lunes, 23 de julio de 2018

Buscando Mercy Street (Linda Gray Sexton)

Título original: King Kong Théorie
Traductora: Ainize Salaberri
Páginas: 528
Publicación: 1994 (2018)
Editorial: Navona
Sinopsis: Las memorias de Linda Gray Sexton son un relato honesto e implacable del amor angustioso y feroz que unió a una mujer brillante y difícil con la hija que dejó atrás. Linda Sexton tenía veintiún años cuando su madre se suicidó. Ahora mira atrás, recuerda e intenta reconciliarse con la vida de aquella. Porque la vida con Anne era una mezcla salvaje de depresión suicida y felicidad maníaca, conducta inapropiada y viajes de medianoche a la sala psiquiátrica. Anne enseñó a Linda cómo escribir, cómo mirar y cómo imaginar. Solo Linda podía escribir un libro que capturara de manera tan vívida los detalles más íntimos y las emociones más profundas de su vida conjunta. 
La enfermedad mental de mi madre, que vivía entre nosotros como la quinta persona en discordia.
Imposible eludir el recuerdo de Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Ambas escriben sobre sus madres. Ambas madres padecían una enfermedad mental. Delphine y Linda, Linda y Delphine, escriben para entender, para purgar, para nombrar. También para explicarse. Linda y Delphine, Delphine y Linda, que al modo de Vivian Gornick pero sin su clarividente lucidez (Linda cuenta, Gornick muestra, Delphine se queda a caballo entre ambas cosas), escriben sobre sus apegos feroces, sobre cómo terminamos por convertirnos en quien no queremos ser, o sobre cómo heredamos aquello de lo que huimos y hemos rechazado. Hasta ahí, que no es poco, las similitudes. Las diferencias son importantes también: Linda escribe sobre sus vivencias con muchas menos reticencias que Delphine, cuenta sin filtro, con desgarro, con brutalidad incluso. También, a mi manera de ver, con menos calidad literaria, mucho más directa en su forma de contar. Y, por ello, mucho más impactante.

Las enfermedades mentales son unos insospechados y crueles paradigmas de la teoría del caos: afectan a quienes la padecen, pero no menos a quienes conviven con esas personas. Un leve aleteo de la persona enferma puede producir un tornado o nada en absoluto en su entorno inmediato. En el caso de Linda el tornado es evidente, y con repercusiones de notable magnitud, puesto que afectarán a toda su vida, más allá del fallecimiento (del suicidio) de su madre...
La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Lo sé. Y ahora tú también lo sabes. Donde quiera que estés, Linda, háblame […] Te quiero, Linda de cuarenta años, y amo lo que haces, lo que sientes, lo que eres. Sé la dueña de tu vida. Pertenece a aquellos que te quieren. Habla a mis poemas o habla a tu corazón; estoy en ambos, si me necesitas. 
La cita anterior corresponde a una carta que Anne Sexton escribió a su hija, Linda, unos años antes de suicidarse. Meses después de su fallecimiento, Linda leería esa carta como si fuera la primera vez que la tenía delante.

Para quienes adoramos la desgarradora y dolorosa poesía de Anne Sexton, estas memorias de su hija no nos resultan agradables de leer. Son incómodas, queremos defender a Anne, comprenderla, salvarla. Pero no podemos obviar cómo despedazó a quienes la rodeaban. No, no era Anne Sexton, era su enfermedad. Necesitamos rescatarla de sí misma. Tanto nos dio… ¿cómo no querer deshacer los terribles nudos que terminaron por ahogarla?

Pero no somos su hija. No padecimos ese dolor atroz, la aberración de que una hija tenga que ser madre de su propia madre, que una niña que no comprende lo que sucede tenga que aprender a marchas forzadas a ser la cordura de su propia madre. Una brutalidad insana y difícil de gestionar.
Es responsabilidad de los padres, y no de los hijos, establecer límites.
Familias disfuncionales. No es la primera vez que comento aquí algún libro que aborda ese contexto desestructurado en el que muchos niños se ven atrapados, sin posibilidad de elegir, sin nadie que los rescate ni salve. Los hilos invisibles que se entretejen en una infancia rota, atípica, fuera de todas las normas, convenciones y reglas, las escritas y las no escritas. Raíces tan torcidas como irreparables.

Que Anne Sexton fue una persona torturada es bien conocido por todo aquel que haya leído su poesía y se haya acercado a su biografía. Su tortura íntima fue retransmitida sin nada que la dulcificase a cada golpe de poema que escribió. Y así se lee su poesía: como un golpe en las partes más oscuras e íntimas, como un arañazo en el vacío, como una rotura irrecuperable, una salvación imposible, una lágrima ácida corriendo por el rostro, el desbordamiento de todo lo que te martiriza en lo más interno de tu propio ser.
Recordar este juego aún me duele porque sigo viendo mi pequeño rostro, tan desesperado y asustado, sobrepasado por la responsabilidad que siento de mantener cuerda a mi madre.
Anne Sexton era intensa, brutalmente intensa, con esa intensidad inestable, desesperada e insegura que provocan los trastornos mentales. Fue intensa para lo malo, pero también para lo bueno, como un irónico reflejo de esa bipolaridad que padeció. Ángel y demonio en un mismo cuerpo, en un mismo ser. Imposible evitar batallas incruentas con una misma. Batallas que se extendían hacia aquellos a quienes quería y la querían.

Lo relevante en Buscando Mercy Street es comprobar cómo eso afectó a la mayor de sus hijas, Linda Gray Sexton: con miedo, con terror, con dudas, con desequilibrio. En un impredecible tira y afloja consigo misma, Linda desgrana sus vivencias con Anne Sexton, pero también su propia lucha interna, el amor y el odio que sintió, inevitablemente entrelazados, por su propia madre.

La ambivalencia que Linda sintió respecto a su madre perfila la columna vertebral de este libro, como bien podemos ver en las siguientes citas:
Me animó a pensar y a leer con amplitud de miras, a desarrollar mis propias ideas y a descubrir el mundo de una forma que a ella le resultaba imposible. Me aportó un poderoso -aunque imperfecto- ejemplo de lo que todas las mujeres con talento podían anhelar y conseguir.

Odiaba su egoísmo y su enfermedad, y era ya incapaz de establecer dónde empezaba uno y dónde acababa la otra.

De alguna forma no entendí del todo la creciente desesperación de mi madre ni cómo sus salvajes acciones fueron, con toda probabilidad, un intento de sentir algo, cualquier cosa, mientras se forzaba a tragar un sentimiento tras otro, intentando ahuyentar el negro e invisible velo de la depresión.

No me hagas responsable de tu vida, eso es lo que expresaba mi reticencia. No quiero volver a ser la centinela.
La misma ambigüedad y contradicciones que sentí yo al leer Buscando Mercy Street... Durante muchas páginas, quizás demasiadas, las memorias de Linda Gray Sexton me parecieron repetitivas. Ya había dejado claro la fractura, el daño, tanto el de su madre como el de ella misma. Por mucho que simpatices y empatices con Anne Sexton, no puedes evitar tomar conciencia del daño causado por ella. Vale, Linda, ya está claro, avanza. Pero no avanzaba, seguía retorciendo el dolor, los comportamientos descabellados, maniacos, la depresión de su madre. Hay que llegar hasta la página 315, en la que Linda relata el momento en el que es conocedora del suicidio de su madre, para que se nos explicite lo que ya sabemos y el libro vuelva a remontar. Hasta entonces, Linda pone las bases para justificarse. No porque necesite justificarse, sino por la necesidad de no sentirse culpable. La culpa, la culpa, la culpa…
Pronuncio estas palabras para conocerlas mejor: deseaba que mi madre muriera.
Es inhumano llegar a desear la muerte de alguien que quieres. Y, por inhumano, tremendamente dañino para quien llega a sentir que esos sentimientos le invaden sin poder combatirlos. Es inhumano de esa forma que lo son muchas cosas humanas: sin que esté escrito en ningún lado, sin que haya una ley que lo prohíba o lo conjure. Acuerdos tácitos. No desearle el mal al vecino, menos a un ser querido. 

Pero la vida tiene una forma peculiar de establecer sus propios límites entre lo humano y lo inhumano, lo soportable y lo insoportable. No siempre podemos elegir.
Cada uno había elegido un arma: él, su puño; ella, sus palabras.
Además de esa querencia por repetirse, quizás por la necesidad de justificar unos sentimientos que nadie quiere tener respecto a su propia madre, hubo un par de cosas más que me chirriaron de Linda: el  temor a ser lesbiana, como si fuera una enfermedad. Y algo más incomprensible para mí: la dulcificación de su padre. Todo lo que le costó entender y aceptar de su madre, que no era fácil, le resultó mucho más natural en el comportamiento de su padre. 
¿Por qué, de hecho, se utiliza, raramente, la palabra dolor para describir la depresión?
No tengo respuesta para esta pregunta. La depresión es dolor. Y duele tanto como un cáncer, de ambas cosas puedo dar fe. Pero no necesitamos comprender el cáncer (sí el proceso personal que implica), nos basta con saber que hay tratamientos eficaces en la mayoría de los casos. Pero la depresión implica algo que nos afecta a todos, algo que está en las raíces del ser humano, algo que no siempre estamos dispuestos a aceptar ni a mirar de frente.

Linda Gray Sexton sufrió a una madre que sufría, que era un ser sufriente. Y que, en cierta forma, le robó su infancia. Pero también le dio muchas herramientas para vivir una vida que la propia Anne fue incapaz de vivir. Linda tuvo que construirse a sí misma teniendo la referencia de quien no quería ser: su propia madre. Pero al final no pudo escapar de sí misma ni de su madre. Los intentos de suicidio de la propia Linda así lo certifican.

Es tan difícil y espinoso vivir la vida como contarla, en voz alta o en voz escrita.

18 comentarios:

  1. Intenso, febril, fuerte, duro, no me asusta nada de todo eso, me gustan las historias así, y me gusta este libro, anotado.

    Besitos 💋💋💋

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    1. Te los anotas todos!!! :D Tienes que tener una lista de vértigo...

      Un abrazo

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  2. Todavía tengo pendiente a Delphine y caí rendida a las letras de Gornick. Pero este me parece demasiado duro, demasiado fuerte. Menudo conflicto con una autora a la que admiras. ¿Cuánto debemos saber y es peligroso saber demasiado? Complicado pero también es cierto que uno no decide tener una enfermedad mental y tiene que ser lo peor. A mí estos libros me dan la sensación de que no me dejan respirar y creo que no es el momento.
    Un abrazo

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    1. Son tres libros muy distintos, manejan elementos distintos en la forma de contar. Para mí el más inteligente sin duda es el de Gornick, el más equilibrado. El de Delphine es más visceral, pero es interesante también cómo busca el equilibrio en el contar, el no vomitar en exceso. Y este es un vómito directo y sin filtro, la necesidad de sacar las vísceras. No deja mucho respirar, y eso es lo que hizo que, aunque me parezca interesante como lectura, sea el que dejaría en el tercer puesto en un supuesto podio entre los tres.

      Un abrazo

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  3. Me encanta lo que cuentas!!
    No lo conocía, pero estoy segura de que puede gustarme, lo anoto.

    Besotes

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    1. Tenerlo en la mano y echarle un vistazo suele ser un buen filtro para saber si puede gustarte o no.

      Un abrazo.

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  4. Me parece una lectura dura y ahora mismo me apetecen lecturas más ligeras.
    Besos

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    1. No es un libro ligero, por la forma de contar... y porque es un tocho de más de 500 páginas ;)

      Un abrazo

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  5. Los lazos familiares nos atrapan, nos conforman... Creo que la enfermedad sin adjetivos, de los padres, sobre todo de la madre puede condicionar toda una vida. Siento pena de su madre, pero al menos su dolencia la excusaba, con la que empatizo es con su hija, que la vivió consciente de su terrible mala suerte. No me atraen los libros sobre enfermos mentales, todo se remite a la enfermedad, y la verdad me resultaria doloroso presenciar el sufrimiento de su hija... No estoy para dramas.
    Abrazo

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    1. Cuando hay un trastorno tan evidente como el que padecía Anne Sexton, tan devastador, es inevitable que deje una cicatriz prácticamente irreparable. Este libro es muy explícito en cuanto a eso, no hay ninguna sutileza en el dolor. Tampoco es que esté yo mucho para dramas, más bien al contrario, pero es cierto que en algunos libros sí encuentro consuelo porque exploran el dolor desde la lucidez. No es exactamente este el caso en este libro, no obstante.

      Un abrazo

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  6. Tremendo libro por lo que cuentas. Un buen ejemplo de que no hay nada blanco o negro sino una infinita gama de grises. No es incompatible ser una gran escritora con ser una pésima madre como bien describe la hija.
    Interesante. Yo también admiro a Sexton.

    Un abrazo.

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    1. Si admiras a Sexton se te hará cuesta arriba leer estas memorias de su hija... Avisada quedas.

      Un abrazo

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  7. hola! una lectura diferente y dura en la que hay que pararse bien firme, pobres las dos!!una no eligio enfermar y la otra no eligio a su madre, duro! gracias, queda compartido! saludosbuhos

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    1. Cierto que nadie elige enfermar. En realidad elegimos menos de lo que creemos.

      Un abrazo

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  8. Uff, dura tiene que ser esta lectura. No la conocía, así que apuntada me la llevo y tendré que escoger bien el momento para leerla.
    Besotes!!!

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    1. Es una lectura dura, y además a veces entra en bucle, pero interesante si has leído la poesía de Anne Sexton.

      Un abrazo

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  9. Arrancas citando 'Nada se opone a la noche' y ya me tienes ganada para la causa, a pesar de las diferencias que veo que hay entre ambas y de alguna que otra reticencia, no sé muy bien si hacia este libro o hacia Linda Gray Sexton, que me parece percibir en tu reseña. Cierto que la enfermedad mental no arrasa solo con las vidas de quienes las padecen sino con las de aquellos que están a su alrededor. Y yo diría que no debería considerarse inhumano ningún sentimiento salido de un humano, por muy cruel que nos pueda parecer, pero supongo que tenemos puesto en demasiada estima lo humano. Ay, el dolor y sus diferentes formas de vivirlo, de negarlo, de enfrentarlo, de convivir con él... De contarlo o no.
    Un abrazo

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    1. Digamos que las razones que a ambas autoras llevó a escribir este libro y Nada se opone a la noche, son las mismas. A partir de ahí hay diferencias. Este es tremendamente duro, literariamente el menos potente, pero emocionalmente el más desgarrador.

      Un abrazo

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