viernes, 13 de noviembre de 2015

En el lago de los Bosques (Tim O'Brien)

Título original: In the Lake of the Woods
Traductora: María Sonia Cristoff
Páginas: 296
Publicación: 1994 (1999)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433908940
Sinopsis: John Wade, un prometedor político que acaba de sufrir una contundente derrota electoral, pasa unos días de descanso en una cabaña aislada en los bosques de Minnesota, con su esposa Kathy. Una noche ella desaparece. Y se plantean todas las hipótesis: ¿Se ha marchado voluntariamente? ¿Se ha perdido en el laberinto natural de los alrededores del lago? ¿Se ha ahogado? ¿Huía de su marido? ¿La ha asesinado él? Cuando el sheriff pone en marcha la investigación, afloran todos los demonios del pasado: la infelicidad conyugal, las infidelidades y sobre todo la atroz experiencia en Vietnam del marido, un hombre que de niño soñaba con ser mago y acabó participando en la tristemente célebre matanza de civiles de My Lai.

Lo que me impulsa a seguir, soy consciente de ello, es un enorme deseo de forzar la entrada a otro corazón, de superar los obstáculos de las leyes naturales, de realizar milagros de conocimiento. Así es la naturaleza humana. Estamos fascinados, todos nosotros, por la implacable alteridad de los otros.
Aunque no suelo frecuentar la novela bélica hace tiempo leí (y conté) Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, un libro que me sorprendió mucho y bien. Y quise repetir con el autor, así que me fui a un lago en los bosques, en parte porque es también un lugar en el que ahora quisiera estar (o, más bien, perderme). Y el planteamiento del autor me ha vuelto a sorprender.

En principio parece que estamos ante un thriller. Pero en realidad ¿qué es un thriller? La RAE no nos aporta nada al respecto, pero posiblemente en la mente de todas y todos esté un género en el que hay intriga, suspense, un (presunto) crimen, una investigación policial… Y estos elementos están: hay una persona que desaparece, no sabemos si asesinada o no, un sheriff, una búsqueda…

Pero no todo es lo que parece. Como en la vida misma, que nada es lo que parece ser, tal vez estemos, o tal vez no, ante un libro que parece una cosa y resulta ser otra sin dejar de ser lo que dice ser.

Las guerras. Lobo no come lobo. Pero hombre si mata (y algunos hasta comen) hombre. Acabo de escribir esto y volver a leerlo y me he estremecido. Las guerras nos parecen tan lejanas… Y sin embargo siempre hay una guerra activa en el mundo. Pero nuestra zona de confort nos protege de ellas de la forma más fácil y cómoda: por la vía de la ignorancia. Lo que no nos afecta no existe. Lo que no miro, lo que no sé, tampoco. Un mecanismo, la indiferencia, que evita el daño individual pero hace un daño colectivo terrible. También individual en verdad, pero no quiero irme por los cerros de Úbeda. Y estoy muy cerca (de los cerros).

Las guerras dejan secuelas. Y las secuelas no miran bandos ni vencedores ni vencidos. Todos son perdedores. Las secuelas no eligen aquí o allá, este o aquel. Simplemente hacen lo suyo, emponzoñar el alma, instalarse en ella. Cómo gestiona cada cual las secuelas es un mundo, un laberinto emocional, normalmente impenetrable. No siempre se gestionan bien, no siempre se exteriorizan, no siempre se es consciente de ellas…

Sobre las secuelas que la guerra de Vietnam, y concretamente la matanza de My Lai, han prendido (con doble acepción: agarrar y encender) en John Wade es sobre lo que habla Tim O’Brien en El lago de los Bosques. Pero no sólo de eso. También habla de relaciones familiares, relaciones de pareja, el poder, el éxito y su alter ego (la derrota), la soledad, la (in)comunicación, los silencios… Para ello O’Brien tira de recursos literarios, de experimentación en cuanto a estructura narrativa, pero sobre todo tira de crear un protagonista, John Wade, tremendamente complejo y rico como personaje. John Wade, el mago que era el espejo de sí mismo.

Me ha gustado mucho cómo O’Brien aborda la magia, lo que suponen los trucos de magia para un niño y cómo ese niño se transforma en adulto sin dejar de ser un mago. Todos somos magos. Usamos trucos. También me ha agradado cómo aborda los silencios, lo que callamos, los secretos que circulan por nuestras venas y que no asoman a las palabras, a veces por no saber cómo y otras por no saber a quién volcarlas… Lo que callamos, aunque sea a gritos, termina por ser el traje que da cobijo a nuestra soledad. No sólo secretos, también los “y si…”, los “hubiera debido de…” La culpa, vaya. Algunos dirían autoflagelarse, otros dirían que es no renunciar a ser ellos mismos, o al menos no renunciar a conocerse y no esconderse de sí mismos. Simulamos, andamos por la superficie… Siempre le ponemos nombre a todo ¿no?

No busquéis respuestas. Os vais a encontrar muchas preguntas y eso convierte este libro (que bien podría haberse titulado Los hombres que fingieron no saber las cosas que sabían) en un buen libro.
¿Es que la verdad puede ser tan simple? ¿Y tan terrible?
Pues sí. Ya se sabe que la verdad, lo que no tiene, es remedio. Manque nos pese.
©AnaBlasfuemia

lunes, 9 de noviembre de 2015

Memoria por correspondencia (Emma Reyes)

Páginas: 240
Publicación: 2012 (2015)
ISBN: 9788416213221
Sinopsis: En 1969, Emma Reyes envió a un amigo historiador la primera de las 23 cartas en las que le revelaba cómo había transcurrido su infancia. Durante más de tres años su amigo recibió la correspondencia, leyó los dolorosos recuerdos de la artista y llegó a un acuerdo tácito de confidencialidad que solo rompió cuando decidió mostrarle los textos a Gabriel García Márquez, quien animó a Reyes a seguir escribiendo. La correspondencia se mantendría hasta 1997 cuando se escribió la última carta del libro. Con una escritura que brilla por su honestidad y por su distanciamiento de lo pretencioso, Reyes describe las adversidades que vivió durante su infancia en Colombia a comienzos del siglo xx, la mayor parte de la cual transcurrió en un convento.

Podéis leer las primeras páginas (el prólogo y la primera carta) AQUÍ.

Empecé a leer este libro con la cautela propia de quien tiene muy buenas referencias de lo que tiene entre manos. Pronto mi cautela se quedó en agua de borrajas y me encontré entregada a la lectura. Los ojos bien abiertos y mi conciencia recordándome de forma persistente que estaba ante una autobiografía. Realidad, no ficción. Realidad superando cualquier ficción posible.

Mientras lo leía pensaba en cuántas personas rechazarán este libro por ser autobiográfico y por contar una realidad descarnada. Y me preguntaba si en el caso de que se presentara este libro como ficción esos lectores potenciales se acercarían entonces a él. No me he respondido a mis propias preguntas. Creo que preferí no hacerlo.

La realidad es muchas cosas, pero también es cruel, nos guste o no. La que le ha tocado vivir en su infancia (que es el período que abarca Memoria por correspondencia) a Emma Reyes es, sin duda, feroz y brutal. Y sin embargo, no hay ni la menor intención de que el lector sufra ni compadezca. Ni un ápice de aliño para provocar lágrimas. ¿Está contado con frialdad? En absoluto. Está contado sin alardes y, lo más admirable y conmovedor, sin rencor.

Las virtudes de Memoria por correspondencia son diversas. Está despojado de todo intento de hacer literatura, ni siquiera hay el propósito de estar bien escrito (recordemos que son cartas escritas a su amigo Germán Arciniegas) y curiosamente eso aproxima este libro a la buena literatura. Narra unos hechos, no hay añadidos literarios ni trampas emocionales, nada de edulcorantes para amortiguar la crueldad ni tampoco acidez para endurecerla. Y cuando no se requieren de artificios para que lo que estás leyendo te atraviese y te estalle por dentro es que estás comunicando, estás haciendo literatura. La literatura no tiene leyes, no las tiene para el lector, si un libro emociona, golpea, estremece, agita, conmueve, entretiene, arrastra, te hace ser más, te hace sonreír, llorar, crecer, vivir, soñar, desear, te zarandea… Si un libro te hace sentir viva, te muestra los vericuetos y la inmensidad de la humanidad… para mí, eso, ya es literatura.

Sí, es ella, la realidad. La brutal realidad vivida por Emma Reyes siendo una niña (los hechos contados abarcan desde los cuatro a los once años de edad). Y ahí está otra de las claves de esta lectura: Emma Reyes parece contarnos todo en tiempo real, como si hablara de su presente y no de su pasado, como si se tratara de un diario en lugar de una correspondencia. Es decir, vuelve a ser la niña que vivió primero con la señorita María (sobre la que su hermana y ella tardan más de 20 años en mencionar a alguien) y luego en un convento. Encerrada siempre, aislada del mundo. Es la niña Emma quien nos va contando sus vivencias, y esa mirada es esencial para entender porqué esta lectura se eleva por encima de muchas (muchísimas) otras. Porque hay brutalidad, indignidad, hambre, injusticia, barbarie, sinrazón… pero también hay ternura, humor, ingenuidad, inocencia, imaginación, coraje, fuerza, naturalidad, ingenio…

Aunque hablamos de principios del siglo XX historias como las que comparte Emma con nosotros están sucediendo ahora mismo, mientras yo escribo esto y vosotros lo leéis. Pobreza, injusticia, machismo, miseria… y ellas, las monjas. Y los curas. La iglesia. Estoy a punto, muy a punto, de soltar una diatriba sobre el daño atroz que ha hecho la iglesia católica, pero no lo voy a hacer porque me consta que dentro del catolicismo hay también buena gente que ha hecho y hace mucho bien, aunque tengan que curar las heridas y el menoscabo que sus congéneres provocan.

En este libro se destapan (por si alguien no lo había visto o no lo ha querido ver) muchas de esas heridas profundas que se han causado bajo la bandera del cristianismo, pero también provocadas por miras estrechas y miradas que no quieren ver. La pobreza e ignorancia como caldo de cultivo para el abuso y la esclavitud de niños. De niños. Pocas cosas hay más inhumanas que la crueldad con los niños.

El alma humana es, por naturaleza, indómita. Que parece que no, pero hay quien es fiel a esa faceta brava, libre y audaz de nuestra esencia. Emma Reyes fue analfabeta hasta los 18 años. Jamás pasó por colegio ni universidad. Pero de su encierro hizo virtud: su enloquecida y libre imaginación se convirtió en su mejor aliada. Salió (huyó) de su reclusión, caminó, no paró de andar, se asentó en París y se convirtió en una prestigiosa y reconocida pintora, desde donde acogió y ayudó a otros artistas colombianos.

Honesta, cándida, generosa… Emma Reyes supo vivir su día a día creciendo, llena de curiosidad y preguntas, pese al tormento que supuso para ella su infancia y el vivirla tantos y tantos años en silencio, un secreto bajo mil llaves. Y cuando abrió esa puerta, no quiso que se hiciera público hasta después de su muerte.

Habréis observado que no he puesto ninguna cita, y no es que no haya subrayado el libro, que va a ser que sí y mucho. Quien quiera entenderlo, tendrá que leer el libro.

Me quito el sombrero, agradecida y admirada.
Es verdad que mi pintura son gritos sin corriente de aire (Emma Reyes)
 

martes, 3 de noviembre de 2015

Julio Cortázar y Cris (Cristina Peri Rossi)


Páginas: 128
Publicación: 2014
Editorial: Cálamo
ISBN: 9788496932876
Sinopsis: A veces se produce el encuentro entre dos grandes escritores y de esa conmoción surgen risas, relatos, poemas, cartas, viajes, diálogos chispeantes y fascinación mutua. En la última década de su vida, Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi se encontraron y vivieron una relación intensa, llena de complicidades, de humor y de amor, de literatura y de seducción entre dos ciudades: París y Barcelona. Julio Cortázar le dedicó Quince poemas de amor a Cris y, muchos años después de su muerte, Cris escribe la crónica de esa amistad amorosa irrepetible.
Las historias tienen dueños, tienen destinatarios
Amo a Julio Cortázar. Amo a Cristina Peri Rossi. Amé este libro antes de que Peri Rossi lo escribiera. Una vez escrito, era un ineludible en mi biblioteca. Y en mi corazón. Esta historia tenía sus dueños, Julio y Cris, y tenían una destinataria: yo (la receptora de historias). Cuéntame una historia, Cris.

Cuando tardas mucho tiempo en terminar una lectura suele ser por dos razones: no hay conexión entre lector y libro. Algo no va bien y cada vez que lo dejas cuesta un mundo volver a él. La otra razón es justo lo contrario: no quieres salir del libro, no quieres que se termine, quieres permanecer en él, vivir en él. Incluso quieres SER el libro. Y es esta segunda razón la que ha hecho que leyera Julio Cortázar y Cris despacio, recreándome en cada página, volviéndolo a leer una vez terminado. Como si transitara por un paisaje lleno de belleza, que sientes en la piel, en la mirada, en las entrañas, en el alma. No quería irme. No quería volver (fuera del libro). Lo llené de subrayados, asteriscos, signos de admiración, notas al margen; anoté autores, libros, canciones, citas…

Amistad amorosa. No se me ocurre mejor definición para la relación entre Cortázar y Peri Rossi, aunque soy poco (nada) dada a encasillar en etiquetas los sentimientos. A ambos les gustaban las mujeres. La relación entre ellos, sin embargo, estaba plena del amor más profundo y eterno posible: el de (tal y como lo define la propia sinopsis) la amistad amorosa.
Morir es la forma más definitiva de estar
30 años (la misma diferencia de edad que había entre ambos) después de la muerte de Cortázar, Cristina Peri Rossi escribe sobre su relación, cómo se conocieron, su intercambio de correspondencia, sus encuentros, sus conversaciones… No es un libro triste ni mucho menos, está lleno de recuerdos compartidos, de complicidad, de sintonía, de humor, de reciprocidad, coincidencias, juego... Cristina no ha dejado que Cortázar se fuera, no ha dejado que la muerte le arrebatara a Julio. Porque cuando se quiere de veras ni la muerte consigue desbaratar esa unión, el granítico vínculo de dos grandes cronopios. Julio es inmortal y, conocedora de la relatividad del tiempo (y del espacio), Cristina sabe que se volverán a encontrar y, mientras, mantiene un diálogo intimo e interno con Cortázar que lo mantiene vivo en ella, haciendo de la relación entre ambos una relación tan inmortal como indestructible.
En cambio, lo que tengo ahora quizás es un terror antiguo que antes oculté entre algodones. Nadie con quien identificarme, he ahí la clave.
Dos escritores enormes, Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi, y más allá del perfil como escritor de Cortázar, Cristina nos presenta el perfil más (taaaan) humano de Cortázar. E inevitablemente, el suyo propio, el de Cristina Peri Rossi. Contradictoria, sensible, cronopia, tierna, temerosa, honesta, sin poder identificarse (Vaya por Dios, nadie con quien identificarse… El médico le decía a mi abuela “Carece de capacidad de identificarse”… Y yo no me podía identificar… Y yo, sin tener con quien identificarme). ¿Por qué será que me identifico con esto?

No hay página ni párrafo en el que no te llegue el cariño entre ambos. El amor. La magia cronópica de encontrarse. Y aunque el amor más convencional entre ambos era un imposible, Cortázar dedicó a Cris Quince poemas de amor. Cortázar en su vertiente menos conocida como escritor (la de poeta) y, sin embargo, tantas veces citado (incluso por quienes nunca han leído su obra):
Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha. (Julio Cortazar)
Porque el amor es un poliedro infinito y hay muchas formas de amar, y Julio y Cris encontraron la suya propia. En el amor también se puede crear (y no sólo creer).
El azar no existe, es una de las formas que tenemos de encontrarnos o separarnos, yo tenía que encontrarte como fuera, la carta era el vehículo de un deseo muy fuerte, una conjunción, de modo que hizo lo que tenía que hacer: buscarte donde ella sabía que vos estabas (Fragmento de una carta de Julio Cortazar a Cristina Peri Rossi)
Una carta, un correo, les unió para siempre. A veces lo que tiene que suceder, inevitablemente sucede. Estaban destinados a encontrarse, y tuvieron la fortuna de hacerlo: encontrarse y vivirse, fascinarse, existirse, amarse, ser (ambos) y fluir. Que Cristina Peri Rossi lo comparta con los lectores es de una generosidad enorme, porque el pudor y la honradez le impedían (hasta ahora) que escribiera y compartiera esta relación tan especial. Por eso, no es sólo un libro, es un regalo desprendido y honesto para cualquier lector. Para cualquier persona. 

Estamos llovizna

Delicioso, tierno, entrañable, mágico. Los ojos se me llenaban (se me llenan) de emoción. Cristina Peri Rossi recorre como agua cristalina el torrente que va del libro al corazón del lector. Una lectura con la que vibré (me alivió, me impactó, me conmovió, me agitó, me reavivó, me acogió...me dio vida). Joya. Gracias, Cristina. Gracias, Julio. Las casualidades existen por algo y yo tengo un Seat León.
Hay transiciones muy lentas. Hay cambios muy largos, como caminos.
Bellos cronopios


miércoles, 28 de octubre de 2015

Lo que aprendemos de los gatos (Paloma Díaz-Mas)

Páginas: 128
Publicación: 2014
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433997807
Sinopsis: Los seres humanos –piensa el gato– tienen una irremediable tendencia a entender las cosas al revés. Por ejemplo, si ven un libro que se titula Lo que aprendemos de los gatos, probablemente creerán que trata de lo que los humanos pueden aprender acerca de los gatos, para conocerlos mejor (cosa que, dicho sea de paso, tampoco estaría de más); sin embargo, para cualquiera que sea capaz de pensar con claridad, resulta evidente que Lo que aprendemos de los gatos significa otra cosa: lo que los humanos pueden aprender a partir de los gatos, es decir, lo que los gatos pueden enseñarles. Este tipo de errores se producen porque los humanos parten de la absurda creencia de que son animales superiores, cuando todo el mundo sabe que los animales superiores son los gatos. Los gatos –piensa la autora de este libro– tienen mucho que enseñarnos, pero para ello hace falta que estemos atentos y dispuestos a aprender.


Cuando mi gata Candela enfermó, se acurrucaba en rincones de la casa poco habituales para ella. Algo escondida. Apenas entraba al salón y sólo por las noches (y ya no en los últimos días) iba a mi cama, puntual a nuestro ritual nocturno de mimos. Y cada noche que pasaba era más impuntual, tardaba más en ir. Lo primeros días pensaba que era debido al calor, excesivo e irritante, y que buscaba lugares frescos, aunque no fueran los acostumbrados. Tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando, hasta que lo evidente se hizo urgencia y todo se precipitó. Eso es algo que aún me pellizca el corazón, no haber detectado las señales, aunque sé que nada hubiera cambiado. Culparme a mí misma es algo que se me da de lujo.

Una vez que se confirmó que el corazón de Candela era tan grande que ya no podía más con él, y que se negaba a entrar al salón y a la habitación (generosa Candela: no quería dejar rastro de su despedida en aquellos sitios en los que tanto hemos compartido), empecé a ir donde ella se encontrara (despacho o cocina, los dos sitios donde menos solía estar), me sentaba en el suelo, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, respetando la distancia sin distanciarme ni distanciarla. Y le iba leyendo en voz alta Las mejores historias sobre gatos, un libro que me regalaron por mi cumpleaños hace tiempo. Cuántas vueltas da la vida… Cuando me sentaba con el libro en la mano, Candela empezaba a ronronear y no dejaba de hacerlo hasta que terminaba, la abrazaba un rato y me iba.

No nos dio tiempo a terminar el libro.

Diez minutos antes de llevarla al veterinario quise retenerla. Hice unos trazos rápidos que son los dibujos que acompañan la entrada de Gracias por tanto, junto a una foto hecha una semana antes. Despedirme de ella me desgarraba.

Hace tiempo que tenía localizado en la biblioteca Lo que aprendemos de los gatos, pero no le había llegado su momento, más que nada porque… hay tanto que leer, y unos libros se adelantan a otros sin que nosotros, sus lectores, a veces podamos decidir ni elegir. Y ese momento llegó hace unos días. Porque aún no he podido pasar el duelo por Candela. Porque no encuentro el momento, o las fuerzas, y a veces no encuentro las lágrimas adecuadas. Así que decidí ir por el libro de Paloma Díaz-Mas, un empujón para ese duelo necesario, me dije.

Y no sé cómo decirlo. El duelo sigo sin pasarlo. El libro se lee con agrado y asentimiento continuo por parte de quienes adoramos a los gatos; reconocemos todos y cada uno de los gestos que Paloma nos muestra de los suyos: Tris-Tras, el gato que se fue (y ahí sí me crujió todo, tan reciente ese protocolo de la despedida en el centro veterinario) y de Tris y Tras, los gatos que llegaron. En el irse de Tris-Tras reconozco esa ausencia de Candela, la despedida y los días posteriores, las huellas que (todavía hoy) sigo encontrando. Y en la llegada de Tris y Tras recupero los inicios del encuentro entre Candela y Truca.

Paloma Díaz-Mas sabe contar, sabe hacerlo desde la literatura. Es por eso que este libro no sólo gustará a los amantes de estos animales independientes, y a la vez tan fieles y generosos, que son los gatos. También pueden disfrutarlo quienes no tienen el gozo de deleitarse de la convivencia con los gatos. E incluso puede animarles a que adopten alguno (adopta, no compres). Descubrirán que en realidad ningún gato es indiferente ni impasible ni poco cariñoso. Entenderán porqué los que convivimos con gatos sabemos que es una convivencia especial, distinta a la que se tenga con cualquier otra mascota. Comprenderán porqué acaban siendo los reyes y reinas de la casa, y hasta qué punto les cedemos espacio, físico y emocional, cómo nos van ganando y les permitimos los mejores sitios aunque eso implique que un sofá de más de dos metros de largo sea ocupado por dos gatas en un 90% mientras tú, la que te crees su dueña, ocupas el 10% restante sin intentar en lo más mínimo recuperar terreno en el sofá. Deducirán que, ciertamente, no enseñamos a los gatos, sino que ellos nos enseñan a nosotros. Mucho y bueno. Y querrán un gato en su vida.

Pero. Pero me faltó un algo. Todo lo que me cuenta Díaz-Mas lo he vivido con mis gatas, con Blas, con Candela, con Truca… Pero con cada una de ellas ha sido diferente, porque aun en ese re-conocimiento que tenemos de los gatos, de su comportamiento y que somos conscientes de que su proceder es la marca del felino, algo propio y genuino de ellos; sin embargo cada gato es diferente, en cada gato lo mismo es distinto y único. Siempre hay diferencias, como en las personas. Y esas diferencias son lo que me ha faltado. Yo he podido contar (no tan bien, evidentemente) algo diferente, personal, en ese comportamiento común que tienen los gatos cuando enferman. Y quizás sea ese el algo que he echado de menos en esta lectura.

Es evidente que no es una obra de ficción, y quizás por eso precisamente hay cierta emoción contenida o que no se ha querido/podido compartir. Pero yo ya no sé ni quiero contener nada. Y quiero pasar mi duelo, encontrar la energía necesaria. Llorar a Candela para poder empezar a disfrutar de sus recuerdos. Poder pensar en ella. Quiero atusarme con largos lengüetazos rosados (y que me atusen a lengüetazos, todo hay que decirlo).


..son inasequibles a la angustia. Su miedo dura sólo un momento: el momento en que se produce. El nuestro se prolonga en el tiempo, se arrastra en recuerdos y se proyecta hacia un futuro desconocido e imprevisible. Mientras, acomodados en su sillón favorito, los gatos se atusan mutuamente con largos lengüetazos rosados.
©AnaBlasfuemia

viernes, 16 de octubre de 2015

Divisadero (Michael Ondaatje)

Título original: Divisadero
Traductor: José Luis López Muñoz
Páginas: 312
Publicación: 2007 (2008)
Editorial: Alfaguara
ISBN: 9788420473444
Sinopsis: En la más íntima y hermosa de sus historias, Michael Ondaatje narra la vida de Anna, quien tras un brutal suceso acontecido en su hogar, tendrá que dejar atrás la vida en la granja de California y empezar un nuevo camino en el sur de Francia. Lejos de su padre, de su gemela Claire y de Coop —un misterioso muchacho acogido por la familia— encontrará en la literatura y en la reconstrucción de la biografía de un importante escritor la manera de conciliarse con su pasado. Una novela de vidas cruzadas que se extiende por dos continentes y a lo largo de un siglo.


Hace tiempo leí El paciente inglés, un libro (y una película) que me dejó buenas sensaciones. Así que decido buscar algo más de Ondaatje. Y sin referencia alguna, salvo el autor, llego a Divisadero.

A vueltas con las sinopsis: Anna y Claire no son gemelas. Claire, al igual que Coop, son adoptados, si bien Claire, con apenas unos días, lo es en el momento en que nace Anna. En las sinopsis originales no he encontrado ninguna alusión a que fueran gemelas, así que no tengo claro de dónde surge esta “gemelaridad”. Cierto que en algunos momentos parecen intercambiables (de tan unidas), especialmente a ojos de los demás, pero ¿gemelas? Pues va a ser que no.

Y sobre el título, Divisadero, que se menciona en un determinado momento por Anna:
 

Procedo de Divisadero Street, relacionada con la palabra española “división”, la calle que en otro tiempo era la línea divisoria entre San Francisco y los campos del Presidio. O quizá venga de la palabra “divisar”, ver desde lejos.
A falta de más explicaciones, me quedo con ambas (división y divisar), si bien en castellano la palabra “divisadero” tiene más relación con observar, mirar a lo lejos, que con división. Pero en el fondo nos vamos a encontrar con vidas divididas, observándolas desde cierta distancia, quizás desde un mirador que nos permita atisbar un amplio paisaje y un no menos amplio espacio temporal.

No voy a escatimar los inconvenientes que esta lectura puede provocar en algunos lectores: no es una estructura lineal; la prosa es exquisita pero puede ser tachada de rebuscada. Digamos que es poética, no en vano Ondaatje es también poeta. Y, por último, si esperas ver, como si de una radiografía se tratara, cómo Anna encontrará en la literatura y en la biografía de Lucien Segura (el escritor) la manera de conciliarse con su pasado, entonces pasa de largo. La sutileza de Ondaatje es de tal calibre que hay que hilar muy fino para llegar a esa reconciliación. Que llegas, sí. Pero lo haces por la experiencia personal que te lleva a percibir y vivir la literatura como un arte que puede conciliarte con la vida. O todo lo contrario. La literatura sana, y también clarifica.

Dicho todo esto, he disfrutado de esta lectura en cada página y en cada una de las historias de las muchas que contiene el libro. Porque no es la historia de Anna, es también la de Claire, la de Coop, la de Lucien Segura, la de Rafael, la de Aria, la de Marie-Neige…

Porque si no saqueas el pasado, esa ausencia se alimenta de ti.

Vidas cruzadas, vidas que se cruzan sin cruzarse, el entramado que une vidas separadas, que en algún momento han estado juntas, quizás durante un tiempo, corto o duradero, o que se entrelazan por detalles. Divisadero es un libro generoso, un libro que contiene varios libros, varias historias, varias vidas. Historias que se ramifican, historias inconclusas, lo que no a todo el mundo satisfará, deseosos de que los círculos se cierren y las historias sean redondas. Pero como en la vida, no todas las historias terminan, ni se cierran, ni se resuelven. Así es el pasado, a veces sin solventar, que muchos arrastramos.

Todos los personajes que aparecen tienen profundidad, una profundidad que va más allá de su clase social, hasta el analfabeto Roman, trabajador y poco hablador, tiene un calado que en cierta forma lo ilumina. Esa luz que aporta Ondaatje a sus personajes tiene mucho que ver con la naturaleza, los paisajes en los que se desenvuelven y viven, que dan forma a esas personalidades, les dan ese matiz luminoso. Todos tienen identidad propia, aunque algunos la estén buscando en los demás, en sí mismos, en su pasado...

Las primeras páginas de este libro servirán de filtro, quien continúe con la lectura se sumergirá en todas y cada uno de los paisajes y personajes sobre los que Ondaatje nos contará y quedará satisfecho del camino, deseando que no se termine. Quien no se encuentre lo suficientemente cómodo y no divise lo que contiene esta lectura, cerrará el libro y lo dejará aparcado.

En la novela Ondaatje menciona una frase de Lucien Freud: "Todo es biográfico, todo es collage". Y no creo que haya una frase que describa mejor este libro. Una composición hecha de distintos materiales (personajes, paisajes, libros, referencias, poesía, épocas…) que si bien no consiguen del todo mantener un tono unificado sí que deja en mí una lectura muy satisfactoria. Mucho.
 

Está la presencia escondida de otros en nosotros, incluso de aquellos a los que hemos conocido muy poco tiempo. Los contenemos para el resto de nuestras vidas, sin que importen las muchas fronteras que crucemos.
(©AnaBlasfuemia)

miércoles, 7 de octubre de 2015

Siete casas vacías (Samanta Schweblin)

Páginas: 128
Publicación: 2015
Editorial: Páginas de Espuma
ISBN: 9788483931851
Sinopsis: Las casas son siete, y están vacías. La narradora, según Rodrigo Fresán, es “una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca. Y la cordura, como siempre, es superficial.” Samanta Schweblin nos arrastra hacia Siete casas vacías y, en torno a ellas, empuja a sus personajes a explorar terrores cotidianos, a diseccionar los miedos propios y ajenos, y a poner sobre la mesa los prejuicios de quienes, entre el extrañamiento y una “normalidad” enrarecida, contemplan a los demás y se contemplan.
IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero
Puedes empezar a leer AQUÍ



Qué grata sorpresa. Que un libro te arrastre así, sorprendiéndote, haciéndote surcar entre líneas, por aquello que no está escrito, lo que no lees, más que por las palabras escritas y por lo que lees. Lo que se insinúa. Empapándote de lo que transpira en cada página.

Lo cotidiano podría ser sinónimo de tranquilidad, de confort, de seguridad. Pero atravesando lo rutinario, detrás de cada gesto y cada palabra aparentemente baladí, intranscendente, está la esencia que circula por nuestras venas. Los miedos. Podemos decir pérdidas, soledades, incomunicación, engaños, decepción, incomprensión, deseo… pero siempre es lo mismo: miedo.

Por eso estas siete casas están vacías, aunque estén ocupadas, aunque haya personas que las habiten. Porque el miedo lo vacía todo, a nosotros mismos en primer lugar.

No tenía muchas referencias de Siete casas vacías, ni de Samanta Schweblin, pero en cuanto vi las personas que formaban parte del jurado que le concedió a este libro el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero no lo dudé. Hay premios y premios, y hay jurados y jurados.

Por otro lado tampoco me preocupaba que fuera un libro de relatos o cuentos o textos breves o como sea que se quiera etiquetar. Sé bien que los buenos libros, las buenas lecturas, las buenas historias, se puede encontrar en cualquier género. Sé que sea en un libro kilométrico, en una sola frase, en un poema, en un texto corto, en una imagen… puedo encontrar algo que me agita, que me espejea, que me pregunta, que me responde, que me estremece, que me hace vibrar. Sé qué es lo que busco, reconozco todo lo que me zarandea y necesito, aunque no sepa dónde encontrarlo. Y cuando lo tengo delante sé que no renunciaré a ello. Jamás.

Aunque intuía que Siete casas vacías sería una buena lectura, sin embargo me ha dado mucho más. Ese tipo de lectura me atrae de la misma forma que las almas gemelas se embelesan entre sí, libros que seducen por lo que sugieren sin recurrir a lo explícito, al desmenuzamiento, a lo rocambolesco, al invento, a lo retorcido. Lo complejo atravesando lo simple, mostrando lo cotidiano de forma que desnuda todo lo que oculta. Esbozos que luego la mirada de quien lee tiene que perfilar, dar forma, completar.

Libros valientes que no buscan lo fácil, y lo fácil ahora está en los escaparates de muchas grandes librerías. Pero lo mismo que las librerías valientes, pequeñas, independientes, amantes de la buena literatura, están en una lucha constante por sobrevivir a la venta rápida, superficial y cómoda, los libros valientes también tienen su propia lucha por sobresalir en el maremágnum de libros que nos invaden. Libros y autores que buscan sus lectores, lectores que buscan sus libros, sus autores, en una marea de tamaño tsunami en la que no todo es lo que parece y no todo lo que parece es literatura. Pero cuando libro, autor y lector se encuentran, zas, hay una energía que es brutal e íntima. Qué bien.

Hay muchas cosas que me han seducido de esta lectura, además de esos miedos que palpitan invisibles en lo cotidiano. Están las fronteras. En este caso las fronteras entre lo que es "normal" y lo que no lo es, ese frágil contorno que separa lo aceptable de la locura, lo habitual de lo extraño, lo común de lo raro, lo  normal de lo excepcional, lo inocente de lo perverso... También que se apele a que hay una locura que no es insana, que a veces lo insano es lo “cuerdo” y lo más real está al otro lado de los límites que no atravesamos. Y todo esto contado, transmitido, de una forma sutil, sencilla, creando la atmósfera necesaria para ver más allá, para intuir, para sentir lo que late en lo que no ves.

Siempre me rindo ante los libros que no me dejan indiferente. Y tengo que contarlo. Y es que, lo sé, este no es desde hace tiempo sólo un espacio en el que cuento lo que leo, sino que ya es un cuarto propio en el que me cuento a través de lo que leo, e incluso de lo que no leo.

Así me doy cuenta de qué es lo que quiero. Quiero que revuelva. Quiero que mueva nuestras cosas, quiero que mire, aparte y desarme. Que saque todo afuera de las cajas, que pise, que cambie de lugar, que se tire al suelo y también que llore.
©AnaBlasfuemia

viernes, 2 de octubre de 2015

Un buen hijo (Pascal Bruckner)

Título original: Un bon fils
Traductor: Lluís María Todó
Páginas: 224
Publicación: 2014 (2015)
Editorial: Impedimenta
ISBN: 9788415979593
Sinopsis: Un buen hijo es la historia de un amor imposible, el intento de Pascal Bruckner de ajustar cuentas con su propio padre, un fascista autoritario que es a la vez un hombre culto y de firmes convicciones. Semejante conflicto filial da paso a una maravillosa novela de formación, personal e intelectual, de quien es uno de los escritores más sólidos y controvertidos del panorama actual de las letras francesas. El hijo adulto se enfrenta en primera persona y sin ningún tipo de máscara narrativa a un personaje por el que siente, a un tiempo, rechazo y compasión, en un relato que nace del odio pero que va adquiriendo un inesperado y reconfortante tinte de ternura y que finaliza con un sorprendente giro que nos lleva a pensar que no es posible juzgar de manera absoluta los comportamientos ajenos.
Le suplico que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche. Un freno que falla en una cuesta, una placa de hielo, un árbol, lo que Le parezca mejor. “Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate.”

Desear la muerte de alguien de tu misma sangre marca mucho a quien lo desea. Me consta. Qué es lo que te hace ansiar la muerte de un familiar, padre, madre, hermano, hermana, hijo, hija… es ya una historia de cada cual, una maquinaria diabólica que en algún momento se pone en marcha y que condicionará, para siempre, tu existencia. Una jugarreta endemoniada de la vida.

No todo lo que se desea se cumple. En realidad casi nada. Así que Pascal Bruckner tendrá que atarse los machos y aprender a convivir con su deseo no cumplido y, por tanto, con su padre. Y su padre tiene una serie de atributos difíciles de digerir: antisemita, maltratador, nazi, dictador, racista… Una joya. La única forma de convivir con alguien así es ser igual que él, un ser nauseabundo y despreciable. Pero Pascal Bruckner no lo es. Como todos, tiene sus propias miserias [más que Un buen hijo, quizás el libro tendría que haberse titulado El mal padre que me tocó en (mala) suerte] pero entre ellas no está el mirar a otro lado: se revolverá y rebelará contra su propio padre y lo que representa.
Los padres violentos tienen una ventaja: no te atontan con su dulzura y sus arrumacos, no juegan a ser hermanos mayores o amigos tuyos. Te despiertan como si fueran una descarga eléctrica, te convierten en un eterno luchador o un eterno oprimido. El mío me comunicó su rabia: le estoy muy agradecido. El odio que me inculcó también me salvó. Lo volví contra él como un bumerán.

Hay una terrible violencia que traspasa la lectura: la que provoca “observar” la brutalidad existente en el espacio íntimo que es una familia. Una ventana a la que asomarse provoca un sonrojo terrorífico. Pero es una ventana que Bruckner ha querido abrir y mostrar. Por otro lado, es una radiografía clarividente y cruel del comportamiento de un maltratador y cómo lo viven sus víctimas.

En el caso de la madre, me impacta reconocer una vez más el mismo recurso: mirar a otro lado, callar. Como si así todo desapareciera. La incomunicación instalada como una cicatriz imborrable. Lo que no se habla no existe. La sumisión.

Tu padre es tan fuerte, tiene tanta energía…
No, mamá, es tu debilidad lo que lo hace fuerte.

En esta aterradora historia de miserias humanas se pone sobre el tapete lo más mezquino de las personas, del maltrato y sus secuelas. Y las contradicciones con las que vivimos, fruto de la debilidad. Hay que ser muy, pero muy fuerte, para asumir esas contradicciones y no dejar que nos empequeñezcan.

Juraba vengarme. Pero también quería agradarle, ganarme su aprecio, asombrarlo.

Y no se puede ignorar el daño que hizo, que hace, la religión católica en esa situación dócil ante el maltratador. El juego cruel del sentimiento de culpa, una losa con la que el catolicismo contaminó y maniató a los creyentes, dejando sin argumentos a las personas sobre las que el miedo provoca un efecto paralizante.
El auténtico secreto de familia no es el que se calla, sino el que todo el mundo conoce. Está sobreexpuesto y, por lo tanto, resulta imperceptible.

Esta frase es tremenda, porque refleja una realidad aplicable a muchas situaciones. Los secretos pasan más desapercibidos cuanto más a la vista están. ¿Por qué? Por la habilidad humana de mirar a otro lado ante aquello que nos incomoda o inquieta o es incompatible con nuestro confort emocional. No miro. No existe.

Los libros me han salvado. De la desesperación, de la estupidez, de la cobardía, del tedio.

Bruckner es escritor. Escribir, leer, le salva. Por si alguien dudaba que los libros sanan. No me cabe duda de que este libro es imprescindible para Bruckner, como forma de repararse a sí mismo y reestablecer la relación con su padre, y también para todos aquellos lectores a los que no les guste retorcer el cuello como un avestruz. 

La segunda parte del libro da un giro, se aleja más del impacto emocional y se aproxima a la reflexión, quizás un reflejo de la búsqueda del propio Pascal Bruckner por entender. Hasta en determinados momentos la imagen del padre parece dulcificarse, suavizarse. Para ello Bruckner busca en el contexto, en el entorno social, político y cultural francés. Una mirada crítica a su propio país, que es a la vez una mirada crítica a su padre. Las contradicciones que encuentra a su alrededor no dejan de ser un reflejo de las propias contradicciones que siente Bruckner por su padre hacia el final de su vida, un padre hacia el que no puede evitar sentir cierto afecto, un afecto distante y frío, pero afecto. Es un libro duro, pero también equilibrado, sincero y generoso.

La impactante e increíble revelación final no deja de ser una muestra más de que el destino es un jugador tan inteligente como complejo y feroz.

Llega un momento en que las relaciones con una persona son tan enrevesadas que ya no puedes distinguir entre el amor y el deber.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Tworki. El manicomio (Marek Bienczyk)

Título original: Tworki
Traductora: Maila Lema Quintana
Páginas: 224
Publicación: 1999 (2010)
Editorial: Acantilado
ISBN: 9788492649396
Sinopsis: Sí, la historia es real, muy real. Hubo una guerra, Polonia fue ocupada por las tropas alemanas en septiembre de 1939 y los nazis tomaron el poder durante seis años, hasta el invierno de 1945; también, durante la ocupación, hubo trabajo, amores, tráfico, redadas y trenes que llevaban a los polacos a trabajar como esclavos al Reich. … También existió el hospital de Tworki, que aún hoy sigue abierto, y aún hoy decimos “éste está para Tworki”… Sí, la historia es real, demasiado real. También existió un cielo azul, otras veces lluvioso, como existió la carta de S.; una carta escrita a lápiz… A veces me preguntan si toda esta historia fue real. Sí, respondo, la historia es real, hubo una guerra, millones de personas perecieron, otras sobrevivieron.

Una carta puede precipitar un alma al abismo de la desesperación o encenderla con la llama clara y cálida de la felicidad, y puede sanar al corazón con el mejor de los remedios, la esperanza.

Hay libros que, inevitablemente, pasan a formar parte de tu propia biografía. Que al recordarlos evocas el cuándo, el cómo (te sentías), aquello por lo que pasabas y vivías. Este libro tendrá ese vínculo conmigo. Un vaso comunicante con mi momento. No tanto por lo que cuenta, sino por el momento en el que lo leí y porque después hubo un abismo de esos que padecemos los lectores de cuando en cuando: coger un libro y volver a dejarlo en la estantería. Crisis lectora. En mi caso vinculada a una crisis personal, existencial. Pero eso no importa aquí, que vengo a hablar del libro, y además sé que si vuelvo a escribir de libros, volveré a leer.

Tworki es un libro difícil, muy difícil, de comentar. Es un libro absolutamente diferente y original. Muchas veces hablo aquí de literatura, para diferenciar los libros que lo son de los que no lo son (literatura). La literatura es arte (y el arte es alma) y no todos los libros lo son. Desde luego no soy nadie para juzgar qué libro es literatura, cuál es basura, cuál es entretenimiento, cuál es mágico, cuál es puro marketing. Pero sí puedo opinar, ser consciente de qué libros están en un lado u otro de una balanza imaginaria y abstracta con varios platillos en los que voy colocando mis lecturas.

Este libro estaría en la balanza de libros que sorprenden por el cómo están escritos. No me ha agitado como persona, pero sí entusiasmado como lectora que aprecia lo que un escritor es capaz de hacer y construir con las palabras, y como alguien que admira la belleza en cualquiera de sus múltiples manifestaciones. Muchas veces se recurre a la expresión “prosa poética” para hablar de textos llenos de lirismo pero en los que no se recurre a los aspectos más formales de la poesía. Curiosamente en Tworki sí encontramos a veces esos elementos formales, especialmente la rima, porque además así se expresan algunos de los personajes. Jamás me he encontrado con un libro en el que la expresión “prosa poética” fuera tan tan tan certera.

Lo he leído despacio, muy despacio. En muchas ocasiones en voz alta. Porque así pide ser leído. Degustándolo, yendo hacia delante y hacia atrás, paladeándolo, saboreándolo. Contemplándolo como si fuera un cuadro de Dalí, Klimt, Van Gogh… como si fuera arte. Deteniéndose en cada detalle, cada párrafo, cada frase, viendo cómo las palabras se juntan, se disuelven, se combinan, encajan, se arriman unas a otras de formas inverosímiles y el resultado es… belleza.
¿No te has planteado nunca qué poco sitio hay para la bondad en este mundo? Qué fenómeno tan raro entre la gente es la persona. Una persona que tenga alma. Y el alma es cabeza y corazón. Sobre todo corazón. El corazón.

No he hablado de qué va el libro. Sonia, una joven judía que trabaja en Tworki, un manicomio, se entrega a la policía alemana durante la Segunda Guerra Mundial, dejando una carta de despedida que es con la que se inicia el libro y que es una carta que existió en realidad, como es real la existencia del manicomio Tworki. Como fue real la guerra y que dentro de ella hubo espacios en los que había treguas, islas ajenas a la crueldad del exterior. Y de eso habla Tworki, de esos paraísos creados gracias a la magia y el amor de las personas, aunque sin permanecer ajenos a la realidad que les rodeaba. Cielos dentro de infiernos. Porque la realidad, como las muñecas matriovska, no es una, contiene muchas realidades dentro de ella, aparentemente separadas unas de otras pero inevitablemente engarzadas.

Sí, hay libros que están vivos, respiran. Y si te los pones cerca del oído sientes su respiración, y las palabras que contienen resultan peligrosamente contagiosas.
Un día se pondrá delante de ti… en el tranvía, en una tienda, en una avenida… y ya está. Sabrás que esa persona es la tuya. Y es entonces cuando te nace un corazón para la vida y para la muerte. Será entonces cuando todo cobre sentido. Habrás logrado tu objetivo: vivir para alguien, vivir para una persona. Una persona puede dar más que todas juntas.

No es un libro fácil, cierto. No gustará a muchos lectores a los que sólo les atraiga la historia que contiene el libro. Porque el cómo se cuenta la historia se devora a la historia en sí, y si no eres consciente de ello y lo aceptas y disfrutas de ese juego de palabras, de esa forma de construir con las palabras, entonces lo abandonarás a las pocas páginas.

No haría justicia si no me arrodillara ante Maila Lema Quintana, traductora del libro y cuyo trabajo debió arrancarle muchas gotas de sudor. Magnífica traducción de un libro que posiblemente no sea fácil de leer ni en su idioma original. Gracias, Maila.

Porque la memoria es necesaria, cada 1 de agosto Varsovia se detiene durante un minuto conmemorando el Levantamiento de Varsovia, en el que fallecieron 200.000 polacos. Lo hacen así:


Sabes, es que me gustaría hablar contigo de todo, pero de todo, contarte tantas cosas.