martes, 19 de junio de 2018

Corazones cicatrizados (Max Blecher)

Título original: Inimi cicatrizate
Traductor: Joaquín Garrigós
Páginas: 192
Publicación: 1937 (2009)
Editorial: Pre-Textos
Sinopsis: En Corazones cicatrizados, Blecher traslada su experiencia existencial durante el tiempo en que estuvo internado en el sanatorio de Berck. El personaje central es un alter ego del autor que acepta lo trágico de su situación pero sin dejarse abrumar por la crueldad implacable de su destino. De todos los internados en el sanatorio, ninguno se deja desmoralizar por su trágica existencia; al contrario, todos están llenos de una impresionante ansia de vida, tratan de vivir, inmovilizados en sus camillas, dentro de un caparazón de yeso, como seres sanos: hacen amigos, se enamoran e incluso organizan juergas nocturnas. 
Mire, los corazones de los enfermos han recibido a lo largo de su vida tantas puñaladas que se han transformado en tejido cicatrizado… Insensibles al frío… al calor… y al dolor… Insensibles y amoratados de tan duros.
Hago la ola a las editoriales y librerías que se mueven por parajes ajenos a lo comercial, que nos traen autores y libros que jamás llegarían a nuestras manos si no fuera por esa valentía de muchos editores en buscar literatura menos ruidosa pero de incuestionable calidad. Si no fuera por ellos (editoriales, traductores, libreros) el panorama de las novedades sería desolador.

Hay que seguir los pálpitos. El título de este libro (y la editorial) era como un grito, las cicatrices me parecen atractivas, me gusta reseguirlas. Ha habido llaga, ha habido una cura (parcial), queda la marca, la cicatriz como un reguero de astillitas que vibran y se tensan para no olvidar el malestar, su origen, su desenlace. Y su evolución: la herida estuvo abierta. Y se cerró. Se cerró.
¿Qué puede hacer una persona en medio de la limpidez del ambiente? Y aunque hiciera algo… sería demasiado claro… demasiado visible y demasiado ininteligible. El misterio más inquietante quizá sea el que se nos aparece de la forma más simple y evidente.
Max Blecher falleció con apenas 29 años de edad. A los 19 se le diagnosticó el mal de Pott, una tuberculosis ósea que le mantuvo encerrado en un corsé de escayola los últimos años de su efímera y precaria vida. Si es importante saber el lugar desde donde escribe un autor, en este caso se hace casi imprescindible. Porque desde ahí, desde ese lugar como enfermo, desde esa existencia entre médicos, sanatorios, inmovilidad, terribles dolores… desde ahí escribió Blecher su breve obra (tres novelas y un poemario).

Cuando tu propio cuerpo se convierte en una prisión, te esclaviza, tienes que volver a aprender; los parámetros vitales bajo los que te movías han cambiado, todo es diferente en un mundo que permanece igual. Te desdoblas. Eso es lo que hace Blecher: desdoblarse, desdibujar los contornos entre lo exterior y lo interior, lo manifiesto y lo íntimo, lo cual revierte en su escritura plasmándose en un peculiar estilo entre lo onírico y lo real, lo absurdo y lo sensato, lo grotesco y lo racional, lo extravagante y lo reflexivo.
En las escenas que suceden en los sueños, lo que parece extraño y alucinante es que los acontecimientos más raros tengan lugar en escenarios conocidos y banales.
Emanuel, el alter ego de Blecher, era proclive a emociones fáciles y ligeras, como si fueran un reflejo de las pautas de supervivencia que se ponen en marcha en un cuerpo enfermo: no hay lugar para la autocompasión ni el lamento, tienes prisa por vivir. Mucha prisa y mucha pausa.

La vida es imparable, incluso desde la enfermedad, el infierno o la cicatriz. Y esa inevitabilidad de la vida es lo que se respira en el sanatorio Berck, donde el protagonista de Corazones cicatrizados (y el propio Blacher) pasará una temporada. Allí conocerá a otros personajes que le sirven para desplegar con minuciosas pinceladas las hechuras de la naturaleza humana, con su dolor, sus alegrías, sus locuras, sus risas, sus fiestas, sus soledades, sus luchas…

Con la engañosa facilidad con que un reloj mueve sus manecillas, Blecher describe la complejidad de la vida, de cada instante, generando dudas pequeñas e inaudibles pero que nos paralizan sin que nadie se dé cuenta del abismo que se nos acaba de abrir bajo los pies. El imaginario convirtiendo el futuro en recuerdos que no existen ni existirán.
La sexualidad se había transformado en un dolor intenso, en una dura tortura interior de la propia piel, que arrancaba del pubis, junto a su alicaída virilidad, toda la calma que necesitaba para el sueño. Era una vigilia suprema hondamente clavada en la carne, un esfuerzo supremo de prisionero.
Y el sexo también. Si pensáis que Corazones cicatrizados es una lectura desgarradora, de esas que se mueven en torno a la muerte plañideramente, estáis en un error. Cuando el cuerpo enferma, la vida empuja más que nunca, como una excepción, ahora desde la conciencia y la consciencia del vivir. Y el sexo, el erotismo, la pasión, también es vida, e incluso lo contrario también, así es el abanico vital.

El amor, el deseo, la sensualidad… ¿por qué renunciar? Ahí estará el sexo, como una implosión de vida en la que se entremezcla la pasión y la frustración, el ardor y la repulsión, el placer y la desesperación. Blecher, nuevamente cuanta facilidad para borrar los contornos, desdibujar lo exacto y limitado y a la vez enriquecer la realidad llenándola de múltiples tonalidades.
El crepúsculo los incendiaba con su luz roja y, entonces, en toda la extensión aparecía como una red de sangre y fuego. Daba la impresión de que en aquel lugar hubiesen despellejado la tierra para que se viese su circulación íntima, las arterias ardientes y terribles por las que discurrían el oro y la púrpura incendiados. Era un instante de sobrecogedora grandeza que cortaba la respiración.
Destacable la prosa de Blecher. Su capacidad para generar imágenes me ha dejado cautivada. En esa línea de desdibujar contornos que he mencionado, con un trazo muy fino, casi inexistente, imposible delimitar el exterior del interior, los objetos de los sentimientos, los acontecimientos de las emociones, Blecher crea imágenes hacia ambos lados: lo que ve, lo que siente. Lo sensorial, en un cuerpo preso de sí mismo, se intensifica.

La mirada de Blecher es la mirada de quien ya no permanece estático, pese a su inmovilidad física, sino en un constante proceso y trasiego entre lo real y lo imaginado, lo onirico y lo verídico. 

Hay sufrimiento, pero también hay lucha, el romper barreras, límites y todo lo que pueda constreñir la vida. Pueden ponerle un corsé a tu cuerpo pero… ¿quién, excepto nosotros mismos, puede ponerle un corsé al alma?
Cuando a uno le sacan una vez de la vida y ha tenido el tiempo y la calma necesarios para hacerse una sola pregunta esencial acerca de ella, se queda envenenado para siempre… Desde luego el mundo sigue existiendo, pero alguien les ha borrado a las cosas su importancia.
Blecher fue testigo de la inevitable tragedia humana (somos aves de paso) y en Corazones cicatrizados comparte la intimidad de su enfermedad con una dignidad, una perspicacia y un talento incuestionables. Me admiraron sus descripciones, me asombró su mirada profunda, disfruté de su prosa e incluso en algunos pasajes provocó en mí algo poco frecuente con un libro delante: la carcajada.
Algunas veces el dolor se equivoca.
Imagen de Max Blecher, en un paseo durante su estancia
en el sanatorio de Berk, en la costa francesa.
 (©AnaBlasfuemia)

viernes, 15 de junio de 2018

De corazón y alma (Carmen Laforet y Elena Fortún)

Páginas: 138
Publicación: 2017
Sinopsis: Estamos ante un libro revelador como pocos, trenzado de cartas que rebosan hondura y verdad por sus cuatro costados, y que nos llevan como el viento a las hojas de la vida a la muerte, de la duda a la certeza, de la alegría a la tristeza, y de la literatura a la vida. "Verdaderamente la quiero y me quedo asombrada de ello. Su divina humildad diciendo (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí... me conmueve hasta los huesos." Elena Fortún da comienzo así en 1947 a este epistolario con la joven escritora Carmen Laforet, reciente ganadora del Premio Nadal, que muestra su admiración amorosa y devota a la creadora de Celia que tanto le había inspirado.
Querida Carmen Laforet: Verdaderamente la quiero y me quedo asombrada de ello.
Previamente:

* Había leído Nada y La insolación de Carmen Laforet
* Había leído alguna de las aventuras de Celia, personaje creado por Elena Fortún.
* Me gustaba Celia, que cuestionaba a los adultos. Pero fui más de Enid Blyton. Y muy de Pippi Calzaslargas.
* Carmen Laforet escribió tan joven la inmensa Nada que siempre he tenido la sensación de que tenía una obra más extensa de la que realmente tiene.
* Elena Fortún era una desconocida para mí, más allá de saber que era la autora de los libros de Celia.
* Aunque conocía algo sobre la vida de la misteriosa Laforet, también era bastante desconocida para mí.
Creo que nosotras las mujeres escribimos mejor lo que es un poco autobiográfico. (De Elena Fortún a Carmen Laforet)
Con estos mimbres y con mi necesidad de recuperar la fe en las personas y en las relaciones humanas (las especiales, las intensas, las que se salen de lo establecido, la conmoción de dos almas al impactar entre sí), me dispuse a leer este libro que recoge el intercambio epistolar entre estas dos grandes escritoras, a las que les separaba 35 años de edad pero les unía una admiración mutua. De corazón y alma recoge las cartas que se intercambiaron desde 1947 hasta el año en el que falleció Fortún, en 1952.

No me encontré con esa relación colosal y titánica en la que cada vez me cuesta más creer, pero sí una relación de respeto y admiración, de apoyo mutuo.
La edad no importa nada. Si te pones buena pronto y podemos estar juntas tú verás qué poco importa que tengamos algunos años de diferencia, si vamos a compás en lo que importa… En el interés de las cosas y de las ideas y de los sentimientos. (De Carmen Laforet a Elena Fortún)
Me ha desconcertado muchísimo esta lectura. La causa ha sido Carmen Laforet y algunas cosas que no he comprendido bien. He tenido en cuenta la enorme juventud de Laforet. Que ya había escrito Nada, había sido premiada y seguramente empezaba a sufrir las consecuencias de ello. Que en el período que escribió estas cartas estaba en plena crisis mística. La época que le tocó vivir. Las contradicciones con las que tenía que vivir, en esa época, con su intensidad, con las normas, escritas y no escritas, que constreñían a la mujer a ser esposa y madre. Mujeres en la mazmorra de la sociedad franquista.
Primero hay que vivir y luego añorar lo vivido. (De Elena Fortún a Carmen Laforet)
Aunque en aquella época no existía el vocabulario feminista que manejamos hoy en día (deconstruir, androcentrismo, empoderar, heteronormatividad, micromachismo…) es cierto que en sus cartas transmiten esa sensación de que, sólo por el hecho de ser mujer, el esfuerzo ha de ser superior. No porque buscaran reconocimiento. Si algo compartían ambas, Carmen y Elena, era una humildad formidable. No era reconocimiento lo que querían, sino la oportunidad de hacer aquello que deseaban. Y no solo de escribir estoy hablando. Hablo de deseos.
… me libera de otras muchas cosas. Me sirve de huida de mis malos fondos revueltos…, y ya está; por eso escribo, aunque me angustie escribir también. (De Carmen Laforet a Elena Fortún)
Carmen Laforet ha supuesto un problema para mí en esta lectura. No la he entendido. Y eso me ha dolido. Quizás por su juventud, pero creo que sobre todo por esa vena mística que le latía en ese período de su vida. Quizás por algo más personal: yo misma. Para mí leer, como vivir y como todo en esta vida, es algo personal. Depende de cómo me siento en ese momento, de lo que estoy viviendo, de lo que me duele o me inocula felicidad, de mis creencias, de mis valores, de mis luchas, de mis pasiones, de mis deseos, mis frustraciones, mis ilusiones…

Admiro que con apenas 23 años Laforet escribiera Nada. Un libro universal y atemporal que da muchas claves sobre la complejidad de la propia Laforet (y esa complejidad siempre la convirtió en alguien muy atractivo para mí). Intento situar todas sus inquietudes en la época en la que vivió. Pero lo que sé y lo que leo en esta correspondencia con Elena Fortún, me desconcertó.
Sabes que a veces creemos desear una cosa, y la deseamos en realidad con una de esas capas superpuestas de nuestro yo, pero con otra quisiéramos seguir quietas en la cama dejándose ir la vida suavemente sin complicaciones… (De Elena Fortún a Carmen Laforet)
Sin embargo, la figura de Fortún ha crecido enormemente después de leer De corazón y alma. Sabia, lúcida, inteligente, fuerte en los momentos terribles que estaba viviendo, mientras un cáncer de pulmón la devoraba. Una Elena Fortún preparada para irse de la vida y que lo único que deseaba era dejar de padecer dolor. Y, aun así, terriblemente generosa con las mujeres que la rodeaban. Generosa, cariñosa, protectora, consciente de la necesidad de ser piña, ser grupo y visibilizarse. Ya era tarde para ella, pero quizás no lo sea para Laforet, y eso es lo que intenta transmitirle.
Te quiero mucho más de lo que tú supones, querida mía. Toda la vida, aun cuando ni soñaba en conocerte, me has hecho mucha falta. (De Carmen Laforet a Elena Fortún)
Las muestras de cariño, y sobre todo de admiración, salpican constantemente las cartas que se enviaban la una a la otra. Especialmente por parte de Laforet, que no deja de repetir una y otra vez lo mucho que quiere a Fortún. Por eso no alcanzo a entender que se vieran tan pocas veces, que Carmen no acudiera a ver a Elena cuando estaba internada en un sanatorio e inmovilizada por la enfermedad que finalmente acabaría con su vida. Que Laforet era madre joven de varios hijos, lo sé, que reclama un espacio, un cuarto propio para escribir y ser, que menciona constantemente las apreturas económicas (pero sin embargo tiene varias sirvientes en casa). Vale. Pues yo, tozuda, no lo entiendo.

Cosas mías. Pero sin duda salgo de esta lectura conociendo más, pero todavía poco, y a la vez sabiendo que nunca se comprende lo suficiente.
Despertarse cada día en un nuevo lugar, no saber lo que hay detrás de cada casa, o de cada cuesta de la carretera, me parece la más perfecta manera de vivir. (De Elena Fortún a Carmen Laforet)

lunes, 11 de junio de 2018

La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana (Josep María Esquirol)

Páginas: 192
Publicación: 2018
Editorial: Acantilado
Sinopsis: Este ensayo aborda de un modo sutil e inesperado los «infinitivos esenciales» del ser humano: vivir, pensar y amar. Y constituye, sin duda, una valiosa aportación filosófica, desarrollada a partir del concepto de «repliegue del sentir». El estilo singular del autor va calando serena pero tenazmente, como una fina lluvia, proponiéndonos un revelador itinerario a través de páginas dedicadas a la conmoción, el deseo, la creación, la amistad, la revolución y el agradecimiento.
No nos han expulsado de ningún paraíso. Siempre hemos estado fuera. En verdad, y por suerte, aquí el paraíso es imposible. Nuestra condición es la de las afueras.
Tengo un libro de A.M Homes, Este libro te salvará la vida. No lo he leído (todavía) y no sé si me salvará la vida. Lo que sí sé es que La penúltima bondad me la ha salvado. No la vida física, la que mantiene tu cuerpo activo, en funcionamiento, con el corazón bombeando, la sangre circulando, los órganos vitales alertas y activos. No. Me refiero a la otra vida, la del alma, la del sentir, pensar, conocer, desear. La vida espiritual, psíquica, anímica… llamadla como queráis. Esa es la que me ha salvado La penúltima bondad: mi vida viva.

Yo, que busco mi lugar en el mundo, recibo (acojo, recojo) de Josep María Esquirol el lugar al que pertenezco: el de las afueras. No intentéis ubicaros en otro lugar. Todos vivimos en las afueras porque no hay adentros, no hay centro. Pero el habitante que hace comunidad en las afueras es el que tiene conciencia y consciencia de que ese lugar es en el que está y es (se es). Porque sabe, es un hecho, que el presunto centro es el paraíso, pero el paraíso y por tanto la perfección, la alegría permanente, el mundo ideal… no existe, por eso habitamos en las afueras. Todos.

Diréis que qué pena. Pues no. Ninguna pena. El paraíso, creer en él, es lo que nos hace más infelices, más egoístas, más violentos, más desdichados. Como mucho entramos y salimos de paraísos episódicos, fugaces, efímeros. Si aceptamos eso, si aceptamos la no existencia del paraíso, entonces serás habitante de pleno derecho de las afueras. Y se sufrirá mucho menos. Si sigues creyendo en el paraíso, si lo buscas, lo esperas... estarás igualmente en las afueras, pero no lo sabrás.
Aquí, en las afueras, el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más.
No pensemos, ingenuamente, que los habitantes de las afueras van a reconstruir ese paraíso que no existe. No. Sería volver a estrellarse contra la raíz de lo que nos hace infelices. El fundamento de las afueras es aceptar la imperfección, aceptar la no existencia de la pureza, y por tanto admitir la presencia del mal, de la herida, la intemperie, el egoísmo, la muerte, la degeneración, la avaricia...

Pero, ah, aceptar todo esa desgarradora realidad no supone sufrimiento, no más del estrictamente necesario. Tenemos armas para combatirlo: la bondad, la generosidad, el amor, la luz intermedia, el sentir, el pensamiento, el conocimiento, la belleza, lo simple, lo cercano, el amparo, la comunidad, la reflexión… ¡la vida! La vida vivida, vivir sintiéndose vivo.
No hay que disimular las fisuras de la experiencia de la vida, ni hacer como si no estuvieran: no pueden ni taparse ni ocultarse, porque vuelven a salir. Las fisuras revelan que el misterio constituye la vida.
Pensemos no en términos de problemas, sino en términos de misterios. Los problemas nos impelen a resolverlos, mientras que los misterios nos impulsan a implicarnos en ellos, a formar parte de ellos, a descifrarlos, nos ensanchan, nos tientan. 

Sí, cuesta mucho moverse en las afueras, pero hay que hacerlo desde lo sencillo, lo elemental, solo así se llegará a lo profundo (Quien no perciba lo más sencillo, tampoco sentirá lo más hondo). Hablamos de un cambio en la mirada, quizás hacerla más cercana, más próxima, más al detalle, a lo natural, alejarla del bombo y lo artificioso. Y, así, nos moveremos medio palmo, no hacia un lado, sino hacia lo profundo. Hacia dentro, hacia lo verdadero.
El egoísmo y el orgullo son la nefasta degeneración de la autoestima. La clave está, pues, en poder decir yo sencillamente, o en decir yo pensando en mí lo menos posible.
Me tatuaría la cita anterior (me la he tatuado, y otras, en el alma). Explica tantas cosas: eso es la generosidad, no el dejar de decir yo, sino en hacerlo pensando en una misma lo menos posible. Y ahí, por esa grieta, entrará (y saldrá, devolviendo) toda la luz, toda la esperanza, toda la emoción... ¿Quiénes somos, si no están los otros? Es necesario, como diría Ayn Rand, un egoísmo razonable, una necesidad del yo para poder decir yo te amo, pero con ese matiz tan precioso y preciso que añade Esquirol: decir yo pensando en mí lo menos posible.

No es fácil, no. Y dudarás. Debes dudar, porque las dudas son resistencia: nos impulsan, nos mueven, cuestionan… Las dudas caben en las afueras, son necesarias, son aceptadas. Como lo son las heridas, que en sí mismas ya son transformación, sutura, cambio. Se acepta que el misterio es la vida, no la muerte y a esa tarea nos ponemos, a ese misterio, a resolver la vida, no la muerte. Con la conciencia y aceptación, sí, de la muerte, del fracaso, de la imperfección, la vulnerabilidad, la impureza… Pero también con la generosidad, la bondad, el amor (Todo lo que se ha amado a fondo sigue amándose), la complicidad, el intercambio, el agradecimiento, el dar(se), el acogimiento (del otro), la reflexión, el compañerismo...
Tratar de no dañar
Tratar
De
No
Dañar. 

¿Tan difícil es? Vivir en las afueras es difícil. Muy difícil. Nadie ha dicho que ser una buena persona sea fácil. Es más fácil dañar que esforzarse en no hacerlo. Pero se puede no dañar. Se puede desde lo pequeño, desde la paciencia, desde la constancia, desde la verdad, desde este medio palmo que estoy dispuesta a cruzar y mover.

Ah, sí, ya veis que es un ensayo. Sobre la vida humana, ahí es nada. Eso es la vida, en parte: un ensayo constante. No temed: es de lectura fácil, asequible, emotiva, bella. Josep María Esquirol es buen pedagogo, y practica aquello de lo que habla: transmite desde lo sencillo y, así, nos llega a lo más hondo. Es verdad que a veces parece reiterar ciertos conceptos e ideas en exceso, pero cuando terminas la lectura sabes que ha sido un recurso necesario, no utiliza ninguna palabra de más ni de menos ni por casualidad o adorno. Cuida cada detalle, cada contenido. Todo cobra forma, sentido y deja su poso. Terminas el libro y lo vuelves a abrir, recorres lo subrayado (mucho, muchísimo) y sabes que tendrás siempre cerca, muy cerca, dentro, muy dentro a La penúltima bondad.
Aquí, en las afueras, acurrucados sobre lo que amamos, generamos, pero también esperamos. No un paraíso perdido, ni una verdad impersonal –que dejaría de ser verdad- sino algún tipo de ternura, de calidez, de abrazo.
Te espero en las afueras. Ahí, aquí, nos vemos.

viernes, 8 de junio de 2018

Fugas (James Rhodes)

Título original: Fire on all sides
Traductor: Ismael Attrache
Páginas: 288
Publicación: 2017
Editorial: Blackie Books
Sinopsis: Para muchas personas que padecemos depresión o ansiedad, el mero acto de resistencia, de aparentar «normalidad», es algo desalentador, doloroso y al mismo tiempo heroico. Levantarse de la cama, llevar a los niños al colegio, ir a trabajar, preparar algo de comer… Todo esto puede representar un logro increíble para aquellas personas que tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano solo para mantenerse en pie. ¿Cómo puedes seguir adelante? ¿Cómo haces lo que haces, día tras día, según la idea que la gente tiene de ti y como la sociedad espera que lo hagas, cuando lo que realmente deseas es esconderte y desaparecer? A lo largo de cinco meses de agotadora gira musical, tocando frente a miles de personas y con la incesante compañía de las torturadoras voces de su cabeza, a James no le queda otro remedio que lidiar con una mente salvaje y llena de recovecos.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Para muchos de nosotros, el mundo exterior es la puta selva.
Cuando leí Instrumental me pareció tan intenso, violento y duro, que no pude comentarlo de la forma habitual, sino tal y como lo sufrí.

Me gustó el inicio de Fugas, ese reconocimiento de la fragilidad, la propia y la ajena, el fingimiento, la depresión, el juego de aparentar… Pero este acuerdo con lo que leía duró poco y, cuando quise darme cuenta, leía en vertical como hacía tiempo que no leía.
Es que no quiero sentir tanto. Todavía no dispongo de los mecanismos necesarios para ello.
A veces no sabemos qué hacer con el dolor, si ignorarlo, si gritarlo, si disimularlo, si compartirlo o acallarlo, si convertirlo en un motor o, directamente, ningunearlo. A James Rhodes le rompieron la infancia, la espalda y la vida. Ese es un dolor colosal. ¿Qué hacer con él? Hizo Instrumental. Y ahora ha convertido ese dolor en un filón.

De Instrumental se comentó por activa y por pasiva que era una historia de superación. A mí me pareció un libro cruelísimo de leer, y también me pareció imprescindible que se oyera su voz, su desgarro, pero sin embargo tuve todas las dudas del mundo sobre que se tratara de una historia de superación. No. Rhodes seguía deshecho, la música no le había salvado. Solo le había permitido seguir respirando cada mañana. Y eso no es estar a salvo. No es vivir, sobrevivir si acaso.
A lo mejor la perfección no es algo a lo que aspirar. A lo mejor lo que interesa es mejorar.
Y cuando leo frases como la anterior, me doy cuenta que Rhodes sigue diciéndose cosas a sí mismo, por si se las cree. Y quizás también porque el guion dice que hay que añadir dosis de positividad, de lucha que consigue algún resultado. De superación, vaya. Una moralina innecesaria. Y ese es el problema. Rhodes se habla a sí mismo para convencerse de algo que son voces externas, no internas.

A Rhodes le admiro que no se haya callado, que haya visibilizado una situación feroz e inhumana que aún sigue sucediendo. También que haya hecho de la música clásica una música más cercana, que la haya desnudado de todo el engolamiento innecesario que la vuelve inaccesible y clasista. Que escriba como hablamos, sin trucos literarios, sin literatura, directamente desde las entrañas. Que muestre la lucha infernal que tiene consigo mismo.
La cuestión es que yo necesito un montón de caricias. Nunca recibo las suficientes, sin contar las mías propias, porque cuando me las dan no me las creo, así que no cuentan.
Todo lo anterior, muy evidente en Instrumental, sigue estando en Fugas. ¿Cuál es el problema entonces? Exactamente ese: que sigue estando lo mismo. Que es más de lo mismo. Me golpea la primera vez. Me destroza. Pero ahora agita sobre lo agitado, remueve sobre lo removido. No avanza.

En tres años ha escrito tres libros. Para un pianista que escribe yo diría que es bastante prolífico. Muy productivo sin duda. Pero a estas alturas no puedo evitar sentir que lo están sobreexponiendo y sobreexplotando. Que Rhodes se ha convertido en la gallina de los huevos de oro y que seguirán exprimiéndole hasta que sólo quede la cáscara. La nada. Me pregunto si alguien piensa en él. Si alguien lo cuida. En la página 240 tengo claro que no. Que sus editores estarán contentos. Pero a él no le siento muy feliz. Ni curado ni salvado
Debo seguir promocionando productos para que los editores estén contentos.
Pues eso...


martes, 5 de junio de 2018

Todos deberíamos ser feministas/Querida Ijeawele (Chimamanda Ngozi Adichie)

Todos deberíamos ser feministas
Título original: We Should All Be Feminists
Traductor: Javier Calvo Perales
Páginas: 64
Publicación: 2014 (2015)
Sinopsis: Un libro que recoge el trascendental y emblemático discurso que dio la autora en su TEDx Talk sobre lo que significa ser feminista en el siglo XXI. Ser feminista no es solo cosa de mujeres. Chimamanda Ngozi Adichie lo demuestra en este elocuente y perspicaz texto, en el que nos brinda una definición singular de lo que significa ser feminista en el siglo XXI.
Querida Ijeawele
Título original: Dear Ijeawele, or a Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions
Traductora: Cruz Rodríguez Juiz
Páginas: 72
Publicación: 2017 (2017)
Sinopsis: El feminismo empieza en la educación. Con su voz cálida y directa, Chimamanda Ngozi Adichie dirige esta emotiva carta a una joven madre que acaba de dar a luz. En sus quince consejos, reivindica la formación de nuestros hijos en la igualdad y el respeto, el amor por los orígenes y la cultura. Una invitación a rechazar estereotipos, a abrazar el fracaso y a luchar por una sociedad más justa. Una bella misiva con reflexiones tan honestas como necesarias que conquistará por igual a madres, padres, hijos e hijas.
¿Qué pasaría si, a la hora de criar a nuestros hijos e hijas, no nos centráramos en el género sino en la capacidad? ¿Y si  no nos centráramos en el género sino en los intereses?
Juntos llegaron y juntos, uno después de otro, los leí y ahora los comento. No lo concebía de otra forma. No tuve dudas al respecto, como no las tengo en creer que, si hay libros que deberían de ser de lectura obligatoria y de debate necesario en los institutos (e instituciones varias), estos dos libros de Chimamanda debieran de estar entre ellos sí o sí (y eso que confío poco o nada en todo lo que sea obligatorio). 

Me pregunto muchas veces porqué el sentido común es un sentido tan poco común y frecuente. Lo que Chimamanda nos cuenta es tan obvio, tan sensato y razonable (respetar la individualidad, centrarse en las capacidades e intereses de cada niño/a), que me planteo cómo hemos llegado a este punto en que tengamos que estar recomendando algo que debiera de ser indiscutible, cotidiano, normalizado, interiorizado. Algo que debiera estar en nuestra genética, no sólo la biológica, sino también en la emocional y social. De hecho es algo que está pero desaprendemos.
A menudo cometo la equivocación de pensar que algo que a mí me resulta obvio es igual de obvio para todo el mundo.
Si algo caracteriza la infancia es la curiosidad, la búsqueda, no hay un niño que no sea un explorador y un investigador de todo aquello que le rodea. Damos por hecho que los niños saben cosas que no saben, cuando en realidad sólo hay una pregunta permanente en su boca: ¿por qué?  Hay preguntas que ningún niño debiera de hacerse. Y hay preguntas que es necesario responder. Nunca dejéis nada sin responder ni dejéis a los niños con la soledad de las preguntas que se quedan en el aire. La respuesta tiene que ser un camino, una invitación a tener criterio propio.
Cada vez que me pasan por alto, me siento invisible. Me enfado.
Tardé mucho en saber que la respuesta a muchos de los porqués que me hacía de niña era: porque eres mujer. ¿Mujer? ¡pero si era una niña! No, no está en nuestra genética esa diferencia. No hay niños y niñas y todas sus connotaciones correspondientes. No hay eso en la mente de ningún niño. La igualdad es algo que se desaprende y que luego hay que reaprender. Parece claro que algo se está haciendo mal. La respuesta a porqué sucede es evidente: educación. Lo obvio a veces es tan difícil de ver como una sombra en la oscuridad. 
Hacedlo juntos. ¿Recuerdas que en primaria aprendimos que es verbo es una palabra de “acción”? Pues bien, un padre es tan verbo como una madre.
¿Han cambiado las cosas desde que mi mente de niña se hacía tantas preguntas? Algo. No suficiente. Hay avances, pero también ahora hay una discriminación (respecto a la mujer, pero también respecto a otras muchas cosas) más sibilina, silenciosa, sutil y, por tanto (a mi modo de ver), mucho más dañina y perniciosa. 

Lo que Chimamanda nos cuenta es muy, muy, pero que muy básico. De primero de feminismo. Tan básico que me da coraje que algo tan sencillo deba seguir difundiéndose desde el grito. Pero sigue siendo necesario no dejar de decirlo. No caer en el conformismo, ni en el victimismo, ni en inútiles y dañinas batallas desde el mismo lado de la trinchera. Porque siempre la mujer que esté a mi lado será mi compañera, no mi enemiga. Porque hay que hacerlo juntos y juntas.
Enseña a Chizalum a leer
No dejad de leer. Enseñad a leer.

lunes, 28 de mayo de 2018

Muerte de un apicultor (Lars Gustafsson)

Título original: En biodlares död
Traductor: Jesús Pardo
Páginas: 210
Publicación: 1978 (1986)
Editorial: Nórdica Libros
Sinopsis: Este libro recorre, a través de los apuntes recogidos en diferentes cuadernos, los últimos momentos de la vida de un enfermo en fase terminal de cáncer. Ésta es la excusa para hacer, con un estilo muy personal y poético, balance de una vida y de un modelo de sociedad: la cultura del bienestar socialdemócrata nórdico de los años 70.
Puedes empezar a leer la primeras páginas AQUÍ

La muerte y la vida son ciertamente cosas INIMAGINABLES.
El bloqueo a la hora de comentar algunas lecturas me arrastró, casi de forma inevitable, a un bloqueo lector. Mal asunto. Necesitaba los libros más que nunca. Me revolví, no podía seguir así. Los libros nunca me fallan, no podía fallarles yo a ellos (ni a mí misma). Pero no sabía cuál. Cogía un libro, lo volvía a dejar, hacía y deshacía mi torre de lecturas inmediatas sin ni siquiera empezar las primeras páginas. Hasta que se me encendió el faro mental: tenía en mis estanterías un libro especial, no solo por sí mismo, sino por cómo había llegado a mí. Alguien con quien comparto una especial y casi incomprensible conexión me lo envió, generosamente, con una dedicatoria: “Nada mejor que compartir las lecturas que nos marcan”.

Y empecé a leer.
El dolor es un paisaje
Y eso es Muerte de un apicultor (y yo misma cuando lo leí): un paisaje, un dolor, el paisaje del dolor. Con una falsa apariencia de sencillez lo cierto es que este libro es inclasificable: a caballo entre diario, poesía, aforismos, ensayo filosófico, viaje interior, libro de memorias… Gustafsson nos hablará, sí, del dolor. Pero porque nos hablará de la vida.

Lars Lennart, el protagonista de esta novela, un ex maestro jubilado anticipadamente que se dedica a la apicultura, tiene un cáncer mortal. Uy, lo he dicho: cáncer. Es probable que un 80% ya descartéis esta lectura. No seáis tan impetuosos. Dadme un momento. Dárselo a Gustafsson.
Yo no soy más que un cuerpo. Todo lo que tengo que hacer, todo lo que me es posible hacer, sólo lo puedo hacer dentro de este cuerpo.
El libro recoge los tres cuadernos que escribía Lennart: el cuaderno amarillo donde recoge tanto gastos diarios como recuerdos y notas sobre apicultura. Una delicada y equilibrada combinación entre lo personal y lo impersonal.

En el cuaderno azul nos encontraremos extractos de periódicos, extractos de lecturas y las historias que escribía Lennart. Y, finalmente, el cuaderno desgarrado, en el que nos encontramos con notas telefónicas, observaciones para él mismo y notas sobre el desarrollo de su enfermedad. 

Gustafsson es poeta y filósofo. Y recalco el es como contraposición al está. Transpira filosofía y poesía en su forma de escribir y espero que esto no haga huir al otro 20% de lectores, porque esta novela está embellecida por una sencillez abrumadora. La sencillez es un recurso narrativo menos fácil de lo que parece, y en Muerte de un apicultor prevalece esa sencillez con una gran fuerza emotiva pero también profundamente reflexiva.
Las cosas no tienen otro sentido que el que nosotros les damos
Simple. Fácil. Ese es el sentido de las cosas y eso es lo que hará Lennart, darle a lo que le sucede, a su presente, a su pasado y su futuro, a la sociedad y a los lugares y personas que ha vivido el sentido que siente que tienen: el del asombro y el desconcierto y, en cierta forma, la aceptación.

La aceptación de que cada persona es, en su esencia desnuda de autoengaños, un ser extraño a lo que le rodea, un espacio fragmentado de dolor en el que no cabe la tibieza. Pero del dolor también puede surgir el conocimiento, el aprendizaje, la conexión con nuestra propia naturaleza. Se trata de desaprender: desaprender ciertos términos absolutos, como la felicidad, la esperanza, el amor… O de re-aprenderlos para no convertirlos en armas arrojadizas contra una misma.
Mucho más importante que la existencia misma del dolor es conservarlo siempre escondido. ¿Pero por qué es tan importante esconderlo?
He dicho antes que Gustafsson era filósofo. Filósofo del lenguaje. Y eso me encanta porque compartimos una misma preocupación: los límites del lenguaje. Y si hay un lenguaje esquivo y limitado para expresarse a sí mismo es el del dolor. Dotado de una gran capacidad de observación  e introspección, Gustafsson pone en Lennart esa capacidad de modelar palabras que no escondan el dolor, y lo hará de una forma agradable, valiente, tierna, lúcida y en ocasiones hasta divertida, sin pretender que nos desangremos pero consiguiendo emocionarnos con ternura y muchísima dulzura, pero también con una importante carga de lucidez.

En su cuaderno azul, Lennart escribe una lista en la que clasifica las artes (hasta un total de 28) según su grado de dificultad. En primer lugar, el arte del amor. Reconoce, no obstante, que hay un arte que no acaba de clasificar: el arte de soportar el dolor, puesto que considera que es una forma de arte con un nivel de dificultad tan elevado que nadie es capaz de clasificarlo…

No hay un léxico para el dolor. Las palabras y su combinación no siempre son el reflejo de la naturaleza del dolor. Hace falta más que un vocabulario.
En el universo nadie está en su casa.
Casa. Hogar. Nido. ¿Quién está a salvo?, si al fin y al cabo el universo entero es inconsistente y nos hiere. Quizás, entonces, sea en la humildad de las pequeñas cosas, en esa mirada sencilla  y respetuosa hacia lo que nos rodea y nos sucede, donde encontremos esa luz que entra por la grieta y que, finalmente, será una luz que sale por esa misma grieta. Una forma de devolver y agradecer la belleza de pequeños instantes, de pequeños gestos, de regalos cotidianos que pasan desapercibidos. Quizás lo sublime esté más cerca de lo que pensamos.

Sí, es un libro que habla sobre el dolor y la muerte, y sobre cómo su protagonista aprende a vivir en ese proceso de morirse. Curioso que haya que recordar que la muerte es nuestra sombra más alargada para aprender a VIVIR. Comenzar de nuevo. Y no rendirse. Nunca.
Comenzamos de nuevo. Nunca nos rendimos.

lunes, 21 de mayo de 2018

Con rabia (Lorenza Mazzetti)

Título original: Con rabbia
Traductora: Natalia Zarco
Páginas: 288
Publicación: 1963 (2017)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Penny, su protagonista, trasunto de la propia autora, crece en una época (la posguerra) donde están en crisis tanto la vida como la moral. Junto a su hermana gemela Baby, en el apogeo de su insurrección interior y rebelión juvenil, con la rabia y la exageración propias de su edad, descubre y se enfrenta a un mundo que no comprende. Ambas viven en la inmensa casa familiar que han heredado, a orillas del Arno, en Florencia, con Elsa, la cocinera de la familia. Su sed de amor y pureza es absoluta, como su rechazo total a la hipocresía de las convenciones sociales. Penny y Baby, además, vienen de un pasado que sienten todavía demasiado cerca: son las únicas supervivientes del exterminio por parte de los nazis de sus tíos y primas, su familia adoptiva.

Como puede ser la realidad algo tan extraño, imprevisible e incomprensible, y que nadie nos explique nada.
Son varias las razones que me desconectaron de las redes sociales, blog incluido, pero si hubo un libro que me provocara bloqueo e incapacidad para comentarlo, fue precisamente este. Y no porque me rasgara por dentro, sino justamente por lo contrario.

Con la rabia propia de la adolescencia escribe Lorenza Mazzeti este libro de ficción autobiográfica. Y un recorrido por esa adolescencia rabiosa, desconcertante, volcánica, inquieta, rebelde, es lo que haremos los lectores al transitar por Con rabia.

La extrañeza es un estado que se ha instalado en mí como una segunda piel, o tal vez una primera. La diferencia con Penny, la protagonista de Con rabia, es que ella transforma toda esa extrañeza e incomprensión en rabia. Aplaudo la rabia, es un motor, un aguijón, una especie de “hasta aquí hemos llegado”. Y rabia, mucha rabia, es la que transpira cada página de este libro, en el que una joven Penny se inflama y encoleriza ante un mundo y una vida que no termina de comprender, en el que no termina de encajar. Y nadie le explica nada. Hay que escuchar a la vida para que se te explique. 
¿Qué quiere hacer en la vida, señorita Penny? 
- Vivir consciente, ¡vivir sabiendo vivir!
Si Penny se hiciera un eneagrama sería un tipo cuatro (y aquí un guiño cariñoso, incluso amoroso, a todos los eneagrama cuatro): emocional, intensa, dramática, sensible… Se siente/sabe diferente  y busca la pertenencia con la misma constancia que incompetencia. A mí me resuena muchísimo. Con matices, claro, que para eso existen (los matices).

Mazzetti detalla con precisión escrupulosa la peliaguda y compleja etapa de la adolescencia dentro de un contexto infame como es una posguerra, en la que la protagonista ha perdido a su familia por segunda vez (primero a su familia biológica y posteriormente a su familia adoptiva). Y es que la vida es cruel, no nos engañemos. Vivir es extraordinario y único, pero la vida juega una partida demoniaca contra la que tienes que echar un pulso inagotable y grandioso si quieres vivir, vivir sabiendo vivir. Incluso vivir queriendo vivir. Tienes que jugar esa partida, no se puede, no se debe de evitar.
No tenía ninguna intención de ser sometida también en el pensamiento, aunque les hubiera concedido ya mi cuerpo.
Ay, esta declaración de intenciones en las que el reconocimiento previo conlleva asumir que ya has concedido tu cuerpo nos dice bien a las claras que en temas de reivindicaciones feministas hace mucho, demasiado, que el papel del cuerpo (femenino) tiene un papel significativo en cómo nos han (y nos hemos) cosificado.

Y es que parte de esa extrañeza que siente Penny tiene que ver con el hecho de ser mujer. Por ese feminismo innato que poseen algunas mujeres, como si lo llevaran en su genética, siendo consciente de que esa misma genética no nos ha aportado un manual para entender y descifrar este mundo tan insólito y chocante, que no hay explicaciones que se ajusten a una lógica, y es por eso por lo que Penny termina por llenarse de una terca y obstinada rabia, una furia que la desborda constantemente y que llega incluso hasta a cegarla.
Los largos silencios que me fascinan y a la vez me preocupan. El silencio puede hacer pedazos a una persona.
Comentaba al principio que este libro me provocó un bloqueo a la hora de comentar. Y es que ya ha llovido desde que lo leí hasta ahora, que lo comento. Y ha llovido mucho, por cierto. Con esa lluvia que limpia el barro, pero no de forma indolora, porque había barro muy incrustado y antiguo en mi epidermis. No lo ha limpiado, pero lo ha ablandado. La lluvia me ha dejado blanda, muy blanda.

Lo que me sucedió es que, aunque disfruté este libro escrito desde las entrañas y que combina drama humano con ironía, amargura y cinismo, sin embargo me mantuvo a una distancia que a veces rozaba la indiferencia. Una lectura que me gustó, pero desde un desapego inesperado. ¿Era yo? ¿era el libro?

El desapego tiene mucho que ver con esa rabia melodramática de la adolescencia de Penny, ese furor incontrolado y sin filtro, aunque con unos mimbres terriblemente honestos y necesarios, pero que me mantenía a una temperatura invernal. Fría. Porque la rabia descontrolada de Penny le impedía ver esas explicaciones que reclamaba, le impedía la reflexión y toda ella era impulso, impulso, acción, grito.

Pasado el tiempo, pasadas muchas lecturas, pasada una distancia con muchas cosas (que no son cosas), me doy cuenta que soy yo, claro, y no sé porqué me sorprendo, si al fin y al cabo mis lecturas son personales, desde la cutícula y desde las entrañas, y nunca han pretendido otra cosa ni he pretendido convencer a nadie ni subirme a ningún púlpito ni plataforma para hacer apología de buenas o malas lecturas y buenos o malos libros. Así que si un libro me gusta o no, me rasguña o me deja indiferente, lo disfruto o lo sufro o no… siempre tiene que ver conmigo, además de con el libro. Es mi forma de leer y de contarlo. Si pierdo eso me pierdo a mí y pierdo el blog.
Entre la indignación y la indiferencia elijo la indignación.
Siempre he pensado que esto de las distancias es algo curioso: en realidad es necesario alejarse, tomar distancia, perspectiva, para poder acercarse a algo o a alguien, para enfocar y ver con precisión. Es por ello que, de acuerdo con lo que pienso, hice lo que tenía que hacer: alejarme, enfocar, ver con nitidez. Y lo más difícil: aceptar lo que veía. Aceptar el lugar en el que estoy, el espacio que ocupo, la distancia a la que pertenezco, las afueras que soy. No tiene nada que ver con la resignación, sino con la aceptación, un paso previo a la transformación. En ello estoy.

Dicho lo anterior, que poco o nada o tal vez mucho tiene que ver con el libro, decido retomar este pequeño espacio con la imperiosa necesidad de volver a mi bitácora, al diario personal y de lecturas que es mi blog, porque ni he dejado de vivir, o sobrevivir, ni he dejado (ni mucho menos) de leer.

Con muchas dudas pues, porque las dudas también son necesarias y son pálpito, con los miedos de siempre y alguno nuevo, pero con la urgencia de hablar(me) a través de los libros, las ventanas de mi blog vuelven a abrirse para que entre la luz y el aire y los sonidos de la brisa, de los pájaros y del mar y la puerta… la puerta siempre ha estado abierta y yo dentro.

Necesitaba este alejamiento de redes sociales, como persona, pero también como lectora, para volver a comentar mis lecturas como siempre he hecho: como si nadie fuera a leerlo. Para mí, solo para mí.