Título original: The Tree
Traductora: Pilar Adón
Páginas: 112
Publicación: 1979 (2015)
Sinopsis: Publicada por primera vez en 1979, El árbol, una de las pocas obras en las que el novelista John Fowles exploró el género ensayística, supone una reflexión enormemente provocativa sobre la conexión entre la creatividad humana y la naturaleza, además de un poderoso argumento contra la censura de lo salvaje. Para ello Fowles recurre a su propia infancia en Inglaterra, en la que se rebela contra las estrictas ideas de su padre, que vive obsesionado con la «producción cuantificable» de los árboles frutales, y en su lugar decide abrazar la belleza de la naturaleza no modificada por el hombre.
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Lo que está en verdadero peligro no es tanto la naturaleza como nuestra actitud hacia ella.
No creo en nada. Excepto en una cosa: la naturaleza. Bueno, y en los libros. Algunos libros. Agosto es un mes cruel. Duro, muy duro. Creo que es el mes más feo del calendario. Necesité, aún lo necesito, naturaleza para respirar. Como no podía acercarme a ella acudí a los libros para encontrar un remedo de la misma. Concretamente a esta delicia que nos ofrece Impedimenta, una editorial a la que tengo mucho cariño. Y con traducción de Pilar Adón, a quien le tengo más cariño todavía.
Yo no sé si existe el “ensayo autobiográfico” como género literario (sé poco de todo), pero si existe yo diría que estamos delante de uno. Un ensayo sobre la naturaleza atravesado por lo personal, lo autobiográfico. De hecho Fowles inicia esta obra hablando de su padre. Y ahí tengo ya la primera reflexión para darle vueltas: cómo acabamos siendo lo que somos a veces por oposición a lo que fueron nuestros padres, por los desacuerdos, las huidas, como escapándonos de aquello que percibimos casi como una imposición (aunque no lo sea). Quizás porque necesitamos llegar a nosotros mismos sin condicionantes, con libertad, con conocimiento, información y experiencia. Yo que sé. Cosas que se me ocurren, se me ocurrieron, en las primeras páginas de este ensayo.
Somos incapaces de asumir la enorme indiferencia, la ultrahumanidad, de gran parte de la naturaleza.
Más cosas que pensé: las palabras. Nuevamente esa idea (que comparto plenamente) sobre que las palabras acotan, no llegan, vetan, no son suficientes. No bastan. Algo que a Lispector le martirizaba y exploraba continuamente y que de nuevo encuentro en Fowles. Aunque Lispector se refería principalmente a la naturaleza humana (y a los objetos que la rodeaban) y Fowles, aunque en el fondo también, lo plantea en torno a la naturaleza salvaje.
He asociado naturaleza y salvaje casi como si fueran una sola palabra… Lo salvaje para mí es lo indomesticable por la mano y la voluntad del hombre, lo que se rige por sus propias leyes. O sea: naturaleza. De esa es de la que nos habla Fowles, la naturaleza como una verdad incuestionable, sin dobleces ni múltiples y solapadas intenciones. Inexpugnable. Pero sin más propósito que su propia existencia. Una naturaleza libre e indomable a la que el hombre pretende domeñar constantemente: arrinconándola, destruyéndola, domesticándola (intentándolo), estudiándola y etiquetándola… Cuánto temor al caos…
Hay algo que me ha hecho sentirme bien conmigo misma en esta lectura. Soy una persona bastante ignorante, algo que siempre digo y que muchos creen que es falsa modestia cuando es una realidad impepinable. Leo mucho, tengo interés por muchísimas cosas, intento cosas que no están dentro de mis posibilidades, observo cada minuto, me subyugan los gestos sencillos, los pequeños acontecimientos, intento aprender continuamente… pero no desde el conocimiento, sino desde el sentimiento. Es decir: pocas veces recuerdo el nombre de las cosas, las fechas… los datos en definitiva. No intento retener los datos, sino las sensaciones. No soy una buena jugadora del Trivial, vaya… Así que fue un placer casi orgásmico encontrarme con esto:
Ponerle nombres a las plantas siempre implica categorizarlas y, por tanto, proceder a su recogida en un intento de poseerlas.
¡Aleluya! escribí al margen… Me sentí (un poquitín) menos rara. Para mí la naturaleza no es etiquetarla, ponerle nombre, conocerla enciclopédicamente. La naturaleza (para mí, insisto) es estar en ella desde quien se sabe inferior e ignorante, desde el respeto y la admiración y desde quien se siente privilegiada de poder disfrutar de la belleza, formar parte de ella desde el silencio, un silencio que no es sólo ausencia de sonido o palabras, sino conectar conmigo misma, una Ana Blasfuemia de miles de años, de siglos de edad, la edad de la tierra. La naturaleza me recuerda quién soy, quiénes somos, lo que dejamos atrás, lo que olvidamos. Me recuerda cuánto nos hemos alejado de valores naturales, sanos, limpios, también feroces y brutales y cómo, queriendo domesticar la naturaleza, nos hemos domesticado a nosotros mismos, perdiendo la esencia del alma humana: la libertad, el instinto. Y para eso, no hay palabras. No las hay.
Pero lo que la naturaleza me aporta en mayor medida queda muy por encima de cualquier expresión verbal. Tratar de enunciarlo me situaría de inmediato en el mismo barco en el que viajan todos aquellos que se dedican a etiquetar y aspiran a poseer la naturaleza¸ es decir, me alejaría de lo que más necesito. De lo que quiero aprender.
Sobra decir que tiendo además a no etiquetar tampoco la naturaleza humana, el comportamiento de las personas. Sólo así puedo intentar comprenderlo, yendo más allá del encasillamiento de las etiquetas y de las palabras. Porque las palabras no alcanzan para describir la naturaleza, ni la salvaje ni la humana.
Fowles conecta el mundo de la naturaleza, los árboles, los bosques, con la ciencia, el arte, el proceso creativo. Claro, ahí está TODO, todas las respuestas: en la naturaleza. ¿No lo vemos? ¿no somos capaces de verlo?