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lunes, 27 de marzo de 2017

Hermana muerte (Thomas Wolfe)

Título original: Death the Proud Brother
Traductor: Juan Sebastián Cárdenas
Páginas: 96
Publicación: 1933 (2014)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Uno de los textos más hermosos y enigmáticos de Thomas Wolfe, dijo Faulkner de esta narración. La muerte en Nueva York de cuatro personajes anónimos le sirve para abordar uno de sus grandes temas: la desolación de las grandes ciudades contemporáneas. La primera de esas muertes se produce en el simbólico mes de abril, durante el primer año de la vida del autor en Nueva York. A partir de ahí, la prosa volcánica de Wolfe nos arrastra desde el asfalto y los rascacielos hasta las catacumbas del metro en un viaje casi alucinado por el reinado de la muerte entre los hombres, a los que no sólo castiga, sino que también abraza.

No soy ni amable, ni cruel, ni amorosa, ni vengativa. Todos ustedes me resultan indiferentes, pues sé bien que otros nacerán cuando ustedes estén muertos, millones se levantarán cuando ustedes caigan. Y sé también que la Ciudad, la ciudad eterna, se erigirá para siempre como una ola gigantesca sobre la faz de la tierra.
Hay una literatura abrumadora en su belleza y, sin duda, la obra de Thomas Wolfe pertenece a este tipo de literatura. Leerle es sentir el vértigo de la magnificencia, de la literatura con mayúsculas y letras doradas. Por momentos, pierdo la noción de lo que me está hablando y solo me dejo deslizar por las palabras y lo que con ellas se puede crear y recrear. 

Luz, sombras, oscuridad, la ciudad de Nueva York, los espacios, los pequeños seres que transitan por las calles, la muerte… centran las descripciones y reflexiones de Wolfe en Hermana muerte. Wolfe es excesivo en su prosa, y que no parezca esto una crítica porque en realidad es un halago, hay que ser muy grande para envolver tanta desmesura con eficacia y acierto. 
Tú, pequeño ser, que vives, sudas, sufres y mueres como una partícula infinitesimal en mi imperecedero oleaje, en mis energías oceánicas.
Nueva York, una ciudad tan viva, sirve de escenario de cuatro fallecimientos en torno a las cuales reflexiona Wolfe sobre la muerte, la soledad, las personas, la ciudad, la noche y lo absurda que es la vida. No tan impactante como El niño perdido, una lectura más de piel y emociones, mientras que Hermana muerte es más de sensaciones propioceptivas, esas que te ubican donde estás, te indican tu posición y movimiento. Nos sitúan en el espacio. Nuestro espacio es la vida y no eres nada, un pequeño ser devorado por la multitud, la ciudad, la ambición…

De las cuatro muertes, tres son violentas. Una de ellas es silenciosa, un hombre sentado suspira y fallece. Fin. Uno de tantos. Y esa muerte taciturna y discreta, sin estridencias, resulta ser la más inquietante de todas. Es la que nos hace ser más consciente de nuestra precariedad. Si no aceptamos la muerte como parte de la vida, no sabremos vivir ni la una ni la otra.
Y me pareció que toda la vida multitudinaria de esta tierra era como una gran feria.
La muerte nos hace pequeños a todos, pero más aún la indiferencia de aquello que construimos con exceso: ciudades pomposas que nos verán nacer y morir con la misma indiferencia que un psicópata dice te quiero con una sonrisa tan hipnótica como apática a quien será su siguiente víctima. La ciudad te engulle, al mismo tiempo que fascina y sobrecoge. Nos escondemos en la multitud y nos zampa. Ñaca.

Al fin y al cabo, los seres humanos somos los únicos que tenemos empatía. Y ni siquiera todos. ¿Qué esperar entonces de la vida, de la muerte, de las ciudades, de la naturaleza, de las masas y multitudes? No empatía, desde luego. Hay que seguir buscando. 

Mientras, he disfrutado de las prolijas y apabullantes descripciones de Wolfe, de su descontrolada creatividad, de su desbordante forma de transformar sus inquietudes en literatura. Que eso sí, hay que digerir en pequeñas dosis. 

martes, 8 de octubre de 2013

El niño perdido (Thomas Wolfe)



Título original: The lost boy
Traductor: Juan Sebastián Cárdenas
Páginas: 96
Publicación: 1937 (2011)
Editorial: Periférica
ISBN: 9788492865413
Sinopsis: Estamos en 1904, en la época de la Exposición Universal celebrada en Saint Louis. La familia Wolfe se ha trasladado desde Asheville y ha abierto aquí un pequeño alojamiento para los vecinos de su lejana ciudad natal que visitan la Exposición. Grover Wolfe tiene sólo doce años, pero, según dicen todos, una sensibilidad y una madurez extraordinarias…  

He aquí uno de los textos más hermosos de la literatura norteamericana del siglo XX: la búsqueda del «niño perdido», del hermano muerto. Una historia, en cuatro tiempos, contada por uno de los grandes narradores de los años treinta: Thomas Wolfe, quien construye, con telón de fondo de esa América provinciana que aún hoy nos fascina, una novela tan bella como intensa, perfecta en su estructura e inigualable en su poder de evocación.



Veo este librito (apenas 100 páginas), me gusta la portada, me gusta la sinopsis. Veo que es de la editorial Periférica, que ya me había regalado una joyita como Una biblioteca de verano y que sospecho es una editorial que sabe ofrecernos historias pequeñitas en páginas y grandes, muy grandes, en contenidos. Así que sí, me lo llevo. Tengo una corazonada.

Me siento en el sofá, empiezo a leer… “La luz vino y se fue y vino de nuevo, las atronadoras campanadas de las tres de la tarde llenaron la ciudad entera de multitudinarios bronces, las suaves brisas de abril le arrancaron láminas de arco iris a la fuente, hasta que el surtidor volvió a palpitar en el momento en que Grover entraba en la plaza.”

¡¡¡¡aaaaaaaalto!! Me detengo. Vuelvo a leer el primer párrafo. Despacio. Veo la luz venir y volver a irse. Oigo las campanas con su sonido de bronce, un sonido multitudinario. Siento la brisa suave sobre la fuente, las láminas de arco iris, el surtidor desgranar el agua…. Aparece Grover en la plaza.

Me quedo impactada por este primer párrafo, tan bello, tan poético. Y me digo que voy a tardar en leer este pequeño libro que no llega ni a las cien páginas. Y voy a tardar en leerlo porque lo voy a hacer despacito, disfrutando de lo que intuyo que va a ser una lectura maravillosa. Saboreándolo.

Os lo anticipo, y además lo voy a poner en mayúsculas. Estamos ante un libro MA-RA-VI-LLO-SO. De lo mejor que he leído en mi vida. Y no nací ayer, tengo una vida larga (y he leído mucho desde siempre). No sé qué busca cada cual en los libros, yo busco muchas cosas: entretenimiento, aprendizaje, vivir otras vidas, viajar…, pero sobre todo busco sensaciones. Y a alguien como yo que le fascinan las personas y la comunicación y las relaciones entre personas, pues también siente inevitablemente admiración por las palabras. Por lo que contienen las palabras. Así que también busco en las lecturas magia. La magia de las palabras, lo que un escritor hace con ellas, cómo las usa para compartir algo.

Thomas Wolfe (no confundir con Tom Wolfe) hace MAGIA. Veo, siento, huelo, saboreo… soy Grover, y luego soy su madre, y luego su hermana y finalmente su hermano (el propio Thomas). Y me maravillo, como se maravilla Grover con todo. Como se maravillan los niños, con el aquí y el ahora, y lo simple, y lo bello, y lo que te rodea, y los pequeños detalles y todo eso que los niños saben que es maravilloso. El ahora y el siempre.

Es un libro tan hermoso que ha hecho que se me saltaran las lágrimas (literalmente) ante tanta belleza y sensibilidad. No hablo de lo que cuenta, no sólo de lo que cuenta, hablo también de cómo lo cuenta. De la infancia, de la pérdida, de la inocencia, de la pérdida de la inocencia, de las heridas irreparables, de la vida, de la familia, de la memoria, del pasado… Tantas cosas. Tantas cosas sólo con detalles de cada día: un maravillarse por lo que te rodea, una gelatina de chocolate, unas estampillas, un padre, un viaje en tren, dos hermanos escapándose a la feria, una búsqueda, un volver a casa…
                                                                                            
La novela (nouvelle) es autobiográfica. El niño perdido es Grover, uno de los siete hermanos de Thomas Wolfe, fallecido a los doce años de edad debido al tifus. ¡¡ALTO!! Ni se os ocurra descartar este libro por triste o duro. Os perderíais una joya sublime. Una belleza. Una maravilla. Una obra perfecta. Una genialidad. No es triste ni duro. Es conmovedoramente hermoso. Literariamente es pura ingeniería. Un deleite para el lector. Una delicia exquisita. Un texto con un gran poder evocador.

Se me han saltado las lágrimas, sí. Me suele pasar cuando vivo algo bello (un paisaje, una canción, una sonrisa, una imagen…), tan bello que me hace sentir terriblemente viva y feliz (incluso privilegiada) de poder vivir momentos así.

¿Exagero? No. Es lo que he sentido. Tal vez luego no sea vuestra percepción. Es un libro para leer desnudos. Desnudos de superficialidades y banalidades. Con el alma desnuda. Y entonces, la magia se produce. Y recuerdas porqué nos gusta vivir. Un libro para leer en la intimidad de uno mismo. Y luego, compartirlo. Y saber que estarás más cerca de aquellos a los que también les emocione intensamente esta lectura.

Espero que no quede dudas de que recomiendo este libro… 
Grover Cleveland Wolfe (1892-1904)