Título original: Parfums
Traductor: José Antonio Soriano
Páginas: 160
Publicación: 2012 (2013)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498385045
Sinopsis: El perfume intenso de la tierra negra, de los ríos oscuros y los bosques de abetos de su Lorena natal; la fragancia de la loción de su padre, en contraste con su ausencia en la casa inodora y vacía tras su muerte: tan sólo una muestra de la infinita variedad de olores asociados a los objetos, lugares y gentes que jalonan una vida. Aromas del hogar familiar, de la adolescencia, del internado, de los primeros amores. Olores que fascinan, que incomodan, que hacen soñar, y que van conformando la identidad de un ser humano, cada uno de ellos convertido, mediante la prosa traslúcida y elegante de Claudel, en un elixir mágico que fascina por la fuerza de su pureza y sencillez. Más allá de un mero ejercicio de introspección intimista, estos textos son un homenaje a la tierra que lo vio nacer, a las personas relevantes de su vida, así como una celebración de todos aquellos instantes de plenitud con que suele regalarnos la existencia.
Cada letra tiene un aroma, cada verbo, una fragancia. Cada palabra trae al recuerdo un lugar y sus olores. Y el texto que tejemos poco a poco, al azar duplicado del alfabeto y la memoria, se convierte en el maravilloso y perfumado río, mil veces ramificado, de nuestra vida soñada, de nuestra vida vivida, de nuestra vida por vivir, que nos lleva y al mismo tiempo nos revela.
Supongo que muchos de vosotros habréis oído hablar de la magdalena de Proust. Hace referencia a un fragmento que aparece en Por el camino de Swan, el primer tomo de En busca del tiempo perdido, en el que podemos leer:
En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…
Y así, “la magdalena de Proust” pasó a simbolizar ese fenómeno que consiste en que una experiencia sensorial desencadene nuestros recuerdos. El poder evocador de los sentidos, concretamente el del olfato, algo de lo que ya hablamos a propósito de mi anosmia. Porque más allá de la pérdida de la belleza aromática de algunos olores, si algo realmente me duele de esta dichosa anosmia, es ese agujero negro en mi memoria, la imposibilidad de hincarle el diente a esa magdalena de Proust que me haga evocar personas, lugares, momentos… Una vía de acceso a mi propio pasado. Y si el pasado nos construye, mi identidad está tambaleante sin esa puerta que me permita acceder a lo que soy a través de lo que fui y viví.
Que quiero a Philippe Claudel ya lo dije cuando hablé de La nieta del señor Linh. Que cada uno de sus libros va a ser para mí un seguir queriéndole más es algo de lo que no tenía ninguna duda. Ya me gustaba antes de leerle. Una rara habilidad la suya, o una inusitada intuición la mía.
Cuando me propuse leer Aromas, hubo quien pensó que quizás pudiera ser un libro algo doloroso para mí. Nada más lejos de la realidad. Me lo tomé como una especie de terapia. Confío ciegamente en Claudel, porque conecto con su sensibilidad como si fuera un espejo que me devuelve la mía. Confiaba en que me daría una especie de muleta olfativa, una nariz imaginaria por la que volvería aspirar, incluso esnifar, recuerdos a mansalva.
Ha sido brutal. De una forma que no sé, no puedo, transmitir. La memoria olfativa de Claudel, deliciosamente desgranada en 63 breves capítulos, ha reactivado la mía con dulzura, precisión y delicadeza. Nostalgia rescatada con manos de alquimista por parte de Claudel, en un mosaico de olores y memoria convocada.
Claudel nos trae un diccionario de recuerdos, un abecedario de aromas, desde la A a la V, un recorrido de personas, objetos, lugares y momentos vividos (principalmente de su infancia y adolescencia) a partir de los olores a los que están asociados. Y es inevitable, absolutamente inevitable, que en ese recorrido al pasado de Claudel, tú no hagas tu propio inventario, que sus recuerdos te traigan los tuyos, que su abecedario olfativo reconstruya tus propios aromas alojados en algún rincón de la memoria. Un sendero de fragancias y recuerdos que recorres trazando la geografía de tu propia existencia.
Y así, mi olfato, mi nariz abandonada, derrotada, ausente… cobra vida entre sus palabras, página a página, recuerdo tras recuerdo. Un olor, un recuerdo. Un capítulo, un reencuentro. O varios. Vuelven a mí la resina de los pinos, Old Spice, truchas, hogueras, porros y otras drogas, queso cabrales, paja, cocina, boñiga, río, lágrimas, sudor, leche, garbanzos, chapapote (galipote), lluvia, hierba, carbón, chaquetas y jerséis, piernas, moras, sexo, gasolina, risas, pelo, casa, padre, hermano, abuelas, mar, chuches, madre, libros, manos, cementerio, hermana, menta, viajes... Mis recuerdos se entremezclan con los de Claudel, cada olor que menciona me trae otro, o el mismo, a mí. Cada fragancia vuelve a mi nariz hasta abofetearme, acariciarme, emocionarme, transportarme y, en ocasiones, hacerme tambalear.
Quiso la vida que entre medias de esta lectura transcurriera un día que fue un regalo para mí y que me trajo, entre otras muchas cosas, unos jabones artesanos que provocaron, concretamente uno de ellos, la firme determinación de no renunciar a mi olfato, al que le había asignado valor cero (de cien) y del que me he dado cuenta, gracias a ese jabón, que tal vez haya al menos un uno o dos (de cien). Podría ser nada, pero no voy a renunciar a reaprender, a rehabilitar mi olfato, porque me niego a seguir desdibujándome y a que mis recuerdos sean imprecisos. Recordar es (re)vivir.
¿Cómo no te voy a querer, Claudel?
Déjame aspirar largo, largo rato, el olor de tus cabellos, hundir en ellos el rostro, como un hombre sediento en el agua de una fuente, y agitarlos con la mano cual pañuelo perfumado, para esparcir recuerdos en el aire (Charles Baudelaire, Un hemisferio en una cabellera)





