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viernes, 25 de abril de 2025

La perla (John Steinbeck)


Había perdido un mundo y no había ganado otro

Tengo una deuda de gratitud con Steinbeck. Cuando (años ha) empezaba a tomar conciencia de la enorme dimensión de la literatura, leer “Las uvas de la ira” inflamó mi conciencia social y mi alma revolucionaria. Le tengo cariño a Steinbeck, así que saqué de mis estanterías “La perla”.


No esperaba encontrarme con nada parecido a “Las uvas de la ira”, sí al autor icónico de la novela realista norteamericana. “La perla” es una especie de cuento, una parábola en la que claramente se nos intenta revelar alguna enseñanza moral.


En esta pequeña novela Steinbeck nos va a contar la historia de Kino, un pescador pobre entre pobres, que un día encuentra LA perla. No una perla cualquiera, no, sino LA perla. Y la encuentra cuando más falta le hacía: su hijo Coyotito necesita ayuda médica porque le ha picado un escorpión. La perla en cuestión, enorme y bella, facilitaría esa ayuda, permitiría que Kino y Juana puedan tener su boda, que Coyotito aprendiera a leer, tuvieran ropa nueva, un rifle… En fin, ya conocemos el cuento de la lechera. Le permitiría dejar de ser pobres. Pobres de dinero. 


El estilo directo de Steinbeck, suficientemente poderoso como para construir imágenes sensoriales y el uso medido de metáforas, paradojas, preguntas retóricas, símiles y distintos recursos literarios que Stenbeick maneja con precisión, provocan que avances en la historia sintiendo la tensión, el miedo, las dudas, la rabia… de Kino. Sus sensaciones van a ser las nuestras, nos mete en la piel de Kino y, tangencialmente, en la de Juana (su mujer). 


Desde luego “La perla” no tiene el vigor de “Las uvas de la ira” y está más centrada en la responsabilidad moral individual que en la colectiva, una moralidad más dirigida hacia sí mismo que hacia la comunidad. Y quizás (digo “quizás” porque cada lector tendrá su interpretación) por ahí iban los tiros de esta parábola que es “La perla” y que se resume en la cita con la que inicio el comentario.


Ay, la codicia. Uno de los siete pecados capitales. La codicia está ahí, al alcance de todos nosotros. Se lleva mal con lo justo. Tengo para mí que la codicia va de la mano del poder. Y no tengo buen concepto del poder. El caso es que Kino tenía deseo y tenía necesidad, mucha necesidad, puesto que el buen doctor se niega a atender a Coyotito si no le pagan, menudo codicioso el médico. Pero no sólo Kino tiene necesidad.


La noticia removió algo infinitamente negro y maligno en el pueblo; el negro destilado era como el escorpión, o como el hambriento ante el olor a comida, o como el solitario al que se revela el amor. Los sacos de veneno del pueblo empezaron a fabricar ponzoña, y el pueblo se hinchó y soltó presión a bocanadas


En los mundos de Yupi todos los vecinos y amigos se habrían alegrado por Kino, Juana y Coyotito. Pero en los mundos del pueblo descrito por Steinbeck, allá en La Paz (México) en una época sin precisar, los pobres eran muy pobres y los ricos muy ricos, dos mundos separados por un abismo. Sí, algunos se alegraron por Kino y su familia, quizás hasta pensaban que podría ser bueno para el pueblo. Pero lo que en realidad todos codiciaron era a LA perla, más que el bien común (común de comunitario). Porque la comunidad esconde avaricia, envidia y ambición. Incluso los valores del propio Kino llegan a tambalearse ligeramente, pese a que la dichosa perla le aportaba más problemas que soluciones, aunque intenta mantener a la familia unida pese a la crueldad de quien ambiciona su perla y a la fatalidad del destino.


Al principio de esta historia en la cabeza de Kino había una canción, la Canción de la Familia, que era una canción clara y dulce (“Era una mañana como cualquier otra mañana y, sin embargo, era perfecta entre todas las mañanas”). La familia se despierta unida, Juana aviva el fuego y muele maíz para el desayuno, Coyotito duerme, Kino observa a su mujer y a su hijo y sale a contemplar el amanecer en el Golfo. También al final de esta historia suena la Canción de la Familia que ya no es una canción, es un grito, quizás ya nunca vuelva a sonar esa canción en la cabeza de Kino, quizás la Canción de la Familia se haya ido con la música de la perla, que ya no es bella, es fea, gris y ulcerosa. Tal vez una vida sencilla pero inocente y verdadera tenga más valor que una perla. Tal vez.


Gracias, Steinbeck


©AnaBlasfuemia

jueves, 6 de junio de 2019

Una muerte muy dulce (Simone de Beauvoir)


No se muere de haber nacido, ni de haber vivido, ni de vejez. Se muere de “algo”. No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo

Somos seres mortales y esta es la única certeza de nuestra vida, y aún así la muerte la sentimos como “una violencia indebida”, una sacudida que siempre nos sorprende con una ferocidad inusitada.
⠀ 
Simone de Beauvoir, una de las mentes más poderosas y brillantes del siglo XX, no se escapa de esa violencia perturbadora y excesiva que nos arrasa con el fallecimiento de un ser querido. En este libro nos relata la agonía de su madre durante las semanas que transcurren desde su hospitalización hasta el día que fallece. El título en sí mismo puede parecernos un oxímoron ¿cómo puede ser dulce la muerte? pero cuando la muerte se convierte en una dolorosa y agónica tarea tal vez sea más dulce de lo que la imaginamos.

Necesitaría más espacio del que ocupa el propio libro y del que me permite Instagram, y tal vez también más fuerzas de las que presumo tener, para explicaros porqué este libro es de lectura necesaria.

El tema es crudo. Pero es Simone de Beauvoir y consigue una distancia, yo diría que perfecta, para narrar esos momentos tan terribles. Una distancia honesta, ajena a la demagogia y al morbo; una distancia con espacio para describir lo que sucede más allá de lo que una siente, sin dejar de cuestionarse, de observar, de inquirir, de esforzarse en comprender a una madre con quien mantenía una relación conflictiva y llena de contradicciones. Una distancia digna, equilibrada, emocional pero también racional, con compasión pero sin autocompadecerse; una distancia asombrosa, cabal y también levemente asustada y sorprendida de sus propias emociones, pero sin sentimentalismo.

Simone no dulcifica la dura realidad que supone la enfermedad terrible de su madre. Es el poder de la literatura, la fuerza demoledora de la escritura, las palabras que sustentan todos los abismos, la única vía para comunicar experiencias demoledoras.
"A mí también me devoraba un cáncer: el remordimiento

domingo, 3 de enero de 2016

La campana de cristal (Sylvia Plath)

Título original: The bell jar
Traductora: Elena Rius
Páginas: 272
Publicación: 1963 (1982)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435003773
Sinopsis: Esther es una joven universitaria que recibe un premio consistente en vivir unos meses en New York y conocer los entresijos del mundo editorial (publicaciones de cuentos o libros, revistas de moda...). En esos meses vive una vida regalada, con lujos y atenciones. Pero de entre esas primeras páginas surge Esther con su apabullante y tenaz vida interior. Su vida es una sucesión de tensiones morales, sociales, de imposiciones escritas y no escritas; de tabúes sexuales; de costumbres rurales en un mundo cambiante; de sueños incumplidos; de necesidades vitales apartadas; de anhelos desesperados; de miedo, de mucho miedo por la vida. Cuando acaba su estancia en New York y vuelve a su pueblo caerá sobre ella todo el peso de la realidad cierta o no.
Es como contemplar París desde el furgón de cola de un expreso que va en dirección contraria: a cada segundo la ciudad se hace más y más pequeña, sólo que sientes que eres tú misma la que se hace más y más pequeña y más y más sola, alejándose a mil kilómetros por hora de aquellas luces y aquel jolgorio.
Leí por primera vez La campana de cristal con 22 o 23 años, si no recuerdo mal. Aquella lectura me fascinó. Y más. Subrayé mucho. Qué descubrimiento, qué sacudida fue este libro. Unos años después volví a leerlo. Subrayé, re-subrayé, escribí en los márgenes… Alguien cogió aquel libro y se lo llevó. Poco después lo vendió, en un momento en el que todo lo que pudiera venderse, se vendía. Era el único valor que tenía todo, el del dinero; el precio que pagaran por lo que fuera, poco o mucho, no importaba. Dinero envenenado.

Mucho tiempo después volví a comprar el libro. Porque era como una carencia que tenía. Me hice con una edición del Círculo de Lectores. Y volví a leerlo por tercera vez. No lo subrayé. Sólo lo hice con la mirada. Como si el libro que tuviera delante fuera aquel otro, leído, releído, sentido, sacado de casa y vendido.

Y ahora, por cuarta vez, me puse con él de nuevo. Dispuesta a subrayarlo. Porque además ahora así quiero que se queden mis libros. Que algún día cuando yo ya no esté y alguien reciba mis libros, los lea y me encuentre ahí, en cada subrayado y cada nota al margen. Que no deje de encontrarme. Será una forma de permanecer en una mirada, en un corazón. Permanecer. Cuando ya no esté.

Cosas que pasan, estábamos en la misma página. Así que no ha sido (y ha sido) una lectura con, junto a… Ha sido (y no ha sido) una lectura a la vez que… Un capítulo aquí, otro allá, ahora te espero, ahora estoy aquí, ahora en silencio, ahora una imagen, ahora otra, ahora vete tú a saber, más silencio... Así como todo lo nuestro, con un ritmo distinto a todo lo conocido, desajustado, que sólo se acompasa porque es el que existe para ti y para mí. Diferente. Un ritmo que únicamente se hace unísono debajo de nuestra campana de cristal, de nuestro cuarto propio. Tan real como ficticio, tan verdad como mentira, volando de una cosa a la contraria.
Si ser neurótica es querer dos cosas mutuamente excluyentes a un mismo tiempo, entonces soy una neurótica perdida. Volaré de una cosa excluyente a otra y otra para el resto de mis días.
El párrafo anterior contiene (parte de) la esencia de la propia Sylvia Plath. Los contrarios, las contradicciones, el deseo de vivir sin renunciar a nada, porque la vida no excluye ni deja fuera nada. Parece fácil. No lo es. De eso habla este libro.

Si algo es La campana de cristal es autobiografía pura y dura. Plath sabía bien de qué hablaba cuando describía el intento de suicidio de Esther, la protagonista de este libro. Esther, su alter ego. De esta forma, leer La campana de cristal es desentrañar a la propia Plath. Y de rebote, desentrañarse una misma.
El silencio me deprimía. No se trataba del silencio del silencio. Era mi propio silencio.
Se da duro Plath: inteligente, cínica, sensible, bella, celosa, fría, intensa, intolerante, rebelde, exigente, confundida, mentirosa, insegura… No se oculta. Ni siquiera oculta su imaginario, libre, grandioso, profundo. Y traidor. Hay gritos silenciosos que no entiendes que no sean oídos. Hay silencios que duelen como un alfiler clavado en un ojo.

La escritura de Plath es tan sutil como detallista. Pura belleza (poeta por encima de todo). Mira desde fuera pero alcanza lo más dentro. Generosa en metáforas y creadora de imágenes absolutamente líricas y sensibles sin recargar de más. Con el bisturí de su observadora mirada hace una incisión en la superficie de lo que le rodea para llegar a las entrañas, donde está la realidad, descarnada. Jamás se queda en lo superficial, cada gesto importa, incluso la carencia de gestos, como delatores de la realidad: la que le rodea y la suya propia. Gestos (o ausencia de gestos) que son como guillotinas. Nada es vacío ni desde el vacío. Ni lo que se hace ni lo que no se hace. Plath construye paisajes desde lo aparentemente insignificante. Contundente y estremecedora.
Me sentía muy rígida y muy vacía, de la misma manera que debe de sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en medio del tumulto circundante.
Esther (Plath) buscando su lugar en el mundo. Y eso me suena y resuena tanto... Cómo todo lo que te rodea vive y siente y cómo vives y sientes tú. Desconexión. En ningún momento se acoplan ambos caminos haciéndose uno sólo. Y entonces sucede: las etiquetas. Depresión, trastorno obsesivo, anorexia, neurosis, trastorno bipolar… bla, bla, bla, bla… Electroshocks. Intento de suicidio. Internamiento.

Querer morir por querer vivir. No hay contradicción más cruel. Volar del deseo de vivir al deseo de morir. Sin que se excluyan. Porque lo que quieres, lo que deseas más que nada, es vivir. VIVIR. Pero hay una grieta entre lo que la sociedad espera de ti y lo que sientes que la vida ha de ser. Y la grieta va creciendo, y sangras por ella, y te encuentras sobreviviendo. Hasta que no puedes más.

Lean este texto. Másquenlo. Digiéranlo:
Vi que mi vida se ramificaba ante mí, como la verde higuera del cuento. De la punta de cada rama, como un enorme higo morado, un maravilloso futuro me hacía señas y me guiñaba el ojo. Un higo era un marido, un hogar feliz e hijos; otro, era una famosa poeta; y otro higo era una profesora brillante; y otro higo era E Ge, la sorprendente directora literaria; otro higo era Europa, África y Sudamérica; otro higo era Constantin y Sócrates y Atila y un montón de amantes con raros nombres y raras profesiones; otro higo era una remera olímpica; y más allá, por encima de todos aquellos higos, había muchos más que no acababa de distinguir.
Me veía sentada en la bifurcación de aquella higuera, muerta de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo escoger. Los quería todos y cada uno, pero elegir uno significaba perder el resto y, sentada allí, incapaz de escoger, los higos empezaban a arrugarse y a ennegrecer y, uno a uno, caían silenciosamente al suelo, a mis pies.
Sylvia Plath escribe como el agua: cristalina, profunda, salvaje, libre, inasible. Para ella la lluvia son gotas como platos de café y no cae sino que se escurre, siseante. Es brutal. Leerla es contener la respiración. Todo se detiene. Son sus palabras, ella y yo y (casi) nada más. Un vacío alrededor. Sylvia Plath. Yo. Dentro de la campana. Sin aliento.
Un mal sueño.
Para la persona encerrada en la campana de cristal, en blanco y detenida como un bebé muerto, el mundo en sí mismo es un mal sueño.
Un mal sueño.
Recuerdo que tengo que respirar y acompaso mi respiración con la de Plath. Fácil y ligera, respiro deslizándome por sus palabras, por ella. Me bombea la sangre. Me aniquila, eso hace Plath. Como hizo la primera vez, y la segunda, y la tercera. Y ahora otra vez. Aniquilada.

Y vuelvo a recordar porqué este libro me fascina: porque me destroza. Sylvia Plath sólo necesitaba PERTENECER.
Soy, soy, soy.

martes, 28 de abril de 2015

La calle de las Camelias (Mercè Rodoreda)



Título original: El carrer de les Camèlies
Traductor: José Batlló
Páginas: 274
Publicación: 1966 (2000)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435016520

Sinopsis: La calle de las Camelias supone la culminación de la técnica realista que Mercè Rodoreda iniciara con inusitado éxito en La Plaza del Diamante. En esta ocasión combina las relaciones amorosas de Cecilia con el conmovedor sentimiento de soledad y nostalgia que caracteriza a sus personajes para ofrecer al lector una obra inolvidable.


Mirando la sinopsis me quedé pensando en lo poco que sé de técnicas realistas en literatura, o de culminaciones en la obra de una autor o autora. Lo que sí sé es que una vez que volví al universo Rodoreda, quise permanecer un poco más. Y por eso, después de La plaza del Diamante, continué mi paseo dirigiendo los pasos a La calle de las Camelias.

Mercè Rodoreda era un misterio. Celosa de su intimidad, de sí misma, pocos podrían decir que conocieron su vida privada. No se expuso, no se mostró. Hermética. Gabriel García Márquez, devoto admirador de Rodoreda, lo contaba en este artículo. Así pues parece que para acercarse al interior de Rodoreda, hay que hacerlo a través de sus personajes. Personas así, tan misteriosas, tan guardianas de sí mismas, son magnéticas para mí. Siempre me creo que lo que ocultan es justo aquello que yo busco. Además ¿cómo no sentirse hechizada por alguien que hizo de un palomar su cuarto propio?

Y seguir leyendo a Rodoreda es volver a constatar lo fantástica escritora que fue. Con ese lenguaje tan engañosamente sencillo y natural que parece llevarte de la mano desde la primera línea. Un paseo, piensas. ¡Ja!... una travesía, más bien.

“¿Qué has hecho en la vida?” Estuve a punto de decirle que me la había pasado buscando cosas perdidas y enterrando enamoramientos

Estuvo a punto de decirlo, pero no lo dice. Porque Cecilia calla muchas cosas. Se calla a sí misma. El miedo siempre se mueve entre silencios. No es lo que Cecilia dice (ni nos dice) el eje sobre el que girará esta novela, sino lo que calla, y sobre todo lo que hace, cada pequeño gesto, aparentemente trivial, insignificante y quizás extraño a ojos de los demás, pero que sin embargo la definen y nos la definen.

Y yo, en broma, puse mi mano sobre su pecho y le pregunté: ¿Encima de qué? Me contestó medio dormido que una mano hermosa sobre un pecho. No, le dije, una mano sobre todo el sol de un hombre. Le puse la mano encima del corazón y le pregunté: ¿Encima de qué? Y me repuso que una mano pequeña encima de un corazón. No, le dije, una mano extendida sobre un dolor.

Y es que Cecilia, como parece habitual en las protagonistas de Rodoreda, es una mujer que observa lo que le rodea. Y dentro de ese aparente estar y ser silencioso e introvertido sin embargo transcurre un imaginario interior extraordinario y rico. Ese imaginario en las mujeres protagonistas de Rodoreda es una de las cosas que más me atraen. Mujeres inquietas. Mujeres que se aburren. Cecilia se aburre mucho, y como se aburre, entonces busca, curiosa, libre, sin normas, sin barreras.

¿Sin barreras? No hay murallas más infranqueables que aquellas que alzamos nosotros mismos delante de nuestras propias narices. Cecilia es insegura, le pesa (también) la culpa, el miedo, la soledad. Y tiene carencias, carencias afectivas. Colometa no tenía madre, casi que tampoco tenía padre. Cecilia no sabe quiénes son los suyos. Podríamos pensar que Rodoreda tuvo esa carencia, y no. Pero escribió desde el exilio. Esa carencia sí la tuvo: la falta de raíces, las que dan la pertenencia a un lugar. Pertenecer. A algo, a alguien. Y ahí, en el exilio de quien se ve obligado a vivir lejos de sus raíces y el exilio de quien se ve obligado a vivir sin ellas porque las pierde a la vez que su origen, es donde empiezo a tirar del hilo que me lleva al alma de Rodoreda, a través de ellas, las mujeres sobre las que escribe.

Todo era distinto y me parecía que el amor era la diferencia que existe entre todo lo que es lo mismo.

Cecilia parece incapaz de amar. O al menos de que el amor le dure más allá de ese espacio que hay entre el desearlo y el obtenerlo. Quizás porque más que amar lo que necesita es que la amen. Que la cuiden. O quizás porque huye. O porque sólo lo inmediato es lo que importa. Su moral es la moral del superviviente. Aquí. Ahora. Quiéreme. Así. Ya. Adiós.

Es difícil encontrar tu espacio, tu lugar en el mundo, tu identidad, cuando la búsqueda es a la desesperada, cuando la inquietud te hierve por dentro y buscas ser libre en un mundo que no lo es. Esa búsqueda errática es Cecilia, incapaz de dejar de mirar atrás pero deseando ir hacia adelante. No avanza, huye. Queriendo ser libre a la vez que buscando ataduras, vínculos, el cordón umbilical del amor. No parecía un paseo, no. Más bien una travesía. La travesía del salmón, a contracorriente, como nadan los desesperados.

Pude aguantar más de dos años y cuando casi me había acostumbrado me desesperé de estar acostumbrada.

Colometa era un personaje entrañable. Cecilia es un personaje más complejo, más desolador, quizás menos adorable, resulta más difícil entenderla, esa desgana, esa incapacidad para amar… Es un personaje en el margen. Me atrae siempre lo que está en los laterales, en los márgenes, invisible casi para quien transita por el centro, donde la mayoría se camufla bajo la etiqueta de normalidad y cotidianidad. Será que también me aburro. Sin embargo ambas, Colometa y Cecilia, tiene más en común de lo que parece. Lo que más les une, sin duda, Barcelona y sus calles. Y la forma de vivir esa ciudad: paseando, callejeando, observando, sintiendo. Sin ir a ningún lugar, únicamente andar por la ciudad y sus calles. Vivir una ciudad.

Y la soledad, y las flores, y los jardines, y los ángeles, y los sueños, y Barcelona… El universo Rodoreda. Todo está ahí, y ella combina esto y aquello y lo otro y nos da una poción de buena literatura. Yo me he tomado la poción a borbotones, ahora me dosificaré antes de llegar a Espejo roto, el libro de Rodoreda más recomendado por muchos comentaristas en este blog.

martes, 14 de abril de 2015

La plaza del diamante (Mercè Rodoreda)



Título original:
La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
Editorial: Edhasa
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.

Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.

Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.

Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.

Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.

¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.

Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.

Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.

Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.

Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.

Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?

He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.



lunes, 16 de marzo de 2015

El Powerbook (Jeanette Winterson)


Título original: The Powerbook
Traductora: Ángels Gimeno-Balonwu
Páginas: 288
Publicación: 2000 (2004)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435008907
Sinopsis: El powerbook de Jeanette Winterson combina la gran tradición narrativa universal con las posibilidades abiertas por la informática, y particularmente por internet. Y no sólo por el hecho de que el argumento gire en torno a un cruce de mensajes entre dos personajes que ocultan su verdadera personalidad, sino sobre todo porque la sensación de fugacidad, de inmediatez y de distancia está muy bien logrado mediante el empleo de diálogos rápidos, esquemáticos y contundentes, tan ambiguos y espontáneos como los que pueden leerse en un foro de internautas.


Winterson. ¡Pues claro! La autora que me trajo La niña del faro. Que me gusta a mí hacerme esperar. Y no iba a ser La pasión, La mujer púrpura, El guardián del tiempo, Escrito en el cuerpo, Fruta prohibida… no iba a ser cualquiera de sus libros más conocidos y recomendados (y que adquirí de forma compulsiva después de La niña del faro). No. Que a una no le gustan las líneas rectas, así que… El Powerbook. Venga, Ana, dale. Comienzo a leer:

Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo incansable.

Me detengo durante un laaaargo tiempo en esta primera frase. Sonrío. La releo varias veces. Vuelvo a sonreír. Una y otra vez. Vaya manera de comenzar un libro. Sé que no estoy ante La niña del faro, pero tengo claro que Winterson es una autora especial para mí, que fluyo entre sus palabras como pez en el agua, como agua en el arroyo, como arroyo en el cauce, como cauce en el valle. Sé que esta extraña escritora me resulta transparente (o quizás soy yo transparente para ella), que me empapo de todas y cada una de sus historias, que su personal, diferente y peculiar forma de contar es un espejo en el que veo con nitidez cada detalle, cada línea, cada puntada, cada imagen. Tengo la sensación de que Jeanette Winterson escribe para mí. Como si le encargara historias a medida. Qué bien, qué bien.

Historias y verdades. O no. O historias y mentiras. Las dos cosas (porque una cosa y su contraria no se excluyen: malviven pero conviven). Lo comentaba hace poco: estamos hechos de historias. Así que crearlas, contarlas y que me las cuenten, es pura vida para mí. Convertir momentos en historias. Historias sin fin ni final. Winterson es una ingeniosa y hábil narradora de historias, en las que me siento como dentro de un traje que se adapta a mi cuerpo a la perfección, quizás como si fuera la piel de mi propia alma.

Las historias son mapas

Las. Historias. Son. Mapas.

Cuatro palabras combinadas adecuadamente son suficientes para que dentro de mí broten historias y mapas, cartografías imposibles y geografías probables, afluentes en dirección contraria, bifurcaciones, caminos sin peaje, atajos quiméricos… Cuatro palabras y miles de posibilidades. Cuántas cosas ha inspirado y movido dentro de mí esta frase: Las historias son mapas. Pues aplaudo, ¡qué le voy a hacer si no llevo sombrero y no me lo puedo quitar!

- Esto no es más que una historia.
- Yo a esto lo llamo una historia verdadera.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé porque yo estoy en ella.

Quieta. Os preguntaréis qué nos cuenta Winterson en este libro. Que nos gusta saber qué tenemos entre manos. Habla del amor. De disfraces. De verdades y mentiras. De lo real y lo virtual. De historias (¿de qué otra cosa iba a hablar Winterson?). La protagonista (o el protagonista, deliberadamente ambiguo, marca de la casa de la autora), Alix, es una escritora, una e-escritora, que desde su ordenador, vía e-mail, ofrece “libertad por una noche”; es decir, te escribirá una historia hecha a medida. ¿El problema? Que las historias son seres vivos que pueden atraparte, engullirte, y cuando quieres darte cuenta ¡zas! formas parte de la historia que estás contando y entonces la delgada línea entre realidad y ficción, lo real y lo virtual, se vuelve estremecedora e impresionantemente fina. O directamente salta en mil pedazos. Un riesgo que todo creador de historias y momentos tiene que correr. Y asumir. Patapúm. Jugar con fuego y quemarte. O no. ¿Quema lo vivido aunque lo vivido no sea verdad? Fuego con fuego no se queman, pero se apagan. Pero hasta entonces... arden.

Vivo en un mundo material, aparentemente sólido, y el peso de éste ya es suficiente. Los otros mundos que puedo alcanzar necesitan mantener su ligereza y su velocidad de la luz. Lo que yo traigo desde esos mundos a mi propio mundo es otra oportunidad.

Al igual que en La niña del faro la estructura narrativa habitual o esperable por lectores en zona de confort es inexistente. No hay línea argumental, pero Winterson es tan valiente como reconocible, libre en su forma de contar. El esquema es muy similar: una historia (más o menos) central y fábulas, leyendas, personajes históricos, reflexiones, que se mezclan constantemente, todas ellas reencarnando una y otra vez la historia de amor entre la narradora y la mujer que le solicita “libertad por una noche”...

Soy alguien que desea lo mejor de los dos mundos.
Una historia es una cuerda floja entre dos mundos.

Alix bien podría ser Silver, nuestra niña del faro, que ya adulta hará aquello que heredó y aprendió de Pew: contar historias. Pero como los tiempos corren que es una barbaridad ya no será a la manera tradicional, de boca en boca, sino acorde a los tiempos modernos: en el ciberespacio.

No hay amor que no perfore las manos y los pies.

Sólo he leído dos libros de Winterson, aunque me parece haber estado buscándola toda la vida, pero la sensación es que la columna vertebral de sus historias es el amor. Amor, nostalgia, soledad. Pasión. Límites. Mitología. Mundos privados. Identidad. Emociones. Historias. Vida. Oportunidades. Contado a su manera. Y su manera no es lineal, ni mucho menos una línea recta. Está llena de meandros y recovecos varios. No esperéis entonces un final cerrado, ni siquiera un final. Los finales no existen. Es cierto que sus reflexiones tienden a ser aforismos, cerrados y ligeramente adoctrinantes, pero en cualquier caso comulgo con su forma de sentir, aunque no siempre con su forma de pensar. Sentir y no pensar.

No puedo dar mi posición con exactitud. Las coordenadas cambian. No puedo decir “dónde”, sólo puedo decir “aquí”, y tener la esperanza de trazarlas para ti, átomo y sueño.

Las múltiples perspectivas y alternativas de Winterson, su mirada poliédrica (y poética), me resulta tremendamente atractiva, potente, sugerente, cercana e inspiradora. Mil veces me cuente la misma historia de mil formas distintas, mil veces terminaré un libro de Winterson con la certeza de que me reconozco entre sus páginas y me toca el alma como pocos autores. Me (con)mueve y motiva. Creo que he subrayado en este libro hasta el índice (que no tiene).

Cuéntame una historia, Winterson. Y ella va y me la cuenta. ¡ A mí! La historia. No una, sino varias. O no varias, sino una. Así da gusto. Y como ya no confío en los hechos ni en las palabras, sino en el tiempo, le agradezco profundamente el que ha dedicado a contarme (sí, a mí) El Powerbook. Y a vosotros os agradezco el tiempo que dedicáis a leerme. Gracias. Tiempo es lo que tenemos.
Me sentí como si hubiese entrado atolondradamente en la vida de alguien por azar, hubiese descubierto que quería quedarme y entonces, dando tumbos, sin una pista, ni un indicio, ni una manera de terminar la historia, hubiese vuelto a la mía.

Gracias, Winterson. 

Si os gustó La niña del faro, os gustará este libro. Si no os gustó, seguir de largo. O darle una (otra) oportunidad. Si no sabéis si sí o si no, pues quién sabe. Lo que el corazón os diga. Siempre. El corazón (y no el algodón) no engaña. ¿O sí?

Nota: No me agrada, pero debo de decirlo. La edición y la traducción dejan bastante que desear. Una lástima, siempre me parece una falta de consideración al lector las ediciones atropelladas y descuidadas.