martes, 14 de agosto de 2018

En el mar (Toine Heijmans)

Título original: Op Zee
Traductora: Goedele De Sterck
Páginas: 160
Publicación: 2011 (2018)
Editorial: Acantilado
Sinopsis: Inmerso en una profunda crisis personal, Donald decide navegar en su velero durante tres meses, con el silencio y la soledad como única compañía. Sólo en la última etapa de la travesía recogerá a su hija de siete años, María, para que lo acompañe del norte de Dinamarca a los Países Bajos. Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido. Pero de pronto las nubes negras acechan en el horizonte y Donald está cada vez más angustiado; la noche en que estalla la temida y aterradora tormenta, María desaparece del barco… En el mar es una evocadora alegoría sobre la travesía de la vida y la posibilidad de gobernar el propio destino, y un magnífico homenaje a los navegantes legendarios, desde Ulises hasta el capitán Ahab.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Quien deja de pensar con lucidez queda a merced del mar.
Este libro engaña ya desde su sinopsis. No, no es que engañe, más bien es un libro manipulador, tanto que esa manipulación descarada me tuvo alerta desde las primeras páginas. Se me hacía tan evidente que Heigmans me obligaba a ir por donde él quería que inevitablemente la desconfianza fue mi compañera más decidida en esta lectura.

La historia es clara, demasiado clara, desde el principio. Un hombre en crisis, un padre que necesita reivindicarse, un vacío que se necesita llenar. Una huida con el mar de fondo en busca de lo esencial, del encuentro con uno mismo. El mar como única compañía. Excepto los últimos días de esa travesía solitaria, en las que la presencia de la hija, de siete años, acompaña al protagonista. Y creo que no miento al decirlo así. No voy a hacer trampas yo también.
Los niños apenas distinguen entre el sueño y la vigilia. Ojalá les sucediera lo mismo a los adultos. Para mí, la realidad puede ser un sueño. Y viceversa.
No pretendo yo que los libros no hagan trampas, que los autores no tengan sus recursos para llevarnos donde quieren. Faltaría más, cada cual utiliza las herramientas para las que está dotado o sabe utilizar. Pero… la sutileza, la sutileza es tan necesaria. Entre otras cosas porque eso implica que se dota al lector de la capacidad de poner de su parte, bien dejándose llevar y sorprender, bien admirándose de lo que el autor hábilmente escondía. Pero si no te dejan que te hagas preguntas, porque continuamente te anticipan (e incluso repiten) respuestas para llevarte donde quieren, pero sabiendo el lector que algo no cuadra, que nada cuadra… pues no voy a decir que me siento estafada, pero sí decepcionada.

Debo decir que el libro lo leí del tirón, en un día, porque el ritmo impuesto, las frases cortas, te van llevando como esos vagones de una montaña rusa, sin posibilidad de salirse de los raíles, a veces subiendo, a veces bajando, con una cadencia lenta en ocasiones para luego coger una velocidad endiablada y trepidante. Y tú dejándote llevar. Y también que ese protagonista secundario (aunque no tanto) el mar, fue para mí lo más bello del libro.
Sabemos cosas que preferimos no contar, ni siquiera a nosotros mismos. Y cuando el barco de papel se hunde, hacemos uno nuevo.
Pero ves venir el descenso y lo único que me preguntaba es ¿lo resolverá bien Heijmans? Y ahí saltaron todos los costurones, porque en mi opinión no lo resuelve bien. Demasiado trabajo puesto en llevar al lector donde quería llevarlo para luego no saber cómo solventar todo el laberinto montado. Para que no deshagamos el camino andado, Heijmans directamente abre una puerta falsa en ese laberinto que él mismo nos había metido. 

Y es entonces cuando todas las preguntas que te hacías, todas esas alarmas que se empeñaban en sonar, se desatan. Pero ya no importa porque te das cuentas que esas cuestiones las provocaba esa mano de Heijmans en el cogote, obligándote a ir por los caminos del laberinto que él quería. Que no me parece mal, si no fuera porque me parecieron torpes y poco sutiles sus formas.
Las madres nos llevan ventaja, una ventaja inalcanzable, al menos a padres como yo. En asuntos de niños, no parecen dudar jamás. Y de hecho no dudan. Madre e hijo tienen la misma sangre, el mismo pulso.
Aparte de todos los aspectos que me hacían dudar, que no me cuadraban, hubo algo que también provocó mi desconfianza y es esa insistencia del protagonista en transmitir que un hombre juega en desventaja con la paternidad. Como si las mujeres naciéramos todas madres, siendo buenas madres, como si no hubiera dudas, temores, miedos. No, la mujer no tiene que preocuparse como madre, parece que, según Heijmans, nacemos con ese chip, una predisposición innata no solo para ser madre, sino también para que no nos suponga esfuerzo, una ventaja que nos es dada por el hecho de ser mujer. Pero los hombres parece que no, que son los únicos que tienen esa lucha por conquistar y hacerlo bien con los hijos.

Como excusa para que Donald, el protagonista, intente tener una relación especial con su hija, me parece muy pillada por los pelos. Incluso su crisis existencial, provocada en parte por una situación laboral de total insatisfacción, se nos deja tan explicitada que me chirría por todos los costados (¡esos meses sabáticos pagados!). Porque ese problema, esa necesidad de Heijmans de hacernos evidentes ciertos elementos, no vayamos a ir por donde no interesa que vayamos (porque sino no hay historia), fue para mí un lastre excesivo.
El problema del ser humano es que lo humaniza todo. El ser humano cree que el agua tiene un plan. Quiere ser más fuerte que el agua, mientras que el agua es o que es: agua, sin pensamientos, sin segundas intenciones.
Y ver tan claramente las intenciones, no sé si primeras o segundas, de Heijmans desmontó todo el tenderete. Que aun valorando los elementos con los que pretende jugar: crisis existencial, los difusos límites entre la normalidad y la locura, la realidad y la fantasía, con un mar de fondo que pone a prueba al ser humano, aun así… creo que Heijmans no supo jugar sus bazas con acierto. No llevaba mala mano, pero cuando alguien se empeña tan descaradamente en hacer creer que tiene determinada jugada en la mano, todo te hace pensar que es justamente porque algún as en la manga tiene. Pero hay que saber sacar ese as con elegancia e inteligencia y en el momento más oportuno. No fue el caso. 

No quiso pillarse los dedos Heijmans y deja pistas claras de que Donald es un narrador poco fiable. Y si para encima tienes que lidiar una crisis vital con la soledad de navegar en el mar, ya sabemos dónde va a llevar la situación, porque el mar no tiene amigos ni enemigos, pero el  hombre tiene un enemigo terrible: su propia estupidez. El mar se merece ser una metáfora más sutil.

viernes, 10 de agosto de 2018

Mía es la venganza (Friedrich Torberg)

Título original: Mein ist die Rache
Traductora: Lidia Álvarez Grifoll
Páginas: 114
Publicación: 1943 (2011)
Editorial: Sajalin
Sinopsis: En una brumosa mañana de noviembre de 1940, un hombre espera en el muelle de Nueva Jersey la llegada de unos amigos procedentes de Europa. En más de una ocasión su mirada se detiene en la figura frágil y encorvada de un extranjero que arrastra inquieto su pierna izquierda por la sala de espera y el muelle. Cuando el hombre le pregunta a quién espera, el extranjero le responde que son muchos, exactamente setenta y cinco, aquellos que deberían llegar. Y sin embargo, nunca llega nadie. Luego, en una larga conversación, el extranjero evoca con todo detalle el estremecedor recuerdo de lo sucedido años atrás en el campo de concentración de Heidenburg, cerca de la frontera holandesa, y el dilema planteado entre los judíos allí encerrados: Abandonar toda resistencia y conceder la venganza a Dios, o morir ejecutando al verdugo.
… y aquella miserable búsqueda convulsiva de algo que pareciera un punto luminoso… ¡y qué no parecería una luz en esa oscuridad!
Dentro de la literatura sobre la IIGM, busco especialmente la de aquellos que la vivieron, que la sufrieron. Porque siempre tienen algo nuevo que añadir, porque necesito desmontar explicaciones simplistas y monolíticas que den una falsa sensación de seguridad, de creencia de que lo que ocurrió es pasado, que no hay que removerlo y que no volverá a suceder. Extraer las raíces de lo sucedido, identificar cada serpiente que crece entre los rizos de Medusa.

Mía es la venganza fue escrito por Torberg en 1943, y es uno de los primeros textos antinazis conocidos. Torberg, perseguido por los nazis, huyó primero a Francia y luego a EEUU, a donde llegó gracias a PEN Club Internacional (una asociación mundial de escritores), que le consideraba uno de los diez eminentes escritores antinazis. Finalizada la guerra, volvería a Austria. Será en EEUU donde, en 1943, escribiera Mía es a venganza.
Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo el pie de ellos resbalará, porque el día de su calamidad está cerca, ya se apresura lo que les está preparado. (Deuteronomio 32:35)
Una de las cosas que más llamaron mi atención es cómo, ya en 1943, Torberg tenía una visión tan lúcida y profunda de lo que sucedía en los campos de concentración. El campo de concentración, ficticio, en el que se desarrolla Mía es la venganza, es un campo considerado “no tan malo” (incluso en el infierno, cuando uno está dentro, hay categorías). Pero solo será así hasta que llega a él el jefe de la SS Hermann Wagenseil.

El sádico e inhumano Wagenseil promoverá terribles e insidiosas torturas a los judíos hasta llevarlos al suicidio, robándoles la dignidad, el consuelo y toda posibilidad de esperanza sin necesidad de hacerlos pasar por una cámara de gas o un pelotón de ejecución. Incluso les arrebata el “nosotros” al pulverizar todo sentimiento de solidaridad. Wagenseil consigue inocular el miedo, las dudas, el terror entre los prisioneros.

Ojo, este libro no va sobre la masacre y el exterminio… va sobre las raíces del mal y la barbarie, y también es una reflexión profunda y lúcida sobre la venganza, los conflictos internos y las decisiones. Pero también muestra cómo llevar a un ser humano a sus propios límites, dejarle sin fortaleza física y a partir de ahí destrozar los cimientos mentales que nos sostienen. Quienes se hayan preguntado el porqué muchos judíos no lucharon, no se rebelaron, aquí encontrarán respuestas.
Mientras alguien aún tenga la esperanza de que les tocará a todos, pero a él no; mientras tanto, nos seguirá tocando a todos.
En las primeras páginas, Torberg, en boca del hombre que espera en el muelle, un día y otro, a 65 personas (qué imagen más brutal y simbólica, una vez terminado el relato) ya nos advierte: No es una historia que se explica para pasar el rato y se escucha para pasar el rato. Y así es, aunque te puedes quedar ahí, como con todas las lecturas, pasando el rato. Pero es innegable el afán reflexivo y de resistencia de Mía es la esperanza, un libro despiadado, duro, que justifica la no violencia en un sorprendente final.

El libro contiene también otro relato corto, El regreso del Golem, que aborda el mismo tema (¿cómo luchar contra la barbarie: usando la violencia o confiando en la venganza del Señor?), y aunque lastrado por el magistral relato que da título al libro, lo complementa añadiendo argumentos a la reflexión de fondo.
Es nuestra venganza y nos vengamos constantemente: porque existimos y todavía seguimos existiendo.
No es tan sólo conociendo la historia como podemos evitar tropezar de nuevo en la misma piedra. Es sobre todo conociendo sus raíces, aquello que provocó sucesos que deberían avergonzar a los seres humanos de por vida. Y la única forma es desmenuzar el alma humana, tan compleja, hecha de mimbres personales, sociales, religiosos, miedos, creencias, verdades y mentiras. Tantas cosas.

En definitiva, muy impactante cómo Torberg construye dos relatos (especialmente Mía es la venganza) en los que no sólo ahonda en las raíces del nazismo, sino también en cómo enfrentarse a ellas: existiendo (y  no se refiere tanto al existir personal como al existir de algunos valores).


martes, 7 de agosto de 2018

Cuando éramos hermanas (Sheila Kohler)

Título original: Once we were sisters
Traductor: Mariano Antolín Rato
Páginas: 232
Publicación: 2017 
Editorial: Alba
Sinopsis: Cuando éramos hermanas es la historia de Maxine y Sheila Kohler. Mientras crecen en la sociedad elegante y a la vez sofocante de la Sudáfrica de los años 50, ambas esperan tener unas vidas esplendorosas. Maxine va a cumplir 40 años, cuando su marido, un cirujano brillante y respetado, conduce su coche, se sale de la carretera y la mata. La historia está contada en primera persona por su hermana. Una historia verídica que se lee como una novela. Un peculiar y terrible caso de violencia machista. 

Hay historias misteriosas que no cuentan del todo sino que ocultan cuidadosamente de ellas tanto como revelan.
Sheila Kohler escribe Cuando éramos hermanas para vengar la muerte de su hermana. Así lo expresa en varias ocasiones. Sin embargo, la sensación final, al menos la mía, es que escribe esta historia para explicarse a sí misma, para tratar de entender, para plantear infinitas preguntas para las que no siempre tiene respuestas.

Es un libro más complejo de lo que parece y que contiene muchas claves que explican la violencia de género y los hilos invisibles que hay detrás de los silencios que rodean dicha violencia. Y aunque el contexto es muy concreto: la Sudáfrica de los años 50, la época del Apartheid, en una sociedad machista, racista, violenta… sin embargo, el tiempo parece detenido en cuanto a las piezas que forman la piedra angular de lo que hay por debajo de la violencia de género también en la actualidad.
El aspecto es lo más importante; es lo que les ha permitido progresar: la ropa, el tipo, la cara.
Sobre todo, madre duerme.
Y bebe
 
El contexto social, político e histórico es importante, pero (¡ay!) el contexto familiar no lo es menos. Maxine y Sheila Kohler nacen en el seno de una familia blanca, acomodada, y con un peculiar desapego afectivo. No entre las hermanas, al menos cuando eran niñas porque, como todos los niños, nacen y (durante un tiempo) crecen ignorantes y libres. El afecto que no encuentran en sus padres (padre ausente, madre adicta al alcohol y las drogas y más centrada en sus hermanas que en sus hijas) se lo prodigan entre ellas. También muestran un gran apego a la cultura y a los libros.
Con facilidad, mucha facilidad, jóvenes, sanas y fértiles, mi hermana y yo quedamos embarazadas. Nuestros maridos parece que nos prefieren embarazadas. La píldora todavía es controvertida, el ginecólogo de Maxine no la recomienda. Produce varices, dice.
Con los mimbres emocionales que han ido construyendo, en una época, lugar y sociedad claramente misógina, toman decisiones. Su acomodada situación no les libra de las decisiones equivocadas, de los silencios, del miedo, de las injusticias. El dinero no da libertad ni mucho menos lucidez.

Aunque Sheila Kohler critica las normas sociales, racistas y machistas, en las que se educó, no pudo evitar que su vida estuviera marcada por esas propias normas. Al fin y al cabo, ella también calló. Calló cuando su marido le fue infiel. Calló cuando supo que su hermana era víctima de la violencia machista de su marido. Y porque calló, utiliza la única herramienta que siente que es realmente suya para terminar con el silencio: la escritura.
Estamos separadas por el tiempo y por grandes distancias, pero sobre todo por nuestras propias y a menudo secretas preocupaciones.
Nuestras propias preocupaciones nos alejan de las preocupaciones de quienes amamos. El dolor es egoísta. Vale. Es así. Tampoco es malo ser egoísta, a veces es necesario. Pero hay límites para ese egoísmo. Un territorio invisible pero necesario en el que es ineludible dejar de mirar nuestros ombligos, alzar la voz, no consentir. 

En un momento dado Sheila se pregunta qué es lo que les ata a esos hombres (sus maridos) que tanto daño les hacen. No hay una respuesta explícita, pero sí está claramente expuesta y sobreentendida a lo largo de la narración. Los motivos de los silencios, las relaciones materno-filiales (Sheila aconseja a su hermana que vuelva con -por- sus hijos), las presiones silenciosas pero atroces del entorno, de tu propia educación y vivencias…
Aunque dejé que pasase, y no hice nada para pararle excepto ofrecerle mi cuerpo tenso y nada dispuesto, en cierto modo sentía que algo del interior de mí misma había sido profunda e irrevocablemente violado.
Porque una de las razones por las que este libro termina por ser más intrincado de lo que aparenta es esta forma sutil de exponer y relatar. En el párrafo anterior está descrita, de una forma precisa y sencilla, lo que es sentirse violada dentro de una relación consentida. No se detiene ahí, porque la memoria y los recuerdos siempre están en movimiento, aunque en ocasiones se muevan en círculos (más o menos viciosos), así que avanza en esos recuerdos. Pero cuando terminas la última página y dejas reposar lo leído, tomas conciencia de esas perlas envenenadas que Sheila ha ido dejando a través de sus recuerdos. Es por ello que cuando terminas la lectura, te das cuenta de cuántas capas contienen sus páginas, y descubres una estructura mucho más rica de lo que percibías según ibas leyendo.

lunes, 30 de julio de 2018

Vidas minúsculas (Pierre Michon)

Título original: Vies minuscules
Traductora: Flora Botton-Burlá
Páginas: 206
Publicación: 1984 (2016)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: A través de sus ocho capítulos Michon es la figura del biógrafo biografiado, o de una autobiografía hecha a base de la reconstrucción de las vidas ajenas: vidas minúsculas de sus abuelos, sus compañeros de clase en un internado de la provincia francesa, de aquel niño huérfano que, como un «Rimbaud fracasado», se va a África en busca de una fortuna quimérica.

Entremos en la génesis de mis pretensiones.
Cuando comenté Un soplo de vida, de Clarice Lispector, decía que qué hacía yo comentando ese libro, que Lispector era de otra galaxia. Pues bien, cerca de esa galaxia, quizás en la misma, pero lejanos a nuestra Vía Láctea, está también Pierre Michon. Quizás ambos estén en el Objeto de Hoag, por atípicos, densos y fascinantes.

Voy primero a explicar la estructura de este libro. Y luego intentaré, que en intento se quedará, contar las hechuras de Vidas minúsculas.

Puede parecer que Michon se esconde detrás de las palabras, pero sin embargo es mucho más claro de lo que parece. Que luego juegue, cree, invente, regocije, en y con las palabras es otro tema. Pero sin embargo es muy transparente en sus pretensiones. Que estamos hechos (o deshechos) de historias es una realidad. Pero no todas las historias son nuestras, no todas nos pertenecen. Están también las historias de otros, de aquellos que en algún momento se cruzaron en nuestras vidas.
Pero, al hablar de él, hablo de mí.
Y así se construye (y deconstruye) Michon: contándose a partir de otras vidas. De ocho concretamente (una por capítulo). No hablamos de una autobiografía estrictamente; tal vez, como he leído, se trate de una biografía biografiada… Aaaah, ya aquí vemos que estamos hablando de algo excepcional, distinto. ¿Un experimento? No. A Michon le ha costado mucho encontrar su voz. De hecho esta es la historia de cómo Michon no encontraba su Verbo. Y así, este su primer libro, lo publicó a los 39 años. Que, bien pensado, no sé si es demasiado pronto o tarde para un primer libro. Sobre todo si el primero es un libro tan extraordinario como Vidas minúsculas.

A mí este Vidas minúsculas me ha seducido y me ha tenido rendida de principio a fin. Lo he disfrutado casi de forma sexual, sintiendo las metáforas y las embestidas líricas de Michon como vaivenes de placer que retienen el orgasmo sin alejarme nunca de él. 

Si para Michon la belleza está justo en el instante creativo, en ese estallido en el que todo encaja y se ajusta, bien podría ser Vidas minúsculas la búsqueda de ese intervalo fugaz en el que un autor consigue la Gracia de la Escritura y un frenético intento por poseerla.
El desierto que yo era, hubiera querido poblarlo con palabras, tejer un velo de escritura para ocultar las órbitas vacías de mi rostro.
Las minúsculas vidas (a mí me sobrecogió especialmente la del tío Foucault) de las que habla Michon en realidad no son ínfimas, como ninguna vida lo es: todas ellas son mayúsculas, enormes en su humildad e incluso en su pobreza. Michon intenta que ellos sean imperecederos al ser contados, en un fiero enfrentamiento contra la fugacidad de las personas, lo efímero de nuestra existencia, lo endeble de nuestra pertenencia. Qué mejor forma de homenajearlas que hacerlas eternas a través de lo Escrito.

En realidad todas esas biografías, las ocho (las nueve, si contamos que la suma de las ocho da como resultado una novena: la del propio Michon) son biografías de ausencias. Me resquebraja esa realidad: que las ausencias nos construyan más que las presencias.
…que las palabras son vastas, que son dudosas.
Cuando estaba en plena lectura de Vidas minúsculas, le comenté a una buena amiga que Michon me estaba salvando los días y el vocabulario. Si bien lo primero es una dramatización muy característica en mí, lo segundo es textual: todo el vocabulario que parece no existir, todas las palabras que parecen faltar las tiene Michon: palabras telúricas, lumínicas, celestes, arcaicas, tornasoladas, danzarinas, sensuales… Michon es sonoridad, sinfonía, sensorialidad, pero también laceración, talento, agudeza, conocimiento y precisión.

Con una forma de escribir tal y como estoy describiendo (o eso intento), bien podría pensarse que a Michon se le puede ir el hilo de lo que pretende contar (y cómo pretende hacerlo), que de repente pueda faltar un eslabón que mantenga unida toda la estructura, que vaya a caer en lo afectado y rimbombante. Pero no, Michon no pierde de vista el recorrido y mantiene al (extenuado, embriagado) lector en él.

Si se animan a leer estas Vidas minúsculas sepan que se van a encontrar con algo así, de continuo (y he escogido un fragmento al azar):
Cierto es que el mundo nos violenta. ¿Pero qué violencias no ha sufrido? Los helechos misericordiosos ocultan la tierra enferma; en ella crecen un trigo pobre, historias bobaliconas, familias con fisuras; del viento surge el sol, como un gigante, como un loco. Luego se apaga, como se apagó la familia de los Prelucher; así se dice, cuando el nombre deja de aparearse con los vivos. Sólo lo pronuncian todavía bocas sin lengua. ¿Quién miente con obstinación en el viento?
Leer a Michon es no respirar, no cabe hueco para ello, sus extensas descripciones, su torrente léxico, su sonora, vibrante y profunda escritura, su paisaje de palabras e imágenes deja sin aliento. Antes decía que había disfrutado de esta lectura casi de forma sexual, y bien sabemos todos que cuando el orgasmo estalla, contenemos la respiración para inmovilizar y retener ese momento en el tiempo. 

Literatura pura, selvática, estremecedora, culta… No echo de menos respirar cuando la literatura alcanza niveles tan estratosféricos que la fuerza de la gravedad se diluye y te hace flotar en una agradable e intensa deriva. Rendida a Michon hasta las lágrimas, empujadas a mostrarse como un tributo a la belleza.

lunes, 23 de julio de 2018

Buscando Mercy Street (Linda Gray Sexton)

Título original: King Kong Théorie
Traductora: Ainize Salaberri
Páginas: 528
Publicación: 1994 (2018)
Editorial: Navona
Sinopsis: Las memorias de Linda Gray Sexton son un relato honesto e implacable del amor angustioso y feroz que unió a una mujer brillante y difícil con la hija que dejó atrás. Linda Sexton tenía veintiún años cuando su madre se suicidó. Ahora mira atrás, recuerda e intenta reconciliarse con la vida de aquella. Porque la vida con Anne era una mezcla salvaje de depresión suicida y felicidad maníaca, conducta inapropiada y viajes de medianoche a la sala psiquiátrica. Anne enseñó a Linda cómo escribir, cómo mirar y cómo imaginar. Solo Linda podía escribir un libro que capturara de manera tan vívida los detalles más íntimos y las emociones más profundas de su vida conjunta. 
La enfermedad mental de mi madre, que vivía entre nosotros como la quinta persona en discordia.
Imposible eludir el recuerdo de Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Ambas escriben sobre sus madres. Ambas madres padecían una enfermedad mental. Delphine y Linda, Linda y Delphine, escriben para entender, para purgar, para nombrar. También para explicarse. Linda y Delphine, Delphine y Linda, que al modo de Vivian Gornick pero sin su clarividente lucidez (Linda cuenta, Gornick muestra, Delphine se queda a caballo entre ambas cosas), escriben sobre sus apegos feroces, sobre cómo terminamos por convertirnos en quien no queremos ser, o sobre cómo heredamos aquello de lo que huimos y hemos rechazado. Hasta ahí, que no es poco, las similitudes. Las diferencias son importantes también: Linda escribe sobre sus vivencias con muchas menos reticencias que Delphine, cuenta sin filtro, con desgarro, con brutalidad incluso. También, a mi manera de ver, con menos calidad literaria, mucho más directa en su forma de contar. Y, por ello, mucho más impactante.

Las enfermedades mentales son unos insospechados y crueles paradigmas de la teoría del caos: afectan a quienes la padecen, pero no menos a quienes conviven con esas personas. Un leve aleteo de la persona enferma puede producir un tornado o nada en absoluto en su entorno inmediato. En el caso de Linda el tornado es evidente, y con repercusiones de notable magnitud, puesto que afectarán a toda su vida, más allá del fallecimiento (del suicidio) de su madre...
La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Lo sé. Y ahora tú también lo sabes. Donde quiera que estés, Linda, háblame […] Te quiero, Linda de cuarenta años, y amo lo que haces, lo que sientes, lo que eres. Sé la dueña de tu vida. Pertenece a aquellos que te quieren. Habla a mis poemas o habla a tu corazón; estoy en ambos, si me necesitas. 
La cita anterior corresponde a una carta que Anne Sexton escribió a su hija, Linda, unos años antes de suicidarse. Meses después de su fallecimiento, Linda leería esa carta como si fuera la primera vez que la tenía delante.

Para quienes adoramos la desgarradora y dolorosa poesía de Anne Sexton, estas memorias de su hija no nos resultan agradables de leer. Son incómodas, queremos defender a Anne, comprenderla, salvarla. Pero no podemos obviar cómo despedazó a quienes la rodeaban. No, no era Anne Sexton, era su enfermedad. Necesitamos rescatarla de sí misma. Tanto nos dio… ¿cómo no querer deshacer los terribles nudos que terminaron por ahogarla?

Pero no somos su hija. No padecimos ese dolor atroz, la aberración de que una hija tenga que ser madre de su propia madre, que una niña que no comprende lo que sucede tenga que aprender a marchas forzadas a ser la cordura de su propia madre. Una brutalidad insana y difícil de gestionar.
Es responsabilidad de los padres, y no de los hijos, establecer límites.
Familias disfuncionales. No es la primera vez que comento aquí algún libro que aborda ese contexto desestructurado en el que muchos niños se ven atrapados, sin posibilidad de elegir, sin nadie que los rescate ni salve. Los hilos invisibles que se entretejen en una infancia rota, atípica, fuera de todas las normas, convenciones y reglas, las escritas y las no escritas. Raíces tan torcidas como irreparables.

Que Anne Sexton fue una persona torturada es bien conocido por todo aquel que haya leído su poesía y se haya acercado a su biografía. Su tortura íntima fue retransmitida sin nada que la dulcificase a cada golpe de poema que escribió. Y así se lee su poesía: como un golpe en las partes más oscuras e íntimas, como un arañazo en el vacío, como una rotura irrecuperable, una salvación imposible, una lágrima ácida corriendo por el rostro, el desbordamiento de todo lo que te martiriza en lo más interno de tu propio ser.
Recordar este juego aún me duele porque sigo viendo mi pequeño rostro, tan desesperado y asustado, sobrepasado por la responsabilidad que siento de mantener cuerda a mi madre.
Anne Sexton era intensa, brutalmente intensa, con esa intensidad inestable, desesperada e insegura que provocan los trastornos mentales. Fue intensa para lo malo, pero también para lo bueno, como un irónico reflejo de esa bipolaridad que padeció. Ángel y demonio en un mismo cuerpo, en un mismo ser. Imposible evitar batallas incruentas con una misma. Batallas que se extendían hacia aquellos a quienes quería y la querían.

Lo relevante en Buscando Mercy Street es comprobar cómo eso afectó a la mayor de sus hijas, Linda Gray Sexton: con miedo, con terror, con dudas, con desequilibrio. En un impredecible tira y afloja consigo misma, Linda desgrana sus vivencias con Anne Sexton, pero también su propia lucha interna, el amor y el odio que sintió, inevitablemente entrelazados, por su propia madre.

La ambivalencia que Linda sintió respecto a su madre perfila la columna vertebral de este libro, como bien podemos ver en las siguientes citas:
Me animó a pensar y a leer con amplitud de miras, a desarrollar mis propias ideas y a descubrir el mundo de una forma que a ella le resultaba imposible. Me aportó un poderoso -aunque imperfecto- ejemplo de lo que todas las mujeres con talento podían anhelar y conseguir.

Odiaba su egoísmo y su enfermedad, y era ya incapaz de establecer dónde empezaba uno y dónde acababa la otra.

De alguna forma no entendí del todo la creciente desesperación de mi madre ni cómo sus salvajes acciones fueron, con toda probabilidad, un intento de sentir algo, cualquier cosa, mientras se forzaba a tragar un sentimiento tras otro, intentando ahuyentar el negro e invisible velo de la depresión.

No me hagas responsable de tu vida, eso es lo que expresaba mi reticencia. No quiero volver a ser la centinela.
La misma ambigüedad y contradicciones que sentí yo al leer Buscando Mercy Street... Durante muchas páginas, quizás demasiadas, las memorias de Linda Gray Sexton me parecieron repetitivas. Ya había dejado claro la fractura, el daño, tanto el de su madre como el de ella misma. Por mucho que simpatices y empatices con Anne Sexton, no puedes evitar tomar conciencia del daño causado por ella. Vale, Linda, ya está claro, avanza. Pero no avanzaba, seguía retorciendo el dolor, los comportamientos descabellados, maniacos, la depresión de su madre. Hay que llegar hasta la página 315, en la que Linda relata el momento en el que es conocedora del suicidio de su madre, para que se nos explicite lo que ya sabemos y el libro vuelva a remontar. Hasta entonces, Linda pone las bases para justificarse. No porque necesite justificarse, sino por la necesidad de no sentirse culpable. La culpa, la culpa, la culpa…
Pronuncio estas palabras para conocerlas mejor: deseaba que mi madre muriera.
Es inhumano llegar a desear la muerte de alguien que quieres. Y, por inhumano, tremendamente dañino para quien llega a sentir que esos sentimientos le invaden sin poder combatirlos. Es inhumano de esa forma que lo son muchas cosas humanas: sin que esté escrito en ningún lado, sin que haya una ley que lo prohíba o lo conjure. Acuerdos tácitos. No desearle el mal al vecino, menos a un ser querido. 

Pero la vida tiene una forma peculiar de establecer sus propios límites entre lo humano y lo inhumano, lo soportable y lo insoportable. No siempre podemos elegir.
Cada uno había elegido un arma: él, su puño; ella, sus palabras.
Además de esa querencia por repetirse, quizás por la necesidad de justificar unos sentimientos que nadie quiere tener respecto a su propia madre, hubo un par de cosas más que me chirriaron de Linda: el  temor a ser lesbiana, como si fuera una enfermedad. Y algo más incomprensible para mí: la dulcificación de su padre. Todo lo que le costó entender y aceptar de su madre, que no era fácil, le resultó mucho más natural en el comportamiento de su padre. 
¿Por qué, de hecho, se utiliza, raramente, la palabra dolor para describir la depresión?
No tengo respuesta para esta pregunta. La depresión es dolor. Y duele tanto como un cáncer, de ambas cosas puedo dar fe. Pero no necesitamos comprender el cáncer (sí el proceso personal que implica), nos basta con saber que hay tratamientos eficaces en la mayoría de los casos. Pero la depresión implica algo que nos afecta a todos, algo que está en las raíces del ser humano, algo que no siempre estamos dispuestos a aceptar ni a mirar de frente.

Linda Gray Sexton sufrió a una madre que sufría, que era un ser sufriente. Y que, en cierta forma, le robó su infancia. Pero también le dio muchas herramientas para vivir una vida que la propia Anne fue incapaz de vivir. Linda tuvo que construirse a sí misma teniendo la referencia de quien no quería ser: su propia madre. Pero al final no pudo escapar de sí misma ni de su madre. Los intentos de suicidio de la propia Linda así lo certifican.

Es tan difícil y espinoso vivir la vida como contarla, en voz alta o en voz escrita.

jueves, 19 de julio de 2018

Querida niña (Edith Olivier)

Título original: The love child
Traductora: Ángeles de los Santos
Páginas: 168
Publicación: 1927 (2017)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Con poco más de treinta años, tras morir su madre, Agatha Bodenham se encuentra completamente sola. Entonces recordará, e invocará de nuevo a la vida, a la única compañera que ha tenido en toda su existencia: Clarissa, una amiga imaginaria de la niñez. Sí, imaginaria pero, en verdad, más real que cualquier otra persona. Al principio, Clarissa se le aparecerá sólo de noche, luego conquistará el día, fundamentando su existencia material en la calidez del amor obsesivo de Agatha, hasta que los demás, extrañamente, también consiguen verla. Agatha protegerá hasta las últimas consecuencias su creación con un amor obstinado y posesivo; protegerá a Clarissa de los demás, incluso del amor de un hombre.

Pero incluso una mujer insulsa puede sentirse sola.
Nunca tuve una amiga imaginaria siendo niña. Supongo que porque mi imaginación no necesitó de ello, todo me valía para el entretenimiento y la fantasía: los demás niños, juegos alocados e hiperactivos, un charco, unas hormigas, un palo, un árbol, el rio, unas vías, una piedra, unos cartones, el mar y la arena, la libertad… No, no tenía tiempo para que en mi imaginación se creara una amiga. Tenía todo lo que necesitaba. Pero, es curioso, ya adulta tuve una amiga imaginaria (demasiado imaginaria).
Agatha estaba asombrada de ver lo fácil que era hacer algo insólito.
Hace no mucho leía La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas, donde el relato que da título al libro aborda precisamente el tema de la amiga imaginaria. Me atrajo aquel punto de vista, y al ver que Periférica tenía este libro de una autora absolutamente desconocida tratando el mismo tema, la curiosidad me venció.

En realidad no se trata tanto de una amiga imaginaria como de una hija imaginaria. Que no es casual, porque si se tratara de una amiga imaginaria nos encontraríamos con una historia distinta que, dada la época en que se escribió (1927), hubiera sido absolutamente devastadora para la moral de aquellos tiempos. Incluso de estos, visto lo visto.

Agatha es una joven de 32 años que al perder a su madre se enfrenta a una soledad tan arrasadora como humana. Pero el instinto de supervivencia nos hace luchar contra la soledad, o al menos llenarla con algún contenido, y Agatha recuerda a una amiga imaginaria que tuvo de niña. La recuerda tanto que la convoca de nuevo. Hasta aquí, comprensible.

Clarissa, la niña imaginaria, la amiga imaginaria, la hija imaginaria, es un alter ego de Agatha, dotándola de unas cualidades que la propia Agatha hubiera deseado para sí misma y que, en cualquier caso, le ofrece una compañía a la medida de lo que necesita.
Era una persona nueva por completo. Le parecía que hasta entonces había vivido sin voluntad en absoluto, que cada cosa que hacía a diario era la inevitable consecuencia de algo exactamente igual que había hecho el día anterior.
Cuando Agatha consigue recuperar a Clarissa (“despedida” de su infancia por una torpe niñera, porque eso de tener amigos imaginarios no parecía ser nada sano para una niña) su vida cambia por completo. De repente ya no hace cosas para sí misma, sino que las hace para otra persona también. ¿No marca eso la línea que separa la soledad de la compañía?: hacer algo por/para otra persona. Personalmente tengo mis dudas (porque hay más líneas), pero como premisa puedo aceptarla y me puede parecer hasta noble y bondadoso además (aunque también me parece que tiene una vertiente insana). En cualquier caso, le sirve a Agatha, que se siente más segura, más libre, más viva… Y sin necesidad de dar explicaciones a nadie.
Después de todo, ¿quién puede explicar su propia presencia en este mundo? Así que por qué esperar que nadie pueda explicar la presencia de otro.
Pero cuando Clarissa empieza a hacerse visible, todo cambia. Sí, sí, la niña imaginaria empieza a ser visible para los demás. En este punto parecería que el lector tendría que hacer un esfuerzo extra, o bien perder el interés ante la imposibilidad de que una persona imaginaria pase a ser real, puesto que aceptamos que estamos ante una novela que no es fantasía (al contrario, tiene mucho de costumbrista), aunque sí mágica y asombrosa.

Lo cierto es que Edith Olivier resuelve bien este punto: al fin y al cabo ¿quién es capaz de explicar nuestra propia existencia en el mundo? ¿Cómo explicar la aparición de los planetas? ¿Por qué entonces no aceptar ese salto de Clarissa de la imaginación a la realidad, de lo invisible a lo tocable? ¿Qué separa lo imposible de lo posible?
Era difícil de entender, pero no había duda de que Clarissa podía explicarse mediante la misma ley que explicaba la aparición de los planetas en el cielo y de las verduras en el huerto. La niña tenía su lugar entre las estrellas y las coliflores.
Así que por supuesto que aceptas esa premisa; es más, no te imaginas a Clarissa de otra forma que como un personaje real y no como alguien que ha sido creado por la imaginación de Agatha.

Con estos mimbres, Edith Olivier construye una atractiva historia en la que, bajo una apariencia liviana, se abordan temas de profundidad: la soledad, el amor posesivo (no, no, eso no es amor), la locura, los límites de la imaginación, las restricciones sociales…
Fingían ser toda clase de personas, pero sobre todo jugaban a hacer de sí mismas. Éste era su juego preferido.
Es cierto que el carácter obsesivo de Agatha, sus celos posesivos, su neurótica personalidad no despierta precisamente corrientes de simpatía hacia ella, pero la soledad siempre nos inspira cierta comprensión, al menos la suficiente como para no deseársela a nadie. Además, si Agatha fuera un personaje querible no nos explicaríamos su soledad. O tal vez sí…

Lo que no podemos es dejar de leer su historia, fascinados tal vez por comprobar cómo la imaginación puede tener una presencia tan escalofriantemente real.
Las estrellas fugaces se escapan, la tierra las atrae hacia sí, pero ahí no pueden vivir.
En definitiva, una lectura original, fascinante y extraña y cuyo final deja un poso tan turbador como conmovedor.

lunes, 16 de julio de 2018

Siempre hemos vivido en el castillo (Shirley Jackson)

Título original: We Have Always Lived in the Castle
Traductora: Paula Kuffer
Páginas: 208
Publicación: 1962 (2012)
Editorial: Minúscula
Sinopsis: Merricat, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, lleva una vida solitaria en una gran casa apartada del pueblo. Allí pasa las horas recluida con su bella hermana mayor y su anciano tío Julian, que va en silla de ruedas y escribe y reescribe sus memorias. La buena cocina, la jardinería y el gato Jonas concentran la atención de las jóvenes. En el hogar de los Blackwood los días discurrirían apacibles si no fuera porque algo ocurrió, allí mismo, en el comedor, seis años atrás.
Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.
Sin duda, el inicio de Siempre hemos vivido en el castillo es uno de los más espectaculares que conozco. Y cuando terminas su lectura, más conciencia tomas de este primer párrafo. Como si todo el libro estuviera contenido ahí. Que lo está. Ese primer párrafo en sí mismo es todo un microrrelato, a la altura del tan conocido de Augusto Monterroso (Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí)

Y Mary Katherine Blackwood, Merricat, es uno de esos personajes literarios que no se van a olvidar fácilmente, si es que se olvidan. Y si algo hace de forma magistral Shirley Jackson es construir la psicología de sus personajes. Personajes peculiares. Son varios los que aparecen en este libro, pero la palma se la llevan los tres habitantes del “castillo”: Merricat, Constance y el tío Julian. Quizás podríamos incluir también al gato Jonas. 
Nunca fuimos una familia muy dada a la agitación ni al movimiento.
Contextualizo sin spoiler. Tenemos a los personajes antes mencionados viviendo un aparentemente voluntario encierro, aislados del resto de habitantes del pueblo. Pero tal encierro no implica, aparentemente, una claustrofobia oscura. Al contrario, todo parece bastante idílico y luminoso, como un cuento feliz. Poco a poco, gracias al tío Julian, iremos conociendo las razones de tal encierro.

Los días transcurren con placidez casi bucólica, como si vivieran en un edén. El espacio de seguridad está definido y transcurre en un terreno establecido, claramente delimitado. Cada día tiene su quehacer, cada quehacer tiene su día. Se respira paz, amor y armonía dentro de la casa (hogar, nido). Pero los paraísos no existen, lo sabemos. Así que Shirley Jackson hace lo más grande: sin decirlo, sin explicitarlo, algo en el ambiente nos hace zozobrar, la inquietud empieza a ser un estado permanente.
Deseé que estuvieran todos muertos, tirados por el suelo.
Shirley Jackson no da puntada sin hilo, y de eso nos daremos cuenta al terminar la lectura. Sutil pero espléndida, va dejando miguitas que nos llevaran a visualizar la imagen completa, ese paisaje complejo, enrevesado y perverso que transcurre dentro de las cuatro paredes del “castillo”. O, más exactamente, en la enmarañada y a la vez atractiva imaginación de Merricat.

Siempre hemos vivido en el castillo tiene la apariencia de una historia sencilla, gracias a la inteligente construcción narrativa de Shirley Jackson, pero la profunda y compleja psicología que contiene es realmente abrumadora y asombrosa.
No puedo evitarlo cuando veo que la gente está asustada; siempre me entran ganas de asustarla aún más.
Uno de los aciertos memorables de este libro es cómo Shirley Jackson dosifica esa información. Cómo juega con el lector, con una malicia propia de la misma Merricat. La autora no sólo mide la información y la reparte con una inteligencia tan ingrávida como eficaz, sino que también juega con lo que es relevante y lo que no. El hecho más relevante, la razón por la que estas personas están viviendo recluidos, lo acontecido seis años antes del momento que se nos narra, siendo un hecho clave, permanece en el pasado, aunque se respira en cada página. Pero es irrelevante. Lo es. Lo que suceda a partir de que cierras el libro con los personajes, también es secundario. Lo esencial es lo que hay dentro de las 208 páginas. Todo está ahí.
Hoy va a venir mi caballo alado y te voy a llevar a la Luna y allí comeremos pétalos de rosa.
Merricat, Merricat… Cómo no dejarse seducir por ella, por su cándida inocencia, por su magia simpática, por su imaginación protectora y fértil, por su amor inocente y blanco… Turbadora y fascinante Merricat. Cómo se burla de nosotros, porque no sabemos, pero ella sabe, se sabe.

Inteligente Merricat, sabe cómo cuidar de las personas, cómo protegerlas. Sabe que es necesario que nada cambie, que nadie ni nada desestabilice la zona de confort, el espacio confiable y sólido creado, el fortín protector, el mundo inventado, la realidad diseñada por y para ella. Desconfía de los adultos y de los habitantes de un pueblo que no miran con buenos ojos a su familia, y Merricat construye una campana de cristal en torno a sus seres queridos, una campana protectora, a la que llena de rutinas amorosas, disfraza de magia amable y reviste de pequeños gestos que rozan la brujería, pero una brujería agradable, simpática, original, creativa, entrañable incluso.
Me di cuenta que era la tercera vez que se tocaba el tema en un mismo día, y tres veces lo convierten en una realidad.
Para Merricat la única realidad es la suya. Los únicos mundos posibles son los suyos. La única tierra que existe es su Luna, esa Luna donde no existen los fantasmas pero sí caballos alados que bailan. Las únicas reglas que existen son las suyas, las únicas normas también las suyas.

La locura de Merricat es una locura tan bella que da miedo, su perversidad está tan endiabladamente revestida de encanto que resulta terrorífico. Y ese es un mérito enorme de Shirley Jackson: nos hace dudar, retuerce nuestro juicio. ¿Dónde está el bien¿ ¿dónde está el mal? ¿pueden convivir ambos, extremados, en la misma persona? ¿La perversidad en un ser inocente o la inocencia en un ser perverso? Pueden, vaya si pueden…

Constance, suave, amable, bondadosa… sometida al poder y la posesión de su hermana Merricat, anulada su personalidad y voluntad, un títere en manos de Merricat (Merricat, tontuela).

Siempre hemos vivido en el castillo es un libro retorcido, pero tan espantosamente probable…
Decidí escoger tres palabras poderosas, tres palabras que me protegieran; mientras esas grandes palabras no se pronunciaran en voz alta no se produciría ningún cambio.
(He escogido mis tres palabras, poderosas, para que haya cambios, para que me protejan del mal. ¿Has escogido tú las tuyas?)