domingo, 17 de noviembre de 2013
Amé las chuches y los libros por igual
De Ana Blasfuemia
Mis recuerdos son sensoriales. Muchos de ellos se basan en olores, incluso ahora que desde hace años tengo una anosmia tan inesperada como hijaputa.
El tacto por supuesto tenía su espacio en el kiosko: me encantaba comer el helado con las manos, acariciar a mi abuela (¡¡quita, quita!! me decía, tan poco propensa como era a las muestras de cariño), también acariciar la pata de conejo que guardaba mi abuela (supersticiosa como era) en un cajón. Y un placer morboso: meter las manos en las pesetas y los reales que se amontonaban al lado de la pata de conejo (y la herradura, que también la tenía). Y ahí estaba el sabor, seguramente el sentido que más disfrutaba de esa feria sensorial que era el kiosko, siempre la boca ocupada con pipas, chuches y helados. Esa implosión de dulces y salados, a veces con el añadido extra de haberlos cazado al vuelo, en un despiste de mi paciente abuela, que te lanzaba miradas furibundas mientras cerrabas la boca con los carrillos llenos y el morro pegajoso y tal vez negro del regaliz, marrón del chocolate o rojo de los fresones.
Sin duda, el kiosko de mi abuela marcó mi infancia, pero no es el único lugar en el que mis recuerdos acumulan olores y otros sentidos. Hay más, pero en realidad hoy quería hablaros de otro sitio. Los padres (y un tío) de mis mejores amigas de la infancia (eran -son- dos hermanas) tenían una librería. ¡¡Una librería!!... que derroche sensorial y también emocional para alguien como yo, que he leído de siempre y he disfrutado de todos los sentidos como si los fuera a perder en cualquier momento (y de hecho el olfato ya ha caído en la batalla).
Ese momento en que los niños cada noche del cinco de enero esperan impacientes la llegada de los reyes magos, nerviosos, ilusionados, felices. Ese momento en el que la mañana del seis de enero los niños contemplan los regalos, aún sin abrir. Justo ese momento era para mí el pasar la mano por los libros, sacar uno al azar, robarle unas palabras, aventurar algo que, tal vez, me enseñaría, o me deleitaría, o me haría sentir…
Creo que aquella librería era el único sitio en el que no me importaba esperar. Lo deseaba incluso: que me hicieran esperar. Si era necesario llegar antes de tiempo, pues se llegaba. Yo quería esperar. Allí, con el olor de la librería y los libros desplegándose delante de mí.
Tuve una infancia privilegiada. Luego las cosas durante un tiempo se torcieron. Pero sin duda el kiosko de mi abuela (que traeré más veces por aquí) y la librería de mis amigas tienen podio en mis recuerdos.Amé las chuches y los libros por igual. Sigo amando los libros y el recuerdo de las chuches.
(©AnaBlasfuemia)
Mis recuerdos son sensoriales. Muchos de ellos se basan en olores, incluso ahora que desde hace años tengo una anosmia tan inesperada como hijaputa. Mi abuela tenía un kiosko. Y el kiosko, sobre todo, olía , olía a chuches, golosinas, pipas, donuts, chicles, regaliz… Era un olor dulce que no te invadía, sino que te acogía y te envolvía con delicadeza y persistencia. Otros sentidos también cobraban vida allí: la vista , como no, con tanto cómic, …
domingo, 10 de noviembre de 2013
Se busca un otoño
De Ana Blasfuemia
Algo raro me está pasando. Me cuelgo figuras de chocolate en las orejas. O me pongo a bailar a las doce de la noche en el salón de mi casa. Sonrío todo el tiempo. Ayer me asomé al armario de la cocina y dije “¡hay que comprar lentejas pardinas!!”, “¡¡Paladine!!”… Nada del otro mundo, si no fuera porque lo dije como quien dice ¡¡Nos ha tocado la Bonoloto, el Euromillón y La primitiva!!. Lo dije con optimismo, con alegría, con regocijo… “¡¡Hay que comprar lentejas pardinas!!” (“¡¡aleluya!!”). Y la gente me mira raro, como diciendo ¿pero qué le pasa a esta que anda tan dicharachera?
Es verdad, tengo un estado de ánimo inusual para esta época del año. Y ya sé lo que me pasa: que no llega el otoño. Que casi todos los días luce el sol, y entra por las ventanas, y la luz enciende mi ánimo, y estoy contenta. Pero mi cuerpo quiere otoño. Mi cuerpo pide miradas lánguidas por la ventana, nostalgias reconocibles y familiares, lágrimas de entretiempo, desánimos reciclados… Y aunque intente desesperanzarme un poquito para sentirme otoñada, pues como que no, no hay forma de convocar el otoño.
Miro por la venta y luce el sol, insultantemente lúcido. Así no se puede. Paseo por el parque, por el campo, busco resquicios del otoño, unos colores, una luz, unas sombras… Nada. Miro al cielo inquiriendo por una lluvia cabal y sensata. Nada. Camino despierta y atenta intentando ver vientos quiméricos. Nada. Amanece y miro alrededor buscando huellas indelebles del otoño… Nothing. No hay forma de que me asalte la morriña otoñal. No hay señales de vida del otoño. Y así estoy, inusitadamente eufórica. Camino bailando, trabajo sonriendo, cocino cantando, limpio soñando y hasta plancho dando saltitos…
Que me devuelvan el otoño ¡¡ya!!. Quiero mi nostalgia de otoño, mi luz de otoño, mi lluvia y mis colores otoñales, mi melancolía otoñal, mis suspiros de otoño, esa languidez al caminar sobre las hojas caídas… Quiero mi tiempo de otoño ¿quién me lo ha robado?.
Necesito descansar de tanta euforia. Y un poquito de melancolía impostada con sabor a otoño también da equilibro a mi alma. Se recompensará a quien nos devuelva el otoño de toda la vida.
(©AnaBlasfuemia)
(©AnaBlasfuemia)
Algo raro me está pasando. Me cuelgo figuras de chocolate en las orejas. O me pongo a bailar a las doce de la noche en el salón de mi casa. Sonrío todo el tiempo. Ayer me asomé al armario de la cocina y dije “¡hay que comprar lentejas pardinas!!”, “¡¡Paladine!!”… Nada del otro mundo, si no fuera porque lo dije como quien dice ¡¡Nos ha tocado la Bonoloto, el Euromillón y La primitiva!!. Lo dije con optimismo, con alegría, con regocijo… “¡¡Hay que comp…
martes, 5 de noviembre de 2013
De Ana Blasfuemia
Título original: Le mille bocche della nostra seteTraductor: Patricia Orts GarcíaPáginas: 368Publicación: 2010 (2012)Editorial: Suma de LetrasCategoría: Narrativa ContemporáneaISBN: 9788483652787Sinopsis: En 1946, en una Italia marcada por los terrores de la guerra recién terminada, las jóvenes Emma y Marzia entablan una amistad que se acabará transformando en un amor absoluto, pero prohibido por los prejuicios y las convenciones sociales del entorno burgués en el que viven. Juntas descubren el placer del sexo y la ternura de la confidencia. Son conscientes de la inconveniencia de sus sentimientos y tratan de llevar su relación en secreto, al margen de sus familias. Pero cuando todo se descubre, sus padres se oponen, castigándolas con severidad y alejándolas definitivamente. Marzia se va a vivir a Argentina, mientras Emma es enviada a Londres; veinte años después, un giro del destino hará que se reencuentren.
Puedes leer las primera páginas AQUÍ
Mi madre siempre dice que tengo muy buena mala suerte. Y tiene razón (tener razón es un don que los
años van concediendo a las madres). Ahora me doy cuenta que además de tener “muy
buena mala suerte”, tengo también “desaciertos
muy acertados”. Me explico: hace tiempo que vengo diciendo que necesito un
cambio de registro lector: una lectura ligera, incluso superficial. Pero no
acierto, no encuentro ese libro frívolo, intranscendente, que me distraiga sin
más y que olvide después de una lectura rapidísima y adictiva. Y sin embargo
buscando “ligereza lectora”, me he encontrado con, por ejemplo, El ruletista, cuya intensa literatura hizo que luego necesitara urgentemente
algo más “volátil”. Y elegí Las mil bocas
de nuestra sed, y de nuevo no acerté (no es una lectura frívola ni
fácilmente olvidable), pero en el desacierto descubro una lectura que me deja
buen sabor de boca.
Y quién me iba a decir a mí además que iba a leerme una
novela romántica. Sí, romántica, porque lo que hay dentro de este libro es una
historia de amor de tomo y lomo. Una historia exquisita, eso sí. Delicada y diferente. Diferente porque se trata del amor entre dos
personas del mismo sexo (una manzana y una pera, que como bien se sabe, no pueden dar dos manzanas…).
En realidad que se trate de dos mujeres (dos adolescentes)
sólo es una excusa para luego poder provocar el drama (que las separen cuando
las familias se enteren), porque por lo demás lo que Guido Conti quiere
contarnos es un primer amor. Y además en la fase del enamoramiento, que
es la fase más perfecta del amor. Y sí, que se trate de dos mujeres da
lugar a que en determinados pasajes haya extrañeza, desconcierto… Pero es muy
breve y no es el eje central de esta hermosa historia.
La columna vertebral, lo que sostiene este libro es una
descripción preciosa, idílica, pura, con la dosis justa de azúcar, de lo que es
el primer amor. Ese despertar tan lleno de color, mariposas, piel. Y sexo,
claro. Todo pura emoción, todo tan volátil, inocente, puro, intenso, intenso,
intenso… Todo ello descrito con una narrativa poética, placentera y amena que
nos lleva a recordar nuestra primera vez y nos hace suspirar añorando esa
inocencia de la primera vez. Y sobre todo esa intensidad emocional.
La narrativa tan metafórica, poética y descriptiva hace que
a veces tengas la sensación de que la historia está al servicio del estilo
narrativo y no al revés. Pero no importa, como no importa tampoco que el resto
de personajes (aquellos que no son Marzia y Emma, nuestras protagonistas)
queden desdibujados y también al servicio de lo que se quiere contar. No
importa, porque lo que importa son Marzia y Emma, los únicos personajes cuyo
perfil psicológico está más desarrollado y construido. Marzia y Emma, la única
historia que importa. Porque todos la
hemos vivido. Todos hemos amado una primera vez. Y como no nos importa que
nos lo recuerden, pues nos da igual todo, leemos y leemos disfrutando de la forma
tan encantadora que tiene Guido Conti de contarnos esta atractiva historia de
amor.
¿Cómo no recordar esas frases tan del primer amor?: “Tengo
miedo de perderte”, “Nunca he querido a nadie como a ti”, “Me gustaría ser como
tú. Me gustaría ser tú”, “¿Nunca has querido a nadie? -¡No como a ti!”, “Creo
que no voy a poder vivir sin ti”… Un clásico, vaya.
Las descripciones del momento en que Emma y Marzia descubren
no sólo su amor, sino también su cuerpo están llenas de una exquisita ternura,
de una delicadeza elegante y una fuerza adecuada: “…abrazada a ella con la misma intensidad con la que Ulises se aferró
al escollo de la playa de Calipso”.
Algo que me llamó también la atención (y me gustó) es cómo
se refleja otro clásico del primer amor
(y casi que de cualquier amor posterior): nuestro
empeño en ponerlo a prueba, como intentando saber dónde está el truco porque no
puede ser real. Y provocamos celos, enfrentamientos y discusiones varias
para constatar que, ves, ya lo decía yo
que esto no puede ser de verdad… Qué torpes somos. ¡Qué torpes!.
Guido Conti está al borde de muchas cosas, pero no se llega
a producir el temido desbordamiento, con lo que finalmente conseguimos una lectura más que
agradable, bastantes frases para subrayar, una dulce melancolía, unas
cuantas imágenes revoloteando por la memoria, una mirada nostálgica y una
sonrisa bobalicona en la cara. Tampoco está tan mal ¿no?. Una lectura para días
tiernos.
“El
destino es un círculo que acaba cerrándose siempre... No existen días inútiles
en nuestra vida.”
Título original: Le mille bocche della nostra sete Traductor: Patricia Orts García Páginas: 368 Publicación: 2010 (2012) Editorial: Suma de Letras Categoría: Narrativa Contemporánea ISBN: 9788483652787 Sinopsis: En 1946, en una Italia marcada por los terrores de la guerra recién terminada, las jóvenes Emma y Marzia entablan una amistad que se acabará transformando en un amor absoluto, pero prohibido por los prejuicios y las convencione…
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