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viernes, 20 de febrero de 2026

El coleccionista de momentos (Quint Buchholz)

Un camino invisible conduce a cada cuadro. El pintor tiene que encontrarlo. Y no puede enseñar el cuadro demasiado pronto porque, de lo contrario, perdería nuevamente ese camino


Imagina que eres un niño curioso y, de repente, en el piso de arriba de tu casa se instala un hombre extraño: Max, un pintor que no colecciona sellos ni monedas, sino algo mucho más valioso: momentos. Max observa el mundo con una calma que desconcierta y, mientras pinta, mantiene sus cuadros en secreto, como si resguardara tras la puerta de su estudio un pequeño mundo inaccesible.


Poco a poco, entre silencios y conversaciones, te vas acercando a él. Tú le tocas tu violín y él te habla de las historias que esconde cada instante, de cómo un atardecer, una mirada o el vuelo de un pájaro pueden quedarse atrapados en un lienzo. Pero nunca te deja ver sus cuadros. Hasta que un día, Max anuncia que se marcha en busca de nuevos momentos y, como si te confiara la llave de un cofre mágico, te entrega la entrada a su estudio. La tentación de entrar en el estudio es la misma que sentimos al abrir un álbum ilustrado por primera vez: ¿qué habrá detrás de esas páginas? 


Allí, por fin, descubres su colección: imágenes tan reales y a la vez tan misteriosas que parecen flotar entre el sueño y la vigilia. Cada cuadro es una puerta a otro mundo, una invitación a imaginar lo que ocurre antes y después, a detenerse y mirar la vida con otros ojos.


Así, “El coleccionista de momentos” no solo es la historia de una amistad entre generaciones, sino también un homenaje al arte de mirar, de detenerse, de atesorar lo que nos conmueve y de compartirlo con quienes saben escuchar.


En estos cuadros, un elefante puede pasear por la nieve, una vagón de tren flotar en el aire, y una niña navegar por el mar con un león en la barca. Nada es imposible, y todo invita a observar una y otra vez para descubrir detalles escondidos: un gesto, una sombra, una historia en miniatura. Sus imágenes son como esos silencios que dejan espacio para la imaginación.


Buchholz es un maestro de la luz. No solo ilumina sus escenas, sino que las tiñe de un ánimo preciso: soledad, asombro, melancolía. Sus colores no son decorativos; llevan consigo la emoción, la atmósfera, la pausa. Cada imagen es un pequeño escenario detenido, donde lo cotidiano se vuelve extraordinario y lo improbable se acepta sin esfuerzo.


En esa frontera entre lo real y lo fantástico, Buchholz construye su lenguaje. Sus escenas a menudo presentan elementos imposibles o incongruentes, pero lo hace con una serenidad y naturalidad que desarma la incredulidad. Esta ambigüedad es fundamental, al no darte una explicación lógica no impone sentidos, sino que los sugiere. Es una invitación a la reflexión sobre los límites de lo posible y la vastedad de la imaginación: ¿qué vemos cuando miramos? ¿Qué retenemos cuando el instante ya ha pasado?


En esencia, logra transmitir tanto porque no subestima la capacidad de interpretación del ojo humano, confía en que el lector pueda construir narrativas y significados a partir de fragmentos, de silencios y de sugerencias visuales cuidadosamente dispuestas.


Abrir este libro es, al final, como entrar en ese estudio: un acto de confianza, un pacto entre quien mira y quien guarda sus tesoros en silencio. Si tu nivel de estrés necesita bajar dos marchas y respirar, este es un buen lugar para detenerte, recrearte en las imágenes, las sensaciones, aquello que percibes, real o fantasía.



Gracias,  Quint Buchholz. Gracias, L. Rodríguez López (Traducción)


©AnaBlasfuemia




viernes, 12 de septiembre de 2025

El arte de ser feliz (Arthur Schopenhauer)

Lo que uno representa, es decir, la opinión de los demás sobre nosotros, no parece, ya a primera vista, algo esencial para nuestra felicidad; por eso se llama vanidad, vanitas


¿Y qué hacía Schopenhauer (que pensaba que vivir es un error) escribiendo un manual con cincuenta reglas para la felicidad? Pues eso: no lo hacía. El título se lo pusieron otros, él lo llamó Eudemonología (que ya suena como suena, a filosofía para no volverse loco en esta vida absurda).


No es un libro para leer del tirón. Es un libro de cucharada y marcha atrás, que se lee de la misma manera que se aprende a vivir: ensayo, torpeza, retorno. Algunas reglas te obligan a pensar, parar, dejar el libro, mirar por la ventana, incluso ponerte a silbar. O volver a empezar porque lo que parecía simple resultó ser un nudo.


Sin decirlo del todo, el libro se articula en torno a una estructura clásica: lo que se es, lo que se tiene, lo que se representa. Y ahí siguen algunas reglas funcionando como relojes sin pila: sin hacer ruido, pero exactos.


Evitar compararse. No envidiar lo que no ves por dentro. No esperar que tu estado de ánimo dependa de la atención ajena… Parecen consejos de sentido común, y lo son. Schopenhauer  lo resume: evita la envidia, cuida tu salud mental porque sin ella da igual lo demás, aprende a sostenerte solo, pero no por orgullo sino porque puede que no siempre haya nadie cerca. Todo esto sin cursivas, sin emoji, sin TikTok.


Hay aquí algo extraño: un señor que hace más de un siglo nos dijo que te conozcas sin drama, que cuides lo que piensas cuando estás solo y que no te fustigues más de lo necesario. Que no compres felicidad en cuotas. Arrasaría hoy en día, menudo coaching espiritual sería Schopenhauer ¿verdad?


El mero querer, y también poder, por sí mismos aún no bastan, sino que una también debe saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer


Basta esa frase para dejar en el suelo toda la industria del “si quieres, puedes”: mensajes motivacionales, agendas con frases inspiradoras, vídeos de sonrisas profesionales y metas en tres pasos.


Schopenhauer tenía claro que poseer no es acumular. Que el tener de verdad no pasa por la cuenta bancaria ni por la estantería de libros leídos. Hoy en día el tener se ha vuelto una identidad escurridiza: tengo tiempo, tengo estrés, tengo seguidores, tengo ansiedad. Él, en cambio, hablaba de otra cosa: se tiene lo que nadie puede darte ni quitarte.


Cada vez más, lo que una representa se convierte en mercancía: número de seguidores, marca personal, visibilidad, estética emocional. Y todo eso entra en colisión directa con lo que propone este libro: todo eso no es esencial, es espuma, humo. Vanitas.


No todas las reglas de Schopenhauer han envejecido igual. Algunas piden una lectura más alerta, y otras cierta distancia irónica. Algunas reglas, si se aplican sin respirar, te pueden llevar a la trampa opuesta: la renuncia disfrazada de sabiduría, la soledad elevada a principio, la desconfianza como refugio. Si el coaching moderno vende ilusión hueca, aquí el riesgo es confundir lucidez con retraimiento sin salida. Una cosa es no esperar demasiado y otra no esperarlo nunca. Como todo manual, este también exige leer entre líneas, no para desmentirlo, sino para no convertirlo en evangelio.


Así que no: este no es un libro que puedas transformar en reels motivacionales. No hay promesas, lo que hay son advertencias. Y si las escuchas con atención, valen más que cien cursos de “liderazgo emocional con propósito consciente”. Lo que en el siglo XIX era vanidad, en el XXI es sistema. Por eso leer a Schopenhauer es como beber agua del grifo después de horas tomando bebidas energéticas: de pronto recuerdas cómo sabía lo real.


Cuando piensas cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen.”


Y si un día descubres que no hay nadie ni delante ni detrás, quizás sea buen momento para dejar de correr. Porque, a veces, no avanzar también es una forma de saber dónde estás.


Gracias, Arthur Schopenhauer. Gracias, Angela Ackermann Pilári (traductora)


©AnaBlasfuemia



domingo, 24 de agosto de 2025

La sociedad del cansancio (Byung-Chul Han)


El mundo ha perdido la voz y el habla; es más, ha perdido el sonido. El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio


Lo sé, Byung-Chul Han es un filósofo muy reconocido, premiado, reseñado y convertido en autor de cabecera del malestar moderno. Pero a mí me rechinaba. Sospeché que mi intuición (extraña y anárquica) podía estar haciendo de las suyas, así que leí este libro para darle una oportunidad razonable a mis prejuicios.


En mis lecturas suelo buscar una especie de mapa que me oriente en medio de la confusión y las dudas. Por eso elegí “La sociedad del cansancio”, porque a veces me siento cansada. La propuesta de Han parece cristalina y seductora: la enfermedad de nuestro tiempo es neuronal. No sufrimos por exceso de negatividad, sino por un exceso de positividad que nos termina por derrumbar. 


Bien, hasta aquí compro: la fatiga de ser una misma, la dispersión de la atención, la muerte del aburrimiento fértil, la incapacidad de escuchar, la hipertrofia de discursos, la gratificación inmediata, la pérdida del otro y, con ella, del pensamiento profundo. Todo eso lo reconocemos, lo padecemos y hasta lo hemos dicho en voz alta alguna vez. Lo compro, pero como quien compra pan: porque es lo que hay. No por sorpresa ni por iluminación. Lo compro por solidaridad, no por descubrimiento


Ahí empieza mi problema (lectora subjetiva donde las haya). Han es clarísimo, pero más que pensar parece estar dando una lección magistral. Creo que le falta voz propia. Tengo la sensación de estar en una clase en la que se encadenan citas ilustres, como si temiera mancharse de experiencia. Sus páginas me suenan a lo ya oído, a diagnóstico ya formulado, a teoría sin riesgo. Byung-Chul Han es, en el fondo, un ventrílocuo de citas: lo que dice, ya lo dijeron otros.


Y no es que yo le exija una escritura confesional, faltaría más. Pero hay pensamientos que, de tan desinfectados, ni se desangran. Me basta comparar con Mark Fisher. Ambos critican la maquinaria neoliberal que nos convierte en empresas de nosotros mismos, ambos diagnostican un malestar contemporáneo. Pero Fisher escribe desde dentro de la herida. Su lenguaje no es neutro ni aséptico. Teoriza la depresión desde la depresión, el colapso desde el colapso. No se refugia en la teoría: la sacude, la rompe y la arriesga. Por eso, aunque Han suene más pulido, Fisher va más hondo. Fisher te tambalea; Han te informa.


Tampoco es menor que, en su brevedad, Han renuncie a los matices que más incomodan. La positividad no es solo violencia, a veces es refugio. El rendimiento no es siempre autoexplotación, a veces también es supervivencia. El aburrimiento no desaparece igual en todas las clases sociales. El pensamiento de Han se parece a lo que denuncia: es una forma brillante de agotamiento.


Lo que causa la depresión es más bien una relación excesivamente tensa, sobreexcitada y narcisista consigo mismo que acaba asumiendo rasgos destructivos


Y aquí una de esas perlas que ilustran lo que intento decir. O sea, que la depresión es una relación narcisista con una misma. Como si fuera una elección estética, un exceso de rendimiento mal gestionado. Vaya. Esto hasta me ofende. Como me ofendió cuando se refiere a que un ordenador posee un “egocentrismo autista”, obviamente no me ofendí por el ordenador. Cuando Han utiliza la expresión “egocentrismo autista” para describir el repliegue extremo del sujeto contemporáneo, lo hace desde una retórica que me resulta cuestionable, por su uso impreciso y potencialmente estigmatizante.


Concluyo con la sensación de que sobran filósofos “diagnosticadores” y que faltan más pensadores que sean menos teóricos del diagnóstico y más practicantes de lo vivible. Y que en lugar de decirnos cómo vivimos, se atrevan a preguntarse si todavía es posible hacerlo.


Gracias, Byung-Chul Han. Gracias, Arantzazu Saratxaga Arregi y Alberto Ciria (traductores)


©AnaBlasfuemia