ¿Por qué la alegría me parece falsa, impostada, y el dolor tan verdadero y real? Quizás precisamente por esa alegría simulada que exhibimos como un trofeo es por lo que la distancia que la separa del dolor sea tan corta.

Transitamos de la una (felicidad) al otro (dolor) con sorprendente desenvoltura. El dolor acude sin avisar ni buscarlo. La felicidad hay que trabajarla, inventarla, simularla. Pareciera agotador tanto esfuerzo, sin embargo es el dolor el que nos deja derrotados, fatigados. Por eso huimos de él.

Los ocho centímetros que van de la felicidad al dolor se recorren en una milésima de segundo. Sin buscarlo, insisto. Pero los ocho centímetros que van del dolor a la felicidad puede ser un recorrido muy largo.
Porque lo que buscábamos no estaba hecho de palabras, sino de temblores.
Yo era un Bulldozer es el relato al partir del cual sentí que Nuria Barrios marcaba una especie de frontera. Hasta ahí los relatos eran de un dolor violento, como bofetadas: cáncer, droga, marginalidad… A partir de este relato el dolor no parece tan provocador, pero sin embargo no por más sutil es menos tortuoso.

¿Cómo se cuenta el dolor? Por ejemplo como lo hace Nuria Barrios: enseñándolo, provocando que miremos escenas que ahora mismo, seguramente, se están produciendo. Quita el telón detrás del que escondemos todo aquello que no queremos ver y que está ahí, asomándose a las ventanas, saliendo por la puerta, paseando por las calles. Está ahí. Puede que incluso esté dentro de tu propia casa. Debajo de alguna alfombra donde lo hemos escondido para no verlo.
La hermosa herida de lo imposible.
Sangra.
No importa lo que corramos, el dolor siempre nos alcanzará algún día. Al fin y al cabo, nos separan ocho centímetros de él. Pero también son ocho centímetros los que nos separan de la felicidad. Incluso me parecen muchos ocho centímetros, ocho segundos. Basta una milésima de segundo, un espacio microscópico, para que tu vida cambie. Sin haberlo buscado.

Vale, sí, es un libro que duele. Pero solo un poquito, palabra de Ana Blasfuemia. Y no es que yo me traslade de un lado a otro de esos ocho centímetros con facilidad y superficialidad. No. Es que le ha faltado… algo… a estos relatos para que el dolor te pellizque las entrañas. Ya sé que no definir ese “algo” es poco formal. Pero es que hay razones personales detrás. He vivido el amor tóxico, el mundo de la droga y del cáncer, tan de cerca y tan en primera persona, que me hizo recordar demasiadas cosas. Y lo que recordaba me dolía más, infinitamente más, que lo que leía. 


miércoles, 7 de octubre de 2015

Siete casas vacías (Samanta Schweblin)

Páginas: 128
Publicación: 2015
Editorial: Páginas de Espuma
ISBN: 9788483931851
Sinopsis: Las casas son siete, y están vacías. La narradora, según Rodrigo Fresán, es “una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca. Y la cordura, como siempre, es superficial.” Samanta Schweblin nos arrastra hacia Siete casas vacías y, en torno a ellas, empuja a sus personajes a explorar terrores cotidianos, a diseccionar los miedos propios y ajenos, y a poner sobre la mesa los prejuicios de quienes, entre el extrañamiento y una “normalidad” enrarecida, contemplan a los demás y se contemplan.
IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero
Puedes empezar a leer AQUÍ



Qué grata sorpresa. Que un libro te arrastre así, sorprendiéndote, haciéndote surcar entre líneas, por aquello que no está escrito, lo que no lees, más que por las palabras escritas y por lo que lees. Lo que se insinúa. Empapándote de lo que transpira en cada página.

Lo cotidiano podría ser sinónimo de tranquilidad, de confort, de seguridad. Pero atravesando lo rutinario, detrás de cada gesto y cada palabra aparentemente baladí, intranscendente, está la esencia que circula por nuestras venas. Los miedos. Podemos decir pérdidas, soledades, incomunicación, engaños, decepción, incomprensión, deseo… pero siempre es lo mismo: miedo.

Por eso estas siete casas están vacías, aunque estén ocupadas, aunque haya personas que las habiten. Porque el miedo lo vacía todo, a nosotros mismos en primer lugar.

No tenía muchas referencias de Siete casas vacías, ni de Samanta Schweblin, pero en cuanto vi las personas que formaban parte del jurado que le concedió a este libro el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero no lo dudé. Hay premios y premios, y hay jurados y jurados.

Por otro lado tampoco me preocupaba que fuera un libro de relatos o cuentos o textos breves o como sea que se quiera etiquetar. Sé bien que los buenos libros, las buenas lecturas, las buenas historias, se puede encontrar en cualquier género. Sé que sea en un libro kilométrico, en una sola frase, en un poema, en un texto corto, en una imagen… puedo encontrar algo que me agita, que me espejea, que me pregunta, que me responde, que me estremece, que me hace vibrar. Sé qué es lo que busco, reconozco todo lo que me zarandea y necesito, aunque no sepa dónde encontrarlo. Y cuando lo tengo delante sé que no renunciaré a ello. Jamás.

Aunque intuía que Siete casas vacías sería una buena lectura, sin embargo me ha dado mucho más. Ese tipo de lectura me atrae de la misma forma que las almas gemelas se embelesan entre sí, libros que seducen por lo que sugieren sin recurrir a lo explícito, al desmenuzamiento, a lo rocambolesco, al invento, a lo retorcido. Lo complejo atravesando lo simple, mostrando lo cotidiano de forma que desnuda todo lo que oculta. Esbozos que luego la mirada de quien lee tiene que perfilar, dar forma, completar.

Libros valientes que no buscan lo fácil, y lo fácil ahora está en los escaparates de muchas grandes librerías. Pero lo mismo que las librerías valientes, pequeñas, independientes, amantes de la buena literatura, están en una lucha constante por sobrevivir a la venta rápida, superficial y cómoda, los libros valientes también tienen su propia lucha por sobresalir en el maremágnum de libros que nos invaden. Libros y autores que buscan sus lectores, lectores que buscan sus libros, sus autores, en una marea de tamaño tsunami en la que no todo es lo que parece y no todo lo que parece es literatura. Pero cuando libro, autor y lector se encuentran, zas, hay una energía que es brutal e íntima. Qué bien.

Hay muchas cosas que me han seducido de esta lectura, además de esos miedos que palpitan invisibles en lo cotidiano. Están las fronteras. En este caso las fronteras entre lo que es "normal" y lo que no lo es, ese frágil contorno que separa lo aceptable de la locura, lo habitual de lo extraño, lo común de lo raro, lo  normal de lo excepcional, lo inocente de lo perverso... También que se apele a que hay una locura que no es insana, que a veces lo insano es lo “cuerdo” y lo más real está al otro lado de los límites que no atravesamos. Y todo esto contado, transmitido, de una forma sutil, sencilla, creando la atmósfera necesaria para ver más allá, para intuir, para sentir lo que late en lo que no ves.

Siempre me rindo ante los libros que no me dejan indiferente. Y tengo que contarlo. Y es que, lo sé, este no es desde hace tiempo sólo un espacio en el que cuento lo que leo, sino que ya es un cuarto propio en el que me cuento a través de lo que leo, e incluso de lo que no leo.

Así me doy cuenta de qué es lo que quiero. Quiero que revuelva. Quiero que mueva nuestras cosas, quiero que mire, aparte y desarme. Que saque todo afuera de las cajas, que pise, que cambie de lugar, que se tire al suelo y también que llore.
©AnaBlasfuemia