“Aquel que se cae esta diciendo: ‘¡Levántadme!’”
Vuelvo a Kundera años después. Quizás releer es constatar tu progreso lector, la comprensión que aporta el aprendizaje. Quizás releer significa vislumbrar y hacer palpable la magnificencia de la literatura.
Kundera de inicio plantea un experimento con la idea del eterno retorno. Si el eterno retorno fuera cierto (si todo tuviera que repetirse una y otra vez), ¿soportaríamos nuestras decisiones? Y si no lo fuera, si solo viviéramos una vez, sin posibilidad de comprobar nada, ¿qué sentido tendría el bien o el mal?
A partir de ahí, el pensamiento deja de ser abstracto y se hace más concreto: Tomás y Teresa, Sabina y Franz, cuatro formas de estar en el mundo, cuatro formas de amar. Tomás busca la ligereza (ese aire de quien no quiere ser alcanzado) y se condena a ella. Teresa encarna el peso: el deseo de sentido, la fidelidad que a veces asfixia. Sabina es la fuga, el cuerpo que se retira de toda mirada. Franz, el idealista que necesita público para existir. Y Karenin (la quinta manera de amar), el perro, la única criatura que no carga ni con peso ni con levedad.
Si el amor de Tomás y Teresa se construye sobre el peso del sufrimiento, el de Sabina (que no soporta la mirada de nadie) es una fuga perpetua. La traición, para ella, es libertad. Cuando se quita y abandona su sombrero, abandona también la identidad que los demás le habían impuesto. Frente a Franz, idealista y sentimental, ella representa la ironía, la resistencia al kitsch. Kundera entiende el kitsch como negación: la necesidad de borrar la mierda del mundo, de vivir en un lugar donde todos lloran por las mismas cosas. El kitsch es la negación de lo sucio, de lo contradictorio, de la mierda. Es la pureza del consenso, puesto que necesita unanimidad, no ambigüedad. Por eso es político: donde todos lloran por lo mismo, la libertad se disuelve.
Y frente a eso, Sabina encarna la disidencia estética, la soledad de quien no quiere emocionarse al mismo ritmo que los demás. Sabina es la anti-kitsch. Su ironía la salva del consenso, pero la deja sola. No hay lugar para el humor en la pureza moral. La ironía es la última forma de lucidez.
“Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron”
Kundera no los juzga, sino que los observa con una lucidez dolorosa, porque en ellos se cumple su tesis más amarga: no hay elección sin pérdida. Mueve esas voces como un director de orquesta que también toca el instrumento. Interviene, comenta, corta la narración, interrumpe su propio relato con una reflexión, una digresión, una palabra. El libro en ningún momento finge que es una historia: es una conversación sobre cómo una historia se piensa.
“La insoportable levedad del ser” es también un diccionario de palabras incomprendidas. “Amor”, “fidelidad”, “verdad”, “fuerza”, “compasión”… Ninguna significa lo mismo para nadie. Franz y Sabina usan las mismas palabras y se pierden en ellas. Tomás y Teresa hablan desde lenguajes que se rozan pero no se traducen. El lenguaje es el escenario del malentendido, las palabras no unen, delimitan el territorio de cada soledad.
“No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”
La compasión, en cambio, parece unir. Pero Kundera la hace ambigua: amar por compasión no es amar al otro, es amar el propio reflejo doliente. Tomás besa las uñas heridas de Teresa, siente su dolor, y esa sensibilidad que podría parecer noble lo encierra para siempre. No la deja por piedad, y la piedad no libera: ata. La compasión, que podría parecer virtud, se convierte aquí en destino. Tomás no ama a Teresa por deseo ni por costumbre, sino porque no puede soportar su sufrimiento.
No se puede pensar la compasión sin pensar el cuerpo. Y no se puede pensar el cuerpo sin pensar el alma. Teresa teme el cuerpo porque en él se muestra demasiado. Sus sueños son más lúcidos que sus pensamientos: cuerpos desnudos, pájaros, miedo a disolverse. En ellos habla el subconsciente de la época: el cuerpo como verdad que asusta.
“Todos necesitamos que alguien nos mire”
En medio de todo eso aparece la mirada. Todos necesitamos que alguien nos mire, dice Kundera, pero no del mismo modo: unos viven para el público, otros para los ojos conocidos, otros para el amor, otros bajo la mirada imaginaria de los ausentes. Nadie escapa del deseo de ser visto, salvo Sabina, que se borra de todas las miradas. Es la única que elige la levedad absoluta y, por eso, también la soledad. Franz, en cambio, necesita la mirada del mundo para sentirse real. Cuando confiesa su aventura, cree vivir “en la verdad”; pero esa verdad es teatral, pronunciada ante un público invisible. Todo el libro podría leerse como una variación sobre la necesidad de existir a través de los ojos del otro.
Y cuando parece que ya todo ha sido dicho, los tanques ya han pasado, los ideales se han deshecho, las palabras se han desgastado… llega Karenin. Un perro. Karenin no juzga, no piensa, no recuerda, solo está. Bajo su mirada, Tomás y Teresa aprenden algo que no habían sabido antes: la paz del cuidado. Cuidar, no entender; acompañar, no poseer. En la enfermedad del perro, Kundera alcanza lo que había perseguido desde el principio: una forma de existencia sin culpa y sin teoría, una levedad habitada, una verdad que no había alcanzado ningún ser humano: una forma de estar sin pensar, sin recordar, sin exigir, sin juzgar, sin pedir explicaciones.
Kundera propone una manera de mirar y nos recuerda que pensar no cura, que amar pesa, que la libertad no siempre aligera y que, a veces, solo un animal puede enseñarnos la serenidad que los humanos olvidamos. Quizá por eso “La insoportable levedad del ser” no envejece: porque no promete salvación, solo lucidez. Y porque en su centro, entre el peso de la Historia y la levedad del deseo, hay una escena mínima: dos personas y un perro que se miran sin hablar.
La verdadera bondad aflora cuando quien la recibe no tiene poder.
Gracias, Milan Kundera. Gracias Fernando de Valenzuela (traductor)

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