miércoles, 31 de enero de 2018

Kanada (Juan Gómez Bárcena)

Páginas: 196
Publicación: 2017
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: Kanada comienza donde la mayoría de las novelas de la Segunda Guerra Mundial terminan: con el fin del conflicto. Porque en 1945 se interrumpen las matanzas, pero se inicia otra tragedia: el imposible regreso a casa de millones de supervivientes. El protagonista de Kanada lo ha perdido todo. Sólo le queda su antigua residencia, un improvisado refugio en el que acabará encerrándose para protegerse de una amenaza indefinida. Rodeado por unos vecinos que tan pronto parecen sus salvadores como sus carceleros, emprenderá un viaje interior que lo llevará muy lejos, hasta el oscuro país de Kanada de donde afirma proceder. 

Si se piensa con detenimiento es tan asombroso el milagro de la lectura […] Encadenar una reata de signos y armar con ellos un sentido que puede entretenernos o aburrirnos, conmovernos o hacernos desgraciados.
Ese milagro de la lectura me mantiene viva. Al igual que el milagro de la escritura mantiene vivos a muchos escritores. 

Qué libro. Impresionante. Cuando terminas una lectura y miras atónita el libro y vuelves a la primera página, y vuelves a leer, cada frase cobrando todo su sentido, cada pieza encajando milimétricamente, mientras vas tomando conciencia de la maquinaria perfecta, del impresionante diseño, de la imagen final… Sí, es un milagro la lectura, pero aún más que alguien escriba… así. Juan Gómez Bárcena: ¿de dónde has salido? ¿Hasta dónde vas a llegar? 
Tu casa sigue en pie. Tenías la esperanza de que se hubiera venido abajo. Tal vez esperanza no sea la palabra apropiada, pero si no es ésa entonces cuál […] Tu casa no es tu casa.
Cuando todo parece estar contado, hay que dar un paso más allá. Contarlo diferente, tener un mensaje que transmitir, hacerlo de forma tan contundente como bella.

Un superviviente de la II Guerra Mundial y, al igual que en El chal, nos encontramos con un duro proceso de reconstrucción de la identidad. Si me fascinó el planteamiento de Ozick, Gómez Bárcena me ha dejado impactada y admirada con su ingeniería literaria y su forma de relatar, escenificando de forma virtuosa e inteligente la soledad del superviviente.
Así sucede siempre: es más fácil recordar a los asesinos que a sus víctimas.
Nada hay casual en la compleja estructura narrativa que pone en marcha Gómez Barcena. Para el superviviente ya no hay casa, no hay hogar, no hay espacio de seguridad, no sólo se les arrebata a sus personas queridas, sus pertenencias, su trabajo. Ya no son nadie, ya no se les recuerda. Es cierto que recordamos más a los verdugos que a las víctimas. Y en este maravilloso libro se explica el porqué: nadie es inocente. Tú tampoco. Ni yo.

Una escritura serena, que invita a que la historia se asiente dentro del lector, que no busca el efecto inmediato, sino el sosegado, el que lleva a la reflexión. Nos está contando algo, quiere llevarnos a algún lugar, no hay prisa, tampoco pausa. El ritmo es impecable: capítulos cortos, cada capítulo un goteo, un arañazo, una rasgadura. Frases cortas, rápidas, vibrantes, bellas, latigazos poéticos que tensan el estómago.
A lo mejor el mundo está hecho para ser contemplado así, en la distancia. Tal vez la moral es una enfermedad que consiste en ver las cosas demasiado cerca; tanto que comenzamos a sentir compasión o piedad por algo que debería producir únicamente risa. Un leve encogerse de hombros. Indiferencia. Porque la humanidad es de hecho ridícula, y el chiste es ese relámpago de lucidez en que por un instante lo comprendes.
No hay nombres propios, al protagonista sólo se le nombra una vez, el resto de personajes son el Vecino, la Esposa, la Hija, el Estudiante… etc. ¿Para qué nombrar lo que no tiene nombre? ¿Para qué poner nombre cuando a ti te han quitado el tuyo, te han quitado tu identidad y ya no eres nadie porque eres todos? ¿Para qué constreñir en los límites de nombres propios lo que es universal y atemporal? Apenas unos datos, reales y esparcidos como migas de pan para no perdernos en el camino, nos sirven para ubicarnos dónde estamos, cuándo sucede, qué sucede. Gómez Bárcena renuncia a nombres, localizaciones, fechas, al vocabulario del Holocausto. Pero no renuncia a una idea: 
Si hay algo que has aprendido es que nada termina nunca.
Y como nada termina nunca, todo es posible: cometer los mismos errores, volver a los mismos horrores. Porque no aprendemos, ¿será esa la esencia del ser humano? ¿no aprender de los errores?

Kanada es un relato áspero, reflexivo, compacto, delicado. Un relato claustrofóbico que, de forma mágica, constantemente visualizas. En blanco y negro, monocromático. Y tan lleno de matices.
Qué puede esperarse de una especie que desde el mismo instante en que viene al mundo ya lo hace sufriendo.
No quiero despistarme, son muchas las razones por las que Kanada me ha entusiasmado, pero hay dos razones por las que he caído rendida ante este magnífico libro:

1) La estructura narrativa. Es absolutamente magistral. Nada hay casual. Ni una frase, ni una metáfora… todo está encajado a la perfección, todo tiene su sentido, todo suma para conseguir una armazón sólida y en absoluto vacía. Nada ocupa un espacio para adornar, engañar, rellenar. 
El fin es empezar de nuevo. El fin es remontar el tiempo a contracorriente, como un río que el océano escupiera hacia la tierra, en busca de su diminuta desembocadura en las montañas.
Y vas comprendiendo. Y entonces ves: Kanada es una cinta de Moebius literaria perfectamente construida. Una sola cara, un solo borde, una superficie no orientable. Así es el tiempo también, el tiempo para nuestro protagonista. Una cinta de Moebius. Y así también es el alma humana. No hay principio ni fin. Salvo que cortes la cinta.
La inocencia es una carga muy pesada, casi insoportable. La culpabilidad puede arrastrarse de un modo a otro. Ser inocente, en cambio, es un peso que te aplasta: la inocencia compromete al mundo entero. […]Eres culpable, lo has sido siempre, y lo descubres ahora.
2) El sentimiento de culpa. La inocencia. Las obsesiones. La bondad. La maldad. Estos conceptos, pasados por la cinta de Moebius… ¿dónde empiezan y dónde terminan? ¿es una cosa o es otra dependiendo de dónde cortemos la cinta? ¿se puede ser una cosa -inocente- sin ser la contraria -culpable-?

Cómo plantea Gómez Bárcena el origen, o las razones del Holocausto, las secuelas del superviviente, ha sido la segunda razón. Porque no es casual que en algún momento llegues a cuestionarte si realmente está hablando de un superviviente de la II Guerra Mundial o de otra época, un superviviente que ve cómo sus liberadores pasan a ser sus opresores y sus delatores pasan a ser los presuntos “salvadores”. No, no es casual. Nada es casual en este libro.
Kanada no tolera el pasado: es un lugar en el que se está o en el que no se está, pero que de ninguna manera puede recordarse. Hacerlo es cruzar otra vez su puerta de hierro, del mismo modo que sólo una herida puede recobrar el dolor de otra herida.
Kanada no solo es un retrato tremenda y desoladoramente lúcido del sufrimiento y el sentimiento de culpa del superviviente. Es muchísimo más que eso: es una crítica colosal y contundente a la sociedad, a la obediencia ciega, a la sumisión, a la ausencia de crítica y rebeldía, y especialmente al cinismo social que convierte al inocente en culpable ¿culpable de qué?: no importa, algún día terminarás siendo culpable de algo, tal vez de sobrevivir.
Y tú les obedeces, porque es lo que siempre has hecho.

jueves, 25 de enero de 2018

Madre mía (Florencia del Campo)

Páginas: 208
Publicación: 2017
Editorial: Caballo de Troya
Sinopsis: Narrada en una descarnada primera persona, Madre mía es el viaje de la autora a través de un recorrido visceral de idas y venidas: de un lado la obligación y el deseo de cuidar de su madre enferma, de otro, la fuerza que la arrastra a vivir su propia vida, su necesidad de construirse lejos de las fronteras familiares, con toda la complejidad de esa raíz, de esa pertenencia. A un lado del océano, una madre con cáncer. Al otro, una hija buscando su lugar, su identidad, su libertad imposible.
Podéis leer las primeras páginas AQUÍ.
Cuanto más escribo más sé que casi nada puede traducirse al lenguaje de las palabras (Material que aunque es palabra no se deja ver…) No es un problema del escritor, es un problema humano.
Madre mía… eso digo yo ¡madre mía! Qué difícil comentar este libro y mantener la distancia que tanto me he impuesto últimamente. Hay libros escritos desde la trinchera, con un fuego cruzado por encima de la cabeza. Y hay otros escritos en tierra de nadie, entre trincheras enemigas, espacios que nadie quiere ocupar porque son incontrolables o tienen un alto coste. Y ahí, en esa tierra de nadie que acabo de describir, se sitúa Florencia del Campo para escribir Madre mía. A pelo. Sin protección, sin barreras. Sin red. Cómo me identifico con ese vértigo.

Empecé el libro. Lo dejé. No podía. Lo volví a retomar, despacio, venga Ana. Seguí, lo terminé. Dejé pasar el tiempo hasta que me siento a escribir sobre esta lectura. Justo ahora. Y todavía no sé qué decir, qué callar, ni cómo.
No les conté el relato que habita en la fisura, en la escisión, en el borde, en la zona exacta donde se dobla el papel y no es cara ni contracara. ¿Cómo se narra desde ahí, desde ese no-lugar o lugar-tan-fino-y-resquebrajado? ¿Cómo se hace equilibrio en la grieta, en el intersticio, desde el lenguaje?
Cada vez me atraen más los libros arriesgados, los que plantean temas sobre los que no se habla pero que están ahí, en las aristas más invisibles y sigilosas de nuestra alma, adheridas a lo secreto. Y que todos nos planteamos alguna vez en silencio, ese tener que responder(nos) a preguntas que no queremos ni plantearnos. Responderlas con la sinceridad que anida en un rincón remoto y oscuro de nuestra verdad. Meter el dedo en la hendidura, escarbar, decidir. Zanjar desde la zanja.

Madre mía es un libro atrevido. Un libro arriesgado de escribir. Un libro arriesgado de leer. Habrá quien diga incluso que es un libro imprudente. Porque es incómodo. Porque de esas cosas no se habla, Florencia (ironía, of course). Porque la culpa es el centro en torno al cual se construye Madre mía y la cima a la que no queremos llegar, pero por la que todos tenemos que pasar. La conversación definitiva con nuestros propios fantasmas.
Demandaste lo que no enseñaste. Aprendí sola y no te gustó.
Las relaciones familiares nos hacen. O nos deshacen. O ambas cosas: nos construyen, nos destruyen. Las arrastramos. Las añoramos. De nuevo con las contradicciones.  Pero como dice la propia Florencia del Campo: La familia es la obviedad más innata que yo nunca aprendí.

Abres el libro y las voces de la culpa nos arañan y nos gritan y nos señalan, con descaro incluso. Se hacen oír. Los juegos de palabras, la escritura asociativa, el flujo de conciencia como herramienta: Florencia libra la batalla con el lenguaje y los pensamientos/sentimientos (el sentipensar…) con, quizás, la única forma de enfrentarse al peligro de escribir desde las grietas abiertas en lo más íntimo: con el caos y la cronología confusa y enredada de los pensamientos, que se evocan unos a otros, se asocian unos con otros en una vorágine de memoria (des)encadenada sin orden ni concierto ni lógica ni razón.

Y a veces cae en un bucle, porque así es también como pensamos en ocasiones: circularmente, sin avanzar, dando vueltas, rotando en torno a un eje insospechado, como si fuéramos la tierra, circular, voluble y sin un péndulo de Foucault que nos evidencie esos bucles en torno a los cuales giramos incesantemente.

Y entonces, Florencia escribe, busca otro eje, tal vez el sol (la luz entrando en la grieta) que la saque del bucle: ¿soy culpable? ¿culpable de qué? ¿de romper el frasco? ¿de querer respirar? ¿de querer vivir? ¿de escribir? Algún día habrá que acabar con el espanto de la culpa y no dejar que el remordimiento nos muerda a dentelladas.

Gracias por este libro, Florencia del Campo.
No importa cuántas veces una se vaya, la que realmente cuenta es la primera.

viernes, 19 de enero de 2018

Vinieron como golondrinas (William Maxwell)

Título original: They came like swallows
Traductora: Gabriela Bustelo
Páginas: 203
Publicación: 1937 (2006)
Sinopsis: Para el niño de ocho años Bunny Morison su madre es una presencia angelical sin la cual nada parece tener vida; para su hermano mayor, Robert, su madre es alguien a quien debe proteger, especialmente desde que la gripe ha comenzado a asolar su pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano; para su padre, James Morison, su mujer Elizabeth es el centro de una vida que se desmoronaría sin ella. A través de los ojos de estos tres personajes, Maxwell retrata a una familia y a la mujer sobre la que ésta se sostiene.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ
Cada uno vivimos metidos en nuestra propia pesadilla.
Partiendo de una experiencia personal que le marcó profundamente (su madre falleció por la gripe española a principios del siglo XX) Maxwell (que entonces tenía diez años) escribe Vinieron como golondrinas, en donde se describe un período concreto en la vida de una familia. Para ello, conoceremos los puntos de vista de tres personajes: los dos hijos de Elizabeth y su marido. No sabremos el punto de vista de la propia Elizabeth (que es un pilar emocional para todos aquellos que la rodean), pero el alcance de su figura (y de su hermana Irene) se nos hará patente a través de esas tres voces narrativas.

Maxwell habla de lo cotidiano y doméstico cuando lo cotidiano se vuelve extraordinario, en este caso por el impacto de la gripe española en la familia (todos ellos enfermaron, aunque todos sobreviven excepto la madre).

Sobre la incomprensión y el vacío que se te queda clavado dentro cuando fallece alguien que supone para ti un eje importante en tu vida es sobre lo que escribe Maxwell, si bien para ello no necesita acudir al drama ni al sentimentalismo. La sencillez aparente de su narrativa es su propia grandeza. La construcción de los personajes es impecable, así como su armazón emocional, y la importancia de Elizabeth en sus vidas queda claramente expuesta sin necesidad de ser explícito ni desarrollar un discurso extenso ni grandilocuente. Basta con los detalles, el perfil invisible de los pequeños gestos y los grandes silencios.
Lo tenía delante, pero no conseguía alcanzarlo, porque se hallaba dentro de las palabras.
He agradecido la forma de narrar de Maxwell, esa extraña y compleja simplicidad con la que nos presenta escenas complicadas, conjurando toda la carga emocional y los excesos sentimentales para presentárnosla sin estruendos y con una cadencia tan perfecta como eficaz. La economía del lenguaje utilizado no supone ningún obstáculo para percibir la intensidad de lo que cuenta, y ahí radica su elegancia.

Vinieron como golondrinas es un libro tranquilo, calmo, amable, profundo pese a su aparente sencillez. Con una capacidad para describir la frágil naturaleza humana de forma sutil y reconocible, para relatar la aceptación de la pérdida con una facilidad pasmosa, Maxwell construye un libro perdurable e imperecedero.

El perfil psicológico y emocional de los personajes, el clima familiar tan hábilmente reflejado, el fiel retrato de una época y una sociedad, la tensión sostenida en el punto adecuado (ni excesiva ni frívola), la prosa precisa, respetuosa y sensible, todo ello configura una lectura de apariencia discreta pero de mimbres convincentes y sólidos. 
Además, lo que importaba era la intención de las personas, no los resultados de sus actos.

jueves, 11 de enero de 2018

En estado salvaje (Charlotte Wood)

Título original: The Natural Way of Things
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Son diez, y al despertarse una mañana descubren el horror: alguien las ha drogado y trasladado a un lugar siniestro en medio de la nada. Están encerradas en barracones oscuros, llevan unas túnicas de algodón basto, unas botas viejas y el pelo rapado. Van atadas como animales, caminan sin descanso a las órdenes de sus captores, y al volver les esperan un cuenco de papilla amarillenta y un vaso de agua sucia. No hay luz en el barracón ni conexión alguna con el mundo exterior. Son diez, diez mujeres jóvenes que fueron muy hermosas. Hace poco seguían las últimas tendencias de la moda, y ahora intentan saber qué pasó, dónde están y cómo salir de esta pesadilla. Preguntan, intentan averiguar, seducir a quien haga falta, pero la verdad tarda en llegar. ¿Vale la pena esperar?
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Esa tarde en que las empujaron aquí dentro y cerraron las puertas con candado y ellas se sentaron en las camas, duras con las sábanas descoloridas y pensaron que morirían esa noche, y luego desearon haber muerto.
Son diez, son mujeres, jóvenes y hermosas. Han sido secuestradas, drogadas y encerradas en un espacio en medio de la nada: sin luz, agua ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Dos hombres y una mujer las vigilan. De esa vigilancia que no protege ni cuida sino que veja con desprecios, humillaciones y violencia.

¿Por qué están allí? ¿Por qué ellas? ¿Cómo escapar? ¿Qué tienen en común? ¿Cuáles son las normas? ¿Morirán? ¿Qué deben de hacer para vivir? ¿Matarán a sus carceleros? ¿Sus carceleros las matarán a ellas?

No os equivoquéis: En estado salvaje no es un thriller. Es un alegato feminista tan brutal, salvaje y descarnado como directo. De los que escuece. Y Wood, que no está dispuesta a disculparse, crea para ello un clima asfixiante y claustrofóbico que vamos a visualizar como si fuéramos una de las diez mujeres encerradas. O de los hombres (o la mujer) que las vigilan.
Por lo visto, hacer que los muertos descansen, como fregar, alimentar y dar a luz, es tarea de mujeres.
En estado salvaje es una lectura bronca, áspera y tremendamente incómoda. Con un lenguaje directo, descriptivo, contundente y sin rodeos, Wood construye una alegoría cargada de un simbolismo fascinante en el que disecciona, llevándolo a un extremo brutal, la fibra de la que está hecha el músculo del machismo. Wood no juega con las emociones del lector, le basta con exponernos a una situación que, aunque disfrazada de situación poco probable, sin embargo está construida con todos los elementos de la realidad que vivimos hoy, ahora, aquí, allí y que, de forma más o menos transversal, está en absolutamente todas las sociedades del siglo XXI.

Las diez mujeres se encuentran en esa situación porque todas ellas se han visto envueltas en escándalos sexuales de más o menos notoriedad social. Curiosamente, cada uno de los diez casos tienen su correlato en la realidad, y basta para ello tener memoria o revisar la prensa internacional. Victimas que son señaladas como culpables… por ser mujeres. Por eso están encerradas ahí. No desvelo nada que no se sepa, ni en la vida real ni en el propio libro, ya que pronto queda despejada esta incógnita. No es el porqué las llevan allí, sino qué pretenden al mantenerlas encerradas. Algo que nunca llegaremos a saber.

Ese es el punto de partida: castigar a la víctima. Culpabilizar a la víctima. Eres mujer, eres joven, eres bella, eres puta… Cuando te despojan de todo lo que te visibiliza como mujer… sigues siendo mujer. Cuando te despojan de todo aquello que te dignifica como persona… sigues siendo mujer. 

Charlotte Wood reviste de metáforas esta parábola que supone En estado salvaje  y el lector, desde su posición de espectador, no podrá evitar entrar en la salvaje prisión que supone para estas diez mujeres su encierro involuntario. No somos espectadores pasivos, porque te ahogas. Presión y prisión son dos palabras que en castellano sólo se distinguen por una vocal, y seguramente sin pretenderlo, Wood consigue un juego entre ambas palabras que es realmente espeluznante, cuando hablamos de la presión de ser mujer y de la prisión que supone ser mujer en una sociedad que te condena aunque seas víctima. Presión y prisión. Externas e internas.
… incluso su cuerpo tan problemático había sido olvidado excepto para esto: andar, sentir dolor, hambre y sed, comer, dormir, mear, cagar y sangrar.
En una lectura tan cargada de simbolismo como de sutilezas, vamos reconociendo no solo aquellos dardos envenenados que convierten a la mujer en una persona despojada de derechos, sino que también asistimos a cómo las propias las mujeres asimilamos ciertos axiomas con tintes machistas de forma inconsciente, fruto de muchos años de (mala) educación, y nos cuesta desprendernos de micromachismos e ideas que nos perjudican a nosotras mismas.

Cuando se ha sexualizado tanto el cuerpo de la mujer, parece imposible desprenderte de todo aquello de lo que te has venido empapando durante muchos años hasta llevarnos al punto de que si tienes un cuerpo espectacular acaba suponiendo tan estigma como si no lo tienes.

De las diez mujeres, serán dos a quienes más conoceremos, Yala y Vera (no es tanto un libro de personajes sino de tendencias, de la inclinación que hay a interpretar ciertas situaciones desde la perspectiva patriarcal). Ellas (y, en cierta forma, también Hetty) son las únicas capaces de aprender, reaprender y también (y no menos importante) de desaprender. De desprenderse del cascarón de su cuerpo. De hacer un recorrido, distinto en cada caso, que les lleve a liberarse de la doble prisión/presión a las que se ven sometidas: la externa y la interna. No podrán escapar si primero no lo hacen de su propia prisión/presión.  

Tampoco penséis que es un libro en el que todos los hombres son malos malísimos y todas las mujeres buenas, valientes e inteligentes. Aunque es cierto que los hombres no salen bien parados, también Wood nos muestra cómo las mujeres tampoco somos unas santas. En cualquier caso, lo que pretende es que nos cuestionemos, intenta incluso incomodarnos, que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones, no nos victimicemos y que seamos conscientes de las intrincadas raíces de la misoginia y el machismo.

No esperéis un nudo, desarrollo y desenlace. El gran acierto de este libro es que la interpretación libre de cada lector/espectador tenga su protagonismo. No esperéis tampoco una historia al uso, no interpretéis lo que las 10 mujeres hacen como algo imposible, planteándote lo que harías tú en esa situación (tú -yo- intentarías escapar, claro). Wood nos muestra una historia en una especie de salvaje escaparate que no podemos evitar observar, porque quiere mostrarnos algo. El final no es un final, es un principio que se inicia en cada lector. Abre un debate en el que esparce un raudal de preguntas y cuestiones que cada cual tendrá que contestarse. Mi interpretación, que solo he podido apuntar aquí por no destripar demasiado, me ha dejado como cuando te dan un mordisco y ni pestañeas, atónita y consciente de la dentellada que te acaban de arrear.
Es posible renovarse.

miércoles, 3 de enero de 2018

La vida sumergida (Pilar Adón)


Páginas: 240
Publicación: 2017
Editorial: Galaxia Gutenberg
Sinopsis: Los personajes de los trece relatos que conforman La vida sumergida aspiran a estar constantemente en otro sitio y a ser lo que no son, conscientes de que, al final, tendrán que dar con la mejor manera de sobrevivir. Para ellos es más incitante el camino que la llegada y más gratos los preparativos de un evento que su auténtica celebración. Comparten la vocación de apartarse y recluirse en casas que son lugares de encierro pero también de libertad, al constituir el espacio perfecto para imaginar, recordar, fantasear y, en definitiva, huir. Pero la vida acecha siempre en todas partes.

Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
Ya está aquí, de nuevo, Pilar Adón. Porque no puede evitar escribir, porque le urge escribir. Porque Las efímeras era un caleidoscopio con múltiples espejos y algunos de ellos tenían vida propia más allá de Ruche. Y de aquellos colores y formas que le revolotearon mientras escribía Las efímeras, nacen los relatos de La vida sumergida.

Un título muy acertado, por cierto (nunca deja nada al azar), puesto que de lo sumergido precisamente nos hablan los 13 relatos de La vida sumergida, de lo insondable, de lo anegado de líquido amniótico, protegido de miradas externas, pero vivo, muy vivo en nuestro interior.
El privilegio supremo de la elección.
Cada vez me cuesta creer más en nuestra capacidad de elección. Cuando trabajaba con niños con distintas problemáticas les enseñaba a los padres el truco de la falsa elección. Si un niño, por ejemplo, era muy selectivo con su alimentación, les pedía que hicieran una lista con los alimentos menos frecuentes en el menú de su hijo/a. Y luego les pedía que ofrecieran a su hijo la posibilidad de elegir entre el alimento que más detestara y el que menos. No fallaba: elegían el que menos le gustaba. Estaban eligiendo algo que en realidad no querían pero que ellos decidían, y así poco a poco se introducía más variedad en la alimentación.

Reconozco que nunca me sentía bien con este “truco”, aplicable a muchas situaciones y actividades. Pero solía funcionar. Al niño/a se le daba la posibilidad de elegir en lugar de imponerle algo sí o sí. La sensación de que eres tú quien eliges es muy poderosa. Pero es una falsa elección. Y quizás este truco se nos presente no tan intencionadamente pero sí con más frecuencia de lo que creemos en nuestro día a día.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Los protagonistas de La vida sumergida han elegido, la mayoría de ellos han tomado decisiones, no viven la vida que quieren vivir, no están donde quieren estar (¿a qué me sonará esto?). Las decisiones pueden ser varias: huir, abrazarse a la naturaleza, desear que alguien se muera, optar por seguir siendo sumisa, desligarse de la realidad, encerrarse, rebelarse... Sí, deciden, actúan, levitan… pero ¿qué sucede si aquello de lo que huyes, si aquello que te impide vivir la vida que quieres vivir… está dentro de ti? ¿somos nosotros nuestro mayor obstáculo? ¿somos capaces de desanudarnos de aquello que nos ata, incluso de las ataduras externas? ¿tenemos que aislarnos por completo para conseguir encontrar nuestro lugar en el mundo?

Ah, sí… Si algo hace Pilar Adón es justamente eso: que terminas de leer sus libros, en este caso sus relatos, y de repente tienes un saco con un montón de preguntas. Ya no temo al hombre del saco. Temo al saco. Y mira que busco respuestas en muchas lecturas, pero cuando me dejan repleta de interrogantes también lo valoro sobremanera, porque de repente sé la textura que tienen las cosas que me inquietan, aunque vengan en forma de interrogaciones. Las propias preguntas son una respuesta en sí mismas.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
Hace muchas cosas Pilar Adón cuando escribe, entre ellas crear atmósferas y mundos en los que recrea aquello que le desasosiega y le provoca marejadas internas. Ella no huye: busca. 

Como una buena chef literaria, pone todos los ingredientes a nuestra disposición. Pero, ah, poner la mesa, mantel, vajilla, decoración, música ambiental e incluso combinar los ingredientes, el punto de cocción o elaboración y sobre todo masticarlos y digerirlos… eso ya es cosa nuestra. Es una proveedora de elixires y nutrientes, verduras, legumbres, carnes, lácteos, frutas, cereales, azúcares… Nos apunta alguna receta, alguna posibilidad, pero el resto ya está en manos de nuestra libertad.

Porque libertad es lo que proporciona: necesitamos que nuestra mente quede libre después de cada relato, libre de obstáculos y limitaciones, de narraciones explícitas y masticadas, libre de señales unidireccionales, de literatura del sometimiento de lo fácil y plácido. En esas atmósferas y escenarios cerrados y aislados que construye tan admirable como eficazmente, lo que hace es liberar nuestra mente, porque sólo desde ahí, desde una amplitud mental sin cortapisas captas la naturaleza de los personajes, los paisajes y las situaciones que nos plantea Pilar Adón.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Vivimos en comunidad. Somos seres interactivos. Y aunque a veces no te aferres, igualmente dependes. Te aíslas en un espacio, tal vez en la naturaleza, intentas liberarte de sumisiones y ataduras, buscando mundos quiméricos, sueños creados por nuestras cabezas. Buscando la libertad. Es necesario reflexionar, sumergirnos en nosotros mismos, palpar y dar forma a lo que no la tiene.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Leer a Pilar oprime en ese espacio vacío que de vez en cuando utiliza recursos propios para recordarte que está ahí. Pilar moviliza agujeros negros, espacios ocultos, aires invisibles. Espejea. Y eso… es vida. Vida sumergida.

Ya comenté en su momento que Pilar Adón tiene la bondad de tratar a sus lectores como personas inteligentes. Y la virtud de escribir como pocos escritores en nuestro panorama nacional. Que no sea una escritora considerada comercial, que sea tan coherente con ella misma, con su ritmo narrativo, con los mundos externos e internos que crea y recrea, con una forma de contar con mucha base poética y una cadencia casi musical, que no escriba para una gran masa de lectores, que sea consciente de ello y que no se doblegue, solo hace que aumente mi admiración por una escritora galáctica (y no lo digo porque publique en Galaxia Gutenberg) y una persona muy generosa. Ella solo quiere escribir. Y yo solo quiero seguir leyéndola.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.