martes, 28 de julio de 2020

El coleccionista (John Fowles)


“Pero todo el mal que existe en el mundo se ha producido precisamente así: por acumulación de gotas. Sería absurdo decir que no tienen importancia las pequeñas gotas. Las pequeñas gotas y el océano son exactamente lo mismo”

Uno de mis mayores sufrimientos de niña era ver que alguien mataba una mariposa. Creía, más que en cualquier otra cosa, salvo en la inmensidad del mar, que cuando se mataba una mariposa al día siguiente el cielo lloraba y llovía. Una lluvia triste y empapadora. Por eso la lluvia me llueve siempre. Por eso me inquieta quienes atrapan mariposas, las encierran y las dejan morir. Por eso hace años leí este thriller sobre un coleccionista de mariposas. Y vete tú a saber la razón pero ahora he vuelto a releerlo.

Alternando puntos de vista (secuestrador y secuestrada), Fowles vuelve a espeluznarme en esta relectura. Me pregunto qué me inquieta pero es una pregunta retórica, conozco la respuesta: la ignorancia del protagonista del daño y dolor que causa a su víctima, permanecer ajeno al mal que uno mismo causa, indiferente a las consecuencias de sus acciones, la lejanía con el otro, la condescendencia con uno mismo.

Las excusas del protagonista me repelen profundamente de la misma forma que me admira la capacidad de Fowles para dotar al protagonista de una consistencia real, así como para traspasar esa atmosfera claustrofóbica al lector, hasta el punto de apreciar con agradecimiento renovado cada gesto sencillo de libertad que poseemos, como poder abrir una puerta y atravesarla.

Quizás sea una gran habilidad de Fowles plasmar con aparente sencillez esos dobles raseros de la realidad o esas realidades que conviven en una misma supuesta realidad. Y desde esa sencillez para transmitir todas esas aristas profundas en la psicología de ambos personajes (el deseo de poseer, la lucha por la supervivencia) Fowles construye con maestría una mente capaz de construir una realidad paralela, una mente en lucha por la que, en algún momento, llegamos a sentir pena. Y eso es lo que realmente me turba.

La intertextualidad entre “El coleccionista” de Fowles y “La tempestad” de Shakespeare es puro deleite y un regalo para el lector.

“Te perdono”

miércoles, 22 de julio de 2020

Da dolor (Pilar Adón)



“Lector que asumes estos versos
has de saber que su autora es una bestia innoble
que no puede callarse. Que escribe
sobre entrañas y personas decentes,
y despierta cada día dentro de una cabeza
derramada en chirrido.
Que entrega
y delata a los que más quiere,
sin borrar nada, perder nada,
midiendo el valor de una vida
por los libros leídos,
los libros escritos.
Su nula dignidad
y su poca ética”

Llego a este poemario despacio. Antes, lo mantuve cerca y lejos a la vez. Sé que lo importante no requiere premura, sino paciencia, espera y un tiempo sensible, casi compasivo. Sé, también, que Pilar se encripta en sus novelas y se desarropa en su poesía.

Es una poesía eufónica la de Pilar, con una musicalidad trabajada y pulida. Y eso, cuando en lo que lees hay entrañas volcadas en versos, me habla de corrientes profundas y abisales del alma, corrientes en las que las palabras se convierten en una circulación termohalina personal y universal, una íntima cinta transportadora de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro.

Atravesada por la literatura, consciente de sus raíces (literarias y personales), generosa y consciente de su propio rizoma (en su acepción botánica y filosófica), cede siempre espacio para mencionar algunos de los filamentos que componen su fibra, en esta ocasión a Dickinson, Sand, Hamsum, Anne Carson, Flannery O’Connor, Thoreau, Plath… aportando así, además, una guía literaria.

Lo espiritual que veo en ti, querida Pilar, no es miedo ni pena, sino todos los sinónimos posibles de humanidad: piedad, caridad, afabilidad, sensibilidad, consideración… También naturaleza, ética, honestidad. Una honestidad tan brutal que tu antiguo y titánico empeño (pedir perdón) se adhiere a ti como una segunda piel.

“No dar con una respuesta racional
y a la vez compasiva:
he ahí la peor tortura”

Me inventé el verbo “espejear” para expresar esta emoción de leer a otros sabiendo que lo leído y lo sentido, lo leído y lo que soy, conectan entre sí como moléculas diatómicas, un ecosistema natural que fluye sin necesidad de añadidos ni explicaciones. Cuando leo a Pilar, espejeo.

No, Pilar, tu acción no es la inacción. Tu acción es la poesía. No te disculpes por ello. Me atrevo a decir, incluso, que no te disculpes por nada.

“Da dolor” es una conmoción que cobija.

“AHORA QUE NO ME PREOCUPA mi soledad
porque me absorbe la de ella.

La soledad que
                        yo
                        genero en ella”

lunes, 20 de julio de 2020

Personajes desesperados (Paula Fox)


“Había  un eco en el aire, una pulsación peculiar, como de movimiento interrumpido. Naturalmente, era la hora, la luz, su cansancio. Sólo las cosas vivas hacen daño” 

No creo en la perfección absoluta (cada vez creo menos en los términos absolutos), así que no me arriesgaré a decir de esta breve obra que es perfecta, pero sí que no hay nada en ella que sobre. Y esto es así no únicamente por la prosa que te atrapa como una enfermedad insidiosa, de forma lenta e irremediable, sino también por todo lo que sugiere en los silencios, en los detalles, en los diálogos. 

Un incidente aparentemente sin importancia (un gato muerde a Sophie) sirve de detonante para ir mostrando una relación tensa, una incomunicación, un individualismo y deshumanización que confirman el deterioro tanto de una sociedad como de una relación de pareja, pero también de la propia Sophie, que comienza a quebrarse con ese daño que sólo provocan las cosas vivas. 

A partir de la mordedura, Sophie despliega un catálogo de reacciones: autocontrol, negación, vergüenza, evitación, revelación… De forma aguda, afilada y muy sutil Paula Fox nos va mostrando que sobre toda superficie late lo ausente y lo callado, como si el pensamiento empujara para materializarse y poder entrar en contacto con el exterior, necesitando evidenciar la existencia de aquello que no se ve ni se dice. Y aquello que se dice no es falso, solo es una verdad a la deriva que finalmente nos hará naufragar como personajes desesperados en busca de trama, autor, escenario. 

La suma de pequeños desastres, inofensivos uno a uno, pero catastróficos al encadenarse unos a otros, harán zozobrar a Sophie, dejándola expuesta y fragmentada. Hay una profundidad en los pequeños gestos que no solemos tener en cuenta, aunque son muy reveladores de la honestidad de las personas. Si fuéramos más observadores de lo minúsculo, lo callado, lo pequeño, obtendríamos una radiografía nítida y real de aquellos que nos rodean. 

“Personajes desesperados” muestra una realidad que no nos es ajena ni lejana, con una detallada profundidad psicológica de los personajes que casi roza lo insolente. Grande. 

viernes, 17 de julio de 2020

Falconer (John Cheever)


“Vio que había perdido el miedo a caerse y todos los demás miedos de la misma naturaleza […] Alégrate -pensó-, alégrate”

Para perder los miedos hay que volver a nacer (remorir y renacer) y que te lleven en brazos como un niño inocente, aunque no seas un niño ni inocente sino un drogadicto condenado en la prisión de Falconer por asesinar a tu hermano. Ese es Farragut.

O eso creemos que es Farragut: un indeseable drogadicto y fratricida. También profesor universitario y lector de Descartes. ¿Qué nos va a contar este personaje? ¿Qué vamos a esperar de él, si ya le hemos juzgado y condenado? ¿Podemos esperar e incluso desear su salvación? Cheever cree que sí, que Farragut puede liberarse y salvarse. ¿Cómo?

Leer siempre es un esfuerzo. Te esfuerzas en entender al protagonista, su historia, sus motivos, sus actos, sus omisiones. El esfuerzo será en vano si no vamos más allá de los hechos y no entramos en las negras suturas que necesitan un foco de luz para palpar su textura, ese entramado de raíces que hay que diseccionar con ferocidad pero también con compasión. Cheever, liberando sus demonios y con una prosa granítica, quirúrgica y satírica nos desmenuza el infierno del que está hecho Farragut.

Cheever pone encima de la mesa sus propios fantasmas: homosexualidad, adicciones, religión… Nos habla de la condición humana y sus múltiples ramificaciones desde una perspectiva bíblica, a través de una historia de resurrección y liberación en donde la cárcel no es únicamente muros, puertas y rejas, sino el confinamiento del alma humana. Y Cheever lo hace de una forma abierta, surrealista y multidimensional en una novela tan extraña como extraordinaria y con una calidad literaria magnífica.

Todo se vuelve más liviano cuando confiamos en nosotros mismos. Esa es la libertad. Alégrate.

lunes, 13 de julio de 2020

El mar que nos rodea (Rachel Carson)


“Es ésta una de las paradojas de las actividades geológicas de las tierras y de los océanos: que a causa de un fenómeno, al parecer tan destructivo y de naturaleza tan catastrófica como es una erupción volcánica, pueda producirse un acto de creación”

Esa paradoja que ¡tanto! nos cuesta entender: que de algo demoledor y trágico pueda surgir la creación y, con ella, la belleza. Los mares y océanos contienen todas las claves, sólo hay que descifrarlas. Y si alguien interpretó y describió esas claves y ese lenguaje del mar que nos rodea con inteligencia, sensibilidad y una pedagogía impecable, esa es Rachel Carson.

El ser humano nunca domesticará a la naturaleza. Nunca nos ha necesitado para crear su propia obra. Y a su generosidad, ese espectáculo majestuoso de vida y muerte, de belleza y crueldad, respondemos con la violencia del conquistador, con la soberbia de la barbarie.

Hubo un tiempo en el que una gran marea de materia terrestre parió la luna, que los primeros seres vivos no llegaban a ser ni vegetales ni animales. Hubo un tiempo en el que, por primera vez, el Sol brilló sobre el mar. Hablamos del planeta Tierra. Nuestra casa, hogar, nido ¿Cómo se formaron los océanos?, ¿la vida? Si alguien puede darme ese lenguaje es Rachel Carson y sus majestuosos conocimientos científicos y marinos, su vasta sensibilidad respetuosa y honesta.

Somos hijos del mar, “cada uno de nosotros inicia su vida individual en un pequeño océano dentro del útero materno”, por eso añoramos el camino que nos lleva allí. Por eso leer a Carson es llenar los ojos de mar, de mareas feroces, del centelleo de sus luces y del pálpito de quienes lo habitan. Carson describe con una voz tan nítida que es como estar allí donde describe.

Carson habla, por ejemplo, de la corriente del Golfo como una corriente “relativamente joven, apenas tiene unos sesenta millones de años de existencia”. Y ahí está la brújula que necesitamos: que la historia humana es muy breve en relación a la historia de la Tierra y los mares y océanos. Brevísima e insignificante. Y eso no nos da ningún poder, al contrario, debiera darnos una humildad de la que estamos muy carentes.

Hay un misterio indescifrable en el mar. Y un vocabulario en torno a mares y océanos que es pura poesía: petrel, diatomea, abadejo, pecio, cardumen, latimeria, medusa, albatros, quisquilla, anjova… El mar, la mar, el único lugar en el que hay caballitos y caballas, peces que vuelan y aves que nadan. Que muestra su belleza sin ocultar su peligro.

Una lectura imprescindible para muy amantes del mar, la ecología y la biología marina.

viernes, 10 de julio de 2020

El hombre jazmín (Unica Zürn)


“Pero ella ya empieza a caer en el abismo de una nueva y profunda depresión, como si ésta fuera la ley de su enfermedad. Unos cuantos días fabulosos, unas cuantas noches con las estremecedoras experiencias de la alucinación, una breve euforia, la sensación de ser extraordinaria, y después, la caída, la realidad, el desengaño”

Vuelvo a Zürn seis años después, en una especie de círculo imposible de cerrar porque si lo cierro me atrapa dentro. Dentro es afuera, fuera de la vida. Zürn me cruje como un oso aplastando las costillas de un bebé con un abrazo tan lleno de amor como de exceso. Intento encontrar las palabras y no las tengo, me desborda la lucidez de su locura que me deja sin aliento y llena de dolor, comprensión y compasión.

Leer a Zürn es sentir el grito subiendo y bajando en la garganta, no encontrando un lugar en el que hacerse voz ni palabra, un torrente en los ojos impelidos al desbordamiento. Quizás habrá quien haya escrito sobre su propia esquizofrenia con más lucidez, que lo dudo, pero nadie me conmueve y sacude con tanta ternura como ella.

Vuelan las palabras en la voz de Zürn buscando lo perdido, como ave de paso que anida en el aire y no encuentra lugar donde reposar. Tan grande para este mundo. Sus descripciones afiladas, virtuosas, intensas. La memoria de Zürn era un rio de basura que no calmaba ni curaba. Cómo iba a encontrar el principio si solo veía el final y sus delirios eran una adicción, agua que saciaba su sed.

Sometida a la imposición de ser ella misma, perdida en la frontera entre realidad y alucinación, oyendo recitar a un poeta en su vientre, pariendo una Alemania sin muros, viendo todo, en conflicto constante con la sociedad, aturdida por la vida, creyendo en milagros con la intensidad de los niños, queriendo plantar árboles de pan para acabar con el hambre…

No me gusta ver la locura como algo bello, pero la mirada de Zürn lo era porque su alma era pura y cristalina, niña herida por la vida que se mató por querer vivir. Esa gran contradicción ¿no?: morir por querer vivir, tanto. Tanto. Tanta vida.

Escondo sensaciones y este remolino que siempre me provoca Zürn porque elijo vida viva una y otra vez.

martes, 7 de julio de 2020

Historias falsas (Gonçalo M. Tavares)


“Sin embargo, por mucho que se ande, lo que se anduvo permanece en el cuerpo: se llama cansancio, fatiga o memoria”

Historias falsas para narrar una verdad desviada con nombre propio: Historia. Historia de la filosofía. Ficción, realidad, mito o alegoría. Estas pequeñas historias falsas de Tavares nos cuentan cosas, me las devoro como pildoritas que me salvan la vida porque ya decido qué es lo que me la salva y qué no.

Tiro de las notas en las páginas de cortesía para que compongáis de nuevo vuestra propia historia:

No copiar ni imitar para ser una misma: copiar destruye el original.

El amor es una hipótesis (el amor como deseo o ilusión y, por tanto, irreal).

La muerte como regreso (¿verdad o mentira?).

La sabiduría ha de ser audaz. Adiós a la zona de confort, el confort es una historia falsa.

No es lo que se sufre ni cuánto, es el cómo.

El valor como energía (impulso, impulso).

Imitar la verdad (¿destruimos entonces la verdad?).

Utilizar la fuerza propia para que los otros NO la pierdan ni pierdan ni se pierdan.

El 1 es un puesto (la soledad).

El asco para olvidar el amor.

No se puede volver a llenar el vaso con el agua que ha caído o has tirado al suelo (¡toma ya!).

Aprender lo sencillo y lo inocente de la sencillez y la inocencia.

Responder después de un silencio (pausa). Solo se aprende si llegas a la verdad (aprehender), aprendes si aprehendes.

Creer es la mayor de las inteligencias.

No huir, sino recibir.

Cuanto se puede aprender con poco ¿verdad? Con cada una de estas pildoritas de Tavares podría escribirse una historia… ¿falsa?

Como nos dice incansablemente Irene Vallejo Moreu: leamos. 

miércoles, 1 de julio de 2020

Berg (Ann Quin)


“¿No existe un instante atrapado entre dos estados de ánimo, ese espacio interior, al margen de la vida, al igual que de la muerte, en que el sol se encara sin parpadear, en que la eternidad yace dentro de uno mismo, sin divisiones de ningún tipo, solo una serie de motivaciones circulares?”

Este libro es como un reloj: una frase es un tic, otra un tac. Tictac. Un párrafo, tic; el siguiente, tac. Tictac. Una descripción, tic; otra descripción, tac. Tictac. Como esos relojes tan diminutos que casi son invisibles pero absorben toda la acústica y no puedes evadirte de ese tictac.

Te taladra, tictac, los nervios en la punta de los dedos, tictac, pero a la vez te atrapa como una melodía cautivadora e hipnótica. Tictac. Da igual que quieras silenciarlo, tictac, aunque te inquiete, tictac. También posee la atracción de lo que se repite. Tictac. Y lo que se repite termina por ser circular, termina donde empieza, empieza donde termina. Tictactactic.

Si el pasado hace el futuro o el futuro es un pasado inevitable y condenado a repetirse: TIC. Si nuestra vida se retuerce, obstinada en volar una y otra vez en la misma dirección: TAC. Si las expectativas propias o las ajenas resultan ser cuerdas tensadas entre la culpa y el miedo: TIC. Si hay un fetichismo perverso en cada uno de nosotros: TAC.

Berg no resuelve sus conflictos. No hay tragedia griega que no se escenifique hasta el agotamiento, somos personajes dispuestos a subir al escenario y representar una y otra vez el drama de convertirnos en aquello que repudiamos y adoramos simultáneamente.

Con un estilo narrativo que experimenta con la ortografía y la sintaxis y que es un eco personal de otros (Kavan, Woolf, Beckett) pero que se mantiene como propio, con la habilidad de una experta ventrílocua que da voz a diversos personajes sin apenas mover sus labios, con un protagonista indeciso y con una prosa que oscila entre el acero y la pluma pero tan poderosa que forma parte indeleble de la trama… se me hace un misterio cómo es que esta autora estaba sin traducir hasta ahora. Quiero más Ann Quin, lo quiero todo.

Por cierto, el mejor resumen de “Berg” está en su interior: “¿Cuándo el principio, dónde el final?”

domingo, 28 de junio de 2020

Blasfuemiada


Que tal vez para volar se necesiten alas y para correr pies. Pero si la realidad no importa, como no importa todo aquello que puede ser o no, entonces a mí me basta el regalo de captar el momento para saber que, sin alas ni pies, puedo volar sin necesidad de correr. En el pacto conmigo misma, la perversión tiene forma de reloj y la virtud es una aurícula atenta al flujo de la vida.


jueves, 25 de junio de 2020

Estamos en el borde (Caroline Lamarche)


“Las personas atormentadas por un duelo irreparable ya no creen en el futuro. Pero sí en la imaginación, de donde nacen las historias más descabelladas. Las historias de ella, sin embargo, no inventan otros mundos. Tampoco otros amores. Les basta con ser cómplices de algunas vidas salvajes”

¿Cuándo sabes que un libro te va a gustar de principio a fin? Cuando lo coges como quien no quiere la cosa para ver de qué va, hacerte una idea del contenido, el estilo narrativo… y empiezas a leer una página y otra, y sigues sumando páginas de lectura y se te olvida que ibas a hacerte un arroz a la cubana y ya son las cuatro de la tarde y ni arroz ni cubana, y piensas que tal vez sea mejor hacer una merienda-cena más tarde. Y sigues leyendo porque con este libro regresó el ritmo lector, el hambre voraz, insaciable, de leer, leer y seguir leyendo.

El borde en el que estamos, del que nos habla Lamarche, es un poco las afueras, los márgenes en los que se encuentra lo animal, lo salvaje, las personas que no se dejan domesticar, la buena gente que sufre y se asoma a ese borde porque prefieren las curvas a lo rectilíneo, el silencio al ruido, los lugares que liberan, la naturaleza nómada. Que están hechas de un material refractario a la servidumbre y lo banal, de corrientes profundas y torbellinos identitarios.

La narrativa de Lamarche es cálida y cercana, con un ritmo sosegado y cautivador. No hay sobresaltos pero penetra en ti como cuchillo en mantequilla. Sin encontrar resistencia.

Dice uno de los personajes de estos relatos “Necesito un nosotros en mi vida”. ¿Quién no? Y en la naturaleza, en los animales que la habitan, encuentran ese “nosotros” que nos espejea la imagen que no queremos constatar: parecemos más felices de lo que somos.

Una canción de Eladia Blazquez viene como anillo al dedo para este libro: “Merecer la vida es erguirse vertical, más allá del mal, de las caídas. Es igual que darle a la verdad y a nuestra propia libertad la bienvenida”. En la interacción con los animales nosotros somos los alumnos. Honrar la vida es también respetar y escuchar a quienes mejor nos saben cuidar, que no siempre resultan ser personas. 

lunes, 22 de junio de 2020

Hopper (Mark Strand)


“Los cuadros de Hopper […] sugieren el tono, pero no el contenido. La implicación, pero no la evidencia. Son profundamente sugerentes”

Situarse ante un cuadro siempre es una experiencia solitaria, como situarse ante una ventana abierta al misterio a través de la cual rebuscas en la memoria y en los sentidos. Ver, mirar, siempre es algo complejo.

Hopper y Strand. Imposible pasar de largo por esta propuesta. Los cuadros de Hopper a través de la mirada del poeta Strand. Necesito esa belleza. La necesito ahora. Esa belleza inmutable de los cuadros en la que todo queda detenido. Aquí. Ahora.

Tienen los cuadros de Hopper un halo de espera que, contemplados ahora, parecen reflejar este período de confinamiento del que estamos empezando a salir. Sus juegos de luces y sombras, de exteriores e interiores, la peculiar geometría, la disposición de elementos, provocan una sensación de inquietud que probablemente tenga mucho que ver con que, de alguna manera, las escenas que contemplamos nos impulsan a situarnos en algún lugar de aquello que observamos: o estamos dentro o estamos fuera. Y además debemos precisar ese espacio físico y narrativo concreto del dentro o fuera en el que nos ubicamos.

Los personajes de los cuadros de Hopper miran dentro de sí o hacia el infinito (que es también una manera de mirar dentro de una misma). Y en este libro contemplas esas miradas a través de la mirada de Strand y sientes que el distanciamiento tan presente en las obras de Hopper se hace menos solitario de su mano, más compartido.

Coger cualquier cuadro de Hopper y ahí estaréis. Como dijo en marzo el escritor Michael Tisserand: “Todos somos pinturas de Hopper ahora”. Y Strand ayuda con sus palabras haciendo lo mismo que Hopper con sus cuadros, “dándole forma a la privacidad, otorgándole un espacio donde pueda ser atestiguada sin ser violada”, con un texto muy limpio, puro y respetuoso. Dos narrativas potentísimas (Strand y Hopper, Hopper y Strand).

“El aislamiento puede florecer en compañía de otro”

viernes, 19 de junio de 2020

George Orwell fue amigo mío (Adam Johnson)


“Una sola mirada basta para narrar una historia entera”

A quienes no sois amantes de los libros de relatos, tengo algo que deciros: un buen relato basta para narrar una historia entera. Y si son seis, como es el caso, tendremos seis historias enteras de gran solidez y una hondura impresionante.

Cada uno de los relatos funciona como una arena movediza: el suelo cede y te absorbe. No hay nada sólido que te sostenga, será la serenidad y la calma, el reparto del peso del cuerpo y el impulso inteligente lo que te permitirá salir de cada arena movediza. No es una sensación desagradable, no deja de ser agua y arena, una especie de barro que te empapa y te empieza a pesar. Si entras en pánico, te tragará. Si mantienes la calma, saldrás de la arena movediza. No del todo indemne, nadie sale ileso de un aprendizaje, y menos aún de los relatos de Adam Johnson.

El agua y la arena de estas seis arenas movedizas están hechas de los dilemas y la moralidad de sus protagonistas, de la soledad en la que se encuentran en la encrucijada de sus decisiones, de cómo se aferran a aquello que eligen, de los que nacen, de los que se hacen y de los que eligen, de los finales como una forma de la libertad ante la imposición de acontecimientos no siempre elegidos.

Gracias a la habilidad, fiabilidad y credibilidad con la que Johnson dota a sus personajes, cada uno de ellos ha supuesto un desafío para mi propia conciencia: a alguno de ellos no quisiera cruzármelo en la calle, pero Johnson me mete dentro y lo más fascinante: los entiendo, porque Johnson proporciona a cada uno de su parcela de humanidad. Y eso me inquieta.

“Las cosas más importantes nos las ocultamos a nosotros mismos”, dice la protagonista de “Datos interesantes” uno de los relatos que me noqueó hasta el llanto (más aún al saber que Johnson escribe desde la perspectiva de su propia mujer, que sufrió un cáncer del que se recuperó). Johnson nos muestra en cada relato lo que cada personaje oculta y lo hace con inteligencia y elegancia. Inquietud, perturbación, asombro, desgarro… cada historia deja su huella. Ninguna de ellas será la indiferencia y todas confluyen en el deslumbramiento. 

lunes, 15 de junio de 2020

El Tercer Policía (Flann O`Brien)


“¿Era yo también un mero vínculo en una vasta secuencia de seres imponderables, y el mundo que yo conocía solamente el interior del ser cuya voz interior era yo mismo?”

Hay libros que me desconciertan porque me confunden y no los comprendo y libros que me desconciertan pero que provocan mi admiración. “El tercer policía” me ha desorientado pero también me ha impresionado y admirado.

No es fácil proponer una arriesgada trama narrativa desde el absurdo y lo incomprensible y a la vez mantener la estructura sin que haya un resquicio por el que dicha propuesta se desmorone. Y O’Brien no deja resquicios, es hábil e ingenioso a un nivel inhabitual.

Hay libros ante los que razonar según lo establecido no sirve de nada. Debes de creer lo que se te está narrando. No fiarte de la lógica habitual. La mejor manera de no volverse loca es comportándose con normalidad, como si todo lo fuera (normal) y aunque todo lo que suceda sea absurdo, estrambótico, al estilo de “Alicia en el País de las Maravillas”. Se trata de usar la imaginación y disfrutar de un relato surrealista exquisito, sólido y delicioso, otra dimensión diferente a lo acostumbrado, plagada de descripciones de escenarios y situaciones que parecen indescriptibles pero que O’Brien consigue transmitirte como absolutamente reales, imposibles pero reales.

“El tercer policía” es una novela atípica, indefinible, con una poderosa originalidad que te embriaga y te sumerge en una historia delirante y llena de humor, un juego literario, dialéctico y narrativo con un propósito que parece insondable pero alcanzable para cada lector. Encontrar el propósito de lo narrado, la intención, es un desafío que puedes aceptar o no. Una vez aceptado quizás convengas conmigo que las búsquedas profundas, espirituales y/o intelectuales, son inútiles, inabordables y extenuantes; que las búsquedas infinitas terminan produciendo un profundo deseo de volver a casa y que cada mañana es un día nuevo, una promesa refulgente que nos limpia e ilumina y que ese despertar diario, cada amanecer, es la auténtica eternidad.

“Como todo lo que cuesta mucho creer y lo que es difícil de comprender, es un asunto de lo más sencillo”

jueves, 11 de junio de 2020

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (David Foster Wallace)


“Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan”

Elijo leer a Foster Wallace como algo supuestamente divertido que volveré a hacer. Tenía curiosidad por saber qué puede dar de sí un crucero de una semana de duración a través de la mirada perspicaz de Foster Wallace, en esa acrobacia mental que hace para constatar lo que le rodea haciendo reales a los demás y con esa meticulosidad impecable e implacable tan suya.

Hay cierta sorprendente amabilidad en la extraordinaria forma en que los libros nos eligen porque ¿qué puede interesarme a mí un crucero de lujo en pleno confinamiento? Poco o nada, pero si quien lo cuenta es Foster Wallace, que es capaz de hacer un pulcro análisis de un folleto de publicidad de un crucero convirtiéndolo en un fino análisis sociológico y una crítica literaria inmaculada, que es un experto en intentar comprender el funcionamiento interno de cualquier cosa que os podáis imaginar, pues entonces la lectura se convierte en una experiencia divertida y estimulante.

No sé si se puede decir de este libro que es un ensayo, lo que sí se puede decir es que, sea lo que sea, es divertido. Pero divertido a la manera de Wallace: irónico, analítico, lúcido. Un observador meticuloso, obsesivo y maniático, con una gran capacidad para transmitir de forma mordaz, profunda y brillante a través de analogías potentes y descripciones muy efectivas (que no efectistas)

Quizás pienses que ciertamente un ensayo sobre un crucero de lujo no sea especialmente atractivo, pero si el filtro es la mente de Foster Wallace entonces estamos hablando de otro nivel. Cualquier cosa supuestamente aburrida (la espera para subirse al barco, la descripción del camarote, el folleto del viaje, la limpieza del propio camarote…) se convierte en un ameno y ocurrente ensayo filosófico y sociológico que no elude el hecho de que hay algo fastidiosamente triste en los cruceros de lujo.

Leer en plena pandemia lo absurda que puede ser la sociedad a través de los ojos de Wallace ha sido muy buena elección.

lunes, 8 de junio de 2020

Felicidades, por cierto (George Saunders)


“De lo que más me arrepiento en mi vida es de las situaciones en las que no fui amable”

Tengo sensaciones inquietantes con este libro. Y le digo libro porque lo he pagado como tal, aunque apenas sean un par de folios distribuidos hábilmente para vendernos un discurso de George Saunders en el que reflexiona sobre la bondad.

Si algo necesitamos ahora mismo, a la voz de YA, con urgencia, es bondad, amabilidad ¿Cómo no buscarla? ¿Cómo no querer regalarla, expandirla, contagiarla? Y cómo no querer leer sobre ella.

Y aquí viene mi encontronazo con este libro: me parece muy poco bondadoso vender una conferencia de Saunders llena de obviedades y reflexiones muy simples y manidas como un libro en el que se reflexiona sobre la bondad.

En verdad, y siento no ser bondadosa, reflexiones hay pocas. Consejos para jóvenes, sí. En ese sentido, pueden y deben regalar y leer este texto en las puertas de los institutos: háganlo. Es necesario que el futuro (¡el presente!) esté lleno de bondad, amabilidad y empatía. Hay que combatir el egoísmo y el egocentrismo. La amabilidad, según Saunders, llega con la edad, así que les dice a los jóvenes: daos prisa, acelerad el proceso, el egoísmo tiene cura (la amabilidad).

Pero, dicho esto, la comercialización de este discurso dado por Saunders en la ceremonia de graduación de una universidad de Siracusa me parece un claro ejemplo justo de lo contrario que pregona el propio autor.

No ser amable en mi comentario sobre un libro que precisamente habla de la necesidad de serlo me hace sentir especialmente incómoda, debo reconocerlo.

Lo mejor del libro (que, oye, es necesario darle bombo y platillo a la amabilidad, eso no admite discusión) no está dentro, está en la contraportada y es la cita de Henry James: “Hay tres cosas importantes en la vida: la primera, ser amable; la segunda, serlo siempre; y la tercera, nunca dejar de serlo”

Imaginad que una editorial coge la cita de Henry James, pone cada palabra en una página, adorna la otra un poquito con estrellitas y consiguen sacar un libro de tapa dura de unas 30 páginas por el módico precio de unos 10 euros.

Pues, más o menos, eso. 

jueves, 4 de junio de 2020

Tú eres eso (Joseph Campbell)


“La mitad de los habitantes del mundo piensan que las metáforas de nuestras tradiciones religiosas son hechos. Y la otra mitad afirma que no son hechos. Como resultado, hay quienes se consideran creyentes porque aceptan las metáforas como hechos, mientras que los demás dicen ser ateos porque piensan que las metáforas religiosas son mentiras”

Y entonces ¿qué? Es evidente: no se trata de hechos, sino de símbolos. Y no se trata de la denotación de las metáforas, sino de su connotación. El mensaje está en los símbolos, pero su interpretación ha de ser espiritual y personal. Los símbolos existen, la mitología existe, pero su interpretación ha quedado anticuada y dañada al haber sido interpretada como hechos por religiones institucionalizadas.

¿Qué nos queda? Releer la Biblia con nuestros ojos, con ánimo abierto a entrar en el núcleo de la mitología, de “leer” con el espíritu, con la conciencia de que todo, TODO, está AQUÍ y no fuera, que el reino está en la tierra, ahora y aquí, que el infierno es la atadura al ego y a los valores egoístas, que hay muchos caminos para llegar a la transcendencia, que el amor por la vida incluye la aceptación del dolor, que la eternidad se alcanza en nosotros mismos y nuestra verdad, que somos espíritu y materia, que si abrimos el chakra de nuestro corazón seremos espontáneamente compasivos (“el corazón es el comienzo de la humanidad”)

Si hay algo que tengo que reprocharle a este libro, y concretamente a Joseph Campbell, es que no haya llegado antes a mi vida. También tengo un reproche para mí: me faltan conocimientos para argumentar un par de pequeñas discrepancias con él. Discrepancias mínimas de las que soy consciente que son más fruto de mi desconocimiento que de un desacuerdo real. Pero la ignorancia es un estímulo y Campbell un excelente maestro para aprender. Y aunque me falten argumentos para resolver y debatir ese par de pequeños desacuerdos, me sobran razones para asentir, aplaudir y admirar los profundos conocimientos y argumentos de este gran mitólogo.

Revisar la tradición judeocristiana, abrir la mente, poner luz donde hay confusión está al alcance de muy pocos. Uno de esos pocos es Joseph Campbell.

«El problema en nuestra sociedad y en nuestras escuelas consiste en saber inculcar, sin excesos, la idea de la educación, como en el latín “educere”: conducir, sacar lo que está dentro de cada uno, en vez de limitarse a adoctrinar desde el exterior»

martes, 2 de junio de 2020

Piezas en fuga (Anne Michaels)


“La historia es amoral: sucedieron hechos. Pero la memoria es moral; lo que recordamos conscientemente es lo que recuerda nuestra conciencia”

Si cada momento son dos momentos entonces ninguna guerra acaba cuando dicen que se acaba. Se terminan los hechos, vienen otros, pero quedan los recuerdos y la llaga, la maraña emocional, sus fantasmas y códigos de silencio. Queda el pecio, los restos del naufragio intentando ser regurgitados de una masa de agua y lodo creada por la barbarie nazi.

“El tiempo es un guía ciego”, así comienza el libro y así nos guía Anne Michaels por él, como si sus protagonistas recorrieran su pasado a ciegas, con una memoria de lluvia e incorpórea y con una superficie vaga de la que perciben su peso antes que su contorno. El recuerdo incierto, piezas en fuga que intentan atrapar con una comprensión tardía del horror y un estremecimiento brutal de lo vivido, tan atroz como un cuerpo desprovisto de su carne.

Anne Michaels muerde el lenguaje para volverlo cálido dentro de tu boca, esa cavidad en la que el lenguaje (con su poder para destruir, pero también para restaurar) rebulle inquieto mientras dejas que los silencios se llenen de concavidades oscuras. Se arcilla y deja que la sangre fluya de nuevo como si volvieras a casa y amaras lo amado mientras la piel te arde, cauterizando las heridas de las ausencias.

El magnético lirismo sacrifica la solidez de una historia, una trama y unos personajes que a veces se cuartean, como si la prosa poética no pudiera sostenerles con la suficiente consistencia.

“Piezas en fuga” es una cartografía de la indestructibilidad del ser humano. Un libro moteado de poesía, horror y belleza, tierra y naturaleza. La tierra como un vientre fecundo y granuloso, vida germinando fantasmas del pasado a los que hay que dejar ir porque “permanecer con los muertos es abandonarlos” y ellos nos empujan de vuelta al mundo, porque eso es la vida: destellos, fulgores en la oscuridad.

Amar desde la ausencia de lo amado, recordar perforando la culpa y dejar que el amor te libere.

“Escribe para salvarte a ti mismo y algún día escribirás porque estás salvado”