sábado, 28 de octubre de 2023

La familia grande (Camille Kouchner)


"Huye de la familia [...] Tan solo pertenecemos a los grupos que elegimos"

La familia es una hidra indestructible, entre lo humano y lo eterno, el mito y la realidad. La hidra de agua dulce, invertebrada, con múltiples extremidades que se autoregeneran y que se repliega si se siente atacada. Con sus células urticarias que utilizan tanto para defenderse como para atacar y que producen ardor y picor. Eso son las familias: hidras.

"La familia grande" es autoficción, una autobiografía novelada. O, como lo define Sergue Doubrovsky, "ficción de acontecimientos reales". Nos advierten que "la autora ha cambiado algunos nombres". No se nos dice nada de los hechos, el libro se nos presenta como un testimonio, como una historia del poder de la escritura para liberarse y restablecer lo justo ahí donde la justicia se ausenta.

Comencé a leer la historia de Camille Kouchner como una página en blanco que se va rellenando según lees. Mi memoria tiene una extraña característica: se niega a quedarse con datos, nombres, fechas. Digamos que es una memoria sensorial, episódica, pero nada semántica. Así que no relacioné el apellido Kouchner con nada.

Cuando terminé el libro entonces busqué la información. No antes. Aunque hubiera querido hacerlo Camille Kouchner y su inteligencia narrativa (su inteligencia en general) me lo impidió, porque leí el libro abducida, casi del tirón, recibiendo cada pellizco que me propinaba como un acto de conciliación, de acuerdo y comprensión milimétrica. Iba a decir que me sumergí en la lectura (modo apnea) pero en verdad donde me sumergí fue en la mente de Camille, en sus procesos mentales y emocionales, en su mirada, en su vivencia.

"Todo dicho, nada explicado"

El ritmo narrativo es (iba a decir frenético) brillante, de gran pureza. Camille es (muy) inteligente y directa, no necesita dar rodeos a aquello que en su cabeza ya ha dado muchos (rodeos). Es sobria en su crudeza, sin excesos a la hora de reflejar su compleja y atormentada familia pero también a una sociedad corrupta.

Una familia que, como tantas otras, vertebraba los veranos en torno a las reuniones, las comidas, las fiestas, las discusiones. Quién no tiene recuerdos de esas alegres reuniones familiares con el sol, el calor, los niños y los adultos, los juegos, las cartas, los baños, las risas, los bailes, los interminables debates con un vaso en una mano y el cigarro en la otra... 

No nos equivoquemos, los primeros influencer, desde tiempos inmemoriales, han sido las familias, generando valores y creencias, condicionando decisiones e influyendo en los miembros más jóvenes que no cuestionan la credibilidad de los adultos.

Imagen. Los influencer son una imagen, esa foto estática que nos oculta lo que hay detrás. Como las familias cuando escarbas en esa foto, en aquello que (digamos) transcurre de puertas para adentro. O en todos los silencios, esos que claman al cielo. O en ese mirar hacia otro lado porque si no lo miras y no hablas de ello, no existe. En ese tirar hacia adelante con todas las orejeras bien desplegadas, ese no salirse del camino único, no mirar más allá de un insondable punto fijo al que nunca se termina de llegar, como no se llega nunca a esos destinos indeterminados, sin forma definida, pese a haberlo establecido como un modelo ideal. La mal entendida libertad.

Las familias son hijas directas de la sociedad en la que viven. En la historia que nos cuenta Camille, la sociedad intelectual no queda impune:

"A partir de 1990, la izquierda revolucionaria cede ante la izquierda caviar"

Hay un trauma familiar. El traumón. Porque luego hay otros traumas también de los que no se habla, esa invisibilidad del dolor en las familias. Los secretos. Suicidios, violencia sexual. Kouchner acierta plenamente al poner el foco en escuchar a las victimas más que en castigar a los agresores. Porque el silencio es la mayor de las injusticias, así condenen a pena de muerte al agresor, porque ese silencio castiga de nuevo a la persona agredida. Quizás esta parte es la que algunas personas pueden no entender, pero para mí está nítido.

"La familia grande" es mucho más que el trauma (que fue un grito a voces). Es la relación intrafamiliar, la relación madre-hija, la sociedad intelectual e izquierdista hija del mayo del 68, la enfermedad mental, los silencios, el abordaje de temas tabú como el incesto y el suicidio, el recorrido mental, emocional y personal de la inteligente Camille. Es (también) un libro sobre la culpa, que es la auténtica hidra mítica, el monstruo del inframundo con múltiples cabezas. 

Muchas lecturas tiene este libro. Es más complejo, muchísimo más, de lo que parece en una primera lectura. Por eso me ha parecido tan brillante y lúcido.

"Perseguía su mirada. La quería tantísimo"

miércoles, 25 de octubre de 2023

A contraluz (Rachel Cusk)


"Me gustaría volver a ver el mundo con más inocencia, de forma menos personal"

A mí también me gustaría. Me gustaría saber cómo vería el mundo si pudiera mirarlo de forma más inocente, algo así como sin ser yo. Y eso que me considero una persona bastante inocente. Y también lo contrario, porque los opuestos conviven en mi con la tozudez de un vendaval. Pero incluso cuando toda yo era inocencia pura, la extrañeza ante lo que veía y me rodeaba era marca de la casa.

Parece imposible ver el mundo sin que lo personal matice esa mirada, incluso con la mirada más empática del mundo mundial y el esfuerzo más generoso por ser objetiva parece inevitable dejar de lado lo personal puesto que esta persona que soy tiene conocimientos e ignorancias, aciertos y errores, criterios y opiniones, valores y desinformación, límites confortables y espacios de inseguridad.

En realidad todo lo anterior no tiene nada que ver con el libro. O sí. Porque escogí la cita inicial para intentar entender este extraño libro de Rachel Cusk. He relacionado esa frase con el título del libro ("A contraluz") en un esfuerzo por comprender qué pretendía Cusk contar o transmitir. Cuando ves algo a contraluz lo que ves es principalmente la forma de aquello que se interpone entre tu mirada y la luz, los contornos. Algo así como una sombra bien delimitada. Pero no deja de ser una sombra, un perfil definido en cuanto a la forma, pero no tanto en cuanto al contenido de esa forma. 

Al iniciar la lectura sus primeras páginas me parecieron muy interesantes. Por detalles que quizás no sé expresar pero que tienen que ver precisamente con cómo Cusk en pocas páginas y con acciones comunes (una cena, el despegue de un avión, la charla con el compañero de asiento en el avión) disecciona con más o menos precisión el alma humana en la sociedad actual. Ah, pensé, Cusk va a ser de esas narradoras que construye a partir de detalles, como hacen los buenos observadores y con poderosa imaginación. Construir historias a partir de fogonazos. Eso me parecía que iba a ser este libro. Incluso pensé que nos iba a proponer un juego: contarnos historias que luego la propia narradora desmontaba.

Porque de eso sí va el libro, de narradores. Aquí no hay diálogos, hay narraciones, todos se narran. Así que pensé que era una propuesta lúdica, que Faye (la protagonista, cuyo nombre solo se menciona una vez) se iba a dedicar a escuchar a toda esa gente que parece que tiene tanto que contar de sí misma (y una facilidad pasmosa para hacerlo) y que luego, en plan cómplice con el lector, Faye desmontaría la narrativa de su interlocutor con la facilidad de un chasquido de dedos.

O que tal vez Faye se contaría a sí misma a través de lo que otros cuentan de ellos. Y sí, pero no. Como casi todo el libro: sí pero no. Parece que, y a veces sí, pero entonces no, los difusos límites entre ilusión y realidad, juego de espejos, ir desde el detalle trivial al existencialismo de la vida... Y al final ni idea de lo que pretendía Cusk, quizás todo eso pero deja a Faye sin narrarse ni, en muchas ocasiones, intervenir sobre lo narrado. Ni guía al lector ni tampoco nos da mucha posibilidad de recibir algo lo suficientemente masticado, sólo nos queda aceptarlo o rechazarlo.

Un mérito tiene este libro para mí. Y es algo personal. Me ayudo a entender un pequeño misterio (que no es tanto en realidad) que tengo muy presente. Porque hay dos situaciones que relata Cusk que me gustaron mucho, me parecieron muy lúcidos. Curiosamente ambos tienen que ver con niños (la relación fraternal entre dos niños que pasan del amor al odio y cómo los bebés en la trona tiran objetos para que el adulto se los vuelva a entregar y ellos vuelvan a tirarlos).

El problema es que la ilusión y el disfrute de esas primeras páginas no se han sostenido durante el resto de la lectura. Esas narraciones extensas, verborreicas, de cada persona con la que Cusk se iba encontrando se me empezaron a hacer cansinas, me forzaban a la pasividad (pese a que Cusk deja en muchas ocasiones que sea el lector, y no Faye, quien enjuicie aquello que lee), a recibir sin más ese torrente de vivencias y su interpretación egocéntrica y personal. No es que me molestara porque fueran historias personales, sino por el egoísmo y narcisismo que contenían algunas de ellas. O así me llegaban. Además que alguna de ellas me parecieran lejanas, frías y no sé si decir aburridas, insustanciales. Innecesarias tal vez. Faye tal vez pretendía ser un tamiz de esas historias que recibe, pero al hacerlo a contraluz únicamente filtra los contornos de una forma opaca.

Un libro desconcertante, un poco como sin rumbo o sin un horizonte que pudiera atisbar con claridad. Pero me lo leí hasta la última página y admiré algunas de las reflexiones mostradas y en verdad tienes la sensación que de cualquier detalle puede surgir un relato, una narrativa, lo cual supongo que es la base de cualquiera que pretenda escribir (y ser escritor ni es fácil ni es una autoetiqueta que podamos colgarnos con ligereza). En definitiva: no es mal libro, pero aquí empieza y aquí termina mi relación con Cusk (por si acaso aclaro: las intenciones son eso, intenciones, no decisiones definitivas e inamovibles, sino decisiones altamente probables. Que nos conocemos)

domingo, 22 de octubre de 2023

Dime una adivinanza (Tillie Olsen)


"Además, ¿cuándo queda tiempo para recordar, cribar, sopesar, estimar o hacer balance? En cuanto empiece, alguien me interrumpirá y tendré que volver a recogerlo todo una y otra vez. O si no, quedaré sepultada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber sido y lo que no pudo evitarse"

"Aquí estoy, planchando" es el primer relato de los cuatro que componen "Dime una adivinanza". Una mujer planchando, un acto tan doméstico (y que personalmente aborrezco y evito todo lo que puedo). Parecería que planchar es placentero, relajante, un movimiento hacia delante, hacia atrás, repetido, desarrugando la ropa. Visualmente los movimientos repetitivos, que incluso asemejan un balanceo con la plancha en la mano, pueden parecer sencillos, banales. Pero el cuerpo y el movimiento suele ir acompañado de un interior activo, una mente que piensa, reflexiona. Esa es la acción, el leitmotiv de "Aquí estoy, planchando". Planchando y de paso cavilando, repasando la relación de una madre con su hija, sopesando lo vivido.

"Aquí estoy, planchando", es un relato poderoso, poderosísimo (quizás eso lastre un poco el resto de relatos). Tal vez por ser el único de los cuatro relatos que usa la primera persona, lo que nos aproxima más a la historia y la hace más cercana, pero resulta ser el más contundente para expresar lo que entiendo es la columna vertebral de los cuatro relatos: la precariedad (también maternidad, familia, desigualdad...)

¿Qué pasaría si existiera universalmente la igualdad de oportunidades? Para todo el mundo. ¿Qué pasaría si el acceso a la educación, a la sanidad, a la vivienda, al mundo laboral..., fuera exactamente IGUAL para todos? Para todo el mundo, insisto. Igualdad de oportunidades. No nos lo muestra Tillie Olsen, qué sucedería si esto fuera así. Nos muestra justo lo contrario: lo que es la vida para quienes no pueden acceder a sus propias posibilidades porque su entorno es la penuria y es la desigualdad por ser mujer o por tener un color diferente al blanco inmaculado o eres madre, o pobre o todo lo anterior a la vez o la vida decide por ti a qué puedes acceder o aspirar.

No conseguir aquello que soñamos es de las situaciones más frustrantes a los que nos enfrentamos. Cierto que suele ser más habitual de lo que solemos reconocer. La vida suele parecerse poco a aquello que creíamos iba a ser. Reajustamos expectativas, sueños y deseos constantemente. Con suerte conseguimos estar en paz con lo que tenemos y somos. La injusticia no está ahí, en haber soñado de más. La injusticia está en que no se te den oportunidades para conseguir aquello que soñabas. Porque ya lo sabemos, eso de perseguir tus sueños, si lo sueñas lo consigues y bla bla bla, es un invento peligroso que nos intentan colar continuamente para que si fracasamos sea nuestra responsabilidad y no de la falta de oportunidades. 

Hay sueños básicos: tener una familia, cierta solvencia económica, estabilidad laboral, una vivienda, una educación, salud... etc. ¿Quién no sueña con eso? Soñar con lo que debiera de ser un derecho universal. Pero ¿y las oportunidades y la igualdad de posibilidades para conseguirlo? No partimos todos desde el mismo lugar, ni a veces tenemos al alcance de nuestra mano lo más básico para conseguir tener una vida digna. Ni todo el mundo parte con la misma posibilidad ni oportunidad.

La mujer que plancha en el primer relato no tiene nombre, es todas las mujeres, generaciones de mujeres "infinitas, valerosas, incorruptibles" (como las define la propia Tillie en su dedicatoria final). Aplaudí este relato hasta enrojecer la palma de las manos. Y si bien es cierto que, como he comentado, este primer relato vibrante, enorme, lastra el resto de relatos (aunque en el último, que da título al libro, vuelve a alzar vuelo), he admirado la perspectiva de Olsen. Perspectiva de mujer, sin duda, tan necesaria de voces que han sido (son) silenciadas y menospreciadas, o se manipula su voz (que no sé que es peor). El flujo de conciencia de la mujer que plancha es la conciencia de todas.

Olsen lo tenía claro: "La visibilidad conforma la realidad". Visibilicemos.

jueves, 19 de octubre de 2023

El show de Gary (Nell Leyshon)


"Allí vamos, pasen y vean. Por aquí, eso es. Toma asiento. Coge el libro. ¿Todo bien? ¿Estás cómodo? Estupendo. Pues que empiece el show de Gary"

Nell Leyshon con "Del color de la leche" consiguió crear un personaje, Mary, de esos que permanecen en la memoria del lector durante mucho tiempo. "El show de Gary" es también un libro que gira en torno a las memorias de un personaje. Digamos que Gary es el reverso de Mary. Toda la alegría, vitalidad, fuerza y honestidad que tenía Mary le falta a Gary. Si adoramos en su momento a Mary, despreciaremos a Gary. Miento, tampoco produce desprecio. Indiferencia más bien. El problema es que no es indiferencia lo que Gary (ni Nell Leyshon) querría provocar.

La narrativa ágil a base de frases, capítulos cortos y diálogos fluidos que enganchan a la lectura sigue siendo una herramienta que Leyshon maneja a las mil maravillas, eso es innegable. Pero además de esa narrativa seductora (por lo fluida que hace la lectura) es poco lo que puedo valorar positivamente de este libro. Todo lo demás me ha sobrado, que es lo mismo que decir que me ha sobrado esta lectura.

Tal vez Leyshon ha querido hacer algo tan diferente a "Del color de la leche" y al personaje de Mary que forzó una historia totalmente contraria, pero también totalmente fallida. Es extraño, porque es como si Leyshon hubiera renunciado a todas las virtudes y habilidades que hicieron de "Del color de la leche" un libro impactante y muy atractivo y hubiera decidido escribir un libro más cómodo, menos trabajado, cogiendo tópicos de aquí y allá y poniendo su pericia narrativa como colchón para que el libro funcione. No basta, no me ha bastado.

El problema para mí es que todo lo que cuenta Leyshon ya está narrado (y se seguirá haciendo) muchas veces y mejor. Familia disfuncional, padre ladrón y maltratador que pasa más tiempo en la cárcel que fuera. Madre maltratada y alcohólica. Una infancia de maltratos físicos y emocionales, una infancia de abandonos. Víctimas que se convierten en verdugos. Vale que ya está todo contado pero la gracia está en que se haga dando una vuelta de tuerca, aportando un nuevo matiz que te resulte sorprendente, una combinación de elementos novedosa, una narrativa que te deje pasmada, un lenguaje torrencial que apabulle y te fascine... No sé, hay muchas formas de que sigamos dando la vuelta a la tortilla a los mismos temas y que alguna de esas formas sea lo suficientemente novedosa, creativa u original como para que no suene repetido o facilón.

He sentido que en "El show de Gary" las costuras eran muy evidentes, nada sutiles y con poca capacidad de sorprender. Una fluidez en la narración que te arrastra como único sustento es poco bagaje para obviar el exceso de clichés. Si "El show de Gary" pretendía ser las memorias de una persona que provoca repulsión pese a su terrible infancia, pero que avanza hacia su propia redención de forma que el lector haga ese recorrido emocional desde el desprecio al reconocimiento porque el protagonista consigue salvarse a sí mismo... pues no ha funcionado. Al menos no lo ha hecho conmigo y así lo he leído y contado.

domingo, 15 de octubre de 2023

Peces de colores y hormigón (Maartje Wortel)


"Éste es el comienzo. (De momento puedo decirte que el comienzo es lo que más dura, es el impulso inicial. El final es un punto. Sólo un punto. Pero si miras con detenimiento, verás que ese punto es una abertura, un minúsculo agujero por el que puedes pasar. Tras él, un nuevo y largo comienzo te está esperando. Si quieres, esto no acaba nunca.)"

Es la tercera vez que leo este libro. Las dos anteriores fui incapaz de escribir nada sobre su lectura. No entendía la razón: este libro es una puñetera maravilla (para mí, siempre para mí, porque de eso va esto: de lo que leo y cómo me encuentro o desencuentro en las lecturas). Pero no conseguía decir nada de él ni saber la razón de ese bloqueo. A la tercera fue la vencida: ya he entendido.

Hay libros que se vinculan con momentos de tu vida y quedan unidos a ella con naturalidad porque te encuentras en ellos. Y me cuesta encontrarme fuera de mí misma. Sólo lo he conseguido con los libros, la música, el cine, el arte, la naturaleza. Con las personas, algunas, he creído encontrarme. Pero no. No totalmente.

"A veces creía haber encontrado a alguien, durante un tiempo hablamos el mismo idioma, pero al final sólo quedaban peces de colores y hormigón, que suena muy bien pero habría que ver cómo termina algo así."

Me he encontrado en "Peces de colores y hormigón", como en su momento lo hice en "La niña del faro", de Jeanette Winterson, con el que tiene mucho en común: los aforismos y metáforas, las historias, la (des)estructura narrativa, la magia, el sentimiento, la emoción del asombro, del reconocimiento, los comienzos y finales.

Vibrar leyendo como vibran los anillos de la siringe de los pájaros para lograr su canto, vibrar como el canto de un colibrí. Y yo respondo como las plantas al sonido de sus polinizadores: menos gasto energético y más producción de azúcar. Azúcar saludable. Puro néctar.

Hay libros que están vivos, muy vivos. Respiran. Si prestas atención, si escuchas, si te dejas llevar, eres capaz de escuchar su respiración, puede que incluso te parezca que contienes el aliento para sentir esa inspiración y espiración. En realidad no es que hayas dejado de respirar, es que has acoplado tu respiración a la suya, a la del libro, respiras al unísono. Corres el maravilloso peligro de sufrir contagio emocional con lo que estás leyendo, con las palabras que penetran en ti, compartiendo la emoción que desprenden en una sincronía. Tantos libros, tantas lecturas. Y coincidir.

No me pidáis que dé una forma concreta a esta lectura y a este libro. Lo concreto puede ser muy eficaz en determinadas situaciones pero dejarte llevar por aquello que no tiene forma definida ni reglas es una manera de comprender(se) y reconocer(se). Y es la mía.

"Hay una gran diferencia entre querer realmente algo y creerlo. Me refiero a creer que lo quieres. Si sólo crees que lo quieres, el deseo acaba en el mismo momento en que sientes que lo tienes. Cuando quieres algo de verdad, el deseo comienza en el momento en que sientes que lo tienes."

jueves, 12 de octubre de 2023

Nosotros en la noche (Kent Haruf)


"Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.

¿Cómo? ¿A qué te refieres?

Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizá tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar"

Viuda ella. Viudo él. Más de 70 años de edad. Se conocen desde hace muchos años pero no han tenido una relación especial de amistad. Conocidos, vecinos. Y solos. Haruf no se anda con rodeos y con suavidad e incluso con aparente ligereza nos muestra sus cartas desde el inicio, lo que de entrada supone un órdago en toda regla que el lector tiene que aceptar si quiere avanzar en una lectura recién comenzada. Vale, Haruf, ya me has mostrado tus cartas, pero ahora hay que jugarlas. Haruf es un jugador esquivo pero firme, no te va a dejar que metas baza, no hay interacción posible. Esto no es un partida de mus, no hay rivales ni compañeros, hay un maestro de ceremonias que se va a marcar un solitario al que asistiremos como meros espectadores. Las cartas encima de la mesa, boca arriba. Juega, Haruf, tuya es la partida.

"Nosotros en la noche" es una crónica sin estridencias a partir de la (re)unión de dos personas en el umbral de su vida, cuyas cicatrices están prácticamente cerradas y secas, reparadas por el paso del tiempo, aunque sean visibles (especialmente en la oscuridad de la noche). Dos personas que deciden dormir juntas y hablarse, garantizarse un bienestar que interrumpa la soledad que impregna a las personas mayores. Ley de vida, dicen. También es una crónica social de una pequeña población, de sus mezquindades e hipocresías.

Esta es una historia vulgar, no en el sentido de vulgaridad, sino de cotidianidad, de común. Lo extraordinario es la decisión de Addie de pedirle a Louis que duerman juntos por la noche y la naturalidad de Louis al aceptar la propuesta. A partir de ahí asistimos a sus conversaciones (el relato está construido a base de diálogos, con apenas descripciones), a como se van conociendo y perdiendo poco a poco esa extrañeza de una situación tan atípica. Que sea una situación atípica no quiere decir que sea incorrecta, únicamente quiere decir que algo que debería de ser normal (que dos personas decidan, ya en su vejez, compartir sus soledades para hacerse compañía y espantar las noches vacías y oscuras) no ha sido "pactado" socialmente como algo aceptado.

Y, claro, ahí están los tiquismiquis de turno y los porculeros habituales para escandalizarse y llevarse las manos a la cabeza: el resto de vecinos y conocidos y, lo que es peor, los propios familiares. Los remilgados en primera fila, ahí, dando por saco. Perdonad el exabrupto: es mío, no de Haruf. Él sólo sigue enseñando sus cartas, colocándolas con ritmo ágil y desarrollando la historia con suavidad, paciencia, ternura y sin juzgar ni exasperarse ni maldecir. Para eso ya estoy yo, Haruf no pretende ser edificante ni demagogo, lo que pretende es reflejar algo y hacerlo desde el sosiego y la amabilidad. No hay juicios de valor, relata unos hechos, con los detalles justos, avanza en la historia para llevarnos a un territorio (humano) concreto y dejarnos allí, ya cada cual saque sus conclusiones.

Y con esa bondad y amabilidad, directo y muy respetuoso, va reflejando la vida y sus soledades, su compendio de ilusiones y de trampas sociales que condicionan a las personas. No va a profundizar en nada, no va a hacerlo complicado. Cuando te abruman la soledad, los años, la vulnerabilidad, las ausencias ¿qué haces?: buscar compañía. ¿Qué hacen aquellos que te rodean? Pues allá cada cual con su conciencia. Haruf construye una apertura que va desde lo pequeño y tangible del día a día de dos personas hacia lo grandioso del universo humano, con sus claroscuros y contradicciones, esas incompatibilidades entre el amor que profesamos a nuestros padres y el amor que les permitimos tener.

La sencillez de la historia me ha desarmado, y eso que yo quería cabrearme con la mojigatería y estas moralidades exageradas y fariseas de una parte de la sociedad que pensaba yo que eran de otra época o de otros países menos desarrollados pero que, reflexionando después de la lectura, me he dado cuenta de que, a lo mejor, ni pertenecen al pasado ni están tan lejos. Agradezco a Haruf el trato amable para con el lector en el que ha sido su último libro, entregado dos días antes de fallecer como consecuencia de una enfermedad terminal. Le agradezco que no nos arrolle con un caudal de sentimientos y emociones y agradezco también su control pudoroso y nada casual que consigue equilibrar la narrativa con la fluencia realista.

sábado, 7 de octubre de 2023

Canto yo y la montaña baila (Irene Solà)


"Ahí está, un tesoro en forma de secreto. Una pequeña convulsión del alma [...] Una verdad como una fruta podrida"

Los bombos publicitarios me ponen a la defensiva. Desconfío. La mochila de lecturas con la que cargo (tan gustosamente) me dice que mis gustos muchas veces no coinciden con la masa lectora que ensalza un libro y lo encumbra a alturas a las que no tantos libros ni autores llegan. La mayoría de las veces son globos que estallan apenas les roza el viento. Libros tan grandilocuentes como efímeros. Por eso decidí esperar un tiempo para darle oportunidad a Irene Solà y su "Canto yo y la montaña baila".

No siempre esa desconfianza se ve confirmada o lo hace sólo a medias: en este caso me ha sorprendido para bien, aunque es cierto que necesito una confirmación, ver a Solà en nuevos libros y justo ahora Anagrama acaba de publicar "Te di ojos y miraste las tinieblas", lo cual de entrada ya me dice algo: Solà apuesta por unos títulos muy "marca de la casa". Le daré su oportunidad (quién sabe cuándo) porque necesito ratificar mis sensaciones y tengo cierta esperanza en la evolución de esta autora que, intuyo, nos va a ofrecer un universo propio y personal que me parece lo suficientemente atractivo como para no perderla de vista aunque tenga reticencias. Pero voy a centrarme en la lectura de "Canto yo y la montaña baila".

Hay un despliegue de recursos literarios de manual pero lo interesante está en la capacidad de Irene Solà para utilizarlos con eficacia: ahí están los símiles, las metáforas, las imágenes, las sinestesias, las perífrasis y, especialmente, la prosopopeya, sin duda alguna el recurso más destacado, la columna vertebral de este libro. Todos estos recursos son muy visibles, quizá demasiado evidentes, pero están engarzados con coherencia y con una frescura que se agradece muchísimo, pese a la (sospecho) extremada elaboración que hay detrás (es aquí donde necesito confirmación con un nuevo libro sobre si esa elaboración es metódica, trabajada o si tiene un fuerte poso de instinto natural para la escritura).

No sólo hay un amplio conocimiento y manejo de los recursos literarios, hay también un vasto conocimiento de la naturaleza y sus detalles (y esto sí parece más personal e instintivo en Solà). Y cuando hablo de conocimientos, hablo también de empatía (no hay conocimiento real sin esa empatía), de esa epistemología y entendimiento afectivo de realidades ajenas (tanto humanas como no humanas pero que son de este mundo). Reconocerse en el otro, siendo el otro tanto una persona como un animal, una nube, una montaña o una seta.

Todo está conectado en este juego de voces polifónicas para conseguir una musicalidad armoniosa y ese es un mérito de Solà, que maneja con éxito esa simultaneidad de voces para llevar al lector a percibir el todo que se escondía detrás de aquello que inicialmente percibimos como notas sueltas, cada una con su matiz que nos aleja de lo monolítico para enriquecer el mundo con sus variadas interrelaciones. 

La función de las voces metafóricas aportan una visión del mundo humano en el que la naturaleza es partícipe pero sin implicación moral (mucho menos con las causas de las injusticias y brutalidad del ser humano). La tierra que pisamos, el aire que respiramos, las nubes y el cielo que nos cubren, han sido vividos por otras vidas, es un escenario que nos trasciende y a la vez nos recuerda la necesidad de ser más amables, compasivos, menos soberbios. Con un lirismo desvergonzado, imaginativo y conmovedor Solà ha escrito un libro bello y sorprendente que alza vuelo en sus últimas páginas y que espero ratificar con "Te di los ojos y miraste las tinieblas".

©AnaBlasfuemia

jueves, 5 de octubre de 2023

El librero Vollard (Pierre Péju)

"Nada está escrito en ningún lugar, sólo la vida acribillada por imprevistos de última hora, esas insignificancias decisivas que desafían a presagios y previsiones y se ríen de nuestras expectativas"

Se dice que humanizar a nuestras mascotas es perjudicial para ellas. A mí me pasa lo mismo con los libros: los humanizo, les designo intenciones, emociones, deseos... Y, como si de una persona se tratara, los amo, los cobijo, los observo, los escucho. También, a veces, me enfadan.

"El librero Vollard" me ha enfadado y mucho. Aunque supongo que quien me ha enfadado es Pierre Péju. Este libro lo tenía todo para que me encantara: una buena historia (de inicio), un protagonista fascinante (Vollard) con el que me podía identificar a rabiar en su amor por los libros, personajes muy atractivos que podrían seducirme (Eva y su madre Teresa), un entorno (el Parque Natural de Chartreuse) que imbrica perfectamente en la historia... Caray, ya estaba rendida a este libro desde hace mucho tiempo, antes de empezar a leerlo.

La presentación de los personajes (Vollard, Eva, Teresa, la señora Pélagie) es brutal, demoledora, muy atractiva. Están todos los mimbres ahí, está el desencadenante: Vollard atropella a la pequeña Eva. Eva, abandonada. Teresa, ausente, inconsistente y escurridiza. Vollard, voluminoso, con una soledad fruto de una conciencia malherida y que lee con vértigo y sin sosiego. Esta fue mi primera alarma, no entendía que un lector como Vollard no encuentre, en algún momento, sosiego en los libros.

Cuando comencé a leer me preguntaba cómo es que hay tanto silencio en torno a algunos libros, como si hubiera un virus que produce ceguera a los lectores, invisibilizando libros que son la repanocha. Me pasa con muchas otras cosas, que no entiendo que la gente no lo vea con la claridad con que a mí se me presentan (ya comprendí qué es lo que sucede, lo cual ha sido un alivio). Son como telarañas que sólo percibes cuando la luz incide en ella y el rocío de la mañana mejora notablemente su visibilidad y su belleza.

Pensaba, durante muchas páginas, que "El librero Vollard" era una de esas telarañas literarias: resistente en su aparente fragilidad, suave en su solidez, modesta en su imponente belleza, pegándose a tus dedos y sintiendo que no quieres liberarte de esa constelación de hilos. Peju escribe con sensibilidad, eso es innegable y un atractivo más, pero no resuelve bien (siempre en mi modesta opinión) ese choque de soledades que plantea y me queda la sensación que los personajes tan poderosos que propone Péju terminan siendo marionetas en sus manos. La belleza inicial, esas piruetas elegantes y sensibles desembocan en una caída artificiosa que no consigue arañar pasión o conmoción.

El problema al que me enfrenté es que todo gravita en torno a Vollard y los otros personajes no alzan vuelo, no cogen consistencia (no empatizas con Teresa, Eva queda difuminada y anulada, Pélagie desaprovechada...) y esa presencia gelatinosa de sus "acompañantes" contamina a Vollard y a toda la historia que empieza a un nivel muy alto, va perdiendo fluidez y luego avanza a trompicones, entre destellos luminosos y fragmentos que parecen piezas sueltas que no encajan como deberían y producen un chirrido molesto que me saca de la historia, dejo de vivirla.

El leitmotiv de "El librero Vollard" es evidente: la literatura alivia pero no cura. Que no desdeño la premisa, pero pienso lo mismo que cuando se dice que el dinero no da la felicidad. No la da, pero ayuda tanto. Con la literatura pasa lo mismo: no sana, no salva… pero ayuda tantísimo. Que me den dinero y libros, que del resto ya me encargo yo.

 

sábado, 30 de septiembre de 2023

La pared (Marlen Haushofer)


"Hoy sigo teniendo miedo porque sé que solo puedo vivir si no entiendo ciertas cosas

Un día vas con tus amigos a una casita en los Alpes y ese mismo día te quedas aislada del mundo por una pared invisible. Sí, una especie de cúpula sólida y transparente a lo Stephen King, pero hasta ahí los parecidos (el libro de Haushofer se publicó en 1963, y "La cúpula" de King en 2009). Fuera de esa barrera, de esa campana invisible pero lo suficientemente corpórea como para no poder traspasarla, nadie. Dentro de esa campana, una mujer, un perro, una gata y una vaca.

La razón por la que no he leído antes este libro se desconoce, sirva de excusa que la vida es demasiado corta para tanto libro, una hace lo que puede. No importa, los libros siempre llegan cuando deben de hacerlo, en su punto justo, con la cocción adecuada para que llegue al paladar con la textura jugosa y necesaria para que te permita paladear la lectura de forma espectacular.

¿Qué hace ahi esa pared? ¿cómo y por qué ha aparecido? ¿qué ha pasado con el resto de la humanidad que se ha quedado fuera de esa pared? Quizás esas sean las preguntas que inicialmente te planteas cuando empiezas esta lectura. Pronto las abandonarás. No es lo importante. Empezarás a hacerte otras preguntas.

La mujer, de la que (salvo que se me haya pasado por alto) no conocemos el nombre, escribe un diario que nosotros, lectores cotillas, seguiremos con fruición, motivados por algo inherente al ser humano: encontrar un sentido o una explicación a la situación planteada. También lo hace ella, nuestra mujer aislada, buscar un sentido. Esa necesidad de conocer los porqués, especialmente cuando no esperamos algo y cuando nuestra zona de confort se ve dinamitada. Sin previo aviso, claro, sino esa hecatombe que se produce no sería de tal magnitud.

"Las cosas suceden sin más; yo solo intento, como los millones de personas que me precedieron, encontrarles un sentido porque mi vanidad se niega a admitir que el único sentido de un acontecimiento radica en el acontecimiento mismo [...] Solo nosotros estamos condenados a perseguir un significado inexistente"

Bien, la mujer sobrevive. Vuelvo a repetir: sola, con la única compañía de un perro, una gata y una vaca. Amaremos tanto a Lince, Perla, Bella, Toro, Tigre. Pero tanto, tanto. Como decía, la mujer sobrevive (por lo menos hasta el punto final de su diario, que termina porque se queda sin papel). No sabemos qué sucede después, no importa. Hasta entonces vamos viendo cómo se las apaña, sus paseos, sus idas y venidas por los espacios que la pared le permite. Sabemos qué le sucede y qué piensa porque, recordemos, estamos leyendo su diario (su informe), ella nos lo cuenta. No se deja amilanar, sobrevive porque no pierde la esperanza, no se lo permite. Y porque tiene que cuidar de su única compañía: perro, gata, vaca. No es casual. Y qué importante es esto: vivir para cuidar.

"Aunque la pared me obligó a empezar una vida nueva, lo que de verdad me importa es lo mismo de siempre: el nacimiento, la muerte, las estaciones; crecimiento y decadencia"

Estamos ante un proceso de revelación, la mujer descubre el espacio que le rodea, sus habitantes, a sí misma. Explora y se explora. Está sola ¿cómo no pensar en la propia existencia, en la humanidad? Y ahí el libro crece como un árbol crece para ser parte del pulmón del planeta. Y crece porque lo va haciendo la mujer, con sus raíces, su tronco, su copa, sus ramificaciones, sus heridas, su corteza. Y crece en una atmósfera asfixiante, claustrofóbica y angustiosa. Como la vida, tan inevitable ella, siempre creciendo.

La lucha por la supervivencia es en principio el sostén de este libro, pero de una manera también invisible (como la pared) hay un hilo que va conectando todo: los recuerdos de la mujer, sus pensamientos, sus reflexiones. Recorriendo ese hilo junto a ella observamos cómo va desdeñando su vida anterior, la modernidad de una vida sustentada en la vanidad, el delirio de grandeza, las ensoñaciones y cómo aprende a encontrar cobijo en la naturaleza que le rodea, esa naturaleza de la que cada vez nos alejamos más y respetamos aún menos. Aprende que la naturaleza no es justa ni injusta. No cabe en ella la clemencia porque la naturaleza no es humana: es naturaleza.

Podría considerarse esta novela como una novela de supervivencia, una distopía. He podido ver que se refieren a ella como una "novela robinsoniana". Parece ser que Doris Lessing comentó de este libro que sólo podría haber sido escrito por una mujer. No lo voy a discutir porque estoy bastante de acuerdo con Lessing. Tal vez podríamos decir que es una novela sutilmente ecofeminista y también me parecería bien (más por la parte ecológica que feminista). Pero ante todo es una novela brillante y poderosa, cuya trama aparentemente sencilla esconde inteligentes reflexiones sobre la condición humana, la civilización y la naturaleza.

Qué libro tan magnífico. No quería que se terminara. Envidio a quienes aún no lo habéis leído.

"A veces se me enmarañan las ideas, es como si el bosque echara raíces en mí y utilizara mi cerebro para sus pensamientos ancestrales y eternos. Y el bosque no desea que el hombre regrese"

sábado, 23 de septiembre de 2023

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Țîbuleac)

"Una decisión estúpida es producto de otra decisión estúpida [...] Un sopapo perdonado acarreará un puñetazo y una mentira admitida se transformará en un cementerio de verdad"

Hace días que terminé de leer este libro y desde entonces lo estoy rumiando, remasticando, dejando que se rehaga y que se reinicie una y otra vez el trayecto que va desde el estómago a la boca y vuelta a empezar. Hoy me he sentado con una idea, algo que comentar después de tantas vueltas que le he dado al poso que me ha dejado esta lectura, pero me temo que se me ha olvidado cuando he mirado por la ventana y he visto a las hojas de los árboles revolotear como si fueran golondrinas y he pensado que el verano parece querer irse desde hace muchos días, o tal vez sea el otoño el que quería llegar apresurado, cambiar los tonos y colores, reestablecer un clima respirable, invitar al paseo.

Como se me ha olvidado lo que quería decir cuando terminé la lectura (mi idea inicial se fue revoloteando con las hojas), diré lo que me pasó cuando la inicié: que el libro me dio una bofetada con la mano abierta en la primera frase ("Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás"). Una bofetada de esas que te hace dar tumbos hacia atrás, te hace retroceder, alejarte, casi huir. No lo hice, seguí leyendo. Y seguí recibiendo bofetadas. Tanta rabia, tanta violencia, tanta furia, tanto odio.

Durante muchas páginas Aleksy regurgita y vomita alternativamente todo el odio hacia su madre. Comprendo, conozco y reconozco la rabia y la ira. Pero el odio es un sentimiento que me desborda, que se me escurre cuando intento entenderlo, quizás porque tiendo a intentar discernir lo que hay detrás de todo aquello que produce rechazo. Siempre he querido entender el origen del dolor, de quien lo siente pero también de quien lo provoca.

Las frustraciones de Aleksy están ahí, nítidas: los sempiternos problemas de comunicación, la mirada que deseas recibir y no llega, el trastorno mental, la muerte de una hermana, el abandono, las carencias, el ninguneo. Las entiendo. Pero no consigo ver a su madre como un ser malvado, digna de un odio tan exacerbado y furibundo.

Sé las razones que me impiden ver a la madre de Aleksy como un ser detestable porque conozco el camino y sé dónde está la auténtica maldad y la perversión pero creo que tampoco es lo que pretendía Tîbuleac, que pone toda su fuerza narrativa (que es mucha) en algo más constructivo: mientras su madre se marchita y sus ojos verdes ocupan todo su cuerpo, Aleksy va deshaciendo su odio y transformándolo en absolución. Sus deseos de matar a su madre se convierten en reconciliación. La tormenta inicial, desatada y agotadora, se aposenta en una quietud balsámica, fruto de esa paz interior que sólo puede proporcionar el perdón. Se me ocurre, así a bote pronto, que para perdonar al otro primero tienes que perdonarte a ti misma. O al menos tienen que ir a la par, de la mano, acompañándose ambos perdones, sin pisarse.

"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes" es la historia de una transformación que Tîbuleac nos invita a recorrer con mano firme y segura y con un lenguaje poderoso, enérgico e hipnótico. Ese arco que se traza desde el odio al perdón tiene mucho de búsqueda (¡de necesidad!), de encontrar tu propia identidad, de abandonar la culpa, de esa forzosa introspección en la que el dedo deja de señalar al otro y/o a uno mismo y buscas un nuevo lenguaje, reaprendes a nombrar las cosas como un niño que busca y encuentra sus primeras palabras. Y cuando detectas por fin las palabras idóneas, tan nuevas y tan alejadas de las que utilizabas y te herían como cuchillos afilados en las córneas, se produce el reajuste, el equilibrio. La transformación se ha completado entre campos de maíz, girasoles, amapolas, palomitas, hamacas, mercadillos y caracoles. 

"Si la muerte tuviera en cuenta la opinión de los demás moriría mucha más gente adecuada"

 

martes, 19 de septiembre de 2023

La lucecita (Antonio Moresco)


"¿Quién sabe si la materia de la que está formado el universo [...] no está dentro de otra materia infinitamente mayor, y asimismo la materia y la energía oscura no están dentro de una oscuridad infinitamente mayor? ¿Quién sabe si la curvatura del espacio y del tiempo, si hay tal curvatura, si existe el espacio, si existe el tiempo, no están también ellos dentro de una curvatura mayor, un espacio mayor, un tiempo mayor, que viene antes, que no ha llegado todavía?"

Me sucede mucho últimamente que termino una lectura y no sé qué decir. No es que no sepa si me ha gustado o no. No es eso. Tiene más que ver con una especie de conmoción, una suerte de síndrome de Stendhal que me deja sin palabras, con emociones intensas incapaces de encontrar el recorrido necesario para encapsularlas en un texto. No se me amontonan las palabras ni se colocan una detrás de otra, simplemente me quedo en una especie de letargo extraño: calmo por fuera y una vorágine de emociones en mi interior, fruto de sentir que estás ante ese tipo de belleza que ni todo el mundo es capaz de crear ni todo el mundo es capaz de percibir. Y sí, esto me ha sucedido con "La lucecita". Así que mientras surge (o no) ese trayecto que conecte la lectura con las palabras, os cuento cómo he llegado a este libro.

Pues resulta que la editorial Impedimenta se ha embarcado en una de esas titánicas empresas que les gusta acometer de vez en cuando (si encuentran "materia prima", supongo) y que ya hizo que en España estallara el boom Cărtărescu (la joya de la corona de la editorial). Ahora, y con el primer libro de una trilogía no menos imponente que la de "Cegador", Impedimenta nos trae "Los comienzos" de Antonio Moresco. Casi 700 páginas de un libro del que encuentras poca información, o mejor dicho, apenas encuentras información concreta, pero sí mucho elogio casi celestial. Total, que antes de tirarme a la piscina he decidido mirar a ver si había agua (una va aprendiendo), así que busqué información sobre Antonio Moresco, al que no dudan en comparar con Proust, Joyce y el propio Cărtărescu.

Nota: si yo fuera Proust, Joyce (incluso Virginia Woolf, muy recurrente también en este tipo de comparaciones) me sentiría bastante molesta con que salgan tantos escritores con una facilidad pasmosa para estar al nivel de Proust, Joyce o Woolf. Si el tiempo no fuera un filtro maravilloso e implacable , la literatura estaría llena de Proust, Joyce, Woolf, Kafka... etc. Pero va a ser que no. Es lo que tiene lo excepcional, que ocurre raras veces.

No me quiero alejar de Moresco. Decía que antes de tirarme a ciegas al inicio de una trilogía que se me antojaba descomunal decidí hacer una cata, algo que tenía al alcance al haber publicado Anagrama en el 2016 este libro de Moresco: "La lucecita".

Y en este punto es donde tengo que decir que antes de terminar de leer "La lucecita" ya estaba encargando "Los comienzos". Y no he escrito a Impedimenta para que hagan el favor de sacar la trilogía así del tirón y a la vez porque una se ha vuelto paciente y mansa y comprensiva y si ni siquiera me he puesto todavía con "Cegador" porque dosifico a Cărtărescu como si fuera el último oxigeno que hay en la tierra ¿cómo iba a ponerme con la trilogía de Moresco? No importa, se trata de tener los libros a buen recaudo: en mi casa. En el espacio en el que elijo y me eligen, les doy vida y me la devuelven, en un cuidado mutuo que no necesita de explicaciones ni permisos.

"He venido aquí para desaparecer en esta aldea abandonada y desierta de la que soy el único habitante"

Así empieza "La lucecita", de una forma tan aparentemente inocente y atractiva. Previamente Moresco, a través de una carta al editor, nos hace saber que esta breve novela es una historia que surge de una especie de caja negra de su vida, una escena apuntada que no encontró acomodo en su inmensa trilogía porque reclamó su propio espacio. Un espacio surgido de una zona íntima y secreta del propio Moresco.

Ahora bien si me preguntáis qué es "La lucecita", no sabría deciros. Pero os voy a confesar algo: formalmente Cărtărescu y Moresco son diferentes, Moresco es quizás un poco más terrenal (pero sólo en apariencia), sin embargo he encontrado muchas conexiones entre ambos. No me pidáis que las explicite, bueno… venga: esa mezcla de realismo y fantasía, esos límites finos finos finos entre el dormir y el despertar, la lucidez y la ensoñación, esa pátina onírica, ese universo contenedor de universos, esas descripciones detalladas, esa mariposa, las digresiones metafísicas... Y hasta aquí puedo leer. 

Solo añadir que devoré "La lucecita" en una tarde, que ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo porque hacía tiempo que no sentía esa emoción de leer un libro y querer leer todo lo que su autor haya escrito porque su lectura se convierte en una experiencia de una belleza inesperada, en la que no sólo vas desentrañando (intentándolo) todos los simbolismos sino que también, a la par, te dejas llevar porque sientes segura la mano que te conduce a través de soledades, bosques, seísmos y una enigmática lucecita.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Flores extrañas (Donal Ryan)


"..le dice que han tenido suerte de acabar allí, sí, allí, a pesar de sus grandes planes. Después de imaginarnos tantos sitios, lo cierto es que no nos hemos movido"

He comentado varias veces que detrás de un libro siempre hay, mínimo, una historia: la del día que lo compraste, por qué, con quién estabas (o no estabas), dónde... Este libro lo compré hace poco en Madrid. Había quedado en La Central de Callao. Cuál fue mi sorpresa (hacía bastante tiempo que no iba a Madrid) al ver que La Central que conocía estaba cerrada y que se había trasladado justo enfrente.

En la mudanza ha perdido la cafetería, sus rincones, sus escaleras, sus espacios, su esencia. Sorprendida y decepcionada, y ya que tenía que esperar, decidí entrar igualmente. Al menos se estaba fresquito. No sé si por la decepción y la tristeza, porque veía tan chiquita, distante e impostora a esta nueva Central, que me costó mucho encontrar un libro que quisiera llevarme. Estaba enfadada, la verdad. Desconcertada por este cambio ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Al final, apremiada porque estaría al llegar la persona con la que había quedado, agarré este libro. En mi mente lo cogí porque el título me recordaba a otro: "Flores raras y banalísimas", un libro sobre la relación entre Elizabeth Bishop y Lota de Macedo. Nada que ver: la sinopsis de "Flores extrañas" (engañosa, pero no mentirosa) apunta a un thriller o al menos a un misterio.

Estamos en un pueblo irlandés, allá por 1973, donde una joven adolescente desaparece repentinamente. El caso es que en ningún momento tememos por su vida, lo que tememos es por los motivos de su fuga. A partir de esa situación arranca esta historia de historias, de tres generaciones, de la Irlanda rural, familias, costumbres, religión, razas, chismorreos, padres e hijos, parejas, amores y no tan amores, hombres y mujeres, pérdidas... En fin, la vida.

"Flores extrañas" es una novela de personajes, sin duda. De buenas personas (la mayoría de ellas). Y la prosa de Donal Ryan me ha gustado: reposada, descriptiva en la medida justa, poética sin caer en la exuberancia, bastante melodiosa e incluso cinematográfica, una escritura luminosa y amena, con el lirismo justo y una creación de atmósferas que me pareció fascinante.

Me gustaban los personajes y esa radiografía sosegada que Ryan iba haciendo de ellos, componiendo un relato cuya trama me parecía bastante evidente al principio pero que se fue desdibujando a medida que avanzaba la lectura y nuevas voces se iban añadiendo. Eso sí, todo gira en torno a Moll, la adolescente que de buena mañana se subió al bus y abandonó a su familia. Y hay evidentes, y no tan evidentes, referencias bíblicas. Estamos en Irlanda.

Según leía intentaba entender porqué esos personajes que al principio me parecían tan bien dibujados y tan entrañables, tan queribles, sin embargo a medida que se incorporaban nuevas voces (Joshua, Honey) se me iba desconfigurando todo y las nuevas voces se volvían más imprecisas, menos entendibles y menos creíbles. Más superficiales. No, rectifico: no es que fueran superficiales, es que su construcción, la elaboración de estos nuevos personajes, me pareció más superficial e imprecisa, menos sólida.

Y Moll, que a lo mejor es cosa mía, pero no la he terminado de entender. Pero no comprendía, sobre todo, cómo es que el autor parecía haber ido perdiendo su capacidad para desentrañarnos a sus personajes, para que la trama nos importara menos que lo que les sucediera a ellos, o poder seguir en su compañía, en sus emociones y recuerdos, en su día a día. Lo único que se me ocurre es que, no sé si pretendiéndolo o no, Ryan también quiere que veamos cómo la sociedad avanza hacia un perfil más etéreo, menos definido, con valores más frágiles y motivaciones más tupidas. Y eso pasa con "Flores extrañas": que pierde sus formas definidas y acogedoras, su ritmo, aquello que te hacia sentir cómoda en la lectura. No es que suceda algo que te inquiete. Es la narración que cambia, se enmaraña y se dispersa.

Y tengo una sensación extraña, el libro me ha gustado y lo he leído con agrado pero siento que no está bien cohesionado, que se abren muchas ramificaciones que luego son abandonadas o dejadas simplemente ahí, como un esbozo. Pero esa falta de cohesión no sé si es porque no he sabido leerlo o porque era una pretensión del autor. Vamos, que no sé si esa ruptura que hay en "Flores extrañas" es algo intencionado o si simplemente se le fue de las manos y dejó de importarle a dónde quería llegar, o empezó queriendo ir a un lugar y por el camino se perdió. Yo que sé.

Tal vez soy yo la que me perdí en algún giro narrativo o el calor me ha derretido mi linda y única neurona, pero tengo este libro entre las manos y no sé si mirarlo como si fuera una flor extraña o una flor banal. Mientras dejo que el tiempo dictamine qué hacer con esta flor, si plantarla o abandonarla, aquí os lo he (y me lo he) contado.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

La tumba de Antígona (María Zambrano)


"El conflicto trágico no alcanzaría a serlo, a ingresar en la categoría de la tragedia, si consistiera solamente en una destrucción; si de la destrucción no se desprendiera algo que la sobrepasa, que la rescata"

¿Cuáles eran las reflexiones de Antígona antes de suicidarse? ¿O sus reflexiones en la oscuridad más absoluta de su propia tumba? Será la propia Antígona la que hable, también la que escuche y la voz que le permita a Zambrano reflejar una represión, un sacrificio, un exilio.

El prólogo de la propia María Zambrano es absolutamente revelador y nos da las claves del pensamiento de la autora, el sacrificio, la esperanza, el renacimiento, la falta de libertad, la lucha contra el poder, la catarsis. Zambrano le da una oportunidad a Antígona, la oportunidad de ser la Antígona que en vida no pudo ser y la oportunidad de cerrar heridas familiares y es así como aparecerán distintos personajes con los que Antígona o bien dialoga o bien les dirige un monólogo (Edipo, la nodriza, Yocasta, Etéocles, Polinices, Hemón, Creonte, la Harpía...). En esta revisión del mito de Antígona, Zambrano recrea cómo en su tumba, en lugar de suicidarse, alcanza su plenitud y su ser renace.

"Pues no es mi condena, es la ley que la engendra, lo que mi alma rechaza"

Antígona era un ser libre, que se rebeló ante la ley de los hombres (¡ese gesto de amor!) y que resuelve el conflicto trágico heredado de su familia a través del sacrificio, a partir del cual consigue la liberación de la culpa asumida y la esperanza puede, ahora sí, abrirse paso. No puede ser de otra forma porque sino estaríamos ante la mera narración de unas catastróficas desdichas. La tragedia necesita de esperanza y para que esa esperanza vea la luz Antígona ha de hacer un recorrido interior dialogando con sus fantasmas, mirar la oscuridad para encontrar la grieta por la que entra la luz.

¿Por qué leer este libro? Me remito a palabras de la propia Zambrano: “No podemos dejar de oírla, porque la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida. Antígona está enterrada viva en nosotros, en cada uno de nosotros

Zambrano merece que se le haga justicia, no dejar que su obra caiga en el olvido, nutrirse de sus escritos intuitivos e inteligentes. Inseparables en ella la filosofía y la poesía, que embellecen su escritura y convierten la experiencia lectora en una experiencia catártica, leerla es sumergirse en la belleza.

"Ahora sí, ha de ser la hora ya. Ahora que está aquí la estrella"

domingo, 10 de septiembre de 2023

Los años de espera (Fumiko Enchi)


"El dolor de tener que ofrecer públicamente su marido a otra mujer le roía las entrañas. A su modo de ver, un marido que de una manera tan despreocupada causaba a su esposa semejante sufrimiento tenía una insensibilidad demoníaca, pero, puesto que servir a su marido era el credo en torno al que giraba su vida, rebelarse contra los agravios infligidos por aquel hombre supondría su propia destrucción. Por otro lado, su amor era incuso más fuerte que ese credo. Le atormentaba por el amor que ella le profesaba sin ser correspondida, como un luchador de sumo que peleara sin contrincante, pero aun así la posibilidad de abandonarle no se le pasaba por la cabeza. Era cierto que la fortuna y las propiedades de Shirakawa, su hija Etsuki y su hijo Michimasa [...] eran vínculos que la retenía, pero todavía más vivo era el anhelo, al margen del sacrificio que representara, de que su marido comprendiera de verdad sus deseos y sus emociones más profundos"

¡¡¡Alto!!! Tal vez os hayáis saltado el párrafo anterior. Siempre empiezo mi comentario con un párrafo del libro que voy a comentar. Por lo que sea. Esta vez he seleccionado uno especialmente largo. Tal vez su extensión haya provocado que directamente os lo saltarais. Error.

Ese párrafo describe a la perfección el corazón de "Los años de espera". Explica tantas cosas. Lo malo no es sólo que explique esta lectura, lo malo es que sigue explicando muchas cosas hoy en día. Muchos malos tratos y por qué se consienten. No voy a entrar en ese debate porque entre otras cosas la violencia de género para mí no admite debate. Lo que sí admite es intentar conocer y comprender qué sucede ahí. Tener herramientas para evitarlo y seguir luchando y denunciando. Acabar con el silencio y el miedo.

Dicho todo lo anterior, que sepáis que tenía este libro en casa desde hace tantos años que se me había olvidado que lo tenía. No hay problema, estaba (como tantos otros) a buen recaudo en las estanterías. Pero un buen día, sin ton ni son, lo cogí y lo empecé a leer. Japón, finales del siglo XIX. Me atraen las novelas que reflejan una época, una sociedad y costumbres de países y culturas diferentes a la mía. "Los años de espera" fue publicada en 1939 (parece ser que Enchi se basó en la vida de su abuela).

Fumiko Enchi se muestra particularmente hábil a la hora de describir la psicología femenina de esa época y lo hace con un estilo muy elegante y con gran delicadeza. A quien mejor conoceremos será a Tomo, que al inicio del relato la encontramos buscando una concubina para su marido, un poderoso funcionario del gobierno. Enchi no nos oculta el dolor y el sufrimiento de esta mujer, que es capaz de percibir lo injusto de muchas situaciones, pero también se nos hace evidente su férrea personalidad, la solidez de sus valores y su voluntad para mantener a la familia unida y cumplir su deber como esposa. Eso es lo que hace, pese a todas las vejaciones, porque es así como la educaron.

Durante unos treinta años asistiremos a los dramas de esta familia y las amantes del marido de Tomo. Los personajes (ellos, ellas) van envejeciendo. Tomo seguirá esperando que su marido comprenda sus deseos y sus emociones. No desfallece, aunque apenas tenga ya fuerzas, porque sabe que no queda otra que avanzar y avanzar y avanzar, porque en algún momento llegará la luz, de hecho la sociedad japonesa en ese momento empezaba a cambiar para ser una sociedad más moderna.

Esta es una novela de victimas y verdugos, de la relación entre unos y otros y de cuántas formas diferentes la mujer puede ser víctima del comportamiento machista. Es evidente que el feminismo no estaba en boga en aquella época en Japón, lo que no implica que las mujeres no trataran de sobrevivir y de cuidarse unas a otras y a sí mismas (con más o menos acierto). Y de mantener su dignidad, pese a sus obligaciones como mujeres sin apenas derechos.

Enchi no juzga a sus personajes, recrea la realidad dolorosa y la atmósfera de un lugar y de una época concreta de su país en la que el trato a la mujer era denigrante y aunque hoy en día nos provoque rabia e indignación esta historia de humillaciones, era la realidad dolorosa de aquel período. Enchi da voz a unas mujeres que en aquel momento no la tuvieron y lo hace con respeto. Tomo se merece que escuchemos su voz y su dolor reprimido, que comprendamos lo que su marido ignora: sus deseos y sus emociones más profundos. Esto último sigue siendo la realidad de muchas mujeres hoy en día.

jueves, 7 de septiembre de 2023

De bestias y aves (Pilar Adón)


"Ella sabía lo que era tener paz, lo que era experimentar la paz. Lo que suponía entablar una alianza entre la percepción y la razón. La emoción y el discernimiento"

Y, así, entre percepción y razón, emoción y discernimiento, vuelvo a acercarme a un nuevo libro de Pilar Adón. Preguntándome qué nueva vuelta le dará a su universo narrativo, qué nuevos matices y giros, consciente de que su universo es muy personal pero nunca idéntico a sí mismo, porque la gama narrativa de Pilar es variada pero absolutamente reconocible. Pocos autores pueden conseguir eso: que si leyeras un libro suyo sin saber quien lo ha escrito, reconocieras inmediatamente la mano que ha escrito ese texto.

Me pasó algo curioso, una frase ("El dibujo de una mariposa era la imagen de una mariposa y no la propia mariposa") me recuerda a un pintor que me fascina: Magritte. En mi salón bien visible hay una postal de un dibujo de Magritte, una pipa, y un texto: "Ceci n'est pas une pipe". Más adelante se nombra a Magritte, pero el pellizco de las coincidencias ya está ahí y se irá encadenando según avanzo en la lectura. También me resuena Ingerborg Bachmann y su "Tres senderos hacia el lago". Cuando leo a Pilar, no sé la razón, mi memoria y sus conexiones, mi mente y sus ramificaciones, se activan con una facilidad que me pasma.

"El ahogo y las dudas que había odiado toda su vida porque lograban convertirla en un ser pusilánime, cuando eso era justo lo que no quería ser. Pusilánime"

Hay una conexión entre los libros de Pilar, en realidad hay varias y son bien conocidas así que no voy a repetirlas, pero hay una que me atrae especialmente por su subjetividad y por cómo (y de qué distintas maneras) reaccionamos cuando lo sentimos y porque es una de las emociones que además compartimos con los animales: el miedo. Cómo aborda y combina Pilar el miedo y esos otros elementos comunes en su obra tiene algo turbadoramente hermoso.

Sí, me abduce la escritura de Pilar, me sumerjo en esa atmósfera de apariencia insana que agobia o, cuanto menos, inquieta. Esa es su fuerza, su poder de convicción: esa capacidad para impregnarnos de una atmósfera cerrada y claustrofóbica incluso en espacios abiertos, de una libertad que te ata, de la imposibilidad de comunicación pese al uso del diálogo, de esa violencia invisible y soterrada pero palpable que es amenaza pero nunca se materializa ni se expresa abiertamente. El entorno no es apacible, pese a que si pones una lupa no ves nada fuera de lugar. Quizás haga falta alejarse para poder ver de cerca qué es lo que inquieta y poder señalar los distintos elementos que por separado parecen estar en su sitio pero si lo ves de fuera hacia dentro, desde la distancia a la proximidad, empiezas a percibir el origen del miedo.

No sabes si lo que sucede está en su cabeza o es una realidad, si es que no se establece ese pacto entre percepción y razón en Coro, la protagonista que decide un día coger el coche e irse, sin más, quizás buscando que sus padres decidan llamarla por un único nombre (le pusieron varios: Coro, Mag, Mae) y así pueda por fin dejar de descifrar códigos, estados de ánimo y razonamientos. Coro busca algo tan humano como el equilibrio (y un poco que la dejen en paz). ¿De qué está hecho el equilibrio en el ser humano? Cada persona tendrá o conseguirá el suyo, tan personal como aquello que causa el desequilibrio. El equilibrio tiene unos mimbres que, al igual que el miedo, está lleno de subjetividades. Pero el equilibrio sólido (y flexible), el definitivo, está hecho de verdades que nos tenemos que decir a nosotros mismos. Sin anestesia.

Hay que dominar distintas posibilidades (técnicas, narrativas, emocionales, incluso personales) para que una historia aparentemente trivial termine siendo luminosa. A veces puede parecer que Pilar cuenta distintas versiones de la misma historia, distintos puntos de vista y miradas de una historia circular. Pero lo cierto es que el mundo narrativo de Pilar no tiene grietas pero tampoco concesiones a lo comercial, algo que es de agradecer en estos tiempos de frivolidad e intrascendencia literaria.

En "De bestias y aves" (como es propio de Adón) lo explícito es suplantado por la ambigüedad y esto provoca inevitablemente que el lector no sea un espectador pasivo, que tengamos que buscar nuestra propia interpretación de lo que acontece, deja a nuestro albedrío las conclusiones y el sentido que queramos hallar en lo relatado.

Adón es de esa estirpe de escritoras que moldea su propia narrativa al margen de cualquier convención, es fiel a su poética, no es servil ni complaciente con las exigencias de sus lectores. Como dentro de esa narrativa pisa con firmeza y nada como pez en el agua y además le resulta eficaz para contar su universo, se mantiene fiel a sí misma a la vez que perfecciona su esquema y va depurando y profundizando (a modo de introspección) en ese espacio "adoniano". Es verdad que tengo la sensación de que cada vez más Pilar hace guiños explícitos a sus lectores, no sólo a quienes somos más fieles a esta autora, sino también a aquellos que se aproximan más a su obra. Como si nos tendiera una mano (o a lo mejor es que yo antes no la veía, todo es posible) para adentrarnos en la historia de Coro y ese universo de Adón en el que en sus libros anteriores entrabas más abruptamente. Eso sí: una vez dentro ya que cada cual se apañe como sea.

Deambular por el universo "adoniano", plagado de simbolismos, precisa de agarraderos que he encontrado con más facilidad en "De bestias y aves", quizás porque esos simbolismos están más equilibrados, quizás porque Adón ha querido facilitárnoslo o quizás porque respiro en estas atmósferas que crea Pilar como los delfines cuando se sumergen: creando dos regiones en los pulmones, de forma que la región inferior se comprime y la superior guarda el aire retenido. Ya puedo entrar en apnea sin riesgo de colapsar.