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martes, 4 de agosto de 2026

Nuestros días serán infinitos (Claire Fuller)

Ya por aquel entonces parecía tan inocente que solo podía ser culpable


James, un padre inmerso en fantasías de colapso y autosuficiencia, se lleva a su hija a un bosque y le hace creer que el mundo conocido ha desaparecido. La niña queda encerrada en una mentira que afecta a cuanto sabe: el tiempo, la familia, el peligro, la supervivencia y la propia identidad. James controla el relato con el que Peggy interpreta cuanto ocurre (pocas cosas hay más tóxicas que el que alguien controle tu propio relato).


Esta es una realidad tremenda y poderosa: durante la infancia, la realidad llega a través de quienes deben de protegernos, y una autoridad familiar puede modificarla hasta volver irreconocible el daño. Peggy no dispone de un mundo alternativo con el que comparar las afirmaciones de su padre. No obedece simplemente porque sea su padre. Depende de él, lo quiere y ha aprendido a aceptar sus palabras antes de poseer recursos para examinarlas. James convierte esa confianza infantil en una propiedad privada. Desde fuera, el secuestro resulta evidente. Para Peggy, durante mucho tiempo, la única vida posible lleva la voz de su padre.


El libro tarda demasiado en alcanzar su zona de mayor intensidad. El arranque avanza con una lentitud que no siempre parece deliberada ni fértil. Fuller prepara, ordena, distribuye indicios, alterna tiempos, presenta el entorno familiar, introduce la música, la madre pianista, la rareza del padre, la vida anterior; todo eso podría haber construido una presión progresiva, pero durante demasiadas páginas se percibe más como antesala que como verdadera necesidad narrativa. No es que la trama respire despacio, es que en algunos tramos simplemente se demora. 


Cuando Fuller entra por fin en el bosque, el libro mejora. Allí encuentra una textura más convincente: la cabaña, la precariedad, el frío, el aprendizaje forzoso de Peggy, la autoridad delirante del padre, la manera en que una niña adapta su imaginación para sobrevivir a lo que no puede cuestionar del todo. Esa parte tiene más tensión porque el peligro ya no depende solo de lo que pueda pasar, sino de lo que Peggy está aprendiendo a aceptar como normal. Lo más logrado del libro está ahí: no tanto en la supervivencia material como en la colonización mental, en esa forma de violencia familiar que organiza el mundo entero alrededor de una mentira.


Desde la perspectiva de James, retirarse del mundo podría parecer una empresa de resistencia, una demostración de independencia frente a una sociedad supuestamente condenada. Desde la de Peggy, esa misma empresa consiste en obedecer, pasar hambre y aceptar como destino una elección ajena. Fuller desmonta así cierta fascinación contemporánea por el hombre que se marcha al bosque para empezar de nuevo. La autosuficiencia de James necesita una persona subordinada, una niña que confirme su grandeza y pague sus errores. 


El principal problema (para mí) es que Fuller dispone las pistas con tanta aplicación que inevitablemente te empiezas a adelantar al libro. La sorpresa final va perdiendo posibilidades conforme avanzan las páginas, hasta quedar reducida a la confirmación de una sospecha.


La estructura retrospectiva agrava esta debilidad. Sabemos desde el comienzo que Peggy ha regresado, de modo que la verdadera incógnita no consiste en averiguar si saldrá del bosque. Fuller traslada el interés hacia las circunstancias del regreso y hacia aquello que la joven todavía no puede contar. La distancia entre lo que Peggy sabe, lo que recuerda y lo que puede decir resulta menos compleja de lo que prometía.


Hay temas de gran alcance: la apropiación de una hija, el fanatismo doméstico, la transformación del amor en dominio, la fragilidad de la realidad infantil y el regreso a una vida que ya no puede reconocerse como propia. Fuller los trata con inteligencia en varios pasajes, pero la lentitud inicial consume una parte importante de la paciencia, y la resolución responde a un esquema demasiado visible. Termina siendo una historia interesante, sí, pero que dejó atrás otra que podría haber sido más audaz y competente si no fuera por esas zonas dicutibles: un comienzo demasiado largo y un final demasiado fácil y previsible.


Gracias, Claire Fuller. Gracias, Eva Cosculluela (traducción)


©AnaBlasfuemia



 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Tren nocturno (Martin Amis)

 

He cogido un nudo fuerte y compacto y lo he dejado reducido a un amasijo de cabos sueltos


Amis nos advierte desde el principio (y nos lo volverá a repetir en las últimas páginas de este MAGNÍFICO libro). Ahí está la columna vertebral de “Tren nocturno”, en ese nudo sólido, fortísimo que, al intentar deshacerlo, lo que queda son cabos sueltos. Así que no proceden las quejas si alguien siente que el cierre de este libro no es un cierre perfecto. Lo es, todo en este libro está milimetrado, engarzado impecablemente, una construcción narrativa inmejorable. Una joya que he aplaudido hasta con los pies.


Tenemos a Mike, una detective de la policía. Nombre, voz y aspecto masculino. Pero es una mujer. Mike es solicitada por un antiguo superior con quien mantiene una estrecha relación y casi familiar, Tom Rockwell, para que investigue el aparente suicidio de su hija Jennifer. Así pues, “Tren nocturno” se nos presenta con todas las hechuras de una novela negra. Pero a “novela negra” habría que añadirle algún apellido más: “novela negra metafísica”, “novela negra filosófica”. Aunque se desarrollan los elementos policiales tradicionales (investigación, autopsia, entrevistas,  procedimientos, etc.) sin embargo Amis trastoca los acuerdos y pactos establecidos en la novela negra, utiliza el formato de investigación policial para abordar temas profundos como la naturaleza del suicidio, la construcción de la identidad y la motivación humana. Bajo la apariencia de una novela policial Amis construye algo de gran transcendencia.


Mike es la voz narradora, en primera persona, así que nos adentramos en la intimidad de su mente y sus emociones, pero también de su confusión y sus dudas. La indagación sobre Jennifer confrontará a Mike consigo misma. Jennifer, perfecta, guapa, metódica, feliz, inteligente, una relación de pareja maravillosa, una vida que no tiene resquicios, todo en ella es luz. Pero un buen día se suicida (alguna grieta invisible habría). Se mete tres tiros en la cabeza. No uno, sino tres. Mike conocía a Jennifer. 


Mike es una mujer endurecida, encallecida, sobria y aparentemente rota. Pero también tiene la obstinada necesidad de entender. Investigar el suicidio de Jennifer la llevará a conocerla más pero también a conocerse más a sí misma. Aunque yo diría que no tanto a conocerse sino más bien a asomarse a agujeros internos a los que no se había atrevido a mirar. Lo que viene siendo confrontarse a una misma y a esos puntos ciegos que deliberadamente decidimos mantener ahí, fuera de la conciencia, de la mirada.


¿Por qué Jennifer, que aparentemente lo tenía TODO se suicida? ¿Y por qué Mike, que ha tocado fondo, sigue viva y queriendo vivir? El desconcierto de Mike es el nuestro también, toda lógica posible se resquebraja, lo que parecía una evidencia, una certeza, se convierte en una pregunta (un cabo suelto más). Mike, obstinada, se asoma al abismo de Jennifer e inevitablemente empieza a vislumbrar el suyo. 


¿Puede haber un suicidio sin motivo, sin razón aparente? El desafío de Amis a las convenciones del género es evidente: no estamos ante una investigación policial (aunque adopte esas hechuras), sino ante una clara exploración filosófica sobre el sentido de la vida, el suicidio, la identidad, la indiferencia… Ya no importa el cómo ni el qué ni incluso el quién, se trata del por qué.


Las dificultades de Mike para encontrar esos porqués y la limitación para acceder al mundo interior de Jennifer no deja de ser un reflejo de una opacidad para consigo misma, ese difícil acceso a un lugar íntimo vedado incluso para la propia Mike. Una verdad emerge con fuerza: no podemos saber lo que realmente ocurre en el interior de las personas. Mike, carente de herramientas emocionales, no puede apelar al procedimiento, ya no sirven las pruebas, las causas y consecuencias, los patrones. Esto la desarma. Si no hay un porqué ¿cómo enfrentarse al propio vacío?


No es que Mike no sea capaz de ver. Sí lo hace, pero lo que ve está vacío, hueco. No hay ninguna revelación sino un reconocimiento: hay límites infranqueables que nos impiden acceder al conocimiento del otro y esos límites adoptan la forma de un profundo agujero negro. En realidad hay mucha lucidez en Mike, en su aceptación de que no hay un por qué comprensible. Es en esta comprensión, en esa conciencia lúcida, donde “Tren nocturno” se despoja de la trama y se vuelve más ensayo: no hay respuestas. Una lucidez sin consuelo posible. Esa verdad tan oscura nos es presentada por Amis tal y como es: absurda, opaca y cotidiana. Este negarse a un consuelo me pareció muy honesto, ese énfasis en lo ambiguo y complejo de la experiencia humana.


Entiendo que haya lectores a los que desconcierte e incluso se sientan decepcionados, insatisfechos ante la (no) resolución de las razones del suicidio de Jennifer, sin encontrar un mapa que nos guíe. Entiendo que ante una historia de este calado (ante cualquier historia) queramos un cierre claro, un sentido, un alivio, una grieta por la que escapar. Pero de hacerlo Amis se traicionaría a sí mismo y a lo que ha planteado desde el principio (ese nudo que al intentar deshacer deja un montón de cabos sueltos). A veces hay que aceptar que no hay más fondo al que llegar, que hay lugares que nunca alcanzaremos pero que no por eso la vida (¡ni la literatura!) dejan de tener fuerza.


Y no solo me ha parecido honesto el (no) cierre de Amis, sino también me ha parecido profundamente compasivo porque no se juzga el suicidio: no es un crimen, ni un fracaso moral, ni una llamada de auxilio no atendida, ni un error. NO hay culpables.


En definitiva, y como dije: una joya de libro. Una novela contundente, con una estructura engañosa y una carga existencial y humana devastadora y con el coraje de no dar respuestas donde no puede haberlas. Una lectura que sigue creciendo en mí después de haberla finalizado.


Gracias, Martin Amis.


©AnaBlasfuemia