martes, 22 de octubre de 2013

El halcón errante (Jamil Ahmad)



Título original: The wandering falcon
Traductor: Eugenia Vázquez-Nacarino
Páginas: 208
Publicación: 2008 (2013)
Editorial: Alianza
Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788420608884
Sinopsis: En la agreste y montañosa Baluchistán puede pasar el tiempo por sus hombres y sus tierras, pero nunca por sus férreas tradiciones. Si se violan, la venganza es implacable. La hija de un jefe tribal, sometida a un matrimonio no deseado, huye con el joven del que está enamorada. La pareja, escondida en un recóndito fortín, vive su amor del que nacerá un hijo, Tor Baz, el halcón negro. Pero un día dan con ellos una partida armada de su tribu. Castigado sin piedad su “pecado”, Tor Baz es abandonado en aquellos páramos inhóspitos. Sobrevive gracias a una tribu rival que lo encuentra. Crecerá entre ellos hasta que un día, como un halcón errante, emprende su vuelo.


Si hubiera tenido opción posiblemente no hubiera elegido este libro para leer en este momento. No por nada, sino porque necesito una lectura ligera. Pero cuando me surgió la oportunidad de leer, el libro que llevaba (literalmente) en la mochila era este. Hace tiempo que me lo envió la editorial Alianza y no hace mucho lo metí en la mochila para no dejarlo en el olvido. Así que en la primera sala de espera que me vi, decidí ponerme con él.

Pese a que no era una lectura que quisiera en este momento tengo que decir que ha sido una lectura agradable. Y eso pese a que tengo que decir que la sinopsis es bastante engañosa. Si os pensáis que vamos a ver como Tor Baz “emprende su vuelo” estáis equivocados. En realidad nos encontramos ante un conjunto de cuentos, un ramillete de historias situadas en las tierras fronterizas entre Pakistán y Afganistán. Tor Baz será el hilo conductor de esas historias, principio y fin de las mismas, de las cuales no es necesariamente el protagonista, sino un actor secundario (incluso muy secundario) o ausente.

¿Y de qué nos habla Jamil Ahmad en estas historias? Aunque ambientada más o menos en los años 60, creo que no me equivoco mucho si digo que habla de situaciones actuales, que posiblemente estén sucediendo ahora mismo en esas mismas tierras fronterizas que menciona. ¿Por qué? Porque una de las cosas que quedan claras en la narración de Jamil es la fortaleza inamovible de las tradiciones. Los clanes, las tribus, la familia, la generosidad, la amistad, el respeto a las leyes, la lealtad, la solidaridad, la traición, las mujeres… todo ello tamizado por los contrastes de esas propias tradiciones que implican lo mejor y lo peor de los valores de esa sociedad. El tiempo no pasa por las tradiciones, férreas, arraigadas como los montes que describe Jamil. 

 

Los hombres y mujeres de esas tierras no entienden de fronteras, no entienden de asentamientos. Son nómadas, su cultura es viajar. Las fronteras son “cosas de gobiernos”, poniendo barreras aquí y allá, mientras ellos cargan con familia, animales y bártulos de un lado a otro. Supervivencia pura y dura. ¿Fronteras? Las fronteras son un reflejo de nuestras limitaciones mentales. Esa es mi conclusión.: “Las presiones eran inexorables. Un conjunto de valores, una forma de vida, debían morir. En este conflicto el estado demostró, como siempre, ser más fuerte que el individuo”. Sin comentarios.

La lectura de este libro me ha acercado a una sociedad que no conozco en profundidad, y que tampoco entiendo. Claro que es fácil no entender desde el sofá de mi casa, la lucha por la supervivencia en ambos casos está en desigualdad de condiciones. No obstante Jamil Ahmad se encarga de que la lectura sea agradable y plácida, un poco desde la distancia, lo suficiente para que ciertas cosas inquieten sin provocar rechazo. No quiere que juzguemos, quiere que conozcamos. No hay buenos ni malo, ni justos ni injustos. Y si bien hay partes, especialmente las relacionada con el trato a la mujer, en las que es imposible no removerse en el asiento, en general la prosa de Jamil es sencilla, poética, accesible, relajante incluso.

He aprendido cosas con este libro. Por ejemplo, que no es lo mismo dar amparo que dar cobijo. Que la conciencia en realidad no pesa. Que es un mal común que los periodistas prefieran hablar de las injusticas que suceden en otros países antes que hacerlo de las que se cometen en su propio país. Que vivo mucho mejor de lo que me creo. Que cuando leo, viajo, conozco, aprendo…

También debo decir que en este libro me he encontrado con una de las frases más brutales de mi vida lectora: “¿Una chiquilla? Es Sherakai, la hija de un tigre. Te aseguro que si es capaz de aceptar un dedito, no tendrá ninguna dificultad en aceptar el miembro viril

¿La edad de Sherakai?: 9 años.
Por cierto, el autor, buen conocedor de esas tierras de las que habla, debutó con esta novela… ¡a los 78 años!! (si bien es verdad que la escribió unos años antes)

Campamento nómada en Sistán y Baluchistán, foto de George Steinmetz
(©AnaBlasfuemia)

sábado, 19 de octubre de 2013

Control biológico de plagas: pez grande se come al chico




Algunas veces me gusta matizar aquello que me preocupa y disfrazarlo con la suficiente distancia emocional como para que apenas me incomode y todo encaje de forma exquisita y refinada. Si acaso, una incomodidad liviana, como una brisa involuntaria. Y así, consigo que lo que me preocupa se desprenda como una costra superficial, como un perro que se sacude el agua de encima.


Pero otras veces lo que me preocupa, aún sin concretarse ni definirse, se instala en mí. La preocupación inesperadamente coge ínfulas de garrapata y por mucho que me amotine no consigo desprenderme de ella. Le doy plazos, reclamo mi sosiego, protesto con desesperación. Pero ni caso.


Al final, decido hacerme una desesperación postiza, de mentirijillas, más grande que la que me ha agarrado desprevenida. Y las pongo juntas. Es una cuestión de espacio, y puede que hasta de física, algo hay de teoría evolutiva también. La más grande va achicando a la pequeña hasta hacerla desaparecer. Como los peces, la preocupación grande se come a la chica. Cuando ha hecho la digestión cojo la preocupación fingida y la tiro a la basura. Y así, despreocupada, sigo mi rumbo.

So long.

(©AnaBlasfuemia)

martes, 15 de octubre de 2013

Desgracia (J.M. Coetzee)

Título original: Disgrace
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Páginas: 264
Publicación: 1999 (2000)
Editorial: Mondadori
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788439706076
Sinopsis: A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve a este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable.


Un libro tan duro como maravilloso. De esos que te dan fuerzas renovadas para seguir amando la literatura, de los que te hacen sentir el peso de la conciencia, la sangre correr en las venas y renuevan latidos adormecidos. Coetzee en este relato nos da razones (si es que hacían falta) para saber porqué es un justo ganador del Premio Nobel de Literatura.

Durante todo el relato nos va a llevar de la mano. Una mano firme y decidida (mucho más firme y decidida la mano de Coetzee que la de David Lurie). Y confiamos en él, aunque en un momento dado esa mano que nos guía se meta directamente en nuestras entrañas y nos la retuerza. Aun así nuestra confianza es incorruptible, porque Coetzee es bueno (muy bueno) escribiendo y manejando las emociones de los lectores; por tanto, seguimos confiando en esa mano que nos dirige por terrenos dolorosos, reales, tremendos. 

Coetzee coge nuestro rostro y nos dice “¡mira!”, y no nos deja que cerremos los ojos (bendito sea) a la realidad, especialmente a la realidad de Sudáfrica, pero sobre todo a la realidad humana, esa que nos hace sentir una cosa y la contraria en centésimas de segundo, la que hace que acabemos aborreciendo aquello que hemos estado defendiendo a ultranza hasta hace un suspiro, o que nos lancemos a abrazar misericordiosamente a aquella persona que hubiéramos estrangulado ayer mismo sin ir más lejos.

No, esto no es un libro, es un puñetazo a nuestras conciencias, un meneo necesario para no adormecernos en nuestra cómoda, atolondrada y aletargada sociedad. No es una lectura fácil. Pero no lo es únicamente por su crudeza, lo es también por la complejidad de lo que nos cuenta Coetzee y cómo lo cuenta, de una forma exquisita, pero llena de matices, símbolos, mensajes (y los perros, la música, incluso las descripciones, no permanecen ajenos a esta complejidad, que en realidad es inherente a nuestra naturaleza). 

Y pese a todo, no es un autor que de rodeos, es directo, contundente y muy poco hipócrita. No necesita dramatizar innecesariamente. No engaña al lector, al contrario: nos enriquece. Ante el conflicto, nos allana el camino para poder mostrárnoslo con claridad y sin tapujos. No deja que nuestra mirada se centre en un único elemento, sino que nos dota de una mirada calidoscópica para que podamos captar todos los matices, todas las razones, todos los prismas, todas las aristas. Nada parece suficiente para comprender del todo el alma humana, salvo el sano y complicado ejercicio de ponernos en el lugar del otro. En el alma del otro.

Y es que en las contradicciones que conforman nuestra manera esencial de ser es en lo que Coetzee pone el acento, y quizás nuestra redención esté en aceptar esos conflictos, en abrirnos a ellos, en no cerrarnos en lo que somos, inamovibles, y darle una oportunidad al cambio, aunque sea un cambio entre opuestos.

Y Coetzee, después de este paseo por lo humano, nos suelta de la mano. Y me vuelvo y le pregunto “pero… ¿y ahora?”. Me sonríe y me deja ir, ya llevo el libro dentro, terminada la lectura todo sigue ahí, no tengo respuestas pero, en cierta forma, he crecido y me he expandido. Algo ha cambiado en mí.

Un libro excepcional, inmenso, que nadie que ame la literatura debe dejar de leer. No hay excusas.