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martes, 28 de abril de 2015

La calle de las Camelias (Mercè Rodoreda)



Título original: El carrer de les Camèlies
Traductor: José Batlló
Páginas: 274
Publicación: 1966 (2000)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435016520

Sinopsis: La calle de las Camelias supone la culminación de la técnica realista que Mercè Rodoreda iniciara con inusitado éxito en La Plaza del Diamante. En esta ocasión combina las relaciones amorosas de Cecilia con el conmovedor sentimiento de soledad y nostalgia que caracteriza a sus personajes para ofrecer al lector una obra inolvidable.


Mirando la sinopsis me quedé pensando en lo poco que sé de técnicas realistas en literatura, o de culminaciones en la obra de una autor o autora. Lo que sí sé es que una vez que volví al universo Rodoreda, quise permanecer un poco más. Y por eso, después de La plaza del Diamante, continué mi paseo dirigiendo los pasos a La calle de las Camelias.

Mercè Rodoreda era un misterio. Celosa de su intimidad, de sí misma, pocos podrían decir que conocieron su vida privada. No se expuso, no se mostró. Hermética. Gabriel García Márquez, devoto admirador de Rodoreda, lo contaba en este artículo. Así pues parece que para acercarse al interior de Rodoreda, hay que hacerlo a través de sus personajes. Personas así, tan misteriosas, tan guardianas de sí mismas, son magnéticas para mí. Siempre me creo que lo que ocultan es justo aquello que yo busco. Además ¿cómo no sentirse hechizada por alguien que hizo de un palomar su cuarto propio?

Y seguir leyendo a Rodoreda es volver a constatar lo fantástica escritora que fue. Con ese lenguaje tan engañosamente sencillo y natural que parece llevarte de la mano desde la primera línea. Un paseo, piensas. ¡Ja!... una travesía, más bien.

“¿Qué has hecho en la vida?” Estuve a punto de decirle que me la había pasado buscando cosas perdidas y enterrando enamoramientos

Estuvo a punto de decirlo, pero no lo dice. Porque Cecilia calla muchas cosas. Se calla a sí misma. El miedo siempre se mueve entre silencios. No es lo que Cecilia dice (ni nos dice) el eje sobre el que girará esta novela, sino lo que calla, y sobre todo lo que hace, cada pequeño gesto, aparentemente trivial, insignificante y quizás extraño a ojos de los demás, pero que sin embargo la definen y nos la definen.

Y yo, en broma, puse mi mano sobre su pecho y le pregunté: ¿Encima de qué? Me contestó medio dormido que una mano hermosa sobre un pecho. No, le dije, una mano sobre todo el sol de un hombre. Le puse la mano encima del corazón y le pregunté: ¿Encima de qué? Y me repuso que una mano pequeña encima de un corazón. No, le dije, una mano extendida sobre un dolor.

Y es que Cecilia, como parece habitual en las protagonistas de Rodoreda, es una mujer que observa lo que le rodea. Y dentro de ese aparente estar y ser silencioso e introvertido sin embargo transcurre un imaginario interior extraordinario y rico. Ese imaginario en las mujeres protagonistas de Rodoreda es una de las cosas que más me atraen. Mujeres inquietas. Mujeres que se aburren. Cecilia se aburre mucho, y como se aburre, entonces busca, curiosa, libre, sin normas, sin barreras.

¿Sin barreras? No hay murallas más infranqueables que aquellas que alzamos nosotros mismos delante de nuestras propias narices. Cecilia es insegura, le pesa (también) la culpa, el miedo, la soledad. Y tiene carencias, carencias afectivas. Colometa no tenía madre, casi que tampoco tenía padre. Cecilia no sabe quiénes son los suyos. Podríamos pensar que Rodoreda tuvo esa carencia, y no. Pero escribió desde el exilio. Esa carencia sí la tuvo: la falta de raíces, las que dan la pertenencia a un lugar. Pertenecer. A algo, a alguien. Y ahí, en el exilio de quien se ve obligado a vivir lejos de sus raíces y el exilio de quien se ve obligado a vivir sin ellas porque las pierde a la vez que su origen, es donde empiezo a tirar del hilo que me lleva al alma de Rodoreda, a través de ellas, las mujeres sobre las que escribe.

Todo era distinto y me parecía que el amor era la diferencia que existe entre todo lo que es lo mismo.

Cecilia parece incapaz de amar. O al menos de que el amor le dure más allá de ese espacio que hay entre el desearlo y el obtenerlo. Quizás porque más que amar lo que necesita es que la amen. Que la cuiden. O quizás porque huye. O porque sólo lo inmediato es lo que importa. Su moral es la moral del superviviente. Aquí. Ahora. Quiéreme. Así. Ya. Adiós.

Es difícil encontrar tu espacio, tu lugar en el mundo, tu identidad, cuando la búsqueda es a la desesperada, cuando la inquietud te hierve por dentro y buscas ser libre en un mundo que no lo es. Esa búsqueda errática es Cecilia, incapaz de dejar de mirar atrás pero deseando ir hacia adelante. No avanza, huye. Queriendo ser libre a la vez que buscando ataduras, vínculos, el cordón umbilical del amor. No parecía un paseo, no. Más bien una travesía. La travesía del salmón, a contracorriente, como nadan los desesperados.

Pude aguantar más de dos años y cuando casi me había acostumbrado me desesperé de estar acostumbrada.

Colometa era un personaje entrañable. Cecilia es un personaje más complejo, más desolador, quizás menos adorable, resulta más difícil entenderla, esa desgana, esa incapacidad para amar… Es un personaje en el margen. Me atrae siempre lo que está en los laterales, en los márgenes, invisible casi para quien transita por el centro, donde la mayoría se camufla bajo la etiqueta de normalidad y cotidianidad. Será que también me aburro. Sin embargo ambas, Colometa y Cecilia, tiene más en común de lo que parece. Lo que más les une, sin duda, Barcelona y sus calles. Y la forma de vivir esa ciudad: paseando, callejeando, observando, sintiendo. Sin ir a ningún lugar, únicamente andar por la ciudad y sus calles. Vivir una ciudad.

Y la soledad, y las flores, y los jardines, y los ángeles, y los sueños, y Barcelona… El universo Rodoreda. Todo está ahí, y ella combina esto y aquello y lo otro y nos da una poción de buena literatura. Yo me he tomado la poción a borbotones, ahora me dosificaré antes de llegar a Espejo roto, el libro de Rodoreda más recomendado por muchos comentaristas en este blog.

martes, 14 de abril de 2015

La plaza del diamante (Mercè Rodoreda)



Título original:
La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
Editorial: Edhasa
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.

Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.

Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.

Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.

Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.

¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.

Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.

Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.

Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.

Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.

Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?

He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.