“Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo”
Tara Selter se despertó un 18 de noviembre en un hotel francés y se quedó atrapada. Tara descubre que todos los días son el mismo día, pero su cuerpo envejece, las heridas cicatrizan, el mundo sigue existiendo, las estaciones no avanzan, el calendario se queda congelado. Sin embargo, cuando intenta contárselo a alguien, el tiempo de los demás no se detiene, se detiene el suyo. Y mientras tanto se lava los dientes, hace café, discute con su pareja, repasa mentalmente el inventario de su librería.
Reconozco que esto, sobre el papel, me fascinaba: el peso de estar atrapada en un día que los demás viven una sola vez, la imposibilidad de compartir la experiencia sin parecer loca, la manera en que el papel y los cuadernos se convierten en los únicos testigos fiables de que algo se acumula. Me interesaba ver cómo una conciencia intenta adaptarse a una vida sin mañana y sin pasado, solo con un hoy multiplicado. Y reconozco que Balle tiene una habilidad real para que lo minúsculo y lo cotidiano no se le caiga nunca: los objetos, los gestos, las repeticiones de la vida en pareja, la forma en que una se acostumbra a ver siempre los mismos edificios y, de repente, solo cuando pierde el tiempo lineal, los mira de verdad. Se nota que la autora lleva décadas dándole vueltas a esta historia: hay una especie de cálculo milimétrico en la manera en que coloca las escenas, casi como si estuviera probando un experimento en un laboratorio.
El problema, para mí, aparece cuando ese silencio se prolonga durante demasiadas páginas y empieza a parecer una sala de espera. En “El volumen del tiempo” la sensación de que la historia avanza hacia algún lugar se rompe de forma deliberada. Esa es la gracia del invento y, al mismo tiempo, su riesgo. El proyecto consiste justamente en eso: sacar al personaje del tren del tiempo y dejarla en una vía muerta, a ver qué pasa con la conciencia, con el amor, con la culpa, con la imaginación cuando ya no existe un “mañana”.
El problema es que mi cuerpo lector obedece a otro tipo de reloj. Mientras avanzaba (avanzaba es un decir) con Tara por el 18 de noviembre, me encontraba atrapada en una especie de disonancia íntima. Por un lado admiraba la precisión con la que Balle convierte el bucle en experiencia: ese modo de hacer que volvamos a mirar el cepillo de dientes, la taza, el pomo de la puerta, como si el mundo fuera un escenario que se monta y desmonta cada noche. Por otro, sentía que el libro se me empezaba a escurrir por la categoría más peligrosa que le puedo aplicar a una lectura: no es tanto “he leído un libro” como “he completado el primer tramo de una estancia en el purgatorio”.
En mi caso pesa mucho el conocimiento de que este proyecto no se resuelve en un libro ni en dos. Se anuncia como un ciclo de siete y eso no es un dato neutro. Afecta a cómo leo: contamina cada escena con la sospecha de que muchas cosas se están guardando para más adelante, de que este primer tramo no puede ni debe dármelo todo. Yo puedo aceptar con gusto que una novela deje puertas abiertas, huecos, ambigüedades; otra cosa es comprometerme a siete volúmenes de un día que no pasa, solo porque al final del primero se agita una llave.
Y aquí entra el punto que menos me ha gustado de Balle: el uso del final tipo serie televisiva. Durante buena parte del libro la sensación es de suspensión pensada, de rareza cotidiana que se despliega sin prisas ni golpes de efecto. De repente, en las últimas páginas, aparece una especie de giro, un fogonazo que cambia el ángulo, como si alguien hubiera decidido que, para que yo no abandone la serie, tiene que pasar “algo gordo” justo antes de que aparezcan los créditos.
Entiendo la lógica interna: en una vida que se repite una y otra vez, un detalle que se escapa a la norma puede ser un terremoto. Entiendo también la lógica editorial: si vas a publicar siete entregas, cada una tiene que dejar al lector lo bastante inquieto como para volver a la librería la próxima temporada. Pero en mi lectura ese gesto se ha sentido menos como una necesidad del libro y más como una concesión al formato, como si hubiera una desconfianza de fondo hacia la propia fuerza de la repetición y hubiera que complementarla con el truco del cliffhanger.
Me incomoda porque traiciona, un poco, lo que el libro hace mejor. Lo más interesante de “El volumen del tiempo” no son los posibles giros de trama, sino esa insistencia en mirar el mundo detenido desde todas las aristas, en ver cómo una mente se adapta (o no) a una situación que convierte el tiempo en pliegues. Ahí sí conecto con Balle: con la idea de que la escritura, los cuadernos, las listas, son una forma de seguir midiendo algo aunque el calendario haya dejado de servir. Con ese pedirle al papel que recuerde por ti y te recuerde que existes.
Aun así, cuando cierro el libro y miro los números, me hago una pregunta incómoda: si todo esto no podría haberse contado en un solo volumen, grande, denso, difícil, pero uno. Un libro-tocho de 700 u 800 páginas que asumiera su monstruosidad de golpe y nos dejara dentro de ese 18 de noviembre el tiempo que hiciera falta, sin invitarnos a salir de la piscina cada cien páginas para volver a pagar entrada.
Sé que, en el origen, la decisión de fragmentarlo no fue una ocurrencia cínica de una gran editorial: Balle montó su propio sello para publicarlo, lleva media vida obsesionada con esta estructura, piensa cada tomo como un campo temático. Lo sé porque lo he buscado, porque me interesa la motivación de los proyectos largos. Pero mi cuerpo lector no convive con la biografía de la autora, convive con la experiencia de lectura concreta. Y desde ahí, por muy legítima que sea la intención, el resultado se me parece demasiado a una serie troceada en entregas, con la promesa implícita de que “ya mejorará” en el tercer, cuarto o quinto volumen.
Cuando llegué al final del primer volumen y apareció el gesto de “continuará” disfrazado de giro significativo, la sospecha se reforzó: el libro había funcionado como una especie de episodio piloto de serie. Mucha atmósfera, mucho planteamiento del experimento y en las últimas páginas el movimiento brusco que te empuja al siguiente capítulo. Decidí seguir. Tenía el segundo y quería comprobar si el proyecto encontraba su forma o seguía girando sobre sí mismo. Lo intenté. No lo conseguí. Y no me veo leyendo mas libros sobre lo mismo, o sobre lo casi lo mismo. No porque el proyecto sea “malo” (no lo es), sino porque el tipo de pacto que me exige no coincide con la forma en que yo necesito que una historia, por muy experimental que sea, se abra y avance. Llega un momento en que una tiene que decidir si quiere seguir en ese juego o no. Yo he decidido que no.
No es una cuestión de “me aburro con las cosas lentas”. He leído muchos tochos, y he disfrutado esas lentitudes cuando sentía que se abrían hacia algún tipo de transformación, aunque fuera mínima, aunque fuera dolorosa, aunque no hubiera enseñanza. Aquí, en cambio, la lentitud se combina con una estructura seriada que me coloca en un lugar que me resulta irritante: el lugar de la rehén que sabe que la puerta solo se abrirá del todo en el séptimo libro y que, mientras tanto, tiene que aceptar finales inconclusos dosificados.
Tara seguirá dando vueltas en su 18 de noviembre, Solvej Balle seguirá ampliando el experimento en los tomos que me faltan, y otras lectores encontrarán en ese bucle justo la experiencia que buscan. Yo, por mi parte, he decidido bajarme en la estación del segundo volumen. No porque el libro sea un desastre, sino porque no quiero dedicar siete tomos a sentir que el tiempo no pasa, ni dentro ni fuera de la página.
Gracias, Solvej Balle. Gracias, Victoria Alonso (traducción)
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