Título original: La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.
Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.
Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.
Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.
Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.
¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.
Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.
Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.
Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.
Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.
Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.
Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?
He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.