martes, 20 de febrero de 2018

H de halcón (Helen Macdonald)

Título original: H is for Hawk
Traductor: Joan Eloi Roca
Páginas: 384
Publicación: 2014 (2015)
Sinopsis: A raíz de la inesperada muerte de su padre, Helen Macdonald decide comprar y adiestrar un azor, el ave de presa más peligrosa y letal. Así empieza un viaje de exploración a lo más profundo del dolor y de lo salvaje, que llevará a la autora al límite de la locura y cambiará su vida. Destinado a convertirse en un clásico, H de halcón es un libro sobre el recuerdo, la naturaleza y el ser humano. Una lección magistral acerca de cómo reconciliar la vida y la muerte.

He aquí una palabra. Duelo. O doliente. La palabra inglesa para duelo, bereavement, procede del inglés medieval bereafian, que significa “desposeer de algo, arrebatar, aprehender, robar”. Robado. Arrebatado. Todo el mundo lo sufre. Pero lo sientes sola. Por mucho que lo intentes, no puedes compartir la conmoción de la pérdida.
El dolor es un camino que se recorre en solitario. Por mucha empatía que se ponga en marcha, más allá de acompañar y no soltar no puedes sentir el dolor ajeno como si fuera propio. Los matices del sufrimiento son personales, íntimos, lleno de pliegues.

Cuando fallece el padre de Helen Macdonald no solo se inicia en ella un duelo, sino también una búsqueda, no siempre consciente, no siempre acertada. Echa a correr, sin saber si huye de algo o si va en busca de algo. Yo a eso lo llamo “ir como pollo sin cabeza”. Cuerpo y cabeza, corazón y mente, se separan, cada uno por su lado.
Cuando estás roto, corres. Pero no siempre huyes de algo. A veces, sin poder evitarlo, corres hacia algo.
¿Es este un libro sobre el duelo? Sí y no. Es eso, pero también es más. No solo es la pérdida de su padre, es su propia pérdida, la pérdida de sí misma. Y cuando te pierdes así ciertamente no solo estás huyendo, sino que también estás corriendo, casi de forma inevitable, a encontrarte contigo misma o con alguna revelación que necesitas alcanzar.

También es un libro que habla de historia, de cetrería (cómo no), de otros libros. De esos libros que leíste en tu infancia y que vuelven, tiempo después, llenos de todo aquello que no comprendiste completamente y que ahora cobra todo su sentido. Formas de leer. Es también la historia de T. H. White (sí, ese escritor que en mi infancia me regaló Camelot y al que ahora veo, yo también, con otros ojos).
Fue más o menos entonces cuando fui presa de una especie de locura. En retrospectiva, creo que nunca estuve verdaderamente loca. Más bien loca menos cinco. […] Mi tipo de locura era distinto. Era tranquila y muy, muy peligrosa. Era una locura diseñada para mantenerme cuerda.
Me encantó esa expresión de “loca menos cinco”. Cómo la entendí. Sí, hay muchas formas de romperse, y alguna de ellas te dejan ahí, a menos cinco. Casi en punto. Pero sólo casi. Entonces tienes que empezar a gestionar lo que te está sucediendo para que las manecillas del desequilibrio y la locura no sigan avanzando.

Helen Macdonald se plantea un reto para atravesar su duelo: adiestrar un azor (al que llamará Mabel). Un gran depredador dotado de una inmensa agresividad. El chico malo de las aves rapaces. Pero… ¿se puede domesticar lo salvaje? Parece inevitable que en ese reto se produzca un profundo aprendizaje. Pero mientras llegas a ese aprendizaje lo único que hay es el presente, la única forma de sobrevivir en esa travesía del duelo y el sufrimiento. Aquí. Ahora.
El azor era un fuego que consumía mis penas. En él no cabían ni arrepentimiento ni duelo. Ni pasado ni futuro. Vivía solo en el presente, y ese era mi refugio.
Conocía el mundo de la cetrería de refilón; en alguna ocasión he tenido la oportunidad de ver cómo un ave rapaz salía del puño de su cetrero y volvía a él después de cazar. Me fascinaba siempre esa vuelta, como si los brazos fueran un hogar. En mi cabeza las aves viven en el cielo y no en unas manos. Jamás pensé en todo el trabajo y el adiestramiento que había detrás de ese hecho casi mágico que supone que el ave vuelva al cetrero.

Gracias a su relación con Mabel, Helen aprende a dejar ir, reaprende la paciencia y consigue tomar la distancia justa, la distancia perfecta, para encontrar el equilibrio. Hasta llegar justo ahí, a esa armoniosa estabilidad, es fácil que te vuelvas loca, o loca menos cinco, es casi hasta necesario a veces, porque pierdes la perspectiva, interpretas equivocadamente todas las señales, intentas aferrarte no sabes a qué y te deslizas sin darte cuenta. Pero al final la paciencia, también la inteligencia, te lleva al único lugar posible: el equilibrio.
Regocijándome en la feroz calma que se siente cuando una es invisible, pero lo ve todo. Viendo, sin hacer nada. Buscando la seguridad en no ser visto. Este hacerse invisible a voluntad puede llegar a convertirse en un hábito. Y no es algo útil en la vida. Créeme, no lo es. No con la gente ni con el amor ni con el corazón ni en el hogar ni en el trabajo.
Helen Macdonald es una magnífica narradora, y una excelente observadora. No puede ser de otra forma para alguien que escribe, pero que también es cetrera, para lo cual se precisa esa capacidad de observación, pero también la de ser invisible y muy, muy paciente. Helen ve en Mabel todo lo que ella quisiera ser, pero su azor es solo un ave, un animal salvaje y así es como Helen aprende a poner la distancia adecuada entre lo salvaje y lo humano, reúne de nuevo su cabeza y su cuerpo, su corazón y su mente, y alcanza la serenidad, la paz necesaria para aceptar la pérdida y aceptarse a sí misma.

Es un libro bien escrito, consciente de sí mismo, culto, incluso constructivo, muy emocional pero con una tristeza justa, sin desbordar. Necesitaba un libro así, que muerdes y te muerde, en el que participas sin romperte, acompañas sin descomponerte y atraviesas sin dañarte.
Hay un tiempo en la vida que esperas que el mundo esté siempre lleno de cosas nuevas. Y luego llega el día en que te das cuenta de que no será así en absoluto. Ves que la vida se convertirá en una cosa llena de agujeros. De ausencias. De pérdidas. De cosas que estuvieron allí y ya no están. Y te das cuenta, además, de que tienes que crecer alrededor y entre los vacíos, aunque si alargas la mano hacia donde estaban las cosas sientas esa tensa, resplandeciente opacidad del espacio que ocupan los recuerdos

martes, 13 de febrero de 2018

Todo lo que no te pude decir (Cristina Peri Rossi)

Páginas: 200
Publicación: 2017
Editorial: Menoscuarto
Sinopsis: Peri Rossi llevaba desde 1999 sin publicar novela... y la espera ha valido la pena, gracias a esta historia audaz sobre las asimetrías del amor de pareja. Siempre hay algo que no podemos decir, que quizá cambiaría nuestra vida, que acaso nos convertiría en inocentes... o en culpables. Todo lo que no te pude decir es la esperada y subyugante novela de Cristina Peri Rossi, donde ratifica por qué se mantiene desde hace décadas como la más moderna y audaz de las escritoras hispanas. En esta apasionante y lúcida historia coral, los personajes se enlazan con relaciones muy diversas (amor, sexo, amistad, poder, posesión...), pero con un hilo común: la asimetría que oculta algo, lo indecible, lo que frustra la comunicación plena.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Es muy fácil creer lo que se quiere creer.
(Demasiado fácil)

Hace no mucho Cristina Peri Rossi me contó una historia (la suya con Julio Cortázar) de la que me sentí destinataria. Cuando vi que había publicado (por fin) una nueva novela, con ese título (Todo lo que no te pude decir) y esa portada… tardé cero coma en tenerlo en las manos. Feliz.
- Todo no se puede decir.
[…]
- ¿Me lo dirás algún día?
- ¿Qué?
- Todo lo que no se puede decir
(Dímelo)

Somos lo que hacemos, pero también lo que callamos. No, todo no se puede decir, pero queremos que nos lo digan todo e incluso a veces decirlo todo. Pero nunca se dice. No se puede. ¿Quién está preparado para la verdad? ¿Quién está preparado para decirlo absolutamente todo? ¿A quién le interesa saberlo todo? Pero a veces hay cosas que quieres decir, y no puedes, tal vez no quieran escucharte, no interesa lo que te mueres por contar, pero sí quieren que hables de aquello que quieres callar…

En todo lo anterior pensaba solamente con el título, mientras observaba la portada de Egon Schiele. Es la magia de los libros, las diferentes propuestas, más allá de la historia que contienen. Todo eso sin abrir el libro. 
Pensó que el amor tenía extraños caminos y extrañas manifestaciones y que él no era nadie para juzgarlos.
(Tantos caminos, tantas extrañas manifestaciones. Tan válidas todas)

Y una vez que empiezo a leer debo de reconocer mi extrañeza inicial… Las primeras páginas me desubicaron. No sé explicar bien la razón, no esperaba lo que me estaba contando, aunque tampoco esperaba nada en verdad. Y seguí leyendo. Y ya no pude parar, atrapada por la tela de araña que teje Peri Rossi. Seguía sorprendida, pero ya reconocí las trenzas que componían la red urdida por la autora, ya me sentía cómoda, admirada por la estructura que había construido, como si la telaraña construida fuera pegajosa, pero no molesta, sino atrapante. 

El amor, el deseo, la pasión, las relaciones personales, son temas recurrentes en la literatura de Peri Rossi. Pero como tantos otros temas universales, esa recurrencia no impide que construya con una gran solvencia esas relaciones, deseos… y, sobre todo, los personajes.
Estaba seducida por la diferencia  ¿entiende? Yo solo se amar desde la diferencia, desde la asimetría.
Que todas las relaciones son asimétricas es un hecho. Si fueran simétricas implicaría una correspondencia exacta, punto por punto, entre quienes conforman esa relación. El concepto de una relación perfectamente simétrica puede resultar muy romántico, pero sería poco efectivo (y posible). No creo que tanta simetría mejorara una relación, posiblemente la dinamitara. Ni siquiera somos simétricos en la relación con nosotros mismos. Las diferencias pueden unir muchísimo si están hábilmente combinadas con los parecidos, los acuerdos, el deseo, la pasión… Si las diferencias ajustan, concilian, tendremos un pacto, una alianza sólida. El problema es cuando esas diferencias, esa asimetría, se vuelve irreconciliable, incompatible con una relación equilibrada. 

Y sobre esas relaciones asimétricas, basadas en las diferencias entre los sujetos que mantienen una relación, construye Peri Rossi Todo lo que no te pude decir
Solo se engaña a quien se compadece y a quien se quiere dominar.
Cristina Peri Rossi ha abordado todos los géneros literarios posibles: novela, poesía, cuentos, relatos, ensayo… Y en Todo lo que no te pude decir despliega esa experiencia y combina todos los géneros.

Durante toda la lectura no podía evitar pensar en el concepto de modelado: como si estuviera modelando en barro o arcilla, Peri Rossi parece ir cogiendo diferentes fragmentos, diferentes recursos narrativos y literarios y los va añadiendo poco a poco, pausadamente, mientras va dando forma a la representación final. Y, así, lo que en principio tenía una forma imprecisa (que a mí me desconcertó) se va mutando, adquiriendo un perfil finalmente nítido.
Solemos idealizar lo perdido –dijo la psicóloga, suavemente-. Así, podemos desearlo otra vez.
Todo lo que no te pude decir es un libro que se va transformando según lo vas leyendo. Diferentes relaciones asimétricas, personajes que Cristina Peri Rossi nos va revelando con maestría y sutileza, sin juzgarlos, solo exponiendo lo necesario para comprenderlos porque, al fin y al cabo ¿sabemos de qué están hechos los deseos? Un libro ligeramente transgresor, definitivamente cautivador. Porque Peri Rossi escribe desde la libertad, de lo que le da la gana, se lo puede permitir porque es valerosa y está de vuelta.
Cuando sea capaz de sentir un deseo nuevo, estará curado –le dijo ella-. Pero no sabemos cuánto tarda cada persona en elaborar un deseo nuevo.
(Quiero desear de nuevo)

miércoles, 31 de enero de 2018

Kanada (Juan Gómez Bárcena)

Páginas: 196
Publicación: 2017
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: Kanada comienza donde la mayoría de las novelas de la Segunda Guerra Mundial terminan: con el fin del conflicto. Porque en 1945 se interrumpen las matanzas, pero se inicia otra tragedia: el imposible regreso a casa de millones de supervivientes. El protagonista de Kanada lo ha perdido todo. Sólo le queda su antigua residencia, un improvisado refugio en el que acabará encerrándose para protegerse de una amenaza indefinida. Rodeado por unos vecinos que tan pronto parecen sus salvadores como sus carceleros, emprenderá un viaje interior que lo llevará muy lejos, hasta el oscuro país de Kanada de donde afirma proceder. 

Si se piensa con detenimiento es tan asombroso el milagro de la lectura […] Encadenar una reata de signos y armar con ellos un sentido que puede entretenernos o aburrirnos, conmovernos o hacernos desgraciados.
Ese milagro de la lectura me mantiene viva. Al igual que el milagro de la escritura mantiene vivos a muchos escritores. 

Qué libro. Impresionante. Cuando terminas una lectura y miras atónita el libro y vuelves a la primera página, y vuelves a leer, cada frase cobrando todo su sentido, cada pieza encajando milimétricamente, mientras vas tomando conciencia de la maquinaria perfecta, del impresionante diseño, de la imagen final… Sí, es un milagro la lectura, pero aún más que alguien escriba… así. Juan Gómez Bárcena: ¿de dónde has salido? ¿Hasta dónde vas a llegar? 
Tu casa sigue en pie. Tenías la esperanza de que se hubiera venido abajo. Tal vez esperanza no sea la palabra apropiada, pero si no es ésa entonces cuál […] Tu casa no es tu casa.
Cuando todo parece estar contado, hay que dar un paso más allá. Contarlo diferente, tener un mensaje que transmitir, hacerlo de forma tan contundente como bella.

Un superviviente de la II Guerra Mundial y, al igual que en El chal, nos encontramos con un duro proceso de reconstrucción de la identidad. Si me fascinó el planteamiento de Ozick, Gómez Bárcena me ha dejado impactada y admirada con su ingeniería literaria y su forma de relatar, escenificando de forma virtuosa e inteligente la soledad del superviviente.
Así sucede siempre: es más fácil recordar a los asesinos que a sus víctimas.
Nada hay casual en la compleja estructura narrativa que pone en marcha Gómez Barcena. Para el superviviente ya no hay casa, no hay hogar, no hay espacio de seguridad, no sólo se les arrebata a sus personas queridas, sus pertenencias, su trabajo. Ya no son nadie, ya no se les recuerda. Es cierto que recordamos más a los verdugos que a las víctimas. Y en este maravilloso libro se explica el porqué: nadie es inocente. Tú tampoco. Ni yo.

Una escritura serena, que invita a que la historia se asiente dentro del lector, que no busca el efecto inmediato, sino el sosegado, el que lleva a la reflexión. Nos está contando algo, quiere llevarnos a algún lugar, no hay prisa, tampoco pausa. El ritmo es impecable: capítulos cortos, cada capítulo un goteo, un arañazo, una rasgadura. Frases cortas, rápidas, vibrantes, bellas, latigazos poéticos que tensan el estómago.
A lo mejor el mundo está hecho para ser contemplado así, en la distancia. Tal vez la moral es una enfermedad que consiste en ver las cosas demasiado cerca; tanto que comenzamos a sentir compasión o piedad por algo que debería producir únicamente risa. Un leve encogerse de hombros. Indiferencia. Porque la humanidad es de hecho ridícula, y el chiste es ese relámpago de lucidez en que por un instante lo comprendes.
No hay nombres propios, al protagonista sólo se le nombra una vez, el resto de personajes son el Vecino, la Esposa, la Hija, el Estudiante… etc. ¿Para qué nombrar lo que no tiene nombre? ¿Para qué poner nombre cuando a ti te han quitado el tuyo, te han quitado tu identidad y ya no eres nadie porque eres todos? ¿Para qué constreñir en los límites de nombres propios lo que es universal y atemporal? Apenas unos datos, reales y esparcidos como migas de pan para no perdernos en el camino, nos sirven para ubicarnos dónde estamos, cuándo sucede, qué sucede. Gómez Bárcena renuncia a nombres, localizaciones, fechas, al vocabulario del Holocausto. Pero no renuncia a una idea: 
Si hay algo que has aprendido es que nada termina nunca.
Y como nada termina nunca, todo es posible: cometer los mismos errores, volver a los mismos horrores. Porque no aprendemos, ¿será esa la esencia del ser humano? ¿no aprender de los errores?

Kanada es un relato áspero, reflexivo, compacto, delicado. Un relato claustrofóbico que, de forma mágica, constantemente visualizas. En blanco y negro, monocromático. Y tan lleno de matices.
Qué puede esperarse de una especie que desde el mismo instante en que viene al mundo ya lo hace sufriendo.
No quiero despistarme, son muchas las razones por las que Kanada me ha entusiasmado, pero hay dos razones por las que he caído rendida ante este magnífico libro:

1) La estructura narrativa. Es absolutamente magistral. Nada hay casual. Ni una frase, ni una metáfora… todo está encajado a la perfección, todo tiene su sentido, todo suma para conseguir una armazón sólida y en absoluto vacía. Nada ocupa un espacio para adornar, engañar, rellenar. 
El fin es empezar de nuevo. El fin es remontar el tiempo a contracorriente, como un río que el océano escupiera hacia la tierra, en busca de su diminuta desembocadura en las montañas.
Y vas comprendiendo. Y entonces ves: Kanada es una cinta de Moebius literaria perfectamente construida. Una sola cara, un solo borde, una superficie no orientable. Así es el tiempo también, el tiempo para nuestro protagonista. Una cinta de Moebius. Y así también es el alma humana. No hay principio ni fin. Salvo que cortes la cinta.
La inocencia es una carga muy pesada, casi insoportable. La culpabilidad puede arrastrarse de un modo a otro. Ser inocente, en cambio, es un peso que te aplasta: la inocencia compromete al mundo entero. […]Eres culpable, lo has sido siempre, y lo descubres ahora.
2) El sentimiento de culpa. La inocencia. Las obsesiones. La bondad. La maldad. Estos conceptos, pasados por la cinta de Moebius… ¿dónde empiezan y dónde terminan? ¿es una cosa o es otra dependiendo de dónde cortemos la cinta? ¿se puede ser una cosa -inocente- sin ser la contraria -culpable-?

Cómo plantea Gómez Bárcena el origen, o las razones del Holocausto, las secuelas del superviviente, ha sido la segunda razón. Porque no es casual que en algún momento llegues a cuestionarte si realmente está hablando de un superviviente de la II Guerra Mundial o de otra época, un superviviente que ve cómo sus liberadores pasan a ser sus opresores y sus delatores pasan a ser los presuntos “salvadores”. No, no es casual. Nada es casual en este libro.
Kanada no tolera el pasado: es un lugar en el que se está o en el que no se está, pero que de ninguna manera puede recordarse. Hacerlo es cruzar otra vez su puerta de hierro, del mismo modo que sólo una herida puede recobrar el dolor de otra herida.
Kanada no solo es un retrato tremenda y desoladoramente lúcido del sufrimiento y el sentimiento de culpa del superviviente. Es muchísimo más que eso: es una crítica colosal y contundente a la sociedad, a la obediencia ciega, a la sumisión, a la ausencia de crítica y rebeldía, y especialmente al cinismo social que convierte al inocente en culpable ¿culpable de qué?: no importa, algún día terminarás siendo culpable de algo, tal vez de sobrevivir.
Y tú les obedeces, porque es lo que siempre has hecho.

jueves, 25 de enero de 2018

Madre mía (Florencia del Campo)

Páginas: 208
Publicación: 2017
Editorial: Caballo de Troya
Sinopsis: Narrada en una descarnada primera persona, Madre mía es el viaje de la autora a través de un recorrido visceral de idas y venidas: de un lado la obligación y el deseo de cuidar de su madre enferma, de otro, la fuerza que la arrastra a vivir su propia vida, su necesidad de construirse lejos de las fronteras familiares, con toda la complejidad de esa raíz, de esa pertenencia. A un lado del océano, una madre con cáncer. Al otro, una hija buscando su lugar, su identidad, su libertad imposible.
Podéis leer las primeras páginas AQUÍ.
Cuanto más escribo más sé que casi nada puede traducirse al lenguaje de las palabras (Material que aunque es palabra no se deja ver…) No es un problema del escritor, es un problema humano.
Madre mía… eso digo yo ¡madre mía! Qué difícil comentar este libro y mantener la distancia que tanto me he impuesto últimamente. Hay libros escritos desde la trinchera, con un fuego cruzado por encima de la cabeza. Y hay otros escritos en tierra de nadie, entre trincheras enemigas, espacios que nadie quiere ocupar porque son incontrolables o tienen un alto coste. Y ahí, en esa tierra de nadie que acabo de describir, se sitúa Florencia del Campo para escribir Madre mía. A pelo. Sin protección, sin barreras. Sin red. Cómo me identifico con ese vértigo.

Empecé el libro. Lo dejé. No podía. Lo volví a retomar, despacio, venga Ana. Seguí, lo terminé. Dejé pasar el tiempo hasta que me siento a escribir sobre esta lectura. Justo ahora. Y todavía no sé qué decir, qué callar, ni cómo.
No les conté el relato que habita en la fisura, en la escisión, en el borde, en la zona exacta donde se dobla el papel y no es cara ni contracara. ¿Cómo se narra desde ahí, desde ese no-lugar o lugar-tan-fino-y-resquebrajado? ¿Cómo se hace equilibrio en la grieta, en el intersticio, desde el lenguaje?
Cada vez me atraen más los libros arriesgados, los que plantean temas sobre los que no se habla pero que están ahí, en las aristas más invisibles y sigilosas de nuestra alma, adheridas a lo secreto. Y que todos nos planteamos alguna vez en silencio, ese tener que responder(nos) a preguntas que no queremos ni plantearnos. Responderlas con la sinceridad que anida en un rincón remoto y oscuro de nuestra verdad. Meter el dedo en la hendidura, escarbar, decidir. Zanjar desde la zanja.

Madre mía es un libro atrevido. Un libro arriesgado de escribir. Un libro arriesgado de leer. Habrá quien diga incluso que es un libro imprudente. Porque es incómodo. Porque de esas cosas no se habla, Florencia (ironía, of course). Porque la culpa es el centro en torno al cual se construye Madre mía y la cima a la que no queremos llegar, pero por la que todos tenemos que pasar. La conversación definitiva con nuestros propios fantasmas.
Demandaste lo que no enseñaste. Aprendí sola y no te gustó.
Las relaciones familiares nos hacen. O nos deshacen. O ambas cosas: nos construyen, nos destruyen. Las arrastramos. Las añoramos. De nuevo con las contradicciones.  Pero como dice la propia Florencia del Campo: La familia es la obviedad más innata que yo nunca aprendí.

Abres el libro y las voces de la culpa nos arañan y nos gritan y nos señalan, con descaro incluso. Se hacen oír. Los juegos de palabras, la escritura asociativa, el flujo de conciencia como herramienta: Florencia libra la batalla con el lenguaje y los pensamientos/sentimientos (el sentipensar…) con, quizás, la única forma de enfrentarse al peligro de escribir desde las grietas abiertas en lo más íntimo: con el caos y la cronología confusa y enredada de los pensamientos, que se evocan unos a otros, se asocian unos con otros en una vorágine de memoria (des)encadenada sin orden ni concierto ni lógica ni razón.

Y a veces cae en un bucle, porque así es también como pensamos en ocasiones: circularmente, sin avanzar, dando vueltas, rotando en torno a un eje insospechado, como si fuéramos la tierra, circular, voluble y sin un péndulo de Foucault que nos evidencie esos bucles en torno a los cuales giramos incesantemente.

Y entonces, Florencia escribe, busca otro eje, tal vez el sol (la luz entrando en la grieta) que la saque del bucle: ¿soy culpable? ¿culpable de qué? ¿de romper el frasco? ¿de querer respirar? ¿de querer vivir? ¿de escribir? Algún día habrá que acabar con el espanto de la culpa y no dejar que el remordimiento nos muerda a dentelladas.

Gracias por este libro, Florencia del Campo.
No importa cuántas veces una se vaya, la que realmente cuenta es la primera.

viernes, 19 de enero de 2018

Vinieron como golondrinas (William Maxwell)

Título original: They came like swallows
Traductora: Gabriela Bustelo
Páginas: 203
Publicación: 1937 (2006)
Sinopsis: Para el niño de ocho años Bunny Morison su madre es una presencia angelical sin la cual nada parece tener vida; para su hermano mayor, Robert, su madre es alguien a quien debe proteger, especialmente desde que la gripe ha comenzado a asolar su pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano; para su padre, James Morison, su mujer Elizabeth es el centro de una vida que se desmoronaría sin ella. A través de los ojos de estos tres personajes, Maxwell retrata a una familia y a la mujer sobre la que ésta se sostiene.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ
Cada uno vivimos metidos en nuestra propia pesadilla.
Partiendo de una experiencia personal que le marcó profundamente (su madre falleció por la gripe española a principios del siglo XX) Maxwell (que entonces tenía diez años) escribe Vinieron como golondrinas, en donde se describe un período concreto en la vida de una familia. Para ello, conoceremos los puntos de vista de tres personajes: los dos hijos de Elizabeth y su marido. No sabremos el punto de vista de la propia Elizabeth (que es un pilar emocional para todos aquellos que la rodean), pero el alcance de su figura (y de su hermana Irene) se nos hará patente a través de esas tres voces narrativas.

Maxwell habla de lo cotidiano y doméstico cuando lo cotidiano se vuelve extraordinario, en este caso por el impacto de la gripe española en la familia (todos ellos enfermaron, aunque todos sobreviven excepto la madre).

Sobre la incomprensión y el vacío que se te queda clavado dentro cuando fallece alguien que supone para ti un eje importante en tu vida es sobre lo que escribe Maxwell, si bien para ello no necesita acudir al drama ni al sentimentalismo. La sencillez aparente de su narrativa es su propia grandeza. La construcción de los personajes es impecable, así como su armazón emocional, y la importancia de Elizabeth en sus vidas queda claramente expuesta sin necesidad de ser explícito ni desarrollar un discurso extenso ni grandilocuente. Basta con los detalles, el perfil invisible de los pequeños gestos y los grandes silencios.
Lo tenía delante, pero no conseguía alcanzarlo, porque se hallaba dentro de las palabras.
He agradecido la forma de narrar de Maxwell, esa extraña y compleja simplicidad con la que nos presenta escenas complicadas, conjurando toda la carga emocional y los excesos sentimentales para presentárnosla sin estruendos y con una cadencia tan perfecta como eficaz. La economía del lenguaje utilizado no supone ningún obstáculo para percibir la intensidad de lo que cuenta, y ahí radica su elegancia.

Vinieron como golondrinas es un libro tranquilo, calmo, amable, profundo pese a su aparente sencillez. Con una capacidad para describir la frágil naturaleza humana de forma sutil y reconocible, para relatar la aceptación de la pérdida con una facilidad pasmosa, Maxwell construye un libro perdurable e imperecedero.

El perfil psicológico y emocional de los personajes, el clima familiar tan hábilmente reflejado, el fiel retrato de una época y una sociedad, la tensión sostenida en el punto adecuado (ni excesiva ni frívola), la prosa precisa, respetuosa y sensible, todo ello configura una lectura de apariencia discreta pero de mimbres convincentes y sólidos. 
Además, lo que importaba era la intención de las personas, no los resultados de sus actos.

jueves, 11 de enero de 2018

En estado salvaje (Charlotte Wood)

Título original: The Natural Way of Things
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Son diez, y al despertarse una mañana descubren el horror: alguien las ha drogado y trasladado a un lugar siniestro en medio de la nada. Están encerradas en barracones oscuros, llevan unas túnicas de algodón basto, unas botas viejas y el pelo rapado. Van atadas como animales, caminan sin descanso a las órdenes de sus captores, y al volver les esperan un cuenco de papilla amarillenta y un vaso de agua sucia. No hay luz en el barracón ni conexión alguna con el mundo exterior. Son diez, diez mujeres jóvenes que fueron muy hermosas. Hace poco seguían las últimas tendencias de la moda, y ahora intentan saber qué pasó, dónde están y cómo salir de esta pesadilla. Preguntan, intentan averiguar, seducir a quien haga falta, pero la verdad tarda en llegar. ¿Vale la pena esperar?
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Esa tarde en que las empujaron aquí dentro y cerraron las puertas con candado y ellas se sentaron en las camas, duras con las sábanas descoloridas y pensaron que morirían esa noche, y luego desearon haber muerto.
Son diez, son mujeres, jóvenes y hermosas. Han sido secuestradas, drogadas y encerradas en un espacio en medio de la nada: sin luz, agua ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Dos hombres y una mujer las vigilan. De esa vigilancia que no protege ni cuida sino que veja con desprecios, humillaciones y violencia.

¿Por qué están allí? ¿Por qué ellas? ¿Cómo escapar? ¿Qué tienen en común? ¿Cuáles son las normas? ¿Morirán? ¿Qué deben de hacer para vivir? ¿Matarán a sus carceleros? ¿Sus carceleros las matarán a ellas?

No os equivoquéis: En estado salvaje no es un thriller. Es un alegato feminista tan brutal, salvaje y descarnado como directo. De los que escuece. Y Wood, que no está dispuesta a disculparse, crea para ello un clima asfixiante y claustrofóbico que vamos a visualizar como si fuéramos una de las diez mujeres encerradas. O de los hombres (o la mujer) que las vigilan.
Por lo visto, hacer que los muertos descansen, como fregar, alimentar y dar a luz, es tarea de mujeres.
En estado salvaje es una lectura bronca, áspera y tremendamente incómoda. Con un lenguaje directo, descriptivo, contundente y sin rodeos, Wood construye una alegoría cargada de un simbolismo fascinante en el que disecciona, llevándolo a un extremo brutal, la fibra de la que está hecha el músculo del machismo. Wood no juega con las emociones del lector, le basta con exponernos a una situación que, aunque disfrazada de situación poco probable, sin embargo está construida con todos los elementos de la realidad que vivimos hoy, ahora, aquí, allí y que, de forma más o menos transversal, está en absolutamente todas las sociedades del siglo XXI.

Las diez mujeres se encuentran en esa situación porque todas ellas se han visto envueltas en escándalos sexuales de más o menos notoriedad social. Curiosamente, cada uno de los diez casos tienen su correlato en la realidad, y basta para ello tener memoria o revisar la prensa internacional. Victimas que son señaladas como culpables… por ser mujeres. Por eso están encerradas ahí. No desvelo nada que no se sepa, ni en la vida real ni en el propio libro, ya que pronto queda despejada esta incógnita. No es el porqué las llevan allí, sino qué pretenden al mantenerlas encerradas. Algo que nunca llegaremos a saber.

Ese es el punto de partida: castigar a la víctima. Culpabilizar a la víctima. Eres mujer, eres joven, eres bella, eres puta… Cuando te despojan de todo lo que te visibiliza como mujer… sigues siendo mujer. Cuando te despojan de todo aquello que te dignifica como persona… sigues siendo mujer. 

Charlotte Wood reviste de metáforas esta parábola que supone En estado salvaje  y el lector, desde su posición de espectador, no podrá evitar entrar en la salvaje prisión que supone para estas diez mujeres su encierro involuntario. No somos espectadores pasivos, porque te ahogas. Presión y prisión son dos palabras que en castellano sólo se distinguen por una vocal, y seguramente sin pretenderlo, Wood consigue un juego entre ambas palabras que es realmente espeluznante, cuando hablamos de la presión de ser mujer y de la prisión que supone ser mujer en una sociedad que te condena aunque seas víctima. Presión y prisión. Externas e internas.
… incluso su cuerpo tan problemático había sido olvidado excepto para esto: andar, sentir dolor, hambre y sed, comer, dormir, mear, cagar y sangrar.
En una lectura tan cargada de simbolismo como de sutilezas, vamos reconociendo no solo aquellos dardos envenenados que convierten a la mujer en una persona despojada de derechos, sino que también asistimos a cómo las propias las mujeres asimilamos ciertos axiomas con tintes machistas de forma inconsciente, fruto de muchos años de (mala) educación, y nos cuesta desprendernos de micromachismos e ideas que nos perjudican a nosotras mismas.

Cuando se ha sexualizado tanto el cuerpo de la mujer, parece imposible desprenderte de todo aquello de lo que te has venido empapando durante muchos años hasta llevarnos al punto de que si tienes un cuerpo espectacular acaba suponiendo tan estigma como si no lo tienes.

De las diez mujeres, serán dos a quienes más conoceremos, Yala y Vera (no es tanto un libro de personajes sino de tendencias, de la inclinación que hay a interpretar ciertas situaciones desde la perspectiva patriarcal). Ellas (y, en cierta forma, también Hetty) son las únicas capaces de aprender, reaprender y también (y no menos importante) de desaprender. De desprenderse del cascarón de su cuerpo. De hacer un recorrido, distinto en cada caso, que les lleve a liberarse de la doble prisión/presión a las que se ven sometidas: la externa y la interna. No podrán escapar si primero no lo hacen de su propia prisión/presión.  

Tampoco penséis que es un libro en el que todos los hombres son malos malísimos y todas las mujeres buenas, valientes e inteligentes. Aunque es cierto que los hombres no salen bien parados, también Wood nos muestra cómo las mujeres tampoco somos unas santas. En cualquier caso, lo que pretende es que nos cuestionemos, intenta incluso incomodarnos, que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones, no nos victimicemos y que seamos conscientes de las intrincadas raíces de la misoginia y el machismo.

No esperéis un nudo, desarrollo y desenlace. El gran acierto de este libro es que la interpretación libre de cada lector/espectador tenga su protagonismo. No esperéis tampoco una historia al uso, no interpretéis lo que las 10 mujeres hacen como algo imposible, planteándote lo que harías tú en esa situación (tú -yo- intentarías escapar, claro). Wood nos muestra una historia en una especie de salvaje escaparate que no podemos evitar observar, porque quiere mostrarnos algo. El final no es un final, es un principio que se inicia en cada lector. Abre un debate en el que esparce un raudal de preguntas y cuestiones que cada cual tendrá que contestarse. Mi interpretación, que solo he podido apuntar aquí por no destripar demasiado, me ha dejado como cuando te dan un mordisco y ni pestañeas, atónita y consciente de la dentellada que te acaban de arrear.
Es posible renovarse.

miércoles, 3 de enero de 2018

La vida sumergida (Pilar Adón)


Páginas: 240
Publicación: 2017
Editorial: Galaxia Gutenberg
Sinopsis: Los personajes de los trece relatos que conforman La vida sumergida aspiran a estar constantemente en otro sitio y a ser lo que no son, conscientes de que, al final, tendrán que dar con la mejor manera de sobrevivir. Para ellos es más incitante el camino que la llegada y más gratos los preparativos de un evento que su auténtica celebración. Comparten la vocación de apartarse y recluirse en casas que son lugares de encierro pero también de libertad, al constituir el espacio perfecto para imaginar, recordar, fantasear y, en definitiva, huir. Pero la vida acecha siempre en todas partes.

Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
Ya está aquí, de nuevo, Pilar Adón. Porque no puede evitar escribir, porque le urge escribir. Porque Las efímeras era un caleidoscopio con múltiples espejos y algunos de ellos tenían vida propia más allá de Ruche. Y de aquellos colores y formas que le revolotearon mientras escribía Las efímeras, nacen los relatos de La vida sumergida.

Un título muy acertado, por cierto (nunca deja nada al azar), puesto que de lo sumergido precisamente nos hablan los 13 relatos de La vida sumergida, de lo insondable, de lo anegado de líquido amniótico, protegido de miradas externas, pero vivo, muy vivo en nuestro interior.
El privilegio supremo de la elección.
Cada vez me cuesta creer más en nuestra capacidad de elección. Cuando trabajaba con niños con distintas problemáticas les enseñaba a los padres el truco de la falsa elección. Si un niño, por ejemplo, era muy selectivo con su alimentación, les pedía que hicieran una lista con los alimentos menos frecuentes en el menú de su hijo/a. Y luego les pedía que ofrecieran a su hijo la posibilidad de elegir entre el alimento que más detestara y el que menos. No fallaba: elegían el que menos le gustaba. Estaban eligiendo algo que en realidad no querían pero que ellos decidían, y así poco a poco se introducía más variedad en la alimentación.

Reconozco que nunca me sentía bien con este “truco”, aplicable a muchas situaciones y actividades. Pero solía funcionar. Al niño/a se le daba la posibilidad de elegir en lugar de imponerle algo sí o sí. La sensación de que eres tú quien eliges es muy poderosa. Pero es una falsa elección. Y quizás este truco se nos presente no tan intencionadamente pero sí con más frecuencia de lo que creemos en nuestro día a día.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Los protagonistas de La vida sumergida han elegido, la mayoría de ellos han tomado decisiones, no viven la vida que quieren vivir, no están donde quieren estar (¿a qué me sonará esto?). Las decisiones pueden ser varias: huir, abrazarse a la naturaleza, desear que alguien se muera, optar por seguir siendo sumisa, desligarse de la realidad, encerrarse, rebelarse... Sí, deciden, actúan, levitan… pero ¿qué sucede si aquello de lo que huyes, si aquello que te impide vivir la vida que quieres vivir… está dentro de ti? ¿somos nosotros nuestro mayor obstáculo? ¿somos capaces de desanudarnos de aquello que nos ata, incluso de las ataduras externas? ¿tenemos que aislarnos por completo para conseguir encontrar nuestro lugar en el mundo?

Ah, sí… Si algo hace Pilar Adón es justamente eso: que terminas de leer sus libros, en este caso sus relatos, y de repente tienes un saco con un montón de preguntas. Ya no temo al hombre del saco. Temo al saco. Y mira que busco respuestas en muchas lecturas, pero cuando me dejan repleta de interrogantes también lo valoro sobremanera, porque de repente sé la textura que tienen las cosas que me inquietan, aunque vengan en forma de interrogaciones. Las propias preguntas son una respuesta en sí mismas.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
Hace muchas cosas Pilar Adón cuando escribe, entre ellas crear atmósferas y mundos en los que recrea aquello que le desasosiega y le provoca marejadas internas. Ella no huye: busca. 

Como una buena chef literaria, pone todos los ingredientes a nuestra disposición. Pero, ah, poner la mesa, mantel, vajilla, decoración, música ambiental e incluso combinar los ingredientes, el punto de cocción o elaboración y sobre todo masticarlos y digerirlos… eso ya es cosa nuestra. Es una proveedora de elixires y nutrientes, verduras, legumbres, carnes, lácteos, frutas, cereales, azúcares… Nos apunta alguna receta, alguna posibilidad, pero el resto ya está en manos de nuestra libertad.

Porque libertad es lo que proporciona: necesitamos que nuestra mente quede libre después de cada relato, libre de obstáculos y limitaciones, de narraciones explícitas y masticadas, libre de señales unidireccionales, de literatura del sometimiento de lo fácil y plácido. En esas atmósferas y escenarios cerrados y aislados que construye tan admirable como eficazmente, lo que hace es liberar nuestra mente, porque sólo desde ahí, desde una amplitud mental sin cortapisas captas la naturaleza de los personajes, los paisajes y las situaciones que nos plantea Pilar Adón.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Vivimos en comunidad. Somos seres interactivos. Y aunque a veces no te aferres, igualmente dependes. Te aíslas en un espacio, tal vez en la naturaleza, intentas liberarte de sumisiones y ataduras, buscando mundos quiméricos, sueños creados por nuestras cabezas. Buscando la libertad. Es necesario reflexionar, sumergirnos en nosotros mismos, palpar y dar forma a lo que no la tiene.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Leer a Pilar oprime en ese espacio vacío que de vez en cuando utiliza recursos propios para recordarte que está ahí. Pilar moviliza agujeros negros, espacios ocultos, aires invisibles. Espejea. Y eso… es vida. Vida sumergida.

Ya comenté en su momento que Pilar Adón tiene la bondad de tratar a sus lectores como personas inteligentes. Y la virtud de escribir como pocos escritores en nuestro panorama nacional. Que no sea una escritora considerada comercial, que sea tan coherente con ella misma, con su ritmo narrativo, con los mundos externos e internos que crea y recrea, con una forma de contar con mucha base poética y una cadencia casi musical, que no escriba para una gran masa de lectores, que sea consciente de ello y que no se doblegue, solo hace que aumente mi admiración por una escritora galáctica (y no lo digo porque publique en Galaxia Gutenberg) y una persona muy generosa. Ella solo quiere escribir. Y yo solo quiero seguir leyéndola.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.

martes, 26 de diciembre de 2017

Yo misma, supongo (Natalia Carrero)

Páginas: 160
Publicación: 2016
Editorial: :Rata_
Sinopsis: La vida de Valentina Cruz ha estado marcada siempre por un sentimiento de no pertenencia a su entorno. No encajaba en su familia barcelonesa dominada por la figura de un padre déspota con el que fue imposible el más mínimo vínculo afectivo. No encaja en el barrio madrileño donde vive ahora, superficial y vacío, y una vida social que no le aporta nada. No encaja en la cultura oficial, que encumbra la literatura fácil y desarma el valor subversivo de la buena literatura. Encaja a duras penas con su familia, su marido y sus hijas, pero es un encaje logrado a golpe de equilibrios, estrategia, sometimiento y renuncias.
Soy de extremos; es como si no viera los colores y los polos contrarios se reunieran con fuerza en mi corazón. Cada latido es un pellizco metálico que me duele hasta creer que ya no voy a poder más. Pero luego todo se soporta.
Distancia. Siempre (y todo) es una cuestión de distancia. Por ejemplo la que hay entre la vida que deseamos/imaginamos/queremos y la que realmente tenemos. Entre quienes somos y quienes nos vemos obligados a ser. Entre lo que queremos hacer y lo que nos vemos forzados a hacer. En ese espacio acontece el abismo. ¿Es insalvable esa distancia?

Desde hace tiempo grito esto una y otra vez en distintas tonalidades: No pertenezco. No me vinculo. Estoy fuera. No encajo. Me siento extraña. No. No. No. Y entre una tonalidad y otra voy tomando decisiones, buscando primero en mí ese lugar al que pertenecer para, luego, encontrarlo fuera.

Tenía que leer a Natalia Carrero sí o sí.
lo que me pasa se llama letras, lo que me pasa se llama para qué me sirven, si me duelen, si no consigo modelarlas para vivir.
Valentina decide no trabajar en lo que no desea y opta por quedarse en casa y escribir. Pero no somos libres, ni siquiera cuando decidimos serlo. Justo cuando optamos por ser libres, tomamos conciencia de todo aquello que nos encadena y del alto precio de la libertad.

Escribir es una experiencia solitaria. En un mundo completamente desarraigado, en el que vivimos mucho más solos de lo que pensamos, resulta increíble el alto coste que tiene poder vivir una soledad elegida. Valentina precisa de esa burbuja de soledad, ese cuarto propio, ese lugar intangible pero necesario para escribir. Para escribirse. Pero no lo consigue. 
Viajo hacia la normalidad entendida como una adaptación, una sumisión al mundo que dicta que hay que ser alguien, que me impone que para serlo debo dejarme explotar.
Porque es de su propia vida de lo que quiere escribir Valentina. No la vida que ven quienes la rodean, sino la que permanece incorpórea en su interior, ocupando un espacio tan invisible como real. Esa trinchera en la que buscas encontrar tu identidad, caotizar y luego organizar el caos, deconstruir el concepto de “normalidad”. La cuneta en la que permaneces mientras intentas… pertenecer (aunque sea a ti misma). 

Cuando alguien se rompe se produce un silencio atronador y estremecedor, estallas en mil pedazos en sordina. Y Valentina (¿o la propia Natalia Carrero?) quiere dar voz, grafía, trazo, a ese silencio y a una etapa de su vida, aquella en la que se quedó en tierra de nadie intentando ser escritora y no solo un proyecto de escritora ni una escritora en potencia.

En el propio libro encontramos una aproximación a lo que es Yo misma, supongo:
No hay trama porque no hay acción, y tampoco hay personajes porque el personaje está representado por todo lo que cubre, como una textura de signos, el blanco del papel; lenguaje escurridizo, abstracto y que realiza equilibrios imposibles entre todo lo que quiere contar y lo que no cuenta. Prosa poética, hermetismo sin mística ni ocultismo ni otras tradiciones oscurantistas, frases deshilvanadas. 
Tal y como es la propia vida, fragmentos, pedazos, un collage de momentos, incoherencias, contradicciones… así está escrito Yo misma, supongo, combinando imágenes, dibujos, trazos, palabras, reproducciones. Podría decirse que de forma experimental, pero al fin y al cabo la vida es exactamente eso: un experimento. Muy creativo y sorprendente, eso sí. Organizado por carpetas a modo de capítulos en un intento de reunir los distintos trechos de su andadura vital, Valentina intenta encontrar un sentido, o al menos una coherencia, al hecho de haberse quedado atrapada en un esquema consumista, sexista y falocentrista que coarta su libertad. Ser mujer/Necesitar dinero. Maldito binomio.
Es el dictado de la rueda imparable de esta vida productora de necesidades que, vistas con detenimiento, se convierten en falsedades.
Para poder llevar adelante un proyecto de vida, achicar esa distancia de la que hablaba al principio, se necesita un espacio (no necesariamente físico, pero sí personal), un tiempo, unos factores, unas circunstancias, contra los que la sociedad actual pone todas sus evidencias para convertir cada paso en un obstáculo que sortear. La normatividad y lo “normal” batallando contra la independencia, la pertenencia, la libertad, la identidad. Irreconciliables.

Y vas tomando decisiones, o lo que es peor aún: crees que las vas tomando. Y en realidad las decisiones te toman a ti, deciden por ti.
La mía es una forma de leer que no perdona. […] La lectura buena o verdadera requiere esfuerzo, el esfuerzo no se sabe lo que es hasta que se realiza, se lleva a cabo no sin cierta tensión o sensación de llegar al máximo de la resistencia. No hay recompensa sin horas, sin deseo, en entrega. La recompensa nunca tiene que ser visible, pero quien la recibe la ve. Sigo examinando los pulmones del texto con algunas suturas.
Al igual que escribir, también la lectura es una experiencia solitaria. Y cuando la persona que lee, a solas, se topa con una persona que ha escrito en soledad, en esas páginas escritas se encuentran ambas soledades y algo se recompone. Un reconocimiento. Una forma de, quizás, estar menos en soledad. O de fortalecerla y darle un perfil, una textura.  

¿Es Valentina la propia Natalia Carrero? Sí y no. Como en la vida misma, nada parece ser absoluto, nada y todo es autoficción. Partes que sí, partes que no. Quién sabe. A quién importa, si tú, al leerla, te encuentras ahí, en las páginas, en los fragmentos, en la lucha.
Me molesta esa parte de mí que no tiene nombre, que nunca he visto ni tocado pero que está, ocupa un lugar no solo mental, me convierte en una suerte de bruja de mí misma. Yo persiguiéndome sin tregua para llevarme a la hoguera. Un yo tras otro yo dentro de un mismo cuerpo. Es mi pensamiento en contra del pensamiento. Estoy mal.
Inevitable agradecer (nuevamente) a la editorial :Rata_ su existencia, su concepto de la literatura, porque en pocas editoriales me encuentro tanto a mí misma, persona y lectora, como en ella. Porque me cautivan los libros que desgarran, retan y muerden, escritos por personas que no pueden evitar escribir, que lo hacen con intensidad, rebeldía y visceralidad.
En estos momentos la novela parece un producto comercial, un discurso que lleva conservantes y fecha de caducidad, porque justo después llega el camión con las novedades más frescas.