lunes, 29 de junio de 2015
Las hijas de Sara (Pilar Adón)
De Ana Blasfuemia
ISBN: 9788420645353
Sinopsis: Julia y Rose viven con su padre, el austero Henry Drayton, en una casa aislada y solitaria, un lugar en el que antes sólo había arena. Para escapar del opresivo ambiente, las hermanas se someten al recuerdo constante de una madre ausente, Sabina, en busca de refugio y sosiego. En esta relación triangular incide Ismail, un atractivo seductor, inquietante y angelical a la vez, hipotético fruto de una relación paterna extraconyugal. La morada familiar, azotada sin cesar por los vientos africanos, sólo tiene por horizonte una ciudad caótica y sucia. Un laberinto por cuyas angostas callejuelas, Julia, la menor de las hijas y eje de la narración, intentará escapar de la presencia subyugante de su padre y de una monotonía existencial que transcurre sin visos de cambio.
Hace años leí El mes más cruel (2010), de Pilar Adón, y tiempo después aún recuerdo las sensaciones de la lectura: desconcierto, confusión. Terminé la lectura inquieta, con la sensación de no poder encontrar la salida en un bosque lleno de niebla. Creo que aún sigo en ese bosque. Me interesó el universo de Pilar Adón, así que quise leer más porque presentía que la columna vertebral que unificaba los relatos de El mes más cruel no era casual (miedos, huidas, soledad, dependencia, dudas…). Y me puse a buscar Las hijas de Sara; no fue tarea fácil pero quisieron los astros que coincidiera no una, sino dos veces con la propia Pilar Adón, que me facilitó el libro (¡Gracias!. Y por el otro, y el otro).
Lo he leído. Y aquí estoy para contarlo, como siempre. Y vaya, no es tarea fácil hablar de los libros de Pilar Adón. Y no lo es porque Pilar es una escritora valiente, podría escribir lo que quisiera, pero no le gusta lo fácil, no. Es alguien consecuente, coherente con su propio interior, y aunque como a cualquier escritor le gustaría vender miles, millones de libros, no va a caer en recursos fáciles para alguien que tiene calidad de sobra como escritora. Porque eso no es lo que quiere contar. O así no lo quiere contar. Y lo que quiere contar, y cómo, no es para cualquier lector. Pilar es exigente con el lector, fruto (probablemente) de su propia autoexigencia e inquietudes. No son lectores pasivos los que se van a sentir cómodos entre sus historias. Tienes que poner de tu parte, y no poco. Si partes de esa premisa, y la aceptas, entonces bienvenido/a al universo Adón.
Una vez que sabes que hay que estar alerta y con la atención a tope, te dejas llevar. Pero no es un dejarse llevar cómodo, hay que estar con los ojos bien abiertos. Hay que observar. Pilar Adón, más que contar historias, crea atmósferas. Y una vez que estás dentro, tienes que mirarlo todo, aguzar los sentidos, no perder de vista nada. Y entonces, sí, ya estás dentro. Encerrada. Como los personajes de Pilar, prisioneros de espacios exteriores e interiores, hasta los paisajes abiertos te encierran con el viento, la arena, el polvo. Pero la mayor prisión no serán las paredes, los espacios (grandes o pequeños) que te rodean, sino el propio interior. ¿Y qué hay dentro? Miedo.
Julia estaba segura de que el miedo era el sentimiento fundamental del hombre. El más frecuente. El que hacía que el mundo se moviera en una dirección o en otra. El miedo y no el dinero ni el amor ni el odio. El miedo…
No es un miedo “a lo Stephen King”. No, son miedos personales, íntimos y privados, esos que se mueven dentro de nosotros hasta condicionar nuestros movimientos, nuestras acciones. Nuestra vida. Los que produce el afecto, el desafecto, los vínculos, reales o imaginados, las relaciones, la soledad… ¿Y qué ocurre cuando sientes miedo? Te paralizas. O huyes. O sueñas. O actúas. O eliges pasión. O te resignas. O… o… o…
Hay mucha diferencia entre querer tener un hijo y querer ser padre.
Un padre brutal, déspota y cruel que queriendo que sus hijas aprendan a no tener miedo, se lo inyecta directamente en vena. Un vampiro emocional. Microclimas familiares asfixiantes en los que el silencio es una agresión y una forma de convivir. Como si lo que si no se pronunciara en voz alta no existiera. Será Julia la voz que más conozcamos, su voz interna, sus sentimientos, pensamientos, emociones… Julia será la correa de transmisión que nos haga llegar sus miedos. Julia, la extrema, la intensa. Rose, la segura, la racional. Ambas encarceladas varias veces: físicamente, emocionalmente, personalmente… Como una muñeca matrioska, encierros dentro de encierros, prisiones dentro de prisiones. Y ahí, en ese último espacio, cerrado, opresivo, el último de todos, nos va a encerrar Pilar Adón de la mano de Julia.
No, no es fácil leer a Pilar Adón. Escribe muy bien. Y no hace concesiones ni da tregua, casi agradeces los puntos y aparte y poder respirar. Hay capas y más capas en cada página, y en las más profundas encuentras tu propia profundidad. Hay, quizás, un exceso de palabras, algo que no he apreciado en El mes más cruel, no sé si porque en los relatos hay una mayor contención o si porque Pilar ha ido aprendiendo a decir más con menos adornos. En cualquier caso Las hijas de Sara me ha permitido, además de empaparme del universo Adón, entender mejor El mes más cruel.
He dicho que más que contar historias, crea atmósferas. Pero mientras, aunque estaba alerta, atenta, todos mis sentidos puestos en la lectura, con el polvo de la arena que levanta el aire cálido metido en la boca, en los ojos y en los pulmones, entregada a la atmósfera creada… contó la historia de Rose. Chapeau.
El dilema de la fugacidad de la vida podía aparecer, pero sólo porque ésta se empleaba en realizar actividades que no tenían nada que ver con su medición, con su cuidado, con su evidencia, con la constatación de que transcurren las horas y los días y los meses y los años y que, de pronto, ha transcurrido todo el tiempo del que uno dispone y uno dice: “¡Ah! Qué fugaz es la vida…”
¡Tempus fugit!
Páginas: 240 Publicación: 2003 Editorial: Alianza ISBN: 9788420645353 Sinopsis: Julia y Rose viven con su padre, el austero Henry Drayton, en una casa aislada y solitaria, un lugar en el que antes sólo había arena. Para escapar del opresivo ambiente, las hermanas se someten al recuerdo constante de una madre ausente, Sabina, en busca de refugio y sosiego. En esta relación triangular incide Ismail, un atractivo seductor, inquietante y ang…
jueves, 25 de junio de 2015
La vida de las paredes (Sara Morante)
De Ana Blasfuemia
Páginas: 128
Publicación: 2015
Editorial: Lumen
ISBN: 9788426401984
Sinopsis: La vida de las paredes es la historia de un caserón de principios de siglo y de sus habitantes, una peculiar comunidad de vecinos que comparten sus vidas en torno a una escalera. Sara Morante dibuja retratos de tinte surrealista enmarcados en un realismo casi costumbrista a través de un diálogo muy potente entre texto e imagen. Son escenas muy visuales, un tanto oníricas, que se engarzan para crear una historia común. Las paredes tienen vida y Sara Morante sabe poner palabras y color a un mundo insólito en este libro que incluye más de treinta ilustraciones.
Me he cepillado directamente una parte de la sinopsis porque se carga alguna de las escenas de peso de este (buen) libro, y en este caso no hay excusas para que sea así. Me da un coraje tremendo que editoriales como Lumen caigan en estos errores que juegan más en contra que en favor de lo que editan.
Lo cierto es que no necesité de la sinopsis para hacerme con este libro. Conocía el trabajo de Sara Morante como ilustradora y el título, La vida de las paredes, ya era bastante sugerente para mí. Me bastó un vistazo rápido para decidirme. Fue a posteriori, una vez terminada la lectura, que me di cuenta que la sinopsis mencionaba al menos un par de hechos que, conociéndolos previamente, pierden el impacto que te sacude al descubrirlo en el texto y las ilustraciones de Sara Morante.
Tengo la costumbre de tocar. Toco muchas cosas (personas también, si se dejan), pero cuando voy a algún lugar toco piedras, árboles… paredes. Siempre pienso en lo que habrán visto y escuchado, mientras dejo que mi mano reciba calor, energía, y también historias. Porque las paredes están vivas. Pensamos que nos aíslan, que nos protegen, pero en realidad las paredes comunican. A través de ellas se filtran sonidos, voces, imágenes. Más que aislarnos, nos ponen en contacto.
Y esa es la idea que maneja Sara Morante en su primera novela, que ella misma ilustra. Las imágenes siempre sugieren historias. No es de extrañar que alguien acostumbrada a crear imágenes quiera contar una historia, y acompañarla (o complementarla) con sus propias ilustraciones.
Esperaba mucho de este libro y he recibido más. Ilustraciones y texto se combinan en un impensable equilibrio; llamativo para ser un debut literario. No parecía fácil que Sara consiguiera trasladar la potencia hipnótica de sus ilustraciones al texto. En cierta medida lo consigue, pero será gracias a las ilustraciones, que consiguen dotar de más fuerza al texto de la que tendría sin ellas.
El punto de partida no es nuevo: Un edificio (un antiguo caserón a principios del siglo XX), sus habitantes. Las paredes como vasos comunicantes entre unos y otros. Vidas que se entrecruzan inevitablemente, en la escalera, en el portal, en el ático… Sara Morante nos presenta primero piso a piso a los vecinos. Y luego podemos asistir durante unos días a lo que les sucede a cada uno de ellos. Nos da la oportunidad de ejercer de impúdicos voyeurs, y así nos asomaremos como espectadores invisibles a este caserón de la calle Argumosa, donde podremos observar qué late en la vida de estos inquilinos.
En un ambiente surrealista, onírico, pero a la vez muy auténtico, Sara nos ofrece una paradoja: los hilos (invisibles e impalpables) que unen soledades. Todas y cada una de las personas que viven en el edificio están solas. Cada una a su manera, consciente, inconsciente, ignorante, buscada… Pero esas soledades se traban unas con otras a través de las paredes, las escaleras, el portal, la convivencia vecinal… Un pensamiento del que no conseguí (tampoco lo pretendí) evadirme durante toda la lectura: si la soledad es la carencia de compañía (voluntaria o no), qué difícil resulta ser una persona solitaria, aislada por completo. De forma inevitable estás unido a alguien, familia, pareja, mascotas… o vecinos. Es difícil esconderse. Ni siquiera con paredes de por medio.
Un final de los muchos posibles cierra esta delicia de libro. Podría ser otro final, incluso varios finales. O no haber final. La vida continúa en la calle Argumosa cuando cerramos las páginas. Una lectura muy agradable. Si Sara Morante decide arriesgar habrá que seguirla de cerca y no sólo como ilustradora. Y digo si arriesga porque lo cierto es que riesgo en este caso ha habido poco (tampoco le hacía falta): las ilustraciones son muy potentes, la historia está bien hilada, con oficio, pero muy retenida, muy sujeta. La prueba del algodón para mí en este caso es cómo quedaría el texto si no se acompañara de las ilustraciones. Y sin duda tendríamos una buena narración, pero mucho más debilitada y expuesta en sus puntos frágiles.
Pero no es el caso, ahí están las ilustraciones dándole brillo al conjunto, compactándolo y haciendo que la lectura sea más que satisfactoria.
(©AnaBlasfuemia)
Páginas: 128 Publicación: 2015 Editorial: Lumen ISBN: 9788426401984 Sinopsis: La vida de las paredes es la historia de un caserón de principios de siglo y de sus habitantes, una peculiar comunidad de vecinos que comparten sus vidas en torno a una escalera. Sara Morante dibuja retratos de tinte surrealista enmarcados en un realismo casi costumbrista a través de un diálogo muy potente entre texto e imagen. Son escenas muy visuales, un tanto oníricas…
martes, 23 de junio de 2015
Noche de San Juan
De Ana Blasfuemia
La noche de San Juan es todas las noches o ninguna. Son todas las noches que queremos que sean o no sean.
Estas serán mis noches quemadas en la hoguera: las noches en las que las puertas se abren a la memoria y, buscando el curso de las cosas, encuentran sombras que no abrazan. Noches que turban y en las que algo nos olvida impunemente. Noches inacabadas, ajenas, cenicientas. Noches que interrogan. Noches que duelen como inútiles naufragios. Noches de lágrimas por alguien que duele y ni te piensa. Noches en las que mis dedos resiguen la pared buscando constelaciones que nunca existieron. Noches de miedo inmóvil. Noches que palpitan extrañezas.
Y ahora que ya no es tarde para nada, arderán todas las noches como hojas de un calendario. Veo arder los viejos regalos y los fantasmas, dioses y demonios. Y ahora me esperan mil batallas.
Me abrazo a quien soy para no negociar destinos escritos. Le doy aire al azar y lo insospechado. Prefiero el destino incierto, el futuro de casualidades. Que el azar tome todos los caminos vivos y equívocos sin temor. Sin el peso de las noches quemadas, mi piel de nuevo siente y, además, se da cuenta. Pasearé, distraída, por mundos ajenos y tal vez me extravíe de mí misma y tu recuerdo. Tal vez.
La noche de San Juan es todas las noches o ninguna. Son todas las noches que queremos que sean o no sean. Estas serán mis noches quemadas en la hoguera: las noches en las que las puertas se abren a la memoria y, buscando el curso de las cosas, encuentran sombras que no abrazan. Noches que turban y en las que algo nos olvida impunemente. Noches inacabadas, ajenas, cenicientas. Noches que interrogan. Noches que duelen como inútiles naufragios. No…
jueves, 18 de junio de 2015
La isla del padre (Fernando Marías)
De Ana Blasfuemia
Páginas: 280
Publicación: 2015
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432224652
Sinopsis: A mitad de camino entre la memoria y la fantasía, este libro surge a la muerte de Leonardo Marías, cuando su hijo Fernando se deja llevar por la escritura como alternativa al duelo y se adentra sin miedo en cada rincón de sí mismo y de su relación con el inalcanzable personaje que es el padre marino a los ojos del niño, del adolescente, del joven que fue y del hombre que es hoy. Padre e hijo embarcan rumbo al paisaje de la infancia y sus carencias, a la temprana fascinación por la literatura y el cine; un itinerario poblado por piratas y maleantes, por miedos y leyendas, por la presencia de un héroe misterioso que se convierte en referencia vital.
Publicación: 2015
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432224652
Sinopsis: A mitad de camino entre la memoria y la fantasía, este libro surge a la muerte de Leonardo Marías, cuando su hijo Fernando se deja llevar por la escritura como alternativa al duelo y se adentra sin miedo en cada rincón de sí mismo y de su relación con el inalcanzable personaje que es el padre marino a los ojos del niño, del adolescente, del joven que fue y del hombre que es hoy. Padre e hijo embarcan rumbo al paisaje de la infancia y sus carencias, a la temprana fascinación por la literatura y el cine; un itinerario poblado por piratas y maleantes, por miedos y leyendas, por la presencia de un héroe misterioso que se convierte en referencia vital.
No suelo tener miedo a la hora de enfrentarme a una lectura. Hablo de ese tipo de miedo innato, el que nos protege de correr riesgos innecesarios y nos evita meternos en situaciones desagradables o incómodas (cuanto menos). Lo innato en mí más bien parece el lanzarme de cabeza a esos riesgos innecesarios, es una habilidad que tengo. Sin embargo con este libro tenía ese miedo, tenía dudas. No del libro, sino sobre lo que provocaría en mí. Cierta desazón. Y es que, es evidente, tengo mis puntos débiles. Que últimamente además está más debilitados si cabe. Pero si un libro empieza así:
Los recuerdos son como los libros. Solo importan los que permanecen.
… no queda más que seguir leyendo.
Recuerdos. ¿Quién no los tiene? Algunos decides mantenerlos en algún rincón remoto, oscuro, inalcanzable. Otros están ahí, en el espacio más cercano de la conciencia, a mano. No siempre eliges qué recuerdo convocar, de repente te asaltan a traición, o se deslizan como la lluvia, inesperada pero oportuna. Y otros son como fogonazos, no sabías que ese recuerdo estaba ahí ¿cómo has podido olvidarlo? Es maravilloso recordar, siempre. Si recuerdas es porque has vivido. Pero sobre todo, los recuerdos nos explican a nosotros mismos. De alguna forma, hacen lo que somos.
Vale, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Y yo vengo a hablar no de mi libro, sino del de Fernando Marías. Pero lo estoy haciendo, eh. El fallecimiento de su padre será el punto de partida. Si una enfermedad puede resquebrajar los muros de una familia, la muerte puede hacer saltar por el aire los cimientos de cada miembro de la misma. Al menos puede hacer que revises esos cimientos. Como la propia sinopsis indica, Fernando Marías “se deja llevar por la escritura como alternativa al duelo”. Pero, ojo, no estamos ante un libro autobiográfico. Si fuera una película, diríamos eso de basada en hechos reales. Y es que es un duelo ficcionado, el matiz novelístico está ahí y lo está de forma deliberada.
Cuando empecé a leer el libro reflexionaba sobre cómo es ese proceso de colocar y ordenar tus propios recuerdos, ese patchwork emocional en el que vas cosiendo distintos retazos de tu memoria. Pero sobre todo me preguntaba por las lagunas, los olvidos ¿cómo rellenarlos? La respuesta es la ficción. Posiblemente en cada recuerdo haya ese punto de ficción, versionamos nuestros propios recuerdos, los dulcificamos, los dramatizamos, los explicamos, los moldeamos… Aunque mantenemos esa fotografía del recuerdo, esa imagen estática y fiel a la realidad, los matices que le añadimos parecen inevitables. Cierta distorsión producto del tiempo transcurrido y nuestras propias vivencias. Al añadirle el sepia a ese recuerdo, algo sumamos, algo que tal vez no estuviera en el momento en que se produce.
La isla del padre es un libro estremecedor que he tenido que leer despacio, porque al igual que era ineludible que al contar a su padre Fernando Marías se cuente a sí mismo, también lo era que yo me embarcara en mi propio viaje hacia la isla de mi padre. Más allá del impacto literario de esta lectura, lírica, tierna, hay un inevitable impacto emocional. Inevitable porque además hay esa intención de emocionar. Y porque además de estar hechos de historias, también lo estamos de recuerdos.
Fernando Marías en cierta forma se desnuda. Con precaución, cierto, con la red que le da la literatura, pero con la honestidad suficiente como para mirarse a sí mismo sin disimulos ni pretextos. Intuyo que en este libro, que él mismo califica como el mejor que ha escrito, ha encontrado un nuevo camino, una voz propia en la que se siente cómodo. Una voz propia que exige valentía. Y es que este es un libro valiente, valiente y humano.
Cuando termino la lectura no he podido evitar preguntarme ¿cómo recordaré mañana lo que vivo hoy? La respuesta la encuentro en un magnífico párrafo, una imagen muy potente que consigue retener en una cápsula de tiempo-espacio lo que son los recuerdos y cómo somos recuerdos, y que pese a su extensión no me resisto a compartir:
Siempre que me encuentro a bordo del Bilbao-Madrid y siempre que me encuentro a bordo del Madrid-Bilbao siento que se trata del mismo viaje, ida o vuelta, qué más da, entre las dos ciudades de mi vida. Estoy en el tren de 2013 regresando a Madrid tras el funeral de mi padre y rememoro el primer tren de 1975; estoy en el primer tren de 1975 y, estremecido de emoción, miro por la ventanilla mientras enumero mentalmente las películas que haré en mi hermoso futuro; estoy en el tren de 1984 y me siento muy solo y tengo mucho miedo aunque me niego a admitirlo y trato de dispersarlo con ensoñaciones de venideras vivencias grandiosas que lo compensarán todo; estoy en el tren de 2001 y acaban de darme el Premio Nadal y con júbilo de niño inconsciente pienso que he vencido al mundo; estoy en el tren de 1998 y me aplasta el desenamoramiento de la mujer de la que me enamoré dieciocho años atrás; estoy en el tren de 1980 y me acabo de enamorar de una mujer a la cual creo que amaré siempre; estoy en el tren de 1976 y leo de un tirón 'Cien años de soledad' y me parece que es el mejor libro que he leído nunca; estoy en el tren de 1991 y evoco el día muchos años antes en que leí de un tirón 'Cien años de soledad' y me pareció el mejor libro que había leído nunca y al comenzar a releerlo en homenaje a aquel día lo abandono al poco porque me resulta artificioso y ajeno a mí y no quiero destruir el recuerdo de la tarde remota en que mi tren me llevó a conocer a García Márquez; estoy en el tren de 1989 y me digo que he fracasado salvajemente; estoy en el tren de 2013 y mi padre acaba de morir; estoy en el tren de 1977 y voy al encuentro de mi padre, que desde alguna capital extranjera que no recuerdo aterrizará en unas horas en Madrid camino de casa para recuperarse del accidente que en mitad de una tormenta casi lo arroja al mar y lo mata treinta y seis años antes de su muerte verdadera. Estoy en el tren que es todos esos trenes y decido que en este libro el tren será terreno neutral en la guerra del Tiempo, un frágil alambre de funambulista en forma de vía férrea. Todo será presente, todo ocurrirá justo ahora aunque, ahora, justo ahora, todo sea memoria, inasible como ese paisaje que corre al otro lado de la ventanilla.
Todo soy yo, al fin y al cabo.
Estoy en el tren de 1975. Avanzo hacia mi destino.
Emociona. No tengáis miedo a las emociones. Tener miedo a no sentirlas.
Te quiero mucho. Y nunca te lo he dicho.
Páginas: 280 Publicación: 2015 Editorial: Seix Barral ISBN: 9788432224652 Sinopsis: A mitad de camino entre la memoria y la fantasía, este libro surge a la muerte de Leonardo Marías, cuando su hijo Fernando se deja llevar por la escritura como alternativa al duelo y se adentra sin miedo en cada rincón de sí mismo y de su relación con el inalcanzable personaje que es el padre marino a los ojos del niño, del adolescente, del joven que fue y d…
lunes, 15 de junio de 2015
Una semana en la nieve (Emmanuel Carrère)
De Ana Blasfuemia
Título original: La classe de neige
Traductor: Javier Albiñana Serain
Páginas: 164
Publicación: 1995 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433979025
Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la relación del niño con su nuevo amigo, el temible Hodkann, y con el joven Patrick, su monitor de esquí, constituyen un gran cambio para Nicolás, sobre todo cuando les llega la noticia de que un niño ha sido asesinado en un pueblo vecino.
Traductor: Javier Albiñana Serain
Páginas: 164
Publicación: 1995 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433979025
Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la relación del niño con su nuevo amigo, el temible Hodkann, y con el joven Patrick, su monitor de esquí, constituyen un gran cambio para Nicolás, sobre todo cuando les llega la noticia de que un niño ha sido asesinado en un pueblo vecino.
Aunque Carrére es más conocido por sus libros de no ficción, Anagrama ha tenido a bien poner a nuestra disposición dos novelas de ficción de este autor, El bigote y la que os traigo hoy, Una semana en la nieve.
El bigote me cautivó casi tanto como me perturbó. Quería más y por eso eché en la mochila este libro en el que compruebo que Carrère es un agitador nato, un provocador al que le gusta desconcertar al lector. La vía que utiliza para ello no es fácil, porque mantener (una vez más) una lógica narrativa, la cohesión necesaria para que no se desmonte el tenderete, no parece fácil. Más aún cuando el planteamiento que hace el autor incluye tirabuzones, carpados, atrevidos dobles y triples saltos y casi mortales.
El bigote me cautivó casi tanto como me perturbó. Quería más y por eso eché en la mochila este libro en el que compruebo que Carrère es un agitador nato, un provocador al que le gusta desconcertar al lector. La vía que utiliza para ello no es fácil, porque mantener (una vez más) una lógica narrativa, la cohesión necesaria para que no se desmonte el tenderete, no parece fácil. Más aún cuando el planteamiento que hace el autor incluye tirabuzones, carpados, atrevidos dobles y triples saltos y casi mortales.
¿Qué diría si sonaba el teléfono de veras, si lo que había imaginado para ponerse triste y consolarse sucedía?
Tenemos un pequeño protagonista. Nicolás, de ocho años. Arriesgado. Arriesgado no el niño, sino utilizarlo como protagonista. No es tan fácil ponerse en la mente de un niño, hacerlo creíble, no abusar ni caer en los tópicos que se suelen manejar con ellos (ternura, inocencia, candidez, dulzura…). Y así, al principio el imaginario y la mente de Nicolás resultan sospechosos. Claro, es inquietante lo que piensa/siente. Y eso incomoda, o puede hacerlo, al lector. Sin embargo, ay, los deseos, miedos y fantasías de Nicolás no resultan ser tan ajenos a los que hemos tenido a su edad (incluso ahora, a la nuestra). Ni siquiera sus pensamientos, que parecen ciertamente morbosos. Pero si le negamos esa credibilidad a Nicolás, posiblemente estemos negándonos a nosotros mismos.
En realidad Carrère necesita pocas páginas para meternos no sólo en la historia, sino también en el personaje protagonista. Es un hábil creador de atmósferas, personajes y discursos mentales. La nieve no es un elemento casual en esta historia, el frío, el silencio, el paisaje, se acopla con el resto de recursos como un elemento imprescindible. Todo ayuda a crear ese clima tan asfixiante como impalpable.
Durante páginas y páginas parece no suceder nada, y sin embargo el corazón se te encoge, olfateas la tragedia, ¿cómo?, ¿por qué? Por mérito del autor, sin duda. Lenta pero progresivamente Carrère arma su brazo y sientes el puño en el estómago, incomodidad, inquietud, tensión…
En la imaginación de Nicolás caben todas las desventuras posibles, como una estrategia necesaria para conseguir ser el centro del drama y la posterior diana de atenciones y consuelos, aunque sea ahí, en la insondable mente de un niño inseguro y con una imaginación vívida y una necesidad de afecto inconmensurable.
Al igual que en El bigote, un hecho aparentemente inocente, inofensivo, como es en este caso la pérdida de una maleta, sirve de excusa para desencadenar acontecimientos que se entrelazan de forma inevitable.
Nicolás es un niño sobreprotegido. No protegido, sino sobreprotegido. Parece una sutil diferencia, pero mi experiencia con niños me dice que es una diferencia peligrosa si la ignoras. Un error, en cualquier caso. Un error que convierte en victima al niño. El padre de Nicolás es, cuanto menos, desconcertante. Su madre es consentidora, opaca. Ambos parecen ocultar algo. Y donde hay algo que se oculta hay una mente intentando rellenar esos espacios vacíos. Nicolás, en este caso.
Quien no oculta nada es Carrère, no es esa artimaña la que utiliza para movernos por esta historia. Juega al despiste, eso sí, lo que le aproxima en algún momento a un abismo que consigue sortear. Pero está cerca, ahí, al borde. Es un escritor hábil y poco común, por lo que consigue salir del atolladero en el que él mismo se mete al intentar jugar con el lector.
Al final, comprendes. Comprendes que los escenarios posibles en la mente de Nicolás tenían su disparadero, que tanta sobreprotección sólo sirve para crear una aparente fortaleza construida sobre un vivero de miedos, que esos miedos son fruto de la mirada inteligente de un niño indefenso.
En la última página, Carrère nos deja delante de una puerta. Toda una provocación. A partir de ahí será tarea nuestra visualizar lo que hay detrás de esa puerta. Y, entonces, viene la reflexión. Y las ramificaciones. No le puedo pedir más a un libro. Ni a Carrère. Sigue sin defraudarme.
Título original: La classe de neige Traductor: Javier Albiñana Serain Páginas: 164 Publicación: 1995 (2014) Editorial: Anagrama ISBN: 9788433979025 Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la …
viernes, 12 de junio de 2015
Sueños de trenes (Denis Johnson)
De Ana Blasfuemia
Título original: Train Dreams
Traductor: Javier Calvo Perales
Páginas: 144
Publicación: 2002 (2015)
Editorial: Mondadori
ISBN: 9788439729051
Sinopsis: Robert Grainier, a principios del siglo XX, en el oeste de los Estados Unidos, es un obrero más en la construcción de los puentes por los que va a pasar el ferrocarril. Trabaja duro y solo sueña en ahorrar algo de dinero y volver a casa para encontrarse con su esposa y su hija. Carece de genealogía: no sabe quiénes han sido sus padres -lo ha criado un tío-, y ni siquiera está seguro de dónde ha nacido (puede ser Utah o Canadá). Rudo, primitivo, de pocas palabras, Grainier representa a esos hombres anónimos que “cambiaron el rostro de las montañas” e hicieron trabajos parecidos a los constructores de las pirámides del antiguo Egipto: en sus hombros descansa el monumental imperio americano del siglo XX. Grainier vuelve a casa el verano de 1920 y se topa con la tragedia.
A veces un hombre atraviesa una época y en ocasiones es toda una época la que traspasa la vida de un hombre. En esas estamos, perdón, en esas está Robert Grainier, vadeando una época sin saberlo. Fundando un país en el que vas a ser un nadie, uno más, el grano de arena que hace playa y se lleva la mar. De la mano de Denis Johnson.
¿Y qué hace la mano de Denis Johnson? Escribir Sueños de trenes y, a través de Robert Grainer, contarnos los cimientos de la Norteamérica de hoy en día, aquella que se construyó a principios del siglo XX con hombres como nuestro protagonista. También con mujeres, pero se ve que no viene al caso. Pocas veces he tenido la sensación de leer un libro tan… de hombres. Ojito, que no estoy diciendo que sea un libro machista, es un libro que refleja una época. Y es que esa ha sido la sensación: un libro de hombres sudorosos, simples, rudos, fuertes… construyendo un país mientras construyen una vida. Y mientras, el país pasa por y de ellos y la vida transcurre, sin más. Ni menos.
Robert Grainer no me ganó de entrada, o el libro no lo hizo. Luego poco a poco (que en un libro tan corto es más bien pronto que tarde) fui dejándome convencer. Hay una radiografía acertada de un período histórico y del final del mismo (“Y de pronto todo se volvió negro. Y aquella época desapareció para siempre”), no hay excesos, estereotipos cargantes ni explicaciones innecesarias (ni siquiera necesarias ¿desde cuándo un libro tiene que explicarse a sí mismo?). Denis Johnson simplifica y es eficaz, entremezcla humor con escenas brutales y no se detiene en momentos. Todo va fluyendo como fluye la vida de Robert Grainer ¿Qué la vida te golpea? Te levantas y sigues, con acierto o con desacierto. Si el mundo gira y no para, las personas como Grainer no van a ser menos, si le parten por la mitad junta ambas partes y avanza, avanza, avanza.
El estilo narrativo de Johnson (árido como la tierra que describe), los saltos temporales, un Robert Grainer que no se detiene ante ninguna tragedia personal, porque hace lo que las personas tenemos que hacer: vivir… Todo ello hace que la lectura se deslice como si fuera un tren sobre los raíles, de vez en cuando una ligera sacudida, un bamboleo… y a seguir leyendo.
No voy a decir que es un gran libro, una joya. Es un buen libro. Incluso muy bueno, aunque después de terminarlo mi sensación, si bien satisfactoria, es que algún fleco se ha quedado pendiente: alguna microhistoria no lo suficientemente redonda, personajes que podrían haber dado más pero se quedan casi en anecdóticos, y un paso más para conseguir una mezcla perfecta entre lo brutal y lo hermoso.
Creo que es una cuestión de ritmos, yo iba más reposada, y Denis Johnson no me ha dejado, no me ha puesto ningún apeadero en el que detener el tren, que avanzando a un ritmo medio, ni muy rápido ni muy despacio, no se detiene en ningún momento para darnos un poco de tranquila reflexión, de lamentarse aunque sea un poquito, de visualizar con detenimiento el paisaje, de quitarte la tierra de la boca... Como Grainer, avanzas, avanzas, avanzas.
Sin embargo, hay otra sensación de la que también quiero dejar constancia: creo que es una lectura que va a mejorar con el poso, como los buenos vinos. Como la vida cuando con el paso del tiempo valoras más los momentos que no supiste calibrar mientras transcurrías por ellos. Cuando el recuerdo le otorgue ese punto de justicia, no sé si poética pero sí necesaria, me daré cuenta de que tal vez ha dejado más huella de la que pensaba.
Denis Johnson no es un autor convencional, esta lectura tampoco. Absténgase pues lectores que buscan lecturas comunes, porque Sueños de trenes podrá gustar o no pero se sale del bullicio de lo ordinario.
Título original: Train Dreams Traductor: Javier Calvo Perales Páginas: 144 Publicación: 2002 (2015) Editorial: Mondadori ISBN: 9788439729051 Sinopsis: Robert Grainier, a principios del siglo XX, en el oeste de los Estados Unidos, es un obrero más en la construcción de los puentes por los que va a pasar el ferrocarril. Trabaja duro y solo sueña en ahorrar algo de dinero y volver a casa para encontrarse con su esposa y su hija. Carece de ge…
lunes, 8 de junio de 2015
Oso (Marian Engel)
De Ana Blasfuemia
Título original: Bear
Traductora: Magdalena Palmer
Páginas: 168
Publicación: 1976 (2015)
Editorial: Impedimenta
ISBN: 9788415979562
Sinopsis: La joven e introvertida Lou abandona su trabajo como bibliotecaria cuando se le encarga catalogar la biblioteca de una mansión victoriana situada en una remota isla canadiense, propiedad de un enigmático coronel. Ansiosa por reconstruir la curiosa historia de la casa, pronto descubre que la isla tiene otro habitante: un oso. Cuando se da cuenta de que este es el único que puede proporcionarle algo de compañía, surgirá entre ellos una extraña relación. Una relación íntima. Inquietante. Nada ambigua. Gradualmente, Lou se va convenciendo de que el oso es el compañero perfecto, y emprende un camino de autodescubrimiento. En todos los sentidos. A pesar de las críticas que recibió por su controvertida temática, Oso ganó el premio Governor de literatura en 1976.
Una hermosa portada. Reveladora. Una sinopsis que ya nos habla de una relación íntima. No es habitual que Impedimenta desvele tanto en sus sinopsis e incluso en su portada. Aquí hay truco, me digo. Si dicha relación no va a ser una sorpresa entonces el atractivo tiene que estar en otra parte. ¿Una versión zoófila de las 50 sombras? ¿Una bravata de la editorial? No me lo creo. Pero estaba más que dispuesta a descubrir qué había en este libro, que además llamó mi atención desde el principio (tengo una peculiar relación -aunque no tanto como Lou- con los osos. Pero esa es otra historia).
En mi brazo izquierdo tengo un tatuaje que dice Cuéntame una historia. En el derecho otro que pone Las historias son mapas. Ambas citas son de Jeanette Winterson. Es obvio que me gusta que me cuenten historias (y aún más vivirlas), con las que luego voy construyendo mi cartografía propia, mapas íntimos para encontrarme o no perderme. Y Marian Engel me cuenta una historia, diferente, introspectiva, delicada, sólida, coherente. Ahí estaba el truco (una vez más): en el cómo. No todas las historias me llenan o me atraen, algunas me importan un carajo. Pero, ay, si están bien contadas…
Oso fue la novela más famosa y controvertida de Marian Engel. ¿Controvertida? Tal vez lo fuera en su momento y en clave canadiense, ahora mismo controversia la justa: es un muy buen libro (y trataré de explicar el porqué). ¿Provocador? Puede. Aunque creo que sólo lo será para quien sea susceptible de escandalizarse con facilidad. Si algo provoca son reflexiones, y esto siempre es un valor añadido en una lectura.
Pedofilia, bestialismo, necrofilia, incesto… El sexo es siempre un tema tabú, no digamos ya las relaciones que son consideradas como “desviadas”. Ains, el miedo, las prohibiciones, los obstáculos, los frenos. En su momento la masturbación fue considerada una parafilia. Ahí lo dejo, que no me voy a meter en berenjenales. Pero olvidaros de la zoofilia e ir más allá. Hay más.
Oso es una lectura realmente sorprendente, pero no transgresora. Sí, vale, una bibliotecaria y un oso… ¿y? Es que justo ahí está una de las fortalezas de este libro: que fluye de una forma tan (taaaan) natural. Veamos qué nos dice la RAE de natural (tomo sólo las acepciones por las que he escogido la palabra natural para referirme a este libro):
1. adj. Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas.
2. adj. Hecho con verdad, sin artificio, mezcla ni composición alguna.
3. adj. Espontáneo y sin doblez en su modo de proceder.
La naturaleza atraviesa cada página, incluso atraviesa (y no seáis malpensados. O sí.) a Lou, en una suerte de mimetismo con el entorno que tiene muy mucho que ver con los cambios que se producen en ella. Porque Lou necesitaba un cambio en su vida. Lo sabe, lo sabe con la contundencia de quien es consciente de que vida sólo hay una y la que está viviendo no le satisface. ¿Se necesitan más argumentos para un cambio?
Propensa a las crisis de fe, buscando su lugar en el mundo, insatisfecha con sus relaciones sexuales y sociales, necesitada de redefinir objetivos vitales, Lou aprovecha la oportunidad que le ofrece su trabajo y decide ser feliz allí, en la mansión victoriana situada en una isla al norte de Ontario que además incluye un exótico acompañante: un oso.
Marian Engel hace un malabarismo increíble: nos cuenta la transformación de Lou a través de su relación con el oso. ¿Cuál es el malabarismo? Que nos lo creemos, que nos parece natural. Nos convence. Engel no retuerce nada, no hay dobleces, ni rellenos innecesarios, no hay trucos baratos, ni dramatismos, ni sensiblerías (aunque sí sensibilidad). Hay mucha coherencia, sinceridad y honestidad en la forma de contar esta atípica relación. Es un libro poco hipócrita. La hipocresía puede estar en la mirada de quien lee, pero no de quien nos lo cuenta.
Si no recuerdo mal TIENE VOZ PROPIA son las únicas mayúsculas que aparecen en todo el libro. No será casual, creo yo. Lou encuentra finalmente su voz propia, se escucha, y lo hace con naturalidad, sin aspavientos ni patetismos. Se rescata. Gracias a su relación con el oso.
No, no lo intentéis. No humanicéis al oso. Ese habría sido un recurso fácil. Engel no lo hace (y no hace nada gratuito), aunque llegue a poner en boca de Lou un “te quiero” y más. Cada vez que intentes humanizarlo, Engel nos sujeta, nos recuerda que es un oso, un animal. Es un acierto hacerlo así. Porque realmente es así, es un animal, no lo transformemos a él, no olvidemos que la única transformación es la que se produce en Lou.
El amor puro es perverso. Adiós, Walt Disney. Bienvenida, Marian Engel.
Todo un descubrimiento esta historia, muy bien escrita además. Un libro que hace lectores. Buenos lectores. Es un libro-puente: fuera de lo comercial, lo usual, lo mayoritario, pero que facilita el tránsito a quien quiera acercarse a la literatura menos masificada pero de calidad.
Gracias a la ineludible conjunción de unos cuantos astros, tuve la oportunidad de participar en el Club de Lectura que la librería-café segoviana Intempestivos organizó sobre Oso, reencontrándome de nuevo con Enrique Redel, editor de Impedimenta y Pilar Adón, joven escritora, poeta, editora y traductora, dos personas apasionantes y apasionadas con las que, junto con Judith, librera de Intempestivos, y el resto de participantes, fue un placer el charlar sobre esta lectura y sobre libros en general, y además conocer las claves y entresijos de cómo llegó este Oso a Impedimenta. También me comí una galleta-oso que Enrique y Pilar tuvieron la amabilidad de regalarnos. Riquísima.
Traductora: Magdalena Palmer
Páginas: 168
Publicación: 1976 (2015)
Editorial: Impedimenta
ISBN: 9788415979562
Sinopsis: La joven e introvertida Lou abandona su trabajo como bibliotecaria cuando se le encarga catalogar la biblioteca de una mansión victoriana situada en una remota isla canadiense, propiedad de un enigmático coronel. Ansiosa por reconstruir la curiosa historia de la casa, pronto descubre que la isla tiene otro habitante: un oso. Cuando se da cuenta de que este es el único que puede proporcionarle algo de compañía, surgirá entre ellos una extraña relación. Una relación íntima. Inquietante. Nada ambigua. Gradualmente, Lou se va convenciendo de que el oso es el compañero perfecto, y emprende un camino de autodescubrimiento. En todos los sentidos. A pesar de las críticas que recibió por su controvertida temática, Oso ganó el premio Governor de literatura en 1976.
Un oso es más una isla que un hombre, pensó. Para un ser humano.
Una hermosa portada. Reveladora. Una sinopsis que ya nos habla de una relación íntima. No es habitual que Impedimenta desvele tanto en sus sinopsis e incluso en su portada. Aquí hay truco, me digo. Si dicha relación no va a ser una sorpresa entonces el atractivo tiene que estar en otra parte. ¿Una versión zoófila de las 50 sombras? ¿Una bravata de la editorial? No me lo creo. Pero estaba más que dispuesta a descubrir qué había en este libro, que además llamó mi atención desde el principio (tengo una peculiar relación -aunque no tanto como Lou- con los osos. Pero esa es otra historia).
En mi brazo izquierdo tengo un tatuaje que dice Cuéntame una historia. En el derecho otro que pone Las historias son mapas. Ambas citas son de Jeanette Winterson. Es obvio que me gusta que me cuenten historias (y aún más vivirlas), con las que luego voy construyendo mi cartografía propia, mapas íntimos para encontrarme o no perderme. Y Marian Engel me cuenta una historia, diferente, introspectiva, delicada, sólida, coherente. Ahí estaba el truco (una vez más): en el cómo. No todas las historias me llenan o me atraen, algunas me importan un carajo. Pero, ay, si están bien contadas…
Oso fue la novela más famosa y controvertida de Marian Engel. ¿Controvertida? Tal vez lo fuera en su momento y en clave canadiense, ahora mismo controversia la justa: es un muy buen libro (y trataré de explicar el porqué). ¿Provocador? Puede. Aunque creo que sólo lo será para quien sea susceptible de escandalizarse con facilidad. Si algo provoca son reflexiones, y esto siempre es un valor añadido en una lectura.
Pedofilia, bestialismo, necrofilia, incesto… El sexo es siempre un tema tabú, no digamos ya las relaciones que son consideradas como “desviadas”. Ains, el miedo, las prohibiciones, los obstáculos, los frenos. En su momento la masturbación fue considerada una parafilia. Ahí lo dejo, que no me voy a meter en berenjenales. Pero olvidaros de la zoofilia e ir más allá. Hay más.
Oso es una lectura realmente sorprendente, pero no transgresora. Sí, vale, una bibliotecaria y un oso… ¿y? Es que justo ahí está una de las fortalezas de este libro: que fluye de una forma tan (taaaan) natural. Veamos qué nos dice la RAE de natural (tomo sólo las acepciones por las que he escogido la palabra natural para referirme a este libro):
1. adj. Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas.
2. adj. Hecho con verdad, sin artificio, mezcla ni composición alguna.
3. adj. Espontáneo y sin doblez en su modo de proceder.
La naturaleza atraviesa cada página, incluso atraviesa (y no seáis malpensados. O sí.) a Lou, en una suerte de mimetismo con el entorno que tiene muy mucho que ver con los cambios que se producen en ella. Porque Lou necesitaba un cambio en su vida. Lo sabe, lo sabe con la contundencia de quien es consciente de que vida sólo hay una y la que está viviendo no le satisface. ¿Se necesitan más argumentos para un cambio?
¿Dónde he estado?, se preguntó. ¿En una vida que ahora podría considerarse una ausencia de vida?
Propensa a las crisis de fe, buscando su lugar en el mundo, insatisfecha con sus relaciones sexuales y sociales, necesitada de redefinir objetivos vitales, Lou aprovecha la oportunidad que le ofrece su trabajo y decide ser feliz allí, en la mansión victoriana situada en una isla al norte de Ontario que además incluye un exótico acompañante: un oso.
Marian Engel hace un malabarismo increíble: nos cuenta la transformación de Lou a través de su relación con el oso. ¿Cuál es el malabarismo? Que nos lo creemos, que nos parece natural. Nos convence. Engel no retuerce nada, no hay dobleces, ni rellenos innecesarios, no hay trucos baratos, ni dramatismos, ni sensiblerías (aunque sí sensibilidad). Hay mucha coherencia, sinceridad y honestidad en la forma de contar esta atípica relación. Es un libro poco hipócrita. La hipocresía puede estar en la mirada de quien lee, pero no de quien nos lo cuenta.
Trelawny está bien. Tiene voz propia. Es un hombre injusto pero TIENE VOZ PROPIA.
Si no recuerdo mal TIENE VOZ PROPIA son las únicas mayúsculas que aparecen en todo el libro. No será casual, creo yo. Lou encuentra finalmente su voz propia, se escucha, y lo hace con naturalidad, sin aspavientos ni patetismos. Se rescata. Gracias a su relación con el oso.
Vaya, ¡qué extraño!, hacer eso. Haberlo hecho. Que me lo hicieran.
Hurgó en todos los rincones de su conciencia para ver si se sentía mal. Se sentía querida.
No, no lo intentéis. No humanicéis al oso. Ese habría sido un recurso fácil. Engel no lo hace (y no hace nada gratuito), aunque llegue a poner en boca de Lou un “te quiero” y más. Cada vez que intentes humanizarlo, Engel nos sujeta, nos recuerda que es un oso, un animal. Es un acierto hacerlo así. Porque realmente es así, es un animal, no lo transformemos a él, no olvidemos que la única transformación es la que se produce en Lou.
No tengo que complacer a nadie. Qué más da si no te excito, te quiero y basta.
El amor puro es perverso. Adiós, Walt Disney. Bienvenida, Marian Engel.
Todo un descubrimiento esta historia, muy bien escrita además. Un libro que hace lectores. Buenos lectores. Es un libro-puente: fuera de lo comercial, lo usual, lo mayoritario, pero que facilita el tránsito a quien quiera acercarse a la literatura menos masificada pero de calidad.
Gracias a la ineludible conjunción de unos cuantos astros, tuve la oportunidad de participar en el Club de Lectura que la librería-café segoviana Intempestivos organizó sobre Oso, reencontrándome de nuevo con Enrique Redel, editor de Impedimenta y Pilar Adón, joven escritora, poeta, editora y traductora, dos personas apasionantes y apasionadas con las que, junto con Judith, librera de Intempestivos, y el resto de participantes, fue un placer el charlar sobre esta lectura y sobre libros en general, y además conocer las claves y entresijos de cómo llegó este Oso a Impedimenta. También me comí una galleta-oso que Enrique y Pilar tuvieron la amabilidad de regalarnos. Riquísima.
Libro, libro. Cuando te pasen estas cosas coge siempre un libro.
Título original: Bear Traductora: Magdalena Palmer Páginas: 168 Publicación: 1976 (2015) Editorial: Impedimenta ISBN: 9788415979562 Sinopsis: La joven e introvertida Lou abandona su trabajo como bibliotecaria cuando se le encarga catalogar la biblioteca de una mansión victoriana situada en una remota isla canadiense, propiedad de un enigmático coronel. Ansiosa por reconstruir la curiosa historia de la casa, pronto descubre que la isla tiene o…
jueves, 28 de mayo de 2015
Asombrada
De Ana Blasfuemia
La primera vez que la vi me recorrió un escalofrío. Me asusté, me asusté como hacen los niños, con ese miedo de quien siente que alguien le está tomando el pelo. Pero el miedo inicial pronto se tornó en extrañeza, luego en sorpresa y finalmente en juego.
Decidí quedármela para siempre, porque la intuí fiel e insobornable. Me prometí serle leal y así, cuando desaparecía (y le gustaba hacerlo sin avisar), rápidamente la re-creaba, en una especie de juego de luces y sortilegios, con una facilidad intangible pero muy meditada. Nunca sin ella, real o ficticia. La necesitaba a mi lado.
Y hoy, después de tanto tiempo de inquebrantable unión… me ha abandonado. Así, sin más. Sin avisos, sin pistas, sin advertencias. Debería haberlo imaginado. Tantas desapariciones misteriosas, ahora estás y ahora no…
¿Cómo pudiste hacerme esto a mí? Yo que te hubiera querido hasta el fin…
Han sido muchos días, y más días, entrelazando nuestros comunes denominadores, intercambiando azares y casualidades, creando letras que formaban palabras que a su vez formaban frases y que nos (con)formaban a nosotras.
Es cierto, llevabas tiempo enseñándome tu camino, aquel que tú querías trazar pero que yo no podía seguir. Y cada vez con más frecuencia iniciabas tus pasos en dirección contraria, pero yo conseguía retenerte con un abrazo y algunas palabras. Confiaba en ti como una quimera o un río de estrellas.
… Sé que te arrepentirás.
Fue así: al principio pensé que era una de esas locas, divertidas e imaginarias carreras peatonales que tanto me gustan. Creí que alguien me había desafiado, acelerando el paso, presto a adelantarme. No tardé ni un nanosegundo en entrar en competición, pero mi rival era rápido, muy rápido…
Apresuré mis pies hasta el límite, pero algo pasaba, pese a la velocidad de crucero que parecía llevar mi contrincante, no acababa de adelantarme nadie. ¿Me estaba tomando el pelo? Así que desaceleré mis pasos, atenta, alerta, y entonces lo vi… no era su sombra lo que yo estaba viendo, la sombra de un rival… ¡¡era mi sombra!! ¡¡Mi propia sombra!!.
Y mientras la observaba, atónita, mi sombra echó a correr. Se fue. Aceleró sus movimientos, dejó de coordinarse conmigo, adquirió su propio ritmo, sus propios pasos… Su propia vida. Tal vez harta de la mía. Y me ha dejado. Mi sombra me ha a-sombrado. No vuelve. Soy una mujer sin sombra. Pero asombrada.
¿Cómo va a abrazarse ahora mi sombra con la tuya?
(©AnaBlasfuemia)
(©AnaBlasfuemia)
La primera vez que la vi me recorrió un escalofrío. Me asusté, me asusté como hacen los niños, con ese miedo de quien siente que alguien le está tomando el pelo. Pero el miedo inicial pronto se tornó en extrañeza, luego en sorpresa y finalmente en juego. Decidí quedármela para siempre, porque la intuí fiel e insobornable. Me prometí serle leal y así, cuando desaparecía (y le gustaba hacerlo sin avisar), rápidamente la re-creaba, en una especie de …
jueves, 21 de mayo de 2015
La grandeza de la vida (Michael Kumpfmüller)
De Ana Blasfuemia
Título original: Die Herrlichkeit des Lebens
Traductora: Belén Santana
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2015)
Editorial: Tusquets
ISBN: 9788490660447
Sinopsis: En el verano de 1923, durante una estancia a orillas del Báltico, Franz Kafka, enfermo de tuberculosis y conocido como escritor sólo por unos pocos iniciados, coincide con la cocinera Dora Diamant, una joven de veinticinco años. En el transcurso de pocas semanas, Kafka hará lo que jamás habría imaginado: decide irse a vivir con una mujer y compartirlo todo con ella. En un Berlín inmerso en la hiperinflación de la República de Weimar, se atreve a disfrutar de una vida en común con Dora. No importan los precios, que aumentan cada día, tampoco las sucesivas mudanzas ni el recelo de sus padres: hasta su muerte, en junio de 1924, y a excepción de unos días, Franz Kafka y Dora Diamant ya no se separarán.
Si digo Franz Kafka, es probable que inmediatamente penséis en La metamorfosis. Pero en mi cabeza se añaden, sin atropellarse pero con firmeza, Carta al padre, Cartas a Milena y Cartas a Felice. Que es una forma de decir que, una vez más, me interesa el autor casi más que la obra. Kafka fue un hombre débil, física y mentalmente. Ninguneado, tiranizado y despreciado por su padre, él mismo terminó por flagelarse considerándose… nada (La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada). Se trató a sí mismo con gran desprecio y desdén. Se arreó duro. Fue un hombre solitario, acomplejado, angustiado, que mantuvo relación con varias mujeres (con algunas de ellas principalmente una relación epistolar): Felice Bauer, Grete Bloch, Julie Wohryzek, Milena Jesenskà… y Dora Diamant, de la que dicen fue su gran amor, la persona que le rescató de la soledad. Rescatar a alguien de la soledad son palabras mayores.
| Las mujeres de Kafka: Arriba, de izquierda a derecha: Felice Bauer, Hedwig Weiler y Julie Wohryzek. Abajo, Grete Bloch, Dora Diamant y Milena Jesenská |
En sus sueños hay fases en las que ella no aparece. Pero él no la pierde mientras duerme, por la mañana sabe enseguida que está en alguna parte, como si hubiese entre los dos una cuerda que les permite volver a acercarse tirando de ella lentamente.
Y la lectura la inicié con entusiasmo, encantada de ver cómo Franz y Dora se asombraban de descubrirse, saberse, amarse antes de apenas conocerse. Ese entendimiento prodigioso y casi mágico de dos almas que se reconocen. Y el milagro de encontrarse.
Esta es Dora, dice él, y a Dora le parece que suena como si dijera: Mirad, este es el milagro que me ha sucedido.
A Ottla ya le he hablado de ti, le he contado que existes y el bien que me haces.
Bien, bien. Me suena. Reconozco esa sensación. Hasta las palabras reconozco. Y me alegro, porque eso quiere decir que, en algún momento, la he vivido. Así que avanzo, ligera, encantada y pizpireta, página tras página.
Hasta que llegamos a Berlín. Ahí se me enreda la lectura, percibo un bucle que se me atasca ligeramente. Y mira que me gusta Berlín. Pero no es problema de la ciudad. Es problema del ritmo narrativo, que me lleva de una lectura de piel a una lectura con menos alma en la que se suceden traslados, preocupaciones por el dinero, toses, fiebre, visitas… Los traslados en la mayoría de los casos están provocados por el rechazo a los judios que empieza a ser visible y descarnado, pero que ellos no alcanzan a valorar adecuadamente ni mucho menos a intuir la barbarie que se estaba gestando. No deja de ser llamativo este hecho, ese no “verlas venir”. Da tanto qué pensar…
En Berlín Kafka se me desdibuja, se nos esconde en sí mismo y Dora se transmuta a enfermera, secretaria… Y sí, también amante, pero sólo hacia el final es cuando vuelve a conmover y la lectura a recuperar latido. Porque al final también la sensación es que Kumpfmüller pone más de Dora que de Kafka, no porque esté ausente, no porque esté enfermo, sino porque nos muestra menos de él que de ella. De su interior. Detalles, ráfagas, es cierto, pero como si Kumpfmüller pretendiendo ser objetivo, sutil, pretendiendo mostrar sin dirigir (al lector), se hubiera quedado corto a la hora de transmitir a partir de cierto momento.
Todo apunta a que Dora le insufló unos deseos de vivir a Franz que en el libro no se palpa con intensidad, no se respira, sólo se intuye, se apunta, se inicia y luego se difumina... Algo falló ahí. Me faltó cercanía. Quizás el tono de Kumpfmüller peque de paternalista con el lector, de exceso de amabilidad. Como si dudara entre decantarse por la historia de amor o por la de la agonía de Kafka. Dudando entre la sal y el azúcar se queda finalmente en tierra de nadie, manejando mal los contrarios, muerte y amor, vida y enfermedad, la juventud y pasión de Dora y la soledad y los fantasmas de Franz, la transparencia de ella y el enigma de él…
He podido leer un fragmento de un libro que no localizo en ningún lado: Mi vida con Franz Kafka. Recuerdos de Dora Diamant. En él Dora dice que Kafka estaba siempre de buen humor. Algo que no aparece de forma contundente en este libro, donde se asoma más bien un Kafka poco apasionado y tristón. Creo que en La grandeza de la vida hay más de Dora que de Franz, y por ahí cojea. Me ha faltado más Kafka. En el fragmento de Mi vida con Franz Kafka, hay mucho más de ambos que en todas las páginas de La grandeza de la vida.
Salvo las primeras páginas, aquellas que transcurren en Müritz, lugar donde se conocieron, y la escena en la que se describe la célebre anécdota del encuentro con la niña que perdió su muñeca (a la que Kafka dice que no está perdida sino que se ha ido de viaje y a la que, durante unos días, escribe cartas en nombre de la muñeca), la narración va de más a menos, con remontada en las últimas páginas.
Creo que es un libro que gustará a mucha gente, es una lectura sosegada, tranquila, ni siquiera hace falta conocer quiénes eran los protagonistas, pero yo me he encasillado en una sutil decepción, por aquello de lo que pudo haber sido y no fue, por no mantener el pulso durante todas las páginas. Aun así, no ha sido mala lectura ni muchísimo menos, es un libro que merece la pena leer. Kumpfmüller consigue evitar los recursos que hubieran sido más fáciles (sentimentalismo, tremendismo, sensiblería, afectación…) y aplaudo ese tacto, que aplica de forma precisa y firme. Quizás Kumpfmüller pretendía (y consigue) mantener un equilibro entre ficción y realidad para dotar a la historia de credibilidad, y lo logra, pero soy rarita y personalmente hubiera preferido que arriesgara algo más en el juego de combinar ambas (ficción y realidad). Pasión, creo que eché en falta pasión, deseo, ardor, vibrar más… Bah, ¡soy yo, soy yo, soy yo! (que diría Silvia Plath). Es una buena lectura.
Echa de menos las noches con ella. ¿No es increíble que uno pueda elegir a alguien con quien pasar la noche en una cama y dormir, como si eso fuese una pequeñez?
Título original: Die Herrlichkeit des Lebens Traductora: Belén Santana Páginas: 272 Publicación: 2011 (2015) Editorial: Tusquets ISBN: 9788490660447 Sinopsis: En el verano de 1923, durante una estancia a orillas del Báltico, Franz Kafka, enfermo de tuberculosis y conocido como escritor sólo por unos pocos iniciados, coincide con la cocinera Dora Diamant, una joven de veinticinco años. En el transcurso de pocas semanas, Kafka hará lo que jamás…
lunes, 18 de mayo de 2015
La granja (John Updike)
De Ana Blasfuemia
Título original: Of the farm
Traductor: Carlos Mellizo
Páginas: 192
Publicación: 1965 (2013)
Editorial: RBA
ISBN: 9788490065020
Sinopsis: Durante unos días Joey Robinson, un consultor de empresas neoyorquino, hace un paréntesis en su vida cotidiana para regresar a la granja donde creció y donde aún vive su madre, viuda y ya demasiado mayor para realizar ella sola algunas tareas domésticas. En su viaje lo acompañan su segunda y sensual esposa, con la que se acaba de casar, y el hijo de ella, de once años. Los asuntos pendientes, las diferencias, la tensión, los fantasmas del pasado y las confesiones van emergiendo a lo largo de una visita que difícilmente podrán olvidar.
Todo escritor es un observador. Del exterior y también del interior. Pero observar no es suficiente. Hay que saber mirar. Y luego hay que contarlo. Y hacerlo bien. John Updike lo hacía bien.
Tenemos un exterior: la granja y el paisaje que la rodea. Y varios interiores: el de Joey, el de su madre, el de Peggy (su segunda esposa) y el de Richard, el hijo de Peggy. También, aunque no presenciales, la primera mujer y los hijos de Joey. Tenemos también el tiempo en el que transcurre: un fin de semana. Ya tenemos todos los ingredientes necesarios. ¿Sucede algo? No. Es una mirada. Updike nos cuenta un momento, unos días, y un encuentro entre varias personas. Relaciones interpersonales, familia, de nuevo el binomio mundo urbanita/mundo rural… Suficiente para contar una historia, escribir un libro y hacerlo bien. Porque todas las vidas tienen elementos más que de sobra para que se escriba sobre ellos. Pero, insisto, hay que hacerlo bien.
Hace unos días, en una charla con Enrique Redel y Pilar Adón, hablábamos de que preferimos los libros que no nos lo dan todo masticado, que permiten que el lector sea parte activa de la historia. Pilar Adón decía que no hace falta escribir “es una chica sexy”, sino que hay que inducir al lector a que perciba esa sensualidad sin necesidad de ser explícito. Supongo que le encantaría algo así:
Tiene una amplitud pelviana que me afecta como si fuera un destello cegador y que da a sus pasos una amplitud alentadora, un sentido espacial de muslo a muslo.
Y si lo cuento es porque creo que hay libros que no es lo que cuentan, es el cómo. Una idea que ya he comentado en más ocasiones. Y en ese cómo, Updike no admite réplica ni seré yo quien le cuestione. Sus descripciones, el uso de adjetivos, las imágenes que crea en la mente del lector, su lírica para describir gestos, emociones y sensaciones, son de un calibre considerable.
Que de cualquier cosa se puede escribir es un hecho, pero luego hay que escribirlo… así (por ejemplo):
Desde mi tractor adiviné una vez más lo dramáticas que podían ser las nubes en este pequeño montículo: dardos diagonales de sol y sombra y corrientes de vapor deslizándose hacia la tierra provenientes de los cúmulos, que, como fortalezas incandescentes, se distribuían estratégicamente en el espacio; el espectáculo tenía semejanzas con el de los grandes acontecimientos de la historia. La transformación, la combinación y la desaparición de las nubes sugerían situaciones políticas: el cirro aristocrático, el nubarrón demagógico al ataque de un parlamento de cielo aborregado.
Hecha una aproximación al cómo, quedaría hablar del qué. Pues de gente corriente en situaciones corrientes. Un hombre recién casado en segundas nupcias con una mujer a su vez separada y con hijo incorporado. Los tres acuden a la granja donde vive la quisquillosa madre de Joey, nuestro protagonista, que desea que suegra y nuera se lleven bien. Sencillo. Corriente. Pequeños proyectiles que estallan todos los días en cualquier familia.
En los intervalos entre aquellos garfios que se me lanzaban sin aviso (que se me clavaban en la cabeza dolorosamente y que arrancaban de mí palabras de reconciliación, de autodefensa o de impaciencia) fui consciente de una conversación de voluminoso caudal en cuyo fondo oscuro se debatían dos espíritus torpes, tratando de buscarse el uno al otro, cada vez a mayor profundidad.
La tensión que se producirá durante ese encuentro es igual de implícita que todo lo que nos cuenta Updike. Pero se palpa afilada como una cuchilla porque la reconocemos, la sentimos y la hacemos nuestra gracias a la capacidad narrativa tan poderosa de Updike.
No busquéis una trama con final cerrado. La vida es una trama constante, enrevesada, profunda, compleja. Y sin fin. No se detiene ante nada, y pocas veces da respiro. Siempre suceden cosas. Por eso a veces cerramos los ojos creyendo que así se para. Pero no. El deleite de la lectura está, entonces, además de en el estilo poético y visual de Updike, en su habilidad para diseccionar las relaciones interpersonales y las emociones humanas, siempre tan complejas como sugerentes. Como si de una cebolla se tratara, Updike nos va mostrando las diversas capas de las relaciones entre los personajes. A veces, es cierto, las situaciones son algo forzadas y eso las desnaturaliza ligeramente.
Si tuviera que hablar de este libro recurriendo a una descripción visual del mismo diría que es una pequeña obra de teatro que transcurre en una pintura, en un lienzo. Y eso es arte ¿no? Hasta le perdono cierto tufillo teológico y misógino. Era 1965. El final es algo abrupto (me pareció la parte menos elaborada) y el niño a veces es poco creíble en sus conversaciones. Pero ¿a quién le importa cuando saboreas la lectura?
Ya siento que Norman Mailer pensara que John Updike es el autor preferido de los que no saben nada de literatura. Y, es cierto, no sé de literatura, sólo de libros que me gustan o no me gustan. Y este me ha gustado. No es el mejor libro de Updike, pero su estilo está ahí. Y el menos bueno de sus libros sigue siendo un libro bueno. También es verdad que no sé si pondría a Updike entre mis autores favoritos, probablemente no, pero sí entre los autores que disfruto leyendo.
Título original: Of the farm Traductor: Carlos Mellizo Páginas: 192 Publicación: 1965 (2013) Editorial: RBA ISBN: 9788490065020 Sinopsis: Durante unos días Joey Robinson, un consultor de empresas neoyorquino, hace un paréntesis en su vida cotidiana para regresar a la granja donde creció y donde aún vive su madre, viuda y ya demasiado mayor para realizar ella sola algunas tareas domésticas. En su viaje lo acompañan su segunda y sensual esposa, c…
martes, 12 de mayo de 2015
Un altar para la madre (Ferdinando Camon)
De Ana Blasfuemia
Título original: Un altare per la madre
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»
Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.
La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.
Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…
No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.
Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.
Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.
La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…
Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.
Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»
Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.
La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.
Frente a la iglesia se había formado una pequeña multitud, muchachos, mujeres y hombres de todas las edades, que se iban agrupando según el grado de parentesco o por casualidad: bastaba con que uno dijera una palabra y otro respondiera para que se hicieran compañía. Yo me encontré solo, y el último.
Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…
No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.
Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.
De crío oí a un niño que le decía a su madre: “Lávame pero no me mojes”
Un hombre estaba a punto de matar a un perro y su hijo le rogó: “Mátalo pero no le hagas daño”. Hay algo aquí que debo aprender.
Un niño jugaba con otros al escondite. Cerraba los ojos y así creía que no lo veían. Ahí hay algo que debo evitar.
Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.
El caso es que yo vivía sabiendo que ella estaba, ahora debo cambiar de vida. En algún momento he pensado que temía quedar expuesto: como si la presencia de la generación anterior, la que me parió, fuera una garantía para mí y toda mi generación interpuesta, que nos esconde, la muerte no nos ve, nosotros no podemos morir todavía.
La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…
Es una equivocación cómo nacemos, cómo bautizamos, cómo nos casamos, cómo trabajamos, cómo tenemos hijos, cómo se va al hospital, cómo se hace la guerra, cómo se muere: todo está equivocado por ese error que es la falsedad
Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.
Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.
Título original: Un altare per la madre Traductor: Miquel Izquierdo Páginas: 132 Publicación: 1978 (2014) Editorial: Minúscula ISBN: 9788494145711 Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, p…
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