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martes, 8 de septiembre de 2026

Relojes en la habitación de mi madre (Tanja Stupar-Trifunović)

"Alargar la belleza lleva a la ansiedad. La ansiedad lleva a la nostalgia. La nostalgia lleva al dolor


De todas las citas posibles (que es casi todo el libro) he optado por esta. Ni yo misma me di cuenta al principio de por qué me había quedado enganchada a esa frase. No es la más espectacular ni la que más me ha impactado emocionalmente. Más bien había algo que me incomodaba, algo que provocaba mi resistencia: ¿por qué la belleza lleva a la ansiedad? ¿por qué, por qué, por qué? Si a mí la belleza me da paz… 


Y de repente un pequeño seísmo en mi interior abrió la brecha y por ahí entró la luz: era por la palabra "alargar". Ahí está todo. Porque cuando alargas algo es como... como estirar el chicle, masticarlo de más. Ya has acabado con su sabor, su textura, su elasticidad, pero ahí sigues dándole vueltas. Alargando hasta lo imposible en busca del gusto perdido o intentando descifrar un sabor del que no queda ni el resto.


Alargar la belleza. La alargas cuando se empieza a diluir, cuando ya no es LA belleza, sino solo sus restos, o mejor dicho: sus huellas. Y de eso va este libro: de huellas, huellas que te han dejado, huellas que dejas. De cuánto tiempo seguimos alargando aquello que ya empezó a convertirse en recuerdo, intentando comprender quién fue, qué dejó y qué hizo en nosotros.


La memoria aquí hace justo eso: estira, repite, reconstruye, insiste, vuelve sobre una escena, sobre una madre, sobre una infancia, sobre las versiones anteriores de una mujer, sobre las vidas posibles que representa Ana… Y cuanto más se intenta fijar, más evidente se vuelve que todo eso ya ha cambiado de estado.


La presencia de textos de Hannah Arendt me desconcertó al principio, aunque después entendí mejor qué hacía allí. Tanja incorpora a Arendt a esa conversación del libro con mujeres que han amado, pensado, cedido, resistido y cargado con versiones ajenas de sí mismas. En Arendt, además, el amor por Heidegger introduce una contradicción especialmente incómoda que ya hemos visto demasiadas veces: una mujer de enorme y poderosa lucidez intelectual atrapada en un vínculo que la descoloca y la subordina.


La prosa de Tanja se mantiene durante casi todo el libro en una altura poética difícil de sostener: metáforas, símbolos, imágenes que se responden unas a otras, frases que obligan a detenerse. Lo consigue, pero por los pelos. Hay momentos en que tanta intensidad amenaza con saturar, y otros en que alguna imagen se me escapa antes de que consiga sujetarla. Tampoco estoy segura de haber entendido del todo muchas de las capas que abre el libro. Quizá no necesito entenderlo todo. Me he obligado, de nuevo, a aceptar que también se puede leer desde una cierta perplejidad.


Me impuso un ritmo de lectura muy lento. No admitía muchas páginas seguidas, había que leerlo como se lee la poesía, dejando que cada fragmento tuviera tiempo de asentarse antes de continuar. Y aun así, o quizá precisamente por eso, pocas lecturas recientes me han producido una identificación tan tormentosa. He encontrado frases que parecían conocer lugares míos a los que yo no había puesto palabras, y otras ante las que solo podía asentir hasta con emoción.


Qué violento puede ser a veces leerse en el otro. Y digo violento porque es una agitación del alma y de la cabeza, que asiente convulsivamente ante cada reflejo, cada coincidencia. Violento porque siempre sacude descubrir que una no está sola y encontrarse en las palabras que otro escribe, en el filo del insomnio, con la noche como una sábana negra bajo la que nos cobijamos en compañía de un libro que parece saber demasiado de nosotros. Los solitarios no podemos negar la evidencia: no estamos solos. Quizás estamos un poco dispersos, eso sí.


No sé si he comprendido del todo “Relojes en la habitación de mi madre”. Pero a veces cuando un libro te toca en lo más profundo de ti misma, no buscas comprenderlo, buscas sentirte más acompañada, más comprendida y menos dispersa.


Gracias, Tanja Stupar-Trifunović. Gracias, Pau Sanchis (traducción)


©AnaBlasfuemia