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lunes, 17 de octubre de 2016

Las chicas (Emma Cline)

Título original: The girls
Traductora: Inga Pellisa
Páginas: 344
Publicación: 2016
Editorial: Anagrama
Sinopsis: California. Verano de 1969. Evie, una adolescente insegura y solitaria a punto de adentrarse en el incierto mundo de los adultos, se fija en un grupo de chicas en un parque: visten de un modo descuidado, van descalzas y parecen vivir felices y despreocupadas, al margen de las normas. Días después, un encuentro fortuito propiciará que una de esas chicas –Suzanne, unos años mayor que ella– la invite a acompañarlas. Viven en un rancho solitario y forman parte de una comuna que gira alrededor de Russell, músico frustrado, carismático, manipulador, líder, gurú. Fascinada y perpleja, Evie se sumerge en una espiral de drogas psicodélicas y amor libre, de manipulación mental y sexual, que le hará perder el contacto con su familia y con el mundo exterior. Y la deriva de esa comuna que deviene secta dominada por una creciente paranoia desembocará en un acto de violencia bestial, extremo…
Puedes leer el primer capítulo AQUÍ.
Cómo me gustaba machacarme de esa forma, atizar mis sentimientos hasta volverlos insoportables. Quería que todo en la vida fuera así de desesperado y henchido de augurios, de modo que hasta los colores y el tiempo y los sabores estuvieran más saturados.
Estoy en un aprieto.

Creo que la editorial Anagrama es la que más libros aporta a mis estanterías. No es extraño, tiene en “nomina” a autores como Hustvedt, Nothomb, Ugresic, Homes, Knausgard, Chirbes, Gopegui, De Vigan, Auster, Barnes, Mesa, Sanz, Banville, Colette, Paley… Un largo etcétera que, más tarde o más temprano, van cayendo en mis lecturas. 

Y Anagrama, a esta mindundi, va y le ofrece el primer capítulo de Las chicas, de una desconocida Emma Cline y, en caso de sentirme interesada por la novela, me la harían llegar para comentarla en el blog. Claro, una se infla un poquitín, a qué negarlo. Porque es Anagrama, que me ha dado tan buenas lecturas, y tantas otras que esperan.
Era algo que había aprendido de mi madre: revertir a la educación. Atajar el dolor con un gesto de cortesía. Como Jackie Kennedy. Era una virtud de esa generación, un talento para eludir la incomodidad, apisonarla con ceremonia.
Aunque no suelo leer novedades ni aceptar libros para comentar en el blog, consentí en leer el primer capítulo de este libro. Emma Cline toma como punto de partida la matanza cometida por la conocida como “familia Manson”, en la que acabaron de una forma violenta y cruel con la vida de la actriz Sharon Tate y otras seis personas más. El tema, y el planteamiento que parecía hacer de él Emma Cline, me interesaba. Cline se centra en ellas, las chicas Manson, más que en el crimen en sí. Así que leo el primer capítulo, que en verdad me resulta escaso, pero me provoca la suficiente curiosidad como para arriesgarme a pedir el libro. Y leerlo.

Y aquí es donde empiezo a estar en un apuro. Porque aunque mi (pequeño, pero real) ego se reivindicó un pelín con el ofrecimiento de Anagrama, no soy tan ciega como para no ver que está claro que hay un boom mediático detrás de esta novela. Y mis lecturas, más o menos acertadas, más o menos literatura, suelen estar alejadas de este tipo de bombardeos mediáticos (curioso, la palabra “mediático” no tiene sinónimo…) de los que desconfío por naturaleza y a los que suelo llegar, si es que llego, bastante tiempo después de su lanzamiento y predecible lluvia de elogios a mansalva, muchas veces… gratuitos (y no me refiero a una cuestión económica).

Y empiezo a leer. Y me digo, vaya, no escribe mal Cline. Crea imágenes interesantes, tiene una mirada más allá de lo habitual, cierta profundidad, sabe contarlo. Hace un retrato reconocible y certero sobre la vulnerabilidad de la adolescencia y lo expuesta que se puede llegar a estar en ciertos entornos cuando la autoestima es una marejada que parece alejarse continuamente. Acierta con la psicología de algunos personajes, de sus conductas y emociones. Sabe exponer lo que es sentirse invisible y lo poderoso que es que alguien te convierta en su centro de atención. La columna vertebral de la manipulación, en definitiva.
Me había acostumbrado a pensar en gente que no pensaba nunca en mí.
Vamos bien ¿no? Pues no. Porque después de esas primeras páginas el libro, en las que la calidad en ciertos momentos de la prosa de Cline me despista, se me empieza a deshacer en las manos. ¿Qué pasa, Ana? Me atasco, pasan los días, me cuesta avanzar, siento rabia porque el libro me provoca un bloqueo lector. No avanzo leyendo, y cuando lo termino me cuesta volver a coger otro libro. Eso me enfada. Así que decido hacer una purga, escribir y contar la razón por la cual este libro me ha decepcionado.

Porque os vais a hartar a leer cosas bonitas de Las chicas. Porque seguramente es un libro que va a gustar mucho. Pero a mí se me ha quedado corto (no de páginas). He comentado lo que me ha gustado del libro. Me parece un acierto por parte de Cline el planteamiento, la idea en la que se basa el libro, lo que quiere contar. E incluso el cómo lo hace no está tan mal. Escribe bien y puede que con el tiempo Cline, si no se deja cegar por el éxito de su debut literario, sea una autora a tener en cuenta.
Todos queremos que nos vean
Como novela de iniciación o formación (coming-of-age novels, o Bildungsroman, en su término alemán original) es interesante, pero suma relativamente poco o nada a lo ya existente, aunque sin duda, insisto, basarse en las chicas Manson lo considero un gran acierto. Lo que sucede es que le falta utilizar lo implícito, no dar tanta información que ya ha quedado clara pero sobre la que insiste una y otra vez (la relación de Evie con sus padres, por ejemplo). Hay exceso de información para justificar la fascinación de Evie por Suzanne. Y, pese a tanto detalle y empeño por parte de Cline, Suzanne no me parece un personaje tan poderosamente retratado como para cautivar a nadie de esa forma, excepto por el deseo de la propia Evie de gustar, de querer, de amar. Y de que la amen. Que la vean.

La Evie adulta termina por sobrarme o por faltarme. Otros personajes, como Russell y otras chicas, más allá de Suzanne y la propia Evie, quedan imprecisos…

¿Cómo explicarlo? Le sobran páginas. Queda clara la vulnerabilidad de Evie, que es carne de cañón para la manipulación. Pero tanto intenta Cline mostrarnos esto que estira demasiado el chicle y al final una mitad se me queda en los dedos y la otra mitad en la boca. Es un chicle que empezó muy rico y acabó muy pegajoso y pesado. 
Sus respiraciones eran como cuentas de rosario, cada inspiración y espiración, un consuelo.
Tengo la sensación de que Cline se ha gustado a sí misma. Que tiene mucho potencial y muchas cosas que contar y las quiere contar todas, recreándose en el cómo. Deleitándose en el escribir bien. Es brillante en algunos momentos, pero se enreda, pierde de vista las claves de lo que tiene entre manos y termina por desdibujarse. Y a mí me queda la impresión de que ha dejado pasar una oportunidad, que tenía una genialidad en las manos, las bases para contarlo bien y que finalmente la bomba le estalla en las manos, fascinada mientras miraba la cuenta atrás. 

También pienso que hay booms mediáticos que le hacen un flaco favor a la novela. Ponen el listón en un nivel que no le corresponde y la decepción es casi una consecuencia natural. Cuánto hubiera agradecido que Anagrama hubiera elegido, por ejemplo, Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan, para enviarme e iniciar una relación que, me temo, ha terminado en un coitus interruptus…
Estás siempre escapándote, y nos dejas el corazón roto cuando te vas
En esta fotografía aparecen tres de las acusadas en el caso del asesinato de Sharon Tate. Susan Atkins es la que va detrás de la mujer policía. A mí sigue sin quedarme claro de qué se ríen. Yo y mi enfermiza incapacidad para entender el mal y la ausencia de empatía…