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sábado, 3 de enero de 2026

Diarios del olvido (Semezdin Mehmedinović)


Todo el mundo muere joven

Siempre he pensado que la muerte nos traiciona. Y esa idea de la muerte como una traición nunca he conseguido que sea entendida por las personas que me conocen. Y hete aquí que de repente encuentro la frase que se hermana con la mía, la idea expresada en cinco palabras que se abraza con mi concepción de la muerte. Así que me sentí acogida por este precioso libro.


Diarios del olvido” no comienza con la guerra de Bosnia y el asedio pertinaz y cruel a Sarajevo, comienza con lo corpóreo: un infarto sufrido por Semezdin es el umbral narrativo (“Esta mañana, según parece, debería haber muerto”). El relato está dividido en tres partes, siendo el inicial el referente al infarto y la hospitalización, que será el escenario de las consecuencias de este hecho: impotencia, fragilidad, la extrañeza de que esto suceda fuera del hogar natal, el cuerpo decidiendo. Ese inesperado infarto cambia a Semezdin y le lleva a reinterpretar su propia biografía.


Hay, pues, una estructura tripartita: infarto, viaje con el hijo por los desiertos de EEUU y familia (especialmente el matrimonio, a raíz de una embolia sufrida por su mujer). Tres aspectos que suelen concebirse por separado (el cuerpo que falla, la memoria que amenaza con fallar y la vida compartida que te obliga a seguir hablando cuando el lenguaje ya no es fiable). 


Hay una ambición formal consciente que convierte “Diarios del olvido” en un híbrido de géneros (prosa, poesía, ensayo, dibujos e imágenes casi fotográficas…), además de un planteamiento de la identidad que, más allá de lo personal y social, es narrativa. Cuando tu vida está hecha de fragmentos (hospital, carretera, exilio, imágenes, miedos), contarlo “bien” en una línea recta sería una forma de mentira, aunque sea elegante. Reconciliarse con lo vivido no siempre significa “aceptarlo” como quien firma un documento. A veces es algo más humilde y más difícil: encontrar una forma de contarlo que no sea una traición. Cuando se es preciso, pulcro, sensible y honesto, no cabe la dramaturgia ni se pone ningún altar al sufrimiento porque todo se reordena, se coloca en el lugar correcto.


El infarto del autor es el pretexto para hablar de la memoria. Quizás la vida es eso: nacemos sin memoria, la construimos, la deconstruimos. La vida como una espiral. Los grandes impactos traumáticos en nuestra vida (enfermedad, guerra, etc...) nos hacen revisitar la memoria construida hasta entonces, darle un sentido que, quizás, cambie la memoria que vayamos a construir en el futuro.


Vuelves a los mismos lugares (infancia, decisiones, miedos, amor, culpa, exilio, familia), pero no vuelves igual; vuelves con un cuerpo distinto, con otro cansancio, con una pérdida nueva, con una lucidez diferente, con menos paciencia para lo accesorio. Ese regreso reescribe lo anterior, y esa reescritura condiciona lo que podrás recordar mañana, porque la memoria no es un archivo quieto, es un trabajo en marcha: cada vez que recordamos, recomponemos, y en esa recomposición cambiamos un poco lo recordado.


En Mehmedinović esto parece estar muy explícito desde el arranque. No es casualidad: cuando la  memoria se pone en cuestión, lo primero que se prueba no es “de qué me acuerdo”, sino qué vínculo me sostiene. La memoria individual se tensa; la memoria compartida (pareja, hijo) entra como contrapeso, como espejo, como recordatorio literal. Y el viaje por el desierto con el hijo es una manera de poner el recuerdo en movimiento, de dejar que el paisaje exterior empuje a salir a los recuerdos del desembarco en EE. UU., del exilio, de lo que se perdió y de lo que se construyó después.


No es solo que la memoria se revise, es que se enfrenta al miedo de que el instrumento mismo de revisión (la memoria) falle. Y esa amenaza vuelve valioso lo pequeño. El libro trabaja dos capas a la vez: la idea grande (olvidar) y el inventario minúsculo (nombres, gestos, objetos), como si intuyera que lo único que salva del vacío no es una teoría de la memoria, sino el detalle que todavía se puede nombrar.


También está la capa del exilio, sobre cómo recuerda alguien que ha vivido en más de un mundo: hay recuerdos que “viven” mejor en una lengua que en otro y momentos que no se dejan decir del todo con palabras y piden imagen (no como adorno, sino como otra vía de acceso). Cuando la vida te parte en territorios, la memoria aprende a hablar en plural.


Incluso cuando la memoria falla, la identidad no desaparece de golpe como si alguien apagara la luz. A veces se desplaza: se sostiene más en el presente, en el cuerpo, en los vínculos, en la mirada del otro. Y eso me lleva a la pregunta más incómoda (y más verdadera) que deja este tipo de libros: si la memoria es el hilo del yo, ¿quién sostiene el yo cuando el hilo se afloja? La familia, la pareja, el hijo (esa estructura tripartita) parece estar ahí, precisamente, como soporte externo de continuidad.


Creo que lo que llamamos “yo” se apoya en dos pilares que solemos confundir:


(1) la continuidad narrativa (me reconozco en lo que recuerdo, en cómo lo cuento, en lo que elijo subrayar),

(2) la continuidad de presencia (estoy aquí, respondo, siento, deseo, rechazo, me alegro, me asqueo, me tranquilizo, me altero).


Cuando una se tambalea (la narrativa), la otra puede seguir en pie durante mucho tiempo, pero a nosotros nos cuesta aceptarlo porque nos hemos educado (sin darnos cuenta) en la idea de que ser alguien es poder narrarse. Si me quitan la capacidad mental, ¿qué queda de mí, si mi manera de estar en el mundo pasa por pensar, recordar, hilar?


Aun así, la identidad no es solo un monólogo interior, también es una red. Muchas personas sostenemos nuestro “yo” en parte gracias a los otros: alguien te recuerda una escena, te devuelve un nombre, te trae un objeto que te ancla, te mira como quien dice “sigues siendo tú, aunque hoy no te encuentres”. La memoria, cuando se resquebraja, no se resuelve en la cabeza; se negocia en los vínculos. Y esa negociación puede ser preciosa y terrible a la vez.


La paz personal no depende de que la vida haya sido “fácil”, sino de lograr una versión habitable de nuestra historia. Mehmedinović escribe, deja rastros legibles para sí mismo, construye pequeños archivos afectivos que no son solo “recuerdos” sino también “instrucciones de identidad” (qué amo, qué detesto, qué me calma, qué me hiere, qué tipo de vida quiero).


Gracias Semezdin Mehmedinović. Gracias, Marc Casals Iglesias (traducción)


©AnaBlasfuemia





jueves, 4 de septiembre de 2025

Las frías noches de la infancia (Tezer Özlü)

Intento que mis amigos no lo noten. Ellos buscan una “yo” bromista y libre. No la encuentran. En su mundo, las subidas y bajadas no son tan intensas. En su mundo, la exaltación no llega al grado de la locura. En su mundo, el malestar no se convierte en miedo a la muerte, quizá incluso en un deseo de morir. A ellos siempre les apetece comer. Comen de forma regular. No se alimentan de emociones y sentimientos


En esta cita se condensa el desbordamiento, la lucidez amarga de quien vive en un régimen emocional que otros ni siquiera alcanzan a imaginar. Özlü padecía trastorno maníaco-depresivo, hoy llamado bipolar. Y este libro (oh, sí) es autoficción. Si llegas a él a ciegas, te vas a encontrar con una narrativa confusa, no lineal, alternando tiempos cronológicos, con personajes que entran y salen abruptamente, vivos o muertos según el párrafo. “Las fría noches de la infancia” es un flujo de conciencia en el que las emociones de la protagonista desbordan la lógica narrativa.


Fue una niña turca educada primero en la tradición musulmana y luego, a partir de los diez años, en un colegio de monjas católicas muy rígidas y disciplinadas ellas. Allí le inculcaron que la muerte es el momento más sagrado porque permite la unión con Dios. No sé si es buena idea enseñar a los niños que la muerte es un anhelo, una meta, y menos a una niña que ya tenía con la muerte una relación un tanto especial. Nadie la ayudaba a ordenar su pensamiento. La vida se le presentaba como un desorden sin promesas.


Me obsesiona la idea de la muerte. Día y noche pienso en matarme. No tengo ninguna razón específica. Si vivo, bien; y si no, también. Es sólo una inquietud. Una inquietud que me impulsa a intentar matarme


Así, sin razón aparente salvo que era de noche y hacía mucho frío, siendo adolescente, Özlü se atiborra de pastillas. Tal vez para vengarse, tal vez para probar hasta dónde podía llegar. Sobrevive y es ingresada en su primer centro psiquiátrico. Su padre, maestro de férrea disciplina, se limita a preguntar: “Habiendo comida tan rica, ¿cómo puede pensar uno en morir?”. Su madre, también maestra, calla.


Özlü era libre, libre su mente y libre su cuerpo. Lo que pensaba, lo hacía y lo que deseaba, lo decía. Y eso no lo hace todo el mundo. No le gustaban las normas, ni las apariencias, ni la insignificancia burguesa. Creció entre rabia y frío: calles, barrio, colchones de lana. Le importaban los cuerpos, la calidez de otros cuerpos. Su lucha, su ideología, su placer: todo formaba parte de esa libertad feroz y a contracorriente.


Su escritura era igual que su mente: un flujo imparable de ideas, de sensibilidad a flor de piel. Esa mente enferma, bipolar, la arrastró por distintos centros psiquiátricos. Pastillas, electroshocks, violaciones. Tanto dolor, tanto cansancio de enloquecer, recobrar el juicio y volver a empezar. El bucle de la locura y la lucidez brutal de saber qué no hay cura y que sí:


Lo que me cura no es el tratamiento electroconvulsivo. Ni los medicamentos. Lo que me cura es el inmenso y profundo miedo que me da que me encierren de nuevo en esas clínicas


El miedo como medicina y como último refugio. Özlü falleció en 1986. No se suicidó, fue un cáncer lo que pudo con su vida intensa y dislocada. No os quedéis tristes: sufrió mucho, sí, pero también sintió y disfrutó en abundancia. Vivió libre, escribió honesta, buscó sentido en medio de una sociedad represiva y alienante.


Es inevitable recordar a Unica Zürn. Ambas partieron de vivencias psíquicas devastadoras, pero sus escrituras habitaron en planos muy distintos. Zürn convertía el desgarro en forma, la locura en lenguaje: visionaria, delirante, atravesada por símbolos y pulsiones, casi sagrada. Özlü, en cambio, escribía desde la insistencia del malestar, desde lo que no se sublima, lo que no se transforma: desde la pura resistencia. No hay arquitectura en su escritura, solo flujo. No es lo que el lenguaje hace con la locura, sino lo que la locura le hace al lenguaje.


Leerlas es escuchar otra lengua: la del desborde, la del miedo, la de la euforia que no cabe en los diccionarios de la cordura. No es literatura de síntomas, es literatura de umbrales. No se puede afrontar la locura únicamente desde lo racional, hay una identidad lingüística en ella que tenemos que ser capaces de interpretar.


La mayoría de las veces nos pasamos la vida con el recuerdo de la felicidad pasada. Pero en determinados momentos de nuestra existencia, ese mismo entusiasmo cobra vida en una forma concreta y envuelve nuestro ser día y noche. En una canción. En un cuadro. En un largo bulevar. En las caricias a un ser humano. En un árbol de hojas susurrantes


Gracias, Tezer Özlü. Gracias, Rafael Carpintero Ortega (traductor)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 20 de agosto de 2025

Vuelo a la sombra (Anna Ruchat)


Si le gusto lo suficiente, ¿volverá?, piensa la niña


Lo que duele busca lenguaje como un hueso roto busca escayola: algo que lo sujete mientras cruje. El duelo no siempre se supera, pero a veces encuentra cómo expresarse, por eso diversos lenguajes (música, pintura, cine) ofrecen formas de estar con la pérdida sin desaparecer en ella. También en la escritura hay muchas voces que han hablado desde el duelo… y no se parecen tanto como podría pensarse. Esa diversidad en un tema tan universal me fascina.


Entre todos los modos posibles de contar el duelo, Ruchat eligió uno en particular. Olvidémonos de la narrativa lineal, esa cómoda autopista que nos lleva de A a C pasando por B. Aquí hay una polifonía autobiográfica fragmentaria donde el trauma se reconstruye desde tres momentos: infancia observada desde fuera, la voz ficcionada del padre durante el accidente y luego la hija adulta. Ruchat sabe que el duelo merece su propio laboratorio narrativo


Ruchat elige un nombre distinto para la protagonista (Sofía, no Anna), un recurso que le permite distanciarse de su biografía y transformar la experiencia personal en materia narrativa. Ese nombre crea un alter ego que facilita la exploración con mayor libertad creativa, evitando la identificación total con el yo real.


Su infancia estaba atravesada por algo que nadie supo contar bien: la muerte del padre en un accidente de avión. La niña no hace preguntas pero percibe la ausencia, aunque las palabras que recibe no organizan la pérdida, solo la multiplican. Lo que se instala es una sospecha: lo roto no es la historia, sino la forma de transmitirla. Desde ahí se empieza a formar la voz que escribe. Ese desajuste no se corrige con el tiempo, sino que se convierte en forma de mirar. La ausencia del padre no es vacío dramático, es la presencia que moldea la identidad.


La niña tiene una doble herida: el dolor no escuchado y la culpa por sentirlo. Se le niega ese derecho porque era demasiado pequeña, ni siquiera tenía lenguaje. Ese sufrimiento se convierte en un conflicto de legitimidad emocional: no basta con sentirlo, hay que justificarlo, defenderlo. No solo no la autorizan a dolerse, sino que asume el deber de proteger a quien sí tenía derecho: la madre. A Sofía no la dejan ser huérfana del padre, se le impone ser testigo de un duelo ajeno que la deja sin espacio para sufrir. 


¿A quién pertenece un duelo? Esta pregunta no es un reproche, pero es una verdad emocional brutal: cuando alguien sufre de forma tan legítima, tan visible y devastadora, los demás duelos parecen menores. Se inhabilitan, se les niega lugar porque alguien decide que no había espacio para ellos. Pero existen y, además, nos moldean.


Esa niña observada desde fuera se convierte en figura doble: es sujeto de duelo, pero también objeto de narración. Lo que se narra no es lo que vivió, sino lo que se le ve vivir (ni siquiera en su recuerdo puede ser del todo ella). Decir que este libro es frío es no haber entendido nada: pocas cosas hay más obstinadas y tiernas que ese gesto de ir hacia el cuerpo del padre, hacia la espera de la niña. Esa espera es el centro.


El lenguaje técnico y la infancia conviven desde el inicio, la catástrofe está inscrita sin ser comprendida del todo. Las frases del informe no son documento externo ni cita dramática: son parte del tejido narrativo. El lenguaje oficial no basta pero no puede excluirse, de hecho convive con el duelo y sostiene su respiración. Por eso Ruchat juega con la tensión entre lo técnico y lo íntimo, entre el silencio y la palabra, entre la niña y la adulta. Nos obliga a navegar esa discontinuidad, a convivir con la ausencia y la incertidumbre que el texto exhibe con honestidad.


Cuando la narración parecía asentarse en la infancia de Sofía, irrumpe una voz nueva: la del padre. Esa voz funciona como una interrupción, no como una continuidad. Es una ficción construida desde la documentación. Y la hija adulta parece moverse entre ambas figuras como si intentara unir lo que no puede tocarse: la imagen inmóvil de la niña y la imagen ausente del padre.


Hacia el final hay un hallazgo que no ofrece una revelación, sino una colisión: una fotografía basta para interrumpir todo relato previo y permite, paradójicamente, lo que no había sido posible hasta entonces: decir que el padre era un hombre. La materialidad de esa imagen (inhumana en su crudeza) representa la imposibilidad de seguir esquivando la verdad, ya no hay nada más que buscar. Y ese es el verdadero fin del duelo.


En ese momento las tres edades de Sofía no se reconcilian: llegan juntas. La niña que no preguntó, la adolescente que buscó sin encontrar y la adulta que ya no puede dejar de mirar. Ninguna tiene toda la historia, pero una fotografía precipita la fusión. Y, juntas, sostienen el duelo hasta que puede cerrarse. Expediente cerrado, archivo concluido. Gran libro, gran lectura.


Gracias, Anna Ruchat. Gracias, Pablo Ingberg (traductor)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 9 de julio de 2025

Cómo aprendi a leer (Agnès Desarthe)


Aprender a leer ha sido para mí una de las cosas más fáciles y más difíciles. Ocurrió muy rápido, en unas semanas; pero también muy lentamente, a lo largo de varios decenios


Creo que está bastante claro que no aprendemos a leer por encadenar letras, sílabas y palabras escritas. Desciframos lo que parece un enigma: una letra, otra, otra más, se agrupan en sílabas; las sílabas se rozan, se ordenan, se empujan, y al final dan frases. Traducimos signos, reconocemos sonidos, enlazamos un código visual con uno oral. Pero leer es otra cosa. Mucho más. Hay quien se pasa la vida entera sabiendo leer (y hasta presumiendo de ello) sin haber “leído” jamás. No es una acusación, pero sí una duda legítima: hay bibliotecas impecables que no han rozado nunca el nervio, pero sí la apariencia.


Desde que recuerdo (eso me lleva a los tres años, más o menos) me han fascinado las palabras. El lenguaje era un reto en todas sus formas: hablado, escrito, silenciado, cantado, distorsionado. Aprender a leer no tuvo mucho misterio; ya tonteaba con los libros bastante antes de los seis años, y de formas variadas. Pero no me bastaba: intuía que había algo más. Y tenía un mundo de libros a mano, sin que nadie me vetara lecturas tachadas de impropias o inapropiadas para mi edad. Supongo que mi padre, en esos momentos, confiaba en que la moral que me ofrecía mi familia sobreviviera a la  ofrecida por la sintaxis.


Encontrarme con este libro de Desarthe y su honestidad ha sido una delicia rara porque explica con gran discernimiento y lucidez todo el proceso de lo que representa en verdad este aprendizaje. A ella tampoco le supuso ningún esfuerzo el hecho de aprender a leer (en su acepción primigenia).


Aprendo a leer sin darme cuenta. Es tan fácil que no entiendo por qué nos animan, por qué nos felicitan. Es lógico, es sonido, es música


Pero Desarthe tiene un problema con los libros: no le gustan. Le atrae más escribir, no consigue que su imaginación (fértil, dispersa, casi intransigente) se conecte con los libros. Y ahí empieza a atisbarse el enigma que se esconde detrás de esa aversión a los libros y que está en relación directa con la identidad. Porque construir la identidad individual hasta que puede empezar a servirnos de filtro para decodificar diversas situaciones cotidianas (y no tan cotidianas), es algo laborioso y enredado.


Construir la identidad es algo en constante movimiento, así que durante la infancia y la adolescencia se nos plantean muchas situaciones para las que no tenemos (aún) herramientas para comprender ni resolver, aunque actuemos ante ellas (con lo cual también nos ayudan a construir nuestra identidad, es un bucle precioso).


Ese trayecto que va del “no me gustan los libros” a aprender a “leer” es descrito por Desarthe con una lucidez obstinada con la que me he identificado hasta las trancas. Y no menos importante: Desarthe es muy divertida, hasta el punto de hacerme reír a carcajadas. Hay que reivindicar la importancia del humor, especialmente del inteligente, que siempre es una puerta abierta, una mano cómplice.


Y hay que decirlo claro desde el principio: no es que Desarthe no leyera durante todo el tiempo que transcurrió hasta que aprendió a leer de verdad. Leía. Leía avergonzada de que no le gustaran los libros, sobre todo los que se supone que le tendrían que gustar. Leía abochornada de pensar que su imaginación desbordante fuera la causa de su incapacidad para leer… Leía a escondidas de sí misma (“como no me gusta leer nunca comento mis lecturas”)


A Desarthe le fascinan las formas y la sonoridad y teme lo ordinario. Así que, en su intento de convertirse en lectora, lee poesía (¡poesía!). Y llega a ella en el último curso de Primaria, cuando estudian a Jacques Prévert, ninguneado por la crítica como poeta menor, demagógico, un poeta “para niños”. Yo pensé en Gloria Fuertes. El mismo sambenito, el mismo desdén. Pero muchas personas llegamos a la poesía de su mano, con sus fábulas sin domesticar y su ternura subversiva. Nunca se le dará a Gloria el lugar que se merece desde siempre.


Todo lo que dice lo pienso yo también. Todo lo que yo pienso, lo escribe él


Así se siente Desarthe al leer a Prévert. La poesía le sienta bien porque le “permitía permanecer en el solipsismo” No me extiendo más, aunque podría quedarme en este libro un buen rato. Prèvert fue el primero de muchos autores (Duras, Faulkner, Camus, Bashevis Singer, Ozick…) y de unas cuantas sacudidas más que acabaron provocando el click que la llevó al punto exacto en que dejó de ser cierto que no le gustaba leer.


Pero no puedo terminar sin mencionar otra de las claves en su proceso de “curarse” de la enfermedad de que no le gustara leer: la traducción. Y me fastidia no alargarme más, porque es un tema que me interesa y me persigue. Desarthe es escritora, editora y traductora (ha traducido a Virginia Woolf, Alice Munro o Cynthia Ozick) y la última parte del libro está consagrada a ese oficio. Leí esas páginas con una mezcla de respeto, entusiasmo y admiración.


La lectora que soy dice mucho de la persona que soy (y viceversa). Ambas han crecido juntas, sin jerarquías, empujándose, corrigiéndose, mezclando herramientas para entenderme y entender qué hago yo con lo que el mundo me tira. No exagero si digo que este libro de Desarthe, al contar lo suyo, me ha ayudado (también) a darle forma a lo mío.


“…la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia


Gracias, Agnès Desarthe. Gracias Laura Salas (traductora)


©AnaBlasfuemia