jueves, 8 de junio de 2017

La vegetariana (Han Kang)




Título original: 채식주의자 (Chaesigjuuija)
Traductora: Sunme Yoon
Páginas: 239
Publicación: 2000 (2017)
Editorial: :Rata_
ISBN: 9788416738137
Sinopsis: La vegetariana relata la historia de una mujer corriente, Yeonghye, que por la simple decisión de no volver a comer carne convierte una vida normal en una perturbadora pesadilla. 

Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez.
Madre mía. Qué libro. Qué libro. Enorme. Lo que me ha hecho llorar. Y tantas cosas que decir de este libro. Y la imposibilidad de decirlas todas. Por empezar por algún punto, lo haré diciendo lo que NO es este libro.

NO es un libro sobre vegetarianismo. Dejar de comer carne no te convierte en vegetariana. No implica que Yeonghye esté haciendo una dieta o cuidando su nutrición. No, sus razones son otras. Un gran acierto el título del libro, sin duda.

NO es un libro sobre un trastorno alimentario, aunque las consecuencias a nivel de salud sean las mismas. No hay por parte de Yeonghye una percepción distorsionada de su propio cuerpo. Más bien al contrario, su percepción, tanto de su cuerpo (sobre todo de su cuerpo) como de lo que le rodea y de su propia decisión, es feroz, brutal y tremendamente lúcida y consciente.

NO es un libro sobre la locura o cualquier tipo de trastorno mental. Acabo de decirlo: Yeonghye es quien posee la lucidez, la clarividencia. Y toma una decisión que decide llevar, brava y valiente, hasta las últimas consecuencias. Consecuencias que le afectan a ella y a quienes la rodean (nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti).

NO es un libro pornográfico. Y quizás sorprenda esta afirmación, pero parece que hay quien piensa que lo es. Hay sexo, sí. Violento y no consentido. Incluido ese sexo dentro del matrimonio en el que el no consentimiento no deriva en que el hombre admita que acaba de violar a su mujer. Y ocurre cada día. Y es violación. No tiene otro nombre.

NO es un libro más.

Dicho todo lo que no es este libro toca hablar de la decisión de Yeonghye, de sus razones. Y aquí entramos en terreno resbaladizo. No porque esas razones sean confusas o poco claras. No es el caso. Desde que vi el texto que aparece en la portada del libro supe lo que me iba a encontrar. Supe que hablaba de mí. Hace poco vi en el muro de un solar una frase escrita: DESAPAREZCA AQUÍ. Me situé debajo. Deseaba desaparecer. Sin ruido, sin dolor, sin daños. Diluirme como la sal en el agua o la espuma en las olas del mar. No sucedió. Por mucho que mis deseos fueran como linternas voladoras atravesando el cielo de la noche, simplemente no sucedió. Y, a los pocos días, empecé a ver este libro con el siguiente texto en la portada, en el que habla de una mujer que era yo, que soy yo:
Hay una mujer, un ser humano que ya no quiere formar parte de la humanidad. Un ser que pone en juego su vida para no dañar a nadie ni a nada, un ser a quien un día deja de importarle en absoluto vivir o morir.
Tenía que leerlo. 

Se menciona mucho la acertada estructura narrativa del libro, que da voz al marido, al cuñado y la hermana de Yeonghye, mientras que ésta aparece silenciada. Pero en verdad es, y no es, del todo cierto. Al menos a mí me pareció escuchar todo el tiempo a Yeonghye. De una forma directa a través de sus sueños, y de una forma indirecta, pero clara y contundente, a través de su decisión. 

Las palabras mienten, camuflan, distorsionan. El comportamiento desenmascara.
Si pudiera dormir… Si pudiera dejar de estar consciente aunque fuera una hora…
Sus sueños. Ahí empieza todo. Y ahí empieza también mi entendimiento, mi comprensión. Por los sueños. Porque yo sueño mucho, porque he querido no dormir para no tener que soñar. Y ahí está la voz de Yeonghye, dándonos sus razones (He tenido un sueño). Y a través de sus sueños, vamos sabiendo sus motivos.
Me había vuelto una desconocida, pero no había duda de que era yo. No, al revés. Era un rostro visto innumerables veces, pero no era mi cara. No puedo explicarlo. Conocida y desconocida a la vez, fue una sensación vívida y extraña, terriblemente extraña.
Sentirse extraña, conocida y desconocida. Ser tú pero no ser tú. Algo ha cambiado, algo ha hecho clic. Como tener una visión de todo aquello que te rodea. Saber que no perteneces. No quieres pertenecer ni formar parte de aquello a lo que no perteneces. Y decides. Se llama coherencia.

Las razones de Yeonghye. 
Sí, están ahí, altas y claras:
¿Por qué  no me asusté entonces? Todo lo contrario, me sentí hasta serena. Fue como si una mano se posara en mi corazón. Como si repentinamente todo lo que me rodeaba se retirara como la marea.

Todo me parece desconocido, como si viera las cosas desde atrás. Como si estuviera encerrada detrás de una puerta sin picaporte. No es eso, será que estuve allí desde el principio y me di cuenta de ello repentinamente. Está todo oscuro. Todo está negro y machacado.

Solo confío en mis pechos. Me gustan mis pechos, pues con ellos no puedo matar a nadie. ¿Acaso las manos, los pies y los dientes, e incluso la lengua y la mirada, no son armas con las que se puede matar y herir a cualquiera? Pero los pechos no.
Yeonghye no usa sujetador. No le gusta. No le gusta que lo único en lo que confía (sus pechos) estén apretados, encerrados, constreñidos. Es lo único de su cuerpo que siente que es inocente, no violento, no agresivo, no dañino. Lo único puro. No usa sujetador, no le importa mostrar sus pechos. Y lo que para los demás es una provocación, moral o sexual, para ella es el inicio (junto a la decisión de no comer carne) de un camino hacia lo único que considera limpio, natural y verdadero. Y ese camino va a provocar en los demás una serie de reacciones que son, precisamente, aquello que induce a Yeonghye a recorrer, valiente, un camino sin retorno.
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.
Así es, nadie ayuda, nadie salva, nadie hace respirar. A su alrededor, Yeonghye solo percibe violencia. Hay violencia en este libro. Pero la importante es la que aparece soterrada. Hay muchas formas de agredir. Y ella opta por oponerse a todo eso desde una postura pacífica, sin dañar a nada, sin dañar a nadie. Pero todos los que la rodean se sienten dañados, lo que ya es en sí mismo una forma egoísta de agredir a la propia Yeonghye.

La respuesta que de los demás recibe la metamorfosis de Yeonghye es áspera como una lija, amarga como una fruta podrida, atroz como un abismo bajo los pies, despiadada como una pesadilla, violenta y cruel como el asesinato de un niño. Como matar la inocencia.
“Tengo ganas de morirme”.
“Tengo ganas de morirme”.
“Entonces muérete”.
“Muérete”.

“Todo esto no tiene ningún sentido.
No puedo aguantar más.
No puedo seguir adelante.
No quiero seguir adelante”.

¿Y por qué no puedo morirme?
¿Y por qué no puede morirse? ¿Por qué? Porque no la dejan. Porque su verdad ofende, porque destapa, desnuda a todos: a su marido, a su cuñado, a sus hermana, a sus padres, a la sociedad… 
Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer.
Este libro nos interpela, nos cuestiona, nos señala. Si perturba es porque incomoda. Como un orzuelo en el ojo, un dedo que te señala, una cuchilla rasgando las venas. Es una lectura amarga, corrosiva, casi física. Necesaria. Cada libro tiene vida propia, y sin duda La vegetariana consigue provocar emociones muy poderosas y eléctricas; es de una franqueza y una calidad literaria incuestionables.

Estoy usando demasiadas palabras para hablar de este libro, no lo estoy haciendo bien. Es necesario escuchar el silencio de Yeonghye. Comprender su decisión. Hacerla mía.
Todos los árboles del mundo me parecen hermanos. 
Ir de lo corpóreo a lo etéreo. 

Desaparecer.

jueves, 1 de junio de 2017

Apegos feroces (Vivian Gornick)

Título original: Fierce Attachments: A Memoir
Traductor: Daniel Ramos Sánchez
Páginas: 196
Publicación: 1987 (2017)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: “¿No podría limitarme a decir que hay que leer Apegos feroces, de Vivian Gornick? ¿Que estoy aquí´ para insistir en que este libro debe convertirse en bandera en el mundo entero, como es bandera en mi mente, una detrás de la cual marcho? Y aun así´, sosteniendo esta edición antigua, reparo en que hay ocho criticas positivas, todas bastante elocuentes, todas escritas por mujeres; ¿podría ocurrir que fuera el primer hombre que declara a favor de este libro?” (Jonathan Lethem)

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención.
Apegos feroces. Fue ver el título de este libro y sentir que algo me taladraba. Noté un vacío que reventaba en algún lugar debajo de mis pechos. Miles de demonios se desataron dentro de mí. Oí incluso el estruendo. Investigué algo más. Relación madre-hija. Hija luchando por encontrar su lugar en el mundo. Un mundo de mujeres. Zas. 

No. Zas no. No fue un zas. Fue un cataclismo. 

Tenía que leerlo. Y contarlo.

No conocía a la escritora y activista Vivian Gornick. Surge de la nada. Absolutamente desconocida. No es ningún obstáculo. Al contrario, lo desconocido me interesa. Voy a por este libro sin pensarlo. La cita anterior me la encuentro a las pocas páginas. Y ese espacio debajo de mis pechos, en el centro de ellos, se extiende hasta mi entrepierna y hacia los costados. Y estalla.
Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia. Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente.
Madre e hija pasean. Caminan juntas. En ese paseo todo sucede: los recuerdos, la reconciliación, momentos de equilibrio, la rabia, los reproches, las sorpresas, la historia de sus vidas. Todos los cimientos que forjaron, confundieron y repararon a Vivian Gornick se reproducen en esos paseos. Como las manecillas de un reloj, de esos que te perforan los oídos: tac, tac, tac. Tac.
Me quedo sin palabras. No sólo callada, sino sin palabras.
Voy a rescatar una palabra: honestidad. Vivian Gornick es tremendamente honesta. Ferozmente honesta. Pocas cosas aprecio más en esta galaxia que la honestidad. Es lo único que puede salvarnos. Quiero a Gornick. No es solo que hable, lúcida y consciente, de la peliaguda relación madre/hija. Es que me encuentro de nuevo con uno de mis temas preferidos: la identidad. En este caso la identidad como mujer.
Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.
Estamos hechos de muchas historias, pero también de muchas personas que han compartido nuestra vida en algún momento. Vivian Gornick creció en medio de dos estándares de mujer: para su madre el amor es lo más importante en la vida de una mujer (por encima de sí misma incluso). Para Nettie, la vida es seducir, satisfacer sus deseos, visibilizar su atractivo sexual, y todo ello por encima de la maternidad y también de sí misma.

¿Y Vivian? Vivian está atrapada entre dos modelos de ser mujer que no se corresponde con quien ella siente que es. Y eso le produce un desgarro continuo, un enfrentamiento consigo misma, con los hombres, con el trabajo, con su madre…, un enfrentamiento del que no es capaz de desprenderse a lo largo de su vida. No del todo. 
Eso es el amor. Sólo un concepto.
Vivian intelectualiza (al igual que hacía Susan Sontag) sus emociones, las analiza, las rastrea. Intenta conciliarse con ella misma, con su madre, con los hombres, con el trabajo. Intenta encontrar su identidad como mujer. Siente la rabia acumulada de que su madre (principalmente) no la vea, no la deje ser ella misma. Y describe con una clarividencia e inteligencia apabullantes cómo basta tan poco, un sutil ninguneo, para que la grieta que te atraviesa se agrande. Especialmente cuando ese invisibilizar tu propia esencia es un dardo lanzado por parte de personas hacia las que sientes un apego… feroz.

Apegos feroces es un libro profundo, impactante, bello. Y lo es de una manera peculiar: escrito con una claridad e inteligencia apabullante y un ritmo que te lleva de la mano, sin embargo contiene también numerosos filos, cuchillas que diseccionan la intricada raíz de la que estamos hechos, los nudos que conforman esa raíz. De forma magistral Gornick deshace esos nudos para mostrarnos de qué están hechos.
Ese espacio. Comienza en el centro de mi frente y termina en el centro de mis ingles. Varía de tamaño; unas veces es tan ancho como mi cuerpo y otras, tan estrecho como una rendija en el muro de una fortaleza. En los días en los que el pensamiento fluye libremente o, mejor aún, se esclarece con esfuerzo, se expande magníficamente. En los días en los que la angustia y la autocompasión lo anegan, se encoge, ¡qué rápido se encoge! Cuando el espacio es amplio y lo ocupo plenamente, degusto el aire, siento la luz, mi respiración se acompasa y se vuelve más pausada. Me siento en paz y emocionada, fuera del alcance de influencias o amenazas. Nada puede tocarme. Estoy a salvo. Soy libre. Pienso.
¿Qué es un apego feroz? Que Vivian con 48 años, su madre con 80, sigan paseando juntas, buscando una tregua que nunca llega, un punto de encuentro que desate la ira contenida, una puerta de salida que libere a la una de la otra. Su madre y Nettie convierten a Vivian en la mujer que es. Pero la incapacidad de separarse, los miedos, convierten inevitablemente a Vivian en quien no quiso ser: su propia madre.
De pronto, su vida ejerce presión sobre mi corazón.
Deslumbrada por la brillantez de este libro, no puedo hacer otra cosa que lo que hace Jonathan Lethem: amarlo.

viernes, 26 de mayo de 2017

Todos los nombres (José Saramago)


Título original: Todos os nomes
Traductora: Pilar del Río
Páginas: 336
Publicación: 1997 (2007)
Editorial: Alfaguara
Sinopsis: En el ambiente opresivo, cerrado y polvoriento de la Conservaduría General del Registro Civil trabaja como escribiente don José, un soltero solitario que un buen día decide crear su particular registro de personas famosas. No contento con los datos que le proporcionan periódicos y revistas, resuelve completarlos con los que posee, tan a mano, en el Registro. Para ello no tendrá más remedio que violar alguna de las normas de la Conservaduría.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.

Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes.
Yo no vivo en una burbuja. No. Qué va. Vivo en varias. Me encierro en una o en otra según el momento. Una burbuja me protege de otra y me aísla de las demás y también de lo que hay fuera de ellas. Y tengo, claro que sí, también mis burbujas como lectora. Necesitaba, me apetecía, una que fuera zona de confort. Espacio de seguridad. Disfrute sin riesgo ni sacudidas. Pero con calidad. Deseaba continuar por mi paisaje de libros pero dejando atrás el vértigo de quien camina sobre la cuerda floja, de precipicio en precipicio.

Elegí la burbuja de José Saramago.

La precariedad que acompañó la infancia y juventud de Saramago (hijo de labradores y artesanos, madre analfabeta -que le regaló su primer libro-) creó en él una lúcida capacidad para indagar sobre la conciencia social y una actitud crítica que, junto a un estilo narrativo personal y una ética muy sólida, le llevarían a conseguir el Premio Nobel de Literatura en 1998.
La prudencia sólo es buena cuando se trata de conservar aquello que ya no interesa.
Era fácil elegir esta burbuja, aunque quise no ponérmelo demasiado cómodo acudiendo a sus obras más conocidas o a una relectura, así que elegí Todos los nombres, uno de sus libros de los que apenas tenía referencia y que estaba por la estantería. Curioso el título, puesto que en el libro no aparece ningún nombre, excepto el del protagonista, don José, un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil. Un hombre gris. Pero ya John Williams en Stoner nos enseñó las distintas tonalidades del gris y cómo es un color con luz propia. Así que intuía que detrás de esta vida gris podría encontrarme de nuevo con esas tonalidades tan luminosas como imperceptibles.

En esta ingeniosa, laboriosa, compleja, sutil arquitectura que crea Saramago, los nombres, que son todos, que no es ninguno (excepto el de don José), están contenidos en ese espacio cerrado y laberíntico que es el Registro Civil. Los vivos, los muertos, todos los nombres están. ¿Qué hay detrás de los nombres que aparecen en cada papel, documento, carta, registro, carnet...? Nada. Somos nombres en un papel, desperdigados por archivos que van contando nuestra vida: nació en tal fecha y lugar, estudió aquí o allá, se mudó de un sitio a otro y otro, compró tal piso, sacó el carnet de conducir en tal año, se compró esto o aquello, ingresó taitantas veces en el hospital, se casó o no, se divorció tal vez, trabajó en esto o lo otro… Nuestro nombre registrado por un lado y otro. Nuestra vida en papel.
… son como una nube que pasó sin dejar señal de su paso, si llovió no llegó para mojar la tierra.
Pero don José, el de la vida anodina y gris, necesita rebelarse contra esa nada que son los nombres en un papel, rasgar la monotonía, poner patas arriba el orden. No quiere resignarse. Y es entonces cuando el gris empieza a brillar. Hay almas, hay vidas, detrás de los nombres. Y decide ir a la búsqueda de un nombre. El nombre de una mujer desconocida. ¿Con qué fin? No nos queda claro. No todo tiene explicación. No es tan importante conocer sus razones, si es que las tuviera. Lo importante es lo que le empieza a suceder a partir de entonces. Empieza a moverse. A salir de la inercia, de la monotonía. Busca, indaga, se plantea, se cuestiona…

Leer a Saramago nunca supone irse de vacío. Su escritura, mordaz, irónica, elegante, sus alegorías y metáforas, conllevan siempre un mensaje y unas reflexiones que van más allá de la historia, que no se queda al margen, sino que es el hilo conductor. Sutil y sólido a la vez. Una historia original, opresiva, melancólica, que consigue mantener el interés de forma constante mientras vas percibiendo ese mensaje sobre los seres humanos, la vida, la muerte, nuestras vidas, las ajenas. Si estamos vivos cuando morimos, si estamos muertos en vida. Las motivaciones, decisiones, impulsos. La intrincada, confusa y aparatosa armazón de la sociedad. No, no nos vamos de vacío.

Puede que el estilo narrativo de Saramago incomode a algunos, con ese saltarse algunas reglas gramaticales, sustituir signos de puntuación por comas, la ausencia de guiones, paréntesis, comillas… pero lo cierto es que consigue lo que pretendía: un diálogo con el lector en el que éste pone de su parte. Además, Saramago escribe y cuenta tan bien que su peculiar estilo no llega a ser obstáculo porque lo que quiere decir lo dice, lo que quiere contar lo cuenta y su parte la cumple sobradamente. El resto está en nuestras manos. 
No parezco yo, pensó, y probablemente nunca lo había sido tanto.

viernes, 19 de mayo de 2017

Clavícula (Marta Sanz)


Páginas: 208
Publicación: 2017
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Durante un vuelo, a Marta Sanz le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena Clavícula.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.


Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.
No sé qué es este libro. Sé lo que no es: no es una novela. No es ficción. Vale, es autoficción. Pero es más. No es solo que a Marta Sanz un día, mientras viaja en avión, sienta un dolor en la clavícula y luego reflexione en torno a ese dolor. No es solo que Marta recoja sus fragmentos y escriba sobre lo que le duele. No. Si tengo que decir qué es este libro diría que es un grito desgarrador y sentido, un quejido. Una pena y una queja subterránea, primaria.

A Marta le duele la clavícula mientras viaja sola. Y en ese dolor toma conciencia de los miedos que habitan en ella y de lo indefensa que se siente. El cuerpo tiene algo que decirle y Marta está dispuesta a escucharlo. E inicia entonces un recorrido para ponerle nombre a ese dolor, un trayecto que se inicia rozando la hipocondría y que termina con una reconstrucción, o al menos una purga. Valiente Marta, honesta Marta, va escribiendo sus reflexiones, sus emociones, sus sentimientos… y nos lo cuenta. Sin red. Porque está harta del silencio. De que miremos a otro lado. Estoy segura de que odia tanto a Mr. Wonderful como yo.
No me puedo resistir a los mandatos de mi época. Los reconozco, me resisto, me vencen. Peno.
Hay quien puede pensar que este libro es algo impúdico, con lo que de obsceno tiene la impudicia. Pero en verdad lo obsceno e impúdico es lo que causa el dolor de Marta. ¿Qué le provoca ese dolor? Creo que sobre todo el silencio. No cualquier silencio. Marta está harta de que no se hable, que no se hable sobre la edad, sobre la menopausia, sobre los miedos, sobre cómo nos ahoga una sociedad capitalista a la que le hacemos el juego, sobre la tristeza, la ansiedad, el cuerpo, la enfermedad, la explotación de la mujer, la dependencia del dinero…

No os equivoquéis. No esperéis que Marta le vaya a poner nombre al dolor. Es verdad que se lanza a una búsqueda desesperada de un nombre, de una localización de ese dolor, para extirparlo, para ponerle remedio. Pero finalmente no lo etiqueta. Son demasiados nombres los que puede tener el dolor de Marta, que es también el mío y, quién sabe, tal vez también el tuyo. 

Ya sabemos que hay muchos expertos en descubrir síntomas en los demás. Diría incluso que hay cierta avidez por ofrecernos ayuda. Depresión, ansiedad, fibromialgia, menopausia, angustia, estrés, hipocondría, somatización… Enseguida llueven las etiquetas. Pero ¿es una enfermedad sentirse triste, tener miedo? Ahora dicen que sí…
Quiero domar el dolor como si fuera un animal salvaje.
Hace tiempo podías mirar melancólicamente por la ventana y hasta por la vida; dar un portazo, salir a pasear bajo la lluvia, llorar sin esconderte… sin que por ello tus conocidos se ofrecieran a auxiliarte a base de terapia casera. Hace un tiempo, creo, no éramos tan simples como para creer que todo el mundo debía de dar muestras continuas de estar bien adaptado o, simplemente, bien. Ahora la sociedad entera está cargada de jerga diagnóstica y de expresiones (o sentencias) terapéuticas. Todo el mundo sabe lo que está bien y lo que está mal… Menos yo, que no me aclaro y siento que lo vivo todo del revés. Extraterrestre.

En fin, hace tiempo teníamos el buen gusto de reconocer el desaliento, la desesperanza, incluso el fracaso, como normales: se creía que las disputas eran prácticamente inevitables, que nadie estaba destinado por la suerte o la bioquímica a sentirse siempre contento. Yo hasta estaba (estoy) convencida de que era un signo de cordura la capacidad de entristecerse cuando la realidad, o el cuerpo, así te lo pide.
A mí, sin embargo, me gustan los libros que producen orzuelos. Los que abren estigmas en las palmas de las manos. Los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración.
Por eso he valorado y agradecido intensamente lo que hace Marta en este libro. Ser auténtica. La autenticidad hoy en día es una virtud poco valorada. O mejor dicho: valorada de forma errónea. Se considera que ser auténtico es decirle a un gilipollas que es gilipollas. Decir las verdades del barquero (que a lo mejor tampoco lo son, no nos engañemos) sin pelos en la lengua. Pero no. Marta no es sincera. Tampoco es que mienta. Es que hace un doble salto mortal (sin red, insisto): es auténtica. Tiene la autenticidad de no ocultar su miedo, su dolor, su tristeza, sus preocupaciones, lo aprisionada que se siente en esta sociedad que nos está robotizando, consumiendo y anulando la capacidad de sentir y casi de vivir. A costa de obligarnos a ser felices, trabajar horas y más horas, dormir 8 horas mínimo, comer tal y pascual, padecer enfermedades que antes no lo eran, demonizar la tristeza.

Hace no mucho no se ponía en tela de juicio el derecho de cada uno a sentirse triste, a que te duela el alma. Pero ahora… ahora el desaliento, el desánimo, ya no es tal: es simplemente un “síntoma”. Una derrota ya no es una derrota, es el deseo inconsciente de fracasar, el triunfo de la cobardía o de la indefensión o una autoestima de mierda. Ahora si no eres feliz es porque quieres, faltaría más, de qué te quejas si vivimos en una sociedad perfecta donde, curiosamente, los libros de autoayuda se venden como churros. Y digo yo… si en verdad funcionaran… ¿por qué hay tantos? Los libros de autoayuda crean indefensión, más indefensión todavía. Para mí son un curioso ejemplo de cómo la (presunta) ayuda termina por generar más necesidad de ayuda. 
Somos tantas las locas. Tantas.
Pues así es: el desaliento, la desesperanza, el cansancio, el descuido, la apatía, la hartura, el dolor, el grito, la tristeza, el estrés… no son más que síntomas de alguna enfermedad. No somos nadie. No se me interprete mal, no seré yo quien critique a los profesionales de esto. A esos con título. Tratan de curar a los realmente enfermos. Lo que digo, de lo que me lamento, y de lo que creo se lamenta Marta Sanz también, es sobre la trillada opinión popular de que si uno no se siente eufórico, si uno se siente triste y solitario, si prefieres escuchar a hablar, si te aburres mortalmente, si te agota que nadie quiera ver lo que está sucediendo en esta sociedad enfermiza e hipócrita… es que algo debe de andar mal en tu cabeza. O en tu alma.

Y no, sucede que a veces sentirse triste, tener miedo, es reinventarse, crear de nuevo cada gesto ya añejo, dejarte llevar por emociones que no quieres esconder, bucear en un calidoscopio de sensaciones. A veces el dolor, ese dolor sin etiqueta ni localización, es un punto de partida, un dolor cargado de futuro. No un síntoma, no una enfermedad, no una rareza. Marta, y yo con ella, reclama su derecho a ese dolor, a mostrarnos las razones que lo causan. No renunciar al miedo, a la tristeza, a la angustia, al grito. Porque cualquier día, a este paso, será un delito. Y no hay mayor delito que el silencio que oculta la verdad de lo que nos sucede. No hay mayor delito que la táctica del avestruz.

Marta reivindica un cuarto propio, como ya hizo Virginia Woolf. Un cuarto propio no solo para escribir, sino también para VIVIR.

Gracias, Marta Sanz. Por la rebeldía y por la autenticidad. 
Escribo de lo que me duele.
Ay.


lunes, 15 de mayo de 2017

Un día en la vida de una mujer sonriente (Margaret Drabble)

Título original: A day in the life of a smiling woman
Traductor: Miguel Ros Gonzaléz
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2017)
Editorial: Impedimenta
Sinopsis: Esposas sin maridos. Madres y hermanas. Mujeres que se debaten entre la vocación artística y las exigencias familiares. Científicas que han decidido dejar de teñirse el pelo y de ir por la vida disculpándose por cada paso que dan. Amor no consumado, vanidad y soledad. El poderoso universo ficcional de Margaret Drabble se concentra en estos cuentos que abarcan cuatro décadas de producción literaria. Una madre trabajadora que puede con todo y acaba sus enloquecidos días con una sonrisa. Una prestigiosa investigadora que acaba de recibir el Nobel por el descubrimiento del «gen de la vanidad». Una mujer que suspira aliviada cuando muere su esposo, y una romántica empedernida que busca el amor en los trenes. 
Podéis empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
No sé qué decirle, parece tan frágil que una sola palabra podría herirla.
Margaret Drabble se cruza de nuevo en mi camino por obra y gracia del Club de Lectura organizado por la librería-café La Madriguera y porque se puede contar constantemente con la bella gente del equipo editorial de Impedimenta. A la cita acudió, sonriente, apasionada y siempre con un libro bajo el brazo que encaja en algún hueco de mis estanterías, Pilar Adón, que sigue debiéndome un tiempo sin reloj… cuando lo tenga para ella misma. Como es habitual, nos contagió su pasión y sus conocimientos y nos contó interesantes historias sobre la trastienda de las editoriales y, más concretamente, historias y detalles no siempre conocidos por el lector sobre el libro que era objeto de debate. Un lujo siempre contar con Pilar o cualquiera de las interesantes, amables y entusiastas personas de Impedimenta.

Así que otra vez con Drabble entre manos, en esta ocasión con un libro que reúne todos sus relatos. Ordenados cronológicamente, hay que decir que esa cronología no se corresponde al momento en que los escribe, sino a cuando son publicados. En cualquier caso, se puede apreciar la evolución de Drabble como escritora, pero también como persona que no es ajena a lo que le rodea, a lo que le sucede, a quien es, a sus intereses y a lo que quiere contar. De hecho, las mujeres de los primeros relatos son jóvenes e inquietas, y las protagonistas de los últimos relatos son mujeres que en cierta manera maduran y encuentran la paz a través de la reconciliación consigo mismas. 
Estaba cautivado por los primeros cinco minutos del amor, ese intervalo breve, indefinido y trepidante que llega antes de la cotidianidad, el cariño, la desilusión, la podredumbre y el declive.
Porque la sinopsis y el título me lo indican, comienzo a leer pensando que es un libro de mujeres, así que me sorprende que en el primer relato (y en alguno más) la voz protagonista que escucho sea… la de un hombre. Pero, y he aquí la magia de Drabble, cuando termino el libro sé que he leído, de principio a fin, un libro sobre mujeres. Mujeres que sueñan, mujeres que temen, mujeres que aman, mujeres que no aman, mujeres que sonríen, mujeres que observan, mujeres que buscan, mujeres que deciden, mujeres solas, mujeres que callan, mujeres que no se callan, mujeres cansadas, mujeres que luchan, mujeres que trabajan más que nunca a partir de la emancipación (laboral) de la mujer (o sea, antes trabajabas en casa. Ahora trabajas en casa y fuera de ella, a eso se reduce, en la mayoría de los casos, la liberación e independencia de la mujer hoy en día: a trabajar el doble).

Cuando leí La niña de oro puro, la sensación que predominaba era la de un libro sólido, inteligente. Brillante. Con Un día en la vida de una mujer sonriente he podido apreciar y discernir más nítidamente qué era lo que me gustaba de esta autora.

Técnicamente Drabble es impecable: en cada relato va al grano desde el primer párrafo, crea una atmósfera, unos personajes y, en pocos trazos, una historia que contar, una razón para que tú quieras seguir leyendo. Y todo ello, con un lenguaje nada pretencioso ni artificioso y un fondo de ironía muy atractivo. Las formas, en este caso, se basan en una estructura sencilla, minimalista casi, un lenguaje directo y nada sofisticado ni lírico pero que se conecta de tal manera que muestra de una forma ingeniosa y profunda esos recovecos del interior del ser humano que son invisibles para los demás y que, sin embargo, mueven nuestra conducta y nuestras decisiones. 
Hacen falta dos personas para separarse, al igual que hacen falta dos personas para amar.
Hay muchos lectores que no se sienten atraídos por los libros de relatos. Las razones son variadas y muchas de ellas tienen que ver con la sensación de que en un relato las historias se quedan incompletas o que no les satisfacen los finales o que prefieren una historia con un principio, un desarrollo y un final cerrado. Y yo siempre he pensado que eso solo sucede si se cuenta la vida de una persona desde que nace hasta que muere porque (siempre lo he dicho) las personas somos muchas historias y todas se pueden contar (o no), cada una de ellas puede ser un libro. Y sin embargo, las historias no tienen final, siempre continúan. Por eso, me gustan los libros que cuentan varias historias en una, o también los relatos, que nos muestran una mirada en la vida de una persona en un momento puntual, en unas circunstancias concretas, en una situación que, no por efímera, impide contar toda la vida de una persona o incluso de una sociedad… o de la humanidad entera. Historias que se cuentan a partir de lo cotidiano, del día a día, porque un instante puede ser una historia que contar.
Ella sabía que la poesía de la inspiración era, hasta cierto punto, la poesía de la ignorancia, y sacar conexiones entre determinados símbolos, una locura destructiva.
Las historias que nos cuenta Drabble tienen esas características. Por ejemplo, y sin ir más lejos, en el relato que da título al libro, Un día en la vida de una mujer sonriente, asistimos al día de una mujer (sonriente)... y en ese día, se muestra toda la existencia de esa mujer. Cómo señaló Pilar Adón ¿os recuerda a algo?... Efectivamente, a La señora Dalloway, de Virgina Woolf. Y Drabble lo hace no en un libro, sino en un relato de poco más de 30 páginas. 

Y así con todas las historias. Pocas páginas, una historia que contar. Y, he aquí otra vez la inteligencia y habilidad de la autora, son historias completas. Cerradas. Cada historia tiene su propia personalidad. Lo que no impide que dejen margen al lector para poner su parte para interpretar lo que acaba de leer. Sutil, inteligente y no al alcance de cualquiera. 

Porque el lenguaje directo, llano y transparente de Drabble no le impide, ni mucho menos, mostrar lo implícito, lo invisible. Pone palabras ahí donde no siempre las tenemos. Mostrar desde lo cotidiano aquello en lo que podemos reconocernos: inquietudes, temores, certezas, dudas… los mimbres con los que nos construimos cada día sin casi no ser conscientes de ello. 

Termino, pero no quiero hacerlo sin compartir una interesante curiosidad que, de no ser precisamente porque contábamos con el privilegio de tener a Pilar Adón, se nos habría pasado por alto. El relato La viuda alegre habla de "una mujer que suspira aliviada cuando muere su esposo”. Podríamos pensar, por aquello de lo autobiográfico que, de forma más o menos evidente, puede haber en todos los relatos que ese relato en concreto puede tener que ver con el divorcio del primer marido de Drabble ¿no? Pero si de repente Pilar Adón te hace observar el detalle de que la fecha del relato coincide con el fallecimiento de la madre de Drabble, entonces la lectura cobra otra dimensión ¿verdad?

Y eso me fascina de los libros: que quien los escribe está detrás, dentro de ellos, atravesándolos.

Todos los relatos me han parecido interesantes, atractivos, admirables. Pero hay uno que, de forma extraña, me ha impacto más: Los regalos de la guerra. Y ahora me queda a mí, la lectora, esclarecer(me) las razones de ese impacto. La magia de los libros.
Quienes olvidan, olvidan, le diría él más adelante, quienes no olvidan, volverán a encontrarse.



lunes, 8 de mayo de 2017

Renacida: Diarios tempranos 1947-1964 (Susan Sontag)


Título original: Reborn
Traductor: Aurelio Major
Páginas: 312
Publicación: 2008 (2011)
Editorial: Mondadori
Sinopsis: Ensayista, novelista, Premio de la Paz de los libreros alemanes, Premio Príncipe de Asturias de las letras, Susan Sontag fue una de las intelectuales más implacables e inconformistas del siglo XX. Renacida es el primer volumen de sus diarios personales, editados por su hijo David Rieff.
Es tan fácil dejar que mi soledad me derrote, amoldarme a lo que (de alguna manera – pero no del todo) pueda mitigarla. Soy infinita – nunca debo olvidarlo… Quiero sensualidad y sensibilidad, ambas…
Sí, estoy leyendo muchos diarios. Es real. Y las comparaciones son inevitables. El marcador está así: Renacida 1 - Diario de infancia 0; Renacida 0 – Retrato de un matrimonio 1 El cómputo total, porque yo soy de letras, es que Renacida gana por goleada. Y me explico.

Anaïs Nin comienza sus diarios con 11 años, Susan Sontag con 14. Pero es que los comienza con este impactante credo personal:
23/11/47
Creo:
(a) Que no hay un dios personal o vida después de la muerte.
(b) Que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, la Honradez.(c) Que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia
(d) Que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona.
(e) Que está mal privar a cualquiera de la vida.
[Faltan las entradas «f» y «g».]
(h) Creo, además, que un Estado ideal (además de «g») debería ser fuerte y centralizado con control gubernamental de los servicios públicos, los bancos, las minas,+el transporte y la subvención de las artes, un salario mínimo satisfactorio, ayuda a los discapacitados y anciano[s]. La asistencia del Estado a las mujeres embarazadas sindistinciones como las de hijos legítimos+ilegítimos.
Bestial. Nada más empezar a leerlo te das cuenta de a) la extraordinaria e intensa inteligencia de Sontag, b) su compromiso y su ética c) su afición/obsesión por las listas.

De una manera más soslayada en las primeras páginas, pero más evidente según avanzaba en la lectura, empiezo a constatar que la inteligencia es un arma de doble filo, no en vano cualquier arma puede servir lo mismo para defenderse, para atacar… o para agredirte a ti misma. 
Qué cobarde es la gente que se involucra, más bien se deja involucrar pasivamente, por convención, en relaciones estériles – llevan vidas tan horribles, deprimentes y tristes…
¿Por qué Retrato de un matrimonio sale ganador de la confrontación? Entre ambos diarios, los de Vita Sackville-West y los de Susan, sigo quedándome con Sontag. Pero hay un aspecto en el que sale perdedor: la edición. Y no, no tiene que ver con la editorial, sino con el editor. En ambos casos el hijo de ambas. Las circunstancias son las mismas: al fallecer sus madres, se encuentran con los diarios ¿qué hacer con ellos? Coinciden en lo esencial: publicarlos. Y ahí se acaban las coincidencias. La forma en que Nigel, el hijo de Vita, decide sacar a la luz los diarios de su madre es un acierto. Sin embargo, David, el hijo de Susan Sontag decide mostrar los diarios de su madre tal cual, sin apenas edición, quitando algunos fragmentos y ubicando otros sin fechar. 

Error.

El hijo de Vita tuvo la habilidad de editar los diarios de su madre, respetando el contenido, pero ubicándolo en la vida y la personalidad de su madre y el peculiar matrimonio de sus padres. Pero David, el hijo de Susan, decide dejarlos tal como están. Y la sensación final es que si Susan hubiera retocado esos diarios, los hubiera convertido en una narración, o si su hijo hubiera editado los diarios y los hubiera novelado, nos encontraríamos con unos diarios monumentales.

Y estos diarios tempranos de Sontag “ganan” a los de infancia de Nin porque aunque Anaïs fue una gran narradora de sí misma, algo que no hacía tan bien Sontag, sin embargo para el lector hay un abismo entre las reflexiones provocadas por la inteligencia desbordante de Sontag y las reflexiones más inocentes y circulares del primer diario de Anaïs. En cualquier caso, ambas apasionadas y apasionantes. Ambas con una terrible y dolorosa conciencia de sí mismas. Las amo a las dos.

Cuando se escribe un diario ¿se escribe para que sean leídos? ¿para que sean publicados? En el caso de Nin está claro, escribía para su padre, quería que la leyera. Y, más tarde, para que la leyeran, así en general. Que el mundo entero la leyera. Pero en el caso de Susan Sontag es todo lo contrario: acérrima defensora de su intimidad y privacidad hasta el último día de su vida, es evidente que no escribía pensando que esos diarios serían publicados algún día.
Descubro en mí una veta de ternura imposible de erradicar y muy peligrosa. Aunque admiro la crueldad y la arrogancia, no puedo despreciar del todo mi propia debilidad.
Esa intencionalidad diferente a la hora de escribir un diario marca de forma ostensible el cómo se escriben. Nin se narra. Sontag va dejando citas, listas, reflexiones, sucesos… muchas veces sin desarrollar, sólo apuntados, porque era una forma de construir un recuerdo, registrándolo. El resto, estaba dentro de ella. Sus diarios son más fotográficos: una imagen basta para recordar un momento, todo lo que hay en la fotografía y que solo quien está en ella o la ha hecho conoce. Los diarios de Nin son una narración. Los de Sontag son fotografías.

[Anoto como anécdota que me emociona que el 8 de abril de 1949 Sontag acudió a una conferencia de Anaïs Nin, de la que dice “se tiene la sensación de que, de tocarla, se desmoronaría hasta convertirse en polvo de plata”. Nin y Sontag durante un breve momento juntas en el mismo tiempo-lugar… Brutal]
Ser marica me hace sentir  más vulnerable. Aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible –que he sentido siempre de todos modos.
Los diarios de Sontag son inmensos, asombrosos e impresionantes. En cuanto te acostumbras al estilo de Sontag, es como si entraras en su inteligencia, en la maquinaria de una mente tan imponente e increíble que no puedes evitar embelesarte, pese a la dureza de sus críticas y a cierta pedantería que solo chirría si no admiras la inteligencia en cualquiera de sus expresiones y manifestaciones.
Mi  necesidad es tan abrumadora y el tiempo, en mi obsesión, tan breve…
La inteligencia de Sontag era demoledora. Para con los demás, pero también para con ella misma. Exigente, pero también autoexigente. Sólida, pero también quebradiza. Contrarios. En grandes mentes es donde las contradicciones lidian, conviven y batallan. Mente vs emociones. Mente vs sentimientos. La mente de Sontag era portentosa, inquieta, rebelde, discrepante, compacta… Pero sus emociones, ay, eran frágiles, quebradizas. Dolían. Por eso, probablemente, las intelectualizó y las protegió con una defensa feroz de su intimidad, para evitar la parálisis emocional. Una parálisis producida por el desbordamiento de las emociones, rebeldes, libres, poderosas, copiosas, ingobernables. 
… Mi vida emocional: dialéctica entre el anhelo de privacidad y la necesidad de sumergirme en una apasionada relación con otro. Ni el aumento de la identidad que solo se conquista mediante la privacidad y la soledad, ni la espléndida, heroica y hermosa pérdida de identidad que acompaña la pasión.
Y, nuevamente, me vuelvo a encontrar (también porque lo busco) con un tema transversal en las personas que admiro: la identidad. Y en este sentido, estos diarios son grandiosos, porque asistimos a la construcción de esa identidad en Sontag, cómo se hace a sí misma, metódica y laboriosamente. Muchas entradas de su diario son marcas que indican la dirección que ha de seguir para esa construcción de sí misma. Es verdad que son los diarios tempranos (hay otros dos) y que, por tanto, no es todavía la Sontag que llegó a ser, sino la que se va construyendo, la que está creando a la que será. 

Sontag fue una persona compleja, lúcida, penetrante, comprometida, reflexiva, analítica. Y mantuvo una lucha brutal consigo misma. Se consideraba especial, se construyó especial, lo quiso todo, hasta sus mentiras y contradicciones, una cosa y la contraria. Y qué voy a decir yo al respecto: que es magnífico y que la adoro.
Quiero tanto conocimiento como pueda obtener de mí misma - no me dejo engañar- pero ese conocimiento no es el fin que persigo. Fortaleza, fortaleza es lo que quiero. No la fortaleza para resistir, la tengo y me ha hecho débil, sino la fortaleza para actuar.
Amén, Sontag. Te beso y te abrazo tan largo como mi admiración.

Definitivamente, a la inteligencia la carga el diablo. Especialmente cuando hay una inteligencia, una sensibilidad y una mirada más allá de lo que la mayoría ve. Hay combinaciones que son explosivas.
La mente es una puta.
Mucho... muy puta. Doy fe.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Niños en el tiempo (Ricardo Menéndez Salmón)

Páginas: 224
Publicación: 2014
Editorial: Seix Barral
Sinopsis: El final de un matrimonio narrado a través de la muerte del hijo, el relato de una posible infancia de Jesús y el viaje a una isla de una mujer que ha de tomar una decisión trascendental son tres fragmentos de una misma historia que apunta directamente al corazón: la del hecho tan maravilloso como enigmático de que siempre, de un modo u otro, la vida se abre camino.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ.

Aprendió a convivir con la desdicha y su opuesto, que no es la felicidad, sino la falta de acontecimientos. Pues así como lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia, así lo contrario de la desgracia no es la alegría, sino la calma.
Es audaz Menéndez Salmón. En su prosa y en la construcción de este libro. Tres relatos aparentemente inconexos pero que sospechas que están conectados. En el primero, un matrimonio que se deshace a raíz del fallecimiento de su hijo (aunque da la sensación de que el matrimonio no era muy sólido previamente); en el segundo, una genialidad en la que se devuelve a Jesucristo una infancia robada (una idea brillante, aunque la recreación de esa infancia me deja dudas más que razonables); y en el tercero y último, una mujer en una isla, un viaje para aislarse y tomar decisiones pero, inevitable, produciéndose un encuentro que la ayudará a resolver.
Los pronombres fallan, los sustantivos hieren, los verbos esquivan.
Lo que se nos presenta como tres relatos independientes (La herida, La cicatriz, La piel) cuya ligazón sólo debiéramos conocer en el último de los relatos, salta un poco por los aires al observar la dedicatoria del segundo, una pista demasiado evidente de la conexión que se va a producir.

Me explico: creo que una de las bazas de este libro es no saber que los tres relatos son en realidad parte de una misma historia, descubrirlo mientras avanzas en la lectura. Pero ya de entrada en la sinopsis se nos avisa de este hecho, y además el propio autor nos deja una pista evidente, no nos vayamos a perder.
Hay una honestidad abrumadora en respetar los demonios de aquel a quien amamos.
Dicho todo esto, debo decir que me ha gustado Ricardo Menéndez Salmón. Lo que cuenta y cómo cuenta, aunque todo gira demasiado en torno a Antares y el resto de personajes quedan quizás menos explicados, más desdibujados, aunque con una fuerza y una estela evidente en la historia.

El segundo relato, en el que se intenta dar visibilidad a esa faceta de Jesucristo totalmente desconocida, su infancia, me ha parecido brillante como idea y la he disfrutado, especialmente al principio. Luego me he ido dando cuenta que se dotaba al niño de una serie de acontecimientos, pero no percibía de forma clara cómo los vivía, qué huella le dejaba, qué cicatrices… De hecho, ha sido Lavinia quien me ha robado el corazón y la atención, más que el Jesucristo niño, que seguía misteriosamente invisible para mí.

Aunque para mi gusto el libro tiene considerables altibajos, sin embargo el recorrido de las tres historias trazan un trayecto, una aparente línea recta, desde la desesperación hacia la redención, o al menos una especie de restitución que podemos pensar que es una forma de salvarse. Como si la vida finalmente reparara parte del daño causado.
La oscuridad existe, pero la vida continúa.
Y así es, la vida siempre continúa. Cuando estás en el epicentro del dolor la vida no se va a detener, es posible que mientras lames tus heridas te quedes al margen de la propia vida, pero, finalmente, tú continúas también, por inercia, por supervivencia, porque algo te espera en el camino, en una isla, en un tejado, en un cielo estrellado, en un pez. Quién sabe.

No se me escapa el talento de Menéndez Salmón, su escritura pulcra y prolija, sus lustrosas descripciones, el tono fragmentado, la estética del dolor, la variedad de recursos (evidente y desigual en cada uno de los relatos: excesivo y fiero en el primero, brillante y forzado en el segundo, íntimo y elegante en el último) aunque ha primado mucho la sensación de que la prosa utilizada es alambicada, forzosamente rebuscada y en muchos momentos provocaba que me sacara de las páginas y la lectura. 

La sutileza y belleza en el lenguaje me fascina, pero especialmente cuando me introduce en la historia, me arrastra por ella con naturalidad y fluidez además de con admiración. En este caso sentí que la entorpecía en algunos momentos, que estaba por encima de la historia. Y ese hándicap hace que finalmente sea una lectura engañosamente embaucadora, desigual, con momentos brillantes y otros agotadoramente decepcionantes. Ha sido un quiero y no puedo, Menéndez Salmón no me dejó. Pero casi. Insistiré.