sábado, 7 de enero de 2017

Del desierto a la estepa manchega


Esto va a ser largo. Pónganse cómodos si se quedan.

Hay muchas formas de viajar, y casi todas adquieren la forma de una medalla que colgarse. Pero algunas de ellas pasan por hacer un turismo sostenible y solidario. Un día una amiga, a la que debo tanto (¡tanto!), me ofreció ir a pasar la Nochevieja al desierto. Le dije sí sin preguntarle nada más, confío ciegamente en ella porque me ha demostrado que puedo hacerlo. Luego supe que era un viaje organizado por la asociación Viento Norte-Sur, y que el destino era el desierto de Merzouga.

Finalmente mi amiga no pudo venir al viaje (¡¡te pondrás pronto bien y no pararemos de viajar!!), pero llevaba el apoyo de otros dos seres de luz que supieron darme espacio y cercanía, ambas cosas a la vez, y su cariño silencioso e inteligente y lleno de gestos me dio el sostén necesario y preciso.

No sé escribir, me gusta hacerlo, pero no sé escribir. Si supiera, escribiría sobre cómo los encuentros se encadenan con sencilla naturalidad; te explicaría el porqué tengo, aún, los pies y las manos del color del desierto; o porqué es que las cosas encajan siempre, sin forzarlas, y encuentras las respuestas aunque no sean de tu agrado.


Si supiera escribir te contaría, aquí y ahora, porqué hay cervezas que saben a gloria bendita, sea como sea que sepa la gloria esa. Te hablaría de los pequeños detalles que engrandecen a las personas que los realizan, o de cómo una sonrisa y un abrazo es el camino más corto entre dos, siete o mil puntos o destinos. 

Si supiera escribir, escribiría “fuera de juego” y sabrías que no estoy hablando de fútbol, sino de mí y que además podría explicarlo. Tal vez si supiera escribir, escribiría sobre lo que callo y no siempre otorgo. También sobre lo que otorgo y no siempre callo. Pero también. 

Escribiría sobre cómo, de haber estado unos días más, no habría habido nada que me detuviera ni nada que no hubiera podido hacer, que ahora sé (del verbo saber, no del verbo creer que sabes) que puedo hacer y haré. Sobre cómo subir una torre cuando alguien te espera arriba y no abajo, o cómo dejar el corazón subiendo la gran duna y encontrar una mano en el último metro.

Si supiera, si supiera escribir, respondería muchas preguntas, incluso las que ni te planteas. Escribiría sobre el tiempo y lo efímero que es; te diría porqué, todos los porqués. Y pondría en palabras cómo te conviertes en una antena parabólica cuando a tu alrededor hay personas llenas de energía y belleza, y detectas que, al igual que tú y yo, no se saben ver, no ven su nobleza, su honestidad, su fuerza, su verdad. Y quieres abrazarlas, traspasarlas y decirles: no cedas, no cedas, está en ti, todo está en ti. Y quieres ser el espejo que les devuelva todo aquello que son y que perdieron alguna vez.


Si supiera escribir, encontraría explicación al frío y al calor, a los amaneceres en una duna, a los atardeceres en el desierto, a la generosidad de quien menos tiene, a las puertas abiertas de un pueblo y una gente a la que en este, nuestro civilizado país, se las cerramos en las narices. Escribiría sobre los posos que dejan el té y las personas de corazón abierto. Sobre la luz de los abrazos mañaneros y el calor de las noches frías.

Si supiera, si supiera escribir, lo haría sobre cómo brotan las amistades. Sobre lo que empieza, sobre cómo se mueven las piezas del ajedrez (aunque a veces se mueven solas, eso nadie te lo diría). Escribiría sobre cómo brindar mirando a seis pares de ojos a la vez y sin que se te maree la mirada.


Si supiera escribir, traduciría las palabras, los silencios, los gestos, la música, los noches, los días y hasta los alimentos. Transcribiría palabra a palabra lo visible y lo invisible, lo verdadero y lo falso, destriparía intuiciones e imaginaciones. Pondría palabra sobre palabra para describir la realidad que nadie mira y muchos esquivan. Descubriría, frase a frase, quién eres y hasta quién soy. Desgranaría cada minuto y su esencia. Cada pensamiento propio y ajeno, cada sensación que contiene cada grano del desierto. Si supiera, si yo supiera, escribiendo recuperaría la cordura para volver a desecharla y quedarme con lo que todos etiquetan como “locuras”. Yo le digo, tú lo sabes, VIDA (¡pura vida!).


Decía Swight Morrow que existen dos categorías de personas: los que quieren ser algo y los que quieren hacer algo. Estas últimas personas son las únicas que me interesan, porque arriesgan, se exponen, se la juegan, dan la cara, son cristalinas. Hace falta pasión, adrenalina, originalidad, ideas, creatividad, imaginación, salirse de las líneas rectas y elegir las personas curvas y transgresoras. En el desierto había muchas personas haciendo algo, y muy pocas que parecían hacer algo sin hacerlo.

Y decía Paul Eluard que hay otros mundos, pero están en este. Hay puertas para traspasar esos mundos. Al margen de clones, probetas y replicantes, sólo hay una forma de nacer, pero muchas de morir y más aún de vivir. Tal vez haya abismos que deben permanecer insalvables deliberadamente, que se deban de saltar con el alma y la imaginación, pero si se fracasa que nunca sea por falta de ilusión. La mente es como arena movediza, te hundes en ella con la certeza de que es un pozo abismal; crea laberintos que esquivan la conciencia, y llama tranquilidad a lo que es, llanamente, no querer ver lo que duele o inquieta. Como si no existiera. Pero están las puertas. Los otros mundos existen. Y están en este.

Y decía W. E. Henley en un poema: Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma. El destino no puede enjaularse en mentes constreñidas y reducidas. No hay una predeterminación del destino. Hay demasiadas cosas invisibles esperando ser vistas, muchos mundos posibles ahí fuera. No nos esperan, no los esperemos. Vayamos. Sería suicida no responder, no calzarse las botas de explorador y salir ahí fuera.

Hoy celebro la pérdida de fe en destinos inquebrantables. Me detuve un momento, el amanecer en una duna, conecté con el desierto y experimenté la espiral de la vida. No era el destino, sino mis elecciones las que me habían guiado hasta ahí. Ahora mis elecciones están en mis manos. La libertad consiste en limitar la fuerza del destino. Estoy, por decisión propia, y eso celebro en este mundo que ahora son otros muchos mundos.


Aquí radio nómada: fui al desierto. Volví. Llena. Fui a dar y recibí. Con la mirada arrasada, el alma colmada, el corazón preñado de otras almas. He conocido a personas que son como una caja de Pandora, la que esparcía vientos fértiles, la que se despojaba de los males, la que atesora las esperanzas…

Enero, el propicio, ha vuelto estrenando cielo protector, aquel bajo el cual volví a nacer en el desierto de Merzouga.


Gracias a todas y cada una de las 51 personas que me acompañaron en este viaje solidario. Especialmente a las personas con las que, más pronto que tarde, volveré a reunirme para tomar unas cervezas, canalizar todas las energías y saber que el mundo está ahí fuera, que hay que construirlo desde el respeto. Que solo dando es como recibirás y sabiendo recibir podrás dar. Ahora sabemos que podemos desprendernos de muchas cosas. Y que nos digan locos. 

A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo (Tom Spanbauer, “Yo te quise más”)
Pd1: Echarle un vistazo a la asociación Viento Norte-Sur. Animaros a hacer este tipo de viajes solidarios. Creéis que vais a dar, a ser generosos con las donaciones, a repartir entre quien tiene menos. No es así: os traeréis mucho más de lo que llevaréis. Quien tiene menos, tiene y da más.

Pd2: Seguiré un poco ausente de las redes: mi cuerpo ha vuelto de Merzouga, pero mi alma aún sigue allí y mi corazón repartido entre las bellas personas que tanto me han sumado y de las que tanto he aprendido. No me cansaré de daros las gracias. Ya sabéis quiénes sois. 


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Del norte al sur

Mañana me voy. Tiro de kilómetros y tren para encontrarme con la que una vez fui y decidí dejar atrás. Siempre vuelvo ligeramente tambaleante de estos viajes a mi tierra. Así que a continuación iré al desierto. Tomaré las no-uvas en Merzouga

Cuando intento alejar ciertos escalofríos me da por limpiar. Y hoy le tocó al aspirador, porque me aturde más.

Y en esas estaba, un cigarro en la boca y el aspirador en las manos, Aretha Franklin y Janis Joplin alternándose en el random, tralarí, tralará, limpio mi casita… cuando un ruido metálico en el aspirador llamó mi desordenada atención. Algo se ha tragado el muy condenado, pensé para mí.

Resignada, un estado atípico en mí, me dispuse a destripar sus interiores, extraer su bolsa amniótica e investigar la causa de tanto estruendo. Me puse al lado de la basura y, con forzada paciencia, empecé a desmenuzar las pelusas acumuladas. Y todo esto encontré en las tripas del aspirador:

Una campana, nada menos que de cristal. Qué sorpresa… O no.
Una conmoción que vino de la mano de una despedida y la necesidad de respirar.
Una noche excesiva llena de dolor, cicatrices y piano de fondo.
Las efímeras que no me dejaron irme, ahí estaban también, evidenciando mis reconocidas contradicciones.
Un dedo oblicuo acostumbrado a trazar círculos.
¡Nada menos que un unicornio! Recuerdo que me trajo uno de los conceptos más bonitos que he incorporado a mi vida este año.
Una venda, se me debió de caer en algún momento de los ojos…
Un pájaro migratorio, que me recuerda que mi trinchera está afincada fuera. Fuera. La extraterrestre que soy.
Atravesando el blog, ella y yo.
Ella. Entera. Ahí estaba. Tan amada.
Una jaula, ya vacía, anunciando un regreso.
Un soplo de vida, juro que encontré un soplo de vida dentro de esa bolsa amniótica…
La casa que sigo buscando, está ahí sin estar.
Lluvia, siempre la lluvia. Lloviéndome.
Una poesía inesperada que había hecho esperar mucho tiempo.

En este punto decido dejar de rebuscar entre las pelusas. Con tantas cosas que se había tragado el aspirador pensé, con cierto desánimo, que el maldito cacharro tenía vida propia y que me estaba devorando sin que yo me diera cuenta. Ya me parecía a mí, al mirarme al espejo cada mañana, que cada vez me veía más borrosa y desdibujada, que se me deshacían los contornos, como si me fuera volviendo invisible poco a poco o me estuviera desconfigurando. Pensaba que era mi mirada, que está cansada. Pero era eso. El aspirador me succionaba poco a poco. Claro, hacía lo suyo. Es su trabajo.

Creo que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva. He tirado el aspirador a la basura y conservado lo que había en sus entrañas. Y me he comprado esto:


Hace la misma función que el aspirador, y además la usaré para volar.

Me espera el norte y el sur. Sed felices y leed, nos lo contamos a la vuelta, ya en territorio 2017.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

La habitación de Nona (Cristina Fernández Cubas)

Páginas: 208
Publicación: 2015
Editorial: Tusquets
Sinopsis: Una niña siente una envidia creciente hacia su hermana Nona a quien todo lo que le ocurre es “especial” y, lo que es peor, le ocurre a escondidas. Una mujer al borde del desahucio confía en una benévola y solitaria anciana que le invita a tomar café. Un grupo escolar comenta un cuadro, y de repente alguien ve en él algo inquietante que perturba la serenidad del momento. La narradora se aloja en un hotel madrileño y al salir vive un salto en el tiempo. Nada volverá a ser igual en la vida de dos hermanos tras conocer a una singular tribu amazónica…

Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ

Quiso el destino que coincidiera mi viaje a Segovia con la presencia de Cristina Fernández Cubas en Intempestivos, una de esas librerías con encanto que luchan contra las adversidades que mentes encallecidas y obsoletas se empeñan en poner en el camino. Blanco y en botella: estoy ahí, me acompañan mis seres de luz, y pocos lugares más acogedores que Intempestivos para estar en la gélida Segovia, que me recibe con copos de nieve que me ponen chiribitas en la mirada y sonrisa en el alma. 

Si tuviéramos oportunidad de leer un libro y luego comentarlo con su autor/a no tengo la más mínima duda de que toda nuestra experiencia lectora cambiaría y se enriquecería a niveles estratosféricos. Por eso a veces no entiendo que Justin Bieber, por decir un alguien, pueda convocar tantos fans y sin embargo los "recitales" de los escritores emplazan a un público tan reducido. Me ha provocado mucha inquietud este tema, aunque no es algo que venga de ahora. No tengo la menor duda de que hay que educar al lector, no sólo a los niños para que lean, sino también a los adultos que ya leen.

Ana, bájate de las ramas.

El caso, que allí estaba Cristina Fernández Cubas y yo me llevé mi tarea hecha: me leí el libro de un día para otro. Claro, no es mérito mío, el mérito es de Cristina y de La habitación de Nona, un libro de cuentos (o relatos, que no me voy a meter en definiciones que se pueden superponer perfectamente) que se lee con avidez porque la estructura de cada relato es muy dinámica, y hace que quieras avanzar en la historia, llegar al final, saber qué sucede, dónde nos lleva Cristina.
Y hago lo único que puedo hacer. Escribo un cuento.
La ilustración de la portada no es casual. Es un detalle de “Interno con figura” (1868) de A. Cecioni. Y, precisamente, Interno con figura es uno de los cuentos de este libro (el que más me ha gustado, junto El final de Barbro), y que sirve a Cristina para hacer un juego metaliterario en el que la propia Cristina se convierte en la protagonista del relato. Un relato de una construcción sorprendente. Los cuadros, al igual que los libros, nos cuentan historias. Su autor quiere contarnos algo. ¿Qué nos dice la imagen de “Interno con figura”? Cada persona hace una interpretación distinta de aquello que ve, le da diferente relevancia a los detalles y al conjunto de una imagen, y algunas miradas pueden ser sumamente inquietantes. Y mirar una mirada así puede resultar muy turbador. Y cuando algo nos inquieta, actuamos. O nos paralizamos. O dejamos que la inercia resuelva. O escribes un cuento.

En La habitación de Nona, el cuento que da título al libro, me ha atraído especialmente el punto de vista que adopta Cristina. Me ha encantado el planteamiento, y sin duda es una perspectiva que da mucho juego y que no me extrañaría que la autora retomara. Quizás, por poner un “pero”, he sentido que al final se detallaba demasiado explícitamente lo que le sucede con Nona. En cualquier caso, terminas el relato y lo vuelves a leer. Y contemplas lo que lees de manera diferente a la primera lectura.

Hablar con  viejas es el relato que quizás me ha dejado más indiferente, pero que igualmente he devorado, porque hay una contundencia increíble en la forma en que Cristina necesita de una sola frase para que una situación aparentemente normal y cotidiana se transforme en algo inquietante. Conocer que la situación inicial fue una situación vivida por la propia Cristina y que este cuento ha servido en cierta forma para saldar un ajuste de cuentas con su propia conciencia no deja de hacerme pensar en que cualquier situación sirve de base para construir un relato.

Precisamente la oportunidad de hablar con Cristina Fernández Cubas me ha valido para confirmar algo en lo que siempre pienso ante un libro de relatos: el orden de los mismos. Nunca me han parecido casual, y no tengo la seguridad de que las editoriales respeten siempre ese orden propuesto por el autor. Si bien no necesariamente porque haya un hilo argumental que enlace un relato con otro, pero estoy segura de que las distintas historias siempre se conectan con un hilo que tal vez sólo el autor conozca: un orden cronológico, una continuidad emocional, una historia que compensa otra, una redención… Y, sí, es así. El orden no es casual, el germen de cada historia en ocasiones surge justamente de la descarga emocional dejada en la historia recién escrita, que a su vez surge de una historia anterior cuyo germen pudo ser una idea, un punto de vista distinto, un cuadro, alguien que se cruza en tu camino, la recreación del concepto de justicia divina…

Y así el desconcertante, por tremendamente personal (así lo sentí yo), La nueva vida es la clave que explica la necesidad de que a continuación, como cierre del libro, venga Días entre los Wasi-Wano. Conocer y comprender siempre da sentido a todo. Por eso me ha parecido tan enriquecedor conocer esos aspectos que solemos ignorar de un libro, sus mimbres, su construcción. Aunque sean pinceladas, la lectura se engrandece.

Hay dos cosas que me han parecido muy llamativas en este libro: Una, ya lo he mencionado, la facilidad con la que Cristina nos mete en la historia, una historia aparentemente normal y hasta sosegada y, de repente, le basta una frase para que ese ambiente de normalidad se quiebre y algo empiece a inquietarte y se instale cierto desasosiego que te provoca seguir leyendo con ansia, casi como queriendo avanzar para restituir la “normalidad”, la placidez.

Y dos, la no menos facilidad para mover en el lector los miedos, los reales y los imaginarios, el tránsito entre la ficción y la no ficción, la realidad y la fantasía. Todo es posible en los mundos de Cristina, y en todos ellos podemos ser uno de los personajes.
Esas cosas tiene el tiempo: la conversión de lo absurdo en costumbre.

viernes, 9 de diciembre de 2016

El marino que perdió la Gracia del mar (Yukio Mishima)

Título original: Gogo no eiko
Traductor: Jesús Zulaika Goicochea
Páginas: 192
Publicación: 1963 (1980)
Editorial: Bruguera
Sinopsis: Mishima retrata en esta breve novela a través de su protagonista, Noboru, el abismo insalvable que se abre como una herida entre el desesperado intento de un clan de adolescentes de hallar su ubicación en el mundo mediante un código de conducta fuera de uso, y una sociedad ya irremediablemente convulsionada y despojada de su armonía tras la traumática derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Si yo fuera una ameba -pensaba- con un cuerpo infinitesimal, podría derrotar a la fealdad, pero el hombre no es lo suficientemente diminuto ni gigante para vencer a nada.
Tanto por leer… pero qué seguridad dan las relecturas. Es volver a zona segura, a los libros que te hicieron lectora, recordar dónde está la literatura y, en el fondo, dónde estás tú, ahí donde encontraste un camino bajo unos pasos inciertos. 

Recuerdo que lo primero que conocí de Mishima fue su vida (y su muerte). Así que comencé a leerle sabiendo de sus obsesiones, todas ellas presentes en sus libros: la muerte, el mar, la exacerbación del cuerpo, la ética samurái, la belleza, los valores tradicionales, la homosexualidad, la violencia, la tragedia…
Era un gemido de oscura, infinita, imperiosa pesadumbre; negro como boca de lobo y liso como lomo de ballena, cargado con todas las pasiones de las mareas, con la memoria de los viajes sin cuento, con los júbilos, con las humillaciones… Era el grito del mar.
Escogido al azar (podría haber sido cualquier otro libro de Mishima) a El marino que perdió la Gracia del mar le llegó su turno de relectura. Encontrarme con subrayados antiguos, mantenerlos y añadir más. Leo ahora traduciendo mi mirada de hace años, aumento mi comprensión ante lo que leo y ante mi propia evolución personal. Percibo que he tenido suerte en mis lecturas, que escogí el camino correcto. No es mi lectura preferida de Yukio (aunque todas las suyas son de altura), pero sin duda es un libro ideal para conocer a este autor y doblar el espinazo ante su escritura. 
Pero su pureza era tan frágil como una luna nueva.
Si algo se ha movido en mí al leer a Mishima ha sido siempre admiración por su forma lírica de escribir, más allá de la historia que cuente hay en su obra una belleza casi pictórica, sensual, tremendamente erótica y sensorial, algo que siempre me ha fascinado de este autor japonés.

Cuando un libro es atemporal, traspasa épocas y se acomoda a la actualidad como si hubiera sido escrito, ya no hoy, sino mañana, sabes que estás ante un libro que transciende y que está en ese remoto lugar llamado literatura, en el olimpo de la literatura. No tengo dudas: El marino que perdió la Gracia del mar refleja, hoy en día, muchas de las brechas de nuestra sociedad enferma. Estremece pensarlo porque los adolescentes son de una fragilidad asombrosa. Eso es lo que hacemos con ellos: nuestra hipocresía les vuelve insensibles, hace saltar por los aires la delgada línea que nos separa de la violencia y la maldad, y arrasa con la no menos frágil línea entre lo subjetivo y lo objetivo.
Cuando coja sus pechos, se acurrucarán contra mis palmas con pesadez sudorosa y magnífica. Me siento responsable de la carne de esta mujer, que me desgarra dulcemente como lo hacen otras cosas que son mías. Me estremece la dulzura de su presencia: cuando me sienta temblar se volcará como la hoja de un árbol sacudido por el viento y dejará que yo vea el lado vacío de sus ojos.
Pese a la violencia soterrada que estalla con frialdad y aparente indiferencia, pese a la desesperanza y la sensación de que algo diabólico se está infiltrando en la humanidad, siempre en Mishima encuentro una belleza y una musicalidad que me convence y me vence. Quizás porque tiene el don de mantenerme a una distancia en la que mi alma no convulsiona, porque Mishima se aleja del sensacionalismo y la proximidad emocional para construir un relato en el que el ritmo, la estructura, la afinación, todo se ajusta como la mar al horizonte.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Ahora (Brigitte Giraud)

Título original: À présent
Traductora: María Teresa Gallego Urrutia
Páginas: 96
Publicación: 2001 (2014)
Editorial: Contraseña
Sinopsis: En 1999, al regresar de un viaje breve a París, adonde se ha desplazado para firmar ejemplares de su segunda novela, "Nico", para la prensa, Brigitte Giraud se entera de que su compañero, Claude, se ha matado en Lyon en un accidente de moto. Un amigo la acompaña. Hay que ir en el acto al hospital y a la comisaría, recibir a la familia, contestar al teléfono, organizar el entierro, poner al tanto del drama ocurrido al hijo de la pareja. La narradora tendrá que vivir esas horas aferrándose a las tareas materiales, a detalles nimios, pero dándose cuenta ya de que a partir de ese momento en su vida habrá un «antes» y un «ahora».
… y la muerte que se ocupa de dar tareas para ser así un poco soportable (Laurent Mauvignier, “Lejos de ellos”)
Es curioso cómo algunas lecturas se conectan entre sí. Cuando leí el libro de Mauvignier subrayé la frase anterior porque me hizo pensar que la liturgia de la muerte ciertamente no nos deja reaccionar de forma inmediata a la pérdida de un ser querido. Hay tanto ritual, papeleos, trámites y formalidades que resolver que impiden que el dolor te estalle con la urgencia que el ánimo requiere.

Esa idea se hizo nube y se ubicó sobre mi cabeza, como una tormenta lejana que parece no llegar nunca ni concretarse en lluvia. Y dos libros después, me encuentro con Ahora, de Brigitte Giraud y me cuenta de forma admirable y con una pericia sorprendente lo que llevaba días rondándome.

La sinopsis hace referencia a Claude como el compañero de Giraud. A veces las palabras llevan a equívocos, o no se hacen justicia a sí mismas: detrás de la palabra “compañero” hay, había, 20 años de relación y un hijo en común de 8 años de edad. Y, evidentemente, había también amor, mucho amor. En Ahora, Giraud nos cuenta día a día la semana que transcurre a partir del fallecimiento de Claude.

Con este libro me ha pasado algo curioso: que se ha empeñado en darme respuestas, en dar forma concreta a algunas de las cosas que en mi cabeza eran intangibles y difíciles de cristalizar en palabras. Incluso me preguntaba a mí misma cuál era la razón por la que un texto escrito con un lenguaje asombrosamente sencillo y simple me estaba llegando de una forma que admiraba, mientras que con otros libros ese mismo lenguaje me parece que desluce una historia o que es reflejo de una falta de recursos que no me transmite nada. Es decir ¿por qué a veces un libro escrito desde un lenguaje directo, reconocible y sencillo, me parece una genialidad y otras me parece de tal simpleza que me deja fría? ¿De qué hablamos cuando hablamos de lenguaje sencillo? Pues cuando me estaba haciendo estas preguntas, como si Giraud escuchara mi mente (amaré toda la vida a quien sepa oírme sin que tenga que hablar), me encuentro esto:
No contar el dolor, aprender a escribir de forma sencilla, sobre todo muy sencilla. Que no quede bonito, que no quede vistoso, no escribir de forma aparatosa, escribir sin ambición. Que no quede literario. Nada de frases brillantes. Dar con el tono. Que se pueda decir: sí, eso es; llegar a esa evidencia. Eso es exactamente.[…]Aborrezco las metáforas y las palabras universales. Aborrezco la salsa entre las palabras. Aborrezco las palabras de sentido oculto, que quieren decirlo todo y no dicen nada.
Sí, ¡eso es!. Me encanta cuando una lectura me va dando respuestas a inquietudes que ella misma me genera. Fiel a sí misma, Giraud no literaturiza ni pone condimento de más. Encuentra el tono, la medida, las palabras y la distancia para contarnos una experiencia desgarradora para cualquier ser humano (la pérdida inesperada de la persona a la que amas) sin necesidad de apelar al drama, al envoltorio de la ficción, del estilismo literario, sin que haya que interponer ninguna realidad extra a la realidad. La vida en sí misma ya es suficientemente retórica y excesiva. Basta con contarla tal cual. 
Tengo un problema con las palabras. De repente, las aborrezco. Se resisten, se retraen. Me dejan tirada. Que se vayan a la mierda. Que les den, con esa sonoridad suya y esa elegancia suya. Tengo miedo.
Nadie dijo que lo sencillo sea fácil. No todo lo sencillo traspasa, comunica. El lenguaje sencillo desnuda en verdad a quien escribe. En mi opinión, Giraud en pocas páginas construye una memoria del duelo magnifica y fascinante. Cercana, muy cercana. No creo que nadie que haya pasado por la experiencia de perder a un ser querido no reconozca en cada una de estas páginas los movimientos, sentimientos, reacciones… que habitaron en nuestra propia piel en esas circunstancias. Posiblemente nunca conseguimos ponerlas en palabras, transmitirlas, compartirlas. Giraud, gracias, lo hace por ella misma y por todos nosotros.

Los cambios de la voz narrativa de primera a tercera persona me ha parecido genial, como un reflejo de lo que sentimos en los momentos de duelo: tan pronto estamos en las simas más profundas de nosotros mismos como, de repente, nos alejamos, somos alguien que observa desde el exterior, asépticos, indoloros, ajenos. Un mecanismo de supervivencia.

Aunque parezca increíble, no estamos ante una lectura dramática, sino totalmente realista; en ella no hay lágrimas, sino el desconcierto y el asombro de alguien que siente su alma amputada de forma tan repentina como inesperada: quien amabas estaba y, de repente, no está. La extrañeza, la confusión, la inercia, la sorpresa. La toma de conciencia de que de pronto hay que improvisar la vida. Y Giraud lo describe con tino y un equilibrio de agradecer.

Durante toda la lectura recordaba a Joan Didion y El año del pensamiento mágico. Se complementan tan bien estos dos libros, hay tanta empatía y amor entre ambos que, finalmente, los he puesto muy juntos en la misma estantería. Un gesto simbólico que me ha hecho sentir que estaba poniendo las cosas en orden.

martes, 22 de noviembre de 2016

El amor del revés (Luisgé Martín)


Páginas: 280
Publicación: 2016
Editorial: Anagrama
Sinopsis: El amor del revés es la autobiografía sentimental de un muchacho que, al llegar a la adolescencia, descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad. El autor cuenta su propia vida con una sinceridad a veces hiriente: el descubrimiento de su condición sexual, los primeros amores juveniles, los problemas psicológicos derivados de su inadaptación, la terapia conductual que realizó para cambiar sus inclinaciones enfermas, la exploración del sexo, las primeras relaciones afectivas, los contactos con el mundo gay y el descubrimiento progresivo y tardío de la felicidad, «el valor exacto de la ternura».


A veces parece que leo del revés. Creo que cuando empecé a leer este libro no había en internet una crítica negativa sobre él. Y no voy a ser yo quien la haga, pero tampoco ha sido la lectura que esperaba que fuera. La que iba a ser la lectura que me reconciliara con Luisgé, ha resultado ser la que me mantiene sumergida en un océano de dudas.

Luisgé es un buen escritor que conoce a la perfección el rango en el que se mueve y maneja sus recursos maravillosamente. Cuando comienzo a leer percibo sobriedad y hermetismo de sentimientos. Hasta la mitad del libro, la que recorre la infancia del autor, el descubrimiento de su condición sexual, su juventud, leo con fluidez. Tomo conciencia de que Luisgé está mostrando un escenario absolutamente real de una época, una represión, una mentalidad. Y que, una vez más, la (mala) educación católica ha hecho un gran daño en muchos corazones. La culpa. La puta culpa. La parte en la que describe el tratamiento psicológico para “curar” su homosexualidad (conductismo puro y duro, aunque he de decir que el psicoanálisis también ha causado sus estragos) me pareció tremenda.

Pero a partir de ahí siento que Luisgé no avanza y yo me estanco con él. Entra en un bucle del que no consigue salir aunque en las últimas páginas, presurosas, parezca hacernos creer que ha llegado a algún sitio menos amargo, más amable. Y que a mí no me convence. 
Comprendí que no estaba enfermo, pero no dejé nunca de sentir que lo estaba.
Luisgé vive su homosexualidad como una enfermedad. Hasta el punto de llegar a tener él mismo sentimientos homófobos. Esto, que puedo entenderlo, y lo explica bien en esa primera mitad, luego no tengo la sensación de que realmente esté superado, que haya dado la vuelta a todo el sufrimiento vivido. Es verdad que se han conseguido muchos avances, que la homofobia hoy en día no es la misma que hace 40 años, aunque ahora estemos en una época de involución en todos los sentidos. Pero me ha costado entender el sufrimiento permanente con el que Luisgé vive su homosexualidad. Como una enfermedad, como un castigo, como una condena. Casi constantemente y a lo largo de su vida. Hay una barrera que claramente construye la sociedad, pero hay otra que nace desde el interior del propio Luisgé. Cierto que cada persona es un mundo, un universo y hasta un cosmos, y que cada cual vive las mismas experiencias de forma diferente. Eso es respetable y comprensible. Es sólo que en las casi 300 páginas del libro no consigo digerir tanto sufrimiento permanente y casi que hasta machacón. 

Creo que si el libro hubiera terminado en su primera mitad, estaría haciéndole la ola a Luisgé. Pero el libro sigue, y ese bucle en el que cae, ese relamerse continuo me termina por inquietar e incomodar. El exceso de citas largas me atasca. Llega hasta citarse a él mismo de un tirón más de cuatro páginas de su libro Los amores confiados… Lo cual me parece una sobrada innecesaria para el lector (posiblemente no para el autor, para sí mismo). Hay momentos en los que Luisgé analiza con una lucidez muy inteligente y aguda su comportamiento, sus reacciones, sus sentimientos. Pero cuando eso mismo se repite de forma constante sin que ese análisis te lleve a ningún lado, a mí termina por hacérseme oscuro y se me hace bola.

Sin duda es un libro que dará que hablar y mucho, y no me arrepiento de haberlo leído, porque desde luego indiferente no me ha dejado. Incluso puedo decir que es un libro necesario. Pero aunque hay partes que duelen como bofetada a mano vuelta, Luisgé no consigue crear imágenes que me ericen la piel o me atraviesen la boca del estómago. Creo que hay un exceso de dramatismo que, como comentaba, tiene más que ver con el propio autor que con su homosexualidad. Y lo dice él mismo:
La propensión al exceso y a la prestidigitación que hay en todos mis libros tiene que ver, sin duda, con mi propio carácter.
Es probable que se roce muchas veces el exhibicionismo. De hecho Luisgé llega a decirlo, que hace alarde de su secreto, que se muestra casi con exhibicionismo en cualquier ámbito y se refiere a este libro como “memorias sodomitas”. En cualquier caso, escribir siempre es exhibirse, en cualquiera de sus acepciones, y no tiene por qué implicar una connotación negativa. También a su favor, que Luisgé no pretende moralizar ni convencer, sólo mostrar. Contar. Purgar.

En una entrevista Luisgé dice que El amor del revés es “un gran libro de amor”. Yo diría que es un libro de búsqueda del amor. De soledad. De tortura constante. De inventar el amor. Pero no de amor.

Veamos, el libro es feroz. Cruel. Porque Luisgé es cruel consigo mismo. Muy valiente, cierto, porque hay que ser muy valiente para mostrarse así, proponiéndonos una excursión por todos los laberintos de su alma. Valiente o imprudente. No sé cuál de las dos cosas ha sido exactamente Luisgé, pero no hay pudor en ninguna de las casi 300 páginas de este libro. Ni, sospecho, concesiones a la galería. Por valentía, por exhibicionismo, por reparar(se), por lo que sea, pero Luisgé hace un striptease integral carente de sensualidad y desprovisto de sutilezas.

El puño de Luisgé traza una línea directa desde las entrañas a la mandíbula. A su propia mandíbula. Si yo como lectora esperaba recibir algún golpe, no ha sido así. He visto un combate de Luisgé contra sí mismo y contra el mundo, un combate brutal, fiero, sin tregua. Pero no me ha salpicado. He visto el sudor, la sangre, he olido el miedo, la desolación, la culpa. Pero el exceso ha impedido que me atravesara.

Sí, tal vez he leído este libro del revés. Es lo que hacemos los raros y sé que eso lo entiende Luisgé muy bien.
Hay tantas cosas que quiero decirte y tantas formas diferentes de decirlas.

martes, 15 de noviembre de 2016

Lejos de ellos (Laurent Mauvignier)

Título original: Loin d'eux
Traductor: Javier Bassas Vila
Páginas: 160
Publicación: 1999 (2014)
Editorial: Cabaret Voltaire
Sinopsis: Del silencio que habita en todas las familias, de las palabras que todos llevamos dentro y que nunca acaban pronunciándose; de la incomprensión y de la incapacidad de amar, junto a la voluntad de hablarse y abrazarse que a veces no basta. De todo eso Laurent Mauvignier extrae esta novela, "Lejos de ellos", donde las voces de una familia se trenzan íntimamente para desvelarnos, poco a poco, lo sucedido aquel 31 de mayo de 1995.
No es como una joya, pero un secreto es algo que también se lleva. Él, al menos, tenía marcado en la frente que llevaba una historia que nunca dijo.
Recuerdo perfectamente cómo llegó este libro a mí. Diciembre del 2014. Estaba en Tipos Infames. Muy bien acompañada, por cierto, de mis seres de luz. Había cogido varios libros, uno de ellos era El libro de las camas de Sylvia Plath, un libro para el que mi imaginario recreó un escenario que, como casi siempre, nunca se hizo real. Qué sabía yo, vivía bailando en una baldosa por aquel entonces. No quería ver los abismos que había debajo de la baldosa, pese a que ese mismo día, precisamente, empecé a intuirlos.

Me dirigía a pagar mis adquisiciones y de repente un libro se cae de la mesa de novedades. Me agaché a cogerlo, dispuesta a devolverlo a su lugar, y mientras recuperaba la posición con el libro en las manos, sin mirar siquiera qué libro era, lo incorporé a los que ya llevaba. En esos momentos creía en las señales y pensé que ese libro quería decirme algo. Qué sabía yo…

Ya de vuelta en el tren me fijé en el libro que el destino había puesto, literalmente, a mis pies: Lejos de ellos, de Laurent Mauvignier, un autor que me sonaba vagamente. Sin mirar la contraportada lo coloqué en una estantería, confiando en que el libro sabría cuándo transmitirme su mensaje. Cuándo decirme.
Como si ella supiera que no hay que creerse siempre las palabras, que las palabras no llegan a decirlo todo, no dicen hasta el fondo las verdades que sentimos.
Cuando hice la torre con las que serían mis 22 lecturas inmediatas, elegidas al azar, balda a balda, este libro estaba en la torre. Y ha sido el primero en ser leído. Y yo… qué sabía. No sabía nada. No tenía ni idea de qué iba el libro. Pero una cosa es cierta: tenía un mensaje para mí y era un mensaje que tenía que recibir justo ahora.

Hay varios libros comentados en este blog que me ha costado un mundo hablar de ellos, por distintas razones. Casi siempre porque me golpean de una manera tan feroz que comentarlos sin quedarme expuesta y desnuda era muy difícil. Pero hablar de lo que leo y contarme a mí es innegociable. Lo único que tengo que gestionar es cuánto muestro, cuánto se queda para mí y cuánto es un jeroglífico cuya clave sólo yo sé descifrar. Y en este caso, sinceramente, lo más probable es que elegiría no hablar del libro y quedarme con todo dentro. Pero me he propuesto comentar todo lo que leo, porque forma parte de este diario personal que es mi blog, este cuaderno de bitácora que, como una brújula, me guía de atrás hacia adelante, así que yo misma me he metido en un berenjenal: ¿cómo diantres hablo de esta lectura sin hablar? ¿Construyo más silencios?

Me siento ahora mismo como la fotografía de la portada: desfragmentada, desconfigurada. Así me ha vapuleado este libro. Es una lectura dura. Una piedra en la boca. Una costra irreparable. Un rayo que descarga toda su electricidad e impacta en pleno centro de mi alma. Un volcán que entra en erupción en mi interior inesperadamente. Me costó entrar en ella porque apenas hay saltos de línea, salvo para cambiar de voz narrativa. Y además al principio tardé en saber quién era quién, a qué voz correspondía cada largo párrafo. Pero esto no es exactamente un obstáculo porque enseguida te sitúas en los distintos personajes: Luc, su padre, su madre, su tío, su tía, su prima. 
Esas palabras que no hablan o las que, hablando, no dicen nada.
Es, y esto puedo decirlo, un libro que habla de los silencios sobre los que se construye (se destruye, más bien) una familia. Pero el lector escucha todos esos silencios, esas palabras calladas que sólo palpitan en el interior de cada cual. Somos observadores privilegiados de todos y cada uno de esos silencios, de lo que contienen y cómo se construyen los secretos enmudecidos de todos los personajes. Y ese privilegio se convierte en un infierno porque el paisaje que muestra es atroz. Desolador. 
La soledad siempre como una de esas palabras mayores que contendría toda la verdad de las cosas que se sienten en sí y que no pueden salir de sí, y que entonces caen más profundamente en sí cuando los otros no quieren oírlas, o no pueden,  nunca, a pesar de todo el esfuerzo que ha sido necesario para hacerlas remontar hasta ellos.
Además del hándicap de contar sin apenas contarme, hay otro: es difícil hablar de este libro sin desvelar de qué habla realmente. Y pienso que una de las fortalezas de esta lectura es llegar precisamente a ella sin saber de qué te habla. Lo cual deja la situación en que este libro es mejor conversarlo sólo con quien lo haya leído. Y tiene mucho que comentar. Mucho. Lo obvio, porque eso va incluido en la sinopsis, es que habla de los silencios, de lo que callamos y porqué callamos. Cómo esos silencios mueven nuestros actos, condicionan no sólo nuestra conducta y nuestra vida, sino la convivencia. Incomunican, aíslan, engendran incomprensión. Soledad. Carcomen.

Nunca los silencios nos acercan a los demás, aunque pensemos que lo que no decimos hace que todo sea más fácil, más confortable. Eso suele ser una excusa muy recurrida para justificar lo que callamos: que es mejor, que facilita, que incluso protege a los demás o a nosotros mismos. En realidad esos subterfugios son apariencias, fachadas y teatrillos en los que tal vez queramos creer, pero que tienen su peaje. Y no es barato. Hablamos de vida ¿no?
Para empezar acabamos, siempre para empezar hay que acabar, acabar para que al fin haya algo que empezar.
Decía Cioran que “Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro”.

Pues eso.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

En Grand Central Station me senté y lloré (Elizabeth Smart)

Título original: By Grand Central Station I sat down and wept
Traductora: Laura Freixas
Páginas: 155
Publicación: 1945 (2009)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Esta novela autobiográfica, publicada por primera vez en 1945, y que muy pronto se convertirá en un verdadero libro de culto al ser traducida a numerosos idiomas, narra con un lenguaje prodigioso, lleno de imágenes tan originales como potentes, la pasión de su autora por un hombre casado del que se enamoraría incluso antes de conocerlo personalmente.
Pero la acedera y la paloma torcaz, que sólo se ocupan de las cosas eternas, ¿qué pueden saber de la espinosa sociabilidad humana? ¿Qué saben de cómo las horas de espera, la inacción, el silencio, aprietan la cabeza con una fuerza que sofoca?
No leo para entretenerme. No repudio, menosprecio ni minusvaloro la lectura de evasión. He acudido a ella en diversas etapas de mi vida y no puedo decir que no volveré a leer algún libro con la única finalidad de escapar de los arañazos del existir. 

Los libros me han salvado la vida. No es una forma de hablar, es una realidad. No han sido los únicos. Pero han jugado ese papel. Miraba mis estanterías, tanto libro por leer, miraba uno, otro, y me decía “quiero leerlo, tengo que leerlo”. Y eso me abría un futuro. Un futuro largo, si tengo en cuenta la cantidad de libros que quiero leer y esperan, pacientes y tentadores, en cada balda de las estanterías (varias). Eso es salvar una vida: abrirle un futuro.

En Grand Central Station me senté y lloré llevaba tiempo esperándome. Lo cogía, lo empezaba, lo volvía a dejar. No, no es el momento, me decía. Pero sabía que no habría un “buen” momento para leer este libro. Me equivocaba. Había un “buen” momento: este, justo este
Si conservara la lucidez necesaria para recordar que mi apatía procede en línea recta de un amor excesivamente intenso, todo quedaría demostrado. Pero la lógica no está al servicio del amor, ni suele tampoco acompañar los estados de coma.
Estoy flotando a la deriva. Sin cabeza. Peligrosamente deshabitada.
Me gusta subrayar mientras leo. Escribir notas al margen, hacer algún dibujo, llenarlo de exclamaciones, interrogantes, admiraciones, onomatopeyas, puntos suspensivos, reflexiones… Con este libro es un error. Empiezas a subrayar el primer párrafo (Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo) y trazas una línea continua, página a página, hasta la frase final (Amor mío, cariño, ¿me oyes, desde ahí donde duermes?).
El obstáculo que el amor no puede vencer no son las certezas, sino las dudas, las dudas terribles: un Vesubio en mi estómago, la duda aporta suficientes indicios para que yo misma descifre el acertijo, y el acertijo dice: estás perdida.
A las tres páginas suelto el lápiz. Quiero leer despacio, hacia delante y hacia detrás, hacia arriba y hacia abajo, hacia dentro y hacia fuera. Quedarme en este libro, en sus palabras, en las sensaciones, en cómo está escrito, en lo que cuenta. Tan intenso, tanta magnificencia en cada palabra y su combinación que dejas de respirar, entras en apnea y cuando la falta de oxígeno te golpea el cerebro abres la boca y coges aire de nuevo, una bocanada que hace que dejes el libro, lo mires con asombro y te proveas de todo el aire circundante para (re)llenar los pulmones y seguir leyendo sin respiración. 
El tiempo entero es ahora, y el tiempo no puede ofrecer nada mejor. Nada puede ser más ahora que ahora, y antes de ahora nada era. No hay hechos menores en la vida, sólo existe un hecho, éste, único y colosal.
Dos cosas. Una, la mejor sinopsis de este libro es la biografía de Elizabeth Smart. Intentaré resumir al máximo: Un día, tenía ella 24 años, entró a una librería. Cogió un libro de poemas de un tal George Barker. Lo leyó. Se enamoró. Del libro y del autor. Se enamoró para siempre. Para siempre. Mantuvo correspondencia con él, lo que avivó más la locura de la pasión, del amor verdadero. Ese para el que naciste. Otro día, tres años después, se conocieron. Barker estaba casado, lo que no impidió que Elizabeth y él vivieran una intensa y tormentosa historia de amor, y tuvieran tres hijos en común (Barker tuvo hasta 15 hijos de distintas mujeres). Alcohol, pasión, libros, peleas, fogosidad, separaciones, encuentros, amor… (Escucho un  “algo” que me resuena dentro). En este libro Elizabeth Smart no es que narre su amor, sino que lo describe, describe las emociones que la atraviesan, dibuja un paisaje de sensaciones, pasiones, desasosiego, dolor, amor... Y de qué forma, madre mía.
Recuerda: yo no soy el desahogo, sino la meta.No pretendo cegarte, sino encontrarte.
Dos, no es una novela. Es poesía, de principio a fin. Está muy de moda ahora deconstruir la poesía y su estructura, como si fuera novedad. Si esto se viene haciendo de toda la vida. Para muestra, el botón de Elizabeth Smart. Llámalo como quieras, novela, autobiografía, prosa poética,… De principio a fin lo que tengo delante es un poema soberbio sobre ese amor que se escribe en minúsculas y se vive en mayúsculas.  Diría incluso un poema épico en el que se exalta y enardece el amor. También el dolor. Porque existe ese amor, doy fe, rayano a lo enfermizo: incondicional, encarnizado, rebelde, generoso, tenaz. Mortal. Ni una concesión a la resignación.

Es un libro de lectura lenta y sensaciones prolongadas y persistentes, plagado de metáforas, sarcasmo, literatura, crítica, amor, fogosidad. No hay hechos, no hay acción, no hay más hechos que el amor. Una lectura de esas inabarcables, que reclaman oxígeno para deslizarse con sosiego (y cierta inquietud) por sus párrafos, con la piel desnuda y la certeza de tener una rara y abrumadora belleza entre las manos.
Yo no pude elegir. Para mí no hubo cruce de caminos.