Traductora: Natalia Zarco
Páginas: 288
Publicación: 1963 (2017)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Penny, su protagonista, trasunto de la propia autora, crece en una época (la posguerra) donde están en crisis tanto la vida como la moral. Junto a su hermana gemela Baby, en el apogeo de su insurrección interior y rebelión juvenil, con la rabia y la exageración propias de su edad, descubre y se enfrenta a un mundo que no comprende. Ambas viven en la inmensa casa familiar que han heredado, a orillas del Arno, en Florencia, con Elsa, la cocinera de la familia. Su sed de amor y pureza es absoluta, como su rechazo total a la hipocresía de las convenciones sociales. Penny y Baby, además, vienen de un pasado que sienten todavía demasiado cerca: son las únicas supervivientes del exterminio por parte de los nazis de sus tíos y primas, su familia adoptiva.
Como puede ser la realidad algo tan extraño, imprevisible e incomprensible, y que nadie nos explique nada.
Son varias las razones que me desconectaron de las redes sociales, blog incluido, pero si hubo un libro que me provocara bloqueo e incapacidad para comentarlo, fue precisamente este. Y no porque me rasgara por dentro, sino justamente por lo contrario.
Con la rabia propia de la adolescencia escribe Lorenza Mazzeti este libro de ficción autobiográfica. Y un recorrido por esa adolescencia rabiosa, desconcertante, volcánica, inquieta, rebelde, es lo que haremos los lectores al transitar por Con rabia.
La extrañeza es un estado que se ha instalado en mí como una segunda piel, o tal vez una primera. La diferencia con Penny, la protagonista de Con rabia, es que ella transforma toda esa extrañeza e incomprensión en rabia. Aplaudo la rabia, es un motor, un aguijón, una especie de “hasta aquí hemos llegado”. Y rabia, mucha rabia, es la que transpira cada página de este libro, en el que una joven Penny se inflama y encoleriza ante un mundo y una vida que no termina de comprender, en el que no termina de encajar. Y nadie le explica nada. Hay que escuchar a la vida para que se te explique.
¿Qué quiere hacer en la vida, señorita Penny?
- Vivir consciente, ¡vivir sabiendo vivir!
Si Penny se hiciera un eneagrama sería un tipo cuatro (y aquí un guiño cariñoso, incluso amoroso, a todos los eneagrama cuatro): emocional, intensa, dramática, sensible… Se siente/sabe diferente y busca la pertenencia con la misma constancia que incompetencia. A mí me resuena muchísimo. Con matices, claro, que para eso existen (los matices).
Mazzetti detalla con precisión escrupulosa la peliaguda y compleja etapa de la adolescencia dentro de un contexto infame como es una posguerra, en la que la protagonista ha perdido a su familia por segunda vez (primero a su familia biológica y posteriormente a su familia adoptiva). Y es que la vida es cruel, no nos engañemos. Vivir es extraordinario y único, pero la vida juega una partida demoniaca contra la que tienes que echar un pulso inagotable y grandioso si quieres vivir, vivir sabiendo vivir. Incluso vivir queriendo vivir. Tienes que jugar esa partida, no se puede, no se debe de evitar.
No tenía ninguna intención de ser sometida también en el pensamiento, aunque les hubiera concedido ya mi cuerpo.
Ay, esta declaración de intenciones en las que el reconocimiento previo conlleva asumir que ya has concedido tu cuerpo nos dice bien a las claras que en temas de reivindicaciones feministas hace mucho, demasiado, que el papel del cuerpo (femenino) tiene un papel significativo en cómo nos han (y nos hemos) cosificado.
Y es que parte de esa extrañeza que siente Penny tiene que ver con el hecho de ser mujer. Por ese feminismo innato que poseen algunas mujeres, como si lo llevaran en su genética, siendo consciente de que esa misma genética no nos ha aportado un manual para entender y descifrar este mundo tan insólito y chocante, que no hay explicaciones que se ajusten a una lógica, y es por eso por lo que Penny termina por llenarse de una terca y obstinada rabia, una furia que la desborda constantemente y que llega incluso hasta a cegarla.
Los largos silencios que me fascinan y a la vez me preocupan. El silencio puede hacer pedazos a una persona.
Comentaba al principio que este libro me provocó un bloqueo a la hora de comentar. Y es que ya ha llovido desde que lo leí hasta ahora, que lo comento. Y ha llovido mucho, por cierto. Con esa lluvia que limpia el barro, pero no de forma indolora, porque había barro muy incrustado y antiguo en mi epidermis. No lo ha limpiado, pero lo ha ablandado. La lluvia me ha dejado blanda, muy blanda.
Lo que me sucedió es que, aunque disfruté este libro escrito desde las entrañas y que combina drama humano con ironía, amargura y cinismo, sin embargo me mantuvo a una distancia que a veces rozaba la indiferencia. Una lectura que me gustó, pero desde un desapego inesperado. ¿Era yo? ¿era el libro?
El desapego tiene mucho que ver con esa rabia melodramática de la adolescencia de Penny, ese furor incontrolado y sin filtro, aunque con unos mimbres terriblemente honestos y necesarios, pero que me mantenía a una temperatura invernal. Fría. Porque la rabia descontrolada de Penny le impedía ver esas explicaciones que reclamaba, le impedía la reflexión y toda ella era impulso, impulso, acción, grito.
Pasado el tiempo, pasadas muchas lecturas, pasada una distancia con muchas cosas (que no son cosas), me doy cuenta que soy yo, claro, y no sé porqué me sorprendo, si al fin y al cabo mis lecturas son personales, desde la cutícula y desde las entrañas, y nunca han pretendido otra cosa ni he pretendido convencer a nadie ni subirme a ningún púlpito ni plataforma para hacer apología de buenas o malas lecturas y buenos o malos libros. Así que si un libro me gusta o no, me rasguña o me deja indiferente, lo disfruto o lo sufro o no… siempre tiene que ver conmigo, además de con el libro. Es mi forma de leer y de contarlo. Si pierdo eso me pierdo a mí y pierdo el blog.
Entre la indignación y la indiferencia elijo la indignación.
Siempre he pensado que esto de las distancias es algo curioso: en realidad es necesario alejarse, tomar distancia, perspectiva, para poder acercarse a algo o a alguien, para enfocar y ver con precisión. Es por ello que, de acuerdo con lo que pienso, hice lo que tenía que hacer: alejarme, enfocar, ver con nitidez. Y lo más difícil: aceptar lo que veía. Aceptar el lugar en el que estoy, el espacio que ocupo, la distancia a la que pertenezco, las afueras que soy. No tiene nada que ver con la resignación, sino con la aceptación, un paso previo a la transformación. En ello estoy.
Dicho lo anterior, que poco o nada o tal vez mucho tiene que ver con el libro, decido retomar este pequeño espacio con la imperiosa necesidad de volver a mi bitácora, al diario personal y de lecturas que es mi blog, porque ni he dejado de vivir, o sobrevivir, ni he dejado (ni mucho menos) de leer.
Con muchas dudas pues, porque las dudas también son necesarias y son pálpito, con los miedos de siempre y alguno nuevo, pero con la urgencia de hablar(me) a través de los libros, las ventanas de mi blog vuelven a abrirse para que entre la luz y el aire y los sonidos de la brisa, de los pájaros y del mar y la puerta… la puerta siempre ha estado abierta y yo dentro.
Necesitaba este alejamiento de redes sociales, como persona, pero también como lectora, para volver a comentar mis lecturas como siempre he hecho: como si nadie fuera a leerlo. Para mí, solo para mí.







