domingo, 7 de junio de 2026

La puerta (Magda Szabó)

Las cosas sencillas son las más difíciles de entender

No sé si “La puerta” es sencilla, pero sí sé que obliga a mirar lo que se prefiere evitar: esa zona donde el cuidado, mal orientado, hiere. Szabó hace un examen implacable de la culpa y un retrato de la intimidad como territorio en disputa, donde saber no equivale a comprender y donde el impulso de ayudar puede convertirse, sin quererlo, en una forma de violencia sobre aquello que pretendes salvaguardar.


La historia es conocida: la relación entre dos mujeres, la narradora (alter ego de Szabó) y Emerenc, la criada que convierte su historia en santuario y su puerta en frontera. Szabó dosifica la información con mano firme y nos obliga a ir despacio, incluso a atravesar zonas de no-entendimiento. A veces nos coloca del lado de Emerenc y otras veces junto a la narradora, siempre con la seguridad de quien sabe adónde nos conduce y marca el ritmo. Toda psicología verdadera, parece decir, es un lugar incómodo.


La narradora se piensa buena, culta, sensible; es escritora reconocida, vive entre afectos y libros. Confía en la reciprocidad y en el diálogo, necesita que el afecto adopte forma compartida (nombrarlo, devolverlo); esa convicción, que cualquiera llamaría generosa, la empuja a romper el pacto y cruzar la puerta, invadiendo. Cree hacer lo correcto al cuidar y salvar a Emerenc, pero la pregunta es otra: ¿quiere Emerenc ser salvada? El relato nace del remordimiento y también porque necesita convertir a Emerenc en relato, fijar lo que se le resistió: hay apropiación en ese gesto, una manera de alimentarse de la vida ajena para sostener la propia narración. El libro obliga a preguntas incómodas (quién escribe, desde dónde, a costa de quién).


Emerenc es una figura totémica, una superviviente que convierte su propia historia es su santuario y una puerta en frontera. Szabó nunca cae en la trampa de convertirla en una figura “entrañable”. La rodea de tiempo, silencio y rareza y evita cualquier ternura prefabricada. No da explicaciones, no cede terreno, no pide permiso; esa negativa a dejarse traducir la convierte en espejo incómodo de la narradora (que vive de explicar). Emerenc se impone sin declararse, ama sin dulzura y cuida sin pedir reciprocidad, es imprescindible e ilegible a la vez.


Su lógica no nace de una razón que ordene el mundo, sino de una convicción que no se discute. Es visceral sin ser impulsiva, tajante sin programa; piensa con el cuerpo, actúa por memoria. Cuando se deja entender, lo hace a través de actos y no de conceptos. Sin religión ni ideología, sostiene una ley interior no declamada, vive de espaldas al escenario y exige una sola cosa: respeto por el límite.


Ambas cuidan, pero con gramáticas distintas. La narradora cuida desde la palabra, la estructura, la previsión (gestos de orden burgués) y cree que “hacer lo correcto” ampara. Emerenc cuida con aspereza: sin ternura verbal ni pedagogía, pero cuida. Lo hace mejor que nadie y, sin embargo, no admite ser cuidada: aceptar revelaría vulnerabilidad, y ahí alza la puerta.


La puerta” coloca el foco en un lugar poco habitual: no el del herido por otro, sino el de quien quiso bien y obró mal. Aparece entonces otra cuestión, la del derecho a no ser conocido. Respetar el misterio, aceptar que cierta transparencia puede ser violencia. El corazón del libro late en tres preguntas: ¿qué significa cuidar a quien no desea ser cuidado?, ¿qué sucede cuando el afecto invade?, ¿qué queda cuando ya no hay modo de pedir perdón?


El libro me devuelve a mis propias zonas de cuidados: esos lugares donde quise estar para alguien sin saber si me lo pidió; esos momentos en que el afecto se mezcla con la necesidad de ser útil, querida o recordada como quien “estuvo para lo que hiciera falta”, sin preguntarme si mi presencia era un ofrecimiento o una forma de ocupar el centro. Y me obliga a mirar una trampa real: cuando duele que cierren la puerta, ¿duele el rechazo o duele que no me dejen ocupar el papel que yo misma me había asignado?


Sólo quien no se cree con derecho a entrar en la vida del otro es capaz de estar con el otro y no encima del otro. Todo lo demás es llamar visita a una mudanza.


Gracias Magda Szabó. Gracias Márta Komlósi (traductora)


©AnaBlasfuemia



No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este blog NO se hacen críticas literarias ni mucho menos reseñas. Cuento y me cuento a partir de lo que leo. Soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Gracias por comentar o, simplemente, leer