Título original: Rien ne s'oppose à la nuit
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Páginas: 376
Publicación: 2011 (2012)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Después de encontrar a Lucile, su madre, muerta en misteriosas circunstancias, Delphine de Vigan se convierte en una sagaz detective dispuesta a reconstruir la vida de la desaparecida. Los cientos de fotografías tomadas durante años, la crónica de George, abuelo de Delphine, registrada en cintas de casette, las vacaciones de la familia filmadas en Super 8, o las conversaciones mantenidas por la escritora con sus hermanos, son los materiales de los que se nutre la memoria de los Poirier. Nos hallamos ante una espléndida, sobrecogedora crónica familiar en el París de los años cincuenta, sesenta y setenta, pero también ante una reflexión en el tiempo presente sobre la «verdad» de la escritura.
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Y por eso sé desde hace mucho tiempo que es preferible mantenerse de pie que tumbado, y evitar mirar hacia abajo.
Sentada en mis rocas, con los pies colgando, la estepa manchega abarcando mi mirada, cierro el libro. Miro hacia abajo, sé que no debo de hacerlo, y me tumbo, sé que debo hacerlo. Dejo que el sol penetre en mi piel. Necesito esa calidez, fuera y dentro. Durante mucho, mucho, mucho tiempo, no me muevo. Intento no pensar ni sentir. Pero soy consciente de las distintas sensaciones que se agolpan dentro de mí e intentan emerger. Dejo salir a una de ellas: la conciencia de que este es uno de esos libros.
(De esos libros que querría leer contigo, a tu lado, línea a línea, a la vez. Y contarnos a través de él, de las miradas y los silencios).
El sol apacigua la brutalidad de esta lectura, el desgarro multiplicado en numerosas astillas que se clavan en el alma con total impunidad. Sigo conteniendo todas las sensaciones. Todas. Quiero controlarlas, tomar el mando y dejar que salgan de una en una, las que yo decida, cuando yo decida. Y decidir cuáles dejo dentro y cuáles fuera. Encontrar, una vez más, el equilibrio.
Con el tiempo, eso es lo que gana, lo que ha decidido la memoria.
Decido entonces que aflore otra sensación. La memoria. Le doy forma a la sensación: hay cosas que he decidido olvidar. Lo hice. Lo hice tanto que ni siquiera sabría decir qué olvidé. Solo soy consciente del acto deliberado de olvidar. Detengo esta sensación ahí.
Valiente De Vigan, decide escribir(se) sobre su madre, sobre su difícil, compleja, seductora, confusa, fascinante, enferma madre. Que padecía trastorno bipolar y otro trastorno inclasificable: el de la mala suerte. El de las personas a las que la vida les cala hasta los huesos con tormentas que no elige, que no busca, que no se merecen. La vida es, también, bipolar: momentos de felicidad intensa, delirante y plena, momentos atroces de dolor y sufrimiento. Amor, belleza, muerte, enfermedad… todos vivimos momentos así. Pero algunas personas, algunas familias, parecen llevar una extraña marca y la muerte, la enfermedad, sobre las que no se tiene ningún control, parecen castigarles con una frecuencia desmesurada e injusta.
¿Basta el miedo para callar?
Es real: quisiera hablar de este libro haciendo el pino. Sí, sí, haciendo el pino: con las manos fuertemente apoyadas en la tierra, la cabeza cerca de ella pero sin tocarla y los pies tirando hacia lo alto, hacia el cielo. Otra sensación a la que doy paso al exterior: esta lectura me ha dejado muy tocada. A medida que dejo aflorar esta sensación, sujeto firmemente otra, a la que le impido el paso: el porqué me ha impactado tanto. Filtro aún más esta sensación: es una lectura que estremecerá a cualquier persona que se sumerja en ella y yo, qué duda cabe, no soy una excepción. Esta idea me tranquiliza, sé que me engaño a mí misma, pero como soy consciente de ello no me importa.
Creo que va quedando claro que este libro es desgarrador. Brutal. Feroz. No me invento nada. Está comentado por activa y por pasiva en cualquier lugar que se hable de Nada se opone a la noche. No creo que nadie llegue a él y se sorprenda, ya sabemos de antemano que Delphine de Vigan va a hablarnos de su madre, de su familia. Que no es ficción. Es real. No hay equívocos al respecto.
¿Basta el miedo para callar?... Joder con la preguntita. Y sin embargo, qué necesaria es hacerla, que Delphine se la haga. ¿Es necesario el silencio? Cuántas familias callan, como si lo que se calla no existiera. Sin embargo el silencio es el alimento del miedo, donde crece sin que nadie ni nada lo detenga. El miedo se nutre del silencio, esto es así.
(Por eso quiero estar en tus miedos. Y que estés en los míos. Romper el silencio y el miedo)
Pero la verdad no existe. No tenía más que fragmentos dispersos y el mismo hecho de ordenarlos constituía ya una ficción. Escribiese lo que escribiese, entraría en el terreno de la fábula.
Delphine de Vigan escribe sobre su madre para reparar, para reconstruir. ¿Qué? Todo. La vida de su madre, de su familia, de ella misma. Reparar lo irreparable. Reconstruir lo devastado.
Dejo salir ahora otra sensación que me provoca una gran sonrisa: me río de Mr. Wonderful y de esa corriente positivista, alegre, desenfadada y tan zen que nos anima (¡nos obliga!) a ser felices por el mero hecho de decidir ser felices, tener buen rollo, mirar la cara alegre de la vida y blablablá. Como si tú pudieras decidir siempre. Como si tú pudieras decidir no tener un trastorno mental, un cáncer o varios, unos genes suicidas, una familia que calla, incestos, violaciones, abusos, muertes que te dejan tambaleando… Pues oye, que esas cosas pasan, son reales. Y tú no decides pasar por eso. No lo decides. Lucile no decidió vivir esa vida. Por eso, luchó. Hasta la extenuación.
Sufrió, hizo sufrir.
(Sufrió, hizo sufrir).
Luchó, luchó, luchó. Hasta el agotamiento.
(Luchó)
Como ahora lucha Delphine de Vigan. Escribiendo. Y nos lo enseña, porque el miedo no basta para callar. Valiente. Se puede ser valiente con miedo, sí. De hecho, se es más valiente si además eres consciente de tus propios miedos. ¿Cómo escribir desde el equilibrio? ¿Cómo respetar a la familia que aún vive, a la que ya no, a su propia madre, a su hermana, a ella misma, a su padre? Su padre, al que deliberadamente deja al margen.
Difícil, mucho, encontrar esa trinchera idónea desde la que escribir sobre todo esto. Tanto que Delphine no puede evitar hablar también de todo ese proceso, las dudas que tiene, la lucha consigo misma, la búsqueda de la distancia eficaz y justa desde la que escribir. Sin querer, o queriendo, muestra debilidad, tantas dudas… Hay amor. Hay rencor. Es inevitable, hay sentimientos de los que nos avergonzamos. Sobre ellos Delphine no se detiene tanto como en otras situaciones, pero no los oculta, no. Los deja caer. Y el lector es consciente de que escribe para sacar todo eso, y que a veces lo consigue a medias, porque es duro. Muy duro. Insisto, aunque no se detiene tanto en ellos como en otros aspectos, no les pone una voz tan evidente, pero tampoco los oculta y nos lo deja ver en pequeñas píldoras.
No vi su dolor, no vi su desesperación.
Delphine no escribe como terapia, sino como búsqueda. ¿Qué hacer con el dolor de quien debería protegernos de él? No vi, menciona varias veces Delphine en las últimas páginas. Y no puedo evitar recordar aquel No vi. No comprendí de Nadine Trintignat. No haber visto, no haber comprendido, son sensaciones que se tienen después de. Pero ver, comprender, antes de, no exime del dolor si no hay nada que puedas hacer
(... si no te dejan hacer).
(... si no te dejan hacer).
(Quiero ver. Quiero comprender. Veo. Comprendo).
Sé muy bien que os voy a causar tristeza, pero resulta inevitable antes o después y prefiero morir viva.
Morir viva... Zasca.
No dejo salir más sensaciones.
Suficiente.
Fin.













