jueves, 28 de julio de 2016

Casa es donde estás a salvo


Casa es donde estás a salvo,
el lugar en el que la electricidad
no se precipita escaleras abajo,
no necesitas más brújula que una mirada,
te sientes mejor y todo es tuyo porque nada posees.

Casa es donde estás a salvo,
recuerdas con equilibrio y olvidas sin bofetadas,
te volteas sobre olas que avanzan,
el cuerpo no está en vilo por una caricia
y las palabras, son.

Casa es donde estás a salvo,
protegida del mal,
donde el agua fría no te expulsa,
tiene vistas al mar y la montaña en la nuca,
y nada regresa como un boomerang afilado.

Casa es donde estás a salvo,
donde nada es urgente,
todo tiene el peso adecuado y la levedad necesaria,
puedo hablar contigo, apostar cada jugada
y espantar cada miedo uno a uno.

Casa es donde estás a salvo,
no hay extraños, nadie se desatiende,
la memoria es una almohada,
los descartes no sangran ni arrastras las maletas,
los nudos en el estómago son rosas azules
y no sientes dolor porque ya no te importa.

Busco casa, hogar, nido. Razón aquí.

(©AnaBlasfuemia)


PD: El blog está de vacaciones, pero sigue siendo el lugar en el que dejo "cosas".
 

lunes, 27 de junio de 2016

Un soplo de vida (Clarice Lispector)

Título original: Um sopro de vida: pulsações
Traductor: Mario Merlino Tornini
Páginas: 160
Publicación: 1978 (2011)
Editorial: Siruela
Sinopsis: Escrita poco antes de morir e inédita en castellano, Un soplo de vida es la última indagación literaria de Clarice Lispector y, quizá, su más intensa meditación sobre el sentido de la vida y del acto de escribir libre de toda atadura. Para todos aquellos lectores de esta gran escritora brasileña, esta obra póstuma arrojará, sin duda, una nueva luz sobre lo más íntimo de su escritura.
Podéis empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él saco sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras, ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada en lo hondo del pozo.
De vueltas con la vida, era inevitable llegar a Lispector. Sus pulsaciones. Las mías. Si hay pulsaciones, hay vida. Pero entre pulsación y pulsación ¿qué hay? ¿La ausencia de pulsaciones es ausencia de vida? ¿O es precisamente en ese momento efímero entre pulsación y pulsación cuando realmente la hay? Si algo hace Lispector es buscar, interrogarse. Se interroga y tú con ella. Te arrolla, te arrasa, te rasga. No hay nada que escape de su indagación, de su búsqueda, de su mirada. Nada. Y nada es nada, porque la vida lo es todo y todo es vida.

¿Qué hago yo aquí hablando de Lispector? Ella es de otra galaxia, de otra dimensión. Su prosa es poesía irreductible. Intento ordenar ideas y sensaciones, pero no se dejan, son inaprensibles. Y leer a Lispector es estremecimiento. Leer siempre es personal. Constantemente lo que lees te dice algo a ti. No a uno ni al otro ni al de más allá. No. A ti. Da igual lo que lea. Sé que me va a arañar. Y llega Lispector. Del tirón. Sin respirar. Y lo cotidiano, lo insignificante, transciende.
Vivir es mi código y es mi enigma.
Desarmada completamente (es una elección). Mi única “arma” para enfrentarme a este soplo de vida es mi alma inquieta y un lápiz. Subrayo sin parar. Cada párrafo. Cada línea. No hay respiro. Hasta los espacios en blanco entre párrafo y párrafo están llenos de sacudidas. Todo es transversal en Un soplo de vida: atraviesa, cruza, corta. Ramifica y expande. No hay línea en la que no te detengas, párrafo en el que no reflexiones, sombra en la que Lispector no ponga luz ni luz en la que no ponga sombra. Es campana y vibración. Absolutamente sublime.

Introspección. Pulsación. Movimiento. Vida. Si alguien ha sido capaz de escudriñar todas las caras poliédricas de la realidad, esa es Lispector, consciente de que no hay una sola realidad ni una verdad única y que las palabras encierran, acotan, limitan, son insuficientes. ¿Cómo apresar la percepción, el pensamiento, el sentimiento, la marea interior, las intimas sensaciones, el desgarro? ¿Cómo apresar la VIDA? No se puede.

Qué crujido.
Este libro es una paloma mensajera. Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo. No hago literatura: sólo vivo el paso del tiempo. El resultado fatal de que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo comenzar. Existir me da a veces taquicardia. Me da tanto miedo ser yo. Soy tan peligroso.
Marisma, ciénaga, miasma… Es lodo. Y a partir del barro se origina la vida. Eso es Lispector y eso hace: Abiogénesis, el proceso natural por el que se origina la vida a partir de la no existencia de la misma, es decir, de la materia inerte. Lispector exprime las palabras hasta límites asombrosos para reflexionar sobre el proceso de creación, el lenguaje, la vida…
Cada libro es sangre, es pus, es excremento, es corazón recortado, es nervios fragmentados, es choque eléctrico, es sangre coagulada que se escurre después como lava hirviendo montaña abajo.
¿Qué es Un soplo de vida? Para cada lector será un libro distinto, muchos libros en un libro. Tenemos dos personajes: un escritor y su personaje (Ángela). Un yo y su otro yo. Una metaLispector. Una Lispector desdoblada que es a la vez maza y pájaro, puño y brisa, buitre y mariposa, la creadora y la creada. Un diálogo interior brutal, una introspección feroz. Una reflexión magistral sobre la vida, la muerte, el lenguaje y la escritura. Es el canto de la moneda, ese que deja ver las dos caras al mismo tiempo. Tres, si pensamos que el canto es también otra cara de la moneda (y tres es el número: Lispector -1- creando al personaje llamado “autor” -2- que, a su vez, crea al personaje llamado Ángela -3-). Miento. El número es el cuatro: el lector (lectora -4- en este caso) es el cuarto personaje.
Siempre quise alcanzar un estado de paz y de no-lucha. Pensaba que era el estado ideal. Pero ocurre que... ¿qué soy yo sin mi lucha? No, no sé tener paz.
Una autora que crea a un autor que, a su vez, crea un personaje con el fin de concebir un espejo que devuelva una imagen nítida sobre la propia identidad. Imposible, los espejos siempre nos devuelven distorsión. Y los metaespejos una deformación de la distorsión. Y además la vida es aire, es oscilación y es movimiento, no hay una foto fija de nuestra alma y nuestra identidad, somos extranjeros de nosotros mismos. Somos nuestra propia lucha. Lo oculto. La única magia posible es aquella que derrote la incomunicación porque el lenguaje es imposible. Hacer esa magia es el reto, es la vida, es la conexión.

Contexto: Poniendo los pies en tierra (leve, breve y fugazmente) diré que Lispector escribió Un soplo de vida (que no llegó a ver publicado) a la vez que La hora de la estrella y que, según sus propias palabras, fue “escrito en agonía”. Un libro que no pudo detener. Necesitó escribirlo justo en ese momento, al final de su vida, aquejada de un cáncer de ovario. Y sé que estoy diciendo sin decir que si no has leído nada de esta autora mejor dejar Un soplo de vida para el postre.
El desierto es un modo de ser.
Termino el libro derrotada. Felizmente derrotada. ¿He dicho “termino”? Pues miento otra vez, este libro nunca se termina. Nunca. Despego los pies de la tierra, nuevamente (… ¿qué soy yo sin mi lucha?...)


viernes, 10 de junio de 2016

Apuntes sobre el suicidio (Simon Critchley)


Título original: Notes on Suicide
Traductor: Albert Fuentes Sánchez
Páginas: 112
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Alpha Decay
ISBN: 9788494489624
Sinopsis: “Este libro no es una nota de suicidio.” Así arranca Apuntes sobre el suicidio, un ensayo inteligente, provocador y a su vez de una sensibilidad extraordinaria. Simon Critchley repasa en estas reflexiones sobre el suicidio diferentes fuentes -desde el recuento histórico de suicidas célebres al análisis textual de numerosas notas de suicidio- para llegar al fondo del asunto que le interesa: qué significa estar en posesión del regalo de la vida y en qué consiste la maldición de poder elegir libremente entre vivirla o, por el contrario, optar por la muerte.


Alguien a quien quiero mucho y que me quiere bien me pide insistentemente alegría. Positividad. Soy consciente de lo difícil que es bregar conmigo desde hace mucho (demasiado) tiempo. No hay nadie que pueda desear más que yo misma el poder dar júbilo continuo. Hay personas a las que se lo debo (vale, no es un deber… es un querer). No quiero sentirme culpable de mi momento, ni justificarme ni explicarlo. Hasta hace no mucho tenía una necesidad imperiosa de contarme, de exponer mi vida de arriba abajo. Ya no. Todo para dentro. Las lecturas para fuera. Así que espero que nadie se me enfade por ir a comentar justo ahora un libro como este…

¿Por qué este libro? Quizás una de las palabras más repetidas en este blog sea: VIDA. Pienso mucho en la vida, tengo tantas ganas de vivir… y eso hace inevitable pensar también en la muerte. Un tema del que no gusta hablar ni pensar. Menos aún del suicidio. Pocas situaciones hay más inquietantes que un suicidio. Pero ¿quién no ha pensado alguna vez en este tema? Bien porque lo ha vivido/sufrido de cerca, bien porque de alguna manera más o menos profunda, superficial, meditada o solo atisbada, ha pensado/fantaseado no tal vez en suicidarse pero sí en el suicidio como algo abstracto, posibilidad o descarte, como tanteándonos si seríamos capaces de…

No me asusta decirlo, menos aún en este cuarto propio sin red, igual hasta debo escribirlo: he pensado seriamente en suicidarme. Una posibilidad real. No me lo planteé como una decisión, sino como un intento muy reflexionado de averiguar si yo sería, en este tema, capaz o incapaz. La respuesta la tengo ya muy clara: incapaz. Enfrentarme a este fantasma mirándole a la cara me devuelve al punto de partida: vida. Toca lucharla. Acepto vértigo, mar, búsqueda, faros, montaña, libros, sensación, raíz, ideales, arte, ventanas, intensidad, jugar, mariposas, vorágine, mirada, selva, fuente, deseos, campanas, utopías, delfínes, puertas, jeroglíficos, música, escribir, viento, soñar, creer, laberintos, confiar… Sé lo que necesito. Pero no sé dónde estás, cómo te llamas, quién eres, ni si nos vamos a encontrar (y quiéreme si te atreves).

La imposibilidad de hablar de este tema tan personal con alguien me llevó, justo mientras certificaba mi incapacidad, a leer este libro. También una conversación con dos bellas personas en la que se planteó la necesidad de desmitificar el suicidio, de no estigmatizar a las personas que se suicidan, lo intentan o piensan en ello. No dejarlas fuera. No soslayarlas. No juzgarlas. No esquivarlas. En definitiva, ayudarlas y poner sobre la mesa un tema tabú por el que todo el mundo se desliza y pasa de puntillas, pese a que todos inquieta. Acabo de decir que “la imposibilidad de hablar de este tema tan personal con alguien”… ding-dong… esto ya es sintomático: para alguien que tenga esos pensamientos el mero hecho de plantearse compartirlos ya es un problema: es un tema molesto, como para que encima venga alguien que aprecias queriendo compartir su “preocupación” sobre el tema o a decirte que está en un momento en el que lo contempla como posibilidad… A mí esto, esta dificultad para hablarlo sin que te caigan encima tópicos y sonidos de sirenas y alarmas, ya me parece muy significativo. Y hasta aquí puedo leer…

Comencé a leer este libro en Mallorca, al lado de un faro, sentada en un acantilado con los pies colgando, el mar abajo, el vértigo circulando por mis venas. Decidí no seguir leyendo. Poco después salté un muro y me lesioné la rodilla. Pensé que todo lo que sucede, sucede por algo, nos dice algo. Quizás fue una señal. O dos.

¿Cómo ha sido la lectura? Ligeramente decepcionante. Un inicio prometedor, tratando de comprender, de romper con todo aquello que convierte el suicidio en un tema tabú y polémico, sin tratarlo como un pecado o un trastorno mental, sin juicios morales, sin condenarlo ni prejuzgar… Pero debería de haber tenido más en cuenta el título: Apuntes sobre el suicidio. Pues eso, apuntes, ideas que quedan sin desarrollar. Apunta pero no dispara. No profundiza. Esperaba una confrontación mayor, más arriesgada, más valiente. Y si bien es cierto que es de valorar el intento de poner el punto de mira en un tema sobre el que se pasa de puntillas, la brevedad del texto y cierta mesura del autor terminan por deshacer un inicio espectacular y muy interesante.

Quisiera abrir un espacio para pensar acerca del suicidio como un acto libre que no debería ser objeto de repulsa moral o condenado en voz baja. Es preciso comprender el suicidio y es imperativo entablar una discusión más madura, compasiva y reflexiva acerca del mismo. Con demasiada frecuencia, la rabia domina todo el debate acerca del suicidio. Los deudos de alguien que se ha quitado la vida, ya sean cónyuges, familiares o amigos, reciben cualquier intento de hablar sobre el suicidio con comprensible indignación. Pero debemos atrevernos. Tenemos que hablar.
El libro no es un debate en sí, sino más bien una invitación al debate. Como ensayo se queda en las primeras capas. Un punto de partida en el que se aportan datos, información, alguna reflexión, pero tan solo rasca la superficie y no termina de meter el dedo en el núcleo. Y aunque su conclusión final me parece curiosa, no deja de resultarme “buenrollista”: Critchley plantea que si se elige el suicidio, una vez tomada la decisión, ¿por qué no esperar?, ¿para qué las prisas? Que disfrutemos mientras de los pequeños milagros cotidianos, de la belleza efímera, y tendamos la mano en busca de otra persona en un gesto de amor…

Lo siento, pero no, no compro. Cuando llegas a plantearte el suicidio ya antes has pasado por todo eso. En una sociedad en la que parece que todo tiene que ser buen rollo y alegría, vidas maravillosas, muy Mr. Wonderful todo y que viva las puestas de sol y los viernes, y en la que proliferan el coaching y los libros de autoayuda con eslóganes y frasecitas que son verdadera cizaña, no debiéramos meter en un gueto a quien no se niega a mirarse al espejo de tú a tú y asume las contradicciones con las que convivimos, eligiendo el canto de la moneda para poder visualizar cara y cruz al mismo tiempo. No hay más que una respuesta si la idea del suicidio planea en lontananza: Vida. Y pasión.

Y una promesa: no dejar de buscar.


Incapaz (del suicidio) y, por tanto, muy capaz (de jugar a VIVIR).

(©AnaBlasfuemia)

miércoles, 1 de junio de 2016

Solo (August Strindberg)

Título original: Ensam
Traductor: Manuel Abella
Páginas: 176
Publicación: 1903 (2015)
Editorial: Mármara
Sinopsis: «Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo; no tengo que escuchar, dentro de mi casa, la música que aborrezco; evito ver periódicos, tirados por ahí, con caricaturas de mis amigos y de mí mismo; me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan».


Si hay un estado que provoque en las personas múltiples contradicciones, ese es el de la soledad. La tememos y la buscamos, nos paraliza y nos impulsa, nos duele y nos cura, es obstáculo y ayuda, encuentro y huida, fuga y refugio… Es, en sí misma, un compendio de negatividad y positividad, todo en uno. También es muy dada a que hagamos alguna que otra fullería: la provocamos e invocamos cuando estamos en compañía, la evitamos cuando no hay nadie alrededor… Es cómoda la soledad cuando hay donde o a quien volver. Hay que haber vivido mucho o no haber vivido nada para buscar la soledad y hacer de ella una opción de vida. Escoger soledad es opción de valientes.

August Strindberg fue un reconocido autor y dramaturgo sueco. Un personaje inadaptado de esos que tanto me atraen. Inquieto, autodestructivo, esquizofrénico, inestable, propenso a relaciones sentimentales conflictivas. Una persona rabiosa, compleja, vehemente e hipersensible. Y también uno de los mejores escritores suecos de todos los tiempos. Y un misógino de cuidado que no podía vivir sin las mujeres.

Sabiendo lo anterior, cuando vi que la editorial Mármara publicaba este libro supe que tenía que hacerme con él, adentrarme en sus páginas y leer a un autor que me provocaba tanta admiración como repulsión.
Se daban cuenta de que en los últimos diez años habían ido surgiendo silenciosamente nuevos vínculos en cada uno de nosotros, que nuevos intereses desconocidos se habían interpuesto entre unos y otros, y que quienes habían hablado libremente habían chocado contra arrecifes sumergidos, habían roto hilos, habían pisado campos recién labrados.
Esperaba encontrar a un Strindberg irascible, atormentado, desquiciado, paranoico… Y me encontré a un Strindberg pausado, reflexivo, poético. Y sobre todo, encontré a un Strindberg observador. Solo es una novela autobiográfica, en la que Strindberg describe su regreso a Estocolmo, después de una ruptura sentimental. No comienza solo, sino intentando recuperar la compañía de sus viejos amigos. Un reencuentro imposible, en el que describe cómo hay vínculos irrecuperables y cómo el paso del tiempo puede desgastar pilares que se creían indestructibles. Y así es como se queda solo.
Así fue como, poco a poco, dejé de acudir al café y empecé a ejercitarme en la soledad. En ocasiones cedía a la tentación, pero cada vez que esto ocurría salía más curado que antes, hasta que finalmente encontré un gran placer en oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse.
¿Y qué hace Strindberg? Extrañamente (dado su carácter) decide convertir la soledad en su aliada, la soledad como algo esencial para convertir la realidad en poesía. ¿Y cómo lo hace? Observando. Pausadamente. Todo lo que le rodea. Lo que ve por su ventana, cuando pasea, cuando lee, cuando intenta dormir, cuando escribe… Es una observación en doble dirección, hacia dentro y hacia fuera, un ejercicio de introspección y a la vez de contemplación del exterior. Se convierte en testigo de la realidad. Una soledad que no encierra, sino que abre. Una oportunidad para reencontrarse consigo mismo.

Ha sido una lectura acorde a lo que Strindberg proponía: pausada, recreada, observando al observador. Tardé más de lo que su extensión me habría llevado porque, al igual que Strindberg, me paseé por sus páginas con la mirada atenta y reflexiva, absorbiendo lo que me sugería, eludiendo los desencuentros (misoginia y religiosidad), enriqueciendo el concepto de soledad y la forma de mirar. Ha sido una sorpresa agradable, tranquila, relajada. Brisa fresca para mi alma fogosa.
Hay una soledad necesaria en la que se libran mil batallas. Y otra deseada en la que solo ha de despuntar la belleza de lo que nos rodea. Esas pequeñas cosas que se hacen hermosas con la mirada íntima y privilegiada de la soledad. Entre batallas y deseos, así nos transcurre la vida. Más en soledad que en compañía. Quizás elegir soledad no sea una opción descabellada. E incluso puede ser una opción que salve. La contemplo como un aprendizaje y un paso necesario. Una especie de red, esa que no uso nunca pero que se me antoja necesaria. Antes de que me escoja ella, la elijo yo. Si entras dentro, quiéreme bien.

lunes, 23 de mayo de 2016

El amor (Marguerite Duras)

Título original: L'Amour,
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 112
Publicación: 1971 (2015)
Editorial: Austral
ISBN: 9788490661116
Sinopsis: Tres personas -una mujer encinta, un viajero y un hombre que camina-, cada una por alguna poderosa razón que sólo puede evocar la violencia de las llamas que devoran la exótica población de S. Thala, han terminado por encerrarse, en el espacio abierto de una isla. Únicamente ellas tres parecen ocupar el espacio soleado y ventoso de la playa desierta delimitada, a un lado, por el malecón y, al otro, por el río. En su melancólico vaivén, se miran a sí mismas y entre sí en el silencio atemporal, con la mirada hueca y fría de quienes han llegado al final. Todo parece haber quedado atrás: entre los brazos de una esposa y de sus hijos para el viajero; en un remoto salón de baile para la mujer encinta; y en el recuerdo intenso de un nombre olvidado para el hombre que camina. Pero, de pronto, por un instante, un atisbo de deseo vuelve a animarlas; se acercan, se rozan, se hablan, se interrogan en la noche, ante el mar… ¿El amor?
La mar está baja, apacible, la estación es indefinida, el tiempo, lento.
Era inevitable. Marguerite Duras tenía que estar aquí, en este blog. Una autora de su dimensión, que escribía desde sus llagas y vivencias, que no escribió sobre nada que le fuera ajeno, que aulló en cada palabra, que vivió por, para y desde el amor, el amor imposible, el amor que se da la mano con la muerte, el amor efímero como un meteoro, el amor que trastorna. Esa Marguerite Duras, alcohólica, que se duele, que se aburre y solo encuentra salida a ese aburrimiento vital en el amor… Transgresora, lúcida, melancólica, hija del desafecto y exiliada del mundo. Que no escribió, sino que se escribió. Desesperada y encantadora. Sí, tenía que traer a Duras, aquí, a mí, de nuevo. Volver a espejearme. Y purgarme.

Y no quise elegir lo cómodo. Lo fácil me aburre, ahora. Aunque en la literatura de Marguerite Duras no hay nada fácil. Ella, bendita sea, no lo era. Su libro más leído, El amante, lo escribió borracha y renegó de él (lo reescribiría bajo el título de El amante de la China del Norte). Que El amante sea de sus libros más leídos y comentados dice mucho de lo alejado que se lee a veces del autor/a. Esencial conocer a Duras para leerla. O leerla para conocerla.
El silencio comienza con un espaciamiento de los tiempos…
El llanto acaba de espaciarse.
El amor es un libro de apariencia engañosa. Pocas páginas, una sinopsis que apunta a una lectura asequible, al encuentro de tres personas… (el encuentro siempre fue para Duras la culminación del amor. Culminación y principio del fin). Pues para nada. Es una lectura hermosamente dificultosa, entramada, compleja. Que me encanta leer libros terriblemente difíciles que me distraen y a la vez ponen el acento en lo importante (amor/dolor/vida/muerte y otros males/bienes).

Me arrebató el inicio del libro. Tres personas de las que no conocemos el nombre: un hombre que camina, otro hombre que mira y una mujer con los ojos cerrados. Los movimientos de estas personas son como un baile en la arena, incluso son como música, una partitura cuya ejecución produce una acústica que se asemeja a los movimientos de una partida de ajedrez. Una acústica amenazante. Pensé para mí que iba a tardar en leer este libro y no me equivoqué.
En la mar, incesante, el oleaje, la fiebre.
Me pasó algo curioso. Poco antes de la mitad de la lectura enfermé, un constipado con fiebre que me tiene aturdida. Y en ese estado febril, me costó menos formar parte del libro. Pasé a ser el cuarto personaje. La mujer turbada. 

El amor es un libro extraño en el que la única acción es la de los recuerdos, los sentidos, la memoria, la fuerza de las emociones. Y todo ello fragmentado y en una atmósfera onírica, fantasmal, cuya trama principal es la propia voz de Duras.

He dicho, entre otras cosas, que Duras era una mujer lúcida. Y lo era. Espantosamente aguda. Pero quizás deba matizar: la lucidez de Duras nos confronta con las aristas de la vida, sin subterfugios ni anestesia. Esa es la auténtica lucidez. Sin engaños. Penetrar en Duras es descifrar verdades de esas que se eluden y esquivan. Es interrogarse. Es pasión.

Nunca recomiendo libros ni lo contrario, solo los comento. Sé que mi apasionada forma de leer a veces puede arrastrar a lecturas que terminen decepcionando. Hay libros cuya clave de lectura es muy personal, reflejo del momento en el que estoy y soy, ahora. Hay que ser muy durasiana para acercarse e impregnarse de El amor. Coger esta lectura fragmentada, acariciar los filos de cada fragmento, coserlos en el alma y saber que son como un guante perfecto que encaja ahí, justo ahí. Soy muy durasiana, he de decir.

Y de la mano de Duras, iré por fin a buscar la mirada de Yann Andréa, su último amante (casi 40 años más joven que ella y homosexual). Una historia que siempre me cautivó.
Está buscando -y añade-: hay que dejarle.
Estoy buscando. Dejadme con mis “extrañas” lecturas. Que ya voy llegando.


jueves, 12 de mayo de 2016

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Maya Angelou)


Título original: I know why the caged bird sings
Traductor: Carlos Manzano
Páginas: 352
Publicación: 1969 (1993)
ISBN: 9788416213665
Sinopsis: En la primera y más conocida de sus novelas autobiográficas, Maya Angelou nos habla de su dura infancia y de los trances por los que tuvo que pasar hasta convertirse en una mujer independiente. Criada en un pequeño pueblo de Arkansas por su abuela, Angelou aprendió mucho de esta mujer excepcional y de una comunidad extraordinariamente cohesionada; unas lecciones de vida que la ayudarían a sobrellevar las dramáticas circunstancias a las que tuvo que enfrentarse posteriormente en San Luis y California. Este emocionante relato retrata también la vida de la mayor parte de la población negra del Sur de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo xx.

Sin rodeos: este libro es MA-RA-VI-LLO-SO.

Maya Angelou fue una de las mejores poetisas estadounidenses, defensora de los derechos civiles de los negros y de la mujer, actriz, escritora, bailarina, cantante, profesora… y también prostituta y proxeneta. Y, cómo no, una enorme lectora ("Me había transmitido su palabra secreta con la que convocar a un genio que había de servirme toda mi vida: libros"). Pero, por encima de todo, fue una mujer admirable y con un bello espíritu que nos deberían inocular en vena a todo el mundo nada más nacer.

Poco o nada publicada y traducida en nuestro país (aunque creo que Lumen sacó una edición de este mismo libro en 1993) cuando veo que Libros del Asteroide va a editar (o reeditar) este primer volumen de los siete que componen las novelas autobiográficas de Maya, me lanzo de cabeza al horno y me lo saco calentito. No podía dejarlo pasar. Me alegro de no haberlo dejado pasar, leerla ha sido un agasajo para mi ánimo.

Hay tanta belleza en este libro que no sé ni por dónde empezar. Maya Angelou es una narradora descomunal y brillante. Y lo hace desde un lenguaje sencillo, directo, realista, reflexivo y, sobre todo, acogedor. Me sentí en esta lectura como quien entra en un refugio huyendo de una tormenta en una montaña. Fuera se desata la naturaleza con una violenta y perturbadora ventisca de frío y nieve. Dentro, la calidez que te aísla de todo aquello que puede hacerte daño o perjudicarte. Un remanso protector, grato, balsámico… humano y entrañable.

Enorme narradora en las distancias cortas, Maya se sienta a tu lado en el refugio, cerquita de la chimenea, con la mirada hipnotizada por el fuego empieza a hablarte despacito, envolvente, y su voz pasa a ser el calor crujiente y mágico de la chimenea.
Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello.
Es un insulto innecesario.
En este libro conoceremos la vida de Maya Angelou desde los tres hasta los dieciséis años (justo en el momento en el que es madre). Mujer, negra, primera mitad del siglo XX en EEUU… Las cartas ya estaban marcadas: no iba a ser una vida fácil. Y Maya nos lo cuenta desde su mirada de niña, que dulcifica lo que vive pero que no lo disfraza. La inocencia de los niños es el mayor tesoro de la humanidad. Y no sabemos preservarlo, ponerlo a buen resguardo y convertir la inocencia en nuestra identidad de por vida.

¿Hay dolor en este libro? Mucho… Pero, y esa es la fuerza tremenda que tiene Maya Angelou, no es un libro que arañe, en el que las cicatrices te vacíen. Al contrario, es un libro con el que te reconcilias con la vida y con las personas. Maravillosa  y lúcida, Maya hace uno de los ejercicios narrativos más asombrosos que he visto: convierte una vida dramática en coraje y supervivencia desde la inocencia y la dulzura. Nunca he leído un libro en el que hubiera tanto dolor y que, sin embargo, me hiciera (sí, es increíble, lo sé) estar sonriendo página a página. Hay latigazos, claro, pero Maya no se detiene ni recrea ahí, ya ha dejado la semilla, ya ha mostrado el mal... y avanza. Y, a continuación, vuelves a sonreír. No hay regodeos innecesarios. Coges aires y sigues.
Comprendía la perversidad de la vida, la de que en la lucha estriba la alegría.
No siempre el mal genera mal. Esto me ha enseñado Maya. Hay tanta, tanta, tantísima bondad, ternura y generosidad en este libro. Tanta humanidad. Imposible no reconciliarte con las personas y con la vida. Imposible no recordar que la vida es dolor, y que somos las personas quienes tenemos que aprender a mirar ese dolor a la cara y hacer de ello vida.

Avanzas por este libro entre lágrimas y sonrisas, siempre sonrisas, se te llena el alma de ternura, de simpatía, de amor y de bondad y de todas las cosas buenas y bellas que tiene el mundo. ¿No es eso magia? Yo terminé de leerlo y quise salir a la calle a abrazar a la humanidad y decirles ¿no lo veis? ¿no veis por qué canta el pájaro enjaulado? Y quise, una vez más, abrir todas y cada una de las putas jaulas que encierran un pájaro dentro.
Ver a alguien disfrutar con algo y no dar muestras de que entiendes su goce es una ruindad.
Leed este libro, por favor. Reconcilia, desarma y sana. Personas como Maya Angelou son las que hacen de este mundo un mundo mejor.

El título del libro es el título de un poema de Maya Angelou que os dejo a continuación:

“El pájaro salta libre
sobre el dorso de la victoria
y flota río abajo
hasta donde termina la corriente
y sumerge sus alas
en los rayos de sol de color naranja
y osa reclamar el cielo.

Sin embargo, un pájaro que atisba
bajo su estrecha jaula
rara vez puede ver a través de
sus barrotes de furia
sus alas se recortan y
sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.

El pájaro enjaulado canta
con trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y se escucha su melodía
en el lejano castro el pájaro enjaulado
canta a la libertad.

El pájaro libre piensa en otra brisa
en un intercambio de suaves vientos a través de árboles
suspirando
y los gusanos de grasa en el césped esperando por un amanecer brillante
y da nombre a su propio cielo.

Pero un pájaro enjaulado se halla en la tumba de los sueños
su sombra grita en un grito de pesadilla
sus alas se recortan y sus patas están atadas
lo que abre su garganta al canto.
El pájaro enjaulado canta
con un trino de miedo
por las cosas desconocidas
pero aún con anhelo
y su melodía se escucha
en la colina distante
el pájaro enjaulado
canta a la libertad.”
Las necesidades en una sociedad determinan su ética.
Vivir es sobrevivir.

(©AnaBlasfuemia)

jueves, 28 de abril de 2016

Ella, tan amada (Melania G. Mazzucco)

Título original: Lei cosí amata
Traductor: Xavier González Rovira
Páginas: 568
Publicación: 2000 (2006)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433974013
Sinopsis: Una historia en gran medida verdadera. Porque incluso el detalle más marginal puede definir a un personaje raro y bellísimo como el de Annemarie Schwarzenbach: escritora, arqueóloga, fotógrafa, periodista y viajera. Una mujer que no cesa de buscar palabras para sus libros, imágenes para sus reportajes, mujeres a las que seducir, hombres a los que hechizar. ¿Quién es realmente Annemarie? ¿La desconcertante criatura de cuerpo efébico de la que uno se enamora con facilidad por su habilidad para ser siempre otra? ¿O la apasionada y autodestructiva amiga de los hijos de Thomas Mann? ¿O la escritora a la deriva en la Europa incendiada por el nazismo?
Buscar una esperanza o renunciar a toda salvación.
Querida Annemarie:

28 días. 28 días sin separarnos. Y casi otros tantos para despedirme de ti. Para dejarte ir a algún lugar de mí, sin mí.

He atravesado tu vida aturdida, conmovida, fusionada contigo y tu búsqueda, como un bucle que se enriza perpetuamente. Me has dolido como duelen los espejos que revientan sin notificación previa, atravesando piel y músculos con sus fragmentos afilados y punzantes, provocando mínimas, profundas y perdurables llagas que son una puerta abierta para que la sangre se desborde por ellas.

Me has dolido como duele la droga: como un torrente de formas, sonidos, colores y ensueños. Ilusiones falsarias que ocultan el veneno y la ponzoña que te carcome la vida con alucinados espejismos que no son hogar.

Me has dolido como hiere la vida. Me has dolido porque me duelo.

Me has dolido porque la esperanza es un tormento, y la he dejado ir (no quiero inmolarme). Porque la búsqueda no tiene fin. Porque nos hemos encontrado en mundos y tiempos paralelos, idénticas, sin llegar a tocarse ni cruzarse jamás. Me has dolido porque te he querido y amado. Porque soy yo y eres tú. Tú, tan amada. Yo, tan nada.

Durante muchos días me fundí en ti, avistamos el horizonte del mar desde faros rodeados de dificultades y precipicios. Te caíste de la bicicleta y yo salté un muro. Tú en coma, yo en un punto y coma. No hay reposo, no hay sosiego. No parar, no dejar de buscar. Huir, huir para que no nos hiera el amor. Qué paradoja, huir de lo que buscamos con desesperación.

Annemarie, tan transparente, tan indefensa, tan perdida, tan amada, tan deseada, tan insegura, tan enamorada. Tan sola. Tan vulnerable. La vida nos persigue como un fantasma en el cogote. En lugar de guaridas encontramos aristas, la vida nos hace prisioneras. El fondo, la forma, qué importa si lo que buscamos no existe. El destino es irrelevante. La prisa estalla, quererlo todo se penaliza.

Lo que no sucede fuera no existe. Lo que transcurre dentro no nos arrima al exterior y el trayecto hasta la realidad puede ser tan distante que brotan abismos inesperados e insalvables. La fantasía nos convierte en extranjeras.

Te estoy contando lo que ya sabes, me has contado lo que ya sé, Annemarie. Intensidad y un alma bella. No hay casa ni morada para alguien así, en búsqueda perpetua. Amamos como los niños, tenaces y obstinados, ingenuos e impetuosos. La tiranía del amor.

Me despido de ti, Annemarie, me despido para poder retenerte y retenerme, te dejo ir para que te quedes, ahora sí, en mí. Sin mí. Como se retiene a quien amas, dándole libertad, siendo libre. Dejándole ir. O, quizás, sea una forma retórica de admitir que seguimos siendo notas desafinadas. 

Te abrazo, Annemarie.
Como una figura ajena y desorientada, visionaria y espantosamente sola. Que está entre nosotros pero no es de los nuestros.
Ella, tan amada, es una biografía novelada de la fascinante Annemarie Schwarzenbach. No podría haber tenido mejor voz (además de la suya propia) que la de Melania G. Mazzucco, que ha sabido captar la esencia de Annemarie desde el respeto, la admiración, la sensibilidad y la precisión de una mirada fiel, bella y profunda.

Ha sido una lectura especial y muy personal. Escribo sobre ella después de tomar distancia. Durante muchos días este libro ha sido un refugio que me ha costado abandonar. Podéis obviar lo personal, pero cómo lo cuenta y escribe Mazzucco merece muy mucho la pena.

Y sí… el tema de la identidad…
No había compañeros de viaje para quien sueña con atravesar los límites de su cuerpo y de sí mismo, y revelar su propia, su doble y, a la vez, desnuda, estéril y fecunda identidad secreta – es decir, el secreto de identidad de todos.