Traductora: Goedele De Sterck
Páginas: 160
Publicación: 2011 (2018)
Editorial: Acantilado
Sinopsis: Inmerso en una profunda crisis personal, Donald decide navegar en su velero durante tres meses, con el silencio y la soledad como única compañía. Sólo en la última etapa de la travesía recogerá a su hija de siete años, María, para que lo acompañe del norte de Dinamarca a los Países Bajos. Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido. Pero de pronto las nubes negras acechan en el horizonte y Donald está cada vez más angustiado; la noche en que estalla la temida y aterradora tormenta, María desaparece del barco… En el mar es una evocadora alegoría sobre la travesía de la vida y la posibilidad de gobernar el propio destino, y un magnífico homenaje a los navegantes legendarios, desde Ulises hasta el capitán Ahab.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Quien deja de pensar con lucidez queda a merced del mar.
Este libro engaña ya desde su sinopsis. No, no es que engañe, más bien es un libro manipulador, tanto que esa manipulación descarada me tuvo alerta desde las primeras páginas. Se me hacía tan evidente que Heijmans me obligaba a ir por donde él quería que inevitablemente la desconfianza fue mi compañera más decidida en esta lectura.
La historia es clara, demasiado clara, desde el principio. Un hombre en crisis, un padre que necesita reivindicarse, un vacío que se necesita llenar. Una huida con el mar de fondo en busca de lo esencial, del encuentro con uno mismo. El mar como única compañía. Excepto los últimos días de esa travesía solitaria, en las que la presencia de la hija, de siete años, acompaña al protagonista. Y creo que no miento al decirlo así. No voy a hacer trampas yo también.
Los niños apenas distinguen entre el sueño y la vigilia. Ojalá les sucediera lo mismo a los adultos. Para mí, la realidad puede ser un sueño. Y viceversa.
No pretendo yo que los libros no hagan trampas, que los autores no tengan sus recursos para llevarnos donde quieren. Faltaría más, cada cual utiliza las herramientas para las que está dotado o sabe utilizar. Pero… la sutileza, la sutileza es tan necesaria. Entre otras cosas porque eso implica que se dota al lector de la capacidad de poner de su parte, bien dejándose llevar y sorprender, bien admirándose de lo que el autor hábilmente escondía. Pero si no te dejan que te hagas preguntas, porque continuamente te anticipan (e incluso repiten) respuestas para llevarte donde quieren, pero sabiendo el lector que algo no cuadra, que nada cuadra… pues no voy a decir que me siento estafada, pero sí decepcionada.
Debo decir que el libro lo leí del tirón, en un día, porque el ritmo impuesto, las frases cortas, te van llevando como esos vagones de una montaña rusa, sin posibilidad de salirse de los raíles, a veces subiendo, a veces bajando, con una cadencia lenta en ocasiones para luego coger una velocidad endiablada y trepidante. Y tú dejándote llevar. Y también que ese protagonista secundario (aunque no tanto) el mar, fue para mí lo más bello del libro.
Sabemos cosas que preferimos no contar, ni siquiera a nosotros mismos. Y cuando el barco de papel se hunde, hacemos uno nuevo.
Pero ves venir el descenso y lo único que me preguntaba es ¿lo resolverá bien Heijmans? Y ahí saltaron todos los costurones, porque en mi opinión no lo resuelve bien. Demasiado trabajo puesto en llevar al lector donde quería llevarlo para luego no saber cómo solventar todo el laberinto montado. Para que no deshagamos el camino andado, Heijmans directamente abre una puerta falsa en ese laberinto que él mismo nos había metido.
Y es entonces cuando todas las preguntas que te hacías, todas esas alarmas que se empeñaban en sonar, se desatan. Pero ya no importa porque te das cuentas que esas cuestiones las provocaba esa mano de Heijmans en el cogote, obligándote a ir por los caminos del laberinto que él quería. Que no me parece mal, si no fuera porque me parecieron torpes y poco sutiles sus formas.
Las madres nos llevan ventaja, una ventaja inalcanzable, al menos a padres como yo. En asuntos de niños, no parecen dudar jamás. Y de hecho no dudan. Madre e hijo tienen la misma sangre, el mismo pulso.
Aparte de todos los aspectos que me hacían dudar, que no me cuadraban, hubo algo que también provocó mi desconfianza y es esa insistencia del protagonista en transmitir que un hombre juega en desventaja con la paternidad. Como si las mujeres naciéramos todas madres, siendo buenas madres, como si no hubiera dudas, temores, miedos. No, la mujer no tiene que preocuparse como madre, parece que, según Heijmans, nacemos con ese chip, una predisposición innata no solo para ser madre, sino también para que no nos suponga esfuerzo, una ventaja que nos es dada por el hecho de ser mujer. Pero los hombres parece que no, que son los únicos que tienen esa lucha por conquistar y hacerlo bien con los hijos.
Como excusa para que Donald, el protagonista y narrador, intente tener una relación especial con su hija, me parece muy pillada por los pelos. Incluso su crisis existencial, provocada en parte por una situación laboral de total insatisfacción, se nos deja tan explicitada que me chirría por todos los costados (¡esos meses sabáticos pagados!). Porque ese problema, esa necesidad de Heijmans de hacernos evidentes ciertos elementos, no vayamos a ir por donde no interesa que vayamos (porque sino no hay historia), fue para mí un lastre excesivo.
El problema del ser humano es que lo humaniza todo. El ser humano cree que el agua tiene un plan. Quiere ser más fuerte que el agua, mientras que el agua es o que es: agua, sin pensamientos, sin segundas intenciones.
Y ver tan claramente las intenciones, no sé si primeras o segundas, de Heijmans desmontó todo el tenderete. Que aun valorando los elementos con los que pretende jugar: crisis existencial, los difusos límites entre la normalidad y la locura, la realidad y la fantasía, con un mar de fondo que pone a prueba al ser humano, aun así… creo que Heijmans no supo jugar sus bazas con acierto. No llevaba mala mano, pero cuando alguien se empeña tan descaradamente en hacer creer que tiene determinada jugada en la mano, todo te hace pensar que es justamente porque algún as en la manga tiene. Pero hay que saber sacar ese as con elegancia e inteligencia y en el momento más oportuno. No fue el caso.
No quiso pillarse los dedos Heijmans y deja pistas claras de que Donald es un narrador poco fiable. Y si para encima tienes que lidiar una crisis vital con la soledad de navegar en el mar, ya sabemos dónde va a llevar la situación, porque el mar no tiene amigos ni enemigos, pero el hombre tiene un enemigo terrible: su propia estupidez. El mar se merece ser una metáfora más sutil.
