Título original: The bell jar
Traductora: Elena Rius
Páginas: 272
Publicación: 1963 (1982)
ISBN: 9788435003773
Sinopsis: Esther es una joven universitaria que recibe un premio consistente en vivir unos meses en New York y conocer los entresijos del mundo editorial (publicaciones de cuentos o libros, revistas de moda...). En esos meses vive una vida regalada, con lujos y atenciones. Pero de entre esas primeras páginas surge Esther con su apabullante y tenaz vida interior. Su vida es una sucesión de tensiones morales, sociales, de imposiciones escritas y no escritas; de tabúes sexuales; de costumbres rurales en un mundo cambiante; de sueños incumplidos; de necesidades vitales apartadas; de anhelos desesperados; de miedo, de mucho miedo por la vida. Cuando acaba su estancia en New York y vuelve a su pueblo caerá sobre ella todo el peso de la realidad cierta o no.
Es como contemplar París desde el furgón de cola de un expreso que va en dirección contraria: a cada segundo la ciudad se hace más y más pequeña, sólo que sientes que eres tú misma la que se hace más y más pequeña y más y más sola, alejándose a mil kilómetros por hora de aquellas luces y aquel jolgorio.
Leí por primera vez La campana de cristal con 22 o 23 años, si no recuerdo mal. Aquella lectura me fascinó. Y más. Subrayé mucho. Qué descubrimiento, qué sacudida fue este libro. Unos años después volví a leerlo. Subrayé, re-subrayé, escribí en los márgenes… Alguien cogió aquel libro y se lo llevó. Poco después lo vendió, en un momento en el que todo lo que pudiera venderse, se vendía. Era el único valor que tenía todo, el del dinero; el precio que pagaran por lo que fuera, poco o mucho, no importaba. Dinero envenenado.
Mucho tiempo después volví a comprar el libro. Porque era como una carencia que tenía. Me hice con una edición del Círculo de Lectores. Y volví a leerlo por tercera vez. No lo subrayé. Sólo lo hice con la mirada. Como si el libro que tuviera delante fuera aquel otro, leído, releído, sentido, sacado de casa y vendido.
Y ahora, por cuarta vez, me puse con él de nuevo. Dispuesta a subrayarlo. Porque además ahora así quiero que se queden mis libros. Que algún día cuando yo ya no esté y alguien reciba mis libros, los lea y me encuentre ahí, en cada subrayado y cada nota al margen. Que no deje de encontrarme. Será una forma de permanecer en una mirada, en un corazón. Permanecer. Cuando ya no esté.
Cosas que pasan, estábamos en la misma página. Así que no ha sido (y ha sido) una lectura con, junto a… Ha sido (y no ha sido) una lectura a la vez que… Un capítulo aquí, otro allá, ahora te espero, ahora estoy aquí, ahora en silencio, ahora una imagen, ahora otra, ahora vete tú a saber, más silencio... Así como todo lo nuestro, con un ritmo distinto a todo lo conocido, desajustado, que sólo se acompasa porque es el que existe para ti y para mí. Diferente. Un ritmo que únicamente se hace unísono debajo de nuestra campana de cristal, de nuestro cuarto propio. Tan real como ficticio, tan verdad como mentira, volando de una cosa a la contraria.
Si ser neurótica es querer dos cosas mutuamente excluyentes a un mismo tiempo, entonces soy una neurótica perdida. Volaré de una cosa excluyente a otra y otra para el resto de mis días.
El párrafo anterior contiene (parte de) la esencia de la propia Sylvia Plath. Los contrarios, las contradicciones, el deseo de vivir sin renunciar a nada, porque la vida no excluye ni deja fuera nada. Parece fácil. No lo es. De eso habla este libro.
Si algo es La campana de cristal es autobiografía pura y dura. Plath sabía bien de qué hablaba cuando describía el intento de suicidio de Esther, la protagonista de este libro. Esther, su alter ego. De esta forma, leer La campana de cristal es desentrañar a la propia Plath. Y de rebote, desentrañarse una misma.
El silencio me deprimía. No se trataba del silencio del silencio. Era mi propio silencio.
Se da duro Plath: inteligente, cínica, sensible, bella, celosa, fría, intensa, intolerante, rebelde, exigente, confundida, mentirosa, insegura… No se oculta. Ni siquiera oculta su imaginario, libre, grandioso, profundo. Y traidor. Hay gritos silenciosos que no entiendes que no sean oídos. Hay silencios que duelen como un alfiler clavado en un ojo.
La escritura de Plath es tan sutil como detallista. Pura belleza (poeta por encima de todo). Mira desde fuera pero alcanza lo más dentro. Generosa en metáforas y creadora de imágenes absolutamente líricas y sensibles sin recargar de más. Con el bisturí de su observadora mirada hace una incisión en la superficie de lo que le rodea para llegar a las entrañas, donde está la realidad, descarnada. Jamás se queda en lo superficial, cada gesto importa, incluso la carencia de gestos, como delatores de la realidad: la que le rodea y la suya propia. Gestos (o ausencia de gestos) que son como guillotinas. Nada es vacío ni desde el vacío. Ni lo que se hace ni lo que no se hace. Plath construye paisajes desde lo aparentemente insignificante. Contundente y estremecedora.
Me sentía muy rígida y muy vacía, de la misma manera que debe de sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en medio del tumulto circundante.
Esther (Plath) buscando su lugar en el mundo. Y eso me suena y resuena tanto... Cómo todo lo que te rodea vive y siente y cómo vives y sientes tú. Desconexión. En ningún momento se acoplan ambos caminos haciéndose uno sólo. Y entonces sucede: las etiquetas. Depresión, trastorno obsesivo, anorexia, neurosis, trastorno bipolar… bla, bla, bla, bla… Electroshocks. Intento de suicidio. Internamiento.
Querer morir por querer vivir. No hay contradicción más cruel. Volar del deseo de vivir al deseo de morir. Sin que se excluyan. Porque lo que quieres, lo que deseas más que nada, es vivir. VIVIR. Pero hay una grieta entre lo que la sociedad espera de ti y lo que sientes que la vida ha de ser. Y la grieta va creciendo, y sangras por ella, y te encuentras sobreviviendo. Hasta que no puedes más.
Lean este texto. Másquenlo. Digiéranlo:
Vi que mi vida se ramificaba ante mí, como la verde higuera del cuento. De la punta de cada rama, como un enorme higo morado, un maravilloso futuro me hacía señas y me guiñaba el ojo. Un higo era un marido, un hogar feliz e hijos; otro, era una famosa poeta; y otro higo era una profesora brillante; y otro higo era E Ge, la sorprendente directora literaria; otro higo era Europa, África y Sudamérica; otro higo era Constantin y Sócrates y Atila y un montón de amantes con raros nombres y raras profesiones; otro higo era una remera olímpica; y más allá, por encima de todos aquellos higos, había muchos más que no acababa de distinguir.
Me veía sentada en la bifurcación de aquella higuera, muerta de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo escoger. Los quería todos y cada uno, pero elegir uno significaba perder el resto y, sentada allí, incapaz de escoger, los higos empezaban a arrugarse y a ennegrecer y, uno a uno, caían silenciosamente al suelo, a mis pies.
Sylvia Plath escribe como el agua: cristalina, profunda, salvaje, libre, inasible. Para ella la lluvia son gotas como platos de café y no cae sino que se escurre, siseante. Es brutal. Leerla es contener la respiración. Todo se detiene. Son sus palabras, ella y yo y (casi) nada más. Un vacío alrededor. Sylvia Plath. Yo. Dentro de la campana. Sin aliento.
Un mal sueño.
Para la persona encerrada en la campana de cristal, en blanco y detenida como un bebé muerto, el mundo en sí mismo es un mal sueño.
Un mal sueño.
Recuerdo que tengo que respirar y acompaso mi respiración con la de Plath. Fácil y ligera, respiro deslizándome por sus palabras, por ella. Me bombea la sangre. Me aniquila, eso hace Plath. Como hizo la primera vez, y la segunda, y la tercera. Y ahora otra vez. Aniquilada.
Y vuelvo a recordar porqué este libro me fascina: porque me destroza. Sylvia Plath sólo necesitaba PERTENECER.
Soy, soy, soy.